Me follaron sin que mi esposo lo supiera (1)
La guardia de 24 horas se transforma en una trampa de deseo. Tres hombres, que siempre la han deseado en silencio, deciden que esta noche no habrá marcha atrás. Ana intenta resistir, pero su cuerpo tiene otros planes.
Este cuento será una serie y formará parte del segundo tomo del libro de relatos eróticos, que se encuentra publicado en Amazon, titulado “Historia de Ana. Doctora y algo más”
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Y aquí este relato:
Aquella época donde follaba con quien me buscara, sin que mi esposo lo supiera, se había terminado, por suerte.
A pesar de ello temía que todo volviera a ocurrir, que un hombre, o varios, me incitaran, y terminara follando nuevamente a escondidas de mi marido.
El miedo llegaba cuando a últimas horas de la tarde-noche, quedaba a solas en el gimnasio con varios hombres. Sentía sus miradas, y ese era un lugar donde podían tomarme si quisieran.
También en el hospital donde trabajaba por mi calidad de médica, en los días con guardias de 24 o 48 horas.
Mi equipo estaba formado por mí como médica, y tres enfermeros, tres hombres, que continuamente, durante el trabajo, intentaban conquistarme con halagos, roces y hasta incluso algún intento de ir a más.
Era costumbre dejar la última habitación vacía, para el descanso del personal de las guardias, y allí nos turnábamos para dormir algunas horas. Mi temor llegaba al acostarme en esa habitación, pensando que afuera tenía tres enfermeros, y podrían aprovecharse de la soledad de aquel lugar.
Aquel día había llegado mi hora de descanso, me quité la bata, quedando sólo con sostén y bragas. Era la forma como vestíamos debajo de las túnicas, en el hospital durante el verano. Entré en una de las dos camas, de aquella habitación. Casi dormía, cuando ingresaron Roberto, de mote Rolo entre nosotros, jefe de enfermeros de mi turno, y Alfredo otro de los restantes compañeros de tarea.
Cerraron la puerta y se acercaron a la cama.
Sorprendida pregunté: —¿Qué ocurre? ¿Han dejando el despacho de enfermería solo? ¿Sin ninguno de Ustedes?
—Ha quedado Pepe haciendo la guardia.
—Este es mi horario de descanso. Ustedes no pueden hacerlo a esta hora—, aferrando con ambas manos, el borde de la sábana que me tapaba.
—Hemos venido a disfrutar todos juntos, a mantener las relaciones que todos queremos desde que te conocimos, y tu también las querrás.
En ese momento, mis temores surgieron todos de golpe y de una vez. Estaba ocurriendo lo que más temía, que intentaran follarme, y que yo lo consintiera. Amaba a mi esposo, no quería que volviera a ocurrir. Debía evitarlo de cualquier forma.
—Si lo que pretenden es tener relaciones conmigo, no tienen ninguna posibilidad. Estoy casada con Pedro, amo a mi marido, y no tengo relaciones a sus espaldas.
—Ana, he conocido a Manuel, el hermano de tu esposo, tu cuñado. Me ha contado, como aún casada con Pedro, no podías evitar que otros te follaran, más aún, me ha contado cómo te folló luego de un recital de música, como terminaste entregándote toda a él, y como continuó haciéndolo luego, sin conocimiento de tu esposo.
Sus palabras oprimieron mi pecho, y mi corazón se aceleró. Todo era cierto, lo he contado en el relato titulado: «Volvió a ocurrir, pero no con muchos». Ese día no pude contenerme y mi cuñado me folló, y luego lo hizo todos los días que tuvo ganas.
Antes siempre ocurría lo mismo, y comenzaba igual; los hombres deseaban mi cuerpo, me besaban, acariciaban y manoseaban. Me excitaba, hasta que me abandonaba, y terminábamos copulando juntos. Nunca era contra mi voluntad, no podía contenerlos, no podía negarme, el deseo llegaba, sin poder evitarlo; siempre abandonaba mi resistencia, terminaba vencida, me dejaba follar.
Con estos pensamientos perdí la concentración. Rolo tiró de las sábanas, dejándome expuesta solo con sostén y bragas, y tampoco había percibido que Alfredo, detrás, se había quitado su bata, y desnudo, subió a la cama, y a horcajadas, se sentó sobre mi abdomen, logrando evitar que escapara de ese lugar.
—¡Noooo!—. Grité asustada.
—Ana. Tal como me dijo tu cuñado, al final te gustará y lo disfrutarás.
—¡Los denunciaré! Diré que me han violado.
—Es un riesgo que correremos, pero si lo disfrutas y gozas, seguro que no lo harás, y nos pedirás repetirlo.
—Antes gritaré, y se enterarán los funcionarios de la planta alta.
—En la planta alta, en este turno sólo hay un médico y tres enfermeros, todos hombres. Si gritas, en lugar de follarte nosotros, podrían sumarse ellos porque también te desean—, al mismo tiempo, se desnudaba, y quedaba a mi vista, su miembro, y el de Alfredo ya descansaba apoyado en mi abdomen.
Tal como dijo, si gritaba existía la posibilidad que me follaran todos, los míos de esta planta, y además los de planta alta. Resolví intentar convencerlos que no lo hicieran.
—Por favor, no lo hagan. Quiero a mi esposo.
—Ana, te gustará.
Se había subido a la cama, detrás de Alfredo, y con ambas manos en los laterales de mis bragas, comenzaba a quitármelas. Cerré las piernas, y en ese momento Alfredo subió mi sostén, el que quedó suelto sobre mi cuello, y mis tetas a la vista. Sus manos comenzaron a acariciarlas desde abajo hacia arriba, y de paso, frotaba mis pezones.
Algo que siempre ocurría, y ellos desconocían, era que mis pechos eran una de mis debilidades, si acarician mis tetas el deseo llegaba, sin poder evitarlo. Intenté con mis manos, retirar a este hombre que sobaba mis pechos, y fue imposible, era grande, noventa kilos, sentado sobre mi abdomen. El otro había logrado quitarme las bragas, y sentía el aire fresco sobre mi vagina, ya sin nada que la cubriera.
—Se los pido por favor….. No lo hagan, por favor. ¡Noooo!— Rolo había colocado una mano debajo de cada una de mis rodillas, y al mismo tiempo que las levantaba, las abría. No podía verlo porque el cuerpo de Alfredo sobre mí, lo ocultaba, pero me imaginaba que lo próximo sería meter su miembro dentro de mi vagina, que ahora estaba abierta y expuesta.
—¡Por Dios! ¡Rolo no lo hagas! Por favor noooo.
Alfredo continuaba con las caricias y apretones a mis tetas, y mis pezones comenzaban a endurecerse e hincharse; y cuando miré, su miembro también se erguía y crecía entre mis pechos. Me gustaba que me acariciaran mis tetas, y más mis pezones, hasta me gustaba que los apretaran, pero no quería demostrarlo.
Sentí la boca de Rolo, que pasaba despacio por el interior de mis muslos en dirección a mi vagina. No me iba a follar. ¡Me iba a chupar el coño! Eso sería mi perdición.
—¡Rolo no lo hagas! ¡Noooo…….—, sentí su lengua, cuando pasaba casi desde mi perineo, por toda mi vagina, hacia arriba, hasta mi clítoris. —¡No sigas! ¡Por favor…..! ¡Nooooo…..aggg……!
Alfredo apretaba mis pezones hasta hacerme doler, y Rolo tenía toda su boca metida en mi coño. Besó todos los bordes de mi vagina, sentía su respiración. Metió la lengua, la pasó lamiéndome toda, la apretó fuerte contra mi clítoris. No lo resistiría, los calores no tardarían en llegar, y mi cuerpo tomaría el control, se desataría la pasión, los deseos de gozar, y luego no habría marcha atrás.
—¡Nooo… aggg…..!
Alfredo apretaba y frotaba su polla entre mis tetas, como si de una “cubana” se tratara, sin soltar mis pezones entre sus dedos. Dolían, y a su vez ya me gustaba. El calor se inició allá abajo en el interior de mi matriz, muy dentro de mí, fue subiendo por todo mi cuerpo, empujó desde el fondo de mi garganta, y sin poder contenerlo salió al exterior en un quejido, mostrando algo que yo trataba que estos hombres no vieran, y era el inicio de mi goce, y mi placer.
—Ahhhh….., no…..ahhhh…….—. Rolo había colocado su lengua debajo de mi clítoris, y sus labios superiores arriba, y lo chupaba, una y otra vez.
Entonces los calores y los inicios de los espasmos comenzaron a recorrer todo mi cuerpo, de arriba abajo; si continuaban ocurriría lo peor. Me iba a correr en la boca de Rolo.
En ese momento Alfredo se retiró, bajó de la cama, dejándome libre, y tuve a mi vista la cara de Rolo dentro de mi vagina. Se separó apenas, mirándome con un dejo de picardía y mucho morbo, y hundió de nuevo su boca.
—Aggg…. ¡Dios…por favor….agggg…..—, no podía contener mis gemidos, en cualquier momento se transformarían en gritos, las pulsaciones bajaban, me iba a correr, no podía contenerme, mi cuerpo comenzó a moverse, levanté las caderas y empujé con mi pelvis contra la boca que succionaba mi clítoris.
Rolo se separó, trepó por mi cuerpo hasta enfrentar su cara con la mía, y la cabeza de su polla, abrió mis labios vaginales, y entró apenas. Lo miré asustada. ¡Me iba a follar!
Sin embargo se detuvo, no continuó metiéndola, sino que con una mano, la retiró y pasó la cabeza de su pene en forma suave y lenta sobre mi hinchado clítoris, y volvió a meter solo la punta; luego repitió otra vez, sin dejar de mirarme, expectante, a la espera de mi reacción, hasta que habló.
—¿Ana, quieres que siga?
—Nooo…., aggg….—, no podía dejar de gemir, y con cada gemido cerraba los ojos, y evitaba mirarlo. El me pedía que lo mirara, y al hacerlo volvía a preguntar.
—¿Quieres que te folle? ¿Qué te follemos todos? Uno, y luego otro.
—Noo…, por favor….aggg…. Quiero a mi esposo, por favor no sigas….aggg…, detente.
Continuaba sobando mi clítoris con su polla y metiendo la cabeza apenas, dejándola en la entrada. Mi coño ya quería más, quería sentirla toda. Deseaba correrme, y al no lograrlo, me desesperaba.
—¿Ana quieres correrte?
—Noo… Digo si, si…. quiero correrme….., pero por favor no me folles…., por favor….no lo hagas..ahhhh……
Había dicho que si, que quería correrme, lo deseaba, lo necesitaba, y al mismo tiempo no quería que me follaran a espaldas de mi esposo, pero mi cuerpo era quien dominaba.
Como siempre que ocurría esto, ardía de deseos, y no le importaba a quienes pertenecían las pollas que me metieran. Sólo deseaba correrme, y Rolo continuaba; la metía apenas entre los labios de mi vagina, y luego la llevaba hasta rozar mi clítoris, y volvía a hacerlo, llevándome casi al clímax, y al mismo tiempo impidiéndomelo.
Gemía sin poder contenerme, y mi pelvis se elevaba buscando su miembro que no terminaba de meterlo.
—De nuevo Ana. ¿Quieres correrte? Podemos lograr que lo hagas, ayudarte y aliviarte.
Y volví a decirlo.
—Si…si… agggg….quiero correrme… aggg….
Rolo se afirmó y comenzó a meter su polla dentro de mi coño. Continuó despacio, sin detenerse, hasta que su pubis se apoyó en mí.
Cerré los ojos y dejé escapar todos los gemidos que había intentado ahogar.
—Ahhh….. siiii…… ahora sí. Quiero correrme, por favor….quiero correrme. Ahhhh…….
Rolo comenzó un vaivén, sacándola y metiéndola despacio, pero sin pausa, y más me desesperaba, quería todo, la quería hasta el fondo y fuerte, y al mismo tiempo que mis caderas acompañaban cada vaivén, comencé a pedirlo.
—Mas.., asiiii….., sigue así…Me voy a correr….ahhhh…….Quiero más…más…..la quiero toda….. Me corroooo…. Ahora….me estoy corriendo toda…..
Y ocurrió, como la lava de un volcán, el calor bajó ardiendo desde el fondo de mi cuerpo, ocupando todo mi coño, y las pulsaciones fueron fuertes y continuas, apretando y soltando aquel miembro que entraba y salía, ahora más fuerte a partir de mis pedidos, hasta que sentí la tensión de Rolo, y enseguida el semen caliente que llegaba al fondo de mi vagina.
Rolo se estaba corriendo dentro de mí.
No se retiró, sino que continuó despacio, esperando me calmara y mis pulsaciones bajaran, y mi pecho se estabilizara; hasta que salió de mí, y se bajó de la cama.
Casi de inmediato sentí nuevamente el peso de otro hombre entre mis piernas, y otro miembro que buscaba entrar en el calor de mi cueva, lo que me hizo abrir mis ojos, y recordar que aquí estaba quien había sobado mis pechos y retorcido mis hinchados pezones.
Alfredo no pidió permiso, ni preguntó si podía hacerlo, metió su miembro de una vez y hasta el final.
—Ahora me toca a mí—, dijo al mismo tiempo que comenzó a follarme rápido y fuerte.
Parecía que este miembro era más pequeño que el de Rolo, aunque más brusco. Mi vagina contenía el semen anterior, lo que no le importó, y le facilitó el ingreso.
No estaba preparada aún para volver a correrme, y Alfredo tenía ansias por hacerlo ya.
Si yo había llegado hasta aquí, debía terminar rápido y ponerle fin. Subí mis piernas cruzándolas sobre su espalda y sus lumbares, y mientras lo apretaba, en su oído le dije: —Fuerte, clávame fuerte.
Ello fue suficiente, y casi enseguida, apretándose contra mi cuerpo, se descargó allá muy dentro de mí.
—Hermoso coño, caliente y suave.
Fue todo lo que dijo, mientras terminaba de vestirse e irse.
Quedé acostada, con las rodillas en alto. Si las bajaba, todo el semen que tenía dentro de mí se derramaría en la sábana. Rolo se dio cuenta, me dijo que esperara. Traería paños para higienizarme.
Dentro de mí bullía un torbellino de emociones, todas contradictorias. No quería que esto hubiera ocurrido, no quería volver a dejarme follar, por cualquiera a escondidas de mi esposo. Por otro lado sentía la placidez hermosa luego de haberme corrido, y lo peor es que aún tenía más ganas, mi orgasmo había sido corto y rápido.
Rolo regresó con una pequeña tina, y varias toallas pequeñas, y casi con ternura comenzó a higienizar mi vagina, lo hacía despacio, y a conciencia, como buen enfermero, cuidando a su paciente.
Me dejé hacer, aflojando mi cuerpo, y sintiendo como aquellos paños recorrían mi vagina, sus labios externos e internos. Casi continuaba excitándome. Rolo sabía lo que hacía.
—Ana, aún no te ha follado Pepe, quien quedó cuidando el puesto de guardia. Alfredo ha ido a buscarlo.
Tapé mis ojos con mi antebrazo derecho, porque la vergüenza me impedía mirarlo, y justificándome por lo que había hecho, le dije: —Rolo yo no quería que esto pasara. Amo a mi esposo. No quiero engañarlo más.
—Ana los tres te deseamos desde el día que llegaste, hace dos meses atrás. Todos queríamos follarte. Pero hoy además de nosotros, tú también lo querías. Deseabas correrte. Te lo pregunté antes de follarte y me dijiste que sí, que lo querías.
—Esto me ocurría antes. Cuando los hombres me besaban y acariciaban mi cuerpo tomaba el control, y todos terminaban follándome. Como lo hizo mi cuñado, tal como te lo contó—, y continué tratando de aparentar firmeza. —Hoy lo he vuelto a hacer, no pude negarme. Pero no quiero que vuelvan a follarme.
Rolo había terminado la higiene, y ahora acariciaba mi vagina, bajaba desde el pubis, pasaba hacia abajo, abriéndola, llevando sus jugos hacia mi culo, y al llegar allí, pasaba sus dedos mojados rodeando mi ano, y metía apenas un dedo en él.
—Ahhh…., no sigas…, por favor…nooo….—. Rolo continuaba con sus caricias por toda mi vagina y me estaba excitando nuevamente.
—No quiero que vuelvan a follarme, noo…..ahh…no quiero volver a engañar a mi esposo. No quiero….no….. ahhhh—. Ahora la mano de Rolo no se detenía, casi masturbándome, y continuaba hasta mi culo, y allí metía y sacaba un dedo de él.
Sin quitar mi brazo que tapaba mis ojos, levanté mi pelvis y abrí las piernas. Rolo comprendió e introdujo dos dedos dentro de mi coño, provocando que mis gemidos regresaran.
—Aggg….…., me gusta….noooo…., no sigas, no puedo controlarlo….ahhh….. por favor….noooo…
—¿Ana quieres correrte otra vez?— Preguntó sin dejar de masturbarme son sus dedos entrando y saliendo de mi coño, y su pulgar masajeando mi clítoris.
—Siii…., sigue por favor…. ahhhh…..asi…siiii…, sigue.
—¿Quieres que te follemos otra vez? ¿Te dejarás follar por Pepe?
—Nooo….no….ahhh…..Quiero a mi esposo…., no… no más…— Rolo retiró despacio su mano de mi vagina. Yo deseaba que continuara. Con mi mano izquierda apreté mi teta de ese lado hasta hacerme doler, al tiempo que elevaba mis caderas buscando su mano, la quería allí, dentro de mi coño.
—Por favor…sigue…..ahhhh…., lo quiero…quiero correrme…. sigue….
Su mano regresó, otra vez desde el pubis hacia abajo, pasó sobre mi clítoris, hinchado, y continuó, abrió los labios externos, y entraron dos dedos, despacio, tan despacio, que me hacía sufrir.
—Asi….ahhh….., sigue… más…lo quiero…..por favor sigue…quiero correrme.
—¿Quieres que sigamos follándote? ¿Quieres que folle Pepe?
—Noo…., por Dios….noooo….— Entonces sentí que Rolo lentamente retiraba sus dedos del interior de mi vagina. Aquella mano que yo deseaba me machacara fuerte mi coño hasta correrme. Y me descontrolé, y volví a pedirlo.
—Si quiero, si…., que me folle… Pero ahora sigue…, sigue quiero correrme…no pares….por favor…
En ese momento se abrió la puerta, quité mi brazo de mis ojos, y vi que Pepe entraba y comenzaba a desnudarse. Habló con su voz grave, y sus palabras fueron las siguientes:
—Quiero el culo. Rolo, dala vuelta y ponla boca abajo.
Aquella voz gruesa de Pepe siempre me había gustado, y ahora ordenando lo necesario para disponer de mi trasero logró que mi vagina se contrajera en una pulsión de excitación.
Rolo me interrogaba con su mirada, sin decidirse. Rolo, y todos desconocían que me gusta tanto follar por delante, como por detrás; y luego de un orgasmo corto, más la polla de Alfredo entrando fuerte, y la masturbación que me estaba proporcionado Rolo, estaba dispuesta a continuar follando de cualquier forma y por todos lados.
—Rolo trae lubricante, por favor—, y sin esperar a que intentara darme vuelta, yo misma me giré, tomé la almohada, la coloqué debajo de mi pelvis, logrando que mi trasero quedara elevado, entonces abrí las piernas, mostrándome y ofreciéndome toda.
Pepe se colocó entre mis piernas, e inició una suave caricia desde mis muslos hacia arriba, pasó por caderas, fue hacia las nalgas, y regresando pasó toda su mano por el interior de las mismas, abriéndolas más aún.
—Ana tienes un culo perfecto, unas caderas anchas en su justa medida, y nalgas bien formadas, redondas, firmes…—, iba a continuar con su descripción sin dejar de acariciarme, cuando regresó Rolo.
—He traído aceite de masajes, el que usamos con los pacientes que permanecen un tiempo en cama.
Pepe tomó el frasco, vertió un poco apenas en el centro de mi ano, y continuó con sus caricias, llevó el aceite al interior de mi culo, metiendo no uno, sino dos dedos. Al principio mi esfínter puso resistencia, pero el aceite ayudó, y enseguida tenía índice y mayor de Pepe entrando y saliendo de mi culo, y cuando entraban, los abría para dilatarme más.
Me dejé hacer. Iba a ocurrir otra vez. Me iban a follar de nuevo, y esta vez por detrás. Estaba toda abierta a la espera de lo que ocurriera.
Quitó los dedos, y a continuación sentí la punta de su polla apoyarse justo en la entrada.
—Aflójate Ana, voy a follarte por el culo.
No era necesario que me lo dijera. Sentí como su miembro empujaba hacia adentro. Con experiencia, lo aflojé, y la cabeza de su polla pasó el esfínter, y esa barra dura y firme continuó entrando.
—Despacio…, ahhhh….. por favor despacio…
Se detuvo, quizás esperando que mi culo se amoldara y dilatara lo suficiente para continuar.
Llevé mis manos atrás, hacia mis nalgas, y las abrí, mientras le decía: —Ahora un poco mas…, sigue, pero despacio, por favor despacio……. Ahora….más…asíiii….
La metió más, pero no toda. La retiró casi hasta el final, y la volvió a meter despacio, sin detenerse. Aquí era cuando más disfrutaba, sentir como una polla dura, como ésta, pasaba lento rozando y ocupando todos los lados de mi culo, y se retiraba, sintiendo lo mismo, y luego volvía a entrar donde mi trasero la esperaba una y otra vez.
Volví a tomar mis nalgas abriéndolas y pedí.
—Más…métela toda….toda hasta el fondo…ahhhhh.......
Y lo hizo. Continuó hasta que su pelvis chocó con mis nalgas abiertas, y no podía entrar más.
Ambos comenzamos a gemir de goce. Todos mis sentidos iban desde mi culo a mi coño, los calores y pulsaciones volvían, esta vez más con más fuerza. Ahora el orgasmo sería mayor, y más profundo.
Perdí el control, cada vez que Pepe metía su polla, yo afirmándome con una mano en las sábanas de aquella cama, empujaba con caderas y culo hacia atrás intentando que la penetración fuera más profunda. Quería más y más, y al mismo tiempo refregaba mi vagina y mi clítoris sobre la gruesa tela de hospital que cubría la almohada que tenía debajo, intentando correrme, al mismo tiempo que gritaba pidiéndolo.
—¡Por Dios! ¡La quiero toda! ¡Quiero correrme toda….ahhhh….. Más…más fuerte…. Dame más fuerte, por favor….más…. quiero más.
Pepe tomó con sus gruesas manos mis caderas para afirmarse, y arremetió con fuerza. Ahora no sería delicado, me follaría fuerte y a fondo. Y así fue, era un pistón de hierro grueso y caliente, que penetraba con dureza.
Comencé a correrme pidiendo más y más.
—Me corroo…..viene ahora…… ¡ahhhhh…..! Sigue…sigue, dame más… más fuerte…., hasta el fondo…… Así…., me estoy corriendo toda…..ahhhh….. siiii…., así, así…..
Entre sus embestidas y mis pedidos, yo había llevado mi mano a mi coño, y allí metía y saca mis dedos, acelerando el orgasmo, y en ellos sentí como Pepe se mantuvo firme dentro de mi culo, y su polla palpitaba mientras se corría, y llenaba mi culo de su semen.
Luego cayó, y terminó apoyando su pecho sobre mi espalda.
—Ana, Ana. Añoraba tu culo, y me imaginaba que sólo en sueños podría tenerlo, y ahora lo he cogido. Lo he follado mejor de lo imaginado. Amo tu culo, quisiera follártelo siempre como hoy.
Escuchaba esa voz, diciéndome aquello, y mientras mis palpitaciones bajaban, pensaba que este hombre me había deseado en silencio, y soñado con follarme por detrás, y hoy lo había hecho.
A pesar de todo lo malo que había ocurrido, que no pude evitar, dejándome follar a espaldas de mi esposo, algo bueno había resultado.
Le había dado mi trasero, y mi culo, bien abiertos para que aquel hombre que soñaba con él, lo follara con firmeza, sin contemplaciones; se saciara dentro de él, y a su gusto. Con mi ofrecimiento había cumplido, y hecho realidad, su sueño.
Giré mi cabeza, allí junto a la cama, estaba Rolo, quien lo había presenciado todo, y con una mano acariciaba, arriba y abajo su polla, que estaba firme y rígida. Le había gustado lo que había visto.
Y me conformaba pensando que no todo había sido tan malo.
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