Milagros 03: jornada completa
Tono siempre creyó que el control era suyo, hasta que su esposa lo llevó a una casa donde los límites se borraron. Ahora, sentado en un sofá mientras sus subordinados desgarban a la mujer que ama, debe decidir si es un prisionero o un cómplice. La humillación tiene un sabor que él no sabía que ansiaba.
Por la mañana, me arreglé en silencio para volver al trabajo. Mila dormía plácidamente y no quise despertarla. Fue una jornada larga, de las de final de mes, y extraña. No me resultaba fácil comprender lo sucedido: mi mujer había traído a casa a esos dos muchachos con la evidente intención de humillarme, y lo había hecho. Su actitud me resultaba incomprensible, pero me desconcertaba más la mía, en tanto en cuanto que había asistido a mi propia humillación con algo más que consentimiento. Me había degradado a sus ojos y a ojos de aquellos dos macarras, que me habían insultado mientras la follaban ante mis ojos maltratándola. ¡Joder! Si hasta se la había mamado a uno de ellos que se me había corrido en la boca. Yo mismo, me había corrido agarrándomela encima de mi mujer. Ni siquiera en la adolescencia había experimentado la menor inclinación homosexual. De hecho, no la sentía. No podía más que concluir que era la humillación lo que me había rendido, que había sucumbido a ella con una suerte de deleite inexplicable.
Y luego… Luego estaba su hostilidad. Podía comprender que hubiera buscado fuera de casa la satisfacción que, resultaba evidente, yo no le daba; incluso podía comprender su enfado por haberla seguido sin intervenir, que la hubiera visto y, en lugar de hacer algo, me hubiera vuelto a casa sin decir ni mu.
Al regresar a casa casi a la hora de la cena, nada parecía haber cambiado. En realidad, nada cambió a lo largo de la semana: Lorena se mantenía distante; prácticamente no me hablaba, salvo el mínimo elemental que impone la convivencia; de hecho, ni siquiera me miraba. Incluso cuando me dirigía la palabra, evitaba establecer contacto visual conmigo.
Yo acudía a mi trabajo, donde me esforzaba por seguir siendo el tiburón que siempre había sido. Exigía a mi personal resultados inmediatos, reprochaba con dureza la indecisión, el titubeo… Creo que incluso sobreactuaba.
Y así permanecimos hasta que, el viernes a las cuatro de la tarde, al regresar a casa, se encaró conmigo muy seria.
- Oye, Tono.
- ¿Sí?
- ¿De verdad te gusta?
Humillé la mirada ante ella. Creo que me temblaban las manos. Permanecí en silencio durante lo que me pareció una eternidad y, finalmente, asentí con la cabeza sin atreverme a mirarla a los ojos. A mi silencio, siguió el suyo, que se me antojó eterno, y que terminó por romper abruptamente:
- Pues vamos a arreglarnos, cerdo. Hoy vas a disfrutar como un cabrón.
No pregunté por los detalles. Entré en el baño tras ella y me desnudé para ducharme incapaz de disimular una erección escandalosa. Mila me miró con un gesto de desprecio y un leve movimiento de reproche con la cabeza, como negando. Me esforcé por no tocarme más allá de lo necesario. Me enjaboné concienzudamente el cuerpo, la cabeza y las piernas evitando en la medida de lo posible tocar mi polla, aunque tuve que lavarla. Me aterraba la idea de correrme delante de ella en aquellas circunstancias. Desde el primer desvelo de aquellas costumbres suyas había dejado de masturbarme, y el recuerdo obsesivo de aquellas dos escenas en que, aunque en escasa medida, había participado, me mantenía en una situación de excitación permanente.
Mientras ella se duchaba, yo me secaba sentado en la taza, observándola. Cuando se volvía, humillaba la mirada disimulando; cuando no lo hacía, miraba su culo grande, pálido en el centro de su piel aceitunada; sus tetillas pequeñas y firmes, también blancas, coronadas por los pezones oscuros y apretados; la mata oscura y densa, de su pubis, perfectamente perfilada. Mi polla cabeceaba trempada, rígida, con el capullo brillante y violáceo, y goteaba cuando abrió la mampara. La miró, volvió a negar mínimamente con la cabeza, me miró a los ojos.
- Cerdo…
Lo pronunció en voz muy baja, como para sus adentros. Aquella palabra breve pronunciada con aquel desprecio permaneció minutos retumbando en mi cabeza. Creo que nunca una palabra, como aquella que Mila acababa de pronunciar referida a mí en aquella circunstancia vergonzosa, me había hecho nunca estar al borde de correrme.
A las cuatro y cuarto estábamos vestidos, Mila con un vestido amplio de algodón blanco, preciosa; yo con un pantalón de verano de color beige oscuro y una camisa blanca también, holgada y de cuello Mao. Bajamos al coche, introduje en el GPS la dirección que me dio, y emprendimos el camino.
- Oye…
- Dime.
- No te desnudas ni te sacas la polla.
- Vale.
Aunque intuía el sentido del viaje, la confirmación explícita, sin más detalles, pronunciada en aquel tono imperativo, tajante y sin explicaciones me puso en tal estado de ansiedad que tenía que obligarme a fijar la atención en la carretera. Mi polla chorreaba bajo el tejido conformando una mancha húmeda evidente en los pantalones. Volvía a sentir con enorme intensidad la excitación que parecía causarme la humillación.
- ¡Coño, Tono! ¡Esto sí que es una sorpresa!
- Ha querido venir a verlo.
- ¡Joder!
- Ya ves… Ha descubierto que es un cornudo y, por lo visto, le pone.
- La madre que te parió, tío.
- Ya…
Habíamos llegado a un chalé aislado en medio de una dehesa al norte del área periurbana de nuestra ciudad, al que accedimos por un camino de tierra bien arreglado tras cincuenta kilómetros desde que abandonáramos la autovía. Nacho, mi viejo amigo Nacho, que hizo la carrera conmigo y actuó como testigo de nuestra boda, fue quien nos franqueó el paso abriendo la cancela que daba acceso al amplio recinto ajardinado y sombreado por recias encinas viejas.
Era una casa grande, anticuada, como de la primera mitad del S XX, con tejado de pizarra, muros enjalbegados, sillares bastos de granito en las esquinas y ventanas pequeñas. Ante la puerta, evidentemente posterior a la construcción, en un gran porche cubierto, soportado por vigas de madera y suelo formado por una tarima del mismo material, tres hombres más y una mujer parecían charlar bebiendo unas copas distribuidos en tres sofás y cuatro sillones de teca que formaban círculo alrededor de un extraño artilugio compuesto por cintas de lona negra con hebillas que colgaba de una viga del tejado sujeto por una gruesa soga.
Al acercarnos, pude identificar a Sonia, mi secretaria de dirección. Hacía seis años que, tras su divorcio, Mila me había pedido que la contratara y yo lo había aceptado. Era mi persona de confianza. Sentí una odiosa presión en el estómago, como un ahogo. Junto a ella, Nicolás, mi jefe de recursos humanos; Blas, otro de mis amigos de la infancia; y Rodrigo, el puto administrativo de 2ª del departamento de contabilidad.
Tras un momento de titubeo, que Mila resolvió explicándoles que no había nada por lo que preocuparse porque era un puto cornudo y me calentaba viéndola follar, pareció romperse el hielo.
- ¡Joder con el puto amo!
- Esta sí que es buena.
- ¡Pero si está empalmado!
- Ya te digo que le pone mucho.
- Anda, ven, siéntate aquí ¿Quieres una copa?
Sonia, mirándome con lástima, me indicó que me sentara a su lado en uno de los sofás mientras los hombres rodeaban a Mila al tiempo que se inclinaba para, sin preguntarme qué quería, servirme un gin tónic. Lo agradecí. Tenía la boca seca. Nacho, que parecía liderar aquello, a la espalda de mi mujer, le estrujaba las tetas mientras mordía su cuello. Mila echaba la cabeza atrás riendo como si le hiciera cosquillas. Los demás la manoseaban, palmeaban su culo, peleaban por agarrarse a sus tetas, le subían la falda, desataban los cordones del cuello de su vestido blanco.
- No me habías dicho nada.
- Me deba penita. Ojos que no ven…
- ¿Hace mucho?
- Siempre, cariño. Mila siempre ha sido muy puta.
- Ya… Y yo un cornudo…
- Sí.
- No… No me toques, por favor… No me deja…
- ¡Madre mía!
Miramos al mismo tiempo hacia el bulto en mis pantalones y comprendí por qué los había elegido: la mancha oscura de la tela mojada se extendía bajo una superficie cada vez mayor. Me dolía, y sentía una vergüenza abrumadora.
Mila se había dejado caer hacia atrás y Nacho la sujetaba agarrado a sus tetas; Blas manipulaba bajo sus bragas moviendo la mano muy deprisa. Tenía la falda del vestido arrebujada en la cintura y gemía quizás demasiado aparatosamente mirándome con desprecio. A su alrededor, Nico y Rodrigo se habían quitado los pantalones. La polla de este último era descomunal. Comprendí por qué formaba parte de aquel grupo donde parecía desubicado. Mi mujer se las agarraba.
- Van… van a follársela…
- Ni te imaginas.
- Todos…
- Y muchas veces… Es muy zorra, Tono.
- Muy zorra…
- ¿Por qué quieres verlo?
-…
Poco a poco, la habían ido conduciendo hacia el centro del porche cubierto, junto al extraño aparejo, y la sujetaban en lo que pronto comprendí que era un extraño arnés, una especie de silla de cintas donde la situaron sujetando sus muñecas en alto con correas que, junto con otras fijadas por encima de sus rodillas manteniéndolas en alto, la dejaban expuesta e indefensa, balanceándose abierta de piernas.
- Uffff…
- ¿De verdad te pone?
-…
El movimiento de mi polla, aprisionada bajo los pantalones, como un latido violento, y la extensión que iba alcanzando la mancha oscura, evidenciaban la respuesta, que no quise verbalizar. Mi corazón, que ya latía apresuradamente, se aceleraba a medida que veía cómo Nicolás abría de un tirón el escote con un ruido de tela rasgada, haciendo aparecer sus tetas, sus pezones erizados, apretados, oscuros y granujientos, que al instante provocaron una corriente de manos buscándolas; cómo Rodrigo le arrancaba las bragas dejando a la vista su coño empapado, como una herida sonrosada en medio de la maraña oscura de su vello; cómo Blas y Nacho, cada uno desde un lado, clavaban los dedos en ella abriéndola, haciéndola chillar.
- ¿Y tú a mí puedes tocarme?
Sonia, que se había arrodillado a mi lado en el sofá, me mordió el cuello al tiempo que, levantándose la falda, me mostraba su coño lampiño. Titubeé un momento antes de acariciarlo, de deslizar mis dedos entre sus labios empapados y percibir la dureza de su clítoris inflamado. Me gimió en el oído causándome dolor. Mi polla parecía ir a romper el pantalón. La sentía resbalarme en la piel, notaba el flujo imparable que manaba.
- ¿Qué quieres, puta?
Mila respondió una barbaridad. Ni siquiera recuerdo qué concretamente. Tenía el rostro descompuesto. Su cuerpo se balanceaba en el aire suspendido y ocho manos la tocaban, la estrujaban, se clavaban en su coño y en su culo, en su boca, se agarraban a sus tetas, a sus muslos, pellizcaban sus pezones, palmoteaban sobre su cuerpo encendiéndola, sobre su pubis, y ella chillaba exigiendo que la follaran, exhortándome a mirarla, llamándome cabrón.
- ¿Quieres verlo, maricón? ¿Quieres ver cómo me follan?
Fue Nacho el primero en callarla. Agarrándola del pelo, la obligó a inclinar hacia atrás la cabeza y se la metió en la boca ahogándola. Sujetaba su cabeza manteniéndole el cuelo monstruosamente doblado hacia atrás y le follaba la garganta. Nicolás no tardó en hacerse un lugar entre los muslos y enchufarle la suya en el coño empapado. Blas y Rodrigo, a falta de algo mejor, la magreaban con fuerza, como con rabia, y restregaban las suyas en su cuerpo de una manera obscena. La insultaban, me insultaban. Su cuerpo se movía adelante y atrás impulsado por el golpeteo de sus pollas. Babeaba.
- No… no pares… No… pa… reeees…
Y Sonia me gemía al oído culeando con mi mano en el coño. Parecía florecer. Mis dedos se deslizaban entre sus labios empapados; a veces se le clavaban como por la inercia del movimiento de su pelvis. A veces, su clítoris duro resbalaba sobre las yemas. Se agarraba con fuerza a mi cuello obligándome a doblar el mío para no dejar de ver a Mila, que sacudía las piernas en la medida que las correas se lo permitían.
- ¡Mira… cornu… dooooooo…!
Nicolás gritó en el mismo momento en que, agarrándose con fuerza a las caderas amplias de mi mujer se clavaba en ella como con rabia. Culeaba sin despegarse, empujándola sobre la polla de Nacho, que le hundía la suya entera en la garganta. Mila se debatía inútilmente, se ahogaba. Su cuerpo temblaba. Sus muslos carnales dibujaban hondas. Tenía manos apretándole las tetas, palmeándola, y aquel cabrón se le corría dentro empujándola sobre el rabo de mi amigo.
- ¿Ves…? ¡Es… es… una… putaaaaaaa…!¡Ahhhhhhhh…!
Sonia se sacudía sobre mí como una perra. A cuatro patas, agarrada a mis muslos con fuerza, culeando, temblaba y gemía. Su cabello rubio ceniza olía a hierbas. Se estremecía corriéndose. Yo le clavaba los dedos en el coño como si quisiera hacerle daño, presionaba su monte con la palma de la mano apretando su clítoris. Insultaba a Mila chillando con la voz entrecortada entre jadeos y gemidos con los ojos muy abiertos y la boca contraída en una mueca violenta. Apoyó su mano en mi polla agarrándola por encima del pantalón y la empujé con fuerza para evitarlo. Cayó al suelo y permaneció allí agitándose, culeando, clavándose los dedos en el coño, insultándome.
- ¡Cornudo… mari… cóoooon…!
Cuando Nicolás se apartó de ella, su cuerpo todavía se sacudía espasmódicamente y un hilillo de esperma manaba desde su coño goteando en el suelo. Nacho, supongo que porque pudiera verlo, le había sacado la polla de la boca y se la meneaba corriéndose en su cara. Jadeaba con fuerza tomando aire con ansia cuando, sin previo aviso, Rodrigo se situó entre sus muslos y, separando con las manos sus nalgas grandes y mullidas, le clavó en el culo aquella verga enorme arrancándole un chillido de dolor. Tirando con fuerza de las correas que inmovilizaban sus brazos, Mila logró incorporarse para mirarme, o para que yo la mirase: con los dientes apretados y el rostro contraído por el dolor, cubierto de esperma, parecía exigirme que lo viera, que viera el trato que recibía. Sonia Había llegado hasta ella y, a su espalda, inclinada sobre ella, le lamía la cara, le metía la lengua en la boca, escupía sobre ella los chorretones de esperma que lamía mezclados con su saliva. Llevó una mano entre sus muslos y empezó a masturbarla despacio haciendo girar su cuerpo en el aire hasta mostrarme de frente su coño abierto y chorreante donde escarbaba con los dedos ajustando sus movimientos al ritmo lento y cadencioso con que Rodrigo la barrenaba. Blas, a su lado, le ofrecía la polla, que no tardó en agarrar. Le resbalaba en la mano. Mila gemía medio llorando. Jadeaba mirándome. Respiraba deprisa.
- ¿De verdad te gusta esto, Tono?
- No… no sé… Sí…
- Tiene cojones: toda la vida disimulando y mira…
- Ya…
Ni siquiera me había dado cuenta de que Nacho se había sentado a mi lado, en el lugar de Sonia. Aquella especie de compasión que me mostraba no hacía más que aumentar mi vergüenza, lo que, inexplicablemente, me excitaba más.
- ¡Mira qué está buena Sonia! ¿Te la follas?
- No… Como es amiga de Mila…
- Es un zorrón de cuidado. Si se lo llegas a decir, se te abre de piernas en el despacho.
De hecho, era cierto: no me había atrevido nunca ni a insinuarme temiendo que se lo contase a Mila, pero siempre me había puesto. Era una rubiaza teñida maciza, con mucho de todo y muy bien colocado. Alguna vez incluso me la había meneado imaginándola a cuatro patas con mi polla en aquel culazo. Y allí estaba, haciendo chillar a mi mujer con la mano en su coño y meneándosela a Blas que, en aquel preciso instante la apartaba para sacudírsela por si mismo y correrse en sus caras. Mila y Sonia le jaleaban chillando entre gemidos. Se comían la boca, se lamían la una a la otra las caras y se mordían los labios.
- Joder… Le está llenando el culo de lechita, cornudo.
- Ya…
Entre todos la liberaron de las correas y la ayudaron a bajar dejándola sobre el asiento de uno de los sofás tirado sobre las tablas. Chorreaba lechita, como decía Nacho. Sonia, como loca, se inclinó entre sus muslos y comenzó a lamerle el coño. Nicolás, aprovechando la ocasión, se la clavó en el culo. Reparé en que no tenía líneas de moreno.
- Oye Tono…
- ¿Sí?
- Ayúdame a entonarme, anda, que quiero follarle el culo a tu mujer.
Le miré a la cara apenas un instante para humillar la mirada después. Sonreía de una manera que me pareció cruel. Tenía la polla grande, pero no muy firme. Acerqué la mano para agarrársela y comencé a subir y bajar su piel con la mano. No tardó en estar dura, pero a falta de instrucciones no me detuve. De alguna manera, la sensación del deslizarse la piel sobre el tronco, el relieve rugoso que percibía debajo, la idea de que lo hacía para volver a verla follando, hacían que el momento me pareciera excitante.
- Vale, para ya, maricón, o vas a hacer que me corra.
- Per… perdona…
Frente a nosotros, Rodrigo había apartado a Sonia para colocarse debajo de mi mujer, que iba dejándose caer sobre su tranca muy lentamente, como si tuviera miedo de hacerse daño. Parecía agotada y, pese a ello, movía las caderas para follarle. Nacho llegó hasta ella, se arrodilló detrás entre sus piernas, y fue Sonia quien, mirándome a los ojos con una sonrisa irónica dibujada en la cara, sin decir una palabra, se la colocó en el culo para que, de un empujón, se la clavara haciéndola emitir un quejido quedo. Palmeaba sus nalgas gritando.
- ¡Vamos, zorra! ¡Mueve el culo! ¡Que vea tu cornudo lo que es una buena zorra!
En realidad, no hacía falta. Los empujones de Nacho la sacudían. Todo el mundo parecía empeñado en demostrarme lo puta que era. La follaban deprisa, haciendo que su cuerpo temblara, que temblaran sus nalgas blancas y sus muslos morenos. Podía oír el chapoteo de sus pollas al hundirse en ella. Blas y Nico no tardaron en acercarse. De rodillas, pugnaban por metérselas en la boca agarrándola del pelo. A Mila no parecía importarle. Se dejaba llevar y se tragaba la que tuviera delante. Las engullía gimiendo con la voz ahogada. Sonia la azotaba como con rabia, estrujaba sus tetas, y se masturbaba frenéticamente. La insultaba, me insultaba a mí. Nos llamaba zorra, maricón, puta, tragapollas, cornudo…
- Traga lechita, puta…
Y, de repente, en lo que podría llamarse una conjunción improbable, todo el mundo empezó a correrse al mismo tiempo. Blas, agarrándola con fuerza por el pelo, se clavaba en su garganta. Con los ojos en blanco, Mila trataba de toser y rebosaba esperma por la nariz sin soltar la polla de Nico, que salpicaba en su cara y su pelo; Nacho y Nicolás, firmemente clavados en ella, agarrados a sus caderas y sus nalgas con fuerza, culeaban como queriéndola taladrar. Gruñían. Sonia, entretanto, caída en el suelo de espaldas, más que masturbarse maltrataba su coño con una mano mientras estrujaba una de sus tetas con fuerza con la otra. Estaba tensa, arqueada a veces, sacudiéndose convulsivamente otras. Tenía los ojos cerrados y un rictus brutal
- Mirad qué hijo de puta…
Yo mismo, sin tocarme, juro que sin tocarme, me corría a borbotones dentro de mis pantalones. Mi polla latía, y expulsaba cantidades ingentes de esperma que atravesaban el pantalón, que afloraban bajo el nacimiento de mis muslos. Me corría ante ellos incapaz de evitarlo, sin más estímulo que la contemplación de aquel pequeño ejército que maltrataba a mi mujer, avergonzado, humillado hasta lo más profundo, derrotado en cierto modo. Me corría culeando frente a ellos, incapaz de contenerme, jadeando como un perro.
- Debíamos cenar algo ¿No?
- Recuperar fuerzas para mañana.
- Pues a esta no sé si la recuperamos.
- Pues si no la recuperamos te follamos a ti.
- ¿Y este?
- Habrá que lavarle ¿No?
- Como… como le toquéis la polla…, os las corto a vosotros…
- Pues a mí me da un poco de pena, la verdad.
- ¡Bah! Si le gusta, tonta.
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