Xtories

El morbo de lo incorrecto: Mis fantasías tuyas

Eva no solo quiere a Mario; quiere poseer su mundo. Con la complicidad silenciosa de su hijo, transforma a la tímida Loli en cómplice de sus perversiones, llevándola de la vergüenza a la euforia sexual bajo la mirada atenta de todos.

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Mis fantasías tuyas

La conversación con Loli es amena. Desde la boda somos como dos nuevas mejores amigas que llevan toda la vida sin encontrarse. Yo lo he propiciado, dejando que encuentre en mí a alguien que se preocupa por ella de verdad y le interesa lo que cuenta. También ayuda que no tenga amigas.

No tardamos ni medio café en pasar a los cotilleos como un par de adolescentes descaradas. La emoción suelta la lengua y terminamos hablando de sexo. Los protagonistas: su marido y el mío, su hijo.

No dejo de alabar las dotes de Mario sin cometer el error de caer en la vulgaridad. Ella se alegra por mí pero, sobre todo, por él. Sé que temía que fuera tan mal amante como su padre y llevara su matrimonio a la monotonía. Pronto comienza a desahogarse por lo que tiene en casa.

Mis logros con Mario contrastan con sus fracasos con Roberto. Además de triste y pequeña, su marido no tiene imaginación. Ella tampoco, pero lamenta no haber podido descubrir esa etapa juntos.

Veo brillar sus ojos cuando le cuento las nuestras. No todas son verdad, pero disparo con lo que quiere oír. La erótica fantasía de lo inalcanzable. Ella no lo sabe, pero estoy plantando las semillas de lo que vengo a buscar.

Antes de despedirnos le doy consejos con la oscura esperanza de que no funcionen. Tengo pensada otra cosa para mi propio disfrute.

— · —

Tardamos en llegar, pero por fin acomodamos las toallas en la arena. Me siento en la de Loli antes de que lo haga su marido y dejo que los chicos se entretengan juntos. Ese día la playa está a rebosar.

A ella le gusta mi compañía. Lleva toda una vida junto a su marido, es decir, sola; por eso disfruta con su nuevo rol de confidente. Le encanta escucharme… y que la escuche.

Paseamos por la orilla, a solas las dos, bajo las miradas de todos los que se cruzan. La miran a ella, me desnudan a mí. Loli también se da cuenta y se irrita, escandalizada.

—Qué cerdos. Podrían ser menos descarados —se lamenta.

—¡Qué dices, loca, me encanta!

Le explico que disfruto con su atención, incluidos los más viejos. Es una inocua muestra de su admiración y deseo. Ellos gozan de la vista, Mario de mi cuerpo, y yo con su morbo. Todo el mundo gana y, a la vez, ellos pierden. Deseos frustrados de un anhelo imposible.

—A todas nos gusta gustar —insisto—, peor sería no ser nadie.

Le cuesta darme la razón lo que tardamos en llegar al final de la playa. Ya de vuelta, sonríe cuando es ella quien recibe la primera mirada por debajo de la barbilla. Es de un crío, pero todo vale cuando del ego se trata. Recompone orgullosa sus tetorras dentro del bikini, alzándolas. La primera semilla hacia el lado oscuro, mi lado.

—Pierden —dice recordando mis palabras— porque saben que nunca podrán tener eso que no deseaban hasta ahora. Lamentos por un cuerpo que nunca podrán poseer.

Sonrío y entrelazo mis dedos con los suyos. Después, nos reímos de todos los hombres del mundo, cómplices, amigas.

—Me encanta estar contigo —dice—. Me haces reír y que vea todo de manera diferente.

Contaba con ello.

Mario me mira con curiosidad al vernos llegar. Yo le devuelvo un guiño y sonríe. Sabe que tramo algo malo y le encanta.

—¿Te importa que me quite esto? —pregunto inocente cuando los chicos van al agua.

—Claro, mujer —asiente intentando mostrar indiferencia por mi pecho desnudo.

Está turbada, pero no quiere que vea lo recatada y antigua que es. Los transeúntes no me quitan ojo y ella se ruboriza e intenta tapar con su bikini lo que el mío no deja a la imaginación.

—¿Te puedo pedir que lo hagas conmigo? Es que así, sola, me da un poco de palo.

La veo palidecer.

—Uff, chica, yo…

Le aterroriza que le vean las tetas, pero sé que tampoco quiere parecer una mojigata delante de su adorable nueva mejor amiga. No quiere decepcionarme y lo aprovecho.

—Porfa, Loli, hazlo por mí.

Se derrite cuando le cojo del brazo. Soy su buena nuera, y la luz que encandila los ojos de su hijo. Le cuesta negármelo.

La prenda cae junto a la mía y sus blancas tetorras lucen al sol. Son tan grandes, como creía, pero más firmes de lo que aparentan bajo la tela. Dos imanes que no tardan en acaparar las miradas que se apartan de las mías. Ella no lo sabe, pero no está nada mal y le doy con el codo.

—No querías destaparte y me vas a terminar acomplejando.

Se pone colorada pero, en el fondo, se hincha como un pavo. La vergüenza hace hueco a la autoestima que pensaba que no tenía.

—Pobres perdedores —susurra en referencia a los que giran su cabeza al pasar.

Nos carcajeamos con la boca abierta. La risa nos hace más cómplices y a ella más valiente.

El que no sonríe es su marido al que se le cae la mandíbula cuando nos ve al volver. Mario, a su lado, mueve la cabeza como si no lo pudiese creer y hace esfuerzos por no sonreír de oreja a oreja. Qué mala soy y cuánto me quiere.

Lo peor de todo es que mi suegro no se despega de mi lado. Menudo repaso me está dando. Lleva empalmado toda la mañana. Solo le falta frotarse contra mi pierna. Hoy Loli va a disfrutar de una buena noche de sexo.

—Dame crema, Roberto, ya que estás.

Casi se mea encima al oírme. Estoy apoyada en los codos haciendo que mis tetas resalten hacia adelante. Mis pezones son como dos dianas que a punto están de sacarle un ojo. Justo cuando se acerca con el bote, me doy la vuelta y le ofrezco mi espalda. Idiota, se creía que le iba a dejar sobarme las peras.

No obstante, él se sienta en mi culo y me masajea hasta el cuello. Al menos, eso sí lo hace bien. Me dormiría con sus manos si no fuera por ese falo que tengo alojado entre las nalgas. Loli y yo estamos frente a frente, con la cara pegada en la toalla. Le guiño un ojo, pero ella no me entiende. Mañana se lo explico.

— · —

—Es la primera vez que le veo las tetas a mi madre —dice Mario, de vuelta en el coche.

No sabe cómo lo he hecho, pero le gusta que sea tan retorcida.

—Y además en público —añade antes de reír. Me admira más de lo que me quiere.

No tardo en llevarlo a la habitación nada más llegar a casa, es nuestro cuarto de juegos. Esta noche yo soy Loli, pero es él quien interpreta para mí. Me dice que me quiere, que se hace pajas conmigo y todas esas cosas sucias que sabe que quiero oír de un hijo hacia su madre.

—Espera —le digo—, quiero guardar este momento para mis pajas.

Pongo el móvil a grabar y continúa la función. Mi marido sobreinterpreta el mejor polvo de incesto de la historia. Lo hacemos hasta por el culo y, cuando me duermo, ya metida la noche, todavía le oigo susurrar que me quiere preñar.

Me encanta que me llame por su nombre.

— · —

Loli me llama, como cada mañana, y nos tiramos al teléfono una hora. Está alegre, extasiada y… tiene tantas cosas que contar. Consecuencias de una vida anodina. Yo soy el flotador que la sacó de su isla.

No deja de darme las gracias por obligarla a ser tan descarada. Lo de ayer fue atrevido y sucio. Por fin en su vida pasan cosas.

A la tarde viene a visitarme y le tiro de la lengua nada más sentarnos, para que suelte lo que le está quemando la boca. Sé muy bien lo que hay detrás de esa alegría juvenil.

—Tú has follao —acuso.

Baja la mirada, ruborizada, pero se alegra de que lo haya notado. No ha sido un polvo normal y deseaba cantarlo a los cuatro vientos.

—Roberto, hija, que ayer estaba de un caluroso…

Es toda una novedad que follen; llevan toda una vida sin hacerlo. Pero lo de esta noche ha ido más allá, por eso está así de contenta. Seguramente hasta se habrá corrido por una vez.

—¿A qué jugasteis?

Se hace la tonta. No creía que lo iba a descubrir, pero ella es muy transparente y Roberto demasiado simple como para no adivinarlo.

—Venga —le chincho—, que si no llega a ser por el bikini hasta me la clava por el culo de lo dura que la tenía. ¿Hablasteis de mí mientras te chingaba?

Se pone colorada y, por primera vez desde que la conozco, la veo preocupada de verdad. Le cojo de las manos y me acerco a ella.

—Loli, no tienes que avergonzarte por fantasear con terceras personas, aunque sean de la familia.

Ella boquea, no he podido ser más certera. Sonrío y le guiño un ojo intentando rebajar su miedo a ofenderme. Funciona y relaja su gesto.

—¿No te molesta?

Niego casi con una carcajada.

—Me encanta.

Ella no entiende y yo me explico, haciendo comprender que, para mí, es un placer que me tengan en cuenta, que es como participar en algo muy íntimo de alguien a quien aprecio. Ella se abre en canal y se desahoga conmigo, con su nueva muy mejor amiga.

Me confiesa lo que ya sé y a lo que nadie se atreve en voz alta. Su relación bajo las sábanas está muerta. Ayer, sin embargo y gracias a mi impudor, su marido… le hizo sonreír.

No fue un polvo, sino varios; y de más de dos minutos, para variar. Yo estuve en todos. En un momento u otro Roberto pronunciaba mi nombre y mi toples volvía la habitación. Loli lo consintió complaciente, agradecida por la parte que le tocaba. Yo ponía mis tetas, ella recibía en su coño.

Se avergüenza continuamente, pidiéndome perdón cada tres frases, asida de una mano que no me suelta. Yo la escucho con una sonrisa amable y un ardor que enciende mis mejillas.

—Te lo he dicho, Loli —la consuelo—. Adoro a Roberto, y me encanta que pierda los papeles por mi culpa en un momento así. ¿Crees que los demás no hacemos locuras peores en la intimidad de nuestra cama?

Agacha la cabeza a sabiendas de que ninguna es tan sucia como la suya, ¡con su propia nuera! Finjo apiadarme y correspondo a su confidencia con otra mía. Me pongo seria y le hago prometer que lo que voy a contar no saldrá de aquí jamás pero, sobre todo, que nunca, pase lo que pase, llegará a oídos de su hijo.

Me mira preocupada cuando saco el móvil y aguanta estoica toda la reproducción. Su boca abierta y sus ojos como platos muestran su estado de ánimo al borde del infarto. Mario grita su nombre entre insultos y deseos de follarla. En la pantalla, él me sodomiza mientras lo jaleo a que me preñe. A mí, a su mami.

—Su fantasía es la mía —explico—. Le amo más que a mi vida y mataría por hacerlo feliz porque con ello, la feliz soy yo.

Asiente despacio, aceptando como solo una madre es capaz de hacer por aquello que más quiere. Viendo en mí hacia su hijo el mismo amor que ella profesa por él. Sus ojos brillan y me acaricia la mejilla.

—Eres tan buena.

Qué poco importan las rarezas de un hijo a ojos de una madre. Y, si fantasear con su propia progenitora es lo que lo hace feliz, no será ella quien se atreva a juzgarlo.

—Se te han empañado los ojos —advierto.

—De felicidad —me dice.

Y es cierto. Se emociona porque el matrimonio de su hijo funcione tan bien. Dos que somos uno y uno que vive por los dos.

—Solo es un fetiche de un hijo hacia su madre —digo con la mirada baja—. Un secreto de cama que únicamente comparte conmigo y que yo consiento por él.

—Lo sé —me dice, y me besa la mano.

Lo suyo es peor. Me confiesa que con Roberto ella nunca se corre, ni de novios. Sexo convencional, resultado habitual.

—Pero ayer… —rebato levantando una ceja.

—Me dio gustito —reconoce—. Otras veces es peor.

Pobre mujer que se conforma con tan poco. Apenas unos jadeos antes de que Roberto caiga rendido tras la cópula. La frustración de un placer que nunca ha podido culminar a gritos. Me pide volver a ver el video (solo la parte final) y se emociona al oír el volumen de mi garganta y el aguante de su hijo en mi interior. Llenos, felices, completos el uno con el otro.

Yo disfruto exhibiéndonos ante ella de nuevo, desnudos, lúbricos… sucios. Me muerdo el labio inferior fantaseando con que ella fuera la del vídeo. Si Mario supiera.

— · —

—Me va a desheredar —dice cuando se lo cuento.

Me está follando por el culo mientras huele las bragas de mi madre. Esta vez sí son suyas, las he cogido mientras se duchaba.

—Imposible —respondo al acabar de correrme—, te quiere más que a su propia vida.

Se desploma junto a mí y me abraza. Yo me pliego contra su cuerpo sudoroso. Respiramos todo el aire de la habitación intentando recuperar el aliento.

—Estás loca —murmura.

—Y por eso me quieres tanto.

— · —

Los tacones me hacen difícil caminar. Un cliente se para frente a mí, señalándome con el dedo. Por encima del corpìño asoman las areolas de mis pezones que no lo dejan indiferente.

—¿Cuánto? —pregunta.

No se lo digo. Mario quiere que antes flirtee con él. Por el pinganillo chiva las frases que yo repito. Le enseño mi cuerpo lo justo para conseguir que se le ponga dura. Ese es el final del juego y al momento, lo despacho rápido.

Para los más babosos tenemos otro juego, a ver cuánto son capaces de ofrecer.

Un coche para junto a mí y me apoyo en su ventanilla. Reconozco al conductor en cuanto se quita las gafas.

Es el presidente de la empresa para la que trabajo. Más de 2.000 empleados por todo el país. Nunca hubiera imaginado que fuera otro putero de corbata de seda y comida vegana. Me mira complacido cuando ve mi escote. Correspondo con el mismo gesto y señalo su anillo de casado.

—Después tendrás que ir a confesarte.

—Vengo de misa —me explica.

—Muy bien, pero lo haces al revés. El perdón viene detrás del pecado.

—Invierto en perdones antes de venir. Tengo para varios jueves.

Me hace sonreír, tiene tablas, por algo es el presidente.

—¿Y tú? —dice señalando el mío.

—La crisis —le explico—. Y mi marido y mis hijos, que tienen la mala costumbre de comer todos los días.

—¿Y él sabe que estás…?

—Claro —contesto segura de mí misma—, es mi chulo. Para que no me pase nada con los puteros en coche de lujo, son los más peligrosos —explico con sorna.

Aparto mi melena sintética para que vea el pinganillo y señalo el coche desde donde Mario nos mira. Él traga saliva, empiezo a ser yo quien mueve los hilos.

Flirteo marcando distancias cada vez más cortas hasta que me pide subir al coche. Antes hago que me la enseñe. Es grande, es gorda y, lo más importante, la tiene dura.

Esa es la señal para darle suela. Sin embargo me resisto y alargo la conversación. Me apetece, quizás por su voz grave o por ese porte de gentleman que solo poseen unos pocos. Me recuerda a alguien, no sé.

Le pregunto cosas de su mujer y de sus hijas. Es interesante lo morbosa que resulta la aburrida vida de algunos. Mario se alarma cuando ocupo el asiento del copiloto.

—Dime tu nombre.

—Prefiero no decirlo.

—Yo me llamo Arturo.

—No, Arturo se llama mi padre, tú te llamas Gustavo.

Se queda helado y, por un momento, sopesa la idea de echarme el coche. Debe pensar que me envía su mujer.

—Aunque no lo creas, trabajo para ti —le digo.

Y no me cree… hasta que le canto los nombres de los jefes de zona. Se pasa la mano por la barbilla sopesando, evaluándome.

—Te lo he dicho, la crisis. Tenemos deudas —explico.

—¿Y dónde…?

—Lejos, varios niveles por debajo de ti. Tampoco dependo de ningún departamento de los que controla tu hijo. No soy jefa de nada, ni me han hecho responsable de algo. No soy nadie, por eso estoy aquí.

Se ríe sincero y me mira como no lo ha hecho hasta ahora. Le gusto, lo sé, y me pongo alerta.

—Dime tu nombre —insiste.

—No te lo voy a decir, ni mi cargo, ni dónde trabajo. No quiero que me busques entre tus empleadas. Ya estoy casada una vez.

Asiente y mete la primera marcha.

Mario se desgañita por el pinganillo. El juego ha dejado de tener gracia y se asusta.

— · —

Coloco el bolso buscando el ángulo perfecto. Dentro está camuflado mi móvil en modo videollamada. Mario, al otro lado, debe estar cardiaco. Hace rato que no oigo sus órdenes, desde que me lo he sacado del oído.

Me siento en la cama esperando que entre Gustavo. No es un hotel cualquiera en una zona de extrarradio. Salón, despacho, dos baños y una habitación de princesa de una dictadura.

Me encuentra sin la peluca y en ropa interior. Se apoya en el marco y me admira. Al natural estoy mejor. Contaba con ello.

Se sienta cerca, pero distante, e inicia el cortejo a la manera de un caballero. No ha venido a follar, eso lo hace cualquier perdedor y él, quiere ganarme. Sabe lo que valgo.

Me resisto todo lo que puedo pero, al final, río sincera. Me está ganando y mi trinchera es cada vez más reducida. Mis hijos ya no existen y ya no tengo deudas. Él también ha perdido lo suyo, ahora su familia tiene cara.

—Tus hijas son muy guapas —le digo devolviéndole el móvil—, sobre todo la mayor.

Tiene los ojos de su padre y las tetas de su madre. Mira la pantalla orgulloso antes de apagarla.

—Me odia —confiesa después de un trago a su copa—, igual que mi mujer.

—Será porque te quiere, dentro del matrimonio nada es porque sí.

—Me necesita, como yo a ella.

Se sienta junto a mí y me pasa el pelo por detrás de la oreja. Espera que le bese, y yo que el primer paso lo dé él. Es su guerra, no la mía, pero no la quiero perder. Me habla al oído y su aliento me acaricia tan suavemente que me eriza los pelos de la nuca. Entonces se separa y, después de un sorbo, sonríe de medio lado, ha descubierto que jugamos a lo mismo. Yo también sonrío, me estoy haciendo de rogar, pero si me sigue mirando así, no va a necesitar rezar mucho más.

Por fin se lanza. Va sobre seguro, pero sus labios no tocan los míos. Me giro en el último momento, haciendo que se choque contra mi mejilla. Yo beso la suya y contraataco con su mismo juego: comisura, cuello, lóbulo… gemido.

Vuelve a intentar besarme y, de nuevo, no encuentra lo que busca.

—Los besos son solo para mi marido —susurro en su oído.

Le enseño el anillo, los dos, el de mi suegro también. Brilla más que el de casada, demasiado quizás, y levanta una ceja.

—¿Y chupar, puedes? —pregunta descarado.

—¿Como una niñita buena? Claro, de eso sé un montón. Mi padre era putero, de los que busca en casa lo que no encuentra fuera. Hice horas extras antes de empezar a cotizar.

Sonríe, no me cree, pero le gusta oírme.

—Dime tu nombre.

Le quito la copa que todavía sostiene en su mano y la apuro hasta el fondo. No le amo, pero le miro con deseo, quizás porque me recuerda a alguien o puede que solo por mirarme como lo hace.

—Me llamo Lucía —contesto con guasa.

—No, Lucía se llama mi hija. —Intenta besarme. Yo me aparto y me sujeta de la barbilla. Me mira, y suspira—. Esta noche tú te llamas Marta.

Y así, me hago pasar por su mujer. No llevo sus bragas, pero tampoco le hacen falta. Solo necesito detestarlo para meterme en mi papel. Me insulta, me azota y cae rendido cuando confiesa que me quiere.

Tumbados en la cama, suelta uno de los tirantes de mi sujetador. Sigo con la prenda puesta, no le ha hecho falta verme las tetas. Arqueo la espalda para ayudarlo a soltar el cierre y, cuando saltan libres, las atrapa en su boca. Primero una, luego otra y, después, me besa en la boca.

… y yo le dejo.

Volvemos a follar. Esta vez despacio, sin prisa por conseguir lo que va a llegar. Es bueno, muy bueno. Sabe moverse pese a la edad, o quizás gracias a ella. Torero de mil plazas, la clava con maestría y me sabe capear como un primer espada. Gimo, grito y acabo mordiendo la almohada trabada a él.

Grabada ha quedado la escena que yo quería. Un regalo para mi amor que no le he querido contar. La polla del maduro metiéndose en mi coño como un percutor mientras sus huevos golpeaban mi ano en un misionero con mis piernas bien abiertas.

Recuperado el aliento, dejo que me acaricie como una gatita mansa mientras manoseo su polla y sus huevos.

Huevos de toro.

Me visto bajo su mirada libertina excepto las bragas, que se las queda. Está apoyado en un codo. Le gusto, y empiezo a temerle.

—Tú no eres puta —dice caminando hacia mí.

Levanto una ceja, intrigada.

—Las putas follan por dinero —acusa—. Tú te vas sin cobrar.

—Ya me has dado lo mío. Por hoy tengo suficiente.

Me ofrece un fajo que rechazo y veo nublar la sombra en su cara. Me quita el bolso justo cuando me hago con él. De dentro saca mi móvil y lo observa. Ocupando la pantalla, está Mario. Se asusta, pero no se esconde y mantiene el mismo gesto que él.

—Dile a tu mujer que quiero pagarle.

—Tú lo has dicho —contesta Mario con aplomo—, no es una puta.

—Pero tú sí un cornudo. Pon el precio de su coño.

No lo piensa mucho.

—Su precio soy yo.

Aprieta las mandíbulas, cavilante. Mete el móvil en el bolso y me lo devuelve. Me llama cuando cruzo la puerta.

—Dime tu nombre.

Lo pienso, dudo. —Eva —digo al fin—. Subdirectora segunda de compras, en Gran Vía. Tu hijo es mi jefe de zona.

Levanta una ceja.

—No, no me ha follado —aclaro—. No le dejaría, es imbécil.

Evita soltar una carcajada aunque su rostro apenas se endulza.

—Hubiese podido encontrarte.

—Y yo a tu mujer.

Sonríe y mueve el mentón. Le gusto.

…y él a mí también.

— · —

—¿Estás enfadado conmigo?

—Mucho, pero se me pasará antes de llegar a casa.

—Quería regalarte…

—Lo sé.

—¿Entonces?

—Le gustas, me da miedo.

Los dos sabemos que el segundo polvo no había sido necesario. Ahora me arrepiento de no haber sido más puta y menos zorra. Follamos en el coche. Quiero tenerlo dentro antes de que se le pase y lo hace con furia. A mi lado, la grabación de mi follada en el momento justo que Gustavo me la clava como un poseso.

—Noto su semen —me dice.

—Y yo el tuyo. Me gusta.

—¿Y si te deja preñada?

No tengo respuesta, me dejé llevar, igual que con su padre.

El coche bambolea con cada arremetida. No es el único, hay más parejas junto al nuestro. Una chica sale a mear y dudo que tenga los años mínimos para estar en aquel aparcamiento. Tras ella, su novio la observa. Me dan ganas de llamarlo, me gustaría saber su edad.

—Los suficientes, puta —me dice la chica subiéndose las bragas.

Ni me inmuto, simplemente abro la puerta para que su novio me vea entera. No le dejo entrar, pero sonrío cuando le caen los pantalones al suelo y me la enseña. La tiene dura y se la menea mientras ella le grita. Me carcajeo. «Te da la espalda; a mí, su polla».

Saco el dedo por la ventanilla cuando Mario arranca y leo en los labios de esa boba la mitad de los insultos que luego recibirá su chico. Al menos, el infeliz se ha corrido dos veces.

— · —

Esta vez ha sido más fácil conseguir que hagamos toples juntas. Me admira tanto que acepta de buen grado todo lo que le pido. Caminamos por la orilla con la sonrisilla de la turbación impresa en la cara y me mira azorada cada vez que un conocido se cruza. Su corazón bombea y sus mejillas se inflaman, le encanta.

Al volver, nos encontramos con los chicos con los pies en el agua, esperándonos. Salto sobre Mario cargando su espalda y, de improviso, sale corriendo hacia las olas. Mis gritos por el agua que salpica mi piel caliente le hacen reír… y a mí con él.

Loli nos mira con envidia. Le encantaría poder hacerlo también… cien años antes. Ella y su marido se acercan hasta que el agua les cubre la cintura. Salto sobre Roberto intentando tirarlo, amarrada a su cuello mientras forcejeo para que pierda el equilibrio. En realidad es un regalo para el polvo de esta noche con Loli.

Ella chilla de miedo cuando me acerco, le toca su turno, pero enseguida se ríe, también quiere jugar. La tomo de las manos y la obligo a saltar contra las olas. Sus tetorras suben y bajan al compás del mar. Sus pezones están demasiado duros para ser del frío, Roberto mira los míos bailar.

Llega otra ola y, sin avisar, arranco su bikini sacándolo por los pies y huyo con él aguas adentro. La he dejado completamente desnuda y se asusta. A su marido, en cambio, se le pone dura, lo noto, lo veo. Jugamos a lanzar la prenda, pero Mario se apiada de su madre y se la entrega en cuanto le llega.

—Éste no es mi bikini —exclama contrariada.

Tres pares de ojos se vuelven a mí, ya con los pies en la arena. En efecto, yo llevo puesto el suyo, lo cambié dentro del agua. No hago concesiones, tendrá que ponerse el mío y, aviso, es de los muy sexys.

Caminamos los cuatro hacia las toallas. Aunque cogida de mi brazo, Loli me quiere matar, se le mete por el culo y deja mucho al aire. Ya se lo dije, era sexy.

Su marido, con la polla a reventar, camina por detrás con la vista fija bajo la cintura de cada una. Mario, junto a mí, aguanta la risa sorprendido por mi maldad. Cada día me quiere más.

Pese al apuro, Loli no se quita mi bikini durante el resto de la tarde. Normal, es mío y todo lo que viene de mí le gusta. Además, empieza a disfrutar sintiéndose vulnerable, paseando por el margen exterior de su zona de confort.

Le guiño un ojo al despedirnos y ella me sonríe. Las dos sabemos que esta noche van a follar conmigo de nuevo. Siento calor porque, en esta ocasión, he preparado el terreno para que disfrute tanto como su marido o más, tiene el consolador que le di.

Le dije la verdad sobre su origen, pero que se lo robé a mi madre. Esta noche, en su cama, Roberto me follará a mí, pero a ella se lo hará a mi padre. Un secreto nuestro, de nosotras dos, y me ha prometido que se lo va a hacer lubricar con saliva.

Mario llega al dormitorio muy tarde. Ha estado adelantando trabajo y no tiene ganas de fiesta. Se desviste en su lado de la cama cuando, por fin, llega la foto que estaba esperando.

El mismo selfie que le envié a mi padre la noche de mi boda, solo que, en esta ocasión, son Loli y Roberto los que aparecen posando con su consolador. No me resisto a reenviarsela a su legítimo dueño. «Se la he prestado a tu consuegra, y te aviso, sabe de qué polla sale el molde».

Apago el móvil y me echo sobre Mario. Si quiere dormir, lo va a tener que sudar.

— · —

—Ay, Eva, cariño, no lo veo.

—Venga, Loli, confía en mí. Si sabes que te gusta todo lo que hago.

—Pero, una nudista… no sé yo…

Estamos en La Salvaje, y la he convencido para ir las dos solas. Consigo sacarla del coche a cambio de mil promesas que no voy a cumplir, y ya está totalmente colorada cuando extendemos las toallas.

—Y ahora, esto fuera.

Ella tarda en imitarme y, cuando lo hace, no se mueve de su toalla, tostándose bocabajo hasta que le arde la piel. Lo máximo que hace es dar un rápido paseo hasta el agua para refrescarse y volver.

En el coche, ya de retorno, no para de reír y me promete que un día, ya si eso, volveremos a repetir. Sé que no va a volver aunque le haya gustado más de lo que cree.

Pasamos por mi casa a ducharnos antes de llevarla a la suya y, cuando se mete en el baño, le quito las prendas de recambio que había dejado sobre la balda.

—¿Y mi ropa? —dice asomando la cabeza al salir.

—Si no lo haces con gente, lo harás conmigo a solas. —Yo también estoy sin nada.

Se tapa la cara y partimos a reír. Me dice que estoy loca, pero se deja llevar de la mano a la terraza donde he dejado las toallas. Nos tumbamos, alegres, risueñas. El sol baña nuestros cuerpos al completo. Hay vecinos, pero son pocos y están lejos. Hacen las veces de bañistas indiscretos, es menos anónimo, pero más morboso y ella termina por disfrutarlo conmigo. Sabía que le iba a gustar y me besa la mejilla.

—¿Por qué eres tan buena conmigo?

—No lo soy —le digo, y lo hago sincera.

Miro el reloj de mi muñeca, es la tercera vez, se acerca la hora.

—¿Te importa traer la crema? —le pido—. La he dejado junto a la entrada.

Acude solícita a por ella y se encuentra la sorpresa.

Mario la observa desde la puerta. Ha llegado a casa en pantalón de deporte y camiseta. La mira de arriba abajo sin despegar los ojos de su piel. Su oscuro coño es quien recibe la mayor parte de su atención.

Yo entro cuando ella ya se tapa con las manos y los tres nos quedamos mirando. Los ojos de Mario vuelven a descender hasta las manos de su madre. Ella duda hasta que, por fin, las aparta a cada lado, permitiendo que su hijo se recree con ella.

Mario me mira y hago un guiño que su madre no ve. Lo que va a pasar ya lo hemos hablado. Se acerca a su madre con la sorpresa en la cara del hijo al que le dejan mirar.

—Eva te lo ha contado, ¿no? —interpreta su papel.

—No pasa nada, cariño. Está todo bien —me defiende.

Loli, sobreexpuesta, aguarda estoica y gira su cara hacia mí. Asiento, me sonríe y yo sonrío a los dos. Están el uno frente al otro en silencio, con la conciencia turbada, pero teniendo todo claro.

—Si te pido que me dejes mamarte una teta, ¿te enfadarás?

Niega con la cabeza y le regala una sonrisa. Mario me mira y solo él y yo sabemos lo que piensa. Coge aire y lo expulsa, nervioso por lo que va a hacer. Y lo hace porque me lo debe. A mí, con su madre.

No le niega sus tetas, tampoco sus muslos cuando las caricias bajan a ellos. Su madre no siente placer, pero sí satisfacción. Me mira y me sonríe, contenta por participar de nuestro bonito sueño. Mario hace su juego (que es el mío) y consigue llevarla de la mano hasta nuestra cama. Follan, Mario arriba clavando su polla y yo detrás acariciando sus huevos.

Loli no se corre, pero respira acalorada. Normal, cuando se trata de Mario. Es un buen amante y sabe cómo jugar aunque ella sea su madre. Que aprenda su padre. Además, con los ojos cerrados, ella deja de verlo. Quizás en su cabeza esté mi padre con su gran polla. Ya hablaremos de ese consolador cuando tengamos tiempo.

Cuando Mario se corre en su madre, yo casi lo hago con él. Al acabar, nos quedamos sobre la cama. Él y yo a cada lado de ella.

—Gracias Loli —le digo al oído—, eres tan buena.

Su sien toca la mía. Está más agradecida que yo. Su hijo ha cumplido su gran fantasía y al hacerlo feliz, la feliz es ella.

Más tarde, cuando nos quedamos solos, me echo sobre él.

—Y ahora fóllame a mí —gimo en su oído—, pero como a una perra.

Me pongo las bragas de mi madre. Esta noche, yo seré ella.

.........

Estimado lector, te agradezco que hayas llegado hasta a quí. Para mí ya es suficiente satisfacción. Si además quieres comentar algo sobre este relato, me harías tremendamente feliz y, por favor, valora si te ha gustado.

Gracias.