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El nuevo maestro del pueblo (8)

Llegó al pueblo pensando que sería un maestro, pero la condesa tenía otros planes para él. Ahora, entre besos y secretos, descubre que su verdadera misión es desatar el deseo oculto de las mujeres del lugar. ¿Hasta qué punto está dispuesto a llegar por dinero y por la curiosidad?

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Una conversación con Laura

Ella se fue a dormir y yo a mi nueva casa. Todavía alucinaba cuando me tumbé sobre la cama. Había seguido mis instintos y me había salido bien. Hay veces que es mejor no pensar en la gente que te rodea ni en las palabras que te dicen, y esa fue una de ellas.

Al día siguiente cuando me desperté volví a pensar en lo que había pasado y no acababa de darle crédito, pero el mensaje que recibí de la condesa fue la rúbrica a mi actuación.

+ Parece que no me he equivocado contigo, la diputada se ha ido entusiasmada. No sé qué la habrás hecho, pero espero que me lo cuentes.

Había más mensajes, de Eva, Rosa, Virtu, Laura y el cura, pero no los abrí pensando tan solo en ese. Sus palabras me dejaron un sabor agridulce, por una parte, continuaba con ese trabajo que ya me había quedado claro que no era de maestro, más bien de gigoló de señoras maduras, pero por otra, me jodia tener que repetir, porque seguro que la señora diputada querría repetir. Ahora tan solo pensaba en pedirle más pasta a la condesa dado mi esplendida actuación con Patricia, me empezaba a parecer escaso el sueldo si me tenía más viejas preparadas.

Me vestí y bajé a desayunar. Allí estaba Adel con una espléndida sonrisa.

- Que tal anoche? Parece que a la condesa le gusta verte todos los días, jajaja.

Sonreí pensando la respuesta, no podía decirla nada sobre la diputada.

- Le gusta hablar conmigo.

- Solo hablar?

- Quiere conocerme a fondo. Ya sabes que le gusta controlarlo todo.

- Jajaja, será eso. – dijo con sorna - Anda, desayuna bien que seguro que lo necesitas.

- La verdad es que tengo hambre.

- Pues come, come, que quizás necesites fuerzas, jajaja.

- Por qué lo dices?

- Me ha llamado Laura diciéndome que no le contestas a los mensajes. – me sorprendió pues es en la que menos pensaba.

- Ya ves que ando liado.

- Y tanto, jajaja. Pero tendrás que decirla algo. La conozco y no te dejara en paz hasta que se salga con la suya.

Me acerqué hasta ella y agarrándola por la cintura la besé con ganas. Un beso lascivo, pero a la vez tierno y lleno de agradecimiento por ese cariño que me había demostrado desde el primer momento.

- Ummm, que bien sabe esto por la mañana! – exclamo contra mis labios.

- Tú y yo tenemos que hablar detenidamente. Creo que hay cosas que sabes y que no me has contado, pillina.

- Jajaja… tú crees?

- No lo creo, lo sé. Que pasa en este pueblo?

Se hizo un corto silencio hasta que dijo algo.

- Eres un chico estupendo, pero acabas de llegar y necesitaras tiempo para ir enterándote de cosas.

- Y por qué no me vas contando lo que sabes?

- Es que no me fio de la condesa, se acaba enterando de todo, y como no le guste lo que alguien haya dicho lo acaba echando del pueblo.

- Pero Adel, sabes que lo que me digas no saldrá de aquí. Me he encariñado contigo y jamás te traicionaría. – continué presionándola con los mejores argumentos que encontré.

Se paseó por la cocina unos segundos y se acabó sentando. Me senté a su lado y esperé mirándola con una sonrisa seductora.

- Vale, te diré algo confiando en que no me harás ninguna faena.

- Tranquila, seré lo más discreto que hayas conocido.

- La condesa – comenzó a hablar pausadamente – tiene mucho dinero como ya te he dicho, y a veces monta fiestas en su casa, y también en otra casa de campo aislada que tiene a unos quince kilómetros, arriba en las montañas, e invita a mujeres del pueblo.

Se quedó cayada y pregunté de nuevo.

- Y que tiene eso de extraño.

- Pues que no invita a varias a la vez, lo suele hacer de una en una y a escondidas, sin que se entere nadie.

- Si lo hace así, como te has enterado tú?

- Porque ha invitado un par de veces a Laura, la mujer del panadero, y después de insistir infinidad de veces me lo ha contado.

- Pero que te ha contado? Es que ocurren cosas raras en esas fiestas?

- Jajaja, raras no, pero hay mucho folleteo.

- Folleteo… con quién?

- Con gente que viene de fuera. Me dijo que todos se ponían máscaras para que no se reconociesen entre ellos.

Eso me empezaba a cuadrar con lo que me había contado Virtu. Quizás sería Laura una de las que había reconocido por la voz. La intriga y el morbo comenzaron a correr por mis venas como los efectos de una droga y ya no pude parar de preguntar.

- Pero entonces, quién van a esas fiestas, solo una mujer del pueblo cada vez y el resto de fuera?

- No lo sé, no me quiso contar más. Creo que le da tanto miedo de Genoveva como al resto. Lo de que ha invitado a más mujeres del pueblo tan solo lo supongo, pero nadie abre la boca.

- Crees que si se lo pregunto a ella me lo contará?

- Oye, no te pases. Si se entera que te he dicho algo seguro que no me vuelve a dirigir la palabra.

- Tranquila, sabré cómo sonsacarla sin que sepa que me has dicho nada.

- Quizás si te la follas bien le saques algo, jajaja. – volvió a su estado adorable y risueño.

Me puse a desayunar y Adel a sus quehaceres. Mi mente comenzó a cavilar en cómo entrarle a Laura para sonsacarle algo. La idea que me había dado Adel de una buena follada podría dar resultado. Cogí el móvil y contesté a sus mensajes.

+ Que tal Laura. Me invitas a un chupito, que acabo de desayunar?

+ Claro! Ahora mismo. – contestó casi de inmediato – Pero ven por la parte de atrás. Es mejor evitar los cuchicheos.

Su respuesta parecía más sensata que su desenfreno del día anterior. No le oculté a Adel que iba a verla, y me indicó el mejor camino para evitar a la gente que pudiese andar por la calle. Me fui por donde me había dicho hasta casi salirme del pueblo y cogí un sendero que daba a los huertos de la calle donde vivía Laura. Caminé despacio, sin hacer ruido y mirando a todos lados. Los muros de cada huerto impedían que me viesen desde las casas, y eso me tranquilizó.

Nada más llegar al huerto de Laura, no tuve ni que llamar. Con la puerta ligeramente abierta observaba mi llegada. Me hizo pasar deprisa y entramos al salón. Ese día se había puesto un vestido blanco, donde el blanco apenas se veía por estar repleto de flores rojas y hojas verdes. Parecía un florero andante.

Unos finos tirantes dejaban casi al descubierto sus hombros y una gran parte de su tremendo pecho. Se ajustaba a su cintura para abrirse a la altura de sus caderas con un corto vuelo que dejaba ver sus tremendos muslos apretados, y sus piernas elevadas sobre unos altos tacones. Su cara regordeta de labios gruesos no paraba de sonreír. Se había recogido el pelo con una coleta y las mejillas regordetas se marcaban con un color sonrosado.

La miré de arriba abajo y pensé en la gozada que sería darme un baño con esa carne después de haber estado con la escuálida diputada.

Ya tenía preparado un platito con jamón y dos chupitos de orujo sobre la mesa, y también la botella, por si caía más de uno.

- Ayer no te quisiste quedar, eh! – exclamó con su sonrisa a la vez que hacía que me sentara a su lado en el sofá.

- No me pareció prudente que alguien viera que nos quedábamos solos.

- Llevas razón, a veces se me va un poco la olla, jajaja.

Cuando soltó la carcajada pude ver la enorme boca que tenía. Esa mujer tenía todo grandioso, a pesar de su tamaño.

- Bueno, hoy no me ha visto nadie entrar, por lo que no tenemos que preocuparnos, a no ser que le dé a tu marido por venir.

- Por eso no te preocupes, se pasa la mañana despachando y después se va al bar antes de comer.

Mientras hablábamos, se cruzó de piernas un par de veces intencionadamente. Lo hizo nerviosa, pero con la suficiente lentitud para que me fijará en sus bragas, que no se cortó en mostrarme en cada cruce. El color rojo destacó entre sus muslos de piel blanca con un ligero tono moreno.

- Pues que bien. – contesté intentando ir al tema – así estaremos tranquilos para hacer lo que nos apetezca.

A lo que contestó con rapidez.

- Y que te apetece.

- Soy tu invitado, lo que te apetezca a ti seguro que me gustará.

Me miró con intensidad sin perder la sonrisa y fue acercando lentamente su boca hasta la mía. Sus labios se pegaron tímidamente esperando mi reacción, y no dudé. Abrí la boca y metí la lengua en la suya degustando el sabor a orujo que tenía, ya se debía de haber trincado algún chupito mañanero.

Su reacción fue inmediata, se agarró a mi cuello aplastando sus hermosas tetas contra mi pecho y sus gruesos labios devoraron los míos. Había descruzado las piernas para abrazarme, y aproveché para introducir la mano entre sus muslos. Eso sí que eran unos muslos, y no los palos de la diputada.

Avancé con los dedos entre ese valle de carne ardiente hasta llegar a las bragas donde el calor ya era arrollador. Nada más tocar la tela, abultada por sus labios vaginales, su cuerpo dio un leve estertor. Bajó una mano con rapidez y comenzó a sobarme sobre el pantalón. Mi polla no tardó en reaccionar y al momento la tela del pantalón se expandía dejando hueco a la carne que creía bajo ella.

Mi intención era sonsacarla dejando en un plano secundario lo de follar, y al despegar los labios para coger aire aproveché para poner el tema sobre la mesa.

- Ufff, eres una mujer muy ardiente.

- Pues sí, jijiji, y con un chico joven y guapo como tú, más! – exclamó sin disimular sus ganas de sexo.

- Es que follas poco? – pregunté sin rodeos.

- Menos de lo que quisiera.

- Pues yo estuve anoche en casa de la condesa y nos dimos una buena fiesta.

- Vaya, pues sí que has empezado pronto, pero no deberías hablar de ello.

- Por qué?

- Si se entera la condesa de que hablas de las cosas que ocurren en su casa duraras poco en el pueblo.

- Bueno, solo te lo he contado a ti. Creo que puedo confiar en tu discreción.

- Si, claro. A mí no se me ocurriría decir nada a nadie. Genoveva es generosa, pero también puede ser muy perversa.

- Has estado en su casa?

Sonrió a la vez que se ponía algo colorada y dejó que pasaran unos segundos antes de contestar.

- Bueno, ya que me lo has contado y confías en mí, confiaré yo también en tu discreción. Te diré que me ha invitado a alguna de sus fiestas.

Se había soltado con rapidez cuando yo esperaba que me costaría bastante más. Metí los dedos apretando las bragas y sentí como se le abría la raja a través de la tela. Volvió a besarme con una lascivia arrolladora. Su amplia boca y sus sensuales labios me devoraron de nuevo. Su mano, que sobaba sobre mi pantalón, se dispuso a desabrochármelo. Bajó la cremallera y metió la mano buscando la endurecida polla. Su inquietud y desenfreno aumentaron al agarrar el tronco duro y venoso, y sacarlo en todo su esplendor. Dejó de besarme para dirigir la vista hacia la polla con una expresión en la cara de felicidad a la vez que de incredulidad.

Sujeta por su mano la miró unos instantes, como si quisiera asegurarse de que eso era real. Sonreí ligeramente viendo su cara, y le pregunté.

- Te gusta?

- Ufff, que si me gusta! – Exclamó pajeándome con suavidad.

Pensé que era el momento de sacarle algo más mostrando que confiaba en ella.

- Pues anoche estuvo disfrutando de ella una amiga de la condesa.

- Ah, sí? Quien era?

- Supongo que no la conoces, es de fuera.

Iba a decir algo, pero se lo pensó un momento.

- Suele traer gente de fuera.

- En alguna de las fiestas que has ido… había gente de fuera?

Era la pregunta clave para saber si me iba a contar algo más.

- Es todas. – contestó después de unos segundos de duda.

Aproveché de nuevo para darla más confianza.

- Pero son como la que me ofreció a mí, con otra sola persona, o había más gente?

Mis dedos toqueteando sus bragas y su mano masajeando mi polla eran un efecto desconcertante para su mente. En vez de contestar, se inclinó y dio una buena lamida a mi hinchado capullo. No conocía sus preferencias ni sus deseos, pero noté las ganas con que lo lamió.

Un lengüetazo tras otro llenaron mi capullo saliva. Abrió la boca y se lo metió con suavidad. Comenzó a chupar lentamente, como si se deleitará en ello, y mi culo se fue levantando del asiento como si le faltara la gravedad.

- Ufff, que bien lo haces! – exclamé adulando su forma de chupar para estimularla más.

Eso la animó, y comenzó a avanzar con sus carnosos labios por el endurecido tronco. Sus chupadas cada vez eran más potentes y sentí mi capullo atravesar su garganta. Mi culo apenas tocaba ya el asiento sintiendo esas tremendas chupadas. Lo hacía tan bien o mejor que Adel, y pensé que si el cura había sido también su maestro.

Estaba encantado con esa mamada, pero el morbo que circulaba por mi mente me pedía saber más sobre esas fiestas.

- Ufff, Laura, la chupas de maravilla, y si sigues vas a hacer que me corra! – exclamé poniendo entusiasmo para adular su mente.

Dejó de chupar a la vez que se limpiaba la saliva que corría por su barbilla.

- Me gusta hacerlo, y no me importa que te corras en la boca.

- Tienen que estar encantados contigo los tíos que van a esas fiestas. – incidí de nuevo en el tema.

Su sonrisa se hizo más amplia por mi adulación.

- Si que les gusta, pero son un poco mayores.

- Todos los que has conocido son mayores?

- Bueno, realmente no los conozco pues siempre llevamos máscaras, pero menos alguno que debe de ser de mi edad, el resto me parecen mayores.

La conversación iba de maravilla, y no quise forzar. Desabroché un par de botones del vestido y metí la mano para abrazar sus hermosas tetas. Se echó hacia atrás para dejar espacio entre mi mano y su apretado vestido. En su cara podía ver el orgullo que sentía por su hermoso pecho cuando se abrió el vestido salieron de entre la tela las dos hermosas tetas. Tan solo cubiertas por un pequeño sujetador rojo, donde se abultaban unos gruesos pezones que querían estallar la fina tela de encaje, era una hipnótica visión.

- Supongo que algo tan hermoso como esto también les gustará.

- Les encanta sobármelas y chupármelas, y a mí que lo hagan, jijiji.

Eso fue una invitación clara, y eso hice. Baje ligeramente el sujetador y los gruesos y duros pezones saltaron fuera de la tela. Acerqué la boca y les di varios lengüetazos impregnándolos de saliva. No podía ver su cara, pero sus suspiros de placer lo decían todo. Aquella sensual mujer ardía de deseo como una piedra de carbón incandescente. Sus suspiros se convirtieron en gemidos cuando succioné la endurecida carne de sus pezones. Sentí sus manos apretar mi cabeza contra su pecho con una suave presión.

- Ahhh, si, siiii! Cómemelos, cómemelos! – repitió entre gemidos como el sonido de una muñeca con el disco rayado.

Ante la presión de sus manos mi boca se hundió en la deliciosa carne y succioné con más fuerza.

- Ahhhg, que bien lo haces! Tú sí que lo haces bien. Que calentita me pones, diosss!

Esa frase me hizo pensar. Es que no se lo hacían así?

La fui tumbando sobre el sofá hasta quedarme sobre ella. Había abierto las piernas, pero las bragas tapaban su raja demasiado. Con una mano fui tirando de ellas sin dejar de comerle las tetas hasta sacárselas por los pies. Agarre la polla con una mano y busque a tientas la raja que había dejado al descubierto. Cundo mi capullo la abrió sentí una sensación deliciosa amenizada con un largo suspiro.

- Ahhh… que ganas tenía! - gimió

Mi polla penetró lentamente, pero sin ninguna oposición. Su vagina ardía, y la carne interior envolvió toda mi polla como un guante envuelve cada dedo de la mano. Abrió más sus muslos y levantó las piernas esperando que comenzara a bombear. Moví la pelvis y comencé con una suave y constante penetración mirando a escasos centímetros sus ojos abiertos y su boca jadeante.

Su aliento caliente chocaba contra mi cara en cada penetración. Me miraba fijamente, casi sin parpadear y quise saber en qué pensaba.

- En que piensas? – pregunté sin parar la penetración.

- En tu polla! – exclamó sin cortarse – En como entra y sale de mi coño.

- Lo imaginas?

- No, lo veo en mi cabeza, ahhhh… puedo ver como entra y como sale, ahhhh…

- Quien te ha enseñado eso?

- Don Ramón, ahhhh… me dijo que si aprendía a verlo, ahhhh… me gustaría más… ahhh… sigue! Sigue!

Cerro sus piernas alrededor de mi cuerpo y sentí sus talones apretándome el culo. Aumenté el ritmo y las embestidas, y al momento podía sentir como sus fluidos mojaban mi polla y mis huevos.

- Ahhhg… diosss… Ahhhg…

Su cuerpo tembló como un flan sobre un plato inestable. Pude sentir vibrar toda su carne, y como abrazo mi cuello aplastando su mejilla contra mi cara. Fueron varios segundos de espasmos incontrolados hasta que me soltó jadeante y sudorosa.

- Dios mío, que bien follas cabron! Uy, perdón! – se llevó la mano a la boca como una niña cuando se arrepiente de lo que ha dicho.

- Puedes llamarme como quieras. Durante el sexo vale todo.

- Es que… me he acostumbrado a decir esas cosas en las fiestas de la condesa, jijiji.

- Les gusta a los tíos que les llames cabron?

- Siiii, y se ponen más fieros, jijiji.

- Y a ti que te dicen?

- Uf, de todo, puta, zorra, perra salida, guarra, cerda y… la verdad es que me pone muy calentita cuando me dicen esas cosas, jijiji.

- Pero… tu marido no dice nada cuando te vas a esas fiestas?

- Que va a decir? La condesa manda en todo el pueblo, y si invita a alguien nadie se niega. También está que la panadería es de ella, y Manuel sabe que es mejor no ofenderla.

- Pero entonces él… no sabe lo que hacéis?

- Claro que no. Nos invita a una merienda cena y nos pasamos unas cuantas horas en su casa de aquí o en la de la montaña.

- Entonces… no sospecha nada?

- La gente que viene de fuera nadie la ve, por lo que piensa que tan solo estamos merendando los condes y yo.

Eso era difícil de entender, pero como al parecer los tíos se pasaban el día trabajando, o en el bar medio borrachos, podía ser factible.

- Supongo que hará lo mismo con otras mujeres del pueblo.

- Supongo que sí, pero nadie se atreve a decir nada. Es como un secreto individual que tenemos las que vamos, jajaja.

- Quien más crees que va? Quizás Adel?

- Noo, a Adel nunca la ha invitado, seguro que me lo hubiera dicho pues tenemos mucha confianza.

- Pero sabes de alguna?

- Saber… saber, no, pero sospecho de Rosa y de Eva, y también de Carmen.

- Quien es Carmen?

- Es una chica que vive con su madre a las afueras del pueblo.

No me había nombrado a Virtu, por lo que no sabía si había coincidido con ella o no la habría reconocido. Sin embargo, me habló de Carmen, una chica según ella, de la cuál no me había dicho nada Adel. Tampoco quise mostrar atención por ella, ya me enteraría por otros medios.

- Y cuantos hombres van a esas fiestas?

- Depende, a veces dos, otras tres, y una vez llegaron a estar cinco.

- Y tu sola… de mujeres? – Pregunté sorprendido.

- A veces si, otras veces había otra mujer, incluso la vez que hubo cinco hombres llegamos a ser tres mujeres.

- Y ellas también eran de fuera?

- La verdad es que no llegué a reconocer a ninguna, para mí lo importante era pasármelo bien.

- Entonces… has estado follando con más de un hombre a la vez?

- Las dos primeras veces no, pero las siguientes la condesa me convenció para estar con más de uno. Me dijo que me lo pasaría mejor y la verdad es que tenía razón, jajaja.

- Y como lo hacéis?

- Pues entramos a un salón en ropa interior y con máscaras. Allí bailamos, comemos y nos reímos con los primeros toqueteos. Después ya se va animando la cosa y empezamos a follar como locos, jajaja.

Quería hacerle la pregunta sin que se ofendiese, aunque según se había soltado me dio la impresión que era imposible ofenderla con palabras.

- Y te han follado… dos a la vez?

- Y tres, jajaja. Y no veas como disfruté.

Mas que ofenderse parecía estar orgullosa de ello, una actitud muy diferente a la de Virtu, porque Virtu reconoció que se lo había pasado bien, pero en el fondo su mente lo rechazaba.

- Entonces… uno te lo hacía por delante y el otro por detrás? – continue con la mente totalmente salida pensando en esas posibles escenas.

- Claro, como va a ser si no. Al principio me costó un poco porque tenía el culito muy cerrado, pero ahora me entran de maravilla, jajaja.

Se había soltado de una forma fascinante. Pensaba que me contaría todo lo que le pidiera, incluido los detalles, pero no quise seguir. Tenía que irme antes de que se hiciese más tarde pues temía que su marido pudiera aparecer en cualquier momento. Aunque ella me había dicho que no, no me fiaba. Nos adecentamos y después de varios besos lascivos y pecaminosos me dejó marchar, no sin prometerle que volvería otro día.

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