Xtories

El nuevo maestro del pueblo (10)

No es solo un trabajo de enseñanza; es una misión de placer. Mientras el pueblo cree que llega un educador, él llega para corromper a las madres más reservadas, guiado por una condesa que lo observa todo desde las sombras.

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Merienda y cena

Me retiré de encima de ella y me dispuse a vestirme.

- Y se va a ir sin chorreá? – me preguntó extrañada.

- Si, no pasa nada. Otro día… - iba a hablar como ella, pero lo evité – me correré. Esa es otra palabra que tienes que corregir, di correrse en vez de chorrear que no suena bien.

- Si quié, pué chorreá… correse con mi madre. – dijo corrigiendo la palabra - Cuando vea la verga que tié se va a volvé loca, jajaja.

- Quizás otro día, ahora me tengo que ir. – conteste intentando no reírme. – Pero prométeme que empezaras a hablar mejor. Cógete un libro y practica leyendo.

- Va a volvé otro día a enseñáme más?

- Claro. Quiero hacer de ti una señorita distinguida para que seas la admiración del pueblo.

- Peo también follaremos, noo?

- Jajaja – ya no pude disimular la risa – Por supuesto que follaremos. Eso no me lo perdería.

- Pero tendrá que follar también con mi madre pa que no se enfade.

- Ya hablaré con ella sobre eso.

Me vestí y salí de la habitación. Josefa estaba en el salón, sentada tomándose algo, y giro la cabeza para sonreírme al verme bajar.

- Que tal la muchacha? Cree que la podrá hacer cambiar?

- Es una chica lista. Creo que puede aprender, y rápido.

- Y de lo otro, qué tal? – preguntó sin cortarse – Le parece guapa?

- Es guapa, pero debería arreglarse el pelo y maquillarse un poco. Estaría mucho más guapa.

- Entonces… la gustáo?

Se había levantado y estábamos de pies frente a frente a un metro de distancia. Su pregunta era demasiado directa para poder evitarla, pero no sabía que contestar. Ya dudaba si me preguntaba por su físico, o por cómo follaba. Mis segundos de duda hicieron que Josefa volviese a preguntar, pero ahora de una forma mucho más directa.

- La ha visto desnúa con esa ropa tan bonita?

Creo que me puse algo colorado y contesté balbuceando.

- La verdad… es que… le queda muy bien.

- El señó cura dice que se la ponga más amenúo, pero no le hace caso. A ver si a usté le hace más caso.

Yo seguía colorado, aunque después de lo que me había contado Carmen de su madre no me debería haber sorprendido por esas preguntas. A las dos las iba la marcha y además compartían tíos, como el cura, Ramiro y el alcalde. Como seguía sin contestar lo que ella quería saber, ya fue totalmente directa.

- Pero la gustáo en la cama?

Aquello si que hizo que las mejillas me ardiesen y necesité unos largos segundos para poder contestar. Mis pensamientos volaron a gran velocidad intentando buscar respuestas adecuadas, aunque ante esa mujer no sabía cuáles podrían ser las adecuadas. Era tan directa y concisa que decidí emplear frases claras y concisas.

- Me ha dicho que se lo ha pasado mejor que con el cura, el alcalde y Ramiro, y a mí también me ha gustado mucho.

- A ella ya la e oío, jajaja, pero a usté no, por eso le preguntaba.

- Nos ha estado oyendo? – Pregunté algo fascinado.

- Y viendo, jajaja. Y me he puesto muy gorrinilla.

Joder con la jodida Josefa, no se cortaba ni un poco. Al final perdí la parte de vergüenza que apenas me quedaba y la solté una gorda.

- Y seguro que se ha estado metiendo el rabo de goma!

- Jajaja, pos claro, aunque me gustan más los de carne.

Nos reímos los dos a la vez, pero no quise seguir. Me despedí dándole un par de besos en las mejillas y prometiendo que volvería. Pensé en pasarme por la iglesia antes de ir a casa de Candela, la única madre que me faltaba por visitar. Suponía que el cura me podría dar información sobre ella para saber a qué atenerme. Y eran las seis de la tarde, y me quedaba media hora libre.

Cuando entré a la iglesia no había nadie, el silencio era absoluto y mis pasos se hicieron ligeramente sonoros. Caminé lentamente por uno de los laterales intentando no romper ese silencio. Al llegar al altar, subí los escalones y pasé a la sacristía. La puerta de la oficina del cura estaba cerrada. Me acerqué y comencé a oír sonidos. Puse la oreja en la puerta de antigua madera y escuché.

- Es que le hago todo lo que me ha enseñado y sigue sin estar contento.

- Y qué le haces?

- Pues me pongo la ropa interior que usted me aconsejó y me muevo su alrededor. Al principio bien, me toquetea las tetas y me da unas palmadas en el culo. Después me dice que me arrodillé y se la chupe, pero después me dice que no sé hacerlo y ya no quiere más.

- Has practicado con el rabo de silicona que te compré?

- Si, y es mi único consuelo, pero no es igual que la carne.

- Pero te lo metes entero en la boca?

- Eso todavía no se me da bien.

- Pues tienes que practicar hasta que se te de bien y te sea fácil. Eso le gustará a Pedro.

- Lo único que parece que le guste es darme azotes en el culo.

- Y eso te gusta a ti?

- Si, me calienta, pero después me deja así de caliente y tengo que acabar con el rabo de goma. Hoy, después de comer, me lo ha hecho, y ahora estoy más caliente que una estufa.

- Entonces, has venido por eso?

- Usted siempre me consuela, padre.

- Vale, vale. Pues quítate la ropa para ver esa ropa interior que te has comprado.

Me agaché y puse el ojo en agujero por donde entraba la llave de la gruesa y antigua cerradura. Podía ver casi todo el despacho, y vi cómo una señora, más bien bajita, se sacaba un oscuro vestido por la cabeza. Por lo poco que había oído supuse que era la mujer del alcalde. Estaba rellenita, y la ropa interior apenas podía tapar la carne. Una carne blanca que debía de haber visto poco el sol. El pequeño sujetador apenas sujetaba, valga la redundancia, sus grandes tetas, y las braguitas a juego cubrían escasamente la carne de su grueso culo. Algo de barriguita se descolgaba por encima de las bragas dándole un aspecto diferente a las mujeres que había conocido hasta ahora. Diría que era una seducción morbosa.

- Pues te queda muy bien está ropa, muy seductora. Creo que Pedro es un poco tonto por no apreciarlo

- Es que llevamos muchos años casados, y a lo mejor es eso.

- Puede ser que a él le apetezcan otras mujeres. Supongo que a ti también te apetecen otros hombres.

- Me da vergüenza reconocerlo, pero lleva razón.

- Dime, de todo lo que te he enseñado, qué es lo que más te gusta?

- Uy, pues… que me dé por detrás, jijiji.

- Tienes un culo muy hermoso, y eso debería de valorarlo Pedro. – dijo el cura dándole unos buenos apretones para acabar con un par de azotes.

- Si le gusta, pero siempre quiere lo mismo, que se la chupe.

- Bueno, pues vamos a practicar un poco y después te quito la calentura. Siéntate.

La mujer se sentó y el cura se sacó el miembro en estado morcilloso. Se la meneó un poco y la acercó hasta la boca semiabierta de la mujer.

- Vamos Demetria, hazlo con ganas.

Demetria agarró la polla y se llevó el capullo a la boca para empezar a chuparlo. Sus labios, pintados de un rojo intenso, comenzaron a moverse y la polla del cura cogió consistencia al momento. Colocó las manos bajo las carnosas tetas y comenzó a amasarlas.

- Vamos Deme, tienes que avanzar hasta tragártela entera. – exigió el cura con suavidad en su voz.

- La mujer comenzó a avanzar con sus gruesos labios por el tronco y puse distinguir como le venía alguna arcada.

- Vamos aguanta, que lo vas a conseguir.

Pasó un largo minuto chupando el tieso rabo hasta que el cura exclamó.

- Dios, lo has conseguido Deme!

Le puso las manos en la cabeza y comenzó a mover la pelvis dándole pollazos en la boca.

- Ufff, tienes una boca deliciosa Deme. Si le haces esto a Pedro lo tendrás comiendo de tu mano.

Unos pollazos más en la boca y Deme se la tuvo que sacar para respirar. Sonrió contenta a la vez que cogía aire. El cura también se dio por satisfecho y no insistió más.

- Ahora levántate y póstrate sobre la mesa que te voy a quitar la calentura.

- Pero dígame esas cosas que me gustan, padre. – pidió Deme mientras se colocaba.

Sus tetas se esparramaron sobre la madera al igual que su tripa al postrar el torso sobre ella. El culo, totalmente en pompa era una estampa preciosa. El cura la bajó las bragas y sin preámbulos le apretó la polla contra los carnosos labios vaginales que sobresalían bajo su culazo en esa posición. A través de la cerradura pude ver en sus ojos lo salido que estaba, bastante más que yo y eso que era más mayor. Viendo esa escena pensé en cuántas mujeres del pueblo se follaría, y cuántas pasarían por esa oficina diariamente.

Le dio un buen empujón y le clavó la polla hasta el fondo.

- Te gusta putita?

- Ohhhg! Ohhhg!

El sonido que salió de la boca de Deme fue como el gruñido de un cerdo, y el cura comenzó a embestirla sin contemplaciones. Sus comentarios me sorprendieron, pero debía de ser lo que a ella le gustaba.

- Eres la más zorra del pueblo, y te voy a reventar! – continuó el cura a la vez que la daba unos pollazos tremendos.

- Ohhhg! Ohhhg! – seguía ella emitiendo esos sonidos guturales.

- Te encanta una buena polla verdad, puta! – no paraba el cura con los comentarios.

Me retiré de la puerta y me fui, no quise seguir viendo más. Ya no me iba a dar tiempo a hablar con él antes de ver a Candela.

Eran las siete de la tarde y el sol se estaba poniendo tras las montañas cuando llegué a la puerta de su casa. Llamé y me abrió con una sonrisa agradable.

- Pensaba que ya no vendría.

- Pues aquí estoy, como prometí.

- Pasé, pasé.

- Por favor Candela, no me trates de usted que me siento mal.

- De acuerdo… Roberto.

- Todo el mundo me llama Rober.

- Muy bien Rober, pasa y nos sentamos en el salón. He preparado unas aceitunas y unas anchoas para picar.

- Estupendo! Así entrará mejor la cerveza.

Llevaba unas mallas que se ajustaban a sus estupendas piernas como un guante, incluso no pude evitar mirar al centro de sus muslos donde se marcaban levemente los labios vaginales. Una camiseta ajustada, sin apenas escote, cubría su torso marcando unas bonitas y redondas tetas. Era la más guapa de las tres madres, y también la menos exuberante. Supuse que sería una merienda tranquila con charla y poco más. Su único niño de cinco años correteaba por el salón con un avión de juguete en la mano.

- Vamos cariño, saluda al maestro y vete a jugar a tu habitación.

El muchachillo me entendió la mano y después de que se la chocará se subió por las escaleras.

- Qué tal con Rosa y Eva?

- Bien, hemos congeniado pronto.

- Lo supongo, son muy abiertas, más que yo. – sonrió con timidez.

- Todos somos diferentes, lo importante es aceptarnos como somos.

- Pero a mí me gustaría ser como ellas, más abierta y con menos vergüenza.

- Seguro que tienes otros valores.

Se quedó algo pensativa antes de contestar.

- Pero esos valores no me sirven para pasármelo bien.

- A qué llamas pasarlo bien?

- Bueno… ya sabes. Seguro que ellas han flirteado contigo y os habéis reído, y yo no me atrevo. Paso mucho tiempo sola y mi marido siempre llega cansado o bebido, y cada día me aburro más.

No sabía lo que podría saber de la condesa y sus fiestas, pero estaba claro que no era de las que participaban.

- No te juntas con ellas, o con otra gente del pueblo?

- Si, pero soy como la oveja negra, cuando hay algo especial a mí no me invitan.

- Lo dices por la condesa?

- Esa es una de las cosas. A veces hace excursiones de uno o dos días y nunca me ha invitado.

- Y sabes por qué?

- No cuentan nada, tan solo que son divertidas, pero creo que el sexo tiene algo que ver. Ellas son más abiertas a esas cosas, de hecho, hasta cuando hablan de ello yo me pongo colorada.

No sabía que decirla. Con las otras, las meriendas habían sido una excusa para follar, con Candela me sonaba más a una charla sicológica.

- Y por qué te pones colorada cuando hablan de sexo?

- Soy la más joven, y nunca he salido del pueblo. Me casé cuando tenía veinte años, aunque tengo que reconocer que no estaba enamorada, tan solo lo hice porque era lo normal. Sebastián es un buen hombre, pero tiene diez años más que yo, y entre trabajar y beber, lo del sexo ha quedado un poco apartado. Tampoco es que al principio fuera gran cosa, pero ahora ya es casi nulo. Bueno, que me enrollo, lo que quería decirte es que mi experiencia en ese tema es muy escasa, creo que por eso me pongo colorada.

Después de ese pedazo de charla me dejó la palabra. No sé qué esperaba de mí, pero lo tenía que averiguar.

- Siempre están los libros, y ahora internet para hacer preguntas y obtener respuestas. Deberías leer sobre el tema para enterarte de todas estas cosas. El tener información te da confianza.

- He leído algo, pero no todo lo que se escribe es verdad. Tú eres un chico joven que has vivido en una gran ciudad, seguro que has tenido experiencias y que sabes mucho de esto. – replicó con una tímida sonrisa.

Esta vez el que se puso algo colorado fui yo.

- No querrás que te cuente mis experiencias? – pregunté sorprendido.

- Seguro que has salido con unas cuantas chicas y has hecho muchas cosas con ellas. Me vendría bien saber qué cosas hacen las parejas modernas, pues lo que hacemos Sebas y yo siempre es lo mismo y muy simple.

Otra vez que volvía a alucinar. Pretendía que le explicara cómo follaba, o de qué manera, con las tías con las que había estado. Resultaba que Carmen, la bruta del pueblo estaba más puesta en el sexo que Candela, la que parecía más culta de las tres madres. En su cara pude ver que esperaba expectante que le contara mis experiencias, y de momento el más colorado era yo. “Por dónde empiezo para que no se asuste?”, me pregunté a mí mismo.

Di un trago a la cerveza y me comí un par de aceitunas mientras ordenaba las ideas. Ella parecía tranquila y esperó sin meterme prisa.

- Has visto algún video en internet?

- Una vez me metí en una página en la que salían haciéndolo, pero no me podía creer que eso fuera verdad, ni que eso lo hiciesen las parejas normales.

- Y que es lo que no te pareció real?

- Pues… los miembros de los hombres eran muy grandes, y lo que practicaban con las mujeres… todas esas cosas que las hacían… no sé…

- Casi todo suele ser real, aunque son actores y actrices. Y los miembros de ese tamaño son reales, y a los actores los escogen precisamente por tener los miembros de esos tamaños. Y aunque hay parejas como Sebas y tú, también hay otra que realizan esas cosas. Pero me gustaría saber una cosa si estas dispuesta a decirme la verdad.

- Que cosa?

- Pero estas dispuesta a responderme con sinceridad?

- No sé, lo intentaré.

- Te excitaste viendo esas escenas.

Tardó unos segundos en contestar a la vez que enrojecía de nuevo.

- La verdad es que… sí. – contestó totalmente ruborizada.

- Eso es importante para seguir hablando. Bueno, cuando he practicado sexo unas veces me ha ido mejor y otras peor, siempre depende de la compenetración que tengas con tu pareja.

- Pero has hecho… todo eso?

- Diría que casi todo, aunque no sé exactamente lo que has visto.

- Si quieres… te lo pongo para que lo veas. – me sorprendió de nuevo.

- Entonces… lo has visto más de una vez. – afirmé al ver que me había engañado, pues tenía perfectamente claro como entrar de nuevo.

- Bueno sí, es que… me sorprendió tanto que lo he visto más veces.

- Eso me parece bien, pero no me engañes. Antes te dije que tenías que ser sincera para que pudiésemos hablar. Si los dos mentimos está conversación no servirá para nada. – dije con seriedad.

- Vale, vale, no te enfades, lo he visto varias veces.

- No me enfado, pero esto es un tema serio y si me mientes no te podré ayudar, porque entiendo… que me estás pidiendo ayuda, noo?

Agachó la cabeza con ciertos signos de tristeza y dejé que pensara lo que iba a decir sin presionarla. Fueron largos segundos, por lo menos a mí se me hizo largo hasta que contestó.

- No puedo hablar con nadie del pueblo de esto por temor a que mi marido se entere, ni siquiera con las otras madres porque temo que se lo acaben contando a alguien y al final se entere más gente, incluido mi marido como ya te he dicho.

- Conmigo puedes hablar sin ningún temor. Seré como tú confesor.

- Si, porque ni al cura le confieso estas cosas. Desde que llegó al pueblo comenzaron rumores de deslices con algunas mujeres, aunque solo son rumores.

- Ya me he dado cuenta de que en este pueblo hay muchos rumores, pero al final nadie sabe nada de cierto, o no lo quieren saber.

Debía de ser la única que no le confesaba al cura sus andanzas sexuales. Otro corto silencio hasta que se levantó para coger un ordenador portátil que había sobre una mesa. Lo trajo hasta el sofá donde yo estaba sentado y se sentó a mi lado a la vez que lo abría sobre la mesa pequeña retirando las bebidas hacia un lado. Mientras lo ponía en marcha y accedía a la web comentó.

- Esto lo puedo hacer porque Sebas no sabe nada de ordenadores y jamás lo toca.

Entró en una página de videos porno y abrió uno de ellos. Salía una tía chupándosela a un tío que tenía un rabo de buen tamaño, como casi todos los rabos que salen en estos videos. Dejé que avanzase el video mientras los dos lo mirábamos sin hablar. La trama iba de que el tío era el novio de la madre, y cuando ella no estaba se lo montaba con la hija. Las frases eran muy típicas, “La chupas mejor que tu madre, puta”, “Venga, trágatela entera y sácame la leche”, “Después te reventaré a pollazos ese culito tan mono que tienes”.

- Te excita ver esto? - pregunté después de un par de minutos de visualización.

- La verdad es que sí. – contestó ya menos cortada.

- Pero… sabrías decirme que es lo que te excita de la escena? No quiero que contestes rápido, piénsalo bien primero.

Otro largo silencio mientras pensaba mirando como avanzaba el video.

- Pues el acto en sí, y también que lo hagan a escondidas de la madre.

Acababa de descubrir dos cosas en su corta respuesta, que la excitaba ver como se comían una buena polla y el morbo que la creaba al ver que lo hacían a escondidas.

- Has hecho eso alguna vez?

- Solo he estado con mi marido, y Sebas es muy tradicional. Nunca me ha pedido que se la chupase.

- A ti te gustaría hacérselo?

- Me gustaría probar, pero no me atrevo a proponérselo. Tiene una mente tan antigua y podría pensar que soy una puta.

- Te has imaginado alguna vez – le expuse con cautela – haciéndoselo a alguien que no fuese tu marido?

Quizás era una pregunta demasiado comprometida, pero tenía que avanzar. La merienda había sido una excusa para confesarse sobre sus deseos sexuales ya que hasta ahora no había encontrado a nadie en el pueblo que le pareciese adecuado, y ahora tenía que saber qué es lo que quería, sin tan solo hablar, o más bien despegar en ese campo, por llamarlo de alguna manera.

Después de otros segundos de reflexión contestó, pero sorprendiéndome de nuevo.

- Me sinceraré del todo. He visto muchos videos en los que hacían diferentes cosas, y en cada uno de ellos me he imaginado que era yo la que hacía, o me dejaba hacer esas cosas.

Por su cara al acabar la frase me dio la impresión de que se acababa de quitar un peso de encima, algo que aplastaba su mente como una losa de mármol. No obstante, decidí seguir con cautela para no asustarla.

- Parece que vamos avanzando. – sonreí mirándola y me devolvió una tímida sonrisa – Por lo que me estás diciendo, entiendo que te gusta o, dicho de otra manera, que te excita todo o casi todo lo que has visto.

Asintió con la cabeza con la misma sonrisa medio escondida y continué.

- Y supongo, y no te ofendas por lo que te voy a decir porque tan solo es una suposición y me puedo equivocar, que en algún momento has pensado llevar esa imaginación a la realidad.

- No me ofendes, estamos hablando y necesito contarle a alguien lo que siento, y tú me has dado mucha confianza para abrirte mis pensamientos. Y sí, lo he pensado más de una vez, pero aquí no hay nadie que merezca la pena para llegar a eso. Unos porque son mayores, y los que son más jóvenes son un poco palurdos, además, no me fio de nadie.

Casi me había dejado claro que deseaba probar esas cosas y para ello había pensado en mí.

- Entonces, estás decidida a probar con alguien que no sea tu marido? – insistí antes de entrar para que no quedase ninguna duda.

- Totalmente decidida – contesto ya refiriéndose explícitamente a mi – Pero es crucial de que no se entere nadie.

La miré de nuevo dando un repaso a todo su estupendo cuerpo, sus bucles pelirrojos que parecían llamas en movimiento, su fina nariz y labios sensuales y carnosos, unas tetas deliciosas de una talla noventa, y la forma perfecta de sus piernas marcadas por las mallas.

- Por mí no se enterará nadie, absolutamente nadie – recalqué – pero si me ven entrar a tu casa puede haber rumores.

- Puedes venir a partir de las nueve y media de la noche. A esas horas ya no hay nadie por la calle y si entras por la parte de atrás no se enterará nadie.

- Pero… y tu marido?

- Se acuesta pronto pues le gusta madrugar, y como prácticamente siempre viene con unos cuantos vinos en el cuerpo duerme profundamente.

- No crees que eso es peligroso? – repliqué algo asustado.

- Llevo años oyendo como ronca, no despertaría ni aunque le pasase un camión por encima. Hay una habitación aquí abajo, y a veces me bajo a dormir para no oírle. En esa habitación estaremos seguros.

En ese momento me sonó el móvil.

- Perdona, es la condesa y tengo que contestar. Como sabes es la que me paga para que vuestros hijos tengan maestro en el pueblo.

- Dígame Genoveva.

- Tienes que venir a cenar esta noche.

- Otra vez?

- Las noticias vuelan y tengo otra visita.

“Otra puta vieja que quiere marcha!”, exclamé en mi cerebro al oírla. Pero ya sabía que no me podía negar, el tema era cuantas viejas zorras habría. En ese mismo momento pensé que el sueldo era escaso si tenía que atender a muchas.

- De acuerdo Genoveva, pero tenemos que hablar de estas cenas.

- Hablaremos lo que quieras, pero procura estar aquí a las nueve. – respondió con autoridad.

- Allí estaré.

Eran las ocho y me tenía que ir a ponerme el flamante traje que me había regalado la condesa.

- Me tengo que ir, pero podemos seguir hablando en otro momento, o por whats app.

- Si, además, Sebas estará al llegar. – añadió ella – Puedes escribirme a cualquier hora, me suelo acostar muy tarde.

- Lo tendré en cuenta.

Nos despedimos con sendos besos en las mejillas y me fui a casa. Ya era totalmente de noche y no se veía a nadie por la calle y eso me alegró. Los pocos que estuvieran fuera de casa debían de estar en el bar. Llegué a casa y evité la conversación con Adela diciéndole que tenía que estar en casa de la condesa puntual para cenar.

Cuando llegué me abrió Elena, como se costumbre. Volví a pensar si esa mujer tendría algún horario de trabajo. Llevaba el mismo vestido de sirvienta retro, aunque era el normal, no el corto y seductor.

- Espere aquí – me dijo llevándome a la sala de espera – Ahora vendrá la condesa.

Me senté a esperar, pero no fue mucho, al momento apareció Genoveva.

- Que tal te va, Roberto?

- No me puedo quejar.

- Ya sé que has conocido a Carmen, y también que has merendado con Candela.

“Cómo cojones se podía enterar de todo?”, saltó en mi cabeza

- Que pasa, que tiene espías por todo el pueblo?

- Digamos que me gusta estar enterada de lo que ocurre, es vital para mis intereses

- Si claro, lo que veo es que este puto pueblo está lleno de chivatos.

- No son chivatos, de hecho la mayoría ni se entera de lo que pasa. Para tu tranquilidad te diré que ha sido fácil saber lo que has hecho. Hablé con don Ramón y le pregunté que donde estabas. Sabe que no debe mentirme, y me dijo que te había llevado a casa de Carmen. Por otra parte, sabía que ya habías conocido a Eva y Rosa, por lo que esta tarde le tocaba a Candela. Me equivoco?

- No se equivoca. Veo que se le da bien deducir.

- Bueno, vamos a lo que interesa. Hoy ha venido Teresa, amiga de Patricia del congreso. Aunque son de partidos opuestos tienen intereses comunes y se llevan muy bien. Por supuesto, Patri le ha contado su encuentro contigo y le ha faltado tiempo para venir a conocerte.

- Supongo que también tendrá unos cuantos años.

- Cincuenta y nueve para ser exactos, pero se conserva muy bien, a base de operaciones claro, pero eso no importa. Lo que importa es que le tienes que gustar, y si quiere algo se amable, educado y galante para concederle lo que te pida.

- Antes de firmar el contrato no me contó ciertas cosas.

- Te dije de qué iba el tema.

- Si, pero no me dijo a cuántas viejas me tendría que follar.

- Pensé que no te importaba follar con señoras de cierta edad.

- Depende. De cuántas hablamos?

- Ya lo iras viendo, son contactos femeninos y masculinos, y ambos dependen en parte de ti.

- Cómo que ambos? No me pienso follar a ningún tío.

- Tampoco te lo pediría, jajaja, pero tienes que convencer a algunas mujeres para que lo hagan.

- Esto no está pagado.

- Por eso no te preocupes, te daré un jugoso extra si consigues los objetivos.

- Y cuáles son esos objetivos.

- Te lo contaré después. Ahora vamos a cenar que Teresa está deseosa de conocerte.

Llegamos al Salón donde habíamos cenado la noche anterior y allí estaban el conde y la tal Teresa sentados. Ella se levantó con una amplia sonrisa y mirada escrutadora, y Genoveva nos presentó. La verdad es que de tipo estaba bien, y también de cara, aunque debía de tener varios retoques como me había dicho la condesa. La cena fue tranquila y cordial, hasta que el conde se quejó. Llegó Elena y entre ella y la condesa se lo llevaron a su habitación. Era el primer momento en el que nos quedábamos solos Teresa y yo, y no tardó en lanzarse.

- Me ha hablado Patri muy bien de ti.

- Bueno, fue una velada entretenida.

- Según me ha contado fue algo más que entretenida, jajaja. – me mostro su dentadura perfecta y sus gruesos labios muy bien operados.

Llevaba un vestido oscuro ajustado, con un estupendo escote mostrando una gran parte de sus tetas siliconadas. Estaba claro que eran operadas por lo elevadas que las lucía.

- La verdad es que nos divertimos bastante. – contesté sin querer entrar en detalles, pero ella continuó con las insinuaciones.

- Espero que hoy sea igual de divertido conmigo.

- Depende a lo que le guste jugar.

- Me gusta jugar a lo mismo.

- Pues entonces seguro que nos divertimos.

- Eso espero después de haber hecho el viaje relámpago hasta aquí.

Volvieron la condesa y Elena y ésta comenzó a recoger los platos. Cuando Elena pasó al lado de Teresa la agarró de la pierna sin cortarse. Me dio la impresión que le metía la mano bajo el vestido cuando Elena se inclinó. Le susurro algo relativamente largo al oído y la soltó para que siguiese con la tarea. Cuando acabó de recoger y se fue, Teresa se levantó ajustándose el vestido.

- Voy a ponerme cómoda. Después nos veremos. – comentó Teresa antes de irse.

Me quedé mirando a la condesa sin entender exactamente lo que pasaba. Ella me sonrió y me pidió que la acompañase a la pequeña sala donde habíamos follado la primera vez. Sirvió un par de vasos del estupendo whisky añejo que tenía y nos sentamos. Genoveva cruzó sus estupendas piernas mostrándome gran parte de sus muslos y comenzó a hablar.

- Que te ha parecido Teresa?

- Como has dicho, se conserva bastante bien.

- Teresa no es exactamente como Patricia, a ella le gustan ambas cosas.

- A qué te refieres?

- A que le gustan los hombres, pero también las mujeres. Ahora está dándose un buen calentón con Elena antes de comenzar la fiesta contigo.

La condesa puso en marcha la pantalla y apareció la entrada de la casa. Comenzó a pasar con el mando por diferentes estancias hasta que apareció la sala donde estaban Teresa y Elena. Ya estaban las dos en ropa interior, sujetador y ligueros, pero sin bragas. Elena lucía su alfombrado coño de vello oscuro y rizado, y Teresa se pasaba los dedos por unos abultados labios vaginales, seguro que operados.

Estaban de pies, y Teresa se colocó contra la espalda de Elena pasando una mano sobre las tetas y la otra por el coño.

- Te gusta que te toque?

- Si, señora.

- Te voy a poner muy caliente para que después me hagas una buena mamada de culo y de coño. Quiero que me dejes bien preparada.

Elena comenzó a gemir al sentir como los dedos de Teresa se insertaban en su coño.

- Me gusta lo ardiente que eres, zorra! – exclamó Teresa con fiereza.

Los dos observábamos la pantalla sin hablar, hasta que la condesa dijo.

- Esto no te lo muestro para tu deleite, tan solo es para que veas cómo es Teresa, y sepas cómo tratarla.

- A Patricia supe cómo tratarla sin que me mostrase nada.

- Tuviste suerte, aunque no conocía esa faceta suya, pero no quiero que improvises y lo jodas. Hasta ahora vas muy bien y quiero que sigas así.

Teresa provocó que Elena se corriera, y se sentó en un sofá abiertas de piernas con medio culo fuera. Su culo parecía también levantado y con una redondez casi perfecta, supuse que sería una operación más de su cuerpo. Elena se arrodillo entre las piernas levantadas y comenzó a lamer como una perra sedienta. Subía con la lengua hasta el coño depilado, y volvía a bajar para metérsela en el culo.

- Dios, que bien lo haces zorra. Tendría que tener una sirvienta como tú en mi casa, que gozada sería sentir estos lametazos a diario, ahhh!

Elena siguió lamiendo y chupando un buen rato hasta que Teresa le dio un grito para que parase.

- Es tu turno. – me dijo en ese momento la condesa – Desnúdate en la sala de al lado y entra solo con los calzoncillos.

Me llevó hasta la sala de al lado y me dejó solo para que me desnudase. Otra vez que el puto tanga ridículo. Entre sin llamar, como me había dicho, y en ese momento Elena estaba comiéndole las tetas a teresa que gruñía como un animal. Las dos me miraron, y me sentí más ridículo aún. Tenía la polla morcillona, pero ya daba indicios de enderezarse abultando la bolsa que formaba el tanga.

Como si estuviese todo planeado, Elena se incorporó y fue hasta mi para agarrarme de la mano y llevarme frente a Teresa, que seguía espatarrada sobre el sofá. Ya tan cerca, y completamente desnuda, tan solo con el liguero, me di cuenta del buen trabajo que había hecho el cirujano plástico. Las tetas eran imponentes, y los pezones parecían dos pitones apuntándome. Ella se tocaba el coño, ya algo mojado, pasándose los dedos entre la impresionante raja que formaban los gruesos labios vaginales. Los muslos eran más gruesos y atractivos que los de Patricia, y eso reconfortó mi mente pues me esperaba dos palos.

Elena se colocó tras de mí, y comenzó a restregar sus tetas contra mi espalda, y su pelvis contra mi culo. A su vez metió las manos mor delante y comenzó a manosearme el bulto que se formaba bajo el ridículo tanga. Al momento mi polla y mis huevos se salían entre la tela con una erección total. Teresa abrió los ojos como si se fuesen a salir de las orbitas cuando Elena saco la polla fuera de la tela mostrando la dureza y tirantez que había cogido. El tronco lucía más duro que una piedra, y las venas labraban sendos surcos entre la piel.

Elena comenzó a pajearme con lentitud con sus dedos rodeando la dureza, y Teresa se incorporó casi de un salto para comenzar a lamer el hinchado capullo. Sus lamidas eran arrolladoras, rodeando todo el capullo con una lengua larga y carnosa ávida de polla. Después de varias e impetuosas lamidas, paró para mirar la endurecida polla con fijeza.

- Joder, no me lo podía creer, pero es tal y como me la describió Patri! – exclamó escrutando cada centímetro de mi miembro.

Tan solo hizo falta un pequeño gesto de Teresa para que Elena se retirase. Cuando nos quedamos solos me atrajo hacia ella haciendo que me inclinara y me besó en los labios, algo que pensaba que no iba a suceder, pero sucedió. Con patricia no ubo besos, tan solo follar y follar, y pensaba que con teresa sería igual, pero un beso tras otro sobre mis labios hizo que nuestras lenguas se encontrasen. Con una mano agarrando mi polla fue haciendo que poco a poco me arrodillase entre sus piernas mientras nos fundíamos en desgarradores besos, casi violentos. Me sentí como un cervatillo en las fauces de una fiera leona.

Ya arrodillado, ella misma se introdujo el capullo entre los gruesos labios vaginales a la vez que esbozaba un leve gemido contra mis labios.

- Estoy ardiendo, pero quiero sentir como me la metes lentamente, pero sin parar hasta que entre toda. Un rabo como el tuyo no lo disfruto todos los días. – susurró contra mis labios

Su voz era profunda, gutural, como si saliera desde su estómago, he hice lo que me pidió, clavándosela lentamente hasta que mis huevos chocaron contra sus nalgas. Apretó los dientes, gimió, y se retorció el gesto de su cara durante esa lenta pero dura penetración. Pude sentir como mi capullo arrastraba la carne abriendo la vagina, una vagina que abrazaba mi polla como unas mallas abrazan una pierna.

Clavó las uñas en mis nalgas mientras todo su cuerpo se tensaba al sentir toda la polla dentro. Sentía como se apretaba contra mi cuerpo, pero comencé a mover la pelvis. Mi polla salió un poco para introducirse de nuevo, y sus gemidos se hicieron más guturales. Comencé a moverme con bombeos cortos y su cuerpo empezó a temblar. Al momento sentí como se corría. “Joder, pues si que estaba caliente!”, pensé sin parar de moverme. Con Patricia me había ido bien tomando la iniciativa, y decidí hacer lo mismo con Teresa. Continué bombeando aumentando algo el ritmo a la vez que susurré contra sus labios.

- Le gusta a la señora?

- Ahhhg! Aquí no soy una señora… ahhhg… soy una zorra y quiero que me trates como tal! – exclamó con furia entre gemidos.

Su frase desgarradora provocó un subidón de testosterona en mi cerebro.

- Muy bien putita, pues pienso follarte hasta que el semen te salga por las orejas! – exclamé contra su boca recordando la frase de Patri.

Aumenté el ritmo y los pollazos empezaron a ser tremendos. Mi rabo la atravesaba como un cuchillo bien afilado llenando su vagina a cada embestida. Todo su cuerpo se movía a cada empujón como el de una muñeca desmadejada. Sus gemidos se convirtieron en gritos, y sus uñas se clavaron con más fuerza en mis nalgas. Mas de dos minutos de fuertes embestidas provocaron que su cuerpo se retorciese como el de una serpiente hasta que se corrió de nuevo. Sus temblores y espasmos incontrolados desmadejaron aún más su cuerpo cuando estaba a punto de correrme, pero aguanté.

- Ahora te reventaré el culo, puta! – exclame algo desquiciado por la testosterona y la adrenalina.

- No… espera… - pidió con un hilo de voz mientras intentaba recuperar el aliento.

- Nada de esperas. Tengo el rabo a punto de estallar y quiero hacerlo en tu culo.

Saqué la polla empapada del coño, y la apunte algo más abajo buscando el amarronado agujero que había abierto Elena con su lengua. La misma maniobra, una penetración lenta, pero sin paradas. Gimió y gritó de nuevo, ya no sabía si era dolor o placer, pero me daba igual. Su culo apretaba mi polla más que su coño, pero conseguí metérsela hasta el fondo. La saqué casi por completo y volví a empujar con fuerza. Otro grito desgarrador lleno la habitación, pero eso no me impidió que comenzara a embestir como un toro enfurecido.

- Se que esto te encanta, puta! – jadeaba contra su boca desencajada.

Otro par de minutos de embestidas salvajes, acompañadas de gritos e improperios, y mi polla se desbordó dentro de su recto. La leche comenzó a salir en forma de sacudidas mientras jadeaba contra su boca sintiendo un placer brutal.

Cuando salió el ultimo residuo de semen pare exhausto, había sido un polvo bestial, algo que no me esperaba. Pude levantarme de entre sus piernas para sentarme en el sofá. Ella siguió inhalando aire durante el siguiente minuto, un aire que parecía insuficiente para serenar sus las sacudidas de sus pulmones.

- Eres un cabron, pero me ha gustado.

- A veces no se pueden parar los impulsos. – contesté a modo de disculpa.

- Anda, lárgate que necesito descansar.

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