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My best friends mother - Parte 3

Mariví no solo busca un jardinero, sino una compañía más íntima. Con su madre ebria y su amigo exhibiendo su traición, Carlos se encuentra solo en la casa, pero no por mucho tiempo: la puerta de la habitación matrimonial está entreabierta y Mariví lo espera.

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Parte 3

Mis padres se adelantaron a la fiesta de Gustavo, el esposo de Mariví. Adujeron que era importante ayudarlos con los preparativos, al parecer existía cierta tensión en el ambiente y no querían dar un paso en falso como si el futuro dependiese de lo que harían a continuación. Al final la rana busca el pozo y no al revés.

Llegue a su casa después de hacer algunas encomiendas del negocio de postres que había montado mi madre hace unos pocos meses, ella no tenía un trabajo formal, por lo que se dedicaba envíos a delivery cada cierto tiempo. Tampoco se preocupó por ejercer la profesión que había estudiado porque mi padre ganaba lo suficiente para mantenernos, pero evidentemente las cosas habían cambiado. Ya no podíamos depender de su sueldo, incluso me vería en la obligación de tener que trabajar, aunque eso afectara a mis estudios. Era como el cuento de la lechera, que imaginaba un futuro prometedor para luego de un paso en falso darse de bruces con la realidad.

Desde que el padre de Daniel subió de puesto en la compañía minera, su familia ya no vivía en el mismo barrio de antes, ahora se mudaron a una zona residencial, la casa que compraron era un chalet de estilo moderno con un jardín cerca de la entrada. Pensé en esto cuando llegué a la fiesta.

—Carlos —me llamó mi madre señalando con la mano su ubicación.

Observé que se encontraba con Mariví charlando amenamente, ambas llevaban vestidos que enmarcaban su figura, como si hubiesen puesto de acuerdo, las dos portaban collares alrededor del cuello, aunque de mi madre era más discreto, su amiga lucía uno que terminaba con una hermosa piedra preciosa. La turmalina negra correspondía perfectamente con el color de su vestido. Las saludé con un beso. Cuando le tocó el turno a la mamá de Daniel, no pude evitar contemplar el cristal prismático, me fijé que tenía estrías en las caras, y terminaba en una especie de punta como si de una flecha se tratase en dirección al escote, inevitablemente mi vista bajó y me encontré con el contorno de su busto, solo fue un instante, pero ella se percató, tal vez esperaba que ocurriese, no lo sé. Seguidamente me recibió con una sonrisa y una mirada extraña como la da una lobezna ocultando sus verdaderas intenciones.

—A partir de mañana ayudarás con el jardín de esta casa —mencionó mi madre con un gesto alegre, casi como si fuese un anhelo de toda la vida.

Mi semblante cambió, no entendía cómo se originó el asunto.

—Por supuesto recibirás una paga por la ayuda —agregó Mariví como añadiendo una cláusula sin importancia—. Ya lo conversamos con tu madre, así que te espero mañana.

—¡Amiga! Lo del pago no es necesario —respondió mi madre algo alterada.

—Tómalo como una pequeña contribución a todos los años de amistad… Además no tendrá que hacer mucho, ya tenemos un jardinero que viene los fines de semana.

—Definitivamente eres la mejor amiga que pude tener —mencionó mi madre mientras unas lágrimas surcaron su mejilla.

Se notaba que ya estaba con el alcohol en la cabeza y se encontraba bastante emotiva ante cualquier estímulo. Es interesante como cambian las personas en estas condiciones, generalmente mi madre es fría y con temperamento sereno, verla así me afecto de sobremanera.

Entendí la proposición, seguramente debieron llegar a un acuerdo antes de que llegase, si con esto podría ayudar a mis padres a salir de la paupérrima situación económica en la que se encontraban; vendría de lujo.

—Además me hará compañía, ya sabes, la inseguridad ha aumentado, mi marido casi no para en casa y no me vendría mal la compañía de un jovencito dispuesto a protegerme.

Mi madre hizo un gesto como afirmando el comentario de su amiga, me miró sopesando los beneficios que obtendríamos.

—Estoy segura de que eduqué de manera correcta a mi hijo, no te dará problemas.

—Seguramente nos entenderemos muy bien. ¿Estás de acuerdo?

El rímel de sus ojos acentuaba una mirada que en instantes como estos le daban una expresión siniestra, inevitablemente los pelos se me pusieron de punta. Estuve a punto de aceptar su propuesta a manera de cortesía aunque ellas lo daban por sentado y nunca me pidieron alguna opinión. En ese instante se hizo un silencio en la sala, y la mirada de los presentes se enfocó en dirección a la puerta de salida.

Una mujer con ropa llamativa, patrones decorativos alrededor del escote y accesorios de primera ingresó con una entendida sonrisa. Inmediatamente rompió la tensión del ambiente cuando hizo una pequeña broma sobre el panorama y se puso a cantar. Aunque la vista de la mayoría de hombres seguía fija en el cuerpo de la mujer, como queriendo descubrir los misterios que ocultaba esas prendas, tuvieron que guardar algo de decoro al percatarse de que algunas esposas protestaban dando pellizcos a sus esposos, otras simplemente mostraban gestos de resignación.

Entre el jolgorio que se armó con la presentación de la artista me di cuenta de una presencia, tal vez inusitada para mí. Andrea recorría con la mirada de un lado para otro, como analizando la escena, entonces me fijé en su atuendo. Llevaba un vestido corto y de apariencia ligera que daba la sensación de estar entre lo provocativo pero a la vez formal, cualquiera que la viera no se escandalizaría por esta extraña combinación, tenía las piernas desnudas que resaltaban la piel blanca de su anatomía y la vista de sus muslos completaban su deseable figura.

Me quedé absorto durante unos segundos hasta que ella me distinguió entre la multitud, me arrepentí de dirigirle la mirada y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Andrea hizo un gesto de sorpresa pero enseguida dio un respingo al sentir la mano de Daniel sobre su cintura, acercó su cabeza hacia su oído para decirle algo que no logré discernir y luego se dieron una sonrisa, la complicidad haría pensar que se trataba de un matrimonio en pleno San Valentín. Sentí un nudo en el estómago a causa de los celos y quise irme de la fiesta.

Con pasos avanzados y sorteando a las personas de mi frente me dirigí hacia la salida, sabía que no aguantaría verlos de nuevo y las repercusiones que eso conllevaría. Ya daría explicaciones a mis padres de mi ausencia, aunque me temía que los enfadaría pero no me importaba.

Cerca a la puerta unas manos me agarraron con firmeza, me di la vuelta y un sentimiento de desazón me inundó.

—¿Qué haces acá? ¿A dónde te dirigías?

No esperaba encontrarme con la señora Mariví en estas circunstancias, tenía la mente bloqueada por la impresión.

—Eee… eee… Al baño —respondí sin convicción.

Me miró con un gesto extraño y me reconcomí por mi desatino.

—¿Te querías ir? ¿Estas aburrido?

Mi pecho se congeló, incluso sentí que la respiración se me cortó, y no podía mirarla a los ojos. ¡Me había descubierto fácilmente! Me sentí un tonto, que estaba a su merced, incluso pensé en la posibilidad de que ella podía leer mis pensamientos. Pero no, seguramente se debía a que no estaba acostumbrado a mentir.

—Ven conmigo.

Me jaló de las manos con la misma fuerza de hace unos instantes y nos dirigimos hacia el sitio en el que se encontraba mi madre, pero ¡Oh sorpresa! El hijo de Mariví y Andrea tomaban unas copas con ella. ¡Mierda! Dije en mi cabeza.

Nos saludamos con un apretón de manos en el que Daniel aprovechó para ejercer más presión de lo normal mientras su rostro emanaba una falsa sonrisa. A modo de compromiso le di a Andrea un beso en la mejilla, aunque ella disimuladamente se limpió la zona “afectada”.

—Estoy alegre de verlos juntos nuevamente —afirmó mi madre, el tono de sus palabras emanaban nostalgia.

—Pensar que fueron amigos desde pequeños y ahora los veo ya crecidos, tomando unas copas como compadres de toda la vida —comentó Mariví con entusiasmo.

—Somos mejores amigos —dijo Daniel dirigiéndose a mi persona—. Eso significa que siempre que te caigas, te levantaré. Y esto lo hago sin esperar nada a cambio, de forma desinteresada.

Me atraganté hasta casi escupir lo que estaba tomando, como es que era capaz de proferir de esa manera, cuanto cinismo existía en esa persona.

—Yo también quiero decir unas palabras —agregó Andrea después de hacerme un extraño gesto—. Y son para ti Daniel —remarcó a la vez que le cogía la mano— No existe sobre la tierra ningún hombre que me haya hecho más feliz que tú…

Daniel volteó a verme y puso cara chulesca cuando de un asalto empezó a morrear a su actual novia, quise morirme en ese instante, un temblor recorrió mi abdomen. La que fue musa de mis sueños recibía con su boca la serpenteada lengua de Daniel, esos sueños se destruían como cristales contra bujías. No le importó que nuestras madres estuvieran a dos pasos. Una pesadilla se formó cuando una mano ladina tocó descaradamente la parte superior del inmaculado trasero de Andrea.

¡Ahh!

Soltó un gemido, al parecer ella no espero esta reacción o le dio vergüenza las circunstancias por lo que se dispuso a apartarse poniendo las manos en su pecho, pero Daniel no la dejó sosteniéndola con fijeza de las caderas, ella simplemente se resignó, y siguieron comiéndose la boca.

A pesar de que ya sabía de su relación, presenciar esta escena hizo que sintiera un agudo dolor en la cabeza, no podía seguir martirizándome por lo que aparté la mirada de ellos.

—¡Wao! ¡Qué bonito es el amor! —mencionó mi madre, arrastraba las consonantes mostrando signo de estar embriagada.

—Cierto, me hace recordar cuando empecé a salir con Gustavo, aunque… —la señora Mariví observando la forma descarada en la que su hijo magreaba el trasero de su novia arrugó las cejas—. Creo que se le subió el alcohol, ¡Daniel córtate un poco!

Se soltaron al escuchar la voz de su madre, y se produjo un extraño silencio.

—Lo siento —dijo escuetamente Andrea sin atreverse a levantar la cabeza.

—Disculpa, no lo pensé adecuadamente. Ver al amor de mi vida me enloqueció por completo… —se excusó Daniel mostrando un rostro de resignación.

—Es entendible —agregó mi madre—. Cambiando de tema, me gustó las palabras que se dijeron. Es un gran gesto de parte de ustedes —me miró como cavilando una gran idea—. Carlos, también eres parte, por lo que me gustaría escuchar lo que tienes que decir, tus amigos fueron muy emotivos, puedes decir algo parecido —dijo esto último como ayudándome con la contestación.

La situación en la que me encontraba hizo que un estremecimiento surja de mi interior, hice un amago de servirme otra copa, no me atrevía a levantar la vista y ya imaginaba los gestos que estarían haciendo, traté de ganar tiempo tomando un sorbo, como degustando movía el licor de un lado a otro. Me sentí inútil, no sabía que diría, casi tenía la mente en blanco, tal vez una escueta frase acerca de la amistad me libraría de esta encerrona. Levanté la vista y comprobé sus miradas expectantes; solté un suspiro, sin embargo en el momento en el que pronuncié la primera sílaba una voz grave interrumpió a mis espaldas.

—¡Mi hijo, ya es todo un hombre! —dijo Gustavo.

—Seguiré tus mismos pasos, espero que estés orgulloso —respondió Daniel con firmeza.

—Cierto, y me lo estas demostrando —observó detenidamente a Andrea—. Trajiste a una hermosa dama, me hace recordar a tu madre en sus buenos tiempos…

—¡Ey!, que yo sigo estando igual de guapa —corrigió Mariví—. Además estábamos a punto de escuchar a Carlos…

—Ya habrá tiempo para charlas en otro momento, que hoy es para festejar a lo grande —cortó Gustavo y me miró haciendo un gesto de sopesar sus palabras y continuó— tu padre lo tiene claro, mira lo alegre que estuvo, eso es vida.

En una esquina, recostado sobre un sillón, con la cabeza inclinada hacia un lado, y los ojos cerrados; mi padre dormía con una parsimonia increíble, como si estuviese separado de este mundo, definitivamente se encontraba en el mundo de los sueños.

—¡Cómo pudo tomar tanto! —comentó mi madre algo escandalizada.

—Tranquila, debe ser porque está feliz, ya sabes seguramente obtendrá una nueva contrata —agregó Mariví.

—¿En serio? No lo puedo creer.

—Pues claro, mujer. Yo cumplo lo que prometo —respondió Gustavo con tono de suficiencia—. Pero es hora de festejar, quiero que todos se sirvan una copa bien llena por esta gratificante noticia.

Mi madre fue la primera en servirse, haciendo caso a la proposición de Gustavo y con una sonrisa se apresuró a dejar vacío la copa. El resto siguió su ejemplo, por lo que tuve que tomar con resignación aunque sabía que si seguía este ritmo pronto podría terminar como mi padre.

¡Upss!

El sonido de vidrios rotos hizo que todos volteasen en dirección a Andrea, había soltado la copa, mojando la parte superior de su vestido. Yo me encontraba a su frente por lo que la visión de su canalillo estaba a mi merced, el mojado de la tela hizo que resaltasen sus pezones, cuyas formas empitonadas se erguían desafiando las leyes de Newton.

Enseguida su rostro cambió de color, y al levantar la mirada abrió la boca al percatarse de mi indiscreción, giré la cabeza pero me encontré con la de Daniel que arrugaba las cejas mientras apretaba los puños, no quería saber lo que sucedería a continuación, tenía que salir de aquí y no prolongar esta agonía. Una idea resonó en mi cerebro, tal vez podría irme cuanto antes si lo proponía de manera adecuada.

—Mi padre está a punto de caerse, pediré un taxi y lo llevaré a casa.

—Creo que es lo mejor, las copas se me subieron a la cabeza —agregó mi madre poniendo la mano en la sien—. Lo pasamos muy bien, seguramente no lo olvidaremos fácilmente.

—La cantante que contratamos tocará una última canción por lo te pediría un último baile —propuso Gustavo extendiendo la mano a modo de invitación—. Además tenemos un cuarto de invitados, tu marido puede quedarse a descansar.

—Cierto —añadió Mariví a la vez que dirigió una mirada en mi dirección—. Es el último cuarto a la izquierda del segundo piso, Daniel te puede ayudar a llevarlo.

Mis planes se iban al tacho de nuevo, pero al menos me alejaré todo lo posible de sus continuas encerronas, porque no era coincidencia que trataran de buscarme para restregarme en la cara todas sus fechorías.

—No es necesario, puedo encargarme solo —respondí escuetamente—. En otra ocasión pude llevarlo fácilmente —recalqué.

Daniel levantó una ceja como subestimando mi hombría, pero no dijo nada.

Me dirigí hacia mi padre de inmediato evitando que a alguien se le ocurriese insistir respecto a ayudarme, en estos instantes quería estar solo, y esperaba largarme cuanto antes. Me fije en los invitados, al parecer algunos comenzaban a marcharse, alcé la vista hacia un reloj que estaba empotrado en una de las paredes de la sala, marcaba las dos y media.

No imaginé que fuera tan difícil trasladar a un hombre en estado inconsciente, sobre todo a mi padre que estaba pasado de peso, cada paso que daba sentía una tensión en los músculos de mi cuerpo, desafortunadamente tuve que pasar cerca de donde se encontraban Andrea y Daniel, al parecer discutían por algún motivo, ella hacía gesto de incomprensión y luego ambos se fueron en direcciones diferentes, problemas en el paraíso, pensé.

Subí las gradas sujetando a mi padre de la cintura, cada peldaño hacía que mis pantorrillas se estremecieran, en ese instante comprendí a Cristo cuando cargó la cruz. Seguramente al día siguiente tendría unas agujetas, pensé. Escuché unos pasos cerca y sorprendentemente se trataba de Andrea y Mariví, que se acercaban conversando amenamente. Si bien no quería encontrarme con ella, aún se encontraban lejos por lo que haciendo un descanso, me paré y desde la posición en la que estaba podía ver perfectamente hacia abajo, pude divisar a mi madre que bailaba con Gustavo, se veía bastante afectada por el alcohol cuando soltaba unas risas exageradas y amagaba con caerse de vez en cuando, lo que me preocupó es que cada tanto seguían sirviéndose unas copas, ella no ponía pegas a seguir con el licor aunque evidentemente no estaba acostumbrada a beber de esa manera; tenía que darme prisa. Por último me percaté en que Daniel se encontraba en otra esquina con un grupo de señores, que parecían ser colegas de Gustavo comentando con sonrisas socarronas el actuar de la vocalista, sin duda alguna el cuerpo de aquella mujer despertaba los bajos instintos. Cantaba ahora “O Descobridor Dos Sete Mares” en portugués, y lo hacía tan bien que por un momento me sentí feliz de venir a la fiesta. Existen personas que con talento hacen que la gente la adore y ella era una de estas.

¡Mierda! Solté en mi mente, al percatarme de que no tenía las llaves del cuarto, sin duda alguna todo este embrollo me estaba afectando y no me percaté de lo más importante, así que recosté a mi padre junto a la puerta y me puse a buscar a la señora Mariví. El baño del segundo piso tenía la puerta cerrada por lo que supuse que estaba ocupado, con un halo de desesperación busqué el lugar donde se encontraba la habitación de matrimonio de los padres de Daniel.

Un estupor recorrió mi cuerpo al descubrir que se encontraba entreabierta como esperando a que un ladrón violentara su interior. Evidentemente yo no era ese tipo de persona por lo que me dispuse a tocar.

—Adelante —respondió Mariví cuando di un toque a la puerta.

Esto me sobresaltó por un instante, pero no podía detenerme más tiempo, lastimosamente las personas más importantes para mí necesitaban mi ayuda, mi padre dormía en el suelo y mi madre estaba embriagada. Así que me apuré a entrar.

—Necesito las llaves…

Casi me atraganto con la imagen que tenía en frente.

Continúa en