Xtories

El nuevo maestro del pueblo (11)

La condesa no pide favores, exige resultados. Tu misión es enseñar a las mujeres del pueblo a disfrutar como ellas no saben, pero cuidado: en este pueblo, las puertas están siempre entreabiertas y los secretos se oyen a través de las paredes.

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La madre de Carmen

Salí al cuarto de al lado cerrando la puerta y me vestí para marcharme. En el fondo de mi mente quedaba la duda si esta vez la habría cagado. Su frase no me había convencido del todo, pero por dentro me relamía de ese brutal polvazo. Pensé que también serviría de advertencia para futuras visitas de las curiosas amistades de Genoveva. Si se lo contaban unas a otras, ya vendrían sabiendo a qué atenerse, pues no pensaba ser un sumiso esclavo sexual de esas viejas con poder y dinero.

Iba buscando la salida cuando me abordó la condesa.

- Parece que has acabado pronto.

Había sido rápido y todavía no eran las once de la noche.

- Bueno, le he dado lo que quería y me ha echado.

- Le has dado más de lo que quería, y ya te he dicho que eso era peligroso.

- Me ha dicho que le ha gustado.

- Lo sé, lo he visto y oído todo, y no siempre funciona ese comportamiento.

- Cual?

- El de animal salvaje. Quizás la primera vez sorprenda, o incluso guste, pero se puede volver en tu contra.

Quería irme y no quise entrar en una discusión.

- Lo tendré en cuenta. – contesté intentando empezar a andar de nuevo.

- No tengas tanta prisa. Quiero hablar contigo de tus otros objetivos antes de que pase más tiempo. Sígueme.

Volvimos a la habitación cuca desde donde lo controlaba todo y sirvió un par de wiskis sin preguntarme.

- Como te dije antes, tengo unos cuantos amigos que les gusta venir y pasárselo bien, y como a ellas (dijo refiriéndose a Patri y a Teresa), les gusta estar con mujeres normales, es decir, que no sen putas que follan por dinero.

- Y que tengo que ver yo en eso.

- El tema no iba mal, pero alguna se ha echado atrás y otras no dan la talla. Tu labor es convencer para que vuelvan las que se echan atrás, y también educar para las que no dan la talla.

- Educar? – pregunté un poco aturdido entre tanta verborrea.

- Si, educar. Te pondré un ejemplo, Carmen. Carmen es una muchacha joven y con buen cuerpo, pero su forma de hablar y de comportarse es poco estimulante para mis amigos. Necesito que la eduques en los dos sentidos. Se que hoy has estado con ella, como ya te he dicho antes, y no creo que hagan falta más explicaciones después de conocerla.

- Creo que la entiendo. – contesté abatido sin ganas de polémica.

- Otro ejemplo es Virtu. Esta es diferente, es estupenda en todo, pero se ha negado a volver, y quiero que vuelva a cualquier precio.

- Cuando dice “a cualquier precio”, se refiere a dinero.

- Podrías llevarte un buen extra si lo consigues en poco tiempo. De hecho, para que veas que soy generosa te daré hoy mismo un extra para que vayas tirando, porque seguro que andas sin un eruro.

- No sé, la vi tímida y reacia a muchas cosas. – intenté escabullirme.

- Por eso te ofrezco un jugoso extra. Si fuese fácil no te lo ofrecería.

- De acuerdo, pero necesito descansar y reflexionar.

- Solo una cosa más. Candela nunca ha querido saber nada de todo esto, tienes que incitarla para que se apunte a alguna de mis fiestas.

Era demasiado de una sola vez, necesitaba descansar y pensar detenidamente en todo ello.

- Déjeme que lo piense y mañana hablamos. – intenté acabar la conversación, pero ella insistió en forma de ultimátum.

- Puedes pensarlo lo que quieras, pero son los objetivos que tienes que cumplir si quieres mantener el contrato.

Salí del palacete abatido, no podía digerir una charla de ese tipo después de un polvo brutal. Llegué a casa y entre sigilosamente, no quería encontrarme con Adel. No había nadie en el salón, pero la luz estaba encendida. Suponía que Adel no se había acostado todavía y andaría por allí. Entre al salón para acceder a las escaleras que subían hasta las habitaciones y sentí ruidos en la cocina. Intenté atravesar el salón de puntillas hasta llegar a las escaleras, pero en ese momento oí la voz de Adel

- Mas despacio hijo, que si no te corres y no me entero.

Paré en seco al oír esa frase y pude escuchar la respuesta de Luisón.

- Es que tengo muchas ganas, madre!

- Ya, pero tienes que aprender a contenerte si quieres que les guste a las mujeres.

El morbo y la curiosidad innata instalada en mi cerebro hicieron que me volviese hasta la cocina. La puerta estaba casi cerrada, y me asome por la estrecha abertura que habían dejado. La escena fue brutal, Adel estaba inclinada con el vestido levantado hasta la cintura dejando su hermoso culazo al aire, y Luisón la embestía por detrás agarrado a sus caderas con los pantalones caídos hasta los tobillos.

Luisón era más alto y corpulento que su padre, y mantenía un físico como si fuese al gimnasio, aunque en su caso era natural, seguramente por su constitución y su trabajo. Habían parado de hablar y embestía despacio contra el culo de su madre con una cara de salido obsesivo que no podía ocultar.

- Así cariño, así… ufff… ahora sí que lo estás haciendo bien…ahhh…

El culazo de Adel se expandía a cada empujón provocando que Luisón fuera incapaz de mirar a otro sitio. Sus ojos eran como los de un águila clavados en su presa, en este caso los movimientos de esa deliciosa carne. Fueron dos largos minutos hasta que Adel se corrió.

- Ahhh…siiii…ahhh! – Gimió Adel sin que Luisón parara.

Al momento aumentó el ritmo de nuevo dándola unos pollazos tremendos haciendo que sus huevos sonaran a cada choque contra las nalgas de Adel. Su cara y sus jadeos furiosos me hicieron pensar que se estaba corriendo, y así fue porque al instante paró de embestir.

- Ufff… madre… que ganas tenía…

- Ahhh…ya lo veo, y a mí me has dejado bien satisfecha.

- Entonces…lo he hecho bien, madre?

- Estupendamente cariño. Si se lo haces así las chicas estarán encantadas de repetir. Has conocido a alguna últimamente?

- Pues no. Pero hay una en el trabajo que me gusta.

- Pues tendrás que decirla algo.

- Es que no me atrevo.

- Tienes que espabilar que se te va a pasar el arroz.

No quise escuchar más y me fui de puntillas. Subí las escaleras con rapidez para encerrarme en mi habitación. Me desnudé y me tumbé en la cama con la cabeza llena de pensamientos descolocados. Tenía que ordenar todo aquello para poder tomar decisiones acertadas. No pude pensar mucho porque el sueño se apoderó de mi mente en pocos minutos.

Al día siguiente cuando me levanté y miré la hora en el móvil me di cuenta que ya era sábado, y que ese debía de ser el motivo de la presencia de Luisón, había venido de fin de semana. Me asomé al pasillo y al no oír nada me fui hasta el baño para darme una buena ducha. Después de despejarme y vestirme baje hasta la cocina donde estaba Adel.

- Anoche no te oí llegar, golfillo, jajaja. – me dijo con su simpatía habitual.

- Es que no hice ruido, pero yo si te oí a ti.

Puso cara de sorpresa mirándome con media sonrisa.

- Ah, sí? Y a qué hora llegaste.

- A la hora justa para ver cómo Luisón te daba un buen apretón.

- Vaya, no pensé que llegarías tan pronto. – comentó sin reírse, pero tampoco abandono su sonrisa.

- Fue rápida la cena en casa de la condesa.

- Y que oíste? – volvió al tema.

- No te mentiré pues nunca lo he hecho hasta ahora. Os oí y os vi, y me pareció que Luisón había mejorado en sus aptitudes sexuales.

- Así es, jajaja. Es demasiado bruto, pero parece que lo va entendiendo. – comentó con cierto entusiasmo.

- Done está ahora?

- Se fue con su padre a trabajar muy temprano. Cuando viene los fines de semana le ayuda.

La agarré por la cintura y la di un suculento beso en los labios sintiendo sus hermosas tetas contra mi pecho.

- Eres una mujer encantadora y creo que te mereces algo más.

Sin decirla más, metí la mano bajo la falda que llevaba puesta y tiré de las bragas para descubrir su amplia melena de vello rizado. Introduje los dedos entre la maraña y profundicé a través de la raja. Al momento sentí como se enjugaba su coño, y también la erección que crecía bajo mi pantalón. Ella misma desabrochó el botón y bajó la cremallera para sacarme la polla. Varios suaves movimientos de su mano sobre la piel tersa de la verga hicieron que se pusiese totalmente tiesa. Sin mediar palabra, como si estuviésemos totalmente compenetrados, la colocó entre su raja desplazando mis dedos, y comencé un baile lento con mi pelvis.

- Tu sí que entiendes a las mujeres… ahhh… - suspiró contra mis labios.

Un par de minutos de penetraciones lentas y profundas y su coño fluyó como un rio caudaloso.

- Que rabo tienes, dios mío, ahhh… y que bien me lo haces, ahhh…

- Te gusta comenzar así las mañanas?

- Me encantaría esto todos los días, un polvo por la noche y otro para desayunar, jajaja.

Me guardé la polla sin llegar a correrme.

- No quieres seguir? - me preguntó sorprendida.

- Tengo que guardas fuerzas. El día puede ser duro.

Los dos reímos al unísono mientras ella se colocaba la ropa.

- Esto sí que es empezar bien el día, jajaja! – exclamó con desparpajo y volvimos a reír.

- Que hacéis los fines de semana aquí? – pregunté cambiando de tema.

- Pues como el resto de días, el sábado se trabaja igual, y el domingo los hombres se dan una sesión extra de bar.

- Y las mujeres?

- Pues damos algún paseo por el campo, o nos juntamos en casa de alguna para jugar a las cartas. A veces si hay que comprar algo especial, bajamos a Pinares, que hay tiendas de todo. Y tú, que piensas hacer?

- Todavía no lo sé, tengo unas cuantas cosas en la cabeza.

- Seguro que entre de ellas es follarte a alguna, jajaja. – los dos reímos de nuevo.

- Esa idea nunca la descarto. – más risas. – De momento llamaré a don Ramón para tomarme una cerveza con él.

- Los dos más golfos juntos, vaya peligro, jajaja.

Adel no paraba de reírse contagiándome, pero pude desayunar entre risas y me fui. Llamé al cura y quedamos en vernos en el bar. A esas horas solo había un par de ancianos en la barra y nos sentamos en un sitio apartado.

- Tengo que decirte que anoche se cumplió todo lo que me dijiste. – comenté nada más sentarnos.

- Te dije muchas cosas. – respondió

Ernesto, el camarero nos sirvió unas cervezas.

- Ya es hora de que le viésemos por aquí señor maestro.

- Pues sí, la verdad es que tenía ganas de conocer el bar.

- Pues por ser la primera vez, a esta invita la casa.

- Gracias Ernesto, eres muy amable.

Se marchó y continue hablando con el cura.

- Es sobre las proposiciones que dijiste que me haría. Quiere exactamente lo que me dijiste, que eduque a Carmen en vocabulario y vestimenta, que convenza a Virtu para que regrese a sus fiestas, y también que le coma la cabeza a Candela para que se apunte a los festejos.

- Bueno, no me sorprende, yo ya sabía lo que quería.

- Joder, pero me parece muy fuerte engañar a tres mujeres para que follen con cabrones estirados y con dinero, y sin apenas recibir nada a cambio.

- Genoveva es una zorra de cuidado, pero también es generosa. Les prepara excursiones fuera del pueblo con todo tipo de lujos que estas mujeres nunca disfrutarían si no fuese por ella.

- Pero eso les implica prostituirse?

- No si lo aceptan de buen grado y se lo pasan bien. Si estuviesen satisfechas sexualmente no lo harían. Creo que es un estímulo para ellas conocer sexualmente a otros hombres. Ten por cuenta que yo no las doy nada, tan solo sexo, y vuelven encantadas a repetir. Eso significa que quieren sexo, y te diría que a veces más del que puedo proporcionarlas. Para mí es un alivio el que hallas venido.

- Ya te he visto, hasta con la mujer del alcalde. – casi exploté.

- Es que estuviste ayer en la iglesia? – me preguntó algo sorprendido.

- Fui a comentarte lo de Carmen y Josefa, y te oí hablar con ella en tu despacho. Deberías tener más cuidado, a través de esa puerta se ve y se oye todo. – sonreí.

- En el fondo me da igual ya que a la iglesia solo van las mujeres. El problema es que se enteren los maridos, eso sí que sería más peligroso.

- El alcalde no sabe nada?

- Ese cabron también está enterado, pero no dice nada pues también se lleva tajada.

- Y sabe que te follas a su mujer?

- No lo sé con certeza, pero no creo que esté dispuesto a montar un número pues se le acabaría el chollo, y también podría perder su puesto. Cuando Genoveva se enfada se pone a temblar.

- La verdad es que no te vi muy interesado en la mujer del alcalde.

- Y no lo estoy, pero la condesa me dejó muy claro que no podía decirle que no a ninguna mujer del pueblo, fuese quien fuese, o tuviese la edad que tuviese.

- Joder, no me digas que también van las más mayorcitas pidiendo marcha.

- Alguna hay, pero mejor no te lo cuento, no quiero joderte las cervezas. – los dos reímos.

- Pero dime, por donde piensas empezar? – me preguntó

- Creo que la más fácil puede ser Carmen. Está loca por la música y dispuesta a ir a las fiestas. Escribe correctamente, por lo que creo que no será difícil hacerla hablar igual. El tema es la ropa y la expresión de su cuerpo.

- Recuerda que está la madre.

- Parece que está conforme.

- No, si lo que te digo es que no te dejará que embauques a la hija sin sacar ella cacho.

- Bueno, no es de las mayores, y bajo ese vestido negro y antiguo parecía tener un tipo aceptable. Tu ya te la has follado?

- Después de dos años aquí me quedan pocas.

- Y qué tal?

- Tan solo te diré que no te asustes cuando grite como una cerda que la están acuchillando, es su forma de expresar el placer.

Nos bebimos otra cerveza y me acabó contando a las tías que se había follado del pueblo. Eran más de las que suponía, pero siendo el confesor de todas las mujeres, tenía una gran ventaja. Finalmente le pedí que llamase a Josefa para decirle que iría a comer, y de paso a darle una clase a Carmen. Era con la única que había estado y que no habíamos intercambiado teléfonos. Por supuesto, Josefa aceptó encantada y llamé a Adel para decirle que no iría a comer.

Cuando salíamos del bar comenzaban a llegar los hombres que regresaban de trabajar en el campo. Ramón aprovecho para presentarme a un par de ellos, precisamente los maridos de Eva y Rosa. Me dio un escalofrió cuando me estrecharon la mano, a pesar de mostrarse cordiales y amables, porque el apretón fue la leche, por un momento pensé que me iban a quebrar los huesos.

Llegamos a la iglesia y me invitó a un vino antes de marcharme a comer. Tenía ganas de hablar y me contó alguna anécdota más con algunas mujeres del pueblo. También aproveché para preguntarle qué pasaría si alguien me veía entrar solo en casa de Josefa. Me dijo que no me preocupase, que ya se encargaría él de que circulara el rumor de que estaba dando clases a Carmen, que todo el mundo sabía que las necesitaba. Pensé que era un alivio poder entrar en una casa sin esconderme.

Cuando llegué a casa de Josefa me sorprendí al abrirme la puerta, se había puesto un vestido más colorido con el cual mejoraba mucho su aspecto. Un discreto escote dejaba ver el inicio de unas tetas considerables, sin llegar a ser como las de su hija que eran exuberantes. Tampoco tenía el mismo culo, el de Josefa se marcaba bajo el vestido más pequeño y respingón.

- Pase señor maestro. Le he preparado una comida que se va a requetechupar los deos.

- Gracias Josefa. Seguro que estará exquisito.

Pasé hasta el salón y allí estaba Carmen de pies, con el mismo vestido azul claro del día anterior.

- Hola señor maestro. Es un placer que venga a comer a nuestra casa.

Joder, había pronunciado correctamente todas las palabras.

- El placer es mío, querida Carmen, y es mayor al oírte pronunciar tan bien.

- Estuve leyendo mucho ayer cuando se fue, y lo hice en alto para oírme a mí misma.

- Perfecto. Ese es un estupendo ejercicio.

Nos sentamos a comer y disfruté con la comida. Realmente cocinaba bien Josefa. Cuanto acabamos recogieron los platos y Carmen nos sirvió café a su madre y a mí, y después se subió por las escaleras. Eso ya me mosqueó, parecía que nos quería dejar solos.

- Ya he visto que la enseña mu bien a la niña, tan solo un día y ya habla como las personas de bien.

- Es lista, y creo que tiene mucha capacidad para aprender.

- Podía enseñáme a mi algo también.

Me quedé mirándola con sonrisa de idiota, pues estaba claro lo que pedía, pero reacciones tras unos segundos de fijas miradas.

- Y que te gustaría que te enseñase?

- Yo no necesito hablar mejor, así que ya sabe lo que es. – respondió poniéndome la mano sobre el pantalón.

Creo que volví a ponerme colorado, aunque me esperaba algo, no creía que fuera algo tan directo. Serené mis pensamientos y la respondí ya con descaro.

- Sírvete tu misma.

Comenzó a sobar por encima del pantalón y al momento la polla aumentó de tamaño. Con una tranquilidad asombrosa, me desabrocho el botón, bajó la cremallera, y metió la mano con destreza para sacar el miembro totalmente erecto.

- Joer, la niña me había dicho que era como el de goma, pero no me lo creía!

Recordé que Carmen me había dicho que había sido su madre la que había elegido el rabo de silicona, y que había escogido el más grande de las fotos.

- Me dijo Carmen que le gustaban grandes.

- Siiii, pero como esta no las hay en el pueblo! Exclamó con entusiasmo.

- Conoce a todas las del pueblo? – me atreví a preguntar con sorna.

- Jajaja, a toas no, pero si unas cuantas.

- Es que le hacen muchas visitas?

- Viene algún viuo pa que lo consuele, y también maríos que les gusta montar otra yegua, jajaja.

- Y cómo consuelas a esos… viudos?

Cuando acabó la frase se inclinó sobre mi regazo y engulló el capullo como si fuese un jugoso caramelo. Sentí varias chupadas tremendas que hicieron que se me levantase el culo del sofá. Manejaba estupendamente la lengua dentro de su gran boca, y podía sentir sus finos labios recorrer el endurecido y venoso tronco provocándome una sensación deliciosa.

- Dios, que bien la chupas Josefa.

- Eso me dicen, que soy la que mejor chupa del pueblo, jajaja.

Había dejado de chupar para contestarme, y pude ver como corría la saliva por sus labios. La escena contenía una lascivia y un morbo tremendos. Volvió a inclinarse y sentí de nuevo esas jugosas chupadas. Avanzó por el tronco y todo mi cuerpo se tensó cuando se la tragó entera sin la más mínima arcada. Metí las manos bajo su pecho y apreté suavemente las tetas. No estaban tan duras como las de Carmen, pero en ese momento me parecieron estupendas. Desabroché un par de botones del escote e introduje los dedos bajo la tela. El pequeño sujetador contenía unos gruesos pezones, como los de la hija, y la dureza era impresionante.

Chupaba y tragaba como si fuese el pan de cada día, y sentí como la excitación se desbordaba en mi cabeza pensando en esos viudos y casados a los que les debía de hacer unas buenas mamadas. La agarré del moño y comencé a mover la pelvis como un poseso. Esas tremendas chupadas me habían desquiciado y no pude aguantar. Mi polla reventó en su boca soltando unos buenos chorretones de semen. No paré de darle pollazos en la boca hasta sentir cómo salía la última gota.

Cuando paré, jadeante y con la respiración agitada, la solté el moño que había aferrado con fuerza, no podía creer lo animal que me había puesto esa mujer. Se incorporó limpiándose los blanquecinos labios con el dorso de la mano. Sonreía de una forma casi perversa.

- Pos sí que se ha puesto gorrino rápido, jajaja.

- Es que…ufff…cómo la chuspas, dios! – es lo único que me sugirió el cerebro en ese momento.

- Esto ha sio pa dale la bienbenía. La prósima ve espero que me folle bien follá, jajaja.

- Y tienes visitas para estas cosas muy a menudo?

- Casi to los días. Vienen por detrás cuando anochece y dan tres golpes. Si no les abro se van tristes, pero si les abro se van bien contentos, jajaja.

- Y a ti te gusta?

- Pos claro que me gusta. No tengo Mario y necesito que alguien me enfríe la calentura der chocho, jajaja.

- Pero si solo se la chupas al que llama, no creo que eso te quite la calentura.

- La chupo el día que no estoy gorrina, pero el día que lo estoy me hacen una buena montá.

- Y Carmen… también participa de esas visitas?

- Depende quien venga. A la Carmencita solo le gusta con un viuo, el Ramiro, y con el cura, aunque a veces también se la chupa al señor arcarde pa que nos trate bien.

- Supongo que sabes que Carmen ha estado una vez en una de las fiestas que da la condesa.

- Claro que lo sé, pero a esas fiestas vié gente mu fina y ella es tan burra que no la ha vuelto a invitá.

- Y sabes lo que hacen en esas fiestas?

- Me lo a contao. Comer, beber, bailar y follar, jajaja.

Tenía la mente colapsada. Le hacía preguntas y me respondía con una naturalidad que me asombraba. Estaba claro que para ella lo de follar era como comer o beber, un pasatiempo, o una necesidad más del cuerpo.

- Entonces no te importa que a Carmen la inviten a otras fiestas. – casi afirmé.

- Pa eso quié ella que la enseñe, pa podé está con esa gente finolis, jajaja.

- Y a ti, te gustaría ir a alguna?

- Pos claro, pero a mí no me invita po que soy mu mayor.

- Nada de eso Josefa, todavía eres joven y estás muy bien. Tan solo necesitas un vestido elegante y maquillarte un poco. No hablas correctamente, pero sé que es por costumbre. Seguro que si te empeñas podrías hablar mejor. Ahora me voy a ver a Carmen, que es a lo que había venido. – dije sonriendo y me subí por las escaleras como si estuviese en mi casa.

Cuando llegué a su habitación tenía la puerta abierta. Me asomé y estaba espatarrada, sobre la única silla que había, leyendo un libro.

- Hola Carmen.

- Hola señor maestro.

- Ya veo que estas leyendo. Eso está muy bien.

- Es que quiero hablar bien para poder estar con esa gente fina.

- Lo sé, y yo te ayudaré si es eso lo que quieres.

- Claro que quiero. La vez que estuve me lo pasé muy bien.

Me quedé mirando su sensual cuerpo en esa postura desgarbada que había adoptado. Pensé que sería más difícil hacer que fuera sexy a que hablara bien. Lo de hablar me había dejado alucinado, pues en apenas unas horas de lectura ya no cometía incorrecciones, pero lo de sus posturas sería más difícil de corregir.

- No te preocupes, seguro que la condesa te invita de nuevo.

- Usté cree?

- No lo creo, estoy seguro.

Su sonrisa se amplió al oír mis palabras. Se levantó de la silla y exclamó con entusiasmo.

- Pues dígame lo que tengo que hacer.

Volví a admirar su sensualidad, y se me ocurrió enseñarle videos de modelos paseando y otros de erotismo y porno. Desde que llegué al pueblo no había tocado el portátil, y era la ocasión precisa para hacerlo.

- Mañana me traigo el ordenador y te muestro como debes andar y moverte.

- Que bien! Y hoy que hacemos?

- Puedes continuar leyendo. Ya he visto que has avanzado mucho en el lenguaje.

Se me quedó mirando con un gesto raro en su cara.

- Leyendo? Y no vamos a follar?

Yo estaba salido, pero esa chica parecía insaciable. Me acaba de correr en la boca de su madre y en ese momento mis apetencias habían bajado mucho. Decidí utilizar ese escudo sin cortarme, ya que ella tampoco lo hacía.

- Es que me la acaba de chupar tu madre y me he quedado sin leche.

- Es que solo aguanta una corrida? Pues vaya! Pensaba que aguantaba tres o cuatro.

Casi se me escapo una carcajada, pero la pude controlar.

- Bueno, tres o cuatro aguanto, pero no seguidas.

- Pues en la fiesta de la condesa eran tíos mayores que tú y se corrieron varias veces seguidas, vamos, que los rabos no se les bajaban ni a palos, jajaja.

Esta vez si que me reí descaradamente, era imposible no hacerlo. Pensé en explicarle que seguramente se habían tomado una viagra, pero no la quise liar. La convencí para que siguiese leyendo en alto delante de mí, y así estuvimos hasta que se puso el sol. Tenía planes para esa noche.

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