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¿Qué piensa el cornudo en esos momentos?

Sabe que su esposa está en la cama de otro hombre. Sabe que debería sentir dolor, pero solo siente fuego. Escondido en la oscuridad, graba cada gemido, cada embestida, saboreando la humillación como si fuera el mejor afrodisíaco del mundo.

undiaesundia22K vistas8.7· 12 votos

¿Qué piensa el cornudo en esos momentos?

Me escribes al WhatsApp y me cuentas que se están follando a tu mujer. En tu habitación. En tu cama. Bueno, en vuestra cama. Lo sabes porque estás escondido dentro de un armario. Si, de esos de pared. Has silenciado el móvil. No hace ningún ruido. Hasta haces alguna foto. Grabas los ruiditos como tú dices. Sus gemidos. Algún suspiro. Más de un jadeo.

Te leo. Escucho los archivos de audio que me envías por WhatsApp. Obviamente su calidad no es nada buena, pero reconozco que es excitante. Al menos para mí, que no es a mi mujer a la que se están pasando por la piedra. Y por lo que oigo… Te la están dejando bien servida.

A ti te excita que se follen a tu mujer. Bueno más que se follen a tu mujer, el verlo, el oírlo, pero, sobre todo, el saberlo… Saber que está follada por otro me dices.

Ella participa de tu juego. Lleváis años jugando. Disfrutáis con los preparativos en casa. Escogéis juntos la ropa interior. Se viste y se maquilla como una guarra. La tocas, la metes mano y la calientas. Quieres que cuando llegue a su territorio de caza esté caliente. Vais a esos bares. Conquista otros hombres para ti, para que tú disfrutes. Habla con uno y con otros. Se luce. Baila. Se deja sobar para excitarlos, para excitarte también a ti. Te gusta verla moverse en esos ambientes, invitándoles directamente a follar con cada mirada. Y muy pocos se resisten…

Permite que la traten como a una puta solo para que tú saborees tu pervertido placer. A algunos se lo dice directamente. Lo hago por mi marido. A veces te consulta. Pide tu consentimiento. Un fingido permiso. Te volvió loco la primera vez que lo hizo en aquel bar. Un furtivo viaje al W.C. Cariño, te dijo con la blusa abierta y la mitad de las tetas al aire, si no te va ese, me busco a otro, y tu incapaz de resistir más se lo pediste: por favor déjate follar ahora mismo.

Sujetó tu cara con ambas manos y te dio un intenso morreo. En la puerta de los W.C. de caballeros había dos hombres esperando. Pasó entre ellos. Caballerosos la cedieron el paso. Los dos te miraron burlones. Un azote en el culito. La seguiste con la mirada cuando entraba con el primero en la cabina.

Eres afortunado. Con cuernos, sí, pero muy afortunado. Más de uno te envidia. Sin ir más lejos yo te envidio. Tu relación es especial. Singular.

Me encantaría saber qué piensa un cornudo en esos momentos.

Me cuentas que te gusta, que disfrutas al poder ver el cortejo... Te excitas viendo cómo el amante de turno va avanzando, conquistándola…Gozas viendo cómo va acariciándola cada vez más osado y decidido. Es una mujer casada... Y va a permitir que la usen solo por sexo... van a disfrutar de su cuerpo como si fuera una puta.... Pero no es una puta... es una mujer casada con ganas de sexo... de un sexo distinto. Diferente.

¿Y su marido?... Escondido.... Presenciando el espectáculo en primera fila, mirando, disfrutando para terminar como siempre, viendo cómo se follan a su mujer.... Observando como la polla de su amante la perfora el coño una y otra vez.... Oír sus gemidos mientras otro la da placer... mientras ella le da esas caricias que en teoría solo son para su marido...

Últimamente me dices, ella se lleva a sus conquistas a casa. Es más cómodo. Y más morboso.

Me dices que cuando todo termina, su amante simplemente se va. Ella se queda desnuda en la cama. Esperándote. Muchos días agotada. A veces rezumando semen por sus dos agujeros. Apestando a sudor y sexo. Con el coño enrojecido. Te gusta follarla así. Ella se deja. Inmóvil aguanta tus embestidas. Te permite todo. Que la llames puta, que la hagas decir que eres un cornudo maricón, que chille diciendo lo bien que se la han follado… Y tu lo disfrutas. Y a ella también la gusta. La gusta eso de ti. Y la gusta, sobre todo, que la acaricies, que pases despacio y con dulzura tus manos por su piel manchada de otro sudor… Y que la penetres o que la lamas como un perro sus agujeros recién usados. Si, sucios, rezumantes de semen de otro… Ella sabe que es cuando más disfrutas. Te gusta “usar lo usado”, te dice burlona. Eres “el hombre de la segunda mano”. Un reciclador, eso que está tan de moda ahora…

Reconoces que tu debilidad son los celos, pero la idea de que otros hombres den placer a tu mujer mientras miras, te parece demasiado excitante como para no tratar de que eso pase. Es más, lo buscas, lo provocas. Se lo pides. Incluso se lo suplicas. Lo que para unos es un horror, para ti es un placer infinito, confiesas sin rubor.

Te reconoces y describes como un cornudo, y me cuentas que obtienes una intensa gratificación sexual observando como tu mujer practica sexo con otros hombres. Y si por lo que sea, no es posible verlo, disfrutas simplemente con que ella te lo cuente. Sí que te diga cómo se la follaron, cómo eran las pollas que la penetraron, por donde, cuantas veces se lo hicieron, y por supuesto, si el afortunado de turno es más viril que tú, cosa que, según tú, en un 90% de los casos suele ser así. Luego ya, si después de decirte todo eso y de llamarte cornudo y maricón, se desnuda para que veas las huellas de su amante en su cuerpo y te deja lamer su coño, ya no necesitas nada más. No necesitas ni tocarte para correrte. Y ella se ríe al ver cómo te manchas con tu propio semen.

Me dices que el simple hecho de pensar que a tu pareja le pueda dar placer alguien que no seas tú, te produce un peculiar y nauseabundo sentimiento de odio y dolor al mismo tiempo. Esa sensación te provoca al mismo tiempo un subidón de adrenalina en el cerebro, y te pone tan cachondo que pierdes la razón. Ese rechazo a esa situación, hace el mismo efecto que una droga. Dices que es justo en ese momento, cuando rechazas la situación que tú mismo pides y provocas, hace que te excites de tal manera que lo que más deseas en el mundo es que tu mujer te ponga los cuernos delante de tus narices.

Es masoquismo psicológico, provocado por la unión de la naturaleza prohibida de la fantasía y la brutal oleada de deseo sexual que te domina por completo.

Como cornudo, me dices poéticamente, experimentas una sinfonía de emociones contradictorias: celos, gratitud, vergüenza, excitación, humillación, ineptitud y deseo. Sobre todo, un extraño, incontrolable e inexplicable deseo. No solo deseas poseerla, deseas que otro la posea delante de ti. Pero no solo lo deseas. Quieres que ella también lo disfrute. Que se la note lo excitada que se pone. Que se le note a él como su polla se marca impresionante bajo sus pantalones. Y si es posible que, a propósito, te lo enseñen. Si, que te enseñen su excitación. Te gusta que ella le provoque y que su erección no pase disimulada. Es como si, sin palabras, sus cuerpos te dijeran lo que va a pasar: cornudo, vamos a follar.

Me cuentas que habéis estado otra vez con el comercial de telefonía. Ese chulo prepotente y machista que conocisteis el día que fuisteis a jugar a un puticlub. Ese que se la folló en el parquin esa noche, el primer día que la conoció. Fue tu mujer la que le dio el teléfono.

Esta misma tarde, la ha llamado y se la ha follado. Un maratón de sexo. El amante de turno te la ha “maltratado”, te la ha follado como un animal. La ha hecho de todo. O más bien ella ha tenido que hacer y dejarse hacer de todo. Él es un chulo. La dice: obedece guarra. Ven aquí puta. Y ella va. Desnúdate zorra. Y ella se desviste para él…

Lo de chupar su polla y dejar que se la meta hasta la garganta, hasta ahogarla, ya es habitual…

Luego se la ha follado varias veces.

Me cuentas que aun recuerdas cómo la desnudó la primera vez que les vistes juntos. No olvidarás cómo la hizo arrodillarse frente a la mesita en el salón. Hemos venido a follar puta, ponte aquí dijo. La colocó a su antojo. El pecho aplastado contra el cristal. Un brazo sujetando su cuerpo. El otro brazo, oculto intentado masturbarse. Pensaba obtener placer. Al menos dárselo ella sola. Ilusa. No la dejó. La embistió tan fuerte que gritó. Tuvo que usar sus dos brazos para no caerse de frente.

Hoy ves que sigue el mismo camino. Pero en tu dormitorio. Ves cómo la arrodilla. Apoya el pecho, los codos sobre la cama. El desde atrás apunta. Como se dice en términos taurinos, se deleita mirando, se recrea en la suerte. Y un empujón. Abre la boca. Pero no grita. Tensa su cuerpo y gime cuando se retira de ella. Un azote hace temblar sus nalgas. Vuelve a colocar su pene y vuelve a empujar. Es brutal. Una vez, otra, otra, otra… La sujeta por la cadera, se apoya en ella para que sus embestidas sean más profundas y potentes. Descansa sobre ella todo su peso. Literalmente se la clava. Grita cuando la penetra, gime cuando se retira de ella. Si no estuviera en esa posición, cada vez que la embiste, todo su cuerpo saldría disparado hacia adelante. Coloca la mano bajo su garganta y tira de la cabeza arqueando su espalda. Casi la levanta con cada empujón.

Su polla la invade completamente. Ella te lo ha dicho más de una vez. Y cuando se siente llena, no puede evitar correrse. Es su juguete. Su muñeca de trapo. Y goza siendo follada así. Por eso de vez en cuando le llama, por eso cuando él quiere va a su encuentro.

Naturalmente la ha dado por el culo más de una vez. Eso hoy no podía faltar. Siempre lo hace para que la oigas chillar. Y cuando estaba listo para eyacular, ha sacado su polla del ojete y la ha hecho tragarse toda la corrida. Ni se ha levantado para despedirle.

Has esperado un tiempo prudencial para salir de tu escondite. Es ya de noche. La miras. Desnuda. Boca abajo sobre las sábanas.

No la tocas. Está destrozada. La dejas descansar. Intentas dormir. Abres los ojos en la semi oscuridad de la habitación, no puedes dormir. te sientas en el borde de la cama, apoyando las manos en el colchón. Percibes entonces, como la oscuridad del dormitorio conyugal te atraviesa por todos lados, por todos los rincones de tu cuerpo. Ni recuerdas cuando te has desnudado.

Vas hasta el ordenador. Solo por matar el tiempo y buscar algo de sueño. Revisas unos emails. La luz que proviene del monitor apenas deja ver la ropa interior de tu mujer tirada en el suelo desordenadamente. Pasión, deseo, lujuria. No hay tiempo para colocarla.

Giras la cabeza, ella duerme boca bajo, plácidamente desnuda. Ni se ha movido. A ella siempre le gusta dormir así, desprovista de toda indumentaria. Vulnerable. ¿Indefensa? ¿o lista para el sexo? Accesible para ser tomada por ti o por cualquiera. Ya has probado a dejar la puerta abierta en cualquier hotelucho e invitar a un desconocido para que se la folle. Lo has hecho más de una vez.

Las sábanas blancas cubren apenas sus glúteos bien formados y firmes. Hubieras preferido como otras veces, poder ver las marcas que el amante de turno ha dejado en sus tetas. Está boca abajo y no hay luz.

No puedes evitar pensarlo. Esta tarde te la ha follado bien… eso hijo de puta te la ha dejado bien follada…

Te gusta mirarla dormir así. Sueles hacer esto muchas veces, lo haces como una especie de ritual nocturno, especialmente deseado.

Me cuentas que mirar a la mujer de uno dormir desnuda es una de las cosas más bellas del mundo. Y qué razón tienes.

Te acercas a la cama y recorres lentamente solo con los ojos su espalda desnuda. No te atreves a tocarla. No quieres. Puede despertarse y romper el encanto. La contemplas por varios minutos como si estuviese viendo una réplica de algún cuadro.

En ese momento, te invaden unas terribles ganas de follarla otra vez, como hiciste aquella mañana antes de salir a buscar otro amante que te humillara, que te hiciera crecer los cuernos. Pero te contienes, porque te gusta verla, así toda desnuda, con ese culo perfecto, en este mundo imperfecto.

Percibes que afuera llueve. Las gotas golpean levemente en la chapa del alero de casa y tu cuerpo, poco a poco empieza a excitarse. Tu pene comienza a crecer a medida que observas ese culo redondo y duro. Ese culo que, todos los hombres miran cada vez que ella sale a comprar al supermercado, con ese vestido rojo ajustado que le marca bien sus glúteos, ese culo del que algunos de sus amantes han disfrutado. Si, sodomizándola como bestias y haciéndola gritar para que tú lo oigas… Enrojeciendo e irritando su esfínter para que luego tu lengua tenga que calmar su escozor. Algunos, lo han disfrutado incluso riéndose del cornudo que espera en casa o que saben que escondido mira expectante como su mujer es servida por un semental.

No hace falta que me lo digas. Sé que comienzas a tocarte sin dejar de mirar a tu mujer. Aunque apenas puedas ver en la penumbra.

Aceleras el ritmo del movimiento de las manos a medida que aumenta la intensidad de tus pensamientos. Ella se mueve buscando otra posición en la cama, parece dormida, pero no lo está. En realidad, está mirándote de reojo. Perezosa, fingiendo que lo hace sin querer, se acaricia un pecho. El pezón va respondiendo. Se repliega sobre la aureola. Asoma ya un poco…

Hoy, no sabes por qué es distinto. Después de mirarte unos minutos, me dices que ha sacado un pie fuera de las sábanas y ha empezado a tocarte la pierna.

Confieso que lleno de envidia, mientras te leo, que he sacado mi pene. Duro. Enhiesto. Me he ido imaginando toda la escena. Me excito con tu relato, con lo que me cuentas de tu mujer.

Te leo. Transcribo tu frase. Se lo merece. “Ahora, con su pie toca mi pene sobándolo muy lentamente. A ella le gusta tocarme. Me mira a los ojos con una tibia sonrisa entre la poca luz que derrama el monitor del ordenador”.

Tardas en volver a escribir. No me extraña. Yo sigo masturbándome muy excitado.

Ahora, ella se da vuelta en la cama. Está boca arriba. Dices, tengo que volver a copiarlo textualmente " Con ambos pies empieza a frotar mi miembro como si fuera una lámpara mágica, esperando quizás a que salga algún mago que la posea, que la folle toda la noche, que la deposite en otro mundo. La delicadeza de sus pies, provoca más excitación y ella lo sabe.

Después de frotar mi miembro por unos cuantos minutos, tras un momento de muchísima excitación, empiezo a derramar en sus pies mi líquido seminal. Ella me mira a los ojos tenuemente colmada de satisfacción, sus pies humedecidos de placer.”

Sabes manejar el morbo. No me extraña que disfrutes de todos y cada uno de tus segundos. No me extraña que disfrutes viendo cómo se follan a tu mujer.

Me dices que después de que te hayas corrido, ella sonríe satisfecha. Como si el orgasmo hubiera sido suyo. Obscena, abre sus piernas. Un último regalo: con ambas manos separa los labios de su sexo. Quiere que lo veas. Los dos sabéis lo que significa. Luego, perezosa, vuelve a girar sobre sí misma. Se abraza a la almohada. Un beso y una caricia en sus nalgas antes de taparla. Pero antes…

Una foto. En penumbra. Apenas se ve una nalga. Suficiente. La foto encierra todo lo que ya se. Evoca todo el sexo que ha habido en esa habitación. Por una vez la imagen no vale más que mil palabras. Las mil palabras están contenidas en esa imagen. Ahora que lo sé, la imagen me cuenta todo.

Por fin vas a dormir. Yo no. Yo no puedo dormir. No al menos hasta que me corra pensando en tu mujer, envidiando al que se la acaba de follar. Envidiándote a ti por esos momentos de placer… por tus vicios, por esa especial y singular, por no decir única, complicidad con tu mujer….

“¿Te gustó?... se me ocurrió en el momento, verla desnuda boca abajo… me puso como una moto”… dices a modo de disculpa o de despedida.

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POSTDATA: No solo se lo dedico a J.C. y a L. sino que debo decir que la mayor parte del relato ha sido escrito por J.C. Yo me he dedicado a darle forma, ordenar las situaciones, sus pensamientos.