El nuevo maestro del pueblo (9)
Llegó al pueblo pensando que era un empleo normal, pero la iglesia guardaba secretos que ninguna lección podría enseñarle. Don Ramón, el cura expulsado, le presentó a su primera 'alumna': una joven de cuerpo exuberante y mente virgen, atrapada en una telaraña de deseos prohibidos. Ahora, Roberto debe decidir si se limita a enseñar a leer o si se entrega a la carnalidad que el pueblo exige.
Carmen, la chica más joven del pueblo
Salí por donde había entrado, a hurtadillas, y me fui por otra calle que no conocía de camino a la plaza, todavía no quería volver a mi nuevo hogar. Cuando llegué a la plaza me quedé parado mirando al bar. No sabía si entrar o pasar de largo. La iglesia estaba al otro lado, y admiré su construcción antigua. Debía tener por lo menos cuatro siglos. Eran casi las doce del mediodía y comenzó a salir gente de ella, debía de acabar la misa. Casi todas mujeres, la mayoría ancianas vestidas de negro con caras tristes y apagadas. Me refugie entre los soportales que había enfrente, donde estaba el bar, y deje que saliese todo el mundo. Cuando ya parecía que habían salido todos me decidí a entrar.
Por dentro era más bonita que por fuera, con amplias columnas con capiteles estilo romano, bóvedas de crucería, y un retablo super cargado. Procuré que mis pasos no se oyesen, pues cualquier sonido se ampliaba en esa estancia grandiosa. Me quedé en la parte de atrás admirando la construcción y vi que todavía estaba el cura en el altar hablando con tres mujeres. A los pocos minutos salieron dos de ellas y me escondí entre las columnas para que no me viesen. Don Ramon y la mujer que quedaba desaparecieron por un lateral.
Me acerqué por un pasillo lateral hasta el altar y sibí los tres escalones que le daban acceso. Me asomé, y tan solo una puerta en uno de los lados era la única salida. Supuse que era por donde se habían ido el cura y la mujer. Me acerqué hasta la puerta y hoy hablar.
- Carmen, tienes que espabilar y echarte novio.
- Pero padre, apenas quedan hombres potables en er pueblo.
- Pues deberías de ir los fines de semana a Pinares. (el pueblo más cercano donde había mas población).
- Pero es que me da vergüenza ir sola.
- Pues que te acompañe tu madre.
- Ya sabe cómo es, si no sale de casa, y lo de ir a otro pueblo para ella es proibío.
- Y no has pensado en Luisón, el hijo de Adelina. Os conocéis desde pequeños, aunque es algo mayor que tú.
- Pero es mu burro, y la mayoría del tiempo está en Pinares.
- Es un poco corto, pero mejor para ti, así lo podrás manejar a tu gusto.
- Pero también es mu bruto y… no sabe las cosas que sabe usted.
- Es que ya has estado con él?
- Hace un par de meses no dimos uno revolcones, pero na!
- Cómo que na?
- Pues que se va mu rápio y apenas me entero.
- Joder, con lo joven que es, seguro que da para varias corridas.
- Pero me moja toa de leche y así no me sabe a na.
- Sabes que a mi no me importa haceros los favores que queráis, ni a ti ni a tu madre, pero tenéis que buscar otras opciones. No puedes venir a diario a que satisfaga tus necesidades.
- Pero padre, ahora no vengo tos los días, desde que compramos el aparato de goma vengo menos.
- Y entonces, a que has venido hoy?
- Pue a por un revolcón, no es iguá la goma que la carne.
- Joder Carmen, la gente se acabará dando cuenta.
- También bien otras, y nadie dice na.
- Vale, vale, no hay que hablar mal de nadie.
Estaba alucinando de nuevo, pero pensé que el cura necesitaba ayuda y di un par de toques en la puerta.
- Quién es?
- Soy el nuevo maestro.
- Anda, siéntate ahí y no digas nada. – oí que la susurraba.
Me abrió la puerta y me preguntó nervioso.
- Que quieres?
- Me dijo que teníamos que hablar, y he pensado que este era un buen momento. – contesté desviando los ojos hacia Carmen.
- Buff, venga pasa. Mira, te presento a Carmen, una buena feligresa. Carmen, este es el nuevo maestro del pueblo.
Carmen era la mujer más joven del pueblo que había visto hasta ahora, pero con una pinta bastante desastrosa. Pelo alborotado, cara sin maquillar y con un tono moreno adquirido seguramente por sus horas de trabajo al sol. No podía discriminar su figura dado el viejo ropaje que llevaba. Un jersey amplio lleno de bolas que caía como un saco sobre su cuerpo, y una falda vieja tableada que cubría hasta las rodillas. No obstante, parecían marcársele unas grandes tetas bajo el jersey, y la falda se extendía recogiendo un culo de buen tamaño. Su gran nariz la afeaba un poco, pero sus labios eran gruesos y sensuales a pesar de no adornarlos con carmín.
- Encantá señó maestro. – dijo con una gran sonrisa mostrando sus dientes algo amarillentos.
- Lo mismo digo Carmen, pero no me llames así, con Roberto, o Rober es suficiente.
El cura se nos quedó mirando saltando con la vista de uno a otro mientras parecía pensar algo, y eso estaba haciendo el muy cabron. En un instante me preparó una encerrona.
- Estoy pensando que podrías ayudar a Carmen.
- Cómo? – pregunté intentando adivinar lo que se le estaba pasando por la cabeza.
- Carmen tiene veinticuatro años, pero empezó a trabajar muy joven y dejó el colegio. Está algo limitada en escritura, y también podrías hacer que mejorará su forma de hablar.
- Pero Ramón, cómo va a ir a clase con los niños de seis años, seguro que se sentiría fatal.
- He pensado que podrías darle algunas clases en su casa. Josefa, su madre cocina muy bien y te podría pagar con unas buenas comidas. – me guiñó un ojo. – Que te parece, Carmen? – le preguntó a ella sin dejarme contestar.
A la muchacha se le iluminó la cara como si la luz saliera de dentro de su cuerpo
- A mí sí me gustaría! – exclamó sin dudarlo.
- Ramón, tenemos que hablar. – repliqué intentando parar aquello.
- Sal un momento Carmen, ahora te llamo. – le pidió el cura.
Cuando salió y cerró la puerta salté como una fiera.
- Que cojones pretendes?
- A ver, no te hagas el sorprendido, acabas de llegar, pero yo llevo aquí dos años y sé de qué va esto.
- Y de qué va según tú?
- Pues te lo puedo definir en dos palabras, sexo y favores.
Me quedé mirándole como si no le entendiera y continuó.
- La condesa te ha contratado como maestro, pero seguro que te paga una buena pasta, como a mí. Y eso por qué es?, pues sencillo, porque quiere otras cosas además de que les des clases a los niños, y no te hagas el sorprendido porque sé que lo sabes.
Le sonreí sin darle una respuesta, sabía que el muy cabron tenía todo claro y no le podría engañar.
- Vale, de acuerdo. Es verdad que la condesa me paga bien y me ha explicado lo que quiere de mí. También me ha contado el por qué te contrató a ti. – contesté con una sonrisa llena de sorna.
- Seguro que no te ha dicho que yo ya no soy cura.
- Que no eres cura?
- Me expulsaron por mis deslices y la condesa se enteró, y por eso me propuso que me viniese aquí.
- Pero si no eres cura, porqué das misas?
- Nadie lo sabe, y la condesa debe tener bien pillado a alguien en la Obispalía porque consiguió que no enviaran a nadie para traerme a mí. La Obispalía mira para otro lado y dejan que la condesa haga lo que le dé la gana. Por otra parte, ejerciendo de cura me entero de todo, pues a la gente le gusta acabar confesando a alguien sus pecados y también sus inquietudes, vamos, que soy como un espía para la condesa.
- Y… lo del sexo?
- Pues eso es fácil, a mí me gusta follar y aquí las mujeres follan poco. A la mayoría las he tenido que enseñar para beneficio de la condesa, para que pueda montar esas fiestas, que seguro que ya te habrás enterado de ellas, y de esa forma satisfacer la promiscuidad de tíos con altos cargos en la administración que no quieren ir con simples putas. La condesa les ofrece a estas mujeres con ganas de sexo a cambio de buenos favores que le hacen después.
- Y ellas que reciben a cambio?
- Pues ropa cara, un tipo de sexo que desconocían, algún viaje que les hace olvidar durante unos días la mierda de pueblo donde viven, cosas así.
- Joder, y cuantas hay que… estén metidas en el ajo?
- Unas cuantas de aquí, pero también otras de otros pequeños pueblos. El conde no es solo dueño de esto, sus posesiones se extienden por bastantes zonas de los alrededores.
- Y como consigue que esas mujeres sencillas y rurales accedan a practicar sexo en esas fiestas?
- Para eso me contrató a mí, para que indagara a ver quienes estaban dispuestas, y poco a poco las fuera creando ese deseo que desconocían. En el confesionario me acaban contando todo, incluido detalles que no les cuentan a sus maridos, y aunque parezca raro, la mayoría tienes unas ganas feroces de follar, cosa que sus cansados y bebidos maridos no las proporcionan. Otras simplemente no tienen marido, pero sus ganas de follar son iguales o mayores. Durante el tiempo que llevo aquí me he follado a unas cuantas mostrándoles los placeres del sexo, aunque también las he tenido que enseñar, y ahora supongo que te ha contratado a ti para las que yo no he podido engatusar. Tu eres más joven, un chico atractivo, y que seguramente se habrá informado de que se te dan bien las tías.
- Pero a mi… no me ha contado nada sobre eso.
- No tardará en hacerlo.
Mi mente no daba abasto a reciclar toda esa información. Ahora empezaba a entender por qué me había ofrecido tanto dinero. No solo era por mantener contentas a las madres y a alguna más, la cosa era más complicada.
- Y por qué me cuentas todo esto? La mayoría de la gente, por no decir todos, es muy reacia a hablar sobre la condesa.
- Míralo como el inicio de una amistad. Vamos a estar en el mismo barco y me gustaría que nos llevásemos bien y nos ayudemos mutuamente.
- Y como nos vamos a ayudar, si es que consideras que necesitamos ayuda.
- Pues no lo sé exactamente, pero me da la sensación que en algún momento necesitaremos el uno del otro. De momento yo no puedo hablar con nadie sobre esto, y mara mí es un alivio poder contártelo. Seguro que yo te podré informar de cosas que no sepas y tu podrás hacer lo mismo conmigo. Unas cervezas de vez en cuando y podernos desahogarnos contándonos lo que pasa creo que será una buena terapia. Que te ha pedido hasta ahora la condesa? – preguntó sin dejarme pensar en su propuesta.
- Pues que tengo que mantener a las madres contentas y… bueno… también me he tenido que follar a una diputada mayorcita que ha venido de la capital.
- Ves, ese es uno de los trabajos que ya hice yo, pero esas putas viejas piden a alguien más joven y apuesto… como tú.
- Entonces… hay más de ese estilo?
- Te puedo asegurar que habrá más, y como seguro que ya has firmado el contrato te tiene cogido por los huevos. Si lo has leído, que no lo habrás hecho, hay una cláusula que pone que si la condesa no está de acuerdo con tu trabajo te podrá echar sin recibir un pavo, y que incluso te podrá exigir lo que ya te haya pagado, y claro, como se te ocurra denunciar algo de lo que pasa aquí, con el poder que tiene y los favores que la deben, se te puede caer el pelo.
- El caso es que todavía no me ha pagado nada. – repliqué con cara de tonto.
- No te preocupes, pagar paga, y bien, pero te exprimirá al máximo. Por eso ahora estas a tiempo de largarte. No recibirás un euro, pero apenas te habrá exprimido.
- Es que… me pasa algo parecido a ti. Por mis deslices no creo que me dejen dar clases en ningún colegio, y tampoco se hacer otras cosas.
- Tu mismo. Desde luego te vas a hinchar a follar, pero no siempre con quien tú quieras. Además, eso ya lo has comprobado con la diputada de la que me hablas.
Me dejó que pensara unos minutos mientras servía dos copas de vino de una botella que había sacado del armario. Nos habíamos sentado y di un sorbo mientras seguía perdido en mi mente. Fue él el que me sacó de la nube borrascosa en la que andaba.
- Tampoco tienes que decidirlo ahora, tienes tiempo. Ahora lo que quiero es que me hagas un favor, el primero, y te deberé una.
- Que tipo de favor?
- Es Carmen, la chica que espera ahí fuera.
- Es verdad, menudo embolado en el que me quieres meter.
- Nada de embolados. Es una chica muy maja que necesita un poco de cultura y un buen polvo de vez en cuando.
- Joder, quieres que me la folle? Pero si es un desastre de tía. Supongo que se duchará y poco más. Con esa ropa en vez de atraer, repele.
- Desnuda gana bastante, y si que se ducha. Ya te he dicho que es muy maja y necesita algo de cultura, no solo follar. Es uno de los empeños de la condesa que te pedirá… supongo que pronto. Si empiezas ya, te harás un favor a ti mismo y sorprenderás a la condesa. Ya me lo pidió a mí, pero no he sido capaz de hacerme con ella. Con el sexo bien, pero con la cultura y la ropa no he conseguido nada.
- Pero es que tiene otro tipo de ropa?
- Claro, la condesa le ha comprado unas cuantas cosas, pero dice que son incomodas y que no se las quiere poner. Alguna vez, cuando he ido a su casa, se ha puesto algo de ropa decente, pero solo si no sale de casa. A lo mejor a ti, que eres mas joven, te hace caso.
- Y qué pretendes que haga, que me la folle aquí mismo y que después le dé una charla?
- No hombre. Iremos a su casa y te presentare a su madre. Ese será tu lugar de trabajo.
- Joder, me lo pones peor, en su casa y con su madre! – exclamé exaltado
- Eso se me había olvidado, la madre también querrá probar un trozo de la tarta, jajaja.
Me estaba agobiando y le dije que me tenía que ir a comer.
- Esta tarde te pasas temprano por aquí y vamos los dos a su casa.
- Joder, estas empeñado en el tema.
- Ya te digo que te gustará, y será trabajo que llevaras adelantado. Lo que te pedirá la condesa es que la enseñes a hablar mejor, y a ser posible a moverse con un mínimo de sexapil.
Ramón hizo pasar a Carmen de nuevo y le dijo que yo estaba dispuesto a darle algunas clases, y que iríamos por la tarde a su casa. La muchacha se mostró entusiasmada y me fui cabizbajo pensando en toda esa telaraña que tenía formada la condesa. Como había dicho el cura, estaba a tiempo de largarme sin meterme en un lio más gordo, pero donde coños iba a ir sin dinero y sin perspectivas de trabajo?
Cuando llegue a casa de mi patrona ya estaban comiendo, pero no se molestaron porque llegase tarde. Sancho se fue nada más acabar y me quedé hablando con Adel.
- Que tal te ha ido con Laura?
- Como tu decías, es una fiera y casi me come.
- Jajaja, ya te había advertido que estaba mas salida que el palo de una escoba, jajaja.
- He estado hablando con don Ramón. – dije cambiando de tema con rapidez.
- Vaya, os habéis juntado los golfillos del pueblo, jajaja. – los dos reímos a la vez.
- Pue sí, pero lo que te quería comentar es que me ha propuesto que le diese unas clases a Carmen. Supongo que la conoces.
- Si claro. Hace un tiempo estuvo tonteando con Luisón, pero mi hijo es mas palurdo que ella todavía.
- Y la madre, como es?
- Josefa?, bueno… es una mujer que sale poco. El marido la abandonó cuando Carmen tenía dos años y está algo sola. Sale poco de casa, tan solo a misa y a la compra, aunque se rumorea que alguna vez va algún hombre a la suya.
- Se rumorea?
- Ya sabes, aquí todo son rumores, jajaja.
- Pues he quedado con el cura en ir esta tarde a su casa para presentarme a la madre de Carmen y de paso que empezase a darle alguna clase.
- Jajajaja! – rió Adel a carcajada limpia.
- Por qué te ríes?
- Porque tú le vas a dar clases y él se la va a beneficiar, jajaja.
- Es que también se lo monta con Carmen? – me hice el loco.
- Esa chica va mucho por la iglesia, y conociendo a don Ramón…
- Supongo que otro rumor. – continué con la farsa.
- Nadie los ha pillado infraganti, pero se supone, jajaja.
- Y la madre, no va por la iglesia?
- Si, ya te he dicho que va a misa, lo que no sé es si alguna vez le habrá dado un revolcón don Ramón cuando ha ido por su casa, jajaja.
- Como eres Adel – me reí con ella.
Después de todo lo que me había contado el cura ya no me atrevía a decirle a Adel la verdad, era demasiado complicada para explicarla. Me dispuse a irme hasta la iglesia después de tomarme un café.
- Ya me contaras esta noche como te ha ido. Esa chica es bastante bruta, jajaja. – fue la despedida de Adel.
Cuando llegué a la iglesia eran las cuatro y media de la tarde. Ramón ya estaba preparado y nos fuimos hacia la casa de Carmen. Era la última casa de una de las calles del pueblo, más pequeña que en las que había estado, pero también con dos plantas y huerto en la parte trasera.
Nos recibió Josefa, ataviada con un vestido negro, algo antiguo, que le llegaba hasta las rodillas, y una rebeca sobre los hombros. Era delgada, y aunque sonrió, no pudo disimular las marcas que se dibujaba en su rostro seguramente debido a un duro trabajo. Llevaba el pelo recogido en un moño y la cara lavada sin ningún rastro de maquillaje. Ojos algo rasgados y nariz prominente, y una boca grande rodeada de finos labios. Pensé que con un poco de carmín ganaría bastante.
- Pasen, pasen! Ya me había dicho Carmencita que iban a venir.
Entramos en el pequeño salón donde un fuerte fuego lo calentaba demasiado. Nos ofreció café, y nos sentamos a charlar con las dos mujeres. Carmen se había cambiado de ropa y también se había peinado su melena alborotada. Me sorprendió su cuerpo con ese vestido, un vestido azul claro de tirantes que se ajustaba perfectamente a su figura, una figura muy sensual vestida así. En ese momento pude ver las dimensiones de su pecho y su culo, que no estaban nada mal.
El cura le estuvo explicando lo de darle clases a Carmen mientras nos tomábamos el café y Josefa pareció encantada de la oferta desde el primer momento, e incluso animó a su hija de que eso sería estupendo, aunque por la cara de Carmen no parecía necesitar que la animaran. Apenas hablaba, pero podía sentir como sus ojos, grandes y muy abiertos, escudriñaban todo mi cuerpo.
- Hemos venido pronto para que empiece hoy mismo, si a ti te parece bien, Josefa. – Comento el cura con intención de marcharse ya.
- Si, si, que empiecen ya que esta burra necesita que la domestiquen lo antes posible.
Tuve que evitar una carcajada, pero no pude evitar que me diese la tos al oír aquella expresión tan bárbara. Pensé que si hablábamos de domesticar, la madre lo necesitaba casi tanto como la hija.
El cura sí que se rió a carcajadas sin cortarse ni un poco.
- Bueno, pues yo me marcho ya.
Cuando nos quedamos los tres solos se me vino el mundo encima, por donde coños iba a empezar?, pensé mientras las dos mujeres me miraban expectantes.
- Tienes algún cuaderno y lápiz o bolígrafo?
- Si que tiene. Pero suba con ella a su habitación. Allí es donde tiene esas cosas y estarán más tranquilos. – contesto Josefa con rapidez.
- Anda muchacha, tira parriba con el señó maestro, y hazle caso a to lo que te diga.
Carmen se levantó y me hizo un gesto con la cabeza para que la siguiese. Me sentí incomodo, como si me estuviesen llevando a una celda en la que no sabía qué me iba a encontrar. Entramos a su habitación y cerró la puerta. Había una cama con una mesilla de noche, un armario antiguo de madera vieja, una cómoda de la misma madera que hacía las veces de escritorio y dos sillas frente a ella. Abrió uno de los cajones de la cómoda y saco un cuaderno y un lápiz.
- Esto vale?
- Si claro. Podemos comenzar dictándote algo a ver qué tal se te da.
- Lo que usté diga señó maestro.
- Ya te he dicho que me llames Roberto, o Rober.
- Es que mu gusta llamarle señó maestro.
- Vale, como quieres.
Comencé a dictarle y me sorprendió que escribiera mejor que hablaba.
- Muy bien Carmen, lo haces muy bien.
- Gracias!
- Escribes mejor que hablas. Por qué no hablas como escribes?
- Es que me e costumbrao a ablá así.
- Pues deberías intentarlo y perder esa costumbre.
- Y solo vamos a hacer esto? – preguntó cambiando radicalmente de tema girándose espatarrada en la silla.
- Bueno, hay que empezar por algo, y la escritura y hablar bien es importante.
- Pero don Ramón me ha dicho que haríamos más cosas.
Me quedé mirándola sorprendido. Que coños le habría dicho el cura cuando me fui de la iglesia.
- Y que te ha dicho?
- Que… jugaríamos un poco. – contestó con una sonrisa amplia y pícara.
Me quedé cortado pues no me esperaba algo tan directo. Estaba muy claro de lo que hablaba, pero no sabía cómo continuar. Pensé en insinuar que su madre estaba abajo, más bien para ver que decía.
- No te importa que juguemos estando tu madre abajo?
- Jajaja, a ella no la importa. Don Ramón también juega con ella algunas veces.
- Y eso… los has visto tu?
- Cierran la puerta, pero los veo por una rendijilla, y además se la oye mucho porque mi madre es una gritona.
Volvía a alucinar por enésima vez, no dejaba de sorprenderme por cada cosa nueva que me enteraba. El mamón del cura se las follaba en su casa sin ningún pudor, claro que tanto madre como hija debían de estar conformes.
- Y tú, no eres gritona?
- Un poco, pero menos, jajaja.
- Bueno, pues cuéntame cómo jugáis don Ramón y tú. – continué para salir del paso porque no sabía cómo empezar.
- Pues me desnuo, me toca por to los laos hasta ponerme calentita. Después le gusta que le chupe el pepino antes de empezar lo gordo.
Evité partirme de risa de nuevo, su forma de hablar burda y sincera la hacía muy graciosa.
- Y que es… lo gordo?
- Pue que va a sé?, follá! – exclamó como si yo fuese un pardillo que no me enterase de nada.
Esta vez sí que esbocé una ligera risa, pero me hizo coger confianza para hablarla con un lenguaje claro.
- Y cómo folláis? Me refiero, de qué forma. – aclaré antes de que me soltara otra de las suyas pensando que era tonto.
- Pue por delante y por detrás.
- Te refieres arrodillada a cuatro patas?
- No, le gusta que me doble encima de la cómoda poque le pone calentón miráme po el espejo.
- Y cuando te pones así, por donde te mete el pepino? – intenté usar su lenguaje.
- Po lo do laos.
- Te refieres al coño y… al culo?
- Es que hay más laos? – me preguntó de nuevo como si fuese gilipollas, y yo mismo comencé a pensar que lo estaba siendo.
- Y te gusta lo que te hace?
- Mucho! – amplio su boca esbozando una gran sonrisa.
- Has follado con más hombres? – volví a palabras claras para que no me tratara de tonto.
- Pos claro! Con Ramiro el viuo, con un cartero que ya no viene, con el alcarde, y con el Luisón, el hijo de la Adelina. Pero con ese mu mal, chorrea mu rápido. – Me soltó de corrido riéndose al final por su propio comentario sobre Luisón.
- Te gusta que tarden en chorrear? – pregunté de nuevo usando su lenguaje.
- Claro! Cuanto más tardan mejor me lo paso yo.
- Y tú… chorreas rápido?
- Depende, si me gusta mucho sí, pero no importa, pueo seguí sin que paren y choreá varias veces. Una ves el cartero me hizo choreá tres veces, y la úrtima fue metiéndome er pepino en el culo.
- Te gusta que te la metan en el culo? Lo digo porque como me dices que chorreaste cuando el cartero te lo hizo por ahí…
- Es que a la vez me estaba metiendo el pepino de goma por er chocho, y eso fue la releche. – contestó con un entusiasmo divertido.
“Otra casa donde hay polla de silicona”, pensé con algo de asombro. Parecía que esa muchacha lo había probado todo, y seguro que el cura la habría enseñado todo tipo de perversiones.
- Pue si quieres empezamos como lo haces con don Ramón, desnudándote y yo te acariciaré.
- Vale!
Sin ningún pudor se quitó el vestido con rapidez y pude admirar sus tremendas curvas. Me esperaba una ropa interior burda y poco erótica, pero me sorprendieron sus pequeñas bragas azules claritas a juego con el vestido y un sujetador pequeño muy mono que apenas podía cubrir sus estupendas tetas. El vello púbico se salía por el borde de las pequeñas bragas y en mi mente no pude distinguir si la afeaba, o el morbo que me producía esa imagen lo superaba todo. La verdad es que no parecía la misma, estaba impresionante. Su culo era grande, pero con una redondez perfecta. No pude evitar alargar una mano y palpar una de sus tremendas nalgas. La carne era dura y la piel tersa y suave.
- Llevas una ropa interior muy bonita.
- Me la pongo solo cuando voy a ver a don ramón o viene el a casa.
El morbo seguía horadando en mi mente salida y pregunté por su madre.
- Tu madre también tiene ropa de esta?
- Solo tiene una. Cuando me regaló la condesa unas cuantas me dio una pa mi madre.
- Entonces… la condesa te invitó a una de sus fiestas? – la pregunté a la vez que le sobaba el tremendo culazo.
- Si, pero no ma vuelto a invitá.
Sentí como la polla comenzaba a hacerse hueco bajo el pantalón mientras sobaba su dura carne, esa chica bien vestida, con el pelo arreglado y algo de maquillaje podía ser un pibón. Pasé la mano por delante mientras ella seguía con los brazos caídos y comencé a tocar la maraña de pelo por encima de las bragas.
- Y que tal lo pasaste? – pregunté mientras me deleitaba en esa selva.
- Mu bien! No vea como comimos y bebimos.
- Solo eso?
- Bueno, también follamos, jajaja.
- Eso no me lo habías contado cuando te pregunté con quién habías follado.
- Esque no lo podía decí, pero ahora se ma escapao, jajaja. – contestó con simplicidad.
Metí los dedos entre las bragas y busqué la raja entre el rizado vello, un vello negro y suave que cubría una extensa parte de su pubis e inglés. A la vez miraba sus tetas y mi deseo por comérselas se fue haciendo más potente. Los pezones se marcaban como dos cerezas bajo la fina tela y acerqué la boca para pasar la lengua sobre los dos bultos.
- Buff… - resopló al sentir el roce.
- Te gusta?
- Síii! Don Ramón me mete bien los deos y me pongo como una gorrina.
No sabía si me la llegaría a follar si seguía hablándome así, porque más que ponerme cachondo lo que me producía era risa. Busqué entre el vello hasta encontrar la raja. Metí un dedo y sentí un calor arrollador. Tenía una vulva tremenda y la anchura de mi dedo era escasa. Metí dos, y profundicé hasta que los nudillos hicieron tope. Su respiración se aceleró y comenzó a bufar como un toro enfurecido. Con el pulgar toqueteaba su clítoris, de gran tamaño, a la vez que introducía dos dedos, y su excitación aumentó de forma brutal.
- Métalos bien señó maestro! – exclamó entre bufidos.
Comencé a moverlos más deprisa introduciéndolos profundamente y empezó a mover la pelvis con movimientos ondulantes. Los jadeos aumentaron y su cuerpo comenzó a secretar un sudor caliente, tan caliente como parecía ser esa hembra. Sus bufidos daban cierto pavor, por su sonido e intensidad. Al minuto empapó mis dedos a la vez que temblaba ligeramente.
- Buff, que ganas tenía! – exclamó con satisfacción.
Me puse tras ella y metiendo mis brazos bajo los suyos agarré sus hermosas y duras tetas a la vez que pegaba mi pelvis contra su culo.
- Te ha gustado?
- Si, pero me gusta más que me metan er pepino.
- Esa palabra no suena bien para nombrar el miembro del hombre.
- Pues cómo quié que lo llame?
- Polla, rabo, verga… son palabras más adecuadas que pepino.
Me estaba excitando yo solo dándola ese sobo en las tetas a la vez que restregaba la polla contra su culo. Ya la había bajado el sujetador y tocaba los gordos y erectos pezones con los dedos. La muchacha se dejaba hacer, y parecía gustarle, pues comenzó a mover el culo para sentir más ese roce.
- Es que lo de rabo y verga me suena más a un animal.
- Qué tipo de animal.
- Pos cómo a lo que le cuelga al burro del Ramiro cuando se le estira, que es enorme, jajaja.
- Se la has visto a un burro… estirada.
- Siiii, y se la e tocao.
- Cómo que se las has tocado? – mi asombro ya no tenía limites, le había tocado la polla a un burro?
- Pos un día estando en la casa del Ramiro fuimos al corral a por huevos, y allí estaba el burro atado con la verga a medio estirar. El Ramiro me dijo que hasta el burro sabía que yo era guapa, y cuando me veía se le estiraba. Yo me reí diciéndole que me estaba tomando el pelo, y me dijo que si me acercaba y si se la tocaba podía ver como se le ponía al bicho.
- Y tú lo hiciste?
- Pos claro. Me gusta probar las cosas.
- Y que pasó cuando se la tocaste?
- Que se le empezó a estirar y se puso a rebuznar, jajaja.
Joder, me parecía increíble, pero a la vez me excitaba visualizar esa escena, a Carmen con la verga del burro en la mano.
- Y se le estiró mucho?
- Que si se le estiró? El burro es pequeño, pero se le puso como mi brazo, jajaja, y el Ramiro me dijo que si se la meneaba seguro que el bicho chorrearía un litro de leche.
Mi mente calenturienta estaba que se salía. Ne desabroché el pantalón y me saqué la polla para restregarla bajo sus nalgas. Ella, instintivamente, pasó una mano por detrás y agarró en turo y venoso tronco.
- Ufff, usté también tié una buena verga señó maestro! – exclamó al sentir la dura carne entre sus dedos.
Sin que yo la dijera nada se dio la vuelta para mirarla. En sus ojos y en su boca abierta pude ver el asombro antes de que se expresara de nuevo.
- Madre mía! Es la más grande de toas las que he visto. Es como la de goma, jajaja.
- La de goma que tienes es así de grande? – pregunté mientras miraba fijamente la polla subiendo y bajando la piel.
- Don Ramón nos las enseñó a mi madre y a mí en un aparato que tiene para que le dijésemos la que nos gustaba, y mi madre eligió la más grande, jajaja.
- Eso se llama ordenador.
- No sé, algo así nos dijo, y que podía pedirla por una cosa que se llama… intenté.
- Si, internet.
- Y a los pocos días nos llegó un paquete con el chisme dentro.
- Y por qué eligió tu madre la más grande?
- Porque la gustan grandes y gordas, jajaja, como a mí.
- Como la del burro? – se le ocurrió la pregunta a mi mente perversa sin que la racional lo pudiese impedir.
- Jajaja, que cosas tié señó maestro, esa es demasiao grande y no entra.
Mi mente perversa no podía parar y volví con el burro.
- Entonces… le hiciste una paja al burro?
- Ya le e echo más de una, me gusta ver como chorrea toa esa leche, jajaja.
Ya estaba que me salía, alucinando y excitado a la vez. La masturbación lenta que se había puesto a hacerme había hecho que mi polla se endureciese como una piedra, y ya no podía más.
- Te apetece que te meta la verga? – pregunté estúpidamente, pues estaba claro que lo estaba deseando.
- Ufff, pesaba que no me lo iba a pedí nunca.
Se quitó las bragas y el sujetador con rapidez y me mostró su estupendo cuerpo totalmente desnudo. Sus grandes tetas empitonadas con los gruesos pezones, las extensas curvas que formaban sus caderas, y esa maraña de pelo negro que cubría su pubis como una gruesa alfombra. Se tendió en la cama y abrió piernas y brazos ofreciéndome su cuerpo. Ya no dudé más, me desnudé yo también por completo y me lancé sobre ese cuerpo joven y excitante. Agarré la polla y la introduje entre la maraña buscando la vulva, y sentí como se abría con la presión de mi capullo. Mi polla, más dura que nunca, penetró hasta la mitad de su vagina. Una vagina que ardía como la boca de un volcán.
Un par de meneos y la polla penetró por completo. Note como sus dedos se clavaban en mi espalda y un bufido atravesó mi oreja.
- Buff, que gorda la tié señó maestro!
- Te he hecho daño?
- No, que va. Ya le he dicho que me gustan grandes y gordas, pero por aquí no las hay, jajaja.
Comencé a bombear despacio y sentí como su vagina me la apretaba como si tuviese vida propia. Tenía la mejilla pegada a la suya y podía sentir sus jadeos en mi oreja. Sus tetas pegadas a mi pecho eran un aderezo más al disfrute que estaba sintiendo. Movía la pelvis al ritmo de mis empujones, como si quisiera que penetrase más profundamente.
Levanté la cabeza para mirar su cara. Sus oscuros ojos totalmente abiertos mirándome, y su boca jadeando sobre la mía, era un placer añadido. Su respiración se agitó más, y sus jadeos se convirtieron en bramidos. Movió las caderas a gran velocidad provocando una penetración más rápida hasta que estalló como un volcán ardiente.
Sentí como se empapaba mi polla con su corrida caliente y pastosa, y el sonido del chapoteo acompasó a sus bramidos. Era como un animal salvaje gozando de su presa después de una larga carrera.
Paré para que se recuperase de los temblores y la respiración agitada. Sus ojos seguían abiertos, mirándome sin apenas parpadear.
- Te ha gustado? – susurré contra sus labios temblorosos.
- Jodé que si ma gustáo, menuda chorreá me e pegao!
Todavía no la había besado, el ver sus dientes amarillentos me había echado un poco atrás. La mucha parecía limpia, aunque no perfumada, pero su boca era un fallo que tendría que corregir, tanto en el aspecto como en el lenguaje. Estaba sumido en mis pensamientos mirándola cuando me sorprendió.
- Pero usté no ha chorreao.
- Todavía no.
- Pos sí que aguanta! Quié que se la chupe?
- No hace falta, pero te diré un par de cosas. Tienes que mejorar tu aspecto, eres una chica guapa y deberías cuidarte. Un poco de maquillaje, algo de carmín, y también cepillarte los dientes.
- Ya me lo ha dicho don Ramón, pero no me apetece.
- Pero te apetece follar, verdad?
- Eso sí, jajaja.
- Y te gustaría que la condesa te invitase a más fiestas?
- Eso también, jajaja.
- Pues para conseguir ambas cosas tendrás que hacer lo que te digo.
- Vale, vale, no me regañe. Mi madre también me lo dice.
- Ella se maquilla?
- Un poco cuando viene el cura o el alcarde, pero cuando viene Ramiro el viuo la da igual, jajaja.
- Entonces… Ramiro y el alcalde os lo hacen a las dos?
- Si, aunque al alcarde solo le gusta que se la chupen, y a Ramiro le gusta más acelo conmigo po que dice que tengo más carne, jajaja.
Continúa en
- Relato #213238— title-regex: contiguous parts (8 -> 9)
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