Xtories

Júlia I

Sara llega a un paraíso tropical esperando encontrar respuestas, pero su mente viaja años atrás, a las aulas donde conoció a un chico que el mundo ignoraba. Entre el silencio de los libros y el ruido de las fiestas, descubrió que el amor más intenso a veces nace donde menos se espera, y que algunas promesas, aunque profundas como el océano, nunca se cumplen.

Sandra128210K vistas9.4· 36 votos

Cuenta una antigua fábula de origen desconocido, aunque algunos atribuyen a Esopo y otros sugieren su procedencia a orillas del Nilo que una mañana se encontraba una rana tomando el sol perezosamente como solía hacer a menudo, cuando de repente, se plantó un escorpión delante de ella.

― Buenos días, amiga. Me preguntaba si serías tan amable de ayudarme a cruzar el río

―Ni lo sueñes – contestó la rana― no quiero morir víctima de tu veneno.

―Pero nada podría hacerte. Sabes que no sé nadar, si te hundes, yo me ahogaría contigo.

Después de pensarlo unos instantes la rana aceptó ayudarle y el escorpión se subió a su resbaladiza espalda.

Estaban ya por mitad del trayecto, cuando la rana notó un dolor agudo. El escorpión le había picado con su aguijón ponzoñoso.

La rana notó como empezaba a perder sus fuerzas y sus patas se negaban a obedecerla y entonces antes de hundirse hacia el fondo del río preguntó:

―¿Por qué lo has hecho si tu también vas a morir?

―Lo siento, ranita, no puedo dejar de ser quien soy; no puedo luchar contra mi naturaleza― le respondió poco antes de desaparecer ambos bajo las aguas

La Pointe Larue, Mahe International Airport, Islas Seychelles.

Dia de Hoy (Present day), Sara

La voz de la azafata conminándonos a abrocharnos los cinturones, hizo que abandonará el reino de Morfeo donde había estado maldurmiendo las últimas seis o siete horas. Poco a poco mi mente se fue aclarando y fui consciente que mi vuelo de 17 horas desde Paris estaba llegando a su término. Giré la cabeza para mirar a través de la resina acrílica de la ventana del avión o respiradero como le llamaban los profesionales para enfrentarme a una inmensidad de azul turquesa intenso. Al virar para encarar la pista de aterrizaje, pude contemplar por unos momentos una pequeña ciudad de blancas y pequeñas edificaciones que emergían entre una abundante vegetación. El avión dio un par de tumbos a consecuencia de las turbulencias que encontramos al encarar la pista de aterrizaje, la cual discurre paralela al océano a pocos metros del agua, por lo que el pasajero tiene la sensación de estar aterrizando en pleno Indicó. Por fin las ruedas tomaron contacto con la tierra, produciendo ese característico sonido de frenado hasta que poco a poco el avión perdió velocidad y se dirigió mansamente hacía el edificio principal del aeropuerto donde desembarcaríamos. Tras desearnos una agradable estancia y comunicarnos la temperatura y la humedad que nos íbamos a encontrar, el capitán se despidió de nosotros, aclamado por una sonora ovación con la que el pasaje suele poner fin a los nervios del viaje.

Llevaba mi bolsa de mano conmigo, apenas ropa para dos o tres días por lo que no tuve que esperar mi equipaje y fui por tanto la primera en abandonar la zona privada del aeropuerto. Tras una puerta corredera de vidrio varías personas esperaban a los pasajeros: padres, novias, familiares y amigos; aunque a mí me estaba esperando un inmenso hombre de color que sujetaba una cartulina con mi nombre y una sonrisa de aquellas de anuncio de dentífrico y hacia allí me dirigí.

― Come with me, Mrs Ramis. Follow me – dijo mientras cogía mi bolsa sin que pudiera intentar detenerlo.

Salimos del aeropuerto y nos montamos en una cargo van de dos plazas que había conocido tiempos mejores, tomando la autovía que conduce a la capital. Mi acompañante no paraba de hablar y yo le contestaba apenas con monosílabos. En aquel momento no tenía muy claro dónde acabaría mi viaje y si terminaría tomando el sol en una playa de aguas cristalinas o acabaría secuestrada en un garaje cochambroso. Lo que más me preocupaba en ese momento era quien pagaría el rescate y si durante mi secuestro me iban a violar. Afortunadamente en pocos minutos llegamos a Victoria y nos dirigimos hasta el puerto, donde dejamos la furgoneta y nos montamos en una lancha que zarpó al instante hacia aquel azul desconocido.

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Me llamo Sara Ramis, tengo 29 años de verdad, no soy de las que se quitan años, por lo menos todavía. Tampoco soy una de aquellas mujeres que hace que se giren los cuellos a su paso; aunque 3 días de gimnasio semanales han conseguido mantener una figura que podríamos denominar como atractiva. Mi pelo rubio, lacio cortado a medía melena, enmarca una cara de facciones suaves y piel muy blanca donde destacan un par de ojos de color verde; herencia de mis abuelos daneses por parte de madre.

Pero no estoy aquí para hablaros de mí, por lo que de momento os vais a tener que conformar con esta pequeña introducción. Os quiero contar la historia de dos personas que durante los últimos años han estado muy presentes en mi vida y que como ya sabréis han marcado mi pasado y son la razón de que me encuentre aquí.

He vivido su historia como espectadora, como amiga, quizás como algo más y he recogido sus confidencias, sus anhelos. Por ello, me he autoproclamado su narradora; aunque a lo largo de la misma me esconderé entre bastidores, para que sean ellos los que la cuenten, porque ellos son los verdaderos protagonistas.

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Amanecía, los primeros tenues rayos de sol de una mañana fría de enero, se colaban entre los espacios de la estera blanca que cubría la pared de una habitación de la clínica Dexeus. En la cama el bebé recién alimentado y ya lavado por las enfermeras había sido retornado a la madre que lo sujetaba entre sus brazos sin poder apartar su mirada de esa carita sonrosada y tan deseada.

Había sido una noche muy larga, demasiado larga y Maria se hallaba agotada, casi tan exhausta como feliz. Su cara reflejaba una alegría infinita, mientras sus ojos se posaban en aquella desvalida criatura que yacía a su lado. Si algún pintor renacentista hubiera buscado la estampa más perfecta para representar el amor maternal, probablemente no hubiera encontrado otra mejor que la que se desarrollaba entre aquellas cuatro paredes blancas. Cinco horas permaneció Maria en la sala de partos, jadeando, resoplando y finalmente gritando hasta que por fin Marc se decidió a abrirse paso hasta el mundo y cuando el ginecólogo golpeó las nalgas del recién nacido y éste empezó a llorar, supo a ciencia cierta que éste era el momento más feliz de su vida y que probablemente, aunque viviese cien vidas más, nunca volvería a sentir una intensidad igual.

Dos años después de su matrimonio, Joan y Maria fueron conscientes de que existía algún problema que les impedía tener descendencia. Se pusieron en manos de los mejores médicos y siguieron a rajatabla el plan de fertilidad que les marcó la clínica. El primer aborto a los dos meses supuso un golpe muy cruel; pero el segundo intento que acabó de igual forma la hundió en una depresión de la que tardó meses en recuperarse. Habían hablado de adoptar un niño. De hecho, tenían la solicitud enviada y estaban pendientes de que el gobierno de Rumanía se pusiese en contacto con ellos para informarles de las posibilidades y entonces, aquel mismo mes, Maria se extrañó cuando su regla se retrasó: dos días, cinco días, una semana. No podía ser, pero sin decirle nada a su marido compró un test de embarazo y a escondidas, mientras se encontraba sola en casa dejó caer unas gotas de orina sobre el papel reactivo y rezó. Rezó con todas sus fuerzas, prometió a todos los santos y vírgenes que recordaba de su niñez todo lo que se le iba ocurriendo y al bajar la vista vio dos rayas rosadas que le confirmaron que sus ruegos habían sido atendidos.

La gestación no fue fácil, la incertidumbre de aquellos intentos fallidos oprimía su garganta cada mañana. Tenía 37 años, una edad peligrosa para una madre primeriza y a pesar de todo, por imposible que parezca, tuvo un embarazo modélico sin apenas molestias hasta los últimos días que soportó los dolores y molestias normales de esa última etapa.

Joan y Maria eran gente sencilla, sus padres eran pagesos de toda la vida, apegados a las viñas que eran su sustento, ella había sido la pubilla más hermosa que se recordaba en el pueblo y él un hombre trabajador y amable que se desvivía por su familia. Bajo estos parámetros no hubiese sido difícil imaginar una vida placentera rodeados de familiares y amigos con los que habrían compartido toda su vida en aquel rincón del Mediterráneo. Sin embargo, el destino es caprichoso y a los pocos meses unos negros nubarrones se ccernieron sobre aquella idílica familia.

Marc tuvo un desarrollo lento: no gateo, tardó casi año y medio en empezar a andar y su primera palabra, Massa, el nombre del gato salió de su garganta con casi dos años Al principio, el pediatra no quiso preocuparles y trato de quitar hierro al asunto, pero al comprobar que las pruebas de madurez se retrasaban más de lo deseable, empezaron a hacerle pruebas buscando algún trastorno neurológico que nunca se encontró.

El parvulario les supuso el primer purgatorio. Cada día que iban a recoger a su hijo a la guardería se encontraban a la maestra que les explicaba las trabas que encontraba Marc en su educación. No progresaba, no se socializaba, no atendía… una colección de noes que cada vez más angustiaban a su madre y que terminaron por decidir no irlo a recogerlo más y delegar esa función en su marido.

La escuela no hizo sino acentuar todos los problemas que habían quedado latentes. No aprendía a leer, le costaba muchísimo mantener la atención y en ninguna asignatura progresaba adecuadamente, bueno excepto las matemáticas que por lo que fuera parecía que era capaz de dominarlas.

Marc lo pasaba muy mal en la escuela, de tal manera que lo único que deseaba al salir por las mañanas, era poder regresar y refugiarse entre los brazos de su madre que era el único sitio donde conseguía esa paz que tanto anhelaba.

Conforme a avanzaban los cursos, más evidente se hacía el retraso de Marc. No era capaz de conseguir las competencias más básicas, no se relacionaba con sus compañeros y sus recreos discurrían tras los cristales de la clase mientras veía a sus compañeros jugar fuera.

Los niños son crueles. Al principio aceptaban las explicaciones de su maestra y procuraban evitar a Marc, un niño especial, como les decía. Pero conforme crecían, empezaron a poner en duda esa imagen que se les ofrecía para construirse la suya propia y así Marc pasó a ser del niño especial, al tontito o al retrasado del que todos se burlaban.

Todos se excusaban en las fiestas de aniversario que incansable organizaba su madre, de igual manera que él se fue convirtiendo en el gran olvidado, en aquel niño que nadie quería invitar, pese a las lágrimas de Maria que de nada servían.

En el colegio sus distintos maestros lo apartaban al rincón final de la clase, reconociendo de alguna manera su propia incapacidad. Lo olvidaban porque no sabían qué hacer con él. Porque era un problema que les superaba y preferían ignorarlo.

Marc no avanzaba, tenía problemas en la lectura, no comprendía. Las letras se convirtieron en una especie de jeroglífico y sin embargo en matemáticas destacaba. Sus profesores no acababan de explicárselo, pero resolvía todos los problemas que le planteaban, eso sí sin explicar el desarrollo, únicamente ofrecía la solución. Marc encontraba en las matemáticas esa lógica que el mundo le negaba, ese orden que era capaz de reconocer. En las matemáticas encontró Marc el lenguaje con el que comunicarse con su universo secreto.

Y todo hubiera continuado igual, sino hubiera sido porque aquel año la Generailitat decidió dotar a los colegios con aulas de ordenadores PC para que sus alumnos fueran capaces de incorporarse a la sociedad de la información. Aquella mañana los alumnos de sexto se dirigieron al aula de informática para hacerles una pequeña demostración de lo que eran capaces de proporcionarles los ordenadores.

Al final de la mañana, se dieron cuenta que Marc había desaparecido, que no se encontraba con su profesora de refuerzo y que no eran capaz de localizarlo. Llamaron a su casa y a la policía local temiéndose lo peor y empezaron un registro concienzudo del centro, aula por aula, hasta que por fin apareció en el suelo del aula de ordenadores, abrazado al teclado, comunicándose con el PC. Había encontrado un amigo, a su primer amigo.

Nadie era capaz de explicarlo, pero durante aquel escaso tiempo que Marc había permanecido solo en el aula de ordenadores había descubierto el DOS, su sistema operativo y lo había utilizado para comunicarse con el PC. Eso lo cambió todo.

Sus padres le prometieron un PC si aprobaba todas las asignaturas en la ESO, Marc aprobó todas las asignaturas con sobresalientes. Ese verano se lo pasó delante de su flamante 286, investigando, saciando su curiosidad sin freno y el ordenador no le decepcionó, le abrió puertas, sació su curiosidad y así fue como aquel verano se juraron amor eterno.

Las guías estaban en inglés y aprendió inglés. En un año, avanzó en el idioma de tal manera que sus profesores lo prepararon para el examen de First Certificate. Ellos no entendían que el idioma no era un fin, sino tan solo un medio.

Ese año sus padres le propusieron conectar su ordenador a una línea básica ADSL que le conectaría a InterneL, le abrieron las puertas. Sin saberlo, le estaban dando acceso a su universo, a un mundo que sentía le pertenecía, a un mundo de conocimientos infinitos donde podría por fin saciar su curiosidad sin límite.

En el instituto todo iba relativamente bien. Sus notas eran inmejorables; aunque todos sus profesores se quejaban de lo mismo: Marc no se relaciona con sus compañeros, esta totalmente excluido en clase, tiene que ir a un psicólogo.

Y así fue como sus padres venciendo su escepticismo llevaron a Marc a un gabinete psicológico que le diagnosticó un TEA (trastorno del espectro autista) que afecta la manera en la que una persona percibe y socializa con otras personas, lo que causa problemas en la interacción social y la comunicación, Al mismo tiempo descubrieron que su percentil intelectual se disparaba hasta límites insospechados. Su CI era de 150, solo al alcance de algunos genios de la historia, pero posiblemente podría ser más alto, porque el TEA le predisponía a ignorar el test y a minimizar los resultados.

En el instituto todo fue más o menos bien hasta el último año. Fue en una clase de Educación Física en segundo de bachillerato, cuando quedó emparejado con Isabella y haciendo un ejercicio cayeron los dos al suelo, mientras Marc quedaba sobre ella y al intentar levantarse puso sus manos sobre sus pechos sin ninguna intención, simplemente para levantarse. Posiblemente no hubiera tenido el incidente más importancia a no ser porque se lo contó a su novio y éste se sintió en la obligación de darle una lección al rarito para que aprendiera a respetar a sus novias. Xavier, un líder deportivo, Toro su inseparable colega y dos compañeros más decidieron acorralar a Marc para darle una lección.

Los cuatro magníficos acosaron a Marc entre clase y clase con la pretensión de enseñarle modales, pero todo se desmadró. Xavier le pegó un par de collejas a Marc y ahí se le fue la pinza. Le clavó el lápiz en la mano, se levantó y pateó los genitales de toro viendo como éste gimoteaba extendido en el suelo con sus manos cubriéndose los testículos, mientras remataba la tarea arrojando una silla a la cabeza de uno de los secuaces abriéndole una profunda brecha desde donde manaba abundante sangre. Todo ello pasó en menos de un minuto y cuando la profesora de Inglés entró en clase y se encontró con un escenario caótico que no se sentía capaz de manejar más propio de una zona de guerra que de un instituto. Sangre, gritos y lamentos que acabaron con Dani en el despacho de la directora y a los tres machitos en una ambulancia camino del ambulatorio.

Una semana de expulsión para los agresores y expulsión hasta fin de curso para Marc, sólo podría presentarse a los exámenes finales. Una sentencia injusta, pero que acalló a la mayoría, que en definitiva es de lo que se trataba. Los daños causados por Marc habían sido graves y las familias de los afectados consintieron a retirar las denuncias a cambio de que Marc no volviera en los cuatro meses que quedaban del curso al instituto. A duras penas consintieron que pudiese examinarse para no perder el acceso a la universidad.

Marc volvió la última semana de Junio para hacer sus exámenes finales, mientras se dirigía al despacho de la directora para hacer las pruebas que le habían sido condensadas en dos días, pudo ver por el pasillo a Isabella que le negaba la mirada, bajándola hacia el suelo a su paso y un corro de machitos que le retaban a distancia sin atreverse a nada más. Nada parecía haber cambiado, bueno sí, a partir de aquellos incidentes, Toro había pasado a ser buey murmurado en voz baja por sus compañeros del instituto.

Marc había decidido ese verano matricularse en dos carreras: en informática y en económicas, por lo que decidió irse a vivir a Barcelona para aprovechar mejor el tiempo. Fue imposible para sus padres por mucho que lo intentaron hacerle cambiar de idea. Viviría con dos compañeros de su universidad compartiendo un piso a escasos 10 minutos de la facultad, lo que teniendo en cuenta que hablamos de Barcelona era poco menos que inmejorable.

Marc había localizado el piso en un foro de estudiantes y había mantenido un par de teleconferencias para conocer a sus futuros compañeros y darse cuenta que tenían muchas cosas en común.

Así fue como un 12 de Setiembre, pocos días antes de empezar el curso universitario, sus padres le acompañaron para ayudarle a transportar todo lo que necesitaba. Acabada la mudanza, regresaron tristes al pueblo. Por primera vez se iban a separar de su hijo, Maria lloró toda la noche sintiendo que le habían arrancado una parte de su ser.

Y ahí es donde conocí yo a Marc, el primer día de clase casi chocamos al intentar entrar a clase a la vez. Era un chico alto, desgarbado con un flequillo rubio que le cubría media cara y que apenas dejaba entrever unos ojos grises, fríos que no parecían expresar la más mínima emoción. Si a eso le sumamos que siempre iba vestido con unos tejanos desgastados y una sudadera con la capucha sobre la cabeza, pues no os puede extrañar que aquellos tres personajes se convirtieran en los friquis de la clase y nadie quisiera sentarse a su lado.

Mentiría si dijese que me cayó bien desde el primer día. La imagen del primer año que tengo de él es la de un prepotente que se atrevía a corregir a sus profesores mucho más frecuentemente de lo que se consideraría adecuado y pese a ello, siempre sacaba las mejores notas de clase. Si a eso le unís que no hablaba con nadie más que sus compañeros de vivienda y que nunca se dignó a venir con sus demás compañeros a ninguna de las salidas que hacíamos con bastante frecuencia, os podéis imaginar que su popularidad estaba como un termómetro en Soria durante pleno invierno.

Y fueron pasando los años con aquella rapidez y despreocupación que sólo la juventud es capaz de gestionar. Empezó a trabajar de becario los sábados y un par de tardes a la semana en una tienda SL soluciones informáticas, que prometía solucionar cualquier problema que el cliente pudiera tener, ya fuera de hardware o de software para poder contribuir económicamente y no convertirse en una carga para sus padres. Al principio le encargaron las tareas más insulsas, pero poco a poco se fue haciendo evidente su potencial y a los pocos meses todos los informáticos e ingenieros venían a consultarle sus dudas. Poco antes de acabar la carrera, los dueños, conscientes que tenían un diamante en bruto de un valor extraordinario, le propusieron que pasara a formar parte de la plantilla con una revisión de sueldo.

Marc siempre había oído en casa que a sus padres por ser los pequeños les habían dejado las tierras improductivas y a sus hermanos mayores (els hereus como se les conoce en Cataluña) heredaron las mejores tierras, las tierras más fértiles. Deducía por ello que sus padres, no podrían ser muy boyantes económicamente; lo cual distaba mucho de la realidad. Si a Marc le hubiera interesado el dinero, probablemente hubiera sabido que aquellas tierras al lado del mar, saladas y que la cercanía del mar las había convertido prácticamente en estériles se habían revalorizado a causa del boom inmobiliario y habían multiplicado su valor por mil. No supo hasta años después que sus padres habían vendido parte de esas tierras donde se construyó una urbanización de lujo por algo más de ocho millones de euros; aunque en honor a la verdad, eso no pareció afectar lo más mínimo a las rutinas de sus padres, que continuaron sus vidas como si nada hubiese pasado.

Poco a poco fui cambiando de opinión sobre Marc. Influyó muchísimo una conversación que tuve con Carles uno de sus compañeros de piso, donde me explicó la sintomatología que sufría a causa de su enfermedad. A raíz de aquello fui observándolo con otros ojos, a darme cuenta de muchos detalles que me habían pasado desapercibidos y empecé a recorrer el camino contrario de sus compañeros de primaria. De verlo como un friqui idiota y pretencioso a considerarlo una persona especial y a descubrir una parte de él que siempre llevaba oculta.

No, no me lancé a sus brazos; pero inicié pequeños acercamientos. Algún día me senté a su lado, otro día nos quedamos a hablar después de clase. Ese día fue muy especial, porque aunque Marc se sentía violento y prácticamente no le salían las palabras, cuando se fue soltando, entreví una personalidad que me deslumbró.

Lentamente, pero sin pausa fui acercándome a él. Sí, sí, he dicho acercándome porque pese a que sabía que Marc estaba muy a gusto con mi compañía, él no era capaz de tomar ninguna iniciativa y todo recaía en mi persona.

Teníamos que dar un paso más y me propuse pedirle una cita. No sé, ir a ver una peli o quizás a comernos unas pizzas. Ya lo tenía todo decidido, los compañeros de piso de Marc habían conseguido que aceptara ir a la macrofiesta que se había organizado 2 meses antes de acabar el último curso y donde se reunirían estudiantes de aquel año de todas las universidades. Ahí fuera del ámbito de estudio donde siempre nos habíamos visto, llegaría mi momento y tendría mi oportunidad. Todo estaba planeado hasta el más mínimo detalle y entonces…, todo se fue a la mierda.

We both did the best we could do underneath the same moon

In different galaxies

And I didn't want to hang around

We said it was just goodbye for now

You said you were gonna grow up

Then you were gonna come find me

promises, oceans deep

But never to keep

Oh, never to keep

Peter, Taylor Swift