Marta. Mi compañera de trabajo (01)
Llevo años deseándola en silencio, pero esta noche las excusas se acaban. Marta no solo quiere que la toquemos, quiere que la humille. Y en el aparcamiento, con el riesgo de ser descubiertos, la tentación es demasiado fuerte para resistirla.
Doy comienzo con éste, a una pequeña colección de historias personales que llevo deseando compartir desde hace bastante tiempo. Algunas historias son totalmente reales, otras tendrán una pizca de edulcorante añadido y, algunas, serán una amalgama de deseos, sueños y obsesiones nacidas de mi mente. Y tú, estimado lector, serás el que tenga que disfrutar y discernir la realidad de los hechos aquí relatados.
Marta, mi compañera de trabajo.
Llevo bastantes años trabajando en mi empresa, una multinacional con sedes en bastantes ciudades españolas. Mi nombre es Izan y, aunque nací en el norte, llevo más de media vida viviendo en un pueblo de la provincia de Cádiz que, por ahora, mantendré en secreto. Me considero, bueno no, soy un tipo normal. Metro setenta, de complexión delgada aunque un poco atlético ya que, desde mi infancia, me dediqué al atletismo y aún hoy sigo practicándolo a diario, moreno de ojos marrones. Lo dicho, un chico de lo más normal, de los que pasarían desapercibidos en casi cualquier lugar. Tengo casi cuarenta años y no he estado casado nunca, si bien tuve un relación de unos doce años que acabó cuando estaba a punto de cumplir la treintena. Desde entonces, he tenido varias relaciones, más bien cortas todas ellas puesto que, tras una relación tan larga no quería volver a atarme en una temporada, que, de hecho, se está alargando bastantes años.
Marta entró a trabajar en mi empresa unos cuantos años después que yo. En aquella época ambos teníamos pareja y, aunque siempre existió un cierto tonteo (el habitual que en ocasiones pueda existir entre compañeros entre personas con gustos comunes y, digamos, cierto feeling) ninguno dimos ningún paso al frente. Por mi parte, tampoco había interés en darlo. Marta era una chica ocho años mayor que yo (38, cuando sucedió todo). Un poco más baja, en torno al metro sesenta, castaña, o rubia, o morena, o pelirroja… porque cambiaba de color de pelo bastante a menudo y, normalmente largo,, unos precioso y profundos ojos negros que te atrapaban y te pedían que te sumergieras en el mayor de los placeres, una boca alargada y con unos labios finos, pero lo suficientemente carnosos como para desear saborearlos durante horas (y que ellos te saborearan a ti), unos pechos pequeños, pero realmente bien puestos, y unas caderas amplias pero no excesivamente anchas con un culo redondito y apretado que daban ganas de acariciarlo eternamente. Era bastante simpática. Se daba mucho al juego, a las bromas, los dobles sentidos. Le gustaba reírse. Tenía ese puntito de madurita que le daba un interés mayor y, además, jugaba con el morbillo de, a veces, parecer que no sabía lo que era una verga y que era una absoluta mojigata y, otras, que era una auténtica depredadora sexual.,
Como digo, entre Marta y yo siempre había habido un cierto tonteo, que había llevado a tener bastante confianza. Hablábamos por el teléfono interno de la empresa varias veces al día. A veces, para algo tan simple como para ver a qué hora íbamos a desayunar, o si estábamos aburridos y otras para ver cómo nos iba, qué habíamos hecho el finde, si habíamos discutido co nuestras parejas. Algunas (o muchas) de estas conversaciones acababan derivando en el tema sexual. Mentiría si dijera que Marta era una mujer insatisfecha sexualmente porque, por lo visto, su pareja era bastante activo. Sin embargo, creo que tenía una mente llena de fantasías sexuales que, en alguos casos había llevado a cabo y en otros no había podido cumplir, pero que en cualquier caso a día de hoy no podía realizarlos. Mi caso era similar. Disfrutaba, pero tenía las clásicas movidas mentales: que si falditas de cuadros, que si hacerlo por detrás agarrándole del pelo (o mejor aún, de una coleta) a una mujer (mi chica tenía el pelo corto), las gafitas, salpicar con mi leche el cuerpo entero de una mujer, etc. Ella,po su parte, cada vez que le decía que deseaba absolutamente salpicarle la espalda a mi mujer siempre me decía que no la calentara, que no respondía de sí misma y no quería ser culpable de romper un “futuro” matrimonio. Y es que a Marta le encantaba que se le corrieran por todas partes. Más de una vez presumió de haber tenido leche por casi todo el cuerpo… pero con su actual pareja no había nada que hacer. ¿Nada? Bueno, nada no. Resulta que a Paco le gustaba llenarle la boca de lefa mirándole a los ojos.
Como ella decía:
Joder, Izan, a mí me encanta tomarme un biberón todas las noches pero ojalá un día me tratara como a una puta de verdad y me dejara la cara hecha un destrozo. Que me empotre con fuerza en unos baños o en mitad del parque. Que me diga que me va a romper el culo... yo qué sé.
De hecho, aunque solía satisfacerla echaba de menos ese punto llamémoslo cerdo, guarro, perverso o, incluso, agresivo.
En realidad le pasaba algo similar a mí, quería disfrutar plenamente de su sexualidad como había hecho antes con otras personas pero su pareja actual con la que, según ella, tenía muchísimo feeling (incluso en la cama) no llegaba a ese punto. Y era consciente, tal y como yo le comenté alguna vez, que llegaría el momento en que eso tendría que cambiar. Pero sigamos avanzando...
Aquel verano de 2009, a punto de cumplir 30, mi relación acabó. No lo hizo mal, pero sí me costó un poco recuperarme. Marta fue una de las personas que más me ayudó.
Recuerdo perfectamente el día en que nuestra relación dio un pequeño cambio, que acabó convirtiéndose en algo totalmente distinto a lo que había sido hasta entonces. Sería un lunes a finales de noviembre. Desde que lo dejé habíamos hablado bastante sobre lo regular que estaba, lo que me costaba conocer otras chicas, lo mal que me funcionaba por las diferentes páginas de contactos. No terminaba de conocer a nadie y, para qué negarlo, iba más salido que el pico de una plancha y más caliente éstas. Y claro, lo hablábamos y al final salían temas picantes.
Sonó el teléfono. Era Marta.
Izan - ¿Aburrida?
Marta - Un poquito. Hoy no entra nada de trabajo. ¿Y tú?
I - Aquí, rellenando unos informes, a ver si adelanto trabajo antes de final de mes.
M - ¿Y el finde? ¿Has pillado cacho? Jajajaja
I - Sí, con la mano. A este paso me la desgasto.
M - JAJAJAJA pero, ¿cómo es posible?
I - Pues ya ves, que no hay manera. Además, cada vez tengo más tensión acumulada y creo que lo hago peor. Y ya ni las pajas me relajan.
M - Voy a tener que ir yo a relajarte.
I - Uhm…¿?
M - ¿Qué? Tengo unas grandes dotes manuales. Y eso no cuenta como infidelidad. Y no digas que no te has fijado en mis manos, que yo sé que sí.
I - ¿Ah no? A ver, mándame una foto con tus manos que vea como las tienes hoy.
Me mandó un mensaje al móvil inmediatamente. Llevaba las uñas arregladísimas, con manicura francesa. Y esos dedos, larguísimos. Joder, ya estaba otra vez empalmado.
I - Ay, Martita, si estuvieras aquí y no tuvieras pareja… ¿y tú qué? ¿Mejora la cosa con Paco?
M - Izan, es que ni una enculada. Que lo quiero es que el Paco me tire contra la encimera, la mesa el sofá, se saque la verga y me la clave hasta el estómago. Que el lefazo que me suelte lo note que me sale por la boca. Pues no, son cerdadas y no le gusta. Quiero que me trate como una perra y el quiere una princesita tragona.
I - JAJAJAAJAJ Princesita tragona. Me muero.
M - ¡Vete a la mierda! Jajajaja
I - ¿Tú quieres que hable con él?
M - Sí, claro. Y que se pille un rebote de mil pares de huevos porque te cuento estas cosas.
I – Pues entonces te vamos a tener que buscar un segundo novio.
M - Ufff que coñazo ¿no? ¿no puedes venir tú y empotrarme como me merezco?
I - No. Recuerda que no quieres romper un futuro matrimonio. Y aunque sabes que Paco me un gilipollas no creo que se merezca besarte en la cara y que se coma mi lefa.
M - JAJAJAJA ¡Guarro! Anda, voy para allá que tengo que hacer unas fotocopias y hablamos.
Había varias fotocopiadoras por toda la planta, pero ella siempre venía a la de mi despacho que, si bien era cerrado, tenía que tener siempre la puerta abierta. Empecé a pensar en otras cosas para que no notara cómo me había puesto y, pasados unos cinco minutos, entró por la puerta sin llamar, como hacía siempre. Estaba sencillamente fantástica. Con el pelo suelto, su carpetita en las manos, pantalones ajustados que le marcaban todo el contorno de su cuerpo y una camisa blanca. Me sonrió.
M - ¡Hola! ¿He tardado mucho?
Y se vino directa para plantarme dos besos. Olía a gloria. Con el toque mínimo de perfume. Antes usaba uno de esos de coco, que empalagaban en exceso. La verdad es que, pensándolo fríamente, había dejado de usarlo después de decirle que no me hacía gracia. En aquel momento no le di importancia y, si digo la verdad, en este momento tampoco.
I - Una eternidad. ¿Qué tienes que fotocopiar?
M - Tema de horas extras, incentivos, ir cerrando el mes y mierdas de esas.
I - Siempre tan fina.
M - Si fuese fina no te caería bien. La verdad es que voy a ver si voy adelantando trabajo yo también con las nóminas. Y así tengo la excusa de venir a verte. No por el palique, sino por el escaqueo.
Mientras hablaba se había puesto de espalda a mí, apoyada en la fotocopiadora, como siempre hacía, echada un pelín hacia adelante, poniéndose un poquito de puntillas y sacando el culo hacia atrás. La visión era maravillosa. Los pantalones, totalmente ceñidos a su cuerpo, no daban pie a esconder nada. Marcaban totalmente su cinturita estrecha, sus caderas, su culo, sus piernas. Juraría que hasta se le marcaban las tiras del tanga que, normalmente, siempre usaba. Y, según bajaba, la cosa iba mejorando, rematando la visión por sus estrechas piernas y por esos preciosos tacones negros que llevaba hoy puestos. Me gustaba. Marta me gustaba y deseaba poseerla. Nunca me había dado cuenta de ello hasta ese momento. La quería para mí. Quería abrazarla, besarla, lamerla, que gritase mi nombre en un éxtasis final de conjunción vital.
Me estaba mirando.
Sí, cuando levanté la cabeza tropecé con su mirada y una media sonrisa de la que salían palabras. Me puse colorado como un tomate y de mi boca entreabierta solo salió un sonido gutural.
M - Que digo, que cuando dejes de darme el repaso visual por el culo a ver si me puedes ayudar con esto, que se ha quedado atascado.
I - Ya, ya. Voy.
Me acerqué y, como cientos de veces, la sujeté con una mano por la cintura mientras me ponía al lado de ella para ver si podía arreglar el atasco. Pero algo cambió aquella vez. En un giro más que inesperado para mí, Marta se giró y se puso justo delante de mí, de espaldas como estaba y con sus manos en la impresora, y colocó su culo justo la altura de, ya más que evidente e imposible de ocultar bulto. Tenía la cabeza girada, mirándome de reojo. El pelo, negro en esta ocasión y bastante largo, le caía por el hombro derecho repartiéndose por delante y detrás de su cuerpo.
I - A ver si podemos arreglar el jaleo que me has montado.
Se lo dije susurrándoselo al oído, mientras me echaba hacia adelante intentado alcanzar y sacar los folios con la mano izquierda mientras, con la mano derecha, la agarré con fuerza y la acerqué hacia mí, apoyando totalmente mi polla entre medias de su culo. No iba a rechazar ese pequeño contacto ya que me lo ponía a huevo.
Nuestros rostros estaban uno pegado al otro. Yo la tenía, ya, totalmente agarrada por la cintura, y Marta empezó a realizar un ligero contoneo de caderas que hacía que mi polla repasase cada centímetro de su trasero. Y parecía que le gustaba o, mejor dicho, nos gustaba, porque mejilla contra mejilla, ambos empezamos a soltar pequeños gemidos de placer como si nos hubiésemos transportado a una realidad paralela y nadie estuviera a nuestro alrededor.
M - ¿Te gusta?
I – Ufff….. Marta...
M - Te gusta. ¿verdad?
I - Joder, claro que me gusta.
Soltó media sonrisa, mientras seguía contoneándose y sintiendo mi polla por todo su culo. Nuestras mejillas se rozaron. Nuestras respiraciones, entrecortadas, se acompasaron inmediatamente, dejando salir algún que otro gemido. Quería besarla, chuparla, relamerla, sentir su elixir en lo más profundo de mi boca. Metérsela, suavemente, disfrutando que cada centímetro de penetración. Mi mente estab adesvariando. En cualquier momento podía entrar un compañero de trabajo.
Entonces se dio la vuelta. Me dio un beso en la comisura de los labios y, sonriéndome, salió del despacho con los papeles junto a su pecho mientras me acariciaba todo el miembro por encima de los pantalones con su mano derecha, dejando sus finos dedos acariciando levemente el lugar en donde estaba mi glande. Se marchó, sin mirar atrás. Y allí me quedé yo. Quieto. De pie. Enfermo de lujuria. No tardé ni cinco minutos en salir en dirección al baño. Y me la machaqué. Me hice una paja que disfruté cada segundo con el recuerdo de mi polla rozando su culo. Su mejilla rozando la mía. Sus suspiros. Sus labios rozando mi boca. No tardé nada en correrme. No podía ser de otra manera.
El día se alargó en exceso. No volví a saber nada de ella y, los días siguientes pasaron sin pena ni gloria, casi sin hablarnos. Ninguno de los dos, como si nos hubiésemos puesto de acuerdo, sacó el tema y, nuestras conversaciones se redujeron a saber cómo estábamos y poco más.
Unos días más tarde, el 5 de diciembre, como siempre, se celebraba la cena de Navidad en la empresa. Aquel día era de los de menos trabajo porque, entre otras cosas, el personal se lo pasaba charlando y hablando de lo que harían por la noche, ya sabéis, que dónde me siento y dónde no, qué me voy a poner, a quién voy a meterle ficha., lo típico.
Cuando Marta apareció por el despacho a media mañana aproveché para preguntarle.
I- Oye, ¿te recojo esta noche como el año pasado?
M – Qué, ¿es que ya has decidido que este año me vas a meter ficha a mí?
I – JAJAJAJA no sé ni cómo lo dudas.
M – Pues depende. Porque llevo un encabronamiento bastante grande en lo alto.
I - ¿Y eso?
M - ¿Cómo que "y eso"? Vamos, Izan. Que llevo casi una semana sin hablarte por gilipollas.
I – Me he perdido algo...
M – Te has perdido que no he querido verte.
I – Perdona Marta. Pero ni puta idea de que hablas...
Se acerco a mí, quedando de pie justo en frente mía y, agarrándome de la camiseta me acerco hasta que nuestras caras quedaron frente a frente a menos de diez centímetros y, bajando la voz y con un tono absolutamente sensual me susurró:
M – Hablo de que cuando te ponga la polla más tiesa que un zepelin y tengas que ir a hacerte un pajote al baño porque no te aguantas, quiero que me lo digas.
I – JAJAJAJAJAJAJ ¿en serio?
Se puso seria.
M - ¿Te fuiste al baño a hacerte una paja?
I – Sí.
M - ¿Pensaste en mí?
I – Sí.
M - ¿Buscaste una foto mía para mirarme mientras te la machacabas?
I – Incluso sabes qué foto fue, seguro..
M – Claro que lo sé. La de la cena de hace dos años. Pues la próxima vez me lo cuentas.Y otra cosa, cuando quieras una foto mía me la pides, que pareces tonto.
I – Joder, me estás dejando seco. Venga esa foto JAJAJAJA
M – Pero qué idiota eres...
I – Entonces, ¿te recojo esta noche?
M - Claro que sí, idiota. Estaré en casa de mi madre. Pásate a las 9 o así.
Me escribió la dirección en un papel y salió en dirección a los baños. Un minuto después me sonó el móvil y allí estaba: se había hecho una foto con la falda subida en la que se veía perfectamente su culito con el tanga negro que llevaba puesto frente al espejo y el texto:
"Para que lo disfrutes.;)
Y no estaría mal que si te corres encima de ella me mandes una foto dedicada. Ya que no me vas a lefar a mí, al menos que me haga una buena paja pensando en ello."
Como siempre, me dejó seco. El día siguió normal hasta la hora de irnos y, aunque quise buscarla para acompañarla ya había desaparecido.
A las 9 en punto me planté con el coche en la dirección. Iba vestido entero de negro: Pantalones, camisa y chaqueta. Sin peinar, como siempre y un poquito de colonia. Le mandé un mensaje al móvil y me dijo que ya bajaba. Decidí esperarla fuera del coche, apoyado en la puerta del acompañante. Diez minutos más tarde apareció. No miento si digo que se me hizo un nudo en el estómago y tuve que tragar saliva. Marta vestía un ceñidísimo vestido negro corto y con tirantes, que no ocultaba ni una sola de sus curvas, con un ligero escote que dejaba ver sus medianitas tetas mínimamente. Medias negras tupidas, impresionantes taconazos de aguja y un colgante que le llegaba justo al canalillo y era capaz de atraer toda la atención sobre sus pechos y el pelo suelto y caído hacia adelante. La visión era espectacular. Cuando llegó a mi altura me atrajo hacia ella con su mano en mi nuca y me dio un beso en la comisura. Otra vez esos besos de ni sí, ni no... me ponía enfermo.
Se separo unos centímetros y me preguntó ¿qué tal? Le agarré la mano y le di una vuelta sobre sí misma. Tenía que llevar un tanga minúsculo porque no se le notaba ni los hilos. Espectacular, Marta. Como siempre.
Le abrí la puerta y le dí una rosa azul (sus favoritas) que había dejado en su asiento. La cogió, la olió, sonrió y me dijo: Necesitarás algo más que ésto. Los dos nos reímos a carcajadas.
Nos montamos en el coche y salimos dirección al hotel donde se celebraba la cena.
I – Tú sabes que no sé hasta cuando voy a poder aguantar ¿verdad?
M – Pues espero que bastante. Que al menos me tome una copa, digo yo.
I – Buf, y ya me parece mucho jajaja
M - ¿Te digo una cosa? Aún hay más.
I - ¿Más? Y dónde lo llevas escondido?
Marta me miró y, sin decir nada, solamente sonriendo, se subió un poco la falda, mostrando el final de las medias con un bonito encaje y sujetas por un liguero.
I – Wooowwww... Marta. Sabes que eso no voy ni a tocártelo ¿verdad?
M – Lo sé. Y sonrió pícaramente.
Llegamos a la cena y nos sentamos en una mesa de diez personas en la que estaban la gente de nuestro departamento. Las miradas y sonrisas fueron generalizadas aunque claro, yo creo que todos sabían que había muchísima tensión sexual entre Marta y yo desde hace tiempo. Es más, creo que la mayoría pensaban que ya estábamos liados.
La cena fue fantástica. Muy buena comida regada con albariño y rioja. A partir de la segunda copa de vino ya empezamos a soltarnos más y a rajar de lo típico: los jefes, los que estaban liados, los que iban a acabar en alguna habitación del hotel esa noche... Yo no dejaba de decirle a Marta que se fijara en Noemí, una estirada de ventas que estaba lamiéndole el culo a uno de los gerentes:
I - Esa se la va a comer esta noche fijo. Ya mismo asciende.
M – Como eres. Pues que disfrute el viejo cabrón. Ojalá le rompa el culo por zorra.
I – Culito para eso tiene.
M – Ya sabía yo que te ponía cerdo.
I – Está buena y tiene pinta de golfa. ¿Qué quieres que te diga?
M – Pues como yo...
JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA
I – No. Tú estás mucho más buena y pareces más zorra.
M - ¿Tú crees que está bonito decirme eso?
I – Lo que creo, sin haber probado con ninguna del trabajo, es que tú eres la que tiene cara de comerte mejor las pollas que nadie.
M – ¡Eres un cerdo!
I – Y te encanta. Que sea un cerdo y que sea sincero.
M – Pues también es verdad...
Nos reímos mientras observábamos la escena de la golfa y el baboso que no paraba de meterle mano al culo por debajo de la falda.
La cena, como suele ser habitual, se alargó bastante, y entre vino, postre brindis y hostias dieron más de las 12. Tiramos para la planta inferior del hotel, que es donde estaba la pista de baila y había mucho personal que ya estaba dándolo todo (e incluso muy pasados..) Los primeros rolletes empezan a aflorar en las zonas más oscuras y cada cual fue intento juntarse con el o la que le interesaba. Marta y yo nos fuimos con Carlos y Rosa, dos compis, ambos casados, pero que llevaban varios meses liados, a la zona del fondo. Carlos y yo fuimos a por unas copas y volvimos a la zona en que estaban las chicas. Al llegar, cada oveja fue con su pareja. Yo me acerqué a Marta dándole su ron-cola mientras la agarraba por la cintura y me pegaba a ella intentando hacer como el que baila. Inmediatamente ella acercó las pajitas de su bebida a la boca y, literalmente, las relamió y las succionó. Mi polla ya no aguantó más y dio un brinco que hizo que se clavara en su cadera. Marta rió.
M – Tranquilo pirata, que me clavas en estoque...
I – Tú sigue así y no llegas ni al coche...
Se rió. Seguimos bailando, riendo y tomamos una copa más más.
A eso de las dos de la mañana Marta empezó a provocarme más, sobre todo porque Rosa ya estaba comiéndose la boca con Carlos y no le hacía caso. El alcohol también iba haciendo mella. Se desató. Empezó a bailar contoneándose al ritmo de la música. Me dio la espalda y comenzó a rozar su culo con frenesí. Yo la agarraba del vientre y la atraia hacia mi. Mi polla, absolutamente hinchada, habría sido capaz de abrirle un nuevo agujero si la hubiese dejado liberada. Se dio la vuelta y siguió bailando muy pegada, comenzó a agacharse siguiendo la música y, al quedar su cara a la altura de mi miembro se quedó mirándolo para, unos segundos más tarde, levantar la mirada y subir de nuevo mientras se mordía el labio. Allí en la oscuridad, se acercó a mi oido y, mientras me agarraba el bulto con la mano derecha me dijo:
M – No pensé que fueras a aguantar tanto. Pensaba que antes de la cena ya me ibas a empotrar en los baños o algo.
Vámonos ya, le dije mientras la acercaba más a mí, agarrándole el culo con fuerza por primera vez en toda la noche. Tuvo que excitarle porque ya, liberada de tapujos y tras morderse de nuevo el labio inferior se lanzó a mi boca, abriendo sus labios para que nuestras lenguas, por fin jugaran en un frenético vaivén.
Tras unos minutos en los que nuestras, nuestros labios nuestras lenguas y todo nuestro ser se dio a la excitación plena, me agarró de la mano y me arrastró en dirección a los ascensores. Éstos, llevaban al sótano, en donde teníamos aparcado el coche. En la intimidad del ascensor nos desatamos. Marta se fue directa a comerme el cuello mientras pasaba su mano izquierda por la nuca y la derecha intentaba acceder como fuera a mi bulto, que incluso empezaba a dolerme. Yo miraba al infinito mientras me dejar relamer el cuello y, por mi parte, dirigí mis manos a su brutal culo. Ese culazo que tantas veces me había puesto el rabo tieso. El culo que tanta leche me había sacado. Sin pensar en nada levanté la falda y comprobé al tacto que, efectivamente, tenía que llegar un hilo dental. Mis manos agarraron con fuerza cada una de sus nalgas acercándola con fuerza hacia mí, incluso clavándole la llema de los dedos. Su piel, el tacto, la suavidad. Deseaba ese culo.
¡DING!
El sonido de ascensor al llegar al aparcamiento nos despertó de ese momento que, parecía haberse eternizado en el tiempo pero que, sin embargó, no debió durar más que unos pocos segundos. Salimos del ascensor, yo con la camisa desabrochada y sin corbata y ella con la falda recogida en su cintura. ¡Si nos llega a ver cualquiera habría sdo un buen espéctaculo!
Cuando llegamos a nuestra plaza de aparcamiento vimos que, justo al lado, había aparcado uno de los directores generales de la empresa. El cabrón tenía un Maserati GranTurismo en color azul impecable. Paré a su lado y nos miramos:
M - ¿Nos vamos?
I - No.
Y la empujé contra el capó del coche del jefazo mientras me abalanzaba sobre ella besándola por el cuello. Marta consiquió abrir sus piernas permitiendo que yo me incrustara entre ellas y realizando movimientos pélvicos que no hacían más que llevar nuestra excitación a límites insospechados. Ya no hablábamos. Nos mirábamos. Nos besábamos. Nos lamíamos. Íbamos a explotar. Mis manos no dejaban de acariar sus piernas, su culo, su cinturita de avispa y, por fin, mi mano derecha se dirigió a través de su vientre hasta su entrepierna. Solo rozarle por encima del tanga ya hizo que Marta diera un respingo y levantase su culo una cuarta del coche. Seguí rozando su tanga, absolutamente húmedo, pero ahora sin besarnos. Solo nos mirábamos. La veía jadear, sufriendo y disfrutando a la vez. Retiré el mínimo trozo de tela que cubría su sexo y dirigí mi dedo corazón hacia él. Jugué con todo su sexo y dediqué un mayor énfasis a la zona más cercana a su clítoris sin llegar a tocarlo. Marta simpemente jadeaba como una loca mientras echaba la cabeza hacia atrás, casi gritando. Su resuello se escuchaba por todo el parking hasta que, elevando su cabeza y mirándome los ojos, ya no aguantó más y me dijo:
M - Vamos Izan. Métemela ya. Fóllame. Empótrame como a una perra.
Paré entonces de tocarla, sonreí y, mientras me agachaba le dijo: no...
Fue entonces cuando acerque mi cara a ese precioso y rosado coñito de Marta. Olía a gloria y, retirando bien el tanga, le pegué un lametón por toda su raja. Marta no aguantó más y se vino. Se vino con una auténtica cascada de sensaciones, calambres y fluidos, y un eterno suspiro que parecía que no iba a acabar nunca mientras me agarraba del pelo y me pegaba la cara a su coño. Dejé que pasaran unos segundos para que se relajada y, entonces sí, me dediqué a comerle el coño como una diosa así se merecía. Acomodé sus corvas a mis hombros, le agarré fuertemente el culo para levantárselo un poco y me di al inmenso placer de chupar, lamer, besar y absorver todos los fluídos que caigan de ese bendito manjar de los dioses. Cada repaso de mi lengua por su clítoris le hacía gemir y revolcarse en el capó de aquel coche. Metía mis dedos, juagaba con mi lengua y rozaba, a la vez con el pulgar de mi mano izquierda con su botón, hasta que lo pase, absolutamente lubricado, por el pequeño orificio de su culito.
No aguantó más. Empezo a gemir y a bufar como una loca revolciéndose encima de aquel coche y teniendo múltiples convulsiones. Marta iba de orgasmo en orgasmo en lo que era, prácticamente, un clímax contínuo. Paré unos segundos para que ambos recuperasemos el aliento y me incorpré hasta su cara para besarla. Su sonrisa me atrapó. Me agarro con sus manos, besándome dulcemente en una innegable señal de agradecimiento y, tras separase, me dijo: ¿me vas a follar de una puta vez o qué?
Me separé un poco y ella agarró su tanga echándolo a un lado y me dijo: vamos, métemela.
De nuevo, sonreí y le dije: no...
Tiré de ella y, tal y como se erguía desde el capó del coche, le di la vuelta empujándola para que cayera de frente en el capó. La imagen no podía ser más espectacular. Una impresionante mujer con un vestido incrustado en ella, sobre un deportivo azul y con la falda levantada mostrándome su hilo dental que llevaba metido por el culo y su liguero. No lo pensé, retiré el tanga hacia el lado derecho, me saqué la polla que aún llevaba metida en los pantalones, la ensalivé un poco con mis dedos, y la acerqué a su entrada. Decidí disfrutar un poco más de ese momento. Marta, mi diosa, la tía que más cerdo me había puesto en años, estaba postrada ante mi con su culo en posición receptiva, con sus medias, con sus tacones, y con su cara. Esa cara vuelta hacia mí que me miraba como pidiéndome explicaciones de porqué no la había penetrado aún. Y lo hice. Agarré fuertemente su cadera mientras me ayudaba con la mano derecha. Dirigí mi verga a su entrada y empujé. No fue difícil porque estaba absolutamente chorreando. De un golpe de cadera se la clavé hasta el fondo y ambos soltamos un gemido que casi podría decirse que fue un grito.
¡DING!
Me cagüen los muertos... ¡El ascensor!
Tal y como estábamos nos metimos rápidamente en coche, no sin antes fijarge que le habíamos abollado el capó al Maserati. (Que se joda, pensé)
Arranqué rápidamente y salimos de allí bastante rápido, viendo de fondo como un grupo de personas salían del hall del ascensor. Creo que no nos vieron aunque, también creo, en ese momento nos habría importado todo una mierda. Salimos del garaje y cogí por la Avenida de los Invernaderos en dirección a su casa.
Continuará...
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