Xtories

La Piel de la Familia Vol1 Cap1 (pt 2)

El Licenciado González no vino a Monterrey por negocios. Trajo una trampa perfecta tejida con vino, silencio y la complicidad de la mejor amiga de Verónica. Cuando la puerta de la suite se cerró, no había vuelta atrás para la esposa que creía controlada.

Angie de Rose6.4K vistas8.5· 8 votos

VERÓNICA. La siguiente semana fue fin de trimestre, por lo cual tenía que hacer mi primer viaje a Monterrey para reunirme con los directivos de la planta norte de la empresa y recibir su informe sobre el estado financiero y de las operaciones. Por ser mi primera vez, el Licenciado González le pidió a Ángela, mi compañera encargada de la zona del Pacífico, que me acompañara para tener de respaldo a alguien con experiencia en la dinámica de esas reuniones. La verdad era que me sentía muy capaz de hacerlo por mi cuenta, pero Ángela era mi mejor amiga en la oficina, así que no me molestaba para nada su compañía. La única desventaja era que la reunión sería el viernes, por lo que mi encuentro semanal con Leo tendría que aplazarse.

Un par de días antes del viaje el Licenciado González nos informó que el CEO de la empresa le había pedido ir a atender unos asuntos en Monterrey, por lo que viajaría con nosotras. “No se preocupen. Yo tengo mi propia agenda, así que sólo nos veremos en el avión y tal vez en la cena, si me permiten invitarlas” dijo. Ninguna puso objeción.

El día llegó y tuve que madrugar para tomar el vuelo de las 6:30 y llegar a la junta programada a las 11:00. Rodrigo me llevó al aeropuerto y ahí me encontré con Ángela y el jefe. Les presenté a mi esposo y nos despedimos. Él fue muy cariñoso. Había estado así toda la semana. Dijo que me iba a extrañar mucho y que no me preocupara, que cuidaría bien a Maite. Tampoco era para tanto, era un viaje relámpago. En la tarde del día siguiente estaría de regreso.

La junta inició más tarde de lo programado. Como era nueva, primero me presentaron a toda la planilla de directivos y me dieron un recorrido por las instalaciones. Después horas de informes financieros y operativos. Esos tipos eran expertos y sabían lo que hacían, así que no hubo ningún problema. Los felicité por su buen trabajo, les di un par de sugerencias para mejorar las utilidades en el área de distribución y nos despedimos hasta la siguiente junta trimestral. Eran casi las 6 cuando Ángela y yo salimos de las instalaciones con la satisfacción del deber cumplido, pero muriéndonos de hambre. Justo en ese momento recibió un mensaje. Era el Licenciado González invitándonos a comer. Ese hombre siempre sabía en qué momento aparecer. Pedimos un taxi y diez minutos después nos reunimos con él en un lujoso restaurante.

Por recomendación del Licenciado ordenamos langosta. Debo aceptar que me sentí un poco incómoda al ver los precios; sentía que era abusar de la invitación del jefe. “Hay que disfrutar la vida, Castillo” interrumpió mis objeciones. Nos preguntó cómo nos había ido. Le contamos sobre la junta, los nervios y la satisfacción de que todo hubiera salido bien. Al principio guardaba cierta formalidad por estar ante mi jefe, pero poco a poco me fui relajando, entré en confianza y todo comenzó a fluir más natural. Él nos platicó que se había aburrido mucho en sus labores del día pero le daba gusto estar ahí con nosotras pasándosela bien.

Después dijo que en el par de meses que llevaba trabajando ahí nunca habíamos tenido tiempo de platicar de otra cosa que no fuera trabajo y me pidió que le contara sobre mí. Les hablé de mi familia, de mis estudios, mis trabajos anteriores, de lo bien que me sentía en mi nuevo puesto a pesar de la responsabilidad y la presión. Cuando me di cuenta no dejaba de hablar, me sentía tan cómoda que la plática salía como si conociera a ese hombre desde mucho tiempo antes. Él, por su parte, nos contaba anécdotas de sus viajes y cómo había llegado a ocupar el puesto que tenía. Ya tenía yo una idea de su carácter y determinación, pero escuchar todas las situaciones difíciles que había superado despertó en mí una profunda admiración por él.

La langosta estaba muy rica, por cierto. De pronto me di cuenta de que la plática parecía ser sólo entre nosotros dos, Ángela permanecía en silencio y sólo nos escuchaba. Cuando terminamos de comer me levanté para ir al tocador y ella me acompañó. Le pregunté por qué estaba tan callada. “No quiero hacer mal tercio, se ven platicando muy a gusto”. La miré extrañada “¿Qué estás insinuando?” “Nada. Sólo digo que parecen congeniar muy bien”. La realidad era que me la estaba pasando muy bien con la plática, así que le di la razón. “Además estoy segura que se muere por llevarte a la cama” agregó entre risas. “¡Ángela! Qué cosas dices. Estás loca”. Ambas reímos y volvimos a la mesa con la idea de marcharnos del lugar para ir a descansar.

El Licenciado nos esperaba con una botella de vino que descorchó en el momento y sirvió en copas. Al parecer no nos iríamos tan pronto como pensé. “¿Y por qué vamos a brindar?” preguntó mi compañera. “Por la licenciada Castillo y su éxito en la empresa”. Me avergoncé un poco al sentirme el centro de atención. Sonrojada agradecí y chocamos las tres copas.”¡Salud!”. Ángela me miró con una sonrisa maliciosa como reafirmando lo que me había dicho en el tocador. No le di mayor importancia y seguimos platicando. El tiempo y la botella se consumieron más rápido de lo esperado. Cuando vi el reloj me sorprendió que fueran más de las 10. Había disfrutado la velada, pero ahora sí era hora de irnos.

Cuando salimos del restaurante ya nos esperaba un taxi de aplicación que nos llevó de regreso al hotel. Todo el camino seguimos la conversación: la música de los jóvenes, los actores más guapos, las peores películas que habíamos visto… Tal vez era el vino, pero me sentía contenta y relajada como hacía mucho. Platicaba todo con entusiasmo y naturalidad. Me sentía libre y no quería que esa sensación se terminara. Ya en el elevador del hotel nos seguíamos riendo, hasta que llegamos al piso donde Ángela y yo teníamos nuestro cuarto. Las puertas se abrieron y cuando comenzábamos a despedirnos el Licenciado nos detuvo: “No sé ustedes, chicas, pero yo me la estoy pasando muy bien”. Ambas dijimos sentirnos igual. “¿Qué les parece si pido room service y nos tomamos la última en el pent house?” Mi primera reacción fue negarme, no soy la clase de mujer que acepta invitaciones de un hombre a su cuarto, pero Ángela lo hizo de una manera tan natural que hasta me sentí mal de considerar que era una propuesta maliciosa por parte del jefe. “Está bien” cedí tras el momento de duda. Mientras fuéramos las dos no había de qué preocuparse, ¿no?

Subimos cinco pisos más. Al entrar a su cuarto me di cuenta de la diferencia que había entre él y nosotras. Estábamos en el mismo hotel y era uno elegante; nuestra habitación estaba muy bonita, pero esto era un palacio. Nosotras recorríamos el lugar fascinadas mientras él pedía otra botella de vino y tres copas. Nos asomamos al balcón desde donde podíamos ver de un lado el Cerro de la Silla y del otro la ciudad tapizada de luces en medio de la noche. Era una vista hermosa. Cuando miré de nuevo al interior el Licenciado nos miraba sonriendo. Entonces caí en cuenta de que era la primera vez que yo entraba a un lugar así, pero eso era algo cotidiano para él. Seguramente me veía ridícula portándome como niña pequeña. Me sentí intimidada al ser consciente del estatus que tenía ese hombre.

A un costado del ventanal del balcón había una pequeña pero fina sala de piel. Ángela y yo nos sentamos en el sofá. El Licenciado González se quitó el saco, se aflojó la corbata y se sentó en el sillón. “Discúlpenme, licenciadas, pero el calor me estaba matando”. Por primera vez lo veía abandonar la formalidad en su imagen, pero para nada perder el porte. “Usted sí se sabe consentir, Licenciado” me atreví a decir“. “Hay que disfrutar la vida, Castillo” me miró a los ojos “Nunca se conforme. Si quiere algo tiene que ir por ello y no rendirse hasta tenerlo”. Ya había escuchado esas palabras antes, pero dichas por un verdadero triunfador sonaban más inspiradoras. En eso sonó el timbre. El vino había llegado.

Retomamos la plática donde se había quedado en el elevador. “Entonces estábamos en que Ángela nos iba a enseñar a perrear” recordó el Licenciado. Los tres reímos. “¡No!” replicó mi amiga, “Verónica nos estaba contando por qué Nicholas Cage es el hombre más guapo del mundo”. “No dije que fuera el más guapo. Digo que un hombre puede ser atractivo de varias formas. Como él, no es guapo pero tiene carisma y porte. Eso también es muy seductor”. El Licenciado levantó su copa mirándome “¡Salud por esa forma de pensar que nos da esperanza a los feos!” Bebimos entre risas y así seguimos.

Después de unos minutos Ángela se empezó a sentir mareada. Se le habían subido las copas. El jefe le ofreció la cama para recostarse un rato pero ella prefirió irse a dormir a nuestra habitación. Me preparaba para irme con ella cuando me detuvo “No te preocupes, yo me voy sola. No quiero arruinar la diversión”. “Olvídalo, voy contigo” insistí algo preocupada por mi amiga. “Verónica, la estás pasando bien. Aprovecha para olvidarte un rato de tus preocupaciones” me dijo en voz más baja, supongo para que el jefe no escuchara. Él estaba llamando por el teléfono de servicio. Segundos después un botones llamó a la puerta para acompañar a Ángela a la habitación. “Sólo me tomo la última para terminarnos la botella y te alcanzo en un momento”, le dije sintiéndome mal por dejarla así, pero con todas las ganas de seguir su consejo de olvidarme de mis problemas un rato. Salió de la habitación y el jefe cerró la puerta.

“¿En qué nos quedamos?” preguntó el Licenciado González mientras se acercaba y se sentaba junto a mí en el sofá, ocupando el lugar que había dejado Ángela. En ese momento caí en cuenta de que estaba a solas con él en su habitación y me invadieron los nervios. “N-no me acuerdo…” respondí mientras él servía las últimas copas dejando vacía la botella. “Ok, me termino rápido la copa y me voy” pensé, cada vez más angustiada. ¿Cómo me había dejado llevar hasta terminar en esa situación?

LICENCIADO GONZÁLEZ. Ya la tenía donde quería. Todo había salido a la perfección. Llevaba tres semanas planeándolo. Desde que le conté mis intenciones a Ángela y ella había aceptado ayudarme. La mandé en el viaje con Castillo para que se sintiera más cómoda y no estuviera a la defensiva, luego compré mi boleto en el mismo vuelo, pero en primera clase; el pent house ya lo había reservado semanas antes. Después sólo me inventé una coincidencia que me llevaría al mismo lugar “de improviso”. Me pasé la mañana en el mall matando el tiempo y llamé a mi amigo dueño del restaurante para que me reservara mi mesa favorita.

Cuando las chicas llegaron comenzaba el verdadero trabajo de Ángela: sembrarle a Castillo la idea de que algo podría pasar entre ella y yo, darnos nuestro espacio sin estar ausente en la comida, después ayudar a que aceptara subir a la habitación y por último retirarse en el momento en que se lo pedí con una discreta señal acordada previamente. Mi trabajo había sido impresionarla de todas las maneras posibles sin que pareciera que era mi intención y a eso me había dedicado toda la velada. En su mirada podía ver que lo había conseguido. Ahora sólo tenía que quitarle la última duda, mostrarle que este hombre exitoso también tenía un corazón.

VERÓNICA. La copa ya iba a la mitad y yo seguía apurando los tragos, cuidando no pasarme para no terminar igual que Ángela. “Castillo, tengo que decirle…” “Verónica” lo interrumpí “puede llamarme así si quiere, no estamos en la oficina” le pedí, no sé por qué. Supongo que sólo quería decir algo para calmar mis nervios. “Verónica, quiero decirte que me dio gusto haber pasado esta tarde contigo y poder conocerte mejor” mis piernas temblaban mientras él hablaba. “Eres una mujer muy divertida. Te confieso que en la oficina luces siempre muy seria y tenía una percepción distinta de ti”. Su comentario me sacó una pequeña risa. “Y perdón si soy indiscreto” añadió “pero si ayudé a que olvidaras un poco tus preocupaciones también me da gusto haberlo hecho”. Al escuchar esas palabras no sé qué me pasó, el cúmulo de emociones que había experimentado los últimos meses se combinaron con el alcohol y de pronto comencé a llorar. Las lágrimas brotaban de mis ojos sin control. Me cubrí la cara con mis manos apenada por la escena que estaba montando sin poder evitarlo.

En eso sentí los brazos del Licenciado González rodeándome “Perdón. No quise…” se disculpó, pero lo detuve diciendo que era yo la que debía pedir perdón. Era yo la que había arruinado todo con mis problemas. Él dijo que todos teníamos problemas y que lo más difícil era cargarlos solos, que podía confiar en él si quería desahogarme. Y entonces, quizá por el alcohol, comencé a contarle todo: los problemas con mi marido, el silencio, la falta de pasión y el sexo mecánico, el tedio y el miedo de que el final estuviera cerca. Él me dijo que la vida era difícil, pero yo tenía el poder de decidir cómo la enfrentaba, podía dejarme manejar por ella o tomar las riendas y llevarla a donde yo quisiera. “¿Y si esa decisión implica cambiar el rumbo y lastimar a otros?” “Todos los cambios duelen, pero la gente sana y aprende. Nunca les harás un daño que no puedan superar”. Ahí estaban de nuevo las palabras precisas en el momento adecuado. Ese hombre era realmente especial. Levanté la cara y me encontré con sus ojos. Eran profundos, tan llenos de paz y firmeza. Él limpió mis lágrimas suavemente con sus pulgares, acariciando mis mejillas.

“¿Por qué hace todo esto? ¿Por qué es tan bueno conmigo, Licenciado?” “Porque lo mereces, Verónica. Eso y mucho más”. Repentinamente acercó su cara a la mía y me besó en los labios. Por un instante quedé en shock sin saber qué hacer. “¡No!” me aparté retomando el control. Lo miré a los ojos, inmóvil, sin parpadear. “Licenciado, yo… no puedo”. Puso su mano derecha sobre mi rodilla sin apartar su mirada de la mía. “Puedes si quieres”, “Pero, mi esposo…” “Verónica, tú te mereces ser feliz y si el hombre con el que estás no entiende eso entonces es él quien no te merece”. Sus palabras me hacían sentir especial y me daban una confianza que me hacía ver más pequeños los problemas que antes me agobiaban. Su mano comenzó a deslizarse lentamente subiendo por mi pierna “Tal vez sea el momento de buscar a alguien que esté dispuesto a darte todo lo que vales”. Mi respiración se hizo más profunda mientras la mano se perdía bajo mi falda y estrujaba mi muslo “¡Ah!” suspiré. Mi mirada seguía clavada en sus ojos, pero los suyos ya me recorrían de arriba abajo. Cuando se volvieron a encontrar con los míos me sentí tan bien, en paz y segura. “¿Un hombre como usted? ¿Quiere darme lo que merezco?” “Sí. Eso quiero” “Y no se va rendir hasta conseguirlo ¿verdad?” “Exacto”. En ese momento yo ya no pensaba, sólo sabía que me sentía muy bien y no quería que se terminara.

Se inclinó buscando nuevamente mi boca, tan lentamente como si me estuviera dando la oportunidad de apartarme, de decir que no. Pero no lo hice, me quedé ahí y recibí sus labios con los míos. Fue un beso lindo, suave. Posé mis manos delicadamente a los costados de su cuello. Su lengua comenzó a juguetear con la mía subiendo la intensidad del beso poco a poco. La mano que acariciaba mis muslos se apartó antes de llegar a mis pantis ya húmedas, para acariciar mi cintura. Mientras su otra mano recorría mi espalda a placer, subiendo y bajando. La curiosa exploradora se deslizó hasta mis pechos, estrujándolos con fuerza casi dolorosa. Entonces mi corazón se encendió. Me sentí deseada carnal y salvajemente. En ese momento renuncié a cualquier objeción y simplemente me abandoné. Me aferré a su cuello atrayéndolo hacia mí y le dediqué el beso más obsceno que pude mientras él se iba deshaciendo uno a uno de los botones de mi blusa para agasajarse con mis senos.

LICENCIADO GONZÁLEZ. Sus tetas estaban mejor de lo que parecían, a pesar de su tamaño y edad seguían tan firmes y suaves a la vez. Intentaba abarcarlas en toda su dimensión con mis manos desesperadas. No me quería perder ni un milímetro de ese par de melones que llevaban semanas volviéndome loco. Y mientras yo me daba tremendo atracón, ella suspiraba y me besaba como queriendo devorarme. Quién hubiera dicho que Castillo era realmente tan guarra como en mis fantasías…

VERÓNICA. Terminó de desabotonarme la blusa y la abrió para contemplar mis bubis apenas contenidas por un coqueto sostén color rosado. Pensándolo un poco es curioso que haya elegido llevar ese al viaje teniendo varios más cómodos y menos sexis. Al mirar lo que tenía frente a él sus ojos parecían arder. Pasó su lengua por sus labios saboreándose lo que estaba a punto de disfrutar. Ese gesto me pareció tan vulgar que me prendió todavía más. Me incliné un poco al frente y junté mis brazos para resaltar mis pechos carnosos. Me ponía mucho ver cuánto le provocaba mi cuerpo…

LICENCIADO GONZÁLEZ. ¡Vaya putita! ¡La mirada de niña traviesa que tenía mientras me ofrecía sus tetas! No aguanté más y me lancé sobre ellas. Pero las quería completas, así que le desabroché el sostén para liberarlas de su rosada envoltura. Aparecieron ante mí, por fin, ese par de milagros femeninos coronados por unos pezones de chocolate con enormes aureolas. De inmediato llevé mis manos a ellas para sentirlas piel a piel. ¡Uff! Comencé a masajearlas y dejé su boca para besar su cuello mientras ella se iba quitando el saco entre suspiros. “¡Mmmhh! ¡Aah!”. Mi boca ya bajaba por su cuello para buscar más allá. Bajé por su clavícula hasta que mis labios encontraron el origen de sus montes. Entonces se desató el frenesí: besé, lamí, mordí, apreté… Mis manos y mi boca estaban en la gloria gozando ese par en toda su divina superficie. Y ella lo estaba disfrutando tanto como yo…

VERÓNICA. “¡Ay dios mío! ¡Qué rica está, Castillo” exclamó incrédulo antes de abalanzarse sobre mis senos con manos y boca. Apretando, besando, lamiendo, mordiendo. Parecía querer gozarlas de todas las maneras posibles. Y yo disfrutaba también, tanto que no podía ahogar mis suspiros de placer “¡Ah, Licenciado! ¡Sí, asíii!” Ya desabrochado bajé los tirantes del sostén y lo deslicé hasta mi cintura para que tuviera libertad total de disfrutarme. Siguió así unos minutos hasta que volvió a levantar la mirada. Vi entonces mis senos enrojecidos y cubiertos de brillante saliva y junto a ellos la cara del Licenciado González, sudorosa y desaliñada, llena de satisfacción. Recordé a Leo. El último hombre que había disfrutado mis pechos. Ni siquiera él me había hecho sentir así de caliente. “¿Te gusta sentir mi boca?” preguntó regresándome al momento. “Mhm” respondí afirmativa con una sonrisa. “Ven”, me tendió la mano para levantarnos del sofá. “Ahora quiero sentir la tuya”, sonrió con malicia. Volví a besarlo y, ya estando de pie, pegué mi cuerpo al suyo. Él llevo ambas manos a mi trasero y me apretó con firmeza. Fue entonces que sentí su erección oprimiéndose contra mí a través de nuestra ropa.

El beso se hizo más intenso, puso su mano en mi nuca y a continuación presionó con suavidad pero firmemente hacia abajo. Me dejé dirigir dócilmente hasta que quedé de rodillas frente a él. Entonces entendí a qué se refería realmente con querer sentir mi boca. Volví a sentirme nerviosa. Aquella mañana ni en mi peor locura me hubiera imaginado que esa misma noche me encontraría en esa situación. Pero ahí estaba. Levanté la mirada buscando la suya. Él movió la cabeza indicándome que comenzara. Fui a la hebilla de su cinturón y con las manos temblorosas lo desabroché. Mil cosas pasaban por mi mente en ese momento: Rodrigo, Leo, Monse… Pensé en levantarme y salir de ahí, pero, una vez más, no lo hice. Desabotoné su pantalón. Mi mano fue a su entrepierna para sentirlo sobre la tela. Era un buen bulto. Lo froté un par de veces y lo sentí ponerse más firme. No sabía qué esperar. En realidad en mi vida sólo había sentido el miembro de mi esposo y recientemente el de Leo. Y visto sólo el de Rodrigo. Era inexperta en ese sentido. Comencé a bajar la cremallera lentamente y en un punto el pantalón se deslizó solo hasta sus rodillas. Quedó ante mí ese bulto sólo contenido por sus bóxeres marrón claro de D&G. En ese momento lo que más sentía ya era curiosidad. Tomé la prenda interior por la parte superior y en un movimiento veloz lo bajé hasta encontrarse con el pantalón. Apareció ante mí, en todo su esplendor, ese pedazo de carne. ¡Uff! Qué vista. Probablemente era un poco menos largo que el de Rodrigo, pero considerablemente más grueso. Palpitaba frente a mí apuntando al techo. Acerqué mi mano a él, lo palpé, primero con los dedos y luego con la mano completa. Estaba caliente, igual que yo. Hice el movimiento de masturbarlo lentamente un par de veces y entonces volví a sentir su mano en mi nuca. Levanté la vista, sus ojos estaban llenos de ansiedad, moví un poco la cabeza y él retiró su mano. Mordí mi labio inferior mientras nuestros ojos se volvían a encontrar. Bajé la mirada, me acerqué a mi objetivo, abrí la boca. Usé mi lengua para dar una primera probada y cubrirlo de saliva y ya entonces lo metí en mi boca de una hasta el fondo…

LICENCIADO GONZÁLEZ. “¡Oooohh!” aullé al sentirme consumido por completo por su boca. Tan cálida, suave y húmeda. Su lengua recorría mi verga una y otra vez en su interior “¡Oh dios! ¡Castillo!” La mujer definitivamente sabía lo que hacía. Comenzó a subir y bajar su cabeza, sacando mi miembro de su boca y volviendo a meterlo. Era una locura. Lo hacía lento y con ternura y de pronto aceleraba a un ritmo frenético. Después lo sacaba para recorrerlo de la base hasta la punta con su lengua y lo volvía a engullir “¡Joder, Licenciadaaah!” El maldito infeliz que se la haya estado cogiendo todos estos años era el hombre más suertudo del planeta. Y el más idiota por no saber valorarla…

VERÓNICA. No tardé mucho en adaptarme a esas nuevas dimensiones, ni en agarrarle el gusto. Confieso que disfrutaba ver a un hombre de esa categoría volviéndose loco con los placeres que le daba mi cuerpo. Pero mi quijada comenzaba a cansarse, normalmente Rodrigo se venía en la mitad de tiempo. Pero parecía que el Lic. González todavía tenía mucha pila. Notó que mi intensidad iba bajando y entonces él tomó el control agarrándome de la nuca otra vez para inmovilizarme y moviendo su pelvis adelante y atrás, literalmente cogiéndome por la boca. Yo me dejaba hacer, después de todo tampoco era que lo estuviera sufriendo. Aunque de repente se ponía muy intenso e iba muy adentro. Aguanté un par de veces motivada por el placer que transmitían sus bufidos “¡Aah! ¡Ooaagfh! ¡Así, así, Castillo, eso!” Se había olvidado de llamarme por mi nombre otra vez. Y me sigue sorprendiendo que me prendiera tanto escucharlo llamarme por mi apellido en esa situación. Por fin uno de sus embates llegó demasiado lejos y la sensación de atragantarme hizo que me separara bruscamente. Me apoyé en un costado del sofá para no desplomarme en el piso mientras me daba un ataque de tos…

LICENCIADO GONZÁLEZ. Se apartó cuando estaba cerca de llegar al orgasmo, creo que por eso la emoción me ganó y tal vez me puse muy intenso. Me habría encantado llenarle esa boquita preciosa de mi leche, pero mientras ambos nos recuperábamos la vi sentada en el suelo, jadeando, con el sostén en la cintura, cubierta de sudor y me quedó claro lo que tenía que hacer. Sólo debía esperar un momento para recuperar fuerzas…

VERÓNICA. Apenas estaba recuperando el aliento cuando lo vi caminar hacia mí. Todavía visiblemente agotado, se terminó de quitar los pantalones que tenía en los tobillos. Tenía el paquete firme como soldado y brillante cubierto en mi saliva. Me ofreció una mano para ayudarme a poner de pie, la acepté y me incorporé. De pronto me dio un ataque de pudor y crucé los brazos intentando cubrir mis pechos. Él me tomó de las muñecas y abrió mis brazos dejándome de nuevo expuesta ante él. Me besó, tranquilo, rico. “Eres increíble, Castillo”, susurró en mi oído. Una vez más sus palabras me hicieron sentir realmente bien. Apoyé mis manos suavemente sobre su pecho. Él volvió a llevar sus manos a mi trasero, pero esta vez comenzó a subir mi falda hasta la cintura, dejando mis nalgas sólo medio cubiertas por la pequeña panti que hacía conjunto con el sostén que colgaba en mi cintura. Volví a besarlo. En eso, y sin avisar, me dio una fuerte nalgada. “¡Aaaayy!” lancé un quejido de dolor. Nos miramos a los ojos. Él sonreía con satisfacción. Sentí como me iba humedeciendo. Terminó de quitarme la ropa que apenas traía casi colgando, dejándome sólo con las pantis. Correspondí su gesto desabotonando su camisa, pero no me dejó quitársela por completo.

Me tomó de la mano y tranquilamente me llevó hasta el borde de la cama. Se puso detrás de mí y pegó su cuerpo al mío, apoyando su miembro sobre mi trasero. Hizo a un lado mi cabello y me besó en el cuello “Mmmhh” lo gocé. Sus labios y su lengua bajaron por mi espalda,”¡Qué rico, jefe!”. En eso puso su mano en la parte alta de mi espalda y bruscamente me empujó hacia el frente haciendo que tuviera que apoyarme con las manos en la cama para no caer sobre ella, quedando inclinada en noventa grados “¡Aah” escapó de mí un gemido de sorpresa por su movimiento tan brusco. Enseguida apoyó su erección entre mis pompas que quedaban a su completa merced. Se frotó un poco contra mí y mi humedad se hizo mucho mayor. Acto seguido se inclinó y comenzó a besar mis nalgas “¡Uhmmh! ¡Licenciado!”. Sin dejar de lamer y morder como había hecho antes con mis pechos, sujetó los costados de mi panti y de una los bajó hasta las rodillas, de ahí resbalaron hasta mis tobillos.

Mis piernas comenzaron a temblar otra vez anticipando lo que venía. Se irguió y volvió a poner su falo entre mis pompas, ya sin nada que impidiera el contacto directo de nuestra carne. Su mano se apoyó pesada sobre mi espalda dificultando mi movimiento, pero logré voltear lo suficiente para ver su rostro mientras jugueteaba con su pene en mi trasero para después acomodarlo en la humedad de mi entrada. Yo estaba a la expectativa, me sentía igual que dieciocho años atrás, cuando perdí mi virginidad. “¿Sabes lo que quiero, Castillo?” asentí con la cabeza todavía pegada a la cama “¿Y qué quiero?” “Me quiere a mí, Licenciado”. Rio con satisfacción mientras apoyaba la cabeza de su miembro en mis labios mayores y la retiraba de nuevo “¿Y qué quiero de ti, Castillo?” me quedé un segundo en silencio, pensando. “Quiere darme lo que merezco, Licenciado”. Esta vez soltó una carcajada “¡En efecto! Eso es lo que quiero” apoyó de nuevo su cabeza en mi entrada y esta vez ahí la dejó. “¿Y usted qué quiere, Castillo?” me preguntó sin moverse. El muy infeliz me iba a hacer decírselo. “Quiero que me lo de, Licenciado. Deme lo que merezco”. “Como usted quiera, Castillo”. Lentamente comenzó a empujar. Cerré los ojos. “¡Ah, ah, aaaahhh!” gemí mientras él se iba abriendo paso hacia mi interior. Era una sensación nueva para mí. Por primera vez un hombre distinto a Rodrigo estaba dentro de mí. ¡Y se sentía tan bien! Cuando llegó hasta el fondo se quedó un momento inmóvil ahí, como disfrutando la sensación de estar dentro de mi cuerpo. Al ver que tras unos segundos él no se movía fui yo la que comenzó a mover las caderas hacia adelante y atrás…

LICENCIADO GONZÁLEZ. “¡Ay, Castillo! Ya no te aguantas ¿verdad?” le dije sonriendo al ver cómo se movía con mi pedazo bien clavado. Ella parecía no escuchar y seguía moviéndose con los ojos cerrados y la cara llena de satisfacción. ¡Tantas ganas tenía de que le dieran verga! Comencé a moverme a su ritmo sin poder quitarme la sonrisa del rostro. Poco a poco fui acelerando hasta que tomé el control y ella dejó de moverse para sólo dejarme cabalgarla “¡Uuhm, Aah, Mmmhhah!” gemía la muy perrita mientras le daba sin piedad. Se veía que gozaba de lo lindo y a mí también me encantaba tenerla ahí de a cañón dejándosela ir completita…

VERÓNICA. “¡Uuf! ¡Aarrgh! ¡Aahmf!” bufaba González al moverse como un verdadero animal. Yo lo acompañaba con mis gemidos mientras yacía sobre la cama recibiendo sus embestidas, abandonada al placer adúltero. Hacía años que no disfrutaba así el sexo y no quería pensar en nada más. “¡Ah, aah, aaahh!” mis suspiros se iban convirtiendo en gritos mientras el placer crecía. “¡Aah! ¡Sí, por dios, sí! ¡¡Aaaaaahhh!!“¡Y me vine! No lo podía creer. ¿Cuánto hacía que no tenía un orgasmo así?

El jefe me seguía dando con más fuerza, motivado por mis espasmos y mis piernas temblaban escurriendo humedad, hasta que fueron incapaces de sostenerme y me desplomé sobre el colchón, separándome involuntariamente del Licenciado. Me dio otra nalgada y me tomó de la cintura para subirme completamente a la cama. Me dio vuelta para dejarme boca arriba. Yo me apoyé sobre los codos para levantar el torso un poco y quedar entre sentada y acostada, mirándolo justo frente a mí. Se veía tan grande desde ahí, poderoso. Con la camisa abierta su barriga se veía más voluminosa, pero para nada lo hacía ver mal, menos cuando debajo de ella se erguía ese miembro imponente que me estaba haciendo gozar tanto.

“Ábrete de piernas” me ordenó en su papel de jefe con su voz gruesa, pero me sentía en una posición tan vulnerable que me dio pudor, así que fue él quien tomó mis rodillas y las separó lo más que pudo exponiéndome completa ante él. Me miró un instante así. En ese momento me di cuenta de que él tenía todo el control sobre mí. Podía hacer conmigo lo que quisiera y yo no podría evitarlo. Estaba a su merced y eso me calentaba todavía más.

Me jaló para quedar a la orilla de la cama y se acomodó entre mis piernas. Se inclinó un poco sobre mí, apoyándose en el colchón pero sin llegar a ponerse del todo encima. “Está preciosa, Castillo. Quiero verla mientras goza”. Cerré mis piernas alrededor suyo y con ellas lo atraje hacia mí. Quería sentirlo otra vez. No tuve que esperar más, rápidamente lo acomodó con su mano en mi entrada y volvió a meterlo. “¡Aaaahh!” “¡Uuff!” Comenzó a moverse dentro de mí retomando el ritmo intenso de minutos antes, pero ahora nos mirábamos de frente. Veía sus gestos de placer al estar en mi cuerpo y lo veía a él mirándome, excitándose más con el bamboleo de mis pechos a cada embestida suya y con mi propia expresión de gozo…

LICENCIADO GONZÁLEZ. Castillo no dejaba de gemir, se notaba que le hacía falta una buena cogida como la que le estaba poniendo. “Sí que te gusta, ¿eh?” “¡Sí, muucho!” respondió sonriendo. Se veía tan linda. Aceleré todavía más el ritmo. Sentía acercarse el orgasmo y quería que ella sintiera todo mi poder. Comenzó a gemir con más fuerza, la expresión en su rostro era de puro placer. Tenía los ojos cerrados, pero de pronto los abrió y miró directo a los míos. Sostuvimos las miradas mientras nos seguíamos moviendo y la respiración se hacía más y más intensa. “¡¡Aah, síii!!” “¡Uuf! ¡¡Ooh, Castillo!!”

VERÓNICA. “¡Así, Licenciado, así! ¡Aaah!” Estaba fuera de mí. Lo único que quería era que siguiera, pero la intensidad de sus gemidos me anunciaba que el final estaba cerca así que lo miré a los ojos, quería verlo y que fuera mis ojos lo que él viera en el momento de venirse. “¡Ooh, Castillo!” “¡Licenciadooo! ¡Sí, sí,sí!” Se aferró con más fuerza a mis piernas que sostenía a sus costados. Me preparé para recibirlo. En verdad quería que me llenara de su semen, pero en el último momento se salió de mí “¡Castillooooo!” Su descarga caliente salió disparada sobre mis senos y mi vientre, incluso algunas gotas llegaron hasta mi cuello, entre sus gemidos animales. Mientras yo tuve otro orgasmo al sentir su gozo. Me encontraba tan satisfecha, como si hubiera cumplido mi misión…

LICENCIADO GONZÁLEZ. Hubiera preferido terminar dentro de ella, pero en mi posición no me podía arriesgar a dejarla embarazada. Así que aguanté lo más que pude y en el último instante se la saqué para derramarle mi leche sobre esas deliciosas tetas y su abdomen. Su mirada no se apartaba de mi venida, estaba como fascinada recibiendo todo ese semen sobre su cuerpo. Cuando por fin me vacié por completo volvió a mirarme a los ojos y me sonrió. ¡Uff! Lo había imaginado tantas veces y al final había resultado mucho mejor…

VERÓNICA. Me dio un beso tan tierno y se dejó caer a mi lado en la cama. Su respiración seguía agitada. Poco a poco ambos nos fuimos tranquilizando. La cordura volvió a mí antes que las fuerzas para levantarme. Cuando por fin pude hacerlo, tomé mi ropa y entré en el baño. Ahí, mientras intentaba arreglarme lo más posible, me puse a pensar, tal vez un poco tarde. ¿Qué demonios acababa de hacer? Y más importante ¿Por qué? ¿Y si alguien se enteraba? ¡Dios, qué pena! Cómo iba a ver a Rodrigo a la cara de nuevo, y a Maite. Y cómo podría el lunes volver a la oficina y ver al jefe otra vez después de eso. Me miré en el espejo y sólo vi culpa. Salí del baño.

El licenciado se había puesto los bóxers y seguía con la camisa abierta. “¿Todo bien, Castillo?” “Eh, sí, yo, eh…” balbuceaba nerviosa “Licenciado, no sé qué me pasó. Yo no soy así. No quiero que se haga una mala idea de mí…” “Tranquila, Castillo. Lo que pasó no va a salir de aquí ¿de acuerdo? Estuvo increíble y todo, pero si usted así lo quiere nunca lo volveremos a mencionar. No va a tener ningún problema en la oficina por esto”. Por enésima vez en el día sus palabras y su semblante me dieron tranquilidad y confianza “Muchas, gracias, Licenciado” me dirigí hacia la puerta “Puede quedarse si quiere. La cama es realmente cómoda” me dijo como si me estuviera invitando un vaso de agua. “No puedo, Licenciado. Buenas noches” “Buenas noches, Castillo”. Y salí de la habitación.

En el elevador comencé a llorar. Por todo y nada a la vez. Revisé mi celular. Ni un mensaje de Rodrigo, un par de mi hija: <<Hola, mami. Cómo estuvo tu día?>> y minutos después <<Bueno, espero que lo estés pasando bien. Qué tengas linda noche>> “Si tú supieras, mi amor”.

Llegué a la habitación. Entré intentando hacer el menor ruido posible. Ángela estaba dormida en la cama más alejada de la puerta. Había tenido suerte. Me metí en la otra cama. “¿Cómo le fue, licenciada?” Mierda. “Bien, estuvimos platicando mucho”. “Sí, me imagino”. Maldición, ella lo sabía. ¿Qué podía hacer ahora? Tenía que explicarme de alguna manera. “Ángela…” me interrumpió “No pasa nada, amiga. Lo que sea que pasara es cosa tuya. No tienes que darme explicaciones ni preocuparte por mí”. Fue cuando entendí que tenía a una verdadera amiga. “Gracias”. “Ahora vamos a descansar”. Ambas nos acomodamos para dormir.

Minutos después el sueño no llegaba a mí. Tomé de nuevo el celular. Eran las 3:15. Comencé a escribir un mensaje: <<Hola, Sofi. Oye, espero que el domingo podamos platicar. ¡Tengo algo que contarte!>>

Si quieres acompañar a Verónica en sus próximas aventuras y conocer a su hermana Sofía y su hija Maite, sigue su historia completa, cada mes, en mi Patreon. Donde también puedes encontrar la serie "Secretos de Amigas", más relatos y próximamente más series. El link está en mi perfil. Recuerda que tu apoyo me ayuda a seguir compartiendo estas historias contigo. MUCHAS GRACIAS;)