“NUEVA” compañera de piso
Magda creía haber encontrado un refugio seguro con Alex, pero él no buscaba compañía, sino sumisión. Cuando descubrió que su compañera de piso, Marita, ocultaba un armario lleno de placer prohibido, Alex decidió que era hora de cobrar su deuda con el destino. Ahora, bajo el mismo techo que su marido ingenuo, Magda debe elegir entre su honor y el placer que la destruye.
Mi nuevo “objetivo” surgió por casualidad. Estaba revisando legajos sin informatizar, una tarea absurda porque todo lo que contenían ya era obsoleto. Redacté el informe y, en lugar de dejarlo en el correo interno, decidí subirlo personalmente para explicárselo a un hombre a punto de jubilarse. Esa planta la llamábamos “el asilo”: un cementerio de elefantes donde conservaban a los veteranos para evitar costosas indemnizaciones.
Al entrar, me crucé con una mujer deslumbrante, envuelta en un aura de misterio y melancolía. (1,70 de pura tentación—Ojos grisáceos y unas ojeras enormes, debía de dormir poco—morena, pelo largo sujeto con una especie de moño—54 kg— pecho prominente, difícil de saber el tamaño por la ropa que portaba—delgada—con caderas anchas—culo que parecía grande—atractiva y una leve sonrisa, dulce pero que atrapaba—¿40? años) Nunca la había visto, pero su mirada compungida y ese cuerpo hecho para el pecado me clavaron en el sitio.
Estaba con el hombre cuando un tumulto nos sacó de allí. Ella estaba en el suelo, retorcida entre dos muebles, con un hilo de sangre bajándole por la frente. La levanté, la cargué en brazos —pesaba poco, pero sentí el peso de su fragilidad— y la deposité en un sillón hasta que llegó el SAMU.
Pregunté si estaba enferma. “Nada de eso —me contestaron—. Tres años cuidando a su marido día y noche. Desde que murió, hace nueve meses, no levanta cabeza”. Otra añadió: “No entiendo tanto luto si el hombre la maltrataba. Venía con mangas largas para ocultar las marcas”. La taché de mi lista de objetivos; esa mujer no estaba para juegos.
Bajé a mi despacho: una nota sobre mi mesa. “Magda te llamó”. Saqué el móvil, que había llevado encima y la devolví la llamada. Su voz, normalmente beligerante, sonaba dulce, melosa. —Alex, cariño, me marcho de aquí, el ambiente está pesado. Sé que tienes un piso grande… ¿una habitación libre? Podemos compartir gastos—. Su tono era una promesa directa a mi entrepierna. Acepté. Mi polla endureció al instante, sobre todo porque acababa de surtir mi arsenal de juguetes BDSM.
Magda venía a una de las jefaturas libres. Dos días después apareció para recoger las llaves. Yo ya tenía preparado un juego nuevo. El saludo fue seco; ella culpó al mal aparcamiento y prometió una comida que me haría lamer los dedos. Llegué pasadas las tres. Allí estaba, vestida con algo tan cómodo como provocador. Mis manos ya se antojaban de su cuerpo cuando vi tres platos en la mesa. “¿La tercera persona?” No hizo falta preguntar: apareció un tipo que me hacía sentir pequeño. —Te presento a mi marido, Antxon. Viviremos los dos aquí, que él ha pedido una excedencia—, dijo Magda con los dientes apretados, mirándome como pidiendo perdón por la estafa que me acababa de hacer.
En la cocina, a solas, le siseé: —Mi venganza será fría y la pagarás con tu culo. Sin piedad—. Ella se revolvió: —¡Ni lo pienses! Si no te gusta, dilo y nos vamos. Es temporal, te dejaremos en cuanto encontremos algo—. Susurraba con furia para que no la oyera su marido.
La primera semana descifré a Magda. Antxon era más agradable de lo que esperaba, aunque cargado de complejos y celos mal disimulados. A ella le gustaba exhibirse, pero por la noche él solo lograba frustrarla. Oía sus simulacros de follada, sus maldiciones, mientras él repetía que era una puta y gritaba que la dejaría preñada.
Antxon se apuntó a mi gimnasio, donde pasaba horas. Un viernes tenía que viajar a su antigua ciudad y quería llevarse a Magda. Ella se excusó con el trabajo y, para calmarlo, dijo que una compañera cenaría con nosotros. Sospechaba que mentía. Esa tarde planeaba un safari nocturno, ya estaba arreglado cuando sonó el timbre. Abrí: era la mujer del desmayo, María. Estaba radiante. Melena suelta y ondulada, como despeinada a propósito. Ojos delineados con un trazo sutil, labios rosados, ojeras todavía presentes, pero ahora parecían sexy.
Llevaba una falda vaquera que ceñía unas piernas perfectas y un top con escote que marcaba un canalillo profundo y un pecho exuberante. —Creo que nos conocemos… soy María, pero prefiero Marita. Y tú debes ser Alex—. Dijo que fue una bajada de tensión y me agradeció la ayuda. Magda salió y nos pusimos a hablar los tres. Ya se conocían de antes por un par de cursos de formación que hicieron en el pasado.
Durante la cena hubo risas, copas y tensión sexual flotando en el aire. Fui a la cocina a preparar unos combinados y las escuché: —Un chico joven y encantador, hacía tiempo que no reía tanto—, dijo Marita. Magda respondió: —No te engañes, Mari. Alex tiene espolones y una mente sucia que muchos querrían. Es un salvaje, un empotrador nato… el primero que me dio una azotaina sin piedad—. Por lo que comprobé se contaban todo.
Desde ese momento, Marita me miró con otros ojos, escrutándome, tonteando. Magda se enceló.
Luego Marita cambió de cara cuando Magda mencionó la ausencia de su marido. —Sé que todos piensan mal de Aníbal, pero era el mejor hombre del mundo, el único que me entendía—, dijo mirándome fijamente con una intensidad que no entendí.
Ya es muy tarde. Ofrezco llevar a Marita a casa. Magda no se alegra, pero aguanta cuando digo que después iré de marcha. —Deja el coche ahí, te invito a una copa en mi casa, donde el autobús, que ya no pasan—”, propone Marita. Su mirada es un imán.
Dentro, me deja solo en el salón mientras observo las fotos: ella con un hombre anodino. Vuelve y le hago un comentario sobre la casa. Me la enseña: antigua pero reformada con gusto. Todo claro, moderno, excepto un armario rústico de madera oscura en la habitación principal. No encaja. Es una pieza de arte. Tiene una llave puesta. No puedo evitarlo: la giro. —¡NO!—, grita ella. Pero ya es tarde. La puerta se abre y revela un arsenal de juguetes sexuales, sobre todo de BDSM puro y masoquismo, mucho más completo que el mío.
No digo nada. Volvemos al salón. Ella está en silencio, perdida, asustada. —Gracias por la copa, me voy—, digo. Me acompaña a la puerta. Antes de salir, me giro, la miro a los ojos. Baja la vista. Sé que es mi momento.
La invadí con la mirada, sin decir palabra. Su respiración se aceleró, un temblor leve le recorría el cuerpo. Levanté una mano y le tracé la línea de la mandíbula con el dorso de los dedos; ella no se retiró. Al contrario, apoyó la mejilla en mi palma como una gata en busca de caricias, aunque sus ojos seguían llenos de ese miedo excitante que la hacía aún más deseable.
—No tienes que tener miedo de mí, Marita— susurré, acercando mi boca a su oreja. —Al contrario, creo que tú y yo vamos a entendernos muy bien.—
Cerré la puerta con un pisotón, el sonido resonando en el silencio de la casa. La llevé de vuelta al salón, pero esta vez no me senté. La empujé suavemente contra el sofá, obligándola a recostarse. Me arrodillé a sus pies, deslizando mis manos por sus tobillos hasta subir lentamente por sus pantorrillas, deteniéndome a la altura de sus rodillas. Ella emitía un pequeño jadeo, mezcla de nervios y anticipación.
—Ese armario…— dije mientras mis dedos jugaban con el dobladillo de su falda. — Esconde muchos secretos, ¿verdad? Dime, Marita… ¿quién te enseñó a gustarle eso? —
Sus ojos se abrieron como platos. —Yo… no sé de qué hablas. —
—Mientes— respondí con una sonrisa pícara. — Y eso me excita. Pero también me dice que necesitas a alguien que sepa manejar esos juguetes mejor que tu difunto marido. —
Abrí su falda con un movimiento firme, descubriendo que no llevaba nada debajo. Su sexo, depilado y ya húmedo, brillaba bajo la tenue luz del salón. La separé con los pulgares y le bajé la lengua hasta su clítoris, saboreando su sabor salado y su leve temblor. Ella arqueó la espalda y se agarró a mis cabellos, gimoteando.
—Sí… así…— murmuró. — Por favor, no pares. —
La hice correrse dos veces con la boca antes de levantarme y desabrocharme los pantalones. Mi polla saltó fuera, dura y gruesa. Ella la miró con avidez, lamiéndose los labios. —¿Ves?— dije mientras me la tocaba de manera lenta y provocativamente. — Esto es lo que necesitas. Alguien que te dé sin miedo, sin complejos. —
La penetré de golpe, hundiéndome hasta el fondo. Ella gritó, mezclando dolor y placer. La follé con rabia, con la fuerza que llevaba días acumulando. Cada embestida era un castigo y una recompensa. Sus tetas rebotaban bajo el top, y yo se las apretaba con fuerza, mordisqueando sus pezones a través de la tela.
—¡Duro! ¡Más duro!— gritaba ella, rascándome la espalda.
La giré y la puse a cuatro patas, agarrándola por las caderas para meterle hasta las bolas. Su culo se abría como una flor, y no pude resistirme a humedecerme un dedo en su jugo y meterlo por su culo. Ella se estremeció y empujó hacia atrás, pidiendo más. —Así te gustaba, ¿verdad, zorra?— le siseé al oído. — Que te traten como la que eres.—
—¡Sí! ¡Soy tu zorra! ¡Correte dentro de mí! ¡Por favor! —
La complací, eyaculando con un rugido que hizo temblar los cuadros de las paredes. Nos quedamos así un momento, jadeando, con mi semen goteando de su coño. Luego me retiré y me senté en el sofá, observándola arreglarse con las manos temblorosas. —Esto no ha sido un capricho, Marita— le dije mientras me abrochaba los pantalones. — Es solo el principio. A partir de ahora, serás mía. Entenderás lo que es ser dominada de verdad.—
Ella asintió, sin mirarme a los ojos, sumisa y vencida. Pero en el fondo de su mirada, vi una chispa de desafío que me prometía noches inolvidables.
La mirada de Marita se quebró. El brillo de sumisión dio paso a un pánico genuino que me erizó la piel. —¿Qué has hecho?— susurró, su voz un hilo roto. —No… no debiste correrte dentro. No tomo nada, Alex. Llevo tres años sin tocar a un hombre, sin necesitarlo. No estoy preparada para…—
No la dejó terminar. Una sonrisa cruel se dibujó en mi cara. El pánico en sus ojos era el afrodisíaco más potente que había probado. La agarré del brazo, mi puño como una tenaza de hierro, y la arrastré del sofá. Tropezó, pero la mantuve en pie.
—¿No preparada?— le susurré a la cara, mi aliento caliente contra su piel pálida. — Pues vaya putada, Marita. Parece que tu cuerpo ha decidido recordarle a tu cabeza cómo se juega. Y por ser tan descuidada, por no avisarme, vas a recibir una lección que no olvidarás en toda tu puta vida. La tiré hacia el dormitorio, empujándola por el pasillo. No había resistencia en ella, solo el peso de su miedo y un temblor que la recorría entera. La frente contra la puerta del armario rústico. Con la mano libre, la abrí de un golpe.
El olor a cuero, a metal frío y a látex impregnó el aire. La colección era impresionante: fustas de varios grosores, pinzas de pezones con cadenas, una pala de madera, bolas chinas, un consolador gigante de negro y brillante, y un surtido de cuerdas de seda y esposas de piel.
Marita levantó la vista. Su miedo se evaporó, reemplazado por un asombro lujurioso. Sus ojos recorrieron los instrumentos de tortura y placer, y su boca se entreabrió. No había temor. Había hambre. Una necesidad visceral que llevaba años encerrada. —Mira todo esto— dije, pasando una fusta de cuero por sus mejillas. — Tu marido, el santo, ¿usaba esto? ¿O solo te dejaba insatisfecha en esa cama? —
—Él… él no entendía esto— confesó, su voz ronca de deseo. — Él creía que era un pecado. Pero me entendía y me castigaba, aunque con miedo—
—Pues yo soy el diablo, zorra, y he venido a cobrar— la giré y la tendí sobre la cama, con el culo al aire. — Y el diablo no se anda con tonterías.— Tomé la pala de madera. Era pesada, sólida. Le pasé el borde liso por sus nalgas, aún marcadas por el agarre de mis manos. Se estremeció. —Esto es por no advertirme— dije, y le di el primer golpe. El sonido seco retumbó en la habitación. Ella gritó, un grito ahogado contra el edredón. Una línea roja perfecta apareció en su piel pálida. —Esto es por tu marido, el anodino, por no darte lo que necesitabas— otro golpe, en la otra nalga. Volvió a gritar, pero esta vez el sonido era diferente. Había un placer profundo en él, una liberación.
—Y esto— dije, dejando la pala y cogiendo la fusta —es por mí, por disfrutar como una perra al ver tu culo marcado.— La primera azotaina la hizo saltar. El látigo le dio en el pliegue donde las nalgas se unen a los muslos. Un gemido largo y gutural escapó de su garganta. La azoté una y otra vez, sin piedad, sin ritmo, solo dejando que mi furia y su excitación guiaran mi mano. Su piel se puso al rojo vivo, luego carmesí. Marcas cruzadas adornaban su culo, un mapa del dolor que le estaba provocando.
Me detuve, jadeando. Su coño goteaba sobre las sábanas, un charco brillante de excitación. Estaba rota, abierta, lista para ser tomada de nuevo.
—¿Quién es tu dueño, Marita?— pregunté, pasándole el cabo de la fusta por la espalda. —Tú… tú eres mi dueño, MI AMO— jadeó. — Por favor… dame más. —
Cambié la fusta por el consolado de negro. Era enorme, más grueso que mi propia polla. Se lo froté por su coño, empapándolo con sus propios jugos. Luego, sin previo aviso, se lo introduje por el culo.
Un grito desgarrador llenó la habitación. Su cuerpo se arqueó en un espasmo de dolor puro. La agarré por las caderas y me la follé con el juguete, sin compasión, cada embestida más profunda y brutal. La tenía así, con el culo rojo por el dilatador, cuando me puse a cuatro patas sobre ella, mi polla dura rozando su espalda.
—¿Ves, zorra?— le siseé al oído. — ¿Ves lo que pasa cuando te portas mal? Te castigo, te humillo y te dejo hecha una mierda, y tú lo adoras. Lo necesitas. — Seguí dándole por el culo con el consolador mientras me masturbaba sobre su espalda, hasta que me corrí de nuevo, esta vez sobre su espalda, mi semen caliente corriendo por su piel marcada.
Me retiré y me senté en un sillón, observándola. Permaneció en la cama, temblando, con el consolado todavía clavado en su culo, su cuerpo un testimonio de mi brutalidad. Se giró lentamente para mirarme. Sus ojos estaban vidriosos, perdidos en una nebulosa de dolor y éxtasis. No había odio. No había arrepentimiento. Solo una adoración absoluta y aterradora.
—Gracias, no te puedes imaginar lo que me hacía falta, ya no dormía bien por las noches— susurró, su voz casi inaudible—. Sonreí. La noche era joven. Y el armario de Marita aún estaba lleno de sorpresas.
La vi dormir. En el silencio de la habitación, con el cuerpo marcado por mi furia y el semen seco en su espalda, Marita parecía en paz. Una plácida violación de su propia voluntad. Por un momento, la tentación de despertarla para una segunda ronda fue inmensa, pero algo en mi, una mezcla de desprecio y una extraña piedad, me hizo decidir lo contrario. La había roto, la había reclamado. Ahora era mía. Podría esperar.
Me vestí en silencio y salí de su casa. El aire frío de la noche me golpeó la cara, limpiando el olor a sexo y cuero. Volví a mi piso, mi territorio, y la escena que me recibió era un polvorín a punto de estallar.
Magda estaba en el salón, de pie, con los brazos cruzados. Llevaba una simple camiseta blanca, tan fina que sus tetas duras de tensión se adivinaban como dos faros. El pantalón corto se ceñía a su culo, recordándome lo que me había negado, lo que me había robado al traer a su marido. Su mirada era una daga de hielo. —¿Dónde estabas?— preguntó, y su voz era un veneno dulce. —He estado llamando a Marita. No contesta.—
Me quité la chaqueta, sin prisas, dejando que su imaginación hiciera el resto. El olor a otra mujer, a sexo brutal, debía impregnarme como un perfume. —Ha tenido un mal rato— dije, acercándome a la nevera para servirme un agua. —La he acompañado, la he calmado. Ya sabes cómo son estas cosas.— Su cara se torció. La excusa de la amiga preocupada se hizo añicos, revelando la cruda verdad: unos celos tan negros y espesos que casi se podían palpar.
—¿La has calmado tú?— soltó una risa corta, sin gracia. —¡Mientes! Te has aprovechado de ella, cabrón. Está baja, vulnerable, y tú como un perro, olfateando y follándotela. ¿La has dejado hecha una mierda, verdad?.— Me giré y me apoyé en la encimera, mirándola de arriba abajo. La provocación era tan fácil como deliciosa.
—Y si lo he hecho, ¿qué?— dije con una sonrisa lenta. — Alguien tenía que recordarle lo que es un hombre de verdad. No como el muerto que tienes en casa ni como el anodino con el que se casó. A ella le gustó. De hecho, le encantó. Eso fue la chispa. Magda dio un paso adelante, con los puños cerrados. El insulto era una bomba.
—¡Hijo de puta!— gritó. —¡Eres un puto cerdo! La usaste, la humillaste…—
—La hice sentir viva— la interrumpí, acercándome a ella hasta que casi nos tocamos. —Algo que tú no sabes hacer. Solo sabes mentir y traer a tu marido de mierda a mi casa. ¿Tienes idea de lo que es una mujer de verdad? Marita sí lo sabe ahora.—
Me escupió a la cara. No me moví. Me limpié lentamente con el dorso de la mano, sin dejar de mirarla a los ojos. Su pecho subía y bajaba agitado, la rabia la hacía temblar. —Vas a pagar por esto— siseó.
—Pagaré lo que quieras, zorra— respondí, y mi voz bajó a un tono gutural, pura provocación. — Pero serás tú quien pida perdón de rodillas. Será tú quien venga a mí como una perra en celo, rogándome por una buena ración de polla para que te olvides de tu marido y de tu puta amiga. Porque sé que te mueres de curiosidad. Quieres saber cómo es, si ha sido tan bueno como imaginas. Quieres que te parta en dos como acabo de hacer a ella.—
Me pasé la lengua por los labios, lentamente. Su mirada se fijó en mi boca, en mi lengua, y por un segundo, el odio en sus ojos se tiñó de lujuria. Estaba ganando. La estaba llevando al borde.
—Te juro que si la has tocado…— empezó a decir, pero su voz quebró.
—La he tocado por todas partes— la corregí con una crueldad calculada. —La he marcado, la he llenado, la he hecho mía. Y ahora está en su cama, durmiendo como un ángel después de haber sido un demonio para mí. Y tú, aquí, ardiendo de celos, mojada como una perra sin dueño.—
Me di la vuelta y me dirigí a mi habitación, dejándola plantada en medio del salón, temblando de ira y de un deseo que no se atrevía a admitir.
—Cuando quieras una lección de verdad, cuando quieras volver a follar como la primera vez... sabes dónde estoy— dije antes de cerrar la puerta. —Pero no vengas a llorar. Ven a suplicar.—
Me dejé caer en la cama, escuchando. Sabía que no tardaría. Sabía que el orgullo de Magda se rompería bajo el peso de su propia humillación y su deseo. Y cuando lo hiciera, la haría arrepentirse de haberme cruzado. La haría suplicar por cada centímetro de mi polla hasta que no recordara su propio nombre. Tardó menos de lo que pensaba. Oí el crujido de mi puerta, el sonido tímido de sus pies descalzos sobre el parqué. No me giré en la cama, simplemente la esperé. El silencio se prolongó, pesado, cargado con el peso de su rendición.
—Alex…— su voz era un susurro roto, casi inaudible.
Me volví lentamente. Estaba en el umbral, recortada por la luz tenue del pasillo. Se había quitado la camiseta. Estaba completamente desnuda. Su cuerpo era un templo de frustración, tetas perfectas y duras, un coño ya brillante de humedad. Pero sus ojos… sus ojos eran los de una perra que ha sido domada y ha vuelto a la mano de su amo.
—He oído tu rastro de babas hasta la puerta, Magda. ¿Qué coño quieres?— mi voz era áspera, despectiva. Se acercó, despacio, y se arrodilló al lado de la cama. Su cabeza gacha, el pelo cayéndole sobre la cara.
—Quiero… quiero que lo vuelvas a hacer. Como la primera vez.—
Ah, sí. La primera vez. La habia follado, la había hecho gritar hasta que perdió la voz. Recordé esa sumisión, esa entrega total.
—¿Como la primera vez?— me burlé. —¿Te refieres a cuando te dejé el coño y el culo tan destrozado que no podías andar bien al día siguiente? ¿O a cuando te obligué a tragar hasta la última gota y te dije que eras mi cerda personal?—
Un temblor recorrió su cuerpo. Asintió, sin levantar la cabeza.
—Sí… eso. Quiero eso.—
La agarré del pelo y la obligué a mirarme. Su cara era una máscara de lujuria y humillación. —Pues vas a tener que ganártelo, perra. Y para empezar, vas a hablar como la zorra que eres. Dime lo que quieres, con palabras guarras. Dímelo todo.—
Se mordió el labio, la vergüenza luchando contra el deseo.
—Quiero… quiero que me folles. Quiero tu polla, Alex. Quiero que me trates como una puta—
—Más— exigí, apretando su pelo. —Dime más. Soy tu amo, y las perras como tú tienen el deber de ensuciarme los oídos.—
—¡Quiero que me partas el coño a fuerza de vergazos!— soltó de golpe, la palabra liberándola. —¡Quiero que me llenes todos los agujeros, que me escupas en la cara mientras me das por el culo! ¡Quiero ser tu sumisa, tu perra, tu esclava!—
Sonreí. Eso era lo que quería escuchar.
—Bien hecho, cerda. Ahora, cuéntame. Cuéntame lo mal que te la mete tu marido. He oído vuestros simulacros cada noche. He oído cómo te quedas a medias, gimiendo de frustración. Cuéntamelo todo. Dime qué es lo que falla en ese hombre por llamarlo de alguna manera—
Su cara se sonrojó de vergüenza, pero su respiración se agitó. Le gustaba. Le gustaba que la humillara delante de su propia impotencia.
—Es… es patético— empezó a decir, su voz ganando confianza. —Se corre enseguida. Antes de que yo ni empiece a sentir algo. Y su polla… es pequeña, flácida. No me llega, no me llena. Es como meterme un dedo gordo.—
—¿Y qué dice?— la insté, disfrutando de su confesión. —He oído sus grititos. Cuéntame lo que te dice.—
—Dice… dice que soy una puta— confesó, y sus ojos se brillaron con una lágrima de excitación. —Que me gusta mostrarme, que soy una guarra por vestirme como me gusta. Y luego, cuando se corre, grita que me va a dejar preñada. ¡Como si con ese chorro aguado fuera a preñar a nadie! ¡Es un miserable! ¡Deja mi coño más seco que el desierto y yo me tengo que acabar frotándome como una adolescente en el baño!—
La solté. Su confesión era música para mis oídos.
—Pues levántate y sube a esta cama, zorra. Y prepárate, porque voy a darte lo que tu marido nunca podrá darte. Voy a follarte hasta que te duela, hasta que te olvides de su nombre. Voy a hacer tuya cada centímetro de mi polla y voy a grabarlo en tu memoria para que cada vez que él te toque, te acuerdes de quién es tu verdadero dueño.—
Se subió a la cama, obediente, con el culo levantado, ofreciéndomelo. La primera embestida fue brutal, seca. Gritó, pero era un grito de pura celebración. La cogí sin piedad, con una furia que alimentaba su sumisión. Cada golpe era un insulto a su marido, cada profundización una reivindicación de mi poder.
—¿Sientes esto, perra?— le siseé al oído mientras la azotaba. —¿Sientes cómo te abre, cómo te destroza? ¿Esto es lo que te falta? ¿Esto es lo que te pone a cuatro patas como la perra en celo que eres?—
—¡SÍ! ¡SÍ, JODER, SÍ!— gritaba, sin aliento—. ¡ASÍ! ¡DURO! ¡DÁMELO TODO, MI AMO!—
La follé hasta que sus gritos se convirtieron en sollozos incoherentes, hasta que su cuerpo se rindió en un orgasmo que la sacudió entera. Me corrí dentro de ella, llenándola por segunda vez esa noche, marcándola como mi propiedad.
Cuando me retiré, se quedó allí, en la cama, temblando, con el coño rojo y goteando mi semen. La miré y supe que no era solo una victoria. Era una conquista total. Ahora tenía dos. La esposa sumisa y la viuda masoquista. Y el juego solo empezaba.
El amanecer me encontró despierto, escuchando. El silencio de la casa era sepulcral y yo esperaba la primera pincelada de caos. No tardó. El clic sordo de la cerradura de la puerta principal, el sonido de una maleta arrastrándose con torpeza. Antxon. Había viajado por la noche.
Magda seguía a mi lado, profundamente dormida, con el cuerpo marcado por mi posesión y el olor a sexo impregnado en su piel. Su respiración era tranquila, la de una perra satisfecha que ha encontrado a su amo. La dejé descansar un minuto más, disfrutando de la imagen. Luego, la desperté con un sacudón en el hombro.
—Levántate, zorra. Tu marido ha vuelto a casa—.
Sus ojos se abrieron de par en par, el pánico reemplazando al sueño en una fracción de segundo. Se incorporó de un salto, buscando su ropa, su mente funcionando a mil por hora para borrar cualquier rastro de nuestra noche. El poema de su cara al despertar se convirtió en un drama de terror en cuanto escuchó ruidos en su habitación.
—¿Qué hago? ¿Qué le digo?— susurraba, aterrorizada.
—Haz lo que siempre haces: miente— dije con una calma insultante, observándola desde la cama. —Ponte algo decente y ve a saludar a tu pobre marido. Y trata de ser convincente.
Obedeció como un autómata. Se puso una micro camiseta gris, tan corta y fina que sus pechos se movían libremente debajo, y unas braguitas diminutas que se le hundían en el culo. Volvió a la cocina, donde yo ya estaba preparándome un café. Antxon salió de la ducha, con una toalla alrededor de la cintura y el aspecto de alguien que ha viajado toda la noche.
—¡Magda, cariño! No sabía que estabas despierta— dijo, acercándose a ella para darle un beso en la mejilla. —El viaje se acortó, decidí volver por la noche para no perder el día.—
—¡Antxon! ¿Qué haces aquí?— respondió ella, con una voz que intentaba ser normal pero que sonaba falsa, tensa. —¡Qué sorpresa!—
La observé mientras Antxon se servía un café. Su mirada se clavaba en mí por un instante, una mezcla de desafío y sumisión. La micro camiseta era una declaración de guerra silenciosa, un insulto directo a la hombría de su marido. Y yo iba a responder.
—Bueno, voy a ducharme yo también y ahora vengo a desayunar— dijo Antxon, sin sospechar nada, y se encerró en el baño.
En cuanto se cerró la puerta, la atmósfera cambió. Magda se quedó quieta, de espaldas a mí, sabiendo lo que venía. Me acerqué a ella despacio, como un depredador. La rodeé por la cintura, mis manos deslizándose bajo la fina tela de su camiseta hasta encontrar sus pechos duros. Ella exhaló, apoyando la cabeza en mi hombro.
—Alex, no… por favor, él puede salir en cualquier momento…—
—Cállate y agáchate— le ordené al oído, mi voz un gruñido bajo y amenazante. —Te follé toda la noche como mi perra y ahora vas a actuar como una señora. Pues vamos a recordarte tu sitio, aquí y ahora.—
La obligué a agacharse, apoyando las manos en el frío mármol de la encimera. Le bajé las braguitas un tirón brusco, dejándola al aire, con su coño ya húmedo por la mera expectación. No había tiempo para preliminares. Solté mi polla, ya dura, y la introduje de un solo golpe, hasta el fondo.
Un grito ahogado se escapó de su garganta. La empecé a follar sin piedad, salvajemente, con cada embestida haciéndola golpearse contra la encimera. El sonido de nuestros cuerpos chocando era obsceno, un ritmo primordial que llenaba la cocina. La tenía de mi propiedad, con su marido a solo unos metros, duchándose.
—¿Sientes esto, perra?— le siseé, agarrándola del pelo y tirando de su cabeza hacia atrás. —¿Sientes cómo te lleno, cómo te doy lo que tu marido nunca podrá darte? ¡Él está ahí, duchándose, como un maricón de mierda, mientras yo me follo a su mujer en la cocina!—
—¡Sí! ¡Sí, mi amo!— gemía, sin poder contenerse. —¡Soy tuya! ¡Solo tuya!—
La follé con una furia ciega, con la rabia de saber que era de otro hombre durante el día. Cada golpe era una reivindicación, cada gemido suyo una victoria. La puerta del baño se abrió. Oí los pasos de Antxon en el pasillo.
—¡Magda! ¿Me puedes traer una toalla?— dijo su voz, cada vez más cerca.
El pánico en los ojos de Magda era sublime. Aumenté el ritmo, follándola más duro, más profundo, queriendo que gritara.
—¡Dile que espere!— ordené entre dientes.
—¡Un… un momento, cariño, ya voy!— logró decir, con la voz rota por las embestidas. —¡Estoy… estoy ocupada!—
Antxon se detuvo. ¿Habría notado el tono? ¿Habría oído algo? No importaba. Estaba a punto de correrme. Metí los dedos en su culo y la apreté con fuerza. Eso la desbordó. Su cuerpo se convulsionó en un orgasmo silencioso, brutal, que la dejó temblando y sin aliento. Me corrí dentro de ella, una última vez, llenándola, marcándola como mi territorio.
Me retiré de golpe. Ella se quedó agarrada a la encimera, con las piernas temblando y el semen goteando por sus muslos. Se arregló las braguitas lo mejor que pudo y se giró para enfrentarse a su marido, que ya estaba en la puerta de la cocina, con una toalla en la mano y una mirada de confusión en la cara.
—¿Ocupada? ¿Estás bien, cariño? Pareces… alterada.—
Magda se pasó una mano por el pelo, sonriendo con una debilidad patética.
—Sí, sí… es que… me he hecho un corte con un cuchillo. Nada importante.—
Antxon se acercó preocupado. Yo me serví otro café, de espaldas a ellos, sonriendo. Magda se había convertido en mi cómplice, en mi perra, y ahora también en mi mentirosa. Y mientras su marido la curaba, ella seguía goteando mi semen. El poder era la droga más adictiva.
Los días siguientes fueron un ballet de provocaciones y riesgos calculados, cada movimiento más audaz que el anterior. La casa se había convertido en el campo de juegos de Magda y mio.
Empezó en el salón. Antxon estaba sentado en el sofá, viendo un partido, absorto en su mundana hombría. Magda y yo estábamos en la cocina, supuestamente preparando la cena. Pero lo único que estaba en el menú era su humillación. La levanté y la senté sobre la encimera, frente a mí, entreabriendo su bata. Me arrodillé y le enterré la cara en el coño. La lamí y la mordí con una lentitud tortuosa, mis ojos fijos en la silueta de su marido en el salón. Magda se mordía el puño para no gritar, su cuerpo se retorcía en un orgasmo silencioso que la hacía temblar sobre el mármol.
—Magda, ¿traes las cervezas, por favor?— gritó Antxon sin apartar la vista de la tele. Ella intentó responder, pero solo salió un gemido ahogado. Le di un pellizco en el clítoris.
—¡Ahora!— susurré. —¡Ya… ya voy, cariño!— logró gritar, con la voz quebrada.
Se bajó de la encimera con las piernas temblando y fue a por las cervezas. Cuando se las entregó a su marido, él le dio un beso en la frente. Yo observaba desde la cocina, sonriendo. Su esposa saboreaba a su amante minutos antes y él, el ingenuo, la premiaba con un gesto de puro cariño.
Pero la situación se volvió más peligrosa. Una noche, Antxon se durmió en el sofá. Magda y yo estábamos en el comedor, a pocos metros de él. La agarré de la mano y la llevé a la mesa del comedor. La tumbé boca arriba, sobre la madera, y me la follé allí, a la luz de la lámpara del salón, con su marido roncando a menos de diez metros. Cada embestida era un desafío a la suerte, un susurro de traición que podía despertarlo en cualquier momento. La obligué a mirarlo mientras yo la poseía.
—Míralo— le siseé al oído. —Míralo dormir, el pobre hombre. Y ahora dime de quién es este coño.—
—¡Tuyo! ¡Es tuyo, mi amo!— susurraba ella, con los ojos llenos de lágrimas de placer y pánico.
El clímax fue silencioso, brutal. Nos quedamos allí, unidos, escuchando los ronquidos de Antxon como una banda sonora de nuestro pecado.
El punto de inflexión llegó una tarde. Antxon me pidió que le ayudara a mover un mueble pesado en el dormitorio. Magda estaba en la ducha. Mientras empujábamos, Antxon tropezó y se golpeó la cabeza con el borde del armario. Se desplomó, aturdido, pero consciente.
—¡Joder, me he hecho daño! —dijo, tocándose la nuca, con los ojos vidriosos por el golpe.
—Tranquilo, siéntate un momento que te traigo un poco de agua —dije, con una falsa preocupación.
Se sentó al borde de la cama, masajeándose la sien, completamente desorientado. Fue entonces cuando la puerta del baño se abrió. Magda salió envuelta en una toalla, con el pelo mojado goteando sobre sus hombros. Se detuvo en seco al vernos.
—Antxon, ¿qué pasa? ¿Te has hecho daño?
Pero yo no le dejé acercarse a él. Le hice un gesto casi imperceptible, una orden silenciosa que ella entendió al instante. Se quedo en el baño, protegida por la puerta. Su respiración se agitó, el miedo y el morbo luchando en su cara. Se arrodilló en el suelo, junto a mí, justo donde Antxon no podía verla, pero a mi si podía verme un poco.
Con los ojos clavados en los míos, me desabrochó los pantalones. Su mano temblaba, excitada por el riesgo supremo. Sacó mi polla, ya dura, y se la llevó a los labios. El calor de su boca me envolvió mientras su marido, a menos de un metro de distancia, se quejaba de dolor.
—Qué cabeza… tengo la cabeza como un bombo— masculló Antxon, sin sospechar nada.
Magda me la chupaba con una devoción feroz, con la urgencia de una ladrona que sabe que tiene poco tiempo. Cada movimiento de su lengua era una afrenta, cada succión un acto de traición consumado a centímetros de la víctima. El morbo en sus ojos era delicioso; estaba a punto de correrse solo por la situación.
—Como si tuvieras una orquesta de truenos, seguro—. Magda se sobresaltó, pero no soltó mi polla. La apreté contra mí, obligándola a seguir.
—Ya estoy, ya voy— respondí, con una calma que no sentía.
Magda aceleró el ritmo, su cabeza moviéndose como un péndulo loco. Sentí cómo se venía, un temblor silencioso que recorrió su cuerpo. Yo también estaba a punto. La agarré con fuerza por la nuca y me corrí en su boca, obligándola a tragárselo todo. No se movió, se lo bebió todo como una buena perra, sin dejar una sola gota.
Me guardé la polla y me abroché los pantalones. Magda se limpió la boca con el dorso de la mano y se levantó, con las piernas temblorosas.
—Ay, pobre, cariño— dijo, acercándose finalmente a Antxon y poniéndole la mano en la frente. —Tienes un chichón. Vamos a acostarte un rato.—
Mientras ella lo ayudaba a tumbarse en la cama, yo salí de la habitación. Me apoyé en la pared del pasillo, jadeando. El corazón me latía como un tambor. El riesgo había sido máximo, y la recompensa, sublime. Magda no solo era mi perra, ahora era mi cómplice en un juego tan peligroso como excitante. Y sabía que solo iba a pedir más.
La línea que habíamos cruzado con Antxon en la habitación ya no era una línea, era un territorio conquistado. A partir de ese día, nuestros excesos se volvieron más audaces, más estúpidos, más adictivos. La adrenalina de casi ser descubiertos era el mejor afrodisíaco.
Una mañana, Antxon se fue al gimnasio temprano. Magda y yo teníamos la casa para nosotros. La llevé a la ventana del salón, la misma por la que a veces se asomaba el vecino de enfrente. La hice ponerse de manos contra el cristal, las tetas pegadas al frío, mientras la follaba por detrás, a plena luz del día. Cada embestida la hacía gritar, y sus gritos rebotaban en los edificios de enfrente. Le ordené que mirara fijamente a la ventana de al lado.
—Quizás te están mirando, zorra— le susurré. —Quizás hay un hombre viejo y aburrido viendo cómo te parto en dos. ¿Te excita, perra exhibicionista?—
—¡Sí! ¡Que me miren! ¡Que vean cómo me follas!—
El peligro se convirtió en nuestro lenguaje. Una tarde, estábamos los tres viendo una película en el sofá. Antxon en un lado, en medio Magda y yo al otro lado. Debajo de una manta, mi mano encontró su coño. La masturbé lentamente, mientras ella mantenía una conversación normal con su marido sobre la trama de la película. Sentía cómo se mojaba, cómo sus muslos se tensaban, cómo apretaba los dientes para no gemir. Antxon, completamente ajeno, le pasó el brazo por encima de los hombros. En ese preciso instante, la hice correrse. Un espasmo sacudió su cuerpo, y ella tuvo que toser para disimular el sollozo que escapó de su garganta.
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