El nuevo maestro del pueblo (3)
La condesa no busca un maestro, sino un instrumento de placer. Y cuando la cena termina, Roberto descubre que su sueldo depende de lo bien que pueda complacer a las mujeres del pueblo.
El cura la sirvienta y la condesa
Ya eran las siete de la tarde y apenas quedaba luz del día cuando me despedí de Eva con un jugoso beso y me fui de nuevo a casa de Adel.
-Que tal te ha ido con las madres? – me preguntó nada más llegar.
- Bastante bien. Son simpáticas y agradables. – de momento no me atreví a decir más.
- Se habrán puesto contentas al conocerte. – insistió Adel.
- Pues parece que les he caído bien. Ahora solo me queda concretar el sueldo con la condesa. – intenté desviar el tema.
- Por lo que me has contado de la reunión de esta mañana no creo que tengas problema en sacarle una buena tajada.
- Tu crees?
- Si te ha invitado a cenar es porque la has caído bien, y si la gente le cae bien suele ser generosa.
- Pues me voy a dar una ducha y a cambiarme de ropa. – intenté escabullirme para que no siguiera el interrogatorio.
Adel me caía fenomenal, pero contarle lo que había pasado ese primer día me parecía demasiado fuerte, y tampoco confiaba en que no se lo soltara a alguien.
Me duché y me tumbé en la cama para relajarme. La cabeza se me lleno de pensamientos de todo lo que había pasado y lo que podría pasar. Serían Rosa y Candela igual que Eva? Tendrían ese deseo desaforado? Les gustaría lo mismo?
Mientras los pensamientos me abordaban comencé a tocarme la polla inconscientemente. Estaba desnudo sobre la cama y la temperatura era agradable. La cabeza se me lleno de escenas con Eva, sus tetas, su culo, todo su sensual cuerpo, y al rato tenía la polla como un palo de baseball. En ese momento sonó el móvil, era la condesa.
-Hola Genoveva.
- Hola Roberto. La cena estará para las nueve.
- Allí estaré puntual.
No hubo más conversación. Eran las ocho y decidí vestirme con la única chaqueta que tenía y un pantalón de lino. Pensé en bajar y hacer algo de tiempo con Adel.
-Anda, que guapo que te has puesto! – exclamó nada más verme.
- Pues es lo mejor que tengo, aunque no se lo crea.
- En el pueblo de abajo hay un par de tiendas de ropa si quieres cómprate algo.
- Eso tendré que hacer mañana mismo.
- Quieres una copita?
- No, no. Quiero ir sereno a la cena.
- Que exagerado que eres.
- Seguro que la condesa me ofrece whisky, y lo tiene del bueno.
- Jajaja, ya veo que te gustan las cosas buenas. La condesa tiene todo de primera calidad, whisky, ginebra, vino, pero no te pases a ver si acabas perdiendo las formas, jajaja.
- Espero que no. Mi sueldo va en ello.
- Con lo pillín que eres seguro que te la camelas rápido, jajaja.
Adel era la leche, no sé cómo se las apañaba, pero siempre me hacía reír. Quince minutos antes de las nueve cogí el coche y me dirigí a la mansión, bueno, mansión, palacete, castillo, no sabía cómo denominarlo.
Ya era totalmente de noche, y cuando llegué frente a la verja no había nadie. Me iba a bajar del coche para buscar un timbre, o algo parecido, cuando una de las vallas metálicas comenzó a abrirse, parecía que tenían los dos sistemas, automático y manual.
Entré con el coche por el camino que me había llevado el alcalde por la mañana y aparqué pasado la puerta principal sin saber si era el sitio adecuado. Bajé del coche y subí los escalones. Allí si había timbre. Lo pulsé y al momento me abrió la misma mujer que lo había hecho por la mañana, pensé que su jornada laboral era amplia.
-Pase. Los señores están esperando.
Fueron sus palabras antes de que me diera tiempo a abrir la boca, eso sí, su sonrisa fue espléndida y su vestuario absorbente. Llevaba un vestido parecido al de por la mañana, de sirvienta retro, pero este era más corto y también más escotado. Tenía un cuerpo robusto, pero bien conformado, muslos potentes contorneados por unas medias blancas sujetas por un liguero que pude vislumbrar mínimamente dado lo corto del vestido. Tetas erguidas y apretadas que por el ajustado vestido que llevaba dejaba ver una buena parte a través del generoso escote. Por supuesto no le faltaba la cofia clavada en el moño adornando su cabeza. Labios con un volumen considerable y pintados con un carmín rojo intenso destacaban en su cara. El pelo recogido en un moño dejaba ver al completo su cara morena y una nariz suavemente aguileña. La seguí hasta otro salón diferente al de por la mañana sin perder de vista el movimiento de sus amplias caderas. Cuantos salones tendría ese casoplón?
Me llevó hasta una larga mesa donde ya estaba sentado Ramiro, el conde, y don Ramón, el cura, y eso sí que no me lo esperaba. Ramón se levantó a la vez que Genoveva, y ésta hizo las presentaciones.
-Gracias por querer acompañarnos a cenar. – dijo Genoveva
- Gracias a ustedes por invitarme. – contesté educadamente.
- Cenamos ya o qué? – gruñó el conde.
- Ya puedes servir la cena Elena. – dijo la condesa haciendo a la vez un ademán para que me sentase.
La mesa era para doce comensales, pero nos sentamos en una de las esquinas. Ramiro presidiendo la mesa, yo a un lado, y la condesa y Ramón al otro.
La cena la amenizó Genoveva contándome quién era su marido y de paso lo ricos que eran. El abuelo, que tenía por marido, era dueño de casi todo el pueblo, tanto de casas como de terrenos, y prácticamente todos los que vivían allí trabajaban pare ellos. El cura apenas habló, tan solo lanzaba miradas a las piernas de Elena cada vez que venía a servirnos algo.
Acabamos de cenar y Genoveva pidió a la sirvienta que me llevara a otro sitio mientras ella y el cura acompañaban a su marido a la habitación para que se acostase, el hombre ya no estaba para trasnochar. La seguí mirando sus robustas piernas y su aparente culo que parecía mostrar dureza al andar. Me llevó a una sala más pequeña, aunque con el techo igual de alto que el resto. Unas estanterías llenas de libros cubrían las gruesas paredes, una mesa escritorio con un cómodo sillón, un sofá y dos sillones rodeando una pequeña mesa frente a una chimenea con el fuego encendido y una mullida y gruesa alfombra entre la mesa y el fuego. También había una pantalla de televisión en un lateral de la chimenea. Un sitio de la más cuco y acogedor.
Me senté en el sofá y Elena me trajo un whisky del bueno mientras esperaba. Los ojos se desviaron de nuevo a su escote al agacharse y me di cuenta de lo salido que estaba, no podía parar de pensar en el sexo y daba igual la hora del día que fuera. Al cabo de unos veinte minutos apareció la condesa y al girarme para verla tuve que parpadear varias veces. Se había cambiado de ropa y ahora llevaba una bata cruzada y sujeta por un cinturón de la misma tela, pero bastante corta. De hecho, no pude evitar mirar sus largas y esculturales piernas elevadas sobre unos altos tacones. El cruce de la bata formaba un escote muy, pero que muy generoso. Esta vez sí que podía asegurar que tenía unas tetas imponentes.
Cuando se sentó a mi lado y cruzó las piernas tuve que desviar la vista después de unos segundos de inopia mirando sus estupendos muslos. “Esta mujer no puede tener cincuenta años!”, me dije a mi mismo intentando creérmelo.
-Supongo que no tienes prisa.
- Ninguna! – casi exclamé sobresaltado todavía alucinando.
- Elena, tráeme a mi otro whisky y pon algo de música clásica.
Me había quedado pasmado y tenía que reaccionar para no parecer un pardales.
-Este cuarto es muy bonito y acogedor.
- Coincido contigo. Es uno de mis preferidos. Que tal te ha ido con las madres de los niños? – dijo de corrido cambiando de tema.
- Bastante bien. Son simpáticas y creo que hemos conectado rápido.
Elena sirvió el whisky y se marchó cerrando la puerta. El fuego de la chimenea era potente y comencé a notar cómo el sudor manaba por los poros de mi cuerpo. Y no solo por el fuego, la vestimenta de la condesa también me había calentado.
Ella también se dio cuenta.
-Me ha parecido perfecto tu corrección en el vestuario para venir a cenar, pero ya se ha terminado la cena y estamos solos. Puedes ponerte más cómodo si te apetece.
Ese “estamos solos” y en el tono que lo había dicho me sonó a confianza y acercamiento, algo que no había mostrado hasta ese momento. Me quité la chaqueta y ella se echó hacia delante para dejar el vaso de whisky sobre la mesa provocando que mis ojos se lanzarán de nuevo sobre su escote extremadamente abierto dado el tipo de bata que llevaba.
Prácticamente pude ver una de sus imponentes tetas apenas cubierta por un pequeño sujetador rojo, y sentí como la polla me daba un respingo. No contenta con eso, se levantó para atizar el fuego, y al inclinarse vi todas sus piernas al completo y casi el culo, que se le marcaba deliciosamente bajo la fina y suave tela de la bata.
-Hablemos de tu sueldo. – me sorprendió fastidiándome esa visión – Como te dije, he pensado en un cincuenta por ciento fijo y el otro cincuenta variable ligado a objetivos.
Cuando me dijo la cantidad fija y que podría doblarla con el variable casi me corro, pero aguanté sin pestañear relamiéndome por dentro.
- Y cuáles serían esos objetivos.
- Aquí hay pocas diversiones. A los hombres que se han quedado parece que les vale con beber y echar la partida en el bar, pero las mujeres no tienen esas diversiones, más bien casi no tienen ninguna, y eso puede suponer que en algún momento quieran marcharse y eso no me conviene pues me quedaría sin trabajadores para las tierras.
Se volvió y se agachó para coger el whisky mostrándome casi las dos hermosas tetas al completo. Ya empecé a pensar que lo estaba haciendo a propósito pues fue muy descarado. Tampoco venía a cuento esa corta y seductora bata que se había puesto, y mi mente comenzó a maquinar en cómo acabaría esa conversación.
-Mi intención al contratarte es crear un atractivo para esas madres que se aburren. Ver todos los días a un joven guapo como tú es un buen aliciente para estar más contentas. Por eso el variable dependerá de lo contentas que estén.
Me había dejado descuadrado, aunque había sido clara en el propósito de mi contratación. Me quería como un atractivo para las madres y no como un buen maestro para sus hijos. Se me pasó por la cabeza que no me había conocido hasta llegar al pueblo, como había sabido cómo era yo?
Como si me leyese el pensamiento volvió a hablar haciendo la pregunta que me acababa de hacer mentalmente.
-Te estarás preguntando que como podría yo saber cómo eras antes de conocerte.
- No exactamente. – respondí intentando hacerme creer a mí mismo que no era capaz de leer las mentes.
- Jajaja, no me engañes. Se que es lo primero que se te ha pasado por la cabeza.
- Bueno… si, también eso.
- Tendremos que ser sinceros el uno con el otro para llevarnos bien, y por eso empezaré yo.
La pequeña bata se iba aflojando en sus cortos pasos de la chimenea a la mesa cada vez que daba un sorbo al whisky o atizaba el fuego, y la visión, cada vez más patente de su estupendo cuerpo no me permitía centrarme en mis respuestas.
-Tengo contactos en la administración, y estos contactos me han contado los informes que hay sobre ti. Has tenido que cambiar tres veces de colegios para evitar algunos escándalos, y las tres veces ha sido por lo mismo, relaciones con profesoras y madres de alumnos.
Empecé a tragar saliva y a beber whisky intentando deshacer el nudo que me subía a la garganta. Esa puta bruja sabía más de mí que yo mismo.
-Después de esto sabía que te iba a ser difícil encontrar trabajo en más colegios, pero para mis intereses eras el candidato perfecto. Supuse que eras un chico atractivo al tener tanto éxito con las mujeres y dado tu currículum también observé que no te importaba que estuviesen casadas o que fueran mayores que tú.
Me había quedado mudo, congelado, como un muñeco de cera sentado en el sillón. Tan solo la respiración delataba que seguía vivo.
-Tengo contactos en todos los sitios, y por supuesto en el pueblo también. A don Ramón le traje yo a través de una petición a la Obispalía, es un caso parecido al tuyo que la iglesia intentaba tapar, pero como ya te he dicho yo me entero de todo, y también sabía que era un buen candidato para el entretenimiento de estas aburridas mujeres.
-Es que don Ramón también… - no acabé la frase haciéndome el sorprendido, aunque se sobre entendía.
- Se le dan mejor las mujeres que los sermones, y tiene buena labia para embaucarlas. Quieres ver lo que está haciendo ahora?
No tuve que responder, cogió el mando a distancia que había sobre la repisa de la chimenea y conectó el televisor.
-Has sido una chica mala está semana? – oímos decir al cura a través de la pantalla.
- Si padre, lo he sido.
- Sabes que tendré que imponerte un castigo.
- Lo sé padre. Soy merecedora de él.
Elena estaba inclinada sobre la encimera de la cocina con el vestido levantado, y Ramón con su camisa negra desabrochada, aunque mantenía el alzacuellos, y el pantalón algo bajado blandía una fusta en una mano mientras con la otra se masajeaba la polla. Ahora se le veía perfectamente el culo a Elena, apenas tapado por unas braguitas blancas a juego con las medias y el liguero que las sujetaba. Al ver su culo redondo y repleto de carne dura noté como la polla me dio un respingo, pero evité llevar la mano al pantalón.
-Don Ramón ha logrado sacar las debilidades a cada una de las mujeres de este pueblo a través de sus supuestas confesiones y eso le facilita la labor para darle a cada una lo que quiere. A Elena le gusta que la zurren bien el culo antes de un polvo, parece que eso la pone muy caliente.
Genoveva se sentó a mi lado y nos pusimos a contemplar la escena. Después de unos cuantos fustazos acompañados de gritos, que no supe si eran de placer o dolor, la agarró por detrás y comenzó a follársela como un poseso. Yo estaba salido, pero ese hombre de unos cuarenta y cinco años parecía estarlo aún más.
La polla se me puso como el martillo de un herrero, y no podía disimular el bulto que ya se formaba en mi pantalón. La voz de Genoveva me sacó de esa visión tan absorbente que nos estaban ofreciendo el cura y la sirvienta, y esta vez su lenguaje fino y educado pasó a ser más vulgar.
-No te pone cachondo ver esto?
Giré la cabeza y vi sus ojos felinos mirándome con intensidad. No sabía que responder y tampoco lo necesité.
-Ya veo que si. – contestó ella misma a la vez que pasaba la mano sobre mi pantalón. – Y veo que calzas una buena horma. – Acabó la frase con un buen apretón a mi polla.
Me había quedado mudo, con la boca abierta y la garganta seca. Me desabrochó el botón y bajó la cremallera. Metió la mano y abrazó el endurecido tronco con sus largos y finos dedos para sacarla de la prisión de tela erguida y majestuosa.
-Ufff, con esto las vas a volver locas. – expresó sin remilgos con ojos de admiración.
Se abrió la bata con la otra mano y comenzó a pasarse los dedos sobre la pequeñas braguitas rojas. Yo seguía atorado, como si se me hubiesen agotado las pilas, y de nuevo fue ella la que me agarró la mano y me la llevó entre sus bonitos muslos.
-Mira que calor sale de aquí.
Comencé a tocar sin mirarla, y poco a poco introduje los dedos entre la suave y fina tela. La vulva era como un volcán con la boca rugosa a punto de estallar. Fueron un par de minutos de suave masturbación mutua hasta que no pudo más con su excitación. Se subió a horcajadas sobre mi regazo y retirando la tela de las braguitas orientó el endurecido miembro entre sus depilados labios vaginales.
Noté como penetraba mi hinchado capullo, pero tan solo esa parte de la polla. Se quitó el sujetador y sus bonitas y redondeadas tetas bailaron ante mis ojos perplejos. Los pezones, como dos gruesos garbanzos se marcaban en su centro amenazantes y duros, y unas pequeñas aureolas los hacían más vistosos.
-Te gustan mis tetas?
- Son… preciosas. – ronronee en voz baja como si no quisiera que me escuchara.
Llevé las manos hasta ellas y las aplasté con suavidad. La carne, relativamente blanda, se hundió a la presión de mis dedos. Se removió sobre mi capullo antes de comenzar a bajar. La dura verga se fue abriendo paso entre la húmeda carne de su vagina y la compostura de la condesa desapareció.
-Ahh, ahh, ahh! Diosss, que rabooo! – exclamó según se lo insertaba en sus entrañas hasta que su culo chocó contra mis huevos.
Me lancé sobre sus tetas con la boca abierta y comencé a chuparlas, a lamerlas, a sorber los duros pezones como si quisiera sacarles leche. Su cuerpo se estremeció, se retorció y gimió apretando mi cabeza contra sus tetas mientras su vagina se apretaba contra mi polla.
Comenzó a subir y bajar lentamente sintiendo como esa vagina se vaciaba para llenarse de nuevo con la dura carne de mi polla. Gemía y gruñía a cada bajada, como si la dura verga le arrastrara la carne.
Cuando le mordisqueé los pezones se retorció aún más y aumentó el ritmo de la cabalgada. Podía sentir cómo la carne de su hermoso culo chocaba contra mis piernas y se esparcía entre ellas.
Sus jadeos aumentaron y su aliento en mi oreja cada vez era más caliente.
-Ahhhg! Que polla tienes diosss! Ahhhg! Siento como me revienta por dentro! Ahhhg!
La vagina ya chorreaba flujo hirviendo cuando aumentó aún más el ritmo. Pensé que si seguía así me partiría la polla, pero sus jadeos se convirtieron en gritos y los temblores en estertores. Una densa corrida empapó su coño y sentí temblar sus labios en mi oreja. Estertores y convulsiones zarandearon su cuerpo hasta retorcerlo de una forma grotesca.
Cuando paró arrodillada sobre mi regazo fui consciente de ese deseo que escondía tras su fría sonrisa, un deseo desaforado que no había podido o querido esconder en esa cabalgada salvaje.
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- Relato #212698— title-regex: contiguous parts (2 -> 3)
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