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El nuevo maestro del pueblo (5)

El contrato firmado no prometía solo un empleo, sino una vida llena de secretos y placer prohibido. Mientras el pueblo murmura, Roberto descubre que la viuda más reservada esconde una fiera sexual dispuesta a romper todas sus barreras.

Alfonso40K vistas9.6· 77 votos
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Una dama especial

Me dio unas buenas chupadas hasta dejarme la polla brillante, y un suave beso en los labios con sabor a semen, como despedida. Me hubiese gustado que me contase más cosas sobre la condesa, pero después de ese polvo salvaje me apetecía irme a la cama.

Adel me había dejado la puerta sin echar la llave y entre sigilosamente para no hacer ruido. Todavía quedaba una semana para que comenzasen las clases y eso me vendría bien para conocer el pueblo y sus gentes, vamos, a parte de las ya conocidas.

La habitación estaba a buena temperatura y me desnudé para tumbarme en la cama. Mi cabeza comenzó a cavilar desahogadamente pensando en ese primer e intenso día. Me parecía increíble haberme follado a tres mujeres, además de a mi adorable casera. Me toqué la polla instintivamente pensando en lo que me esperaba. Según la condesa, tendría que contentar a las madres. Ya había estado con una y me quedaba por saber de qué iban las otras dos, pero no solo eso, también me había hablado de algunas que no eran las madres. Estas tendrían más años, y supongo que tendría que satisfacerlas si quería mantener el suculento contrato, pero quiénes serían? Casadas, solteras, viudas? Quizás demasiado viejas? Sacudí la cabeza al sentir un escalofrío, lo mismo me tenía que follar a alguna de ochenta.

Me quedé dormido sumido en esos pensamientos y al día siguiente al despertar tenía mensajes en el móvil. Eran las otras dos madres insistiendo para que fuese a merendar. Eso me hizo pensar que Eva ya las habría contado algo.

Me di una ducha y bajé vestido hasta la cocina. No había nadie, pero en la mesa había cantidad de viandas para desayunar y el café se mantenía caliente. Me senté con hambre y comencé a devorar bollos y magdalenas, y al momento apareció Adel.

-Parece que tienes hambre.

- Pues la verdad es que si.

- Pues come hijo, come todo lo que te apetezca. Que tal la cena de anoche con la condesa?

- Bastante bien. Me ha ofrecido un buen contrato y ya lo he firmado.

- Pues me alegro, porque eso significa que te vas a quedar, jajaja.

- Pues sí, por lo menos un año, que es lo que he firmado.

- Y que te ha parecido la condesa?

- Algo fría en el primer trato, pero creo que esconde parte de su personalidad. – no quise desvelar nada a Adel de momento, aunque tampoco sabía hasta donde estaba enterada ella de ciertas cosas.

- Aunque es amable con la gente es algo distante y guarda mucho su intimidad.

Su respuesta me dio a entender que no sabía nada de lo que ocurría en el palacete, o que no me lo quería decir.

-Me han escrito las madres de los niños para que vaya a merendar a su casa. – cambié de tema.

- Ya fuiste a la de Eva ayer, noo?

Realmente no le había dicho nada, pero estaba claro que se había enterado.

-Estuve en la reunión con las tres.

- Jajaja, aquí los rumores corren como el fuego. Te vieron acompañando a Eva y los niños a sus casa.

- Pues si que corren rápido.

- Bueno, eso no significa nada, solo te vieron acompañándola, pero tendrás que ser más discreto si vuelves a ir por allí. Una vez es algo normal, acabas de llegar al pueblo y tienes que conocer a la gente, pero si repites visita seguro que los cuchicheos aumentarán, jajaja.

- Bueno, pues con las visitas a las demás creo que van a aumentar. Pero quién te lo ha dicho?

- Mi amiga Laura, que vive en la casa de al lado de Eva. Es la mujer del panadero y se pasa el día sola pues él se levanta temprano para hacer el pan y después tiene que dormir cuando lo ha despachado. A si que se aburre mucho y de vez en cuando viene a verme a contarme chismorreos.

Sonreí pensando en las dos contándose los chismorreos, era una escena que me gustaría ver algún día. Pero se me ocurrió preguntarle algo pensando en el cura.

-También se confiesa muy a menudo?

- Jajaja, que pillín que eres. Aquí nos confesamos todas.

- Y ella, te ha confesado algo a ti, o tú a ella?

- Bueno, me ha dicho que eras un chico muy guapo y de la suerte tenía de que se te alojarás en mi casa.

- Y… le has contado tu algo?

- Jajaja, algo la he contado. Es mi mejor amiga y nos contamos algunas cosas.

- Entonces… os habréis contado cosas del cura.

- Jajaja, algunas! Jajaja!

Su risa era nerviosa y sabía que me ocultaba algo.

-Venga Adel, sabes que puedes confiar en mí.

- Vale, vale. Esta es la amiga de la que te hablé que me consiguió el rabo de goma, y es con la que más confianza tengo de todo el pueblo. La verdad es que nos lo contamos casi todo, y por supuesto lo de don Ramón. Ella es más descarada que yo y ni siquiera tuvo que embaucarla, casi fue ella la que le incitó a él, jajaja.

- Entonces… le hace las mismas cosas que a ti?

- A ella le hace más, jajaja, creo que la hace de todo. Es algo más joven que yo y se conserva muy bien, y es que además está más salida que una perra en celo, jajaja.

- Por qué dices que está salida?

- Porque según lo que me cuenta se masturba dos veces al día por lo menos, jajaja. Ella se compró el rabo de goma antes que yo y anda todo el día a vueltas con él. Su marido siempre anda cansado o bebido y no se entera de nada como la mayoría de los tíos del pueblo.

-Ya veo que el cura tiene trabajo todos los días de la semana. – reímos los dos a carcajadas.

Mientras nos reíamos pensaba en esa mujer. Adel me había dicho que era más joven que ella y que se conservaba bien. También entendí que le había contado algo de lo que habíamos hecho e intenté que me contase más.

-Entonces ya sabe que hemos andado jugando tu y yo.

- Jajaja, pues si, y está como loca por coger cacho.

- Pero que le has dicho?

- Que tenías el rabo más hermoso que había visto en mi vida, jajaja.

Los dos reímos de nuevo pero se soltó algo más.

-Y hora quiere conocerte hoy mismo para comprobarlo, jajaja.

- Joder, se me va a acumular más trabajo que a don Ramón.

Las carcajadas se hicieron tremendas. Adel y yo habíamos conectado de maravilla.

-Y cuando piensas presentármela? – pregunté ya intrigado por conocer a esa mujer.

- Pues si quieres ahora. Tengo que ir a por el pan y su casa está al lado. Te puedes venir y de paso conoces al marido.

Casi me reí al pensarlo y quise hacer un chiste.

-Y tendré que enseñarle el rabo delante del marido?

- Jajajaja – se partió de risa – Que saláo que eres. El marido está en la panificadora, que es donde tiene el horno para cocer el pan, y su casa está a unos metros. Primero vamos a por el pan y después a su casa. La llamaré para decirle que vamos. Es muy presumida y se querrá poner mona.

Adel se puso un vestido colorido como le había aconsejado y salimos de camino a la panadería. Saludó alegremente a algún vecino/a que nos encontramos por el camino y llegamos a la panadería. Un par de abuelas que había delante me miraron de arriba abajo con caras de intriga y cuando nos tocó el turno Adel me presentó a Manuel como el nuevo maestro.

Manuel era un tío cordial, cabizbajo y con cara de cansado (como ella me había dicho). Su saludo no fue muy efusivo, y tampoco era de muchas palabras. Después de coger el pan nos fuimos hacia su casa que estaba a unos cien metros.

-Ya tienen más más cuchicheos. – susurré a Adel de camino.

- Jajaja, no te preocupes que entrando conmigo no podrán imaginar cosas raras.

Eso me intrigó más. No sabía que iba a pasar, nos presentaría y nos iríamos? O pretendía dejarnos a solas? Si se iba ella antes lo que decía no tenía sentido, pues si me quedaba yo solo y las costillas estaban al tanto si que esos cotilleos podrían ser más pecaminosos.

Cuando Laura nos abrió la puerta me quedé obnubilado. Se había puesto un vestido bastante corto y tremendamente escotado. Era de un color aceituna y se ajustaba a su cuerpo como si la hubiesen embutido. Era algo más baja que Adel, pero con unas tetas imponentes y unas caderas tremendas. La estrechez de su cintura hacía más exuberantes sus amplias curvas y los tacones de sus zapatos eran de vértigo. Si el vestido no hubiera sido algo elástico estaba seguro que las tetas lo hubiesen reventado.

Tenía una cara redondita y risueña, y los labios impregnados con un carmín rojo fuerte remarcaban su amplia boca. Lo primero que pensé es que con esos labios sería una gozada que me la chupara, pero mi mente salida y calenturienta no se quedó ahí. También pensé que con ese culazo podría darme una cabalgada salvaje agarrado a su estrecha cintura.

Pasamos y después de saludarme con dos sonoros e intensos besos en las mejillas nos ofreció café. Los cinco primeros minutos de conversación no paro de adularme, que guapo que era, que qué joven, que lo bien que le iba a venir al pueblo un maestro así, y todo ello sin dejar de removerse en el sillón cruzando las piernas de un lado a otro sin parar, y con ese vestido tan corto pues le veía las bragas en cada movimiento.

Adel no tardó en decir que se tenía que ir a realizar las labores de la casa, pero Laura insistió en que yo me quedase un rato más. Estaba claro que esa exuberante mujer estaba como loca por la marcha. Finalmente la convencí para hacerla una visita otro día pero no tuve más remedio que darle mi número de móvil.

Cuando salimos de la casa, Adel y yo nos miramos y acabamos riéndonos.

-La has dejado con el caramelo en los labios. – me dijo Adel.

- Me parecía un poco fuerte acabar de conocerla y quedarnos los dos solos en su casa.

- Creo que estaba tan loca por la marcha que ella tampoco lo ha pensado, pero ahora que tiene tu teléfono no creo que tarde en enviarte mensajes para que vayas.

- Pero no creo que sea prudente que me vean entrar a mí solo. Una cosa es visitar a las madres de los niños y otra visitar a cualquier otra señora del pueblo.

- Casi todas las casas tienen un terreno detrás que utilizamos como huerto o jardín, y también una puerta trasera para acceder directamente. Hay un camino que va por toda esa zona trasera y que apenas es transitado, y menos cuando se pone el sol. Si vas por ahí a cualquier casa nadie te verá.

Lo que me acababa de decir me hizo reflexionar. Cuanto sabía Adel que no me había contado?

-Has usado alguna vez esa puerta para tener alguna visita?

- Jajaja – rió nerviosa, pero no contestó.

Sonó algún mensaje y miré el móvil. Había varios. Unos era de Rosa y Candela, las dos insistiendo en que fuese a merendar a sus casa con insinuaciones escondidas entre las viandas diciéndome lo buenas que podrían ser.

También tenía otro de la condesa diciéndome que tenía que presentarme a alguien y que me esperaba para comer. Después del contrato que había firmado me había quedado claro que no podría decirle que no a nada, y se lo comenté a Adel para advertirla que no me esperasen a comer. En ese momento nos encontramos con el cura, que ya se había aprendido mi nombre.

-Vaya, pero si son mi querida Adel y Roberto, el nuevo maestro. Ahora estaba pensando en ti porque quería hablar contigo.

Me invitó a una cerveza en el bar y me presentó a un par de paisanos que bebían cuando entramos. Después quiso que le acompañase a la iglesia para hablar, pero no me apetecía y me excuse diciéndole que tenía cosas que hacer. Me dio su teléfono y me dijo que cuando tuviese tiempo que le llamará para hablar.

Me fui hacia casa de Adel para coger el coche y dirigirme al palacete, pero el cura me había dejado intrigado. Por qué esa insistencia por hablar?

De camino contesté a las madres diciéndole a Rosa que iría a verla por la tarde y a Candela que me pasaría al día siguiente. Cuando llegué al palacete me abrió la verja Joaquín con la misma cara sería y cabizbaja que el día anterior. Aparqué el coche y llamé a la puerta. Me abrió Elena, pero vestida más decentemente que la noche anterior. Su trato fue como si no hubiésemos follado hace unas horas, educada y sumisa me llevó hasta un salón donde esperaba la condesa.

-Ya te comenté ayer que tú contrato incluía algunos extras que no eran las madres de los niños. – me dijo al quedarnos solos.

- Es algo que recuerdo bien. – dije poniendo cara de pasota.

- Pues hoy pasarás la primera prueba a ver si das la talla. Las mujeres no solo desean follar, desean disfrutar a su manera y quedar satisfechas, incluidas las de cierta edad.

- Hasta donde sé, creo que todas con las que he estado han quedado muy satisfechas. – volví a contestar más sobrado aún.

- Pero siempre has elegido tu, aunque también se que no haces ascos a ninguna. Virtudes, la que te voy a presentar, es una buena amiga mía. Se quedó viuda hace diez años y necesita a un hombre, pero no le vale cualquiera pues ya salió esquilmada con el marido que tuvo.

Como iba de sobrado me atreví a replicar.

-No le ha presentado a don Ramón?

- No seas impertinente. Yo decido quien presentar y a quién.

Su voz seca y autoritaria hizo replegarme y contesté con seriedad haciéndola saber que la que mandaba y pagaba era ella.

-De cuerdo doña Genoveva.

- Esa actitud me gusta más.

- Virtudes es una mujer de cincuenta y dos años, reservada, algo tímida y de pocas palabras. Tendrás que ser educado y galante, nada de groserías ni palabras mal sonantes. Le gustan los niños, aunque no ha tenido ninguno. Hablaréis sobre la educación infantil y le explicarás el sistema que vas a seguir. Si le caes bien, y espero que sea así por tu futuro en este pueblo, te invitara a comer a su casa y lo que ocurra allí ya es cosa vuestra. Tan solo espero que puedas cumplir con sus expectativas.

“Menuda charla!”, me dije a mi mismo. Ni que fuera la directora de una gran empresa. Por supuesto mi respuesta fue sería y contundente.

- Tenga por seguro que no la defraudaré, ni a usted ni a ella. – casi me había amenazado con romper el contrato si fallaba así que mi respuesta fue rotunda.

Me llevó a otra sala donde esperaba la tal Virtudes. Se levantó cuando llegamos y la condesa hizo las presentaciones.

Virtudes llevaba un vestido negro hasta por debajo de las rodillas y sin nada de escote. Era delgada con el pelo algo canoso recogido en un moño. Sus facciones eran austeras, cara alargada sin apreciar maquillaje, ojos pequeños claros, nariz fina y boca alargada de labios finos en los que tampoco aprecié ningún carmín.

No era baja, calculé uno setenta de estatura, aunque subida en unos zapatos negros de tacón mediano la estilizaban aún más. El vestido no era ajustado, pero se marcaban claramente las tetas elevadas, seguramente por un sujetador apropiado, y un culo redondo y nada caído para su edad.

Elena nos sirvió té y café y después de unos minutos de conversación Genoveva nos dejó solos. Su tono de voz era agradable, y llegó a esbozar alguna sonrisa durante la conversación, casi toda relacionada con mi trabajo.

Me dijo que leía mucho y que la interesaba mucho la actualidad, la moda y la tecnología, esto último me sorprendió, bueno, también lo de la moda viendo cómo iba vestida. Poco a poco se fue soltando y perdiendo esa austeridad en sus gestos hasta que me dijo la frase clave que esperaba

-Me gustaría invitarte a comer a mi casa. Se me da bien cocinar, pero apenas lo comparto con nadie.

- Por supuesto doña Virtudes. Para mí será un placer. – continúe con mi pos educada y galante.

Nos levantamos y salimos hasta el hall donde parecía esperar Elena.

-Joaquín los llevará a su casa doña Virtudes. – dijo con una leve sonrisa.

- Pero si yo he traído coche.

- No se preocupe don Roberto, cuando doña Virtudes disponga Joaquín le recogerá para traerle hasta aquí de nuevo y así podrá recoger su coche.

No lo entendía muy bien, pero no puse más pegas. Montamos en el mercedes de cristales tintados y Joaquín nos llevó hasta la casa de Virtudes. Era una casa individual con callejones a los lados. El coche se metió por uno de ellos y llegó a la zona trasera de la casa. Nos bajamos y Virtudes abrió una puerta que había entre los altos muros y entramos con rapidez. Me dio la sensación de que no quería que nos viese nadie entrar.

Atravesamos un extenso jardín muy bien cuidado que había entre los muros y llegamos a la puerta que daba a la casa. Desde fuera se veía grande, pero al entrar directamente al salón me pareció enorme.

Virtudes me sirvió un vino acompañado de unas lonchas de jamón y me dijo que se iba a cambiar. Cuando volvió me quedé mirándola con cierto asombro. Se había deshecho del austero vestido negro y se había puesto uno fucsia con motivos verdes y amarillos. Este era más corto y dejaba ver una parte de sus muslos cubiertos con medias de cristal, y el escote, bastante generoso, dejaba ver una buena parte de sus tetas de piel torneada por el sol. Los zapatos eran más altos, de fino tacón y a juego con el vestido.

Al ver mi cara de pasmado sonrió.

- Ya te había comentado que me interesaba la moda y me compro ropa de lo último que sale, pero no me gusta exponerme con ella a las miradas de estos cafres.

Le había cambiado hasta la cara. Sus facciones ahora eran más amables y también noté que se había marcado los labios con un carmín a juego con el vestido, vamos, que parecía otra tía totalmente diferente.

-Te gusta? – preguntó sacándome de la abstracción en la que me había sumido.

- Está guapísima doña Virtudes! – exclamé creyéndome lo que decía.

- Gracias! Pero ya aquí los dos solos en casa, y con la intimidad que esto nos proporciona, olvídate de doña Virtudes, con solo Virtu bastará.

Seguía pasmado mirando sus tetas y su culito pequeño y bien marcado cuando me sorprendió con otra pregunta.

-Te gusta bailar?

- Si, claro.

- Me refiero al baile lento y agarrado, como se hacía antes.

- No es que haya practicado mucho, pero algo he bailado así.

Puso música suave y enamoradiza y unos pequeños bafles, pero de gran calidad, resonaron por todo el inmenso salón. Esta vez sí fui rápido, alargué una mano según volvía y haciendo una leve inclinación le dije.

-Me hace el honor?

- Será un placer. – sonrió cogiendo mi mano y yendo hasta el centro del salón donde había un espacio despejado.

Puse mis manos en su cintura y ella las suyas en mi cuello. Comenzamos a dar pasos lentos y al momento se pegó a mi cuerpo como si una fuerza invisible la trajera contra mí. Sentí su mejilla contra la mía, sus tetas contra mi pecho, y su pelvis contra mi regazo, y nos fundimos como un solo cuerpo.

A cada paso notaba cómo su pierna se metía entre las mías provocando un suave y delicioso roce que comenzó a activar mi miembro dormido. Su aliento cálido llenaba mi oreja como una suave brisa de verano, y al minuto tenía la polla totalmente erecta intentando reventar el pantalón.

-No se te da mal. – Susurró a mi oído rozándome el lóbulo de la oreja con los labios.

- Es que lo haces muy fácil, Virtu.

- Me encanta bailar así. – volvió a rozarme el lóbulo – Y si es con un chico guapo como tú, más!

- Pues a mí también me encanta estar pegado a una chica como tú. – me atreví a decirle sintiendo como a cada paso metía más su pierna entre las mías.

No sé si fue mi respuesta, o quizás que la excitación ya comenzaba a hacerla efecto, pero empezó a chupar y a mordisquear el lóbulo de mi oreja poniéndome más a tono.

-Te gusto… un poquito? – me preguntó con cierto temor en la voz.

- Más que un poquito. – contesté con la mente ya en “modo follar”.

Me miró a los ojos con intensidad con sus labios casi rozando los míos.

-Lo suficiente para… besarme?

No contesté, tan solo acerqué mis labios hasta rozar los suyos y comenzamos un suave a cálido beso. Un beso que se fue haciendo más intenso, en el que las lenguas se encontraron, lamieron y chuparon despertando el deseo.

Ella se abrazó más a mi cuello, y yo bajé las manos y abracé con fuerza su culito, pero de forma delicada. Un culito redondo, alto y relleno de una deliciosa carne que disfruté con mis dedos largo tiempo mientras el beso se iba haciendo voraz.

Cuando separamos los labios sus ojos brillaban con intensidad.

-Ufff, que bien besas! – me susurró contra los labios sin dejar de apretarse contra mí – Creo que tendremos una agradable sobremesa.

Nos despegamos y sirvió una suculenta comida casera. La verdad es que disfruté de los dos platos, pero disfruté aún más del postre. Me dio la impresión de que no quiso llegar a la sobremesa dada la excitación que mostró durante la comida. Su entusiasmo fue aumentando según avanzaba en el relato de su vida. Si, digo de su vida porque eso es lo que hizo, contármela.

Se había casado con su marido cuando solo tenía dieciocho años. Había deseado un hijo que su marido no había podido darle, a pesar de haberlo intentado constantemente durante los primeros cinco años de matrimonio. El acto sexual para lograr la fecundación se convirtió en un hábito casi diario, algo que según ella su marido llegó a aborrecer. Por el contrario, ella que nunca había estado con otro hombre descubrió sensaciones en su cuerpo que no conocía, pero eso a la vez fue un castigo pues su marido se negó a practicar el sexo con ella, de hecho, acabaron durmiendo en habitaciones separadas.

Se quedó en esa parte del relato cuando ya habíamos terminado el segundo plato y me ofreció el postre, un postre que iba a ser especial.

Ya habíamos intimado en ese primer baile con besos ardientes y suaves toqueteos, y cuando me dijo que el postre sería diferente con una sonrisa casi perversa, sonreí intentando adivinar en qué había pensado, pues todo indicaba que habría algún ingrediente sexual.

-Que prefieres, whisky, ron o ginebra?

- Whisky.

Se levantó y se fue hasta la cocina a por el postre mientras yo esperaba expectante. Tardó unos minutos, pero cuando apareció abrí los ojos hasta casi sacarlos de las cuencas. Se había quitado el vestido y venía en ropa interior, una ropa interior también fucsia como el vestido. El tanga delimitaba las perfectas curvas de sus caderas y caía sobre las ingles tapando los abultaditos labios vaginales que se marcaban bajo la tela. Un liguero sujetaba sus medias haciendo sus muslos más atractivos. El sujetador realzaba su pecho tapando tan solo los pezones, y parte de las grandes aureolas. Era un pecho mediano pero muy bien conformado.

Con una mano sujetaba una bandeja en la que traía un bol con uvas y otro con fresas, también un bote de nata en spray y una botella de whisky. Dos vasos y una hielera repleta de hielos llenaban la bandeja. Mi mente comenzó a trabajar con todas las neuronas disponibles imaginando las cosas que podríamos hacer con esos postres.

-Vamos al sofá. – me dijo con una sonrisa insinuante.

Dejó la bandeja en la mesa baja y nos sentamos uno junto al otro. Se puso una fresa entre los dientes y me reto a mordisquearla mientras ella me desabrochaba la camisa. Lamí y mordisqueé la fresa a la vez que sus finos labios y cuando acabé de comérmela ya tenía mi torso desnudo. Me quité la camisa por completo y comenzó a lamerme el pecho y los pezoncillos que se me habían endurecido, pero sin dejar sus manos quietas.

Me desabrochó el pantalón y metió la mano con pericia para abrazar el ya endurecido tronco de mi polla. Cuando la tuvo entre su mano dejo de lamerme para sacarla fuera del pantalón y mirarla con ojos hambrientos. Volvió la vista hacia mis ojos y me besó con deseo, un deseo repleto de ansiedad que sentí al devorarme los labios.

-Vamos a jugar. – dijo al despegar su boca de la mía.

Llenó uno de los vasos con whisky y mojo una uva para después ponérsela en el canalillo que formaban sus bonitas tetas. Estaba claro lo que quería y no tuvo que decir nada. Comencé a besarla por los labios y bajé por el cuello hasta donde permanecía la uva presionada dejando un buen rastro de saliva.

Empecé a lamer la uva a la vez que lo hacía con la tersa piel de sus pechos y la respiración se le aceleró. Acabé comiéndome la uva y continué lamiendo los pezones por encima de la fina tela que los protegía. Sentí cómo se endurecían, y suaves jadeos emergieron de su boca.

Ella misma tiró del pequeño sujetador para liberar los pezones y de inmediato comencé a comérselos. Chupadas, lamidas y tiernos mordisqueos aumentaron su excitación, una excitación que parecía querer contener. Podía notar como su cuerpo vibraba con ligeros temblores a cada mordisquito que aplicaba en los duros pezones y puso una mano tras mi cabeza sin llegar a apretarla.

Bajé una mano por su vientre hasta llegar al borde de la tela del tanga. Pasé la mano por encima de la tela y toqué sus labios vaginales. Su cuerpo dio un leve estertor y noté cómo una gran tensión crecía dentro de él. No sabía si era por su nerviosismo, o quizás por qué tenía una gran sensibilidad, pero me pareció estar con una chica joven en sus inicios sexuales.

Al sentir mis dedos, movió la pelvis desacompasadamente buscando un mayor roce y casi me llegué a reír sin dejar de trabajar los tersos pezones. Pasé los dedos bajo la fina tela y toqué la carne, una carne caliente y sedosa sin un solo pelo que formaba una deliciosa raja. Otro espasmo de su cuerpo me advirtió de su extrema sensibilidad. Introduje un dedo entre los labios y noté el calor que desprendía su vagina. Profundice despacio, con pequeños movimientos para que se fuese abriendo y su respiración se agitó más sobre mi cabeza.

Mi dedo fue penetrando con pequeños movimientos hasta introducirle todas las falanges, y al sacarlo rozaba el clítoris. Eso fue brutal para ella, pues los espasmos de su cuerpo aumentaron y al momento se corrió. Movía la cabeza hacia los lados jadeando como un caballo cuando acaba una carrera.

- Por dios, para! Para! Ahhh...

- Lo siento. He hecho algo que no te guste?

- Ahhh, no, ahhh, no... es que... no quiero que sea así. - gimió entre jadeos y bocanadas ansiosas cogiendo aire.

No la entendía. Se había corrido, pero decía que no quería que fuese así. Pues que coños quería?

Retiré la mano de su empapado coño y me quedé mirando su cara con signos de angustia. Los ojos los tenía totalmente abiertos y entre sus labios se escapaba el aliento que volvía a coger con rapidez. La miré sin decir nada, pero mis ojos pedían claramente una explicación. Me retiró para coger el vaso y dar un buen trago al whisky.

- Perdona, es culpa mía. No quería que esto ocurriese así.

- No sé cómo querías que ocurriese, pero mi impresión es que lo has pasado bien.

- Si, lo he pasado bien, pero... he perdido el control.

- Esto no hay que controlarlo, tan solo disfrutar de ello.

- No, no, tengo que controlarlo! - insistió con desasosiego.

- Pero... por qué?

- Para hacer lo que deseo, tan solo lo que deseo y no arrepentirme después.

Me tenía totalmente descolocado sin llegar a entender lo que decía. Di un sorbo al whisky mirándola con cara interrogante. Comencé a pensar que en algún momento de su vida le había pasado algo de lo que después se había arrepentido, algo relacionado con el sexo, claro. Tras unos segundos de suspense, se agarró suavemente a mi cuello y me besó profundamente.

De sus labios manaba un deseo desaforado que intentaba controlar con el resto de su cuerpo. Podía sentir como temblaba cuando bajo una mano para agarrarme la polla que se mantenía dura fuera del pantalón. La miró con intensidad, como si quisiera grabar esa visualización en su mente. La soltó y se arrodilló en el suelo para quitarme los zapatos. Después me quitó los calcetines y tiró del pantalón hasta sacármelo por los pies. Acarició mis piernas desnudas y paso la lengua por parte de ellas bajando hasta los pies para acabar chupándome los dedos gordos como si fuesen pequeñas pollas.

Nunca me habían hecho eso, pero me gustó. Fue una sensación deliciosa sentir como los chupaba. Mi mente retorcida y calenturienta comenzó a pensar cuantas más cosas sabría hacer que yo desconociera. Lo que estaba claro es que si había una experta sexual en el pueblo era ella.

Volvió a mirar mi polla erecta y me acabó quitando lo único que quedaba en mi cuerpo, los calzoncillos. Miró mi desnudez lentamente, recorriendo con sus ojos todo mi cuerpo como si me estuviese tomando medidas. Se incorporó y me cogió de la mano tirando de ella para que me levantase del sofá y me llevó junto a la chimenea.

Una alfombra gruesa cubría el espacio vacío entre el fuego y una mesa baja, y pude sentir el calor de ese fuego y el chisporroteo de la madera seca cuando hizo que me tumbase sobre la alfombra. El tacto era suave y cálido, y ligeramente mullido. Se tumbó sobre mi cuerpo y comenzó a restregarse contra él reptando como una serpiente a la vez que me besaba por diferentes partes. Lamidas en mi pecho, en mis pezones, en mi vientre, en las ingles, en las piernas, en los pies, vamos, por todo el cuerpo excepto la polla y los huevos, era como si lo reservara para el final, o eso pensé yo.

Después de un buen rato de sobo en silencio, cogió el bote de nata que había dejado sobre la mesa baja y rocío parte de mi polla dejándola blanca. Parecía una estaca nevada clavada en mi regazo y le dio un lametazo a todo el contorno del capullo haciendo que desapareciese parte de la nata. Yo ya estaba que me salía con tan solo el sobo, pero ese lametazo fue un latigazo tremendo para mi cerebro. Continuó lamiendo el tronco hasta hacer desaparecer toda la nata y bajó a los huevos para metérselos, uno tras otro, en la boca dándoles suaves succiones. Todo mi cuerpo se tensó como la tela de una vela azotada por el viento.

Volvió a subir lamiendo por el tronco duro y venoso hasta alcanzar el capullo y engullirlo de un solo chupetón. No pude evitar otro espasmo incontrolado al sentir esa tremenda succión, y parte del fluido preseminal se derramó dentro de su boca. No sé qué cojones me estaba haciendo, pero sentía que estaba a punto de correrme sin apenas haber comenzado a chuparme la polla. Puso una mano bajo los huevos y comenzó a masajearlos. El roce de sus tetas contra mis piernas, ese delicioso masaje de huevos, y varias chupadas engullendo la mitad de mi polla hizo que estallase como un puto principiante.

El semen empezó a derramarse dentro de su boca ayudando con ligeros movimientos pélvicos, pero no dejó de chupar, más bien aumentó el ritmo mientras se tragaba cada chorretón que salía. Cuando mi polla dejó de manar leche, bajó el ritmo de sus succiones, pero continuó chupando con suavidad. La polla se había puesto algo morcillona, pero al minuto estaba como el palo de una escoba de nuevo.

Yo había cerrado los ojos, pero al sentir esa dureza palpitante de mi miembro los abrí. Se incorporó con una media sonrisa que no supe definir, y se subió a horcajadas sobre mi regazo. Su cara desprendía un brillo especial que tintineaba al ritmo del movimiento de las llamas del fuego. Agarro la polla totalmente endurecida y la colocó entre su caliente raja. Bajó lentamente mientras me miraba a los ojos y pude ver como cambiaba la expresión de su cara a cada centímetro que entraba. Era como si disfrutara cada milésima de segundo de esa lenta penetración.

Subió y bajó varias veces con esa expresión, una mezcla de angustia y placer, hasta que consiguió metérsela entera. Cuando su redondo culito chocó contra los huevos apretados entre mis piernas, se paró para deleitarse de ese momento. Podía sentir como su vagina se apretaba contra la carne que la invadía mientras empezaba a moverse lentamente adelante y atrás. Me atreví a levantar las manos y posarlas sobre sus tetas. Las apreté con suavidad, las amasé al ritmo de sus leves movimientos, y rocé sus pezones que estaban como piedras. Su boca comenzó a gemir, y sus dedos se engarfiaron en mi pecho sintiendo como me clavaba las uñas.

Sus gemidos aumentaron de tono y sus dientes se apretaron. Aumento de ritmo los leves movimientos y casi rugiendo sentí como se corría.

- Ahhhhg, diossss... - balbuceó entre sonidos guturales y gemidos.

Pensé que iba a parar, pero continuó lentamente. Cambió sus movimientos, y ahora subía y bajaba con lentitud haciendo que mi erguida polla saliera casi por completo para volver a metérsela hasta los huevos. Joder, eso sí que provocó que mi mente salida y lujuriosa reaccionara. Sin poder aguantar más, metí las manos bajo su redondito culo y comencé a ayudarla en esos movimientos. A los pocos segundos tiraba se su culo y le clavaba la polla hasta las entrañas. Sus gemidos se convirtieron en gritos desgarradores que me llegaron a asustar, pero no paré. Seguí follándomela tirando de su culo brutalmente que hacían sonar sus nalgas al chocar contra mis muslos retumbando por todo el salón.

Me animó aún más al oírla decir.

- Ahhhg! Síii! Asiiiii...

Pensé que la iba a romper por la mitad con esa brutalidad, pero esa mujer madura con un deseo rebosante parecía aguantar perfectamente mis embestidas, más bien parecía querer incluso más fuerte, pero no lo pude comprobar porque en ese momento se corrió de nuevo y me gritó.

- Para cobrón! Paraaaaa...

Casi asustado por su grito desgarrador paré en seco. Su cuerpo temblaba con fuertes espasmos todavía con mi polla dentro. Mi cara debía de ser un poema porque cuando me miro con los ojos casi desorbitados sonrió entre los jadeos agitados que no podía sofocar. No me atrevía a decir nada, tan solo la miraba sin entender esa sonrisa ligeramente felina.

- Te agradezco... que hayas... parado... - pudo articular – y perdona… por llamarte… cabron. – intento sonreír entre su agitada respiración.

- Si me pides que pare... pues paro, y lo de “cabron”, no me importa. Durante el sexo esas cosas se admiten. - contesté sin entenderla realmente.

- No siempre es así. Quiero contarte algo para que me entiendas, pero antes me tienes que prometer que jamás se lo dirás a nadie, y menos a Genoveva.

- Si claro.

- Pero prométemelo. - insistió

No sé por qué era tan importante esa palabra, pues para mí no significaba mucho, y la pronuncié sin ninguna convicción.

- Prometido.

- Gracias.

Se sacó la polla del empapado coño y tumbándose sobre mi cuerpo comenzó a hablar con su boca muy cerca de la mía.

- Ya te he contado parte de lo que fue mi vida de casada, y como te he dicho el tema del sexo fue un desastre. Al cabo de un par de años de la muerte de mi marido Genoveva se ofreció para ayudarme. Después de unas cuantas visitas a su casa y largas charlas sobre este tema, me convenció para asistir a una de sus reuniones relacionadas con el sexo. Esas reuniones se trataban de estar con hombres que yo no conocía y que tampoco llegue a conocer, pues todos íbamos con máscaras. Según ella esa era una forma de guardar la intimidad de cada uno.

Paró y se fue a por el vaso de whisky, lo rellenó y después de dar un buen trago lo dejó sobe la mesa baja cercana a la alfombra. Creo que lo necesitaba ese trago para continuar mientras yo me había quedado extasiado al oír lo que Genoveva hacía, “reuniones sexuales”. No me dio tiempo a configurar mis neuronas para analizar ese contexto porque se tumbó de nuevo sobre mi cuerpo y continuó de inmediato.

- La primera fue bastante bien, conversación, baile, risas, y algunas carantoñas. Me animé bastante y asistí a la segunda. En esta hubo algo más. Los besos y los toqueteos se hicieron más intensos y acabé con uno de los hombres en la cama. Fue cariñoso, sensible y educado, y la verdad es que disfruté mucho y lo pasé genial.

- Pero no sabes quiénes eran? – pregunté con la intriga reptando por mi cerebro como una serpiente venenosa.

- Es gente que venía de fuera, amigos de Genoveva según decía ella, y tampoco nos quitamos las máscaras en la cama.

- Pero con una máscara en la cama... no sé... no te molestaba?

- Eran mascaras muy finas, de silicona o algo parecido, que te dejaban libre solo los ojos, la boca y el final de la nariz. Me mire al espejo con ella y ni siquiera me reconocía yo misma.

- Y solo eran hombres y.… tu?

- En ocasiones también había mujeres.

- Y tampoco las conocías?

- Íbamos todos con las caras ocultas y con vestidos que nos proporcionaba Genoveva para esas ocasiones, pero por la voz me pareció distinguir a una de las mujeres del pueblo una de las veces, aunque no lo puedo asegurar. Mis relaciones con la gente de aquí son escasas.

- Y que más pasó? – pregunté cada vez más intrigado.

- Aquello me gustó, la verdad es que me sentía protegida con esas máscaras y cada vez me desinhibía más. Me relacioné con más hombres, pero no avanzaba sexualmente, era como si cada vez que me acostaba con alguien me quedara con ganas de más, y esperaba ansiosa la siguiente cita.

Otro corto silencio y otro largo trago. Por su cara supuse que llegaba el momento difícil.

- Hasta que llegó uno que me sacó todos los deseos que guardaba en lo más recóndito de mi mente. Aquello fue algo que superó todas mis expectativas sexuales, pero me ofreció más, cosas que según él me llevarían al límite de mis deseos. Acepté y me llevó a una habitación algo siniestra. Había armas antiguas colgadas en las paredes y cadenas que se descolgaban del techo con grilletes al final de ellas.

De repente recordé haber visto esa habitación en la pantalla del pequeño salón, una más de las que Genoveva tenía capturadas con cámara. La intriga me recomía cada vez más, y esperaba con ansiedad cada frase.

- Me mostró la habitación explicándome la época de cada una de las armas, y aclarándome que ahora tan solo eran decorativas. Volvió a preguntarme que si quería experimentar más sensaciones sexuales y en ese momento no dudé en decir que sí. Entonces señaló las cadenas que colgaban del techo con grilletes, y me dijo que si estaba dispuesta a dejarme que me atase con ellas. Dude unos instantes, pero insistió en que experimentaría cosas diferentes atada a esas cadenas y con los ojos vendados.

Yo ya estaba que me salía imaginando lo que podía suceder. Sentía su cuerpo caliente sobre el mío y acariciaba su espalda y su redondito culo con el deseo desbocado de nuevo. Su aliento al hablar sobre mi boca alentaba mis instintos más depredadores, y las ganas de follármela de nuevo avanzaban como una tormenta imparable.

- Finalmente accedí con cierto temor, y después de sujetar mis muñecas con los grilletes y vendarme los ojos con un pañuelo, comencé a sentir sus manos y su lengua por todo mi cuerpo desnudo. Esos primeros minutos fueron deliciosos, nunca me había sentido atada sin poder hacer nada mientras alguien me excitaba lamiéndome, besándome y tocándome por todos lados. Mi excitación llego a un punto culminante cuando sentí como me follaba jadeando sobre mi boca. Esa sensación de sentir sin ver, y sin poder tocar, era un paso más a la lujuria que avanzaba imparable por mi cuerpo.

Su forma de describirlo me hacía vivirlo, como si la estuviese observando en ese momento. Paró un instante para coger mi polla que estaba como una piedra y colocarla entre sus muslos abiertos dejando el capullo en el inicio de su raja. Creo que se había calentado ella misma recordándolo, y quería disfrutar con esa ligera penetración.

- Tengo que reconocer que fue algo brutal y disfruté como nunca antes lo había hecho. Me folló por delante, por detrás, me abrió el culo y me empalo deliciosamente con una suavidad exquisita. Las cadenas se podían subir y bajar, y me puso la boca a la altura de su polla, y se la mame con una fiereza que me sorprendió a mí misma, pues así es como me sentía, como una fiera encadenada.

Se movió ligeramente y provoco que mi polla penetrase algo más. Podía sentir como su coño ardía, tanto como mi salido cerebro.

- Yo me corrí varias veces, y él se acabó corriendo en mi boca y parte de mi cara. Estaba tremendamente excitada y feliz, con un deseo desbordado que manaba por todos los poros de mi piel. Todavía jadeante, pensé que me iba a soltar, pero en vez de eso, sentí como entraba más gente a la habitación. Todo mi cuerpo se tensó al pensar que había gente viéndome así, desnuda, atada y excitada, pero el tema no quedo ahí. Al momento comencé a notar como varias manos sobaban mi cuerpo, y sentí una mezcla de ansiedad y excitación.

Estiró la mano para coger el vaso y dio otro trago de whisky. Pensé que si yo hubiera bebido la cantidad que llevaba ella ya estaría borracho, pero ella parecía dominar totalmente la situación. Mi imaginación se adelantó a sus palabras y comencé a pensar que se la iban a follar varios tíos, pero cuantos?

- Fue un momento excitante, pero a la vez amargo. Nunca había sentido tantas manos tocándome, acariciando mis tetas y mi culo a la vez. Otra mano tocaba mi coño, y otra metía dos dedos en mi boca mientras escuchaba sus respiraciones agitadas y podía oler el sudor de sus cuerpos. Quería contener mi excitación, incluso gritar, pero no podía. Era como si estuviese luchando contra mí misma.

Comenzó a mover su pelvis lentamente y sentí como mi polla penetraba más. Era una sensación excitante y deliciosa escucharla a la vez que me follaba con esa lentitud.

- Noté como un cuerpo se pegaba por delante y otro por detrás haciéndome un bocadillo. Sentí sus pollas, una en mi coño y otra en mi culo. Las dos penetrando a la vez. La excitación aumento, pero también la angustia. Era como un quiero y no quiero. Mi mente se desquició sintiendo esos dos rabos penetrándome y grité. Esta vez sí pude gritar, pero de placer. Un placer devastador que quería controlar y no podía. Un placer que no había sentido antes, pero que a la vez me aterraba pensando que me estaban follando dos tíos a la vez sin poder saber cuántos más abría mirando o tocándome, pues notaba más de cuatro manos.

Sus movimientos se hicieron más rápidos y ondulados, y mi polla acabo entrando por completo. Tuvo que parar de hablar pues su boca ya jadeaba. La sobaba, la besaba y quería follármela hasta correrme, pero la perversión y el salinismo de mi mente me pedían cambiar de posición. Quería ponerla a cuatro patas y reventarla el coño a pollazos. Su relato me había puesto en un estado salvaje.

La agarré la cabeza y la besé profundamente mientras mantenía toda mi polla dentro de su coño bien apretada. Fue un beso apasionado, lascivo y tremendamente lujurioso. Quería que sintiese mi deseo antes de pedirla que se cambiara de postura. Cundo separé mis labios de los suyos a los dos nos faltaba el aire.

- Tienes un culo precioso, y me gustaría verlo mientras te follo. - me arriesgue en la petición recordando lo que me había dicho Genoveva, que de la satisfacción de esa mujer dependía mi futuro en el pueblo.

- Me siento a gusto y segura contigo, y también deseo sentir ese animal que llevas dentro.

Con esa frase que me dejo patidifuso, se quitó de encima para ponerse a cuatro patas. Todavía estaba pensando en lo que acababa de decir cuando movió el culo sinuosamente en forma de llamada. Me coloqué de rodillas tras de ella y le metí el rabo hasta el fondo. Tan solo un leve gemido salió de su boca al sentir mi enorme polla atravesarla. Volví a pensar en esa historia, en ese momento, en el que se la follaban varios tíos, y mientras, comencé a bombear desesperadamente con las ganas que me había provocado imaginando esa escena dantesca.

Los pollazos fueron tremendos, como si quisiera abrirla por la mitad, pero aguantó estoicamente sin gritar. Tan solo gemidos guturales, imposibles de describir, salieron de su boca.

Mi corrida fue inmensa tras la suya. Los líquidos se mezclaron y comenzaron a rebosar por su abierto coño para caer entre sus muslos. Su cuerpo temblaba como si le diesen calambrazos, y acabó desplomándose cayendo espatarrada sobre la alfombra. Yo caí a su lado cogiendo aire como si faltase en el amplio salón. El silencio se hizo largo y denso tan solo roto por nuestras respiraciones agitadas, y pasaron dos largos minutos hasta que me atreví a insinuar.

- Ha sido... delicioso. _ enfaticé la última palabra.

- Ufff, para mí también.

- Me gustaría que me contases el final de la historia. - otro atrevimiento por mi parte.

Se incorporó levemente para besarme en la boca, un beso delicado y tierno, y continuó relatando, pero de una forma más fría.

- No sé cuántas veces me corrí, pero fueron muchas. Tampoco sé cuántos tíos me follaron, pues no paraba de sentir como acababa uno y empezaba otro. Fue algo brutal, arrollador, y me da hasta vergüenza decir que disfruté como una loca, pero así fue. Cuando acabaron, o se cansaron, no sabría decir cuál de las dos cosas, se fueron y el hombre que había comenzado me desató y me quitó la venda. “Te ha gustado?”, me preguntó tras su mascara. En ese momento la vergüenza me invadió. Me sentía como una puta, como la mayor puta del mundo. Agaché la cabeza sin atreverme a reconocer que me había encantado y lo único que dije es que no iba a volver por allí.

- Pero... si te había gustado...

- Ese es el problema, que no quiero que nadie piense que puedo llegar a ser tan zorra, aunque sean desconocidos.

- Pero entonces... por qué me lo has contado a mí?

- Necesitaba contárselo a alguien, a alguien que no fuera Genoveva. Creo que fue ella la que provocó esa situación.

- Y por qué has vuelto a su casa ahora?

- Al verme tan avergonzada y diciéndole que no volvería a ninguna de sus reuniones creo que se compadeció de mí. Me dijo que estuviese tranquila y que no se lo contase a nadie, que buscaría una solución para que me sintiese mejor. Me hablo de que iba a traer a alguien al pueblo que quizás me agradaría como amigo, y que después yo decidiese que hacer. Por eso he vuelto hoy por primera vez desde ese día, para conocerte.

Después de esa última parte me quedé sin palabras, en menudo lio me había metido. Ahora tenía que saber qué me esperaba, que iba a pretender de mi esa mujer que tenía la cabeza más liada que la mía, y encima mi continuidad iba a depender de sus deseos. Y ahora qué?, fue la pregunta que me hice casi pensando en hacérsela a ella, pero lo pregunté de otra forma.

- Y que te ha parecido nuestro encuentro?

- Ummm, fabuloso! Llevaba tres meses sin follar y ardía de deseos.

Volvió a besarme con pasión, una pasión que me hizo dudar de sus verdaderos deseos. Solo quería follar, o pretendía algo más? La verdad es que era una diosa follando, pero no me apetecía malos rollos nada más llegar.

- Me ha encantado follar contigo, pero no puedo prometerte nada más.

- No quiero nada más, pero me gustaría tener… más encuentros.

Seguía dudando de sus intenciones, pero de momento no podía negarme a sus peticiones.

- De este tipo?

- Claro, pero sin que esté la condesa por medio. Solo tú y yo.

Otro beso profundo apasionado cerró mi boca, pero puse notar lascivia y lujuria en su ávida lengua.

Mi cabeza daba vueltas sin cesar, aunque sus palabras y sus besos nublaban la claridad de mi mente. Tenía que salir de allí ya para poder pensar con claridad.

- Nos podemos pasar los móviles para mantenernos en contacto. – dije finalmente intentando escaparme de allí.

- Me parece buena idea.

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