Xtories

El vecino

El ascensor se cierra y el silencio se vuelve pesado. Él no solo te ayuda a subir las bolsas; te sigue hasta la cocina y te recuerda lo que tu marido ha olvidado. Esta noche, la puerta de tu casa no será solo una barrera, sino el umbral de lo prohibido.

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La primera vez que le vi, yo acababa de llegar a casa con la compra, estaba entrando las bolsas al portal, para subirlas después al ascensor. Él llegaba, no sé de donde y entró saludando:

— Buenos días.

— Buenos días — le respondí.

Era un chico bastante guapo, con unos preciosos ojos azules y una barba corta y bien cuidada, tenía el pelo rubio, un poco largo y unos labios que invitaban a pecar. Además de que era alto y musculoso. Tendría mi edad más o menos, calculé, unos treinta o treinta y algo. Era el nuevo vecino, que se había instalado hacía solo un par de días en el piso que quedaba justo enfrente del mío, en el tercer piso. Lo sabía porque había oído el ruido de los mozos de la mudanza y además había estado curioseando por la mirilla de la puerta y le había visto saliendo de su casa.

— ¿Te ayudo? — me preguntó amablemente, cogiendo una de las bolsas que llevaba en la mano.

— Bueno — respondí, luego le pregunté — eres el chico nuevo del tercero segunda, ¿verdad?

— Sí, Ángel, para servirte en lo que te haga falta — dijo tendiéndome su mano.

Se la estreché, y todo mi cuerpo tembló al sentir su contacto, además no podía dejar de mirar y admirar sus preciosos ojos azules que quitaban el hipo. Tras admirarle, finalmente, fui capaz de contestarle:

— Yo soy Alba, tu vecina de enfrente.

— Un placer — respondió con un tono de voz seductor, que casi me derrite

Realmente era guapo, bueno, más que guapo, atractivo. Nada que ver con mi marido, un hombre normal y que ya ni siquiera me tocaba. ¿Cómo podía ser que, con 35 años, ya no me deseara? No podía entenderlo, ¿acaso tenía una amante? A veces esa era la única explicación que encontraba.

Entramos las bolsas en el ascensor y subimos los dos. Al estar allí encerrados, en un espacio tan pequeño, hizo que ambos nos sintiéramos incómodos, pero sobre todo yo, ya que aquel atractivo hombre, en cierto modo, me intimidaba, no sé, tenía algo que no sabría explicar que me hacía temblar por completo, y más cuando le tenía a pocos centímetros de mí.

Al llegar a nuestro piso, sacamos las bolsas del ascensor y me dirigí hacia mi piso, mientras él me seguía con un par de bolsas. Abrí la puerta mientras le daba las gracias, pensando que me las dejaría allí en la entrada; pero en lugar de eso, me siguió hasta mi cocina, con las dos bolsas. Yo dejé las que llevaba sobre la encimera y él las suyas al lado de las mías. Volví a darle las gracias, girándome hacia él, y entonces me lo encontré justo detrás, pegado a mí, un extraño calor me subió por todo el cuerpo, además de un temblor desconocido para mí. ¿Qué me pasaba?

— Ha sido un placer — dijo, haciéndome notar su aliento en mi boca. Estaba tan cerca, que si hubiera querido hubiera podido besarme.

Incómoda traté de apartarme, sin saber qué hacer o decir.

— Voy a por las otras dos bolsas que hay en la puerta — dijo él.

Respiré profundo al verle alejarse de nuevo hacia la puerta y traté de relajarme.

A los pocos segundos estaba allí con las dos bolsas que también dejó sobre la encimera.

Volví a darle las gracias, y entonces me dijo:

— Si necesitas cualquier otra cosa, ya sabes donde estoy. Nos vemos.

— Sí, gracias, nos vemos — le despedí, quedándome allí tan… aquel hombre me había alterado demasiado.

Todo mi cuerpo temblaba y un montón de escenas eróticas de las cuales él era el protagonista pasaron por mi cabeza.

* * *

A partir de aquel día empecé a tener sueños eróticos con aquel atractivo hombre cada noche, y cuando nos encontrábamos en la escalera y subíamos juntos en el ascensor, no podía evitar recordar esos sueños. Sueños en los que él me hacía suavemente el amor. Bueno, suavemente unas veces, otras lo hacía salvajemente. Lo curioso es que en la medida en que mi deseo por él crecía, la relación con mi marido iba de mal en peor y cada vez discutíamos más y más, y a veces por pequeñas cosas, casi sin importancia. ¿Qué me estaba pasando? Un día en que la discusión con mi marido fue demasiado fuerte, él se fue dando un sonoro portazo y dejándome sola. No sé si debió ser el portazo o los gritos, pero al cabo de pocos minutos, Ángel estaba llamando a la puerta. Cuando abrí, me lo encontré en calzoncillos y camiseta, descalzo y con la cara desencajada.

— ¿Estás bien? Es que he oído el portazo y parte de la discusión y… No es que quisiera escucharla ¿eh?, pero es que no he podido evitarlo.

— Ya, supongo que hemos gritado bastante fuerte, ¿verdad? Lo siento, — me disculpé — pero sí, estoy bien. Lo siento, de verdad, no quería molestarte, yo…

— ¡Oh, no, tranquila! Solo estaba preocupado por ti

— Gracias, estoy bien — le dije, tratando de tranquilizarlo. E iba a cerrar la puerta, dando por terminada la conversación, cuando él me dijo, entrando en mi casa:

— No, espera, quizás necesitas compañía en estos momentos, una mano… amiga — dijo, aunque en realidad, creo que buscaba más una excusa para entrar que otra cosa.

Cerró la puerta tras de sí, me tomó por los hombros y me llevó hasta el salón, donde nos sentamos en el sofá. Yo estaba tan sorprendida y nerviosa. Sorprendida por la seguridad y rapidez con las que Ángel había actuado, y nerviosa porque le tenía a mi lado, sentado en el sofá de mi casa.

— Creo que se ha ido para siempre — dije tristemente — y si no lo ha hecho, lo hará en las próximas horas.

— ¿Estás segura? — me preguntó él, levantándose del sofá y dirigiéndose a la cocina que estaba justo enfrente.

— Completamente, nuestro matrimonio hace tiempo que está acabado — le señalé — Y esta noche la discusión ha sido realmente grave. Me ha dicho cosas…

Vi como Ángel sacaba una cafetera, buscaba el café y llenaba la cafetera, y entonces le pregunté:

— ¿Qué haces?

— Cuidar de ti, necesitas alguien que te cuide — dijo con tranquilidad.

Le miré de arriba abajo, se notaba que había salido de la cama corriendo, ya que iba descalzo, en calzoncillos y con una vieja camiseta algo roída, pero estaba muy sexy. Me reí y entonces mirándome con cara de pocos amigos me preguntó:

— ¿Qué pasa, por qué te ríes?

— Por la pinta que llevas, tendrías que verte.

— Ya sé que no es muy glamurosa, estaba a punto de irme a dormir cuando he oído los golpes — dijo.

— Lo siento — me disculpé una vez más.

La cafetera empezó a sonar en señal de que el café ya estaba saliendo, así que Ángel apagó el fogón. Buscó un par de tazas en los armarios, y tras abrir el armario que tenía enfrente, enseguida las encontró. Sirvió el café y me tendió una de las tazas, luego buscó el azúcar.

— Está en el armario del centro — le indiqué.

Abrió el armario que le había indicado, cogió el azúcar y lo trajo, dejándolo sobre la mesilla junto a un par de cucharillas que sacó del primer cajón y volvió a sentarse a mi lado.

— Quizás sea lo mejor, que se vaya, que me deje, a fin de cuentas nuestro matrimonio está acabado, ya no hay nada entre él y yo. Hace meses que no me toca. Ya casi ni recuerdo cuando tuve mi último orgasmo — trataba de convencerme a mi misma, más que a él.

— Pues es una lástima, porque te mereces los mejores orgasmos y perdona que sea tan franco, pero es que… desde que te vi por primera vez, yo… — repentinamente, se calló, poniéndose rojo como un tomate.

— No, no te calles, por favor, ¿tú qué?, dime.

— Yo… quise hacer esto — cogió mi taza depositándola sobre la mesita, me tomó por el cuello acercándome a él y me besó.

Fue un beso apasionado, de lenguas que se buscan, un beso como hacía meses que nadie me daba, que hizo que se me hinchara el pecho y sintiera que le deseaba. Un beso que yo también deseé. Todo mi cuerpo reaccionó ante aquel beso, y cuando se separó, sentía que todo se me aflojaba, todo me temblaba. Y entonces, fueron mis manos las que hablaron por mí, acariciando el cuerpo atlético de aquel hombre, tampoco él estuvo quieto, y sus manos acariciaron mi cuerpo. Me quitó la camiseta y yo hice lo mismo con él, mientras seguíamos besándonos. Me acostó sobre el sofá poniéndose sobre mí, puso mis brazos sobre mi cabeza y me los ató.

— ¿Qué haces? — le pregunté sorprendida y un tanto asustada.

— Atarte, para follarte, para tener yo todo el control, me gusta tener el control — dijo tranquilamente, demostrándome su fuerza, su virilidad y que sin duda él iba a controlar la situación.

No dije nada, solo me dejé hacer, dejé que terminara de desnudarme, que abriera mis piernas y se incrustara entre ellas. Besó cada rincón de mi cuerpo, lamió mis pechos desnudos, deteniéndose en los pezones y haciéndome estremecer y gemir cuando los succionó, me hizo temblar. Luego siguió hasta mi entrepierna, sentí como introducía su lengua en mí y todo mi cuerpo se agitó, casi me sobrevino un orgasmo por el placer que aquellas caricias me causaban. Luego se situó sobre mí y finalmente, me penetró, despacio, con calma, mientras sus ojos se fijaban en los míos y todo mi cuerpo se estremecía de nuevo al tenerle dentro. Empezó a moverse, muy despacio primero, dentro y fuera, dentro y fuera, haciéndome estremecer y sentir como el placer iba aumentando poco a poco, mientras fijaba sus ojos en los míos y me hacía el amor dulcemente.

— ¡Oh, Dios! — musité presa del placer, haciendo que alcanzara un orgasmo maravilloso como hacía meses que no tenía. Me deshice en él, y él junto a mí, pues también alcanzó su orgasmo vaciándose en mí.

Cuando terminó de convulsionarse, me desató. Y sobre mi boca me susurró:

— Lo siento, no debería…

— ¡Shhh!, ha sido maravilloso, claro que deberías, claro que debías — le dije tratando de justificar aquel momento y todo lo sucedido entre nosotros.

— No, no debía, yo no te convengo, yo… — se levantó del sofá, se vistió a toda prisa y salió de mi casa.

Yo me quedé perpleja, ¿por qué no me convenía?, ¿qué le pasaba?, ¿por qué se iba tan de repente?, ¿qué oscuro secreto escondía?

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