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El nuevo maestro del pueblo (4)

La condesa le pagó bien para guardar silencio, pero el silencio en esa casa es más caro que el dinero. Mientras ella observa desde las sombras, la criada le ofrece un placer que su marido le niega, desatando una noche de sumisión y dolor consentido.

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La condesa y la criada

Cuando se recuperó se levantó de mi regazo. Tenía los ojos brillantes y la cara desencajada. Su respiración agitada todavía movía sus bonitas tetas y escondí una sonrisa al sentirme dominador ante esa poderosa mujer. Se pasó la mano entre los muslos en un acto para sentir la enorme corrida que se había pegado. Miró mi polla, que seguía erguida como el asta de una bandera.

-No te has corrido? – preguntó con cierto asombro.

- Todavía no.

- Pues yo ya he tenido suficiente. – contestó con esa frialdad inicial que había mantenido durante la cena.

La condesa se puso la bata y me pasó los papeles del contrato. Todavía tenía la polla dura fuera del pantalón, pero eso no pareció importarla.

-Si quieres seguir en el pueblo tendrás que firmar el contrato donde la confidencialidad va incluida como algo esencial.

- Confidencialidad? – pregunté extrañado.

- Tengo que asegurar el respeto por el conde y esta casa, y no quiero arriesgarme a que nadie cuente ciertas cosas, por eso pago bien. En el caso que contases algo a alguien de fuera tendrías una demanda al día siguiente por difamación y una indemnización que no podrías pagar. – dijo finalmente con esa sonrisa fría que ya me había mostrado unas cuantas veces.

- Jamás se me ocurriría difamarla.

- Mejor fírmalo.

Me jodía firmar algo así, pero la cantidad de dinero que me ofrecía en el contrato era insultante. Nunca había firmado nada con la polla fuera del pantalón, pero en este caso lo hice. Tampoco pensaba contarle a nadie mis andanzas, nunca lo había hecho anteriormente y tampoco lo haría ahora. Firmé los papeles que me había dejado sobre la mesa y los guardó en una archivador de una de las estanterías.

-Ahora vendrá Elena para ayudarte a bajar esa hinchazón. Mientras, puedes beber el whisky que quieras. – me dijo antes de largarse dejándome con la polla dura y cara de pasmado.

Como si me hubiese dado una orden, bebí el whisky que quedaba en el vaso y lo volví a rellenar. Había apagado la pantalla pero no había guardado el mando. Lo cogí y la encendí. La cocina apareció de nuevo, pero ya no había nadie. Comencé a trastear con los botones y para mí sorpresa aparecieron más estancias de la casa. El jardín de la entrada con la verja al fondo, lo que parecía un huerto plantado de hortalizas, flores, setos y árboles frutales. También el salón donde habíamos estado por la mañana, una habitación con una cama amplia y otra estancia más siniestra donde se veían armas antiguas colgadas de las paredes (espadas, escudos, hachas, látigos, fustas…). También colgaban del techo cadenas con argollas y una cama con cabecero y pies antiguos de barras metálicas. Realmente era fría y siniestra.

Estaba algo fascinado mirando la decoración de esa curiosa habitación cuando oí una voz tras de mí.

-No debería estar mirando eso. – era la voz de Elena.

- Lo siento… es que me aburría… y se me ha ocurrido…

Llegó hasta donde yo estaba y quitándome el mando de la mano la apagó.

Su voz había sido suave, nada autoritaria y me sonrió sin reproche después de soltar el mando. Me había descolocado su voz pillándome en pleno cotilleo, pero me descolocó aún más su desnudez. Ya no llevaba el vestido retro de sirvienta, tan solo iba en con la ropa interior, sujetador y braguitas blancas, liguero y medias también blancas y zapatos de tacón a juego.

La robustez de su cuerpo era patente, pero también las curvas que lo delimitaban. La polla, que se había quedado morcillona fuera del pantalón durante la espera, volvió a latir con ganas. Instintivamente me la sobé mirando a Elena que se había quedado frente a mí, y ella dirigió sus ojos a la verga que se empinaba por momentos.

-Me ha enviado la señora a tomar un whisky con usted.

- Pues siéntate y tómate uno si te apetece. – contesté algo divertido ante esa situación tan insólita.

Estaba semidesnuda y yo con la polla fuera y me trataba de usted, eso me resultaba gracioso. Se sirvió un whisky y se sentó a mi lado manteniendo una sonrisa tímida.

-Solo quiero que te quedes si realmente te apetece, no porque te lo hayan ordenado.

- Le debo mucho a la señora y siempre estoy dispuesta a hacer lo que me mande, pero en este caso también me apetece. Apenas habló con nadie, a parte de mi marido y los señores.

- Y que haces para ella?

- Pues de todo. Limpio, cocino, atiendo a los invitados…

- Y lo haces con esa ropa que llevabas esta noche?

Miró hacia sus pies con su dulce sonrisa tímida.

-Bueno, tengo varios uniformes y el de hoy es para alguna situación especial.

- Y que era hoy lo especial, yo o el cura?

- Nos ha visto? – preguntó algo alterada.

- Me lo ha puesto tu señora en esa pantalla que acabas de apagar.

Unos segundos de silencio y tras dar un buen trago de whisky comenzó a hablar.

-A la condesa le gusta mirar a veces, pero no pensaba que se lo mostraría a usted.

- Pues lo ha hecho, y creo que ha sido para activar mis sentidos.

Miró de reojo la polla que me masajeaba sin ningún pudor.

-Ya veo que algunos se han reactivado. – rió tímidamente.

-La escena prometía.

- No la ha visto entera.

- No me ha dejado la condesa. Creo que le apetecía más accionar que mirar, pero lo de ver cómo el párroco te calentaba el culo ha estado bien. Realmente te gusta? O lo haces para darle gusto a él?

Miró hacia la puerta viendo que estaba abierta. Se levantó y la cerró para después volver. Otro sorbo al whisky y se sentó de nuevo a mi lado. Miró la endurecida polla con ojos vivaces y alargó una mano para rodear el tronco venoso con sus dedos.

- Don Ramón ha descubierto en mí cosas que ni yo misma conocía. Estoy casada con un hombre treinta años mayor que yo, y nuestra vida sexual ha sido corta, monótona y con pocos alicientes. Cuando la condesa me pidió que trabajase para ella pensé que sería para hacer las labores del hogar, pero ella quería algo más y me ofreció bastante dinero.

- Y que quería?

- Que la sustituyese en sus tareas maritales.

- Joder, eso es acostarse con su marido?

- Más o menos, aunque el conde no está para muchos trotes. Se conforma con tocarme las tetas y el culo y después, y si la polla se le endurece, le hago una mamada.

- Vaya, entonces se la chupas y ya está?

- Se me da muy bien. Quiere comprobarlo?

- Solo si te apetece. No quiero que hagas nada que no quieras, y menos porque te lo hayan mandado.

- Tiene una polla… hermosa, y para mí será un placer chupársela.

Se inclinó y sentí como su ávida lengua daba un buen lametazo a mi capullo. Puse la mano sobre su espalda desnuda y miré su cuerpo fornido de piel tersa y suave. Fui bajando con la mano hasta llegar al culo y palpé la dureza de su carne, menudo culo redondo y durito tenía esa putita.

Mientras disfrutaba sobando su carne sentí como engullía el capullo y le daba unas deliciosas lamidas dentro de su boca, desde luego sabía lo que se hacía. Continuó chupando y avanzando con sus labios por el duro tronco. Mi cuerpo comenzó a tensarse y apreté su culo con fuerza hasta meter la mano bajo las bragas y buscar con los dedos entre la raja.

Toqué el oscuro agujero y pude sentir cómo latía abriéndose y cerrándose. En ese momento sus labios habían llegado al final y mi capullo atravesaba su garganta. Levanté el culo del sofá en plena tensión y ella agarró mis huevos para darme un delicioso masaje mientras mantenía toda la polla dentro de su boca.

Instintivamente metí un dedo en el escondido agujero y se abrió como una flor en primavera. Su cuerpo se retorció levemente y sus labios comenzaron a subir y bajar por el tronco duro y venoso. Sus chupadas eran suaves pero profundas. A cada una de ellas me hacía sentir como la mitad de la polla atravesaba su garganta con ese delicado masaje en mis huevos.

Me acordé de cómo se la había follado el cura, con esos fustazos iniciales sobre su duro culo, y saqué el dedo para darle un suave azote. – Zasss!

Dejó de chupar y giró la cabeza para mirarme.

- Si quiere azotarme el culo y decirme cosas guarras puede hacerlo.

Me parecía increíble lo de Elena, me ofrecía azotarla y decirle cosas guarras, y me seguía tratando de usted, era una sumisión total.

-También te habla así el cura? – la pregunté a la vez que se incorporaba.

- Don Ramón me dice muchas cosas y doña Genoveva también. – contestó sonriendo tímidamente a la vez que se quitaba el sujetador.

Sus tetas eran redonditas y duras con pezones pequeños, pero con una tersura extraordinaria.

- Genoveva? – pregunté totalmente extrañado.

Volvió a mirar hacia la puerta para cerciorarse que seguía cerrada.

- Este es uno de los pocos sitios de la casa en el que ella no nos puede ver ni oír. – Susurró en un tono muy bajo como temerosa de que la pudiesen escuchar.

- De lo que le voy a contar no se puede enterar, es generosa, pero también muy cruel cuando se enfada, y si se entera de que le he contado algo se enfadara mucho.

-Tranquila, no pienso contarle nada. – contesté también susurrando a la vez que llevaba una mano hasta sus tetas y hundía mis dedos en ellas.

- Ummm, eso me gusta… - susurró cerrando un instante los ojos.

Rocé los pezones con los dedos y la dureza se hizo extrema. Acerqué la boca para chuparle uno, después el otro, y su respiración se agitó. Al sentirlos en mi boca no puede evitar mordisquearlos y sus gemidos se hicieron patentes.

-Ahhhg, síii, ahhhg!

- Te gusta así? – pregunté al no entender bien esos gemidos.

- Me gusta más fuerte.

Volví con la boca sobre ellos y después de chuparlos de nuevo mordí con más fuerza y tiré de ellos con los dientes.

-Ahhhggg! Ahhhggg! – seguro que le había dolido.

- Te ha dolido?

- Me gusta ese pequeño dolor para que después el placer sea más intenso.

Bajé una mano hasta sus muslos y palpé el centro de las bragas. Estaban algo húmedas y también almohadilladas. El vello que había bajo ellas hacía mullido el tacto, otra que tampoco se depilaba.

Abrió las piernas de inmediato como si fuese a parir esperando que mi mano profundizarse más, y eso hice. Metí la mano entre la tela y toqué el pelo consistente y rizado. Busqué la raja entre la maraña y noté la vulva rugosa y abierta. Mi mente retorcida pensó que tocaría el semen del cura, pero parecía haberse limpiado bien, tan solo una leve humedad y un fuerte calor rebosaba de esa cueva ardiente.

La excitación aumentó en su cuerpo y era el momento de volver a la condesa.

- Y que cosas te dice la condesa?

- Me dice y me hace, ahhh…

- También te hace?

- Le gusta tocarme y masturbarme y también que se lo haga yo a ella.

“Vaya, parece que a la estirada le van los dos palos!” exclamé en mi cabeza.

-Pero que te hace ella?

- Me azota el culo, me pellizca los pezones y me folla.

- Cómo que te folla?

- Tiene un artilugio que es como un rabo de goma dura que se lo ata a la cintura y a los muslos, y me folla como si fuese un tío diciéndome todas las guarradas que se la ocurren.

Estaba alucinando, pero a la vez sus explicaciones me producían un morbo tremendo.

-Y cómo te folla, de frente o por detrás? – pregunté con la mente en estado morboso y con una calentura que se me salía por las orejas.

- Casi siempre tumbada en la cama y de frente. Le gusta ver la cara que pongo cuando me pellizca los pezones a la vez que me embiste.

Metí dos dedos profundamente en su vagina y movió la pelvis desacompasadamente de forma espasmódica.

-Ahhhh! Ahhhh!

Había metido dos dedos, pero noté que ese coño estaba acostumbrado a cosas más gruesas.

-Es muy grande el rabo ese de goma?

- Ufff, síii. Cuando he visto el suyo me ha recordado a él.

- Y te gusta lo que te hace?

- Jijiji, me da vergüenza decirlo, pero me ha despertado vicio y ahora me apetece a cualquier hora. De hecho, una de las palabras que usa para dirigirse a mi cuando no hay nadie es “viciosa”, Jijiji.

- Y que más palabras te dice.

- Ufff, pues… guarra, puta, zorra, perra…

No la dejé acabar. Hice que se tumbara sobre el sofá y le quité las bragas de un tirón. No tenía tanto vello como Adel, pero cubría una buena parte. Me agarré la polla que me daba unos pálpitos tremendos y la llevé hasta el centro de la vulva abierta y húmeda. Apreté y noté una deliciosa sensación al sentir como se deslizaba entre la carne de su vagina hundiéndose hasta el fondo.

-Ahhhggg, síii! Esto me gusta más.

- El qué? – pregunté con una sonrisa a la vez que llevaba las manos a sus tetas.

- Un rabo como el que me mete la señora, pero de carne y hueso.

Bueno, hueso… hueso, más bien no había, pero por la dureza se asemejaba. Comencé a bombear a la vez que aplastaba sus tetas y levantó las piernas como una verdadera gimnasta. La penetración se hizo más profunda y mi mente se desquició. Comencé a pellizcarle los pezones y a tirar de ellos como me había contado que la hacían, y su cuerpo se retorció como el de una serpiente.

Empecé a embestir como un loco y sus gemidos se convirtieron en gritos hasta perder el control.

-Ahhhggg, más fuerte cabron! Sácamela por la boca. Ahhhg!

Movía su pelvis al ritmo de mis embestidas. Su cara había cambiado y ya no parecía la misma tímida y sumisa. Me volví totalmente loco apretando sus tetas y pellizcando sus pezones sin control, casi hasta arrancárselos. Fueron varios minutos de embestidas brutales en los que se corrió dos veces hasta que mi polla estalló.

El semen comenzó a correr como si hubiesen abierto el grifo, y el sonido del chapoteo llenó la habitación.

Cuando acabé y me retiré de su regazo, su coño chorreaba como si le hubiese caído un vaso de agua. El sudor empapaba nuestros cuerpos y el olor a sexo nos dejaba sin respiración.

Ella se incorporó jadeante y le dio un trago al whisky.

-Esto si que es un buen polvo, y no los que me echa don Ramón! – exclamó todavía con la respiración agitada.

Continúa en