El inicio de una pareja 17
Ricardo no siente celos; siente hambre. Al ver cómo los jóvenes alumnos devoran a su esposa con la mirada, una idea perversa germina: ¿qué pasaría si dejara de ser el guardián y se convirtiera en el director de la escena?
Las semanEn una de las clases de Ricardo, dos alumnos de posgrado habían empezado a mostrar un interés evidente por Ana. Se llamaban **Diego** y **Luis**. Ambos eran inteligentes, de buen aspecto, pero claramente introvertidos: Diego más alto y delgado, con gafas y aire de nerd atractivo; Luis un poco más robusto, de cabello ondulado y mirada profunda. Ricardo los analizaba con curiosidad: *¿De dónde carajos sacaron valor para acercarse a mi mujer?* Pensaba mientras los observaba.
Un jueves por la tarde, Ricardo pasó por el pasillo y los vio saludando a Ana con más efusividad de lo normal. Ella les respondió con una sonrisa amable y profesional, pero Ricardo notó cómo los dos chicos se la comían con la mirada cuando ella se dio la vuelta. Ese detalle encendió una idea perversa en su mente.
Al día siguiente, Ricardo los interceptó a la salida de su aula.
—Diego, Luis… ¿qué tal? —les dijo con tono casual—. Los vi platicando con la profesora Ana ayer. ¿Qué les parece?
Los dos se miraron un segundo, nerviosos, pero contestaron con honestidad.
—Está… muy guapa —dijo Diego, sonrojándose ligeramente.
—Demasiado —agregó Luis, más directo—. Es elegante, pero tiene algo… sensual. No sé cómo explicarlo.
Ricardo sonrió por dentro, disfrutando del momento.
—Entiendo perfectamente —respondió con voz baja y cómplice—. No son los únicos que lo notan.
Esa misma noche, mientras Ana se duchaba, Ricardo se quedó imaginando una escena muy explícita: los dos alumnos en su oficina, Ana sentada en el escritorio con la falda subida, Diego entre sus piernas comiéndosela mientras Luis la besaba y le apretaba los senos. La imagen de su esposa siendo compartida por dos estudiantes jóvenes e inteligentes lo puso durísimo.
### Mensajes de la semana
**Eduardo** no dejaba de escribir, tanto a Ricardo como a Ana:
A Ricardo: "Hermano, todavía no me recupero de lo que pasó en la camioneta nueva. Cada vez que la veo pienso en cómo me la cogí a tu esposa ahí mismo. Gracias de nuevo… y si quieres repetir, solo dime."
A Ana (por separado): "¿Sabes que cada vez que veo esa camioneta me pongo duro? Todavía siento cómo apretabas cuando te cogí en cuatro. ¿Cuándo repetimos?"
**Aldo** también escribía a Ana casi a diario, cada vez más directo:
"Querida Ana, necesito que vengas a Querétaro la próxima semana. Hay varios proyectos que solo tú puedes dirigir… y quiero verte. No dejo de pensar en esa noche."
Ana respondía con elegancia pero dejando la puerta abierta, haciendo que él la deseara más: "Estoy muy ocupada, Aldo… pero si el proyecto lo amerita, tal vez pueda escaparme un fin de semana. Solo si promete portarse… o no portarse."
**Manuel**, por su parte, seguía con sus piropos cada vez más atrevidos. El viernes, al cruzarse con Ana en el pasillo, le dijo bajito:
—Ana, ese vestido te queda criminal… si no fueras casada, ya te habría invitado a cenar hace mucho.
### El abrazo de Shantal
El jueves siguiente, Shantal pasó por el aula de Ricardo justo cuando terminaba la clase. Lo saludó con un abrazo más largo y apretado de lo normal, presionando sus senos generosos contra él y susurrándole al oído:
—Te ves muy rico hoy, profesor…
Diego y Luis, que aún estaban recogiendo sus cosas, lo vieron todo. Ricardo notó cómo los dos alumnos se quedaron congelados mirando el abrazo.
Esa noche, Ricardo le contó a Ana todo lo sucedido, incluyendo su fantasía con los alumnos. Ella sonrió con picardía y le dijo:
—Estás cada vez más pervertido, amor… pero me encanta.
Ana, con su brillo post-aventura aún palpable —ese aura que hacía que sus clases parecieran más vivas, sus pasos por los pasillos como un imán sutil—, notaba cómo los dos alumnos de posgrado, Diego y Luis, se volvían cada vez más audaces. En una clase de Ricardo el martes, Diego se acercó al final con un pretexto académico: "Profesora Ana, su explicación sobre administracion financiera clarísima... ¿podría recomendarme un libro extra?". Sus ojos, detrás de las gafas, se demoraban en su blusa entallada que marcaba sus senos pequeños con elegancia. Luis, más introvertido pero con una mirada profunda que traicionaba su interés, añadió: "Sí, y su forma de enseñar es... inspiradora". Ana rió coqueta, sintiendo el morbo de ser deseada por jóvenes inteligentes: "Gracias, chicos... pasen por mi oficina si necesitan más 'guía'". Ricardo, desde su escritorio, los analizó: Esos dos galanes escondidos... introvertidos pero con fuego. ¿De dónde sacaron valor para acercarse? Me da ideas perversas.
Esa misma tarde, en el pasillo, Ricardo se cruzó con ellos y les preguntó casualmente: "¿Qué les parece la profesora Ana?". Diego, sonrojándose: "Es guapa... muy guapa, y lista". Luis: "Sí, tiene algo que te atrapa". Ricardo indagó más, fingiendo interés académico, pero por dentro planeaba: Podría arreglar algo... verlos con ella, jóvenes e inexpertos, explorándola mientras yo dirijo. Qué morbo.
Para esto, en la semana hay WhatsApp en la cual Manuel piropea y mira a Chantal y Ana. El miércoles, Manuel mandó un mensaje al grupo de departamento, pero con un toque personal a Ana: "Ana, tu presentación hoy fue impecable... y ese vestido te hace justicia, resalta tu figura de manera... cautivadora". Ana respondió: "Gracias, director... siempre tan observador". A Chantal, en persona ese mismo día, le dijo en un pasillo: "Shantal, luces radiante... ese escote es una distracción deliciosa". Por ahí se da una plática un poquito picante entre Ricardo y Manuel que empezaban a tomarse ciertas confianzas. El jueves, en la sala de profesores, Manuel se acercó a Ricardo con una cerveza en la mano después de una junta: "Ricardo, te lo digo... Chantal es sexy como el demonio, esa rubia curvilínea me tiene pensando en cosas que no debería". Ricardo, con una sonrisa sutil, respondió: "Entiendo, Manuel... es un torbellino. Y Ana, mi mujer, tiene lo suyo también, ¿no?". Manuel, tomando confianza, alogió: "Ana es una diosa... inteligente, hermosa, con esa silueta que distrae. Si no fuera casada contigo, ya le habría invitado a algo más". Ricardo, empezando a planear algo para que se dé con Manuel y Ana, dijo jocoso: "Quién sabe... las cosas a veces se dan. Mantengamos las confidencias, director". Manuel rió: "Hecho... pero si surge, avísame".
El fin de semana trajo mensajes de Eduardo a Ricardo: "Hermano, lo de la camioneta fue épico... cada vez que pienso en cómo me la cogí en el asiento trasero, me pongo duro. Gracias de nuevo por el impulso en el consorcio; sin Ana, no tendría ese asiento. ¿Repetimos pronto?". Ricardo: "Amigo, me alegra... y sí, ella menciona que te extraña. ¿Celoso de Aldo aún?". Eduardo: "Un poco... pero me excita saber que la comparte. Me hace desearla como loco".
Aldo, ansioso por más, propone ir a CDMX para que Ana se dé una escapada: un WhatsApp a ella: "Necesito discutir avances... vengo a CDMX la próxima semana. ¿Cena y 'consultoría' privada?". Ana, excitada, informa a Ricardo: "Aldo quiere venir... ¿lo invito?". Él: "Sí, amor... hagámoslo sutil, como un juego que nos enciende". La propuesta cuelga como una promesa, avivando su semana con más noches de pasión.
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