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QOS (Capítulo 7)

La noche en Atocha no fue la que esperaban. Tras una sesión de entrenamiento íntimo y un fracaso en la puerta de un club cerrado, el móvil vibra con una imagen que lo cambia todo. ¿Estás lista? La pregunta de Javi no es un interrogante, es el comienzo de algo prohibido.

Irene Fdez de Ulloa4.9K vistas9.4· 11 votos

Capítulo 7 Entrenamientos y un local cerrado

“Un amo negro no debe desvirgar a una chica blanca, pues esta necesita entrenamiento previo”

Durante las siguientes semanas, nos centramos en vivir nuestra vida con normalidad. Aunque el encuentro con mi primer negro estaba en ciernes, no dejábamos que nuestra vida sexual aplacase nuestros estudios y vida normal. Así fue hasta que aproximadamente diez días después de lo acontecido en el último capítulo, Javi me escribió para quedar en atocha.

Esa semana había sido dura para mí. Siempre que se promueve el incesto, como había hecho yo con Raquel y Javi, se corren riesgos. Aunque ellos aún no habían llegado a tener ningún contacto físico aún, me inquietaba la idea de que Javi pudiese reemplazarme por su hermana. Efectivamente, era celosa y ridícula, si tenemos en cuenta que Javi era totalmente abierto en cuanto a mi sexualidad. Aunque tenía esos temores internos, procuraba no darles poder y mantener bajo control la situación. Pero como todo aquel que ha querido a algo o a alguien, siempre está ese miedo de perderlo o de sentirse desplazada. Javi era lo mejor que tenía y no quería perderlo a ningún precio. En medio de esta situación de dudas internas, Javi me escribió con el fin de quedar conmigo a una cita. Finalmente, su insistencia dio resultado y quedamos en atocha.

Aquellos que sean de Madrid, sabrán que atocha es una calle histórica, llena de edificios imponentes, y que tiene la fama de albergar la sex-shop más grande de toda España. Creo que no hace falta decir más de la cita. Ambos fuimos a la sex-shop. Allí entre pasillos y estanterías, empezamos a deleitarnos con fantasías y juguetes. Incluso, acabamos entrando en una de esas cabinas mugrientas para pajeros. Aunque fuera solo para poder desahogar nuestro calentón.

La cabina era sucia, con el asiento desconchado y una tele pequeña donde una mujer que a día de hoy debe estar jubilada recibía por todos sus agujeros a un grupo de hombres maduros gordos y un poco asquerosos. No era el entorno ideal para hacer nada, tanto por el asco que daba todo, incluidas las manchas de semen reseco en el suelo; como por la nula capacidad de movimiento que daba el reducido espacio.

Pese a todo, lo intentamos. No describiré el acto en sí ya que apenas constó de sexo oral, y no fue especialmente placentero ni memorable para ninguno ya que el espacio era muy reducido. En este aspecto, admiro a aquellas mujeres que pueden tener sexo en espacios reducidos, ya que yo no puedo

La cita se saldó con la compra de un consolador negro, de dimensiones XL para entrenarme, así como un conjunto de lencería erótica para usar con Javi en la cama.

Cuando pagábamos, la chica que estaba en la caja nos dio dos tarjetas de un Club liberal que se encontraba a la vuelta de la esquina, aunque cuando nos acercamos allí después de comprar, no encontramos ningún cartel ni club como el descrito, con lo que nos fuimos cada uno a su respectiva casa.

Esa misma noche, en la intimidad de mi habitación, lo hice. Con poca delicadeza abrí el paquete del consolador y lo saqué. Era grande, gordo y pesado, pero sería un buen entrenamiento para cuando llegase el día de verdad. Como no tenía lubricante en casa usé aceite de oliva. Poco a poco fui introduciéndome los dedos, uno por uno, aumentando la cantidad poco a poco. Después pasé a un consolador pequeño que yo ya tenía. No me costó mucho introducírmelo, aunque el reto estaba por venir. Con mi gran consolador negro, sufrí bastante. Al principio no entraba. Poco a poco fui dilatando y entró un poco más que la punta, causándome un hibrido entre placer y dolor. Finalmente, descarté proseguir y, estimulándome el clítoris, me corrí sobre las sábanas. Repetí el proceso noche tras noche, dilatando lentamente mi coño. Para el tercer día, ya entraba y salía sin ninguna dificultad, aunque nunca fui (ni he sido) capaz de meterlo hasta el fondo.

Así fue como una de las noches, tras quedarme a dormir en casa de Javi y su familia, el mismo me ayudó con mis entrenamientos diarios, fingiendo ser el negro que me follaba. Mientras me masturbaba, nos soltábamos morbosas frases de improperio, cosa, que sinceramente, nos ponía a los dos a tono. Cuando yo me iba a correr Javi aprovechó mis propios trucos y los usó contra mí. Entre mis gemidos suplicantes, me propuso ir a ese local liberal del cual nos habían hablado un par de días antes en la sex-shop.

Yo, en mi desesperación por alcanzar el orgasmo acepté, ante lo cual, Javi me dejó de estimular y comenzó a vestirse, dejándome a medias, pero con unas ganas tremendas de tener sexo. En ese momento, mientras Javi se vestía, me di cuenta. Yo no había manipulado a Javi, él se había dejado manipular. Si Javi sabía mis técnicas de manipulación, pudo haberse resistido, sin embargo, se dejó, se dejó seducir por mis fantasías y por mí. Aquello, lejos de ser un golpe, fue un subidón de confianza y de morbo. Fue entonces cuando me acerqué a él por la espalda, y agarrándole por detrás le di el beso más morboso que le había dado hasta la fecha.

Tras vestirnos, salimos de casa rumbo a Atocha. Al ser noche profunda, no había demasiada gente en la calle y no tardamos demasiado en llegar. En ese momento tuvimos un serio problema. No encontrábamos el lugar. Dimos vueltas y vueltas durante media hora. Finalmente, nos acercamos a una puerta que estaba cerrada, gruesa y pesada y al intentar abrirla lo descubrimos. Ante nuestros ojos, nuestro primer pub liberal.

Ahora, procedería contar una anécdota cargada de morbo, de sexo y tremendamente sensual. Pero no. En nuestra calenturienta situación, ambos olvidamos que era miércoles. Todo aquel que sea asiduo a este tipo de locales, sabrá que durante la semana (especialmente de lunes a jueves), la asistencia a este tipo de locales es tan baja, que muchos de ellos permanecen cerrados. Eso fue exactamente lo que nos pasó. Fue un fracaso estrepitoso, que no le costó a Javi sino un golpe en el brazo (principalmente por lo cachonda que andaba yo a esas alturas.

Es cierto, que viéndolo ahora en perspectiva, no estábamos preparados para lo que un local liberal podía ofrecernos. Ese momento estaba aún en desarrollo según nuestra sexualidad como pareja se fuese definiendo.

Ya volvíamos dando un paseo, cuando mi móvil vibro. Una foto de Raquel, con los ojos llorosos, y una polla gruesa y negra empalando su boca. El mensaje venía acompañado de una invitación.

Javi y yo nos miramos, y solo me dijo “¿Estás lista?”, a lo que le respondí con un decisivo “Si”. Poco después, en aquel apartamento de la plaza de Castilla, comenzaba una nueva etapa.