Xtories

Angy mi socia, se convierte en mi amante

A sus cincuenta y cinco años, Angy tiene el control de su vida y su negocio, pero le falta la chispa que solo un hombre joven y audaz puede encender. Cuando la confianza se rompe en deseo, la oficina vacía y la piscina privada se convierten en el escenario de una noche que cambiará sus vidas para siempre.

Juan39K vistas9.3· 37 votos

Conocía a Angy, una señora de mucha clase, que gestionaba una inmobiliaria propia, especializada en propiedades de alto standing, sobre todo en las urbanizaciones de la zona norte de Madrid. Fue una de las personas que creyó en mi proyecto de crear un portal de venta de grandes inmuebles a través de internet, Tumansion.com, lo que no me resultó fácil a los treinta y cuatro años que tenía, aportando un veinte por ciento del capital, y presentándome a otros accionistas. Un portal tipo idealista, pero segmentado en el sector de alto nivel. Por dar una idea, en el portal apenas teníamos ningún inmueble valorado en menos de un millón de euros.

Durante estos dos años, fuimos ganando confianza personal y, al menos por mi parte, ya la consideraba una amiga. Me invitó a una de las fiestas que ofrecía cuando llegaba el buen tiempo en su casa de la Moraleja, a la que asistía gente de muy alto nivel social y confieso que, al salir del parking en dirección a la casa, me acompañaba una cierta sensación de inseguridad. Esa noche debía estar al 100% porque ella me pidió que no la defraudara, confiaba en mí y no le iba a fallar. La reunión podía abrirnos la puerta de clientes importantes.

Al verme mi socia, que debía estar esperando mi llegada, salió a mi encuentro, abandonando el grupo en el que se encontraba. La encontré monísima, con un pantalón vaquero de marca y polo rojo ajustado realzando un pecho firme y generoso. Llevaba zapato deportivo con cuña, haciendo juego con su polo. A sus cincuenta y cinco años, apenas mostraba arrugas, y podía permitirse usar una talla treinta y ocho. Su melena pelirroja, larga, rizada, le confería una personalidad arrolladora. Medía un metro sesenta y cinco, una altura normal para su edad, pero con la plataforma que usaba, se acercaba a mi uno ochenta y cuatro, y podía mirarme a los ojos directamente.

Fue presentándome a los diferentes invitados, que sabían de mi a través ella y estoy seguro de que, al ir saludándonos, se extrañaban de mi edad.

Conocía a su marido, Luis, amabilísimo, el perfecto anfitrión, atento a cualquier detalle. Un señor de presencia intachable, diez años mayor que Angy, que vestida tan de sport no aparentaba su edad. Él pertenecía a uno de los grupos familiares de la construcción, más conocidos en España. Angy venía de una familia de alto standing, de esas personas que parece que, al nacer, ya les dieron un cursillo de estilo y clase.

Era importante ir rompiendo el hielo, tratando de hallar temas de conversación en los que pudiéramos participar todos, sin caer en el vulgarismo del fútbol o en el arriesgado tema de la política.

—Sabes que confiamos en ti, el mundo de internet nos sobrepasa a nosotros. Por eso se fijó Angy en ti —comentó Luis animado.

—Os agradezco la confianza. Es un sector de riesgo como tú bien apuntas, y hay que estar muy atento.

Entre las personas que me presentó, apareció una chica monísima. Era su hija Angelina, un bomboncito muy joven, de altura similar a la de su madre, que trató de atenderme, imaginándome perdido en medio de tanta gente mayor. Terminaba la carrera de Ingeniería informática ese año, lo que la hizo interesarse por conocer detalles de la actividad de nuestro portal on line. Sin darme cuenta le respondía dándole consejos de adulto, de una manera espontánea, como si quisiera agradecer a su madre la invitación.

Tras la comida, me uní a Angy y un grupo de señoras, que charlaban sobre temas inmobiliarios y de decoración, en el que también se encontraba Angelina, que se mostraba muy cariñosa con su madre.

—Mi hija acabará este año la carrera de Informática ¿qué opinas tú que debería hacer al terminar? —trató la anfitriona de aprovechar mi experiencia en el sector.

—Ya hemos hablado. Sin saber qué expectativas tiene y sus habilidades personales, no podría decirte nada, pero sí le gusta, debería seguir estudiando. Si os parece, cuando acabe, le enseñamos la empresa, la zona informática y tratamos de concretar un plan.

A media tarde decidí marcharme. Fui despidiéndonos de todos. Luis me dio las gracias por asistir y yo se las di a ellos por su acogida. Angelina me dijo que cuando hiciera una fiesta de amigos suyos también me invitaría, en premio a haber aguantado a los dinosaurios de hoy.

Angy, como perfecta anfitriona y amiga, me acompañó al coche.

—Has caído muy bien, estaba segura al invitarte que me dejarías en buen lugar —dijo dándome dos besos y susurrándome al oído —Unas amigas me han preguntado quién era este morenazo. Si me autorizas, les paso tu teléfono.

—Si Luis me autoriza a mí, no tendrías que pasárselo a nadie —confesé entre galante, y sincero—. En cuanto a pasar mi teléfono, aún no necesito ayuda externa.

Dos semanas después quedé con Angy, para la visita que les había ofrecido a las instalaciones. Llegó discretamente elegante, con su hija Angelina, que venía desenfadada con un top blanco que dejaba el ombligo al aire. Y los típicos vaqueros ajustados. La nena tenía un cuerpazo, menudo, pero espectacular, aunque no creí que llegara nunca al nivel de glamour de su madre. Compartían la misma melena pelirroja, inconfundible.

Les enseñé la empresa, los diferentes departamentos, las zonas que tenemos comunes del personal, la sala de ordenadores. Si le parecía bien, le podría conseguir una colaboración con nosotros tres meses de becaria mientras terminaba el TFC, Trabajo Fin de Curso, y decidía que hacer. A las dos les pareció perfecta la sugerencia.

Se despidió con prisas, porque quedó con unos amigos, dándome las gracias y al saber que invitaba a su madre a comer, me dijo al oído que le debía otra comida a ella, sin mamás.

Fuimos a un conocido sitio cercano, donde cogimos mesa en la terraza.

—Te agradezco tu interés con Angelina, está en una edad difícil. Y le afecta las discusiones entre su padre y mía.

—Pensé que eráis una familia perfecta.

—Me esfuerzo por dar esa imagen. Pero llevamos un tiempo enfrentados, casi por todo. Al final de la fiesta tuvimos una discusión porque había tonteado en exceso con una de las invitadas. Está desmadrado en el tema de mujeres.

—No lo entiendo, eres un bellezón, con clase, inteligente, y económicamente potente.

—Gracias. Triunfaste mucho en la fiesta. Entre los señores reconocieron que hablabas con seguridad del portal. Y ellas, ya te comenté que alguna me insinuó si podría llamarte.

—Te lo agradezco, es halagador. Pero de la fiesta solo me fijé en ti, estabas espectacular. Solo te hacía sombra, a distancia, tu hija, totalmente diferente, pero monísima.

—Tú si me tienes fascinada. A tu edad, has triunfado empresarialmente, tienes un saber estar, eres culto, y, además, muy atractivo.

—Me vas a ruborizar.

—Sé que Luis ha tenido alguna aventura en el pasado. Ya lo había olvidado, pero está más chulito que nunca. Y aunque alguna vez he pensado en hacer lo mismo, no me he visto capaz. —Elevó su mirada, y continuó—. Aunque también es cierto nunca se me puso delante un tío como tú —me guiñó el ojo ya más relajada.

—El universo emocional es complejo, y yo no soy el más indicado a la hora de opinar o aconsejar sobre vuestra relación. Y sin disculpar a Luis, yo también metí la pata en el pasado. Quizás por eso prefiera estar libre.

—Se ve diferente con la edad. Tú estás en esa etapa de dedicar muchas horas al trabajo, en tener sueños por cumplir —me dijo resignada—. A la mía crees que es el momento de atender a hijos, renunciando por ellos a los sueños no vividos, a las fantasías de jóvenes,

—Tú puedes considerarte tan joven como la que más.

—Es cierto, a veces algo o alguien nos saca de ese estado de hibernación y volvemos a desear todo —su expresión cambió.

—Estoy encantado contigo Angy, pero tengo que dejarte.

La acompañé a su coche, y nos despedimos cariñosos. Desde la ventanilla, me emplazó.

—Deberíamos repetir estas comidas más a menudo. Hablar contigo hace que me dé un subidón de vida y juventud.

A partir de entonces comíamos una vez a la semana, repasábamos proyectos, resultados, contábamos cosas de nuestra vida, comenzamos a disfrutar de una confianza que no había surgido hasta entonces.

A final de junio, se entregaban los premios de una revista de Casa & Jardín a la que habían invitado a Angy. Creyó que debería asistir yo también porque sería un momento de ampliar relaciones con futuros socios del portal.

Yo aparecí bien vestido, pero sin corbata, chaqueta de sport con camisa de botones en el cuello. Luis, muy elegante, se presentó con traje gris claro, acompañado de Angy que irrumpió como una estrella. Un vestido de noche azul marino oscuro, sin mangas, con cintas de tirantes sobre los brazos, con los hombros y la espalda al aire, largo hasta el suelo, con una abertura sobre una pierna espectacular. Enseñando unos zapatos de noche con tacón hasta el cielo, que la proclamaban la tía más espectacular de la fiesta.

Los grupos fuimos cambiando, saludé a algunos conocidos, sin quedarme demasiado tiempo con nadie. Me tenía extasiado Angy, nuestro grado de confianza había ido aumentando, y nunca la había visto tan radiante. Luis iba por libre, persiguiendo a Berta, la directora de fotografía de la revista

Angy se unió al grupo en el que estaba yo, con otros colegas, todos de mi edad más o menos, y la directora de la Revista, Carmen Alvear, una señora elegante de la edad de Angy.

—Si hubiera premio a la reina de las fiestas, te lo llevarías hoy Angy —dije yo también gracioso sin pensar que Carmen pudiera sentirse ninguneada. Al ver su cara, corregí—. Bueno Carmen, tu serías premio a la princesa.

—Ósea, que yo soy la madrastra vieja ¿no? —dijo Angy riendo

—A ver si aprendes Chema a no meterte en esos jardines, cuando hay dos damas de esta categoría, hay que medir las palabras al milímetro —sentenció Alberto, perro viejo en estas lides.

Aprovechando que Luis pululaba alrededor de Berta, Angy me invitó a retirarnos a una zona más apartada.

—Me encantaría que Luis no hubiera venido, y ser tu pareja esta noche —me dijo en tono bajo.

—Yo me sentiría orgulloso de acompañar a la mujer más espectacular de la fiesta.

—Luis se va a ir Alemania una semana….

La miré a los ojos, estaba radiante, era imposible negarle nada.

—Si te apetece, salimos una noche a cenar.

—Me encantaría —me dijo apoyando por un momento su cabeza en mi pecho.

Temiendo llamar la atención, volvimos al centro de la fiesta. La insistencia con Berta era descarada. Y en una noche como esta, con Angy, tan divinamente hermosa, su falta de tacto era más que evidente.

El sábado recibí temprano una llamada de Angy. Me invitaba a comer, estaba sola ese fin de semana, podíamos darnos un baño en la piscina.

No me pareció mal plan. Ya hacía calor en Madrid. Si tenía alguna duda, su recuerdo del día de la fiesta de la Revista, tan atractiva que parecía Afrodita, acabó de decidirme.

Llegué fácil, porque ya conocía la casa. Me recibió con una camiseta sin mangas y un short vaquero, mostrando unas piernas no muy largas, pero perfectas de forma. Tenía una cintura delgada, pero marcaba unas buenas caderas.

—Me alegro que hayas podido venir.

—También a mí me apetecía verte.

—No tenías que haberte molestado en traer nada — respondió a la caja de dulces que le llevé. —Estoy nerviosa desde que has dicho que sí a mi invitación.

Aproveché una pastelería Mallorca que tenía cerca para encargar una bandejita de dulces no muy cremosos y con predominio de chocolate que sé que nunca falla con una mujer.

—No tenemos que estarlo, es una comida de dos personas amigas que se sienten a gusto juntas, en un sitio precioso con esa piscina gritando nuestro nombre.

—Ponte el bañador y nos tomamos un aperitivo en el agua.

No estaba seguro de lo que podía suceder. No había duda de que Angy quería dar un paso esa mañana, en la que la temperatura, el lugar y ella, invitaban a todo.

Salí en unos minutos, de momento, preparado para comer. Bajo una sombrilla, preparó una mesita, con una jarra de gazpacho, dos cervezas y un platito de jamón ibérico.

—La casa es muy acogedora.

—Te juro que algunos días de agosto me siento saturada en Sotogrande y echo de menos esto.

—Pero estamos en desigualdad. Yo estoy en bañador y tú estás vestida.

Se sacó la camiseta y mostró un top de bikini que apretaba con firmeza sus pechos provocando una sensación de mayor tamaño. Se despojó del short, y la parte de abajo era la mínima expresión de una braguita.

Angy ya había pasado la edad de su mejor estado físico pero el ejercicio que hacía en el gimnasio, y seguramente su propia constitución la hacían muy atractiva. La mayoría de las mujeres de su edad la admirarían.

—¿Te gusta? Lo estreno hoy.

—¿A quién no le gustaría ver a un regalo mujer envuelta en ese mini lazo?

Acostumbrado a ser galante y tratar de seducir, como un tic que no podía controlar, me encontraba en mi elemento.

—Eres un seductor nato Chema. ¿Por qué no nos bañamos?

Nos metimos en el agua y después de un par de largos, en una piscina de unos quince metros, nos quedamos sentados en la zona de las escalinatas que facilitaban la entrada y salida del vaso. Estuvimos hablando de cosas genéricas, de su hija que quiere desarrollar un proyecto, de lo bien que estaba funcionando la web.

—Acerté contigo, gestionas muy bien.

—Conozco el negocio, y le dedico mucho tiempo.

—El trabajo impide una vida personal armoniosa. ¿Alguna persona en tu vida?

—En la vida siempre hay gente que entra y sale. Y ahora estoy en medio del universo, con una mujer fascinante.

—Como te gusta evadirte de las preguntas. ¿Sales con alguien?

—No salgo con nadie. Después, de Sonia no he conocido ninguna mujer con la que pudiera tener una relación estable, vivo al día.

—¿Polvos de aquí te pillo y aquí te mato?

—No tiene por qué ser así. Yo soy y seré siempre respetuoso y educado. Mantengo buena relación con las mujeres que han pasado por mi vida. Simplemente no me interesa en este momento el compromiso de una relación de pareja.

—¿Sabes que he hablado con Luis?

—¿Sobre qué? – pregunté temeroso de que no me gustara la respuesta.

—De qué va a ser. De nosotros.

—¡Estás loca! Si…—me cortó su risa escandalosa.

—Es broma. Escúchame— dijo sin dejar de reír—. Le dije que conocía alguna de sus aventuras y que lo veía babear detrás de Berta. A partir de ahora tenía mi permiso, pero a cambio yo también me consideraba libre para hacer lo mismo. Y desde luego sería siempre más discreta que él.

Angy estaba decidida. Iba a por todas. Y ese deseo que mostraba hacia mí provocaba a su vez en mí un efecto similar. Nunca me había metido en la cama con una señora de su edad, pero no me importaba.

—Que susto me diste. ¿Crees que lo aceptará? No es una propuesta sencilla —le respondí sin querer participar activamente.

—No tendrá más remedio. Con un divorcio, que yo tampoco quiero, perdería el nivel de vida que tiene y parte de su vida social que yo le enriquezco. Quiero terminar mis dias con Luis, pero no tal como estamos viviendo. Espero que le haga recapacitar sobre su enfoque de la vida, pero mientras da su brazo a torcer, me sentiré libre. Tengo derecho. La época que el hombre podía tener aventuras y la mujer, aun conociéndolo, se quedaba en casa, terminó hace años. No pretendo ir de cama en cama, pero quiero poder estar con alguien que tenga las cualidades que espero en un hombre. Y tú las tienes. ¡Qué pena tu edad!

La conversación y la sensualidad que Angy transmitía con su bikini mojado, y sus pezones destacándose, me estaban excitando.

—Tú también posees todo lo que me gusta en una mujer. Si ese acuerdo con Luis funciona, la edad no debería ser ningún problema.

—Me gustaría que no fuéramos solos amigos de comidas y charlas. No sé si te atraigo de verdad, pero tú me vuelves loca. Además, tengo la aprobación de Angelina.

—¿Sobre qué?

—Conoce a su padre, y me ha dicho alguna vez que debería separarme o tener un amante. Ha notado que últimamente nos vemos más a menudo, le caes muy bien.

A mí me gustaba la discreción y no quería que nadie se diera cuenta de nuestro acercamiento. Pero su hija la conocía demasiado bien.

—Salgamos del agua, me has dejado helado.

Escuchar de ella que su hija autorizaba a que me follara a su madre, me produjo un calentón que debía bajar. Me puse mi polo por encima y ella su camiseta. Y con sus braguitas de bikini apenas visibles bajo la camiseta, y su sonrisa, de saberse triunfadora, encendió el fuego de una plancha rústica en la terraza, como estaba prendiendo el mío, calentándonos a la plancha y a mí. Nos hicimos dos entrecots vuelta y vuelta.

Sacó una sangría muy fría, que le encantaba beberla en verano, y no podía hacerlo con Luis, que era un sibarita del vino y pensaba que una sangría era una bebida del pueblo. Durante la comida, aparcamos nuestro debate sexual, hablamos de cine, de historia, de ese mundo cultural que tanto le gustaba y al que yo me había aficionado. Me excitaba estar aquí, y sin pretender parecer grosero, me encantaban sus tetas y su culo.

—Estoy muy a gusto Chema.

—Es fácil estar a gusto aquí, con esta carne buenísima, con esta sangría del pueblo, con este porche tan fresquito, con esa piscina que ha recibido esta mañana la visita de un pibón de mujer.

—¡De lo que me ha servido con Luis ser un pibón!

Yo también me sentía cada vez más a gusto con ella. Cierto es que acepté la invitación a comer pensando que sería sin tanto riesgo, pero a estas alturas del partido estaba decidido a todo.

—¿Quieres quedarte a cenar? Podemos salir a caminar cuando se pase un poco el calor, vemos atardecer desde la piscina.

—No tengo ningún plan para esta tarde. ¡Me encantaría!

Puso música veraniega. Preparó dos copas de gin tonic. Se sentó a mi lado. Estábamos a gusto. La paz fue interrumpida por una llamada de Luis, en la que el tono de su voz iba increscendo. Puso el modo manos libres para confirmarme la situación entre ambos.

—No querrás que acepte que puedas tener una aventura —gritaba Luis.

—No te he dicho eso. Solo quiero que seamos iguales. Y no sé si la voy a tener. O si en lugar de una aventura tendré un amante. O si me apetecerá irme a la cama con un chico veinte años más joven como tú pretendes hacer con Berta— le decía en voz alta a la vez que me guiñaba un ojo—. Tienes la oportunidad de hacer lo que quieras sin problemas de conciencia, pero debes elegir, no puedes tenerlo todo.

—¡Es que no somos iguales! Tu eres una mujer, madre de dos hijos.

—Eso no te lo consiento. ¿Qué no somos iguales? Puedo denunciarte en una comisaría. O aceptas, o pido el divorcio esta semana cuando llegues, que por otra parte no sé si vienes de hacer un negocio o de estar con otra mujer. Tengo cita esta semana con el abogado pensando que no aceptarías.

La cara de Angy daba a entender que hablaba en serio. ¿Todavía quedaban hombres que consideraban tener un derecho a ciertos privilegios que negaban a su mujer?

—¡Es un chantaje! Sabes que te quiero. Si ha habido algo no ha significado nada.

—Yo también te quiero, por eso quiero salvar nuestro matrimonio. Y si hay alguien, no significará nada en mi corazón. ¿Anulo la cita con el abogado o me reuno con él?

—Anula la cita con el abogado, chantajista. Pero tenemos que matizar ese acuerdo. Lo hablaremos este verano en Sotogrande —se despidió rendido a la decisión de Angy.

Cogí mi copa, la tomé de la mano, y ella con la suya, me siguió en el brindis.

—Brindar con sangría por un acuerdo en el que Luis sale perdiendo, es como regocijarse del mal ajeno. Me sabe mal —dije sonriendo.

Se lanzó a la piscina, hizo un largo nadando, como forma de soltar tensión. Al salir a la superficie, la recibí, le limpié el agua de los ojos, y le di un leve pico. Se abrazó a mí, sin atreverse a lanzarse.

—Le has echado bemoles. Te admiro —dije sinceramente.

—Ahora no soy consciente de todo lo que he forzado. Pero sé que necesitaba dar este paso para invitarte a ti a que des otro.

—Eres una mujer preciosa. Voy a regalarte un ramillete de orgasmos.

—¿Cuántos orgasmos entran en un ramillete?

—Una docena. Antes del desayuno, los de después no se incluyen.

—Entonces, me regalarías en una noche más de los que llevo esta primavera— dijo con gesto travieso. —Y creo que casi podría incluir el invierno.

—De momento tómate uno de estos dulces, que este es el único capricho que puedes comerte doce con seguridad.

Se estaba produciendo un cambio en mi forma de ver a Angy. Ese punto de provocadora, liberal, y valiente, en una señora cada vez más sensual, me había vencido el pulso.

—¿Dormimos una siesta? Y al caer el sol, salimos a caminar —propuso.

Me dio la mano para salir de la piscina. Entramos en la casa con las copas. Cuando abrió el que parecía ser su dormitorio, la detuve.

—Aquí no ¿de acuerdo?

Asintió y nos dirigimos a otro, muy bien decorado, con baño interior.

—Es el de invitados. Eres mi invitado particular.

Tomó dos toallas del baño y me acercó una. Se quitó su top. Se volvió a poner la camiseta. Se quitó la braguita y se secó. Pero no se puso nada. Yo que me había quedado parado, deslicé mi bañador, me sequé mientras ella me miraba y me dejé la toalla enrollada.

Puso el aire, abrió la colcha, nos acostamos y se acurrucó a mi lado. Tenía su pecho cubierto pero su coñito depilado casi a la vista. Me eché a su lado, mirándonos.

—Hace calor —exclamó como quién te pide la hora, y sin esperar respuesta, me quitó la toalla sin que yo me opusiera. Se sacó su camiseta y nos quedamos los dos desnudos.

—Vamos a dormir un poco. Si me quieres regalar ese ramillete, la noche va a ser larga —me dijo abrazada a mí, pretendiendo que íbamos a dormir.

Me costó no moverme. La sensación de tenerla en mis brazos era placentera. No sé quién tuvo que contenerse más de los dos. Pero la sangría y los gin tonic ayudaron a que nos quedásemos dormidos. Me desperté antes que ella, salí sin hacer ruido. Inmediatamente, ella salió detrás, con carita de sueño, acercándose a darme un beso.

—¡Qué buenos hemos sido!

—Te quedaste dormida, no quise molestarte.

—Había bebido. ¡Qué bien he dormido!

Me quedé con una broma en la boca. En bañador y camiseta, salimos al campo que rodeaba la Moraleja, llegamos junto al campo de golf, hasta la urbanización de Valdebebas. El arbolado nos protegía del sol y lo hacía más agradable.

—Me encanta que te quedaras esta tarde. Estoy feliz de la comida, de la siesta, de estar aquí caminando contigo.

—Y yo también lo estoy. Hemos intimado más en un día que en todos los meses anteriores. No solo por haber dormido desnudos, me refiero a conocernos mejor. Yo necesito más que atracción física para estar con una mujer. Tengo que sentirme atraído a nivel personal, a nivel intelectual, tiene que despertar algún tipo de admiración.

—¿Ves algo nuevo en mí?

—He visto que arriesgas por mí. Tienes una valentía tremenda. ¿Sabes que los dos estamos jugando con fuego verdad?

—Supongo que sí. Regresemos, quiero ver el atardecer desde la piscina contigo.

No sabía cómo sería el sexo con ella, pero la situación que se había creado entre nosotros no podía ser más excitante. El acuerdo alcanzado entre ellos, lo consideraba una carta de autorización para no sentirme un canalla.

Cuando regresamos al porche, el sol estaba ya casi en el horizonte. El colorido que el rojo fuego del sol, al reflejarse sobre el verde de los árboles, era fascinante. Salió en bikini, con otros dos gin tonic. La encontraba brutalmente sexy con su pelo enredado de la caminata. Me instó con los ojos a que la siguiera. Cogí mi bañador ya seco y me giré escondiéndome al ponérmelo, ante su sonrisa. Después de haber dormido desnudos me mostraba pudoroso.

El agua estaba mucho más cálida. Me abrazó girándonos hacia la puesta de sol, ella delante de mí. Retrocedió su cuello y me ofreció sus labios. Los recibí húmedos y frescos. Se quitó el top, así al abrazarla podía acariciarla bien sus pechos.

—Repasa ese generador de orgasmos. Se le está echando el tiempo encima.

Era un pecado dejar a esa hembra sin un premio. Introduje mis dedos por dentro de su braguita y su cuerpo se estremeció. Solo tuve que acariciarla unos segundos y una descarga la recorrió mientras gritaba y el eco nos devolvió su sonido.

—¡¡Dong¡¡ ¡Quiero oír antes del desayuno las 12 campanadas, una por cada orgasmo que me saques!

Ya no había marcha atrás. Estaba loco por follármela. El seductor seducido.

Le bajé su braguita y ella se giró, se sumergió y me bajó mi bañador, mientras jugaba con mi muñequito en el agua. Al sacar la cabeza, la icé con mis brazos y la giré contra la pared de la piscina, sentándola en el borde. Sumergí mi boca entre sus muslos, respondiendo ella abriéndolos más. No tardó el bosque cercano en devolvernos el eco de su segundo grito de placer. Debía estar muy oxidada o es que reaccionaba muy rápido al estímulo.

—¡Dong! Eres un relojero hábil. Estás poniendo en hora este reloj medio parado desde hace tanto tiempo.

—Es un reloj de coleccionista. Y se necesita ser un relojero muy fino. ¿Salimos a cenar algo? Tengo frío.

—¿Me dejarás jugar con la aguja grande del relojero?

—El relojero no tiene una aguja grande y una pequeña. Es la misma aguja. Y si no quieres ver la pequeña, no la toques mucho cuando esté grande.

La noche refrescaba, pero permitía seguir en el porche. Recibió una nueva llamada de Luis. Fue breve porque ella no le dio pie a que tratara de convencerla. Mi cara debió cambiar y ella vino a mi lado pidiendo que me olvidara de todo. Esta noche ya era suya, no podía quitársela. Y me besó con la furia de la hembra que se sabe al mando de las operaciones. Ahora me arrepentía de aquella fantasmada de los doce orgasmos. Como quisiera tomarme la palabra, ¡menuda noche me esperaba! Solo llevaba dos.

Me llevó al dormitorio, entramos con la certeza de que ya no había dudas, ella se sabía triunfadora de su marido y de mí, yo me sentí justificado y atraído. La simpatía que siempre nos tuvimos, lo agradable de su conversación, el morbo de la situación, solo fueron precursores de un deseo de la hembra, de la maravillosa mujer que era Angy, despojada de todo lo demás.

Tendría que aprovechar ese punto fácil que había mostrado en llegar a su climax. Pero a la vez que fui deseando disfrutar de su cuerpo, su ternura me fue ganando y ya no solo era el sexo lo que me atraía, deseaba disfrutar de sus caricias, de su sensibilidad, de ese miedo subyacente que, aun disimulándolo, la invadía. Era la primera vez que iba a ser penetrada por un hombre diferente a su marido en más de treinta años.

Yo notaba en mí cada vez una mayor facilidad para empatizar con la persona con la que compartía sábanas. También sentía una capacidad física que hacía meses no hubiera reconocido en mí. Le ofrecí ambas a Angy. La amé con cariño, bajo los rayos de luna que la ventana abierta de la habitación de invitados nos ofrecía. Comencé un cursillo de Braille, para aprender a conocer su cuerpo a ciegas, solo con el tacto de mis dedos.

Nos comíamos a besos, y mi cuerpo se erizaba al imaginar su cara que no podía ver. Utilicé mi lengua para darle el siguiente latigazo. Para llegar a los doce, necesitaría utilizar todas mis armas.

—¡Dios mío Chema, esto es brutal!

Me abracé a sus muslos para abrirlos, y ella adivinando mi intención los elevó, abriendo las compuertas de par en par para que entrara aire fresco, y sobre todo para que entrara mi polla joven que buscaba su coño sediento y enfadado con su marido. «Adelante Angy, es tu despertar a la vida. No te quedes atrás».

Sintiendo toda la longitud de mi polla dentro de su vagina, apretó sus manos contra mi culo duro, haciendo de palanca, para que mis embestidas le llegaran más dentro.

—¿Sabes que eres maravilloso niñato?

—¿Sabes que follas como nadie?

—Espero aguantar, porque nos queda mucha noche para cumplir tu promesa.

Volvimos a hacer el amor, con más furia aún, le encantaba sentirse poseída, alargando el momento, acompasándonos, mostrándonos suaves y violentos, tranquilos y ardorosos, mientras le murmura palabras de amor que, sin ser reales, tampoco eran fingidas, embriagando mis oídos con su jadeo amoroso.

La elevé en un vaivén de olas, obligando a sus muslos a abrazarse a mi cintura, rodeados a través de la ventana, del cielo, las estrellas, el universo.

Justo en ese instante del grito simultáneo de éxtasis, reseteé la memoria a la vez que llegó el orgasmo. Nos refugiamos callados, abrazados el uno al otro, sintiendo ambos que esa comunión que experimentamos, no solo nos dejó satisfechos de sexo, había colmado las necesidades emocionales que nos llevaron a embarcarnos en esa aventura. Exhaustos y felices, caímos rendidos.

—Eres maravilloso Chema. Qué energía para ser la primera vez.

Salimos al porche, eran las doce, la noche estaba estrellada, no sabía si las estrellas podrían hacerme una recarga de mi pito. Había descontado dos orgasmos más, solo me quedaba una deuda de ocho. Hubiera dado mi vida por quedarme dormido abrazado. ¿Admitiría crédito Angy? Podría regalarle otros dos por la mañana y quedaría con un saldo acreedor de seis. Con intereses, siete. En dos tardes inspirado podría pagarle la deuda.

Acabamos un culín de la botella de vino que quedaba. Ya éramos más que amantes, éramos cómplices, no solo había química, había comunicación. Habíamos avanzado en ese día el recorrido que otras parejas necesitaban meses.

—Tengo una sensación de mujer llena. ¿Tan importante es el sexo?

—Opino que nos llenamos antes del sexo. Solo culminamos la química existente. Y si ha habido sexo, es porque ya se había producido la química.

—Te pareceré una niña, pero ¿Te ha gustado follar conmigo?

—Follarte me ha encantado, pero estoy disfrutando el día entero.

—A mí me has teletransportado. No necesito más. Te libero de tu promesa.

—Wow. No podías haberme dicho nada más sensual Angy.

—Para, para. Te libero de doce, ¿lo dejamos en diez?

Volvimos al dormitorio. Hay mujeres que deben llevar en la piel un componente afrodisíaco y solo al tocarlas, se dispara la lívido. Angy se había embadurnado esa noche de un componente excitador que solo con abrazarla se me activó todo el cuerpo.

Se subió sobre mí y abrazó con sus preciosos pechos mi pene, frotándose contra él. Le dio un beso a mi polla hablándole de tú a tú.

—Te has portado muy bien. Ahora te voy a hacer un regalito para que te quedes tranquilo y nos durmamos. Y al despertar nos despedimos de nuevo, ¿Te parece?

Era una pregunta retórica porque no esperó respuesta para metérsela en la boca, y con suavidad, sin aparentar prisa alguna, ir rodeándola, en círculos, con la experiencia de haberse comido más de una o la misma, muchas veces.

No podía quedarme ocioso y le fui acariciando su clítoris mientras ella trataba de dormirme. Noté su alteración por el aumento de la cadencia de sus succiones acompañándolas de caricias en toda la longitud de mi miembro. Mi experiencia me alertó de cuando iba a explotar ella y a la vez dejé de controlarme yo, de tal forma que sacó petróleo blanco de mí a la vez que yo activé el altavoz de su vagina que magnificó su grito de satisfacción.

Su mirada de animal rabioso poseído, echando espuma blanca por la boca, fue lo último que vi antes de quedarme dormido, con la satisfacción de haber llegado al ecuador de mi fanfarronada, rebajada por ella, cinco de diez.

Cuando empezaron las primeras luces del día, en esa zona refrescaba. Sentí ese frío del rocío y aproveché para cubrirla con unas sábanas. El roce de la tela, la hizo revolverse y buscar mi cuerpo. Se encontró mis labios como avanzadilla y aprovechó para saciar su sed en ellos. Y como ya se sabe que comer y follar, todo es empezar, nuestros cuerpos descansados se fueron tensando y poniendo en formación de combate para la batalla. Era una hora ideal para enfrentarse a campo abierto.

Volvió a desnudarse de sábanas a la vez que en una estrategia no sé dónde aprendida, pensó que, apoderándose del arma de su rival, sacaba ventaja. Asió con habilidad el ariete que yo tenía preparado para derribar su pensaba débil defensa, y cómo esos perros fieros que uno tiene para autodefensa que son neutralizados por un enorme filete de carne y unas palabras de sometimiento, mi arma se pasó a su bando, escapando a mis palabras de control. Desde anoche, mi polla reconocía su autoridad.

La acarició, la besó, la lamió, le sacudió el polvo para arriba y para abajo, a la vez que su cara se iba mutando en un rostro de vampiresa. Acerqué mis dedos de avanzadilla hacia su vagina e introduciéndolos con sigilo comprobé que la escarcha de la mañana estaba en su esplendor. En una maniobra estratégica sacada del manual del “Arte de la Guerra” de Sun Tzu, le di la vuelta a la situación y antes de que supiera de donde le había venido el ataque, la tenía dentro de ella, y explotó otra bomba de ese arsenal que ella guardaba dentro.

—¡Buenos días mi vida! — dije para calmar la tempestad.

—¡Buenos días mi empotrador! No sé si me atreveré a mirarte a la cara de nuevo en la oficina después de esta noche, así que, por si no lo supero, vamos a aprovechar al máximo lo que nos queda.

La sometí a un boca a boca que le aportó aire fresco. Con ella, dar el primer beso era disparar todo el sistema hormonal a la velocidad de la luz. Sin darnos cuenta, quizás el subconsciente reconoció una despedida y ralentizamos nuestros movimientos, nuestras caricias, nuestros besos. La volví a follar a cámara lenta.

Con la experiencia de conocer ese cuerpo, y con base cristiana de saber que Dios ayuda a quién madruga, conseguí que estallaran otras dos bombas. Decidí no jugar más a los artificieros porque la última fue de efecto tan prolongado que pensé que podría estallar el polvorín entero.

—Anoche pensé que follábamos. Pero esta mañana casi me desmayo.

—Habrá que preparar un desayuno para tu recuperación

—Si desayunamos, no cumplirás tu apuesta. Solo van nueve.

Vaya encima me había perdido uno. De qué servía estudiar ciencias si después no se sabe ni llevar la lista de orgasmos que ofreces. Al menos las matemáticas esta vez han jugado a mi favor.

—Si te paso un cuestionario de satisfacción y valoras los nueve, a lo mejor la suma de la puntuación se acerca al diez.

—Prefiero verlo desde otro punto de vista. Me lo debes. Espero que no te arrepientas, te aseguro que, aunque haya tenido sexo brutal, he sentido tu cariño. Si antes te admiraba, ahora te adoro.

Tras una despedida larga y difícil, quedamos en vernos pronto.

—Y organízate este verano, para venir a Sotogrande. Puede ser un verano interesante.

Todavía era temprano cuando salí de su casa. En el camino hacia Madrid iba recordando la noche. Estaba sorprendido de cómo podemos ir cambiando nuestra posición a lo largo de un solo día, según se producen los acontecimientos, aunque era justo reconocer que el mérito fue casi todo de ella.

Después del maravilloso día que pasamos en su casa, tratamos de vernos antes de que se marchara de vacaciones, que nos estaba costando por los compromisos de ambos, y porque ella no quería llevar una vida libertina ante los ojos de su familia.

Como no habíamos conseguido encontrar un hueco, apareció por la oficina a última hora, la noche anterior a que se marchara a su casa de Sotogrande donde se quedaría hasta final de agosto.

—No sé si pienso diferente a ti, pero no quiero que nuestro en mi casa se quedé en aquella noche.

—Yo tampoco lo deseo Angy, y me alegro de que hayas podido venir. Alegué que me necesitabas antes de irme.

—Y no has mentido, te necesito. ¿Puedes salir a cenar?

—Podría, pero no me quedaría tiempo para que me follaras. ¿Qué prefieres?

A esa hora ya se habían marchado todos los empleados, aun así, fui a la puerta para cerrar y activar una alarma de entrada. Regresé inmediatamente, y ya se había desvestido hasta quedarse en ropa interior.

—¿Qué mesa prefieres, tu despacho o la de juntas?

—Si te follo en mi mesa no podré concentrarme nunca más aquí. En la sala de juntas serás siempre un bonito recuerdo mientras escucho tonterías. Llegamos a la sala de juntas dejando elementos de mi ropa, como garbancito iba dejando migas de pan.

Recordé la cara de Jessica Lange en El cartero llama dos veces cuando Jack Nicholson la tumba en la mesa de la cocina, y aunque esa actriz siempre me atrajo, debía de reconocer que esa noche Angy estaba mucho más sensual.

Pude devolverle el orgasmo que le debía y uno más para llevar un saldo a mi favor.

PD: En el siguiente capítulo, aparece Angelina, su hija