Xtories

Separación

Durante meses, solo se miraron. Él, un hombre casado y cansado; ella, una joven psiquiatra irresistible. El silencio del hospital se rompió cuando la mirada se volvió carne y el deseo contenido estalló en una sala de descanso.

AlbertoXL17K vistas8.7· 6 votos

a MariaJosé,

Era una joven muy mona, menuda y bien proporcionada. Además era alegre, extrovertida, una de esas personas capaces de animar a cualquiera y, como a mí, le encantaba bailar. Sus ojos irradiaban astucia y peligro como los de una pantera y, al igual que una felina, era capaz de ocultar colmillos y garras.

Siempre llevaba el pelo suelto, largo, castaño como el color de sus pupilas, y lacio. Sus rasgos faciales, nariz pequeña y ligeramente respingona, mejillas llenas y boca carnosa, la hacían parecer todavía más joven de lo que era.

Tenía veintiséis años, pero ni siquiera el pijama de médico conseguía que dejase de parecer menor de edad. Y ahora que la he descrito del mejor modo que he sido capaz, les diré que se parecía mucho a una actriz amateur llamada Syndicete o little_queen_1, de la cual tomo el pseudónimo.

Aquella tarde me senté en la última fila y la escuché sin prestar excesiva atención a sus palabras. No la conocía ni la había visto nunca, y me pareció una mujer educada, inteligente y con un curioso sentido del humor. Aun así, no me fijé de verdad en ella hasta el final de su breve discurso. Y no fue tanto por lo que dijo sino por cómo lo dijo. De pié en el centro mismo del estrado, alzó el rostro, su precioso rostro a la concurrencia del hospital y, mirándonos a los ojos, con un tono humilde, sensible y profundamente agradecido, concluyó:

—Gracias. Gracias a todos por escuchar a los pacientes día tras día. Ellos y yo les estaremos eternamente agradecidos.

Y sin saber muy bien por qué, me conmoví. Me conmovieron esas diecinueve palabras. A mí, seguramente, más que al resto de los presentes, pues me gustan las mujeres inteligentes, humildes y con sentido del humor, y me bastó con escucharla quince minutos para saber que era mi tipo de mujer.

La asamblea se disolvió y se formaron los pertinentes corrillos, en los que la emoción de las últimas proclamas de la médico de Atención Primaria fueron sin duda el primer tema de conversación. En ese instante, cuando parecía que el certamen sanitario ya no iba a dar más de sí, empezó una sutil e incomprensible historia entre dos desconocidos. Una historia de atracción entre una joven y prometedora psiquiatra y un desconocido enfermero de urgencias.

Escruté por última vez la sala. La escaneé en mi mente de derecha a izquierda, pasando por el centro. Y en el centro del gentío sanitario, inesperadamente, encontré la mirada de la médico clavada en mí. De repente, el tiempo se detuvo y, con él, mi corazón, mi respiración y mi pensamiento. Sufrí un bloqueo total y fulminante durante el par de segundos que ella se demoró en apartar la mirada hacia la persona que disertaba en su corrillo en ese instante, para asentir con la cabeza dándole toda la razón.

Unos meses más tarde, en otro certamen, esta vez sobre cuidados paliativos, mi amigo Jaime y yo estamos saliendo por la puerta. Vuelvo la mirada hacia la derecha, cinco metros más allá. Y sí. Me encuentro a la enigmática psiquiatra, mirándome. Y siento de nuevo ese pálpito en el pecho.

Nos mantuvimos las miradas y nos hablamos con los ojos, sin palabras.

“¿Me estás mirando?”

“Sí, te estoy mirando”, pensé, manteniendo mis ojos fijos en ella.

Era algo magnético, invisible, totalmente inexplicable lo que sucedía entre nosotros. Jaime hablaba distraído con Eugenia mientras yo notaba como el corazón se me aceleraba al sostener la mirada a la psiquiatra. Debían haber cincuenta personas o más y, sin embargo, era como si estuviésemos solos ella y yo. El pulso se me acelera, me falta el aire y, nuevamente, ella apartó la mirada.

Un hombre de cuarenta y cinco años no puede sentir lo que yo estoy sintiendo por una mujer a la que no conoce de nada. Una mujer mucho más joven a la que admira profesionalmente, pero nada más. Una mujer a la que apenas conoce. Es un sentimiento más propio de un veinteañero que de un hombre adulto. Todo eso lo sabía, pero no podía controlarlo. No podía dejar de admirar la pueril hermosura de su rostro, su insultante juventud, era hipnótica, hechizante. Me desconcertaba el poder arrollador de aquel rostro de muñeca, el incontenible deseo que despertaba en mi. No entendía cómo ese deseo se estuviera alargando en el tiempo sin que hubiéramos cruzado ni una sola palabra.

Inquieto, me guardo las manos en los bolsillos, las vuelvo a sacar, me las sujeto a la espalda, y suspiro.

—¿Qué te ocurre? —me pregunta Eugenia en voz baja— ¿Es que te tienes que ir?, y como yo niego, ella añade— Qué bien que participe Syndi. Me encanta esa cría. ¡Qué energía, por favor!

“¡Syndi!”, grita mi subconsciente. “¡Se llama Syndi!”

—¿La conoces? —le pregunté curioso y un poco demasiado alterado.

—Sí, claro, Syndi Moreau. Trabaja con nosotros, en Alcoy, pero no creo que tarde en encontrar algo mejor. Y es una pena, porque vale mucho, sabes. Se preocupa por la gente, todos la adoran. Aunque no veas el genio que tiene, con lo mona y chiquita que es…

No respondí. Menudo lío tenía en la cabeza.

Syndi Moreau, joven y soltera. Alberto García, casado y con hijos.

Cómo las gerencias comarcales se roban médicos de prestigio da para una novela entera. En un centro de salud hay médicos, enfermeras, dentista, pediatra, matrona, psiquiatra, administrativos, celador, guardia de seguridad, señoras de la limpieza... Hay mucha gente. Veintitrés trabajadores concretamente en el moderno edificio donde yo trabajo. Pero es muy raro que alguien que trabaja durante el fin de semana se cruce con una médico que lo hace de lunes a viernes en otro centro, ni siquiera dentro de la misma gerencia.

Los médicos están encerrados en sus consultas hablando o discutiendo con enfermos poco o nada pacientes, entrevistando, explorando, pidiendo o valorando pruebas, consultando a otros especialistas, diagnosticando, prescribiendo, tecleando sin parar. Los problemas se pueden solucionar en una visita, o dos, o cinco, depende de la exigencia de cada uno, porque la salud perfecta no existe, ni tampoco nadie completamente sano.

Aun así me animo a mí mismo, me digo que Syndi y yo trabajamos para la misma empresa. Pienso que hay un ascensor que sube a las tres plantas del edificio. La posibilidad de que entre en ese único ascensor con Syndi un viernes por la tarde o un lunes por la mañana, es muy remota, casi nula. Y sin embargo, ese es el optimismo que cruzaba mi mente en ese instante.

Me fui calmando a medida que la sesión clínica avanzaba. Como ella no me había visto, aproveché para fijarme en sus ojos, en su sonrisa, en la coquetería con que se atusaba el pelo, en lo ilusionada que estaba con aquel novedoso proyecto. En esa mujer secreta, escondida, tras la buena comunicadora. En su vestimenta un poco despreocupada. Sonreí cuando vi los bajos del pantalón demasiado largos para aparentar mayor estatura.

“Qué guapa eres…”, le dije en secreto.

Acabó la presentación de la médico y llegó la ovación tras sus últimas palabras. La diosa se había materializado en una mujer real. Syndi fue cercana y amable y, finalmente, me vio a escasos cinco metros de ella. Yo la miraba en ese momento y, como debió sentirse observada, volvió la cabeza.

“¿Me está mirando, caballero?”

“Le estoy mirando, señorita”, le contesté con la mirada. “Aunque yo tampoco entiendo esta historia que tengo contigo. Eres la clase de mujer que me gusta, y no es una fácil de encontrar. Lástima que seas tan joven.”

Todo eso nos dijimos con una mirada de tres segundos y, como siempre, ella apartó sus lindos ojos primero.

Pero una mirada de tres segundos entre dos desconocidos que se desean es una eternidad. Y la eternidad de esa mirada se alarga hasta que, de vuelta, llego a mi casa. Sé que mi esposa llegará de trabajar en media hora. Quizá menos.

No, a mi mujer no le gustaría saber lo que voy a hacer, pero mi intimidad es mía. Solo mía.

Entro en el lavabo, cierro la puerta, enciendo la luz y me voy al rincón de siempre, ése desde donde puedo mirarme en el espejo como a mí me gusta. Me apoyo en la pared, desabrocho el cinturón, el botón del tejano, y me bajo la cremallera mientras me digo a mí mismo que no pasa nada. Que masturbarse pensando en otra mujer no es ser infiel.

Cierro los ojos y lentamente deslizo mi erección sobre la goma del boxer. Imagino que mi mano es la de Syndi, que es ella quien estimula mi miembro. Y con los ojos cerrados sigo masturbándome, soñando con sus labios turgentes. Un hombre puede llegar al orgasmo por sí solo en apenas un minuto. Depende únicamente de lo que él quiera. No, un minuto no. Quiero que dure, y en mi fantasía íntima ahora la médico saborea con deleite mi exultante erección.

Me acaricio el abdomen con la otra mano, pensando que lo hace Syndi. A ella le encantaría mi vientre firme y bien cincelado. Me estimulo con lascivia los pezones, mientras se me antoja que la boca de la médico se vuelva más hambrienta, más voraz. La yema de mi pulgar es la úvula de Syndi al tratar de engullirme por completo. Veo con nitidez sus sensuales labios yendo y viniendo cadenciosamente a lo largo de mi falo. Me imagino que murmura con deleite mientras hace esa felación. Imagino cuánto disfruto de esos labios llenos, deliciosos y cautivadores que he contemplado un rato antes, labios coloreados de fuego, incandescentes.

—Eres maravillosa... —digo en un susurro, como si se lo dijera a ella, hundido en su boca.

Me escucho a mí mismo hablar en un mundo que no existe, y mi excitación aumenta. El placer de mi mundo se intensifica, como ella haría, y como la imaginación es aún más poderosa que el sexo, pronunciando el nombre de la joven médico a la vez que acelero la cadencia de mi mano, me disuelvo en su boca.

—Pues anoche acabé de leer la novela de Almudena Grandes y está muy bien —le aseguro a mi amigo.

Han pasado algunas semanas. Jaime me había llamado para pedirme que le trajera alguna novela a la casa que tiene en la sierra, donde íbamos a pasar un fin de semana en parejas. No dudé en meter en la maleta Los aires difíciles y Malena es nombre de tango. Nada me gusta más que compartir libros con los amigos que sé que me los devolverán. Pero mientras él elogia a la escritora, mi mirada se pierde en ese paisaje que me embriaga, y que a mi mujer tanto aburre en estos momentos.

Molesto con ella, extiendo la mano al viento intentando olvidarme de su hostilidad, de su semblante afligido y callado. Ella quería ir a la playa, otra vez. Pasan unos segundos antes de que contestara a mi amigo.

—La conocí —digo sin darle excesiva importancia y sin volver la mirada hacia él, cómodamente tumbado y disfrutando del conmovedor paisaje.

—¿A quién?

—A la médico de la que te hablé.

—¿A la muñeca?

Asiento mientras entrelazo las manos detrás de la cabeza.

—Bueno. En realidad, no la conocí. Me crucé con ella en una asamblea. Hace un mes o así.

—¿Cómo que te cruzaste con ella? ¿Has dicho que la conociste?

—Bueno, pues me crucé con ella —digo de nuevo sin ningún énfasis ni volver la mirada hacia Jaime—, y me miró —añado mirándole a los ojos.

—¿Qué quieres decir?

Me encojo de hombros.

—Pues no sé... —titubeo—, que me miró.

—Que te miró —recalca Jaime—. Te miró ¿cómo?

Tardo unos instantes en contestar, recordando esos tres segundos en el Centro de exposiciones de Valencia en los que Syndi clavó su mirada en mí.

—No sé. Me miró… Y yo también la miré... Nos miramos.

—Venga ya, tío —dijo Jaime— ¿Te la has follado?

—No, capullo, no me la he follado.

—¿Pero te la vas a follar? —insiste.

—Qué romántico… —reniego— No sé para qué te digo nada, de verdad.

—Venga, cuenta, coño.

—Es que no hay nada que contar. Nos miramos. Nos sostuvimos la mirada unos segundos… Ya te lo dije… Es muy atractiva. Me gusta —lo he dicho. Me ha costado, pero lo he dicho. Ya está.

—¿Qué te gusta?

—Me gusta escuchar como habla, lo femenina que es... —traté de explicar— Y me gustó que me mirara, ¿entiendes?, que de todos los hombres que había allí, ella se fijara en mí.

—Pero... ¿pasó algo?

—Que no, coño —negué con behemencia, arrepentido ya de haberle contado nada a ese patán— No pasó nada. Solo nos miramos.

—¿No hablasteis?

—No.

—La médico ésa te miró.

Asiento y, quizá por las palabras hirientes que mi esposa ha tenido conmigo, vuelvo la mirada hacia mi amigo y, con cierta rabia, dicto sentencia.

—No solo me gustó. Me encantó que me mirara.

Palidezco al tomar conciencia de mis palabras y me cubro el rostro con las manos, me masajeo las sienes unos segundos y suspiro. Un amigo sabe cuándo debe callar, pero Jaime no.

—Ten cuidado, tío. Como se entere tu mujer… Puf, no quiero ni pensarlo.

Pienso en la insignificancia, en lo común de una simple mirada entre dos personas que han coincidido casualmente. Necesito un tiempo para olvidarme de la discusión con mi esposa, del mal trago que me ha hecho pasar esta mañana, y sonrío al barajar la posibilidad de un encuentro con esa otra mujer atractiva, sensual y prohibida, un encuentro donde la psiquiatra y yo no estemos rodeados de gente.

Aún habrá un par de encuentros más. Aunque, menos fortuitos.

Allí está, a tres metros de mí. Syndi frente a una moto aparcada en la calzada junto a muchas otras, aguardando a subirse de paquete tras un tipo. Syndi me ve y me mantiene la mirada. Yo no la aparto. Syndi se pone el casco, sube a la moto y, mientras el tipo arranca, vuelve a mirarme.

“¿Qué haces aquí, preciosa? ¿Qué haces con ese?”, me pregunto con enojo, intuyendo que su ligue debe vivir por los alrededores. Ojalá sea su hermano, o un simple amigo. Ojalá hayan venido de compras, o a comer, o a cualquier otra cosa que no sea echar un polvo.

Martes. Misma hora: 19.10 de la tarde. Veo de nuevo a Syndi y, mientras el tipo retira el candado de la moto, ella me mira. A mí me late el corazón. Syndi frunce el ceño como si estuviese molesta por algo. Se pone el casco y se marcha.

Miércoles. 19.10 de la tarde: Desde la otra acera, miro hacia donde el amigo de la médico aparca su moto. No está.

“¿Dónde estás?”

Es el tercer día, y me pregunto por qué me preocupo cuando, sin saber tampoco por qué, vuelvo la mirada hacia el café Lorca y Syndi me mira desde dentro con una taza en las manos. Junto a ella, una silla vacía. Está sola.

“¿Quieres que entre?”, le pregunto con la mirada.

Syndi vuelve la suya a la pantalla del teléfono.

Día 4: Mirada de ella. Estremecimiento mío.

Día 5: Mirada de ella. Estremecimiento.

Día 6: ¿Dónde estás, Syndi? ¿Dónde te has metido?

Me he acostumbrado a verla. Sí, ya sé que no va a pasar nada. Pero es tan emocionante. Cuando la veo me siento tan vivo, tan bien...

Una semana sin verla. Por primera vez la busco en internet. Está de vacaciones.

Veo algunos de sus vídeos en Instagram, en TikTok. Me encanta su voz. Amplío una de sus fotos. Lleva una elegante blusa negra de tirantes. Es coqueta en todas las poses y encuadres. Sabe sacar partido a sus encantos, como cuando pone morritos y se vuelve sublime. Me siento tentado de tocar su imagen en la pantalla, pero no me atrevo. Tampoco me guardo la foto. Sólo me faltaba eso para acabar de obsesionarme. Además, sería demasiado comprometedor y peligroso.

“Qué buena estás, fresita.”, le digo en voz alta a su foto mientras, bajo mi pantalón, despacio, va creciendo una erección fortuita, autónoma, tan elocuente como incómoda.

—¿Por qué no la saludas? —me espeta Jaime mientras pedaleamos monte arriba.

—Es que no me atrevo... Igual le molesta que la mire, a lo mejor piensa que soy un viejo pervertido o algo así.

—No creo. Ya te lo habría dicho.

—Bueno. Imaginemos que entro en el bar donde desayuna y me siento a su lado. Y luego qué.

—Te presentas, hostia —clama Jaime perdiendo la calma— Vamos, digo yo.

—¿Y…?

—Habláis, coño. Habláís.

—¿De qué? —intento hacerle ver— Ella es de otra generación.

—Pues no sé. De cualquier cosa.

—Y hacer el ridículo, ¿no? Cojonudo, porque no te imaginas como me impone esa tía.

—Pero si eres muy simpático.

Me visualizó a mí mismo, tímido, sentado junto a Syndi sin saber qué decir, haciendo el ridículo.

—En la vida tendría que existir la elipsis.

—Ya empezamos. Alberto, que me saqué la Secundaria copiando en la mitad de los exámenes. ¿Qué es eso?

—Es cuando se omiten palabras para no repetir. Palabras que no se escriben, que se sobreentienden.

—Mira que eres raro...

—Es como en el cine. Chico mira chica, chica mira chico, y ala, se besan.

—Pues en la vida no hay elipsis que valga... Así que tendrás que hablar.

—¿Tú crees que ella quiere hablar? —le espeto— Después de mirarme durante no sé cuántos meses, ¿de verdad crees que quiere hablar?

—Las tías siempre quieren hablar —sentencia mi amigo— Es lo que más les gusta.

—Lo que más les gusta es follar, no te equivoques —replico— Lo que pasa es que después de follar siempre quieren hablar, que les digan cosas románticas y eso.

Nos reímos.

—¿Y tú qué quieres?

Sonrío con sarcasmo, medito y le contesto.

—Yo quiero hacerle el amor.

Día 12: Sé que ha vuelto. En internet está todo.

No la había vuelto a ver durante dos semanas, y aún así tengo la sensación de que a parte de su elocuencia y alegría, Syndi es menos decidida y valiente de lo que había imaginado. También sé que en este momento, tras las primeras horas de guardia juntos, la deseo cien veces más que antes.

Oigo el golpeteo de sus tacones por el pasillo y vuelvo la mirada. El pulso se me acelera al reconocer la silueta, menuda y esbelta, de la joven doctora. Mi corazón me da un vuelco en el pecho, galopa. Ya no nos miramos sin más, ahora nos reconocemos. Sonreímos. Nos comemos con los ojos.

El pulso se me desboca cada vez que me mira, y cuando se acerca a mí, es peor todavía. Soy capaz de reconocer los miles de sustancias químicas que alteran mi organismo en este momento: adrenalina, oxitocinas, serotonina. La química del amor orquestada por la sabia y pérfida Madre Naturaleza. Podría ir a lo mío y pasar junto a ella como si tal cosa, pero en vez de eso camino hacia ella, sin dejar de mirarla, y por primera vez desde aquel encuentro inicial en el certamen de Valencia, ella no aparta la mirada. En esta ocasión soy yo quien no resiste y baja los ojos, miro sus preciosos pies mientras mi corazón sigue al galope.

Estamos en el pasillo a cinco o seis metros de distancia, y vuelvo a levantar la mirada para comprobar si la doctora aún me mira.

“Por amor de Dios, Syndi. Una mujer no mira así a un hombre si no lo desea.”, la reprendo con el pensamiento.

Avanzamos. Estamos apenas a un metro. Preocupado, miro otra vez al suelo y ella sigue caminando hasta pasar de largo. Ya me da la espalda, me deja atrás —con el corazón herido— cuando yo me detengo y en una fracción de segundo me digo: “Date la vuelta. Dátela ya. Se va. Se escapa. Vas a perder tu oportunidad, imbécil”.

Me detengo. Respiro y me vuelvo poco a poco. Y sí, claro que está ahí. También se ha girado e, inmóvil, me mira a los ojos.

No me atrevo a recortar la distancia, a invadir su espacio personal. Es ella quien camina hasta mí. Sí. Syndi camina hacia mí.

La pequeña pero soberbia doctora llega a escasos centímetros de mi cara y, omitiendo palabras innecesarias, pasa una mano detrás de mi nuca, acerca sus labios a los míos y, después de meses de miradas furtivas, me besa.

Su lengua me pide paso con prudencia, y yo despego los labios dejándola entrar. Cierro los ojos. Siento el alma, el deseo contenido de los meses recorrerme todo el cuerpo. Cálida y audaz juega, lentamente con mis labios. Y yo siento por fin el placer de deslizarme por su cuerpo, de rodear su cintura como me enseñó mi padre.

Según él, había una manera infaliblemente viril de bailar con una muchacha: “Tienes que pasar bien el brazo, nada de quedarte en la mitad de la cintura de la chica. El brazo tiene que pasar dos tercios de la espalda, tampoco más, porque eso le haría sentirse demasiado atrapada, y mira que luego las mujeres son muy suyas; dos tercios es la distancia justa. Luego tienes que abrir bien la zarpa y apoyarla en sus carnes con firmeza, sin apretar, pero sintiendo como apoyas toda la palma y cada uno de los dedos, ¿te enteras?, para que ella se dé cuenta de que está en tus manos.”

Mi pongo rígido, literalmente, todo entero. La saliva de Syndi. El sabor de Syndi. El olor de Syndi. Y su lengua sigue jugando conmigo.

El deseo crece, me inunda con un solo beso.

Entonces ella se aparta al fin, pero me pasa los dedos por el mentón y me mira a los ojos.

—Hola, Alberto —me dice en un susurro.

Sonrío. Sabe mi nombre.

—Hola, Syndi. —Le acaricio la mejilla. Vuelvo a besarla. Nos miramos unos segundos.

Apareció esta mañana. Reapareció más bien. Esa médico especialista en Psiquiatría, pero médico al fin y al cabo; esa joven a la que admiraba aunque no conocía de nada; esa preciosidad que inexplicablemente, absurdamente, tanto me fascina. Fue verla y al segundo sentir que se me aceleraba el pulso.

Al encontrármela de sopetón me quedé pasmado como un idiota. Durante unos instantes no fui incapaz de entender que hacía allí, con esa vistosa maleta con ruedas a su izquierda y la bata de médico colgando del antebrazo. Y de pronto, como un idiota, caí en la cuenta de que esperaba a que yo le abriera la puerta de urgencias.

Por supuesto yo estaba enterado de que el médico titular se había tenido que coger en fin de semana libre porque habían ingresado en el hospital al más pequeño de sus cuatro hijos, pero, aún así, la súbita aparición de Syndi me había dejado perplejo.

No me ha defraudado. En el trato con los pacientes se convierte en una doctora elocuente y, en la práctica clínica, en una profesional segura de sí misma. Se crece, por así decirlo, superando su escaso metro sesenta de estatura. Sin embargo, cuando nos hemos quedado solos es muy tímida, insegura y callada. Esos dos extremos de su carácter que me han mantenido descolocado desde el principio, fuera de juego, hoy me resultan más irresistibles que nunca.

Sin embargo, ya queda lejos la exposición de la tesis de la doctora Cabañero, aquel encuentro fortuito en el centro de exposiciones de Valencia. En este momento estamos cómodamente sentados en el estar de mi centro de trabajo donde, por avatares del destino, Syndi ha venido a sustituir a Emilio, el médico con quien habitualmente formo equipo en urgencias.

Ayer sábado la guardia estuvo movidita. Durante el día tuvimos un chorreo de gente, alcanzando los setenta pacientes casi sin darnos cuenta, difunta incluida en la residencia de mayores. Por la noche la cosa no fue mejor, y a los habituales grupos de jóvenes ebrias con cortes de cristales en la planta de los pies, tuvimos que añadir a sendos púgiles de un combate callejero.

Hoy, en cambio, estamos disfrutando de una tranquila tarde de domingo. En mi caso disfrutando también de la compañía de esa mujer joven, pasional, extrovertida y tan diferente a mí, y de la que, a mis cuarenta y cinco años, me siento profundamente enamorado. Nos quedan un puñado de horas juntos y ya siento el vacío de su ausencia. El vacío de los días sin ella.

Hacía dos días ni siquiera nos conocíamos, sólo de vista, pero la amaba con una fuerza insólita, desaforada, como nunca antes había amado a otra mujer, a ninguna, incluida aquella con la que estoy casado.

Ella ha tenido una relación con un chico llamado Antonio, uno de los pocos chicos interesantes de su facultad. Inteligente. Más inteligente que ella, según afirma. Más rápido en cálculo mental. Empezaron el segundo año de carrera y estuvieron juntos hasta que Syndi se enamoró perdidamente de otro chico que, sin embargo, la mandó a paseo en cuanto se cansó de ella.

Fue por aquel ave de paso por lo que dejó a su primer ex, eso estaba claro, pero —tal y como me confesó mientras sorbía café— tarde o temprano lo habría dejado porque Antonio no leía, sólo le interesaba el fútbol. Me había reído al escucharla.

—Por eso no se deja a un novio, Syndi.

—Pues yo sí —se reafirma con resolución— El fútbol es horroroso, idiotiza a los tíos. Tendría que estar prohibido, te lo digo en serio. No es el alcohol lo que destruye neuronas, es el fútbol. Piénsalo. El alcohol alegra el corazón y estimula las interacciones humanas. ¡Cómo va a destruir neuronas!

Me río. Me maravillo. “¡Qué mujer!”.

Seguimos charlando confortablemente sentandos, cada uno en un sofá, frente a frente. Por suerte yo sí leo novelas de todo tipo, cosa que de algún modo incrementa el interés de esa singular señorita en mí. Intercambiamos opiniones sobre un montón de ellas, turnándonos o quitándonos el turno de palabra indistintamente.

Cuando logro dejar de reír por un sarcástico comentario de Syndi acerca de los seductores de antaño como Geralt de Rivia, clavo mi mirada en ella, que me mira de igual modo.

—¿Qué miras tanto? —me pregunta ladeando ligeramente la cabeza.

Guardo silencio unos segundos, se que Syndi no se refiere ahora mismo, en este preciso instante, sino siempre, cada vez que nos hemos encontrado por casualidad en los últimos meses.

—Te miro a ti.

Syndi sonríe algo tímida ante la declaración de un hombre tan diferente a los que han pasado por su vida. Le parezco sincero. Conmigo se siente una mujer amada. Nunca la he hecho dudar y nunca lo haré, ni una sola vez en los días, meses o años que nos esperen juntos.

Yo sólo había tenido tres historias de amor y sexo antes de conocer a mi actual esposa. Soy un hombre de relaciones largas. Un primer amor de instituto que me rompió el corazón y prefiero no recordar. Por suerte, yo había escuchado como mi madre les decía a mis hermanas que “nunca hay que correr detrás de los hombres, que los hombres son igualitos que los autobuses urbanos: Fastidia perder uno, pero a los quince minutos llega el siguiente”. Y como con las mujeres pasa lo mismo, entonces esperaba que la siguiente tuviera los ojos de aquel primer amor y la acogedora suavidad de sus brazos. Aunque sobre todo esperaba que la siguiente chica no se me escapase.

Así, mi segundo amor fue profundamente reparador, terapéutico y, para más inri, con una enfermera; y por último, una apasionada historia ya cerca de los treinta con una mujer inquietantemente parecida a Syndi, una gafotas bajita y divertidísima con quien me acabé casando y teniendo dos hijos. Aunque con el tiempo, el amor se disipó y ahora solo queda el vínculo familiar y el indisoluble matrimonio.

Es curioso cómo se desarrollan las inquinas domésticas: al principio lo que te desespera de tu pareja es que coarte tu libertad, o que de pronto no sea tan tolerante como antes, o que tenga un mal genio inaguantable, pero luego, con el tiempo, superadas las primeras broncas conyugales, lo que de verdad te enferma y exaspera es que tu mujer ronque, que haga ruido al comer sopa, o que sea una maniática del orden; de modo que las manías personales pasan a convertirse en la madre del rencor, el desencuentro y la furia conyugal.

No obstante, si de algo sirve hacerse mayor, adquirir experiencias y perder juventud, es para ir aprendiendo de qué va esto de vivir. Es decir, todas esas historias habían sido de verdad, auténticas, como la que ahora empezaba a vivir con Syndi.

Siempre que salimos a atender a un paciente, le cedo el paso. Ella ríe. Sabe que lo hago para mirarle el trasero, aunque apenas se le note bajo esa bata informe y sin abotonar. En realidad yo me conformo con que sienta mi mirada, que le escueza en la nuca, y que cada paso que dé sea una terrible molestia para sus piernas.

—¿Te doy miedo, o qué? —le comento burlón cuando, de pronto, Syndi se para y se vuelve en medio del pasillo. Yo me coloco delante de ella y, mirándola directamente a los ojos, me acerco hasta casi rozar su nariz con la punta de la mía— ¡Qué no te voy a comer, florecilla!

Entonces ella, que a veces no sabe lo que se dice, sobre todo si está sometida durante un tiempo a demasiada tensión, como es el caso, contesta con toda naturalidad:

—¡Qué más quisiera yo, encanto!

Ha sonado el timbre, y es difícil disimular, fingir que no te has besado apasionadamente justo antes de atender a un paciente, aunque lo intentamos. Yo me voy derecho a mi consulta y allí espero a que Syndi vea al hombre con ciática, quien no tiene la culpa de habernos interrumpido en el momento álgido tras meses de escarceos y ambigüedades amorosas.

—¡Nolotil y Enantyum, por favor! —vocea la doctora al cabo.

Yo procedo profesionalmente, administro la medicación pautada por vía intramuscular lo que, en un primer momento, consigue al menos que al paciente le cambie la localización del dolor. Lo despido deseándole una pronta recuperación, y echo la llave un poco demasiado rápido y, aún así, no ha sido suficiente. Syndi ya ha desaparecido en el interior del área de personal.

Cuando paso a la salita la encuentro sentada con un libro en las manos, como si no nos hubiéramos besado un momento antes. Finge leer, pero yo me abstengo de hacerle ver lo infantil de dicho comportamiento. Opto por aproximarme y colocarme justo delante. Desde mi atalaya gozo de una visión inmejorable de su sobrecogedor escote, lo cual azuza mi erección, de por sí evidente bajo el fino pantalón del uniforme de trabajo.

Aguardo medio minuto, tiempo más que suficiente para que mi miembro alcance un tamaño ostentoso, decretando solemnemente el estado de la cuestión. Entre tanto, constato que la joven doctora echa fugaces miraditas a mi entrepierna mientras simula leer.

—¿No vas a pasar de página?

Nada más escuchar mi demanda, su respiración se torna súbitamente intensa, lo cual hace que sus pechos suban y bajen de un modo sublime. La doctora, joven y preciosa, alza la mirada y me mira a los ojos. Lo hace con enojo, pero el caso es que cuando va a pasar de página, yo atrapo su mano y la llevo de inmediato sobre mi monumental erección. Su palma, sus dedos abarcan sólo una parte de mi miembro, si bien resulta suficiente para que cambie la expresión de su rostro.

Yo sólo pretendo que la joven doctora se sienta responsable de mi estado, y el pasmo de sus ojos me confirma que eso lo ha entendido. Tras unos segundos libero la mano de la doctora para entonces ser yo quien se quede extrañado de que Syndi no la aparte de inmediato. Nuestro duelo de miradas persiste, como también el reto de su pequeña mano a la brutal potencia de mi erección. El desequilibrado desafío la hace inspirar profundamente. Esa terquedad me anima a tomar su barbilla, tocar su piel tersa y suave, y subrayar con mi pulgar la mullida superficie de sus labios mientras, con la otra mano, procedo a liberar mi erección de su injusto encierro.

—Abre la boca.

Es una instrucción familiar, sencilla, una a la que toda doctora está habituada. La acción esta tan arraigada en el subconsciente de Syndi que la lleva a cabo sin darse cuenta. Sus labios se separan a cámara lenta, sin que su propietaria deje ni un momento de mirarme a los ojos. El brillo centelleante de sus pupilas indica que está tan excitada como yo, o puede que más.

El extremo de mi miembro se pasea siguiendo el contorno de sus labios como una gruesa barra de carmín. La provocación es flagrante, la tentación se hace más y más apremiante. Su lengua la traiciona, abandonando la trinchera de sus labios para ir en pos de mi polla. Un rezongo de niña exasperada me divierte.

—Quítate la bata.

Para mi sorpresa, Syndi no sólo se desprende de la prenda sanitaria, sino que a ésta la sigue rápidamente la blusa, lo cual revela un elegante sujetador de fino encaje negro. Le sobra ropa, debe tener calor, ganas de magrearse, de amasarse sus bonitos y menudos pechos, pues eso es lo que hace a continuación.

—Mastúrbate.

Aunque mi nueva demanda la desconcierta, la promesa de obtener una jugosa recompensa la impulsa a desabotonar sus jeans y deslizarse una mano bajo las bragas. Le dejo sentir el peso de mi verga sobre su rostro, permitiéndole apreciar cuan dura me la pone. Sus ojos me imploran, su gimoteo su vuelve cada vez más elocuente, señal de que la chica está gozando del juego.

—Come.

Al instante Syndi desencaja su mandíbula y engulle con frenesí gran parte de mi miembro. En este momento se diría que la doctora ha dejado de ser una licenciada en Medicina para transformarse en una caníbal. Murmura con deleite al sentir finalmente mi pollón entre sus fauces. Su rostro angelical logra que me turbe el furor con que me come la polla.

¡Schups! ¡Schups! ¡Schups! ¡Schups!

Es alucinante lo bien que lo hace. La sensación y el ritmo calcan el balanceo propio del coito. Solo he de mirar al techo y cerrar unos segundos los ojos para disfrutar de la imponente similitud de su boca con un cálido coñito. La joven ha acumulado tanta saliva que hasta el sonido lo imita a la perfección.

Parte de su ingente cantidad de secreciones va a rebosar las comisuras de sus labios, balanceándose de su barbilla antes de chorrearla entre los senos. Gruño con asombro, la felicito, pero la chica no ceja en su empeño, me está follando con la boca y desea una recompensa.

La avidez de sus labios sumada al contundente vaivén de su cabeza resulta demasiado estimulante para el tiempo que llevo en abstinencia. Me percato de la abrupta salida de líquido preseminal, pero también ella. La joven loba ha olfateado el olor de la sangre, la paladea entre los dientes.

Podría dejarla salirse con la suya, aceptar deportivamente la derrota, permitirle vencerme, pero no pienso correrme antes que ella, no en nuestra primera vez. Por ello la aparto de mí sin contemplaciones y quedo prendado de su rostro. Parece poseída, una vampira con churretes de saliva en lugar de sangre, pero con idéntica cara de sed y vicio mientras contempla mi polla.

No es de extrañar, ni siquiera recuerdo la última vez que mi miembro viril alcanzó semejante envergadura. Está enorme, dos o tres centímetros más que últimamente. Se yergue frente a la responsable de su terrible situación, culpándola de estar a punto de hacerla eyacular. Bajo la fina piel, unos cordones venosos alertan sobre el peligro de un potente disparo.

Syndi lo sabe. Sabe que he hecho trampa, que ha estado a punto de vencerme, y aprieta los dientes con rabia. En este momento bastaría con un delicado beso de sus labios para hacerme eyacular sin remedio, a chorros, sobre su rostro. Y ella estaría encantada de hacerlo, pero yo la retengo con la cabeza echada hacia atrás, impidiéndoselo.

—Mastúrbate. Quiero ver la cara que pones cuando te corres.

Syndi se muerde el labio inferior, amasa uno de sus senos y busca el pezón. El coñito ya se lo estaba refregando con saña. Enérgicamente. Exigente. Y entonces le doy una grata sorpresa. Tras estirar de la unión de las copas de su sujetador, deslizo por debajo mi verga.

En ese instante me doy cuenta de que los pechos de Syndi son más pequeños de lo que pensaba. De hecho, el tercio superior de mi ariete sobresale por arriba, amenazando la integridad de su barbilla. La visión es grotesca. El sujetador de la doctora aprisiona mi pollón entre sus senos, pero ahí está la lubricidad de la saliva para facilitar el movimiento arriba y abajo.

Nos coordinamos a la perfección, y ninguno de los dos se demora en exceso antes de llegar al clímax. Resulta que la carita de Syndi, tan linda y juvenil normalmente, expresa una inmensa desolación durante el orgasmo, reflejando toda la aflicción de un delicado cuerpo de mujer al ser bestialmente atravesado por un placer incontrolable, exteriorizando gozo y angustia a la par… Y entonces, de repente, empieza a llover sobre su adorable carita, y Syndi ríe, chilla, sacude los brazos en el aire mientras yo, un hombre, la riego con mi semen. Su rostro se crispa con cada nueva rociada, y se va encogiendo a medida que sus facciones se difuminan bajo la mascarilla más natural y sabrosa contra las arrugas y líneas de expresión.

Su pelo, la frente y los ojos reciben los chorretones más frondosos. Mejillas, nariz y labios, el resto. Femenina, jovial y sonriente, la médico se extiende efusivamente su justo tratamiento facial. Luego se chupa los dedos. Traviesa, alegre…

“¡Ummm!”.

A Syndi le encanta la leche y, según dice, es la primera vez que la follan las tetas.

La cosa no queda ahí, por supuesto. Acto seguido la despojo con fiereza de sus jeans y… ¡Oh, sorpresa! Veo su tanga. Después le chupo, uno a uno, los dedos de los pies mientras ella contiene la risa. A Syndi no le disgusta, pero prefiere que le coma el coño, y así mismo me lo pide.

Me siento como en un buffet libre, pues todo en ella es comestible. No sólo el sexo, sino también sus pantorrillas, sus muslos, incluso su ano se estremece con el roce de mi lengua. Después de ese rodeo, me centro en el primer plato, el esencial, y, a primera vista, me emociona la opulencia de sus labios íntimos. Henchidos, se despliegan y sobrepasan los bordes de su vulva.

A ella no le gustan, lo intuyo. Quiere ocultarlos, pero no sabe cómo. Entre cierra las piernas, y yo se las separo. Me relamo y le hago ver que me encanta su coño, que para mí sus carnosos labios son un afrodisíaco, un símbolo de deseo, el indicador inequívoco de una mujer fogosa, decidida, sin ñoñerías.

—...y que sepas que te lo voy a comer hasta que te desmayes de gusto.

Convencido de mi intuición, salgo de la salita y regreso al cabo de un momento con una toalla grande y un frasco de color blanco, que ofrezco a Syndi para que lo coja.

—¡Eh, eh, un momento! —rezonga.

—No me irás a decir que nunca te han follado por atrás.

La médico abre la boca con rictus de indignación, parece a punto de reprenderme o incluso de atizarme un bofetón, pero no hace ni una cosa ni la otra, sino que se ruboriza, ladea la cabeza y pone la típica cara de inocencia, de “él se empeñó”, y ahora irradia vergüenza, se sonroja.

Le quito cortésmente de las manos el gel para hacer electrocardiogramas.

—No pasa nada —le digo con una sonrisa, transmitiéndole seguridad, confianza, y lanzo el frasco al otro lado del sofá, fuera de su vista, pero al alcance de mi mano— Pero conmigo te correrás a lo grande, tenlo por seguro —y deslizo bajo su maravilloso trasero la toalla doblada por la mitad, como quien se dispone a comer y extiende el mantel en la mesa.

En su cara bonita persiste la inquietud, la duda, pero entonces le separo las piernas y atrapo sus pringosos pliegues entre mis dedos, los estrujo, tiro suavemente de ellos mientras voy sembrando de besos el sendero que lleva hasta su oreja; oreja que chupo, muerdo y lamo por la parte de atrás antes de susurrar, al detalle, todas esas obscenidades que Syndi está deseando hacerme y que le haga.

Referencias:

—“Historias de mujeres casadas”, de Cristina Campos.

—Vídeos de Syndicete en PornHub Community.

—“A la caza del último hombre salvaje”, de Ángela Vallvey.

—“La hija del caníbal”, de Rosa Montero.

—Vídeos de Diana Daniels en PornHub Community.