La tentación de Sara (2)
Sabe que su jefe la trata como a un objeto, pero no imagina que esa misma dinámica será la que encienda su propia lujuria. Escuchar cómo otro hombre la desprecia y la usa no lo aleja; al contrario, lo atrapa en una espiral de morbo donde la distancia se vuelve el único condimento para el deseo.
Capítulo 6
Me pilló tan de improvisto que casi no me dio tiempo a reaccionar y cuando me quise dar cuenta, ya había entrado su mensaje.
Sara 3:37
No tranquilo, Javier no se puso muy pesado, estuvo hasta simpático
Estuve un ratillo con él y luego volví con mis amigos
Cerré el WhatsApp, pero ya era tarde. Ella sabía que yo había visto su contestación. Preferí no poner nada, entre otras cosas porque no sabía ni lo que decir. Que a esas horas estuviera despierto solo podía significar que la había escuchado follando unos minutos antes y que me había delatado yo solo.
Dejé el móvil en la mesa y enseguida me quedé dormido.
A las ocho de la mañana alguien tocó tímidamente en la puerta, era la hora a la que habíamos quedado para bajar a desayunar, ya que cogíamos el tren de vuelta muy pronto. Acababa de salir de la ducha y me miré en el espejo terminando de peinarme y al abrir me encontré a Sara.
Estaba fresca y radiante. Recién duchada. Como si hubiera descansado doce horas y yo tenía unas ojeras que me llegaban hasta el suelo.
―¡Buenos días! ―me saludó efusiva con un vestido veraniego largo ajustado de color azul clarito y lunares blancos.
―Ya estoy…
Bajamos juntos sin esperar a Javier, que, por cierto, ya estaba terminando de desayunar cuando nosotros entramos en el comedor.
A primera vista parecía que se comportaban de manera normal, no notaba nada raro entre ellos; por lo que a medida que degustaba el café y las tostadas fui desechando la idea de que hubiera sido mi jefe el que se follara a Sara.
Desde luego que no pegaban nada.
Javier, serio, leyendo prensa económica internacional en su tablet, con americana, camisa abierta, su canoso pelo repeinado hacia atrás y Sara, joven, salvaje, moderna, ojeando su móvil y pasando un video tras otro en su TikTok mientras nos mostraba la pierna a través de una de las aberturas de la falda de su vestido.
Se atusaba el pelo y apenas nos prestaba atención, pero yo sí me fijaba en esos tirantes tan finos, en ese escote que enseñaba sin enseñar, en su pose descuidada y juvenil y levantó la cabeza para sorprenderme y obsequiarme con una sonrisa de cortesía.
Bajé la cabeza avergonzado, aunque intentaba no pensar en ello, me era imposible no recordar lo que había escuchado unas horas antes. Sara le había sido infiel a su novio y había dejado que se la follaran a cuatro patas en la habitación de al lado y que otro se corriera en su boca.
Y yo que pensaba que Sara era de las que no hacían esas cosas. ¡Qué equivocado estaba!
O quizás es que, aunque me sentía mucho más joven que Javier, en el fondo seguía teniendo una mentalidad muy tradicional y no entendía que los chicos de hoy en día nos daban cien vueltas en cuanto a vivir la sexualidad.
No parecía preocupada. Ni arrepentida. Había disfrutado de una noche de sexo, posiblemente con algún amiguete, y después regresaba a casa con su novio, con el que quedaría por la tarde para comer un helado, dar un paseo y luego echar un polvo.
El viaje de vuelta se me hizo muy largo. Eché una pequeña cabezada y cuando desperté, Sara estaba viendo una serie en su tablet. E involuntariamente, el traqueteo del tren me puso muy caliente, teniéndola a mi lado y sin poder dejar de mirar el muslo que asomaba por la abertura de su falda. Luego estuvimos charlando un rato y me preguntó por mis planes del fin de semana. Quise hacerme el interesante y le comenté lo de mi cita a ciegas en casa de Daniel y no pareció que le hiciera mucha gracia, pues puso una risa forzada y me deseó que fuera todo muy bien.
―Bueno, ya me contarás lo del sábado… ―me dijo al despedirse en la estación con dos besos y después de darle otros dos a Javier, sorprendido ante la efusividad de la chica de prácticas.
Durante toda la tarde de viernes no pude dejar de pensar en ella. Sara se me había metido en la cabeza y ya estaba obsesionado con esa chica, sin saber exactamente lo que sentía por ella.
¿Me gustaba como amiga, estaba enamorado o solo era atracción sexual?
Seguía sin asimilar qué cojones había pasado en Bilbao. Jamás había experimentado esa sensación tan extraña: celos y a la vez un morbo enfermizo. Me moría porque otro tío se la estuviera follando a escasos metros de mí, tan solo separados por un tabique, pero había conseguido sacarme de un letargo en el que llevaba inmerso más de un año y terminé pajeándome escuchando cómo llegaba al orgasmo mientras otro se la metía.
Me levanté el sábado con la determinación de no acordarme de Sara en todo el fin de semana. Tenía que olvidarme de ella, al fin y al cabo, solo quedaba poco más de un mes para que terminara sus prácticas y luego saldría definitivamente de mi vida.
Eso era lo que tenía que hacer.
Pero Sara no me lo ponía nada fácil, porque, mientras desayunaba en casa, me llegó un mensaje de ella.
Sara 9:25
Buenos días, Pablo.
Espero que pases un gran fin de semana y muchas gracias por todo, de verdad
No te imaginas lo contenta que estoy por lo bien que salió la auditoría y ha sido gracias a ti.
Ojalá tu cita de esta noche vaya genial, porque te lo mereces. Eres una gran persona
Un beso y ya me contarás…
¿A qué estaba jugando?
Ahora me deseaba suerte en mi cita sorpresa y, además, quería que le contara cómo me había ido. Medité seriamente la respuesta, intentando contestar lo más seco posible.
Pablo 9:30
Buenos días.
No tienes por qué dármelas, ha sido todo mérito tuyo
Enhorabuena por tu trabajo y que pases un gran finde también
Un abrazo
Educado, sin ser borde, pero manteniendo las distancias. Sara no volvió a escribir, aunque reconozco que estuve unos minutos mirando el móvil esperando que lo hiciera.
Limpié la casa, salí a correr y bajé a comer yo solo a un bar cercano en el que servían un buen menú casero. Un rato de siesta, una peli y a media tarde comencé a ponerme nervioso por la cita que tenía en casa de mi amigo Daniel.
Era la primera después de mi divorcio y tampoco sabía qué es lo que estaba buscando realmente en esa mujer. No sabía nada de ella. Tampoco lo había preguntado. Solo que era amiga de Isabel y que tenía cuarenta y siete años.
Quise vestirme de manera correcta, pero informal, intentando estar acorde a lo que era una cena en casa de mi mejor amigo. Una camisa lo veía demasiado clásico, una camiseta podría mostrar desinterés; así que opté por un vaquero largo a pesar de que estábamos en verano y un polo blanco. Llegué a casa de Daniel media hora antes de lo acordado con una botella de vino tinto en la mano y le ayudé con los preparativos.
―¿Nervioso?
―Pues sí, la verdad es que no lo estaba, pero ahora estoy atacado de los nervios… ¿La conoces?, cuéntame lo que sepas…
―No, un día Isabel me habló de ella, parece ser que juegan juntas al pádel, se conocen desde hace cuatro o cinco años. Creo que es profesora de música en un instituto y poco más te puedo decir…
―Bueno, algo es algo… ¿Y físicamente no la has visto?
―No.
―Joder, serás cabrón, no me vuelvas a meter en una de estas…
―No seas así, seguro que lo pasamos muy bien.
―¿Cómo se llama?
―Lorena…
―Está bien…
Puntuales tocaron el timbre y me puse nervioso como hacía años que no lo estaba. Con una copa de vino salí a recibirlas y las dos mujeres llegaron inundando la casa de buen rollo y simpatía.
―¿Se puede? ―preguntó Isabel, que llevaba una tarta pequeña en la mano.
Impaciente esperé a que pasara para ver a su acompañante y allí estaba. Lorena. De una primera impresión me pareció que tenía un cuerpazo, mejor de lo que me esperaba, pero de cara no me gustó nada. No es que fuera fea, pero no era mi estilo. Demasiado maquillaje que estropeaban el conjunto. Y eso que tenía un culo pequeño muy apetecible, embutido en unos shorts vaqueros, pero lo que más destacaba en ella eran sus imponentes tetas operadas que lucía descaradamente con un top negro. Media altura, pelo largo y moreno, me saludó efusivamente con dos besos y noté que ella también me pegaba un buen repaso visual.
―Lorena, Pablo; Pablo, Lorena ―nos presentó Isabel antes de darse un pico con Daniel.
Ojalá se hubiera parecido a ella: rubia, natural, simpática, media melena y un par de tetazas que quitaban el sentido. Isabel no era ningún pibón, ni falta que le hacía, esos kilos de más que lucía todavía hacían que estuviera más apetecible. Además, era de esas mujeres con las que se podía hablar horas y horas de cualquier cosa. Daba gusto escuchar lo bien que se expresaba y ese tono de voz tan agradable. No me extrañaba que fuera guía turística. Podría perderme durante varios días con ella por el museo del Prado deleitándome con sus explicaciones.
Seguía sin entender qué es lo que hacía con mi amigo Daniel, que era buen tío, pero más plano que una regla y desde su divorcio solo le gustaba salir en moto, hacer deporte y follarse a todo lo que se movía.
Solo esperaba que Lorena al menos fuera tan simpática como ella, tampoco pedía mucho más.
Nos sentamos en la mesa cada uno frente a su «pareja» y, aunque Lorena no tenía la cultura ni el mundo de Isabel, se notaba que al menos puso interés en agradarme. Y yo hice lo propio. Me contó que estaba divorciada y tenía dos hijos ya mayores, de veinticinco y veinte años. Daba clases de música en un instituto, como me había comentado Daniel, y desde hacía años su pasión era jugar al pádel, la lectura y el mar.
Con Isabel era imposible que una cita de ese tipo fuera aburrida y no dejaba de bromear y contarnos anécdotas de su trabajo hasta que terminaba contagiando a todos de ese espíritu tan vital que tenía. Luego nos preparó un par de juegos de mesa muy divertidos con los que pude soltarme con Lorena y ella conmigo.
Y cerca de la una de la mañana, Isabel y Daniel comenzaron a recoger la mesa en una clara invitación a que nos fuéramos.
―¿Acercas tú a Lorena a casa, no? ―me preguntó Daniel, mientras Isabel esbozaba una sonrisilla traviesa por detrás.
―Claro, si a ella le parece bien…
―Yo encantada ―dijo Lorena.
―Bueno, chicos, pues muchas gracias por todo. ―Y nos despedimos de ellos.
―Pasadlo bien ―enfatizó Isabel antes de que saliéramos por la puerta.
Yo no sabía muy bien lo que se suponía qué tenía que hacer, y Lorena percibió mi inseguridad. Ella parecía mucho más rodada en este tipo de citas y, mientras bajábamos en el ascensor, me preguntó:
―¿Lo has pasado bien?
―Sí, claro, genial, la verdad es que no me lo esperaba así…, ha estado muy bien. ¿Y tú?
―Yo igual, esperaba encontrarme a un viejo y aburrido auditor, ja, ja, ja.
―Oye, ¿cómo que viejo?, que solo tengo cuarenta y cinco años, ¿tan mal estoy?
―No, no, al contrario, me has sorprendido.
―Espero que para bien.
―Sí, para bien, claro.
Fuimos caminando hasta mi coche, que se encontraba a unos escasos cincuenta metros, e invité a Lorena a que subiera.
―¡Guau, menudo cochazo!, nunca había estado en un X6 ―exclamó.
―Gracias…, ¿dónde te apetece ir? ―pregunté.
―Donde tú quieras, ¿quieres tomar una copa?
―Claro…, ¿conoces algún sitio así que esté bien? ―pregunté.
―Sí, unos cuantos, podemos ir a uno tranquilo…, así estaremos más a gusto… ―me susurró en un tono relajado y cruzando las piernas.
―Me parece muy bien, dime alguno.
―O en tu casa…
Joder con Lorena. Era directa y decidida. No se andaba con rodeos. Me iba a ahorrar con ella muchos quebraderos de cabeza, porque estaba tan desentrenado que daba pena ligando. Jamás me había llevado a la cama a una mujer la primera noche.
Pero Lorena llevaba años divorciada y tenía pinta de que me sacaba kilómetros de experiencia.
―Eh, no, claro, si te parece bien, por mí perfecto ―afirmé arrancando el coche.
Entramos en mi apartamento, que era muy pequeñito, pero muy moderno y lujoso. Le hice un pequeño tour por toda la casa y terminamos en el salón.
―No tengo mucho para tomar, ¿qué te apetece? ―le pregunté mientras ella se ponía cómoda en el sofá.
―Cualquier cosa me va bien, un licor, por ejemplo, con un hielo, eso sí tienes, ¿no?
―Eso sí, ¿de finas hiervas, de almendra, de crema…?
―Del que tú te pongas.
―Vale.
Era la primera vez que llevaba a una mujer a casa y también mi primera cita desde hacía mil años. Llevaba tantísimo tiempo sin estar con otra que no fuera mi ex que mientras echaba un par de hielos grandes en un vaso de tubo me puse un poco nervioso.
Por suerte, la noche anterior me había corrido dos veces y eso había hecho que mi organismo se desperezara, porque a pesar de que Lorena tenía buen cuerpo, su cara no me atraía nada y dudo mucho que un par de días antes hubiera alcanzado ni tan siquiera una erección con ella.
Entré en el salón y me senté a su lado. Lorena estiró el brazo y chocamos los vasos despacio mientras bebíamos sin dejar de mirarnos a los ojos. Luego ella apartó el vaso de mi boca y se inclinó hacia mí.
―Shhh, tranquilo, estás un poco nervioso…
―Sí, perdona, hacía años que… Bueno, que desde que me separé que…
―Calla, anda. ―Y puso los labios sobre los míos.
Me dejé llevar y Lorena entrelazó los dedos en mi pelo para meterme la lengua en la boca. La cabrona besaba muy bien y apoyó una mano en mi muslo, bastante cerca de mi paquete. Yo estaba muy cortado y no me atrevía ni a tocarla. Entonces ella fue más decidida y se soltó los tres botones de su blusa.
Apartó la tela y me mostró uno de sus pechos. Tenía una forma extraña y no me gustó especialmente, así que me sentí decepcionado porque pensé que Lorena tenía unas tetazas de la leche.
Aun así, estiré el brazo y lo colé por debajo de su blusa para acariciárselo con timidez, ella volvió a buscar mi boca y después me palpó el paquete por encima del pantalón.
―¿Te gustan? ―me preguntó.
―Sí, están muy bien ―mentí quitándole la blusa para dejarla desnuda de cintura para arriba y luego amasé sus pechos con las dos manos.
Lorena hizo lo propio con mi polo, luego me desabrochó el pantalón, y se le cambió la cara cuando coló los dedos por debajo del calzón para encontrarse con mi pito flácido.
―¿Estás bien?
―Sí, perdona, es que estoy un poco nervioso…
―Ya te he dicho que no te preocupes, solo vamos a pasar un buen rato y ya está, ¿no? ―suspiró agarrándomela con dos dedos y comenzando a sacudírmela―. ¿Hay algo que te ponga?, ¿quieres algo especial?
―No, soy normal…
―Ja, ja, ja, ¿normal?
―Bueno, quería decir…
―Ya te he entendido, solo que me ha hecho gracia.
Yo no dejaba de acariciar sus tetas y ella se afanaba en ponérmela dura, pero de momento no lo estaba consiguiendo, y cerré los ojos dejando que me comiera el cuello.
Entonces me acordé de Sara. De su vestido veraniego del viernes por la mañana. De cómo se le salía una pierna descarada por aquella abertura tan sensual, de su sugerente escote, de su piel tan morena, de su despeinado pelo, de sus firmes glúteos, de su carnosa boca y su rostro casi perfecto.
¡Qué guapa era la muy cabrona!
Lorena me comía el cuello, lo devoraba con besos cortos, pasando la lengua hasta llegar al lóbulo de la oreja. Y mi polla despertó como por arte de magia.
El truco era bien sencillo. Fantasear con Sara.
Tenía sus gemidos metidos en la cabeza y cuando recordé los jadeos previos a su orgasmo, se me puso la piel de gallina y la polla dura como un poste. Lorena sonrió satisfecha y orgullosa de su trabajo y abarcó mi tronco con la palma para comenzar a pajearme con toda la mano.
―Vaya, vaya, parece que esto te gusta ―ronroneó sin dejar de comerme el cuello.
―Mmmmm, sí, lo haces muy bien…
―¿Quieres ir a la cama? ―preguntó buscando algo en el interior de su bolso con la mano que tenía libre.
Enseguida descubrí que se trataba de un condón y nos pusimos de pie para dirigirnos a mi habitación. Lorena tan solo llevaba puestos los shorts y yo el vaquero abierto, por el que asomaba mi erecta polla cuando agarré su mano para salir juntos.
En ese momento me la imaginé desnuda en mi cama, revolcándome con ella entre mis sábanas, y no me gustó nada la idea. No quería follármela así. Consideraba mi habitación y mi cama un sitio muy privado y no me apetecía compartirlo con Lorena.
―Espera un segundo… ―le pedí antes de salir del salón.
―¿Qué pasa?, ¿estás bien?
―Sí, es que… Da igual, dame eso. ―Y le quité el condón de la mano. Lo abrí con los dientes y me lo puse allí de pie, delante de ella.
―¿Qué haces?
Luego tiré de su mano, volvimos a entrar al salón y me acerqué hasta la mesa. Hice que se diera la vuelta y me pegué a su culo para desabrochar su pantalón mientras ella restregaba su cuerpo contra mí.
―¿Es que quieres follarme aquí?
―Sí, voy a follarte aquí. ―Y bajé sus shorts dejándola tan solo con un tanguita muy sensual.
Si sus tetas me habían decepcionado no podía decir lo mismo de su trasero. Tenía un culito pequeño, duro y muy suave que acaricié unos segundos antes de quitarle el tanguita de un solo tirón. Ella abrió las piernas y se inclinó hacia delante, emitiendo un gemidito cuando sintió que mi capullo rozaba sus labios vaginales.
Apoyé la cabeza en la parte alta de su espalda y cerré los ojos justo cuando empezaba a abrirme paso en su coño. La penetré desde atrás con facilidad y besé su hombro comenzando a moverme con embestidas rápidas, como un puto conejo.
Me la follé con golpes secos, sin dejar de pensar en Sara, clavando mis dedos en sus costados y metiéndosela duro. Lorena pasó una mano hacia atrás y me arañó los glúteos buscando que se lo hiciera más fuerte. Le iba la marcha.
―Más, más, dame más…, ¡fóllame!
―Shhh, cállate ―le ordené para no perder la concentración, sin dejar de besuquear su espalda y su cuello.
―¡Fóllame, vamos! ―me pidió girándose hacia atrás.
Yo no quería ver su careto ni escuchar su voz. Solo quería fantasear que era Sara la que estaba conmigo.
―No termines dentro, aaaah, quiero que me lo eches encima, ¿me has oído?, ¡quiero que te me corras encima!, aaaaah, ¡en mi cara!, mmmm, ¡córrete en mi cara! ―insistió al ver que estaba muy cerca de llegar al orgasmo.
Pero ya no la escuchaba y tiré de su cabeza hacia abajo para que se volviera a girar y así no verla y, además, estuviera con el pico cerrado. Me sentía mal por tratarla así…, me molestaba su voz, su cara…, todo. Lo único que quería era correrme y terminar de una vez.
Aceleré las embestidas y ella trató de zafarse de la mano que sujetaba su pelo.
―¡No te corras dentro!…, aaaaah, aaaaah…, pero ¿qué haces, tío?, joder, suéltame la puta cabeza…
Y yo comencé a correrme inmediatamente en su interior, gimoteando muy bajito el nombre de Sara y babeando patéticamente la espalda de Lorena.
―Ooooh, me corro, Sara, me corroooo…, aaaah, aaaah, aaaah…
―Nooooo, nooooo ―protestó Lorena sin dejar de ofrecerme su culo para que lo siguiera embistiendo mientras me corría.
No dejé de follármela mientras me vaciaba en su interior y solté su cabeza, pero ya era demasiado tarde. La había cagado…, y bien. Aun así, Lorena ronroneó y dejó que pasara las manos hacia delante para que sobara sus tetas hasta que mis contracciones terminaron.
Todavía nos quedamos un par de minutos más así, con Lorena ofreciéndome su culo, yo jugueteando con sus pezones y besando tiernamente su espalda, hasta que mi polla perdió dureza y se salió de dentro de ella.
―Lo siento, no sé qué me ha pasado ―me disculpé―, no quería…
―No te preocupes, no pasa nada… ―dijo ella agachándose para subirse el tanguita y el short.
Parecía molesta y se acercó hasta el sofá para recoger su blusa y ponérsela en unos pocos segundos. Era una situación muy extraña, pero enseguida entendí que para Lorena no era nueva y caí en la cuenta de que debían haber sido muchos tíos los que la habían tratado así.
Eso hizo que todavía me sintiera peor e intenté ser agradable y respetuoso con ella. Lorena cogió el vaso de chupito que estaba sobre la mesa y le dio un pequeño trago, dejándolo por la mitad.
―Bueno, Pablo, me voy…
―¿No te quedas un poco más? ―pregunté por cortesía, porque en el fondo yo también tenía ganas de que se fuera, y ella lo percibió en mi voz―. Deja que te acerque a casa…
―No, tranquilo, ya cojo un taxi…, así me echo un cigarro en la calle mientras lo espero…
―Como quieras…
Se puso el bolso al hombro y nos despedimos con un beso en la mejilla.
―Adiós, Pablo.
―Me ha gustado conocerte, a ver si otro día…
―Claro.
Me quedé esperando hasta que llegó el ascensor y ella me saludó con la mano antes de meterse en él. Derrotado me acerqué hasta el sofá y me dejé caer. Me avergonzaba de mi comportamiento y por haber usado así a una buena persona como Lorena.
Había sido enfermizo follármela sin dejar de pensar en Sara, pero es que no me la podía sacar de la cabeza. Cualquier cosa me recordaba a ella y mi libido había vuelto a lo bestia gracias a la chica de prácticas.
Por supuesto, no volví a tener noticias de Lorena. Tampoco le había dado mi teléfono ni ella el suyo. No hacía falta ser un genio para adivinar que nuestro encuentro había sido un desastre e incluso dudaba de si no hubiera escuchado como gimoteaba el nombre de Sara mientras me corría dentro de ella.
Recogí el salón, puse los vasos en el fregadero y me acosté pensando en que no podía seguir así. No era sano vivir con esa obsesión por Sara…, pero es que era superior a mí; además, el lunes tendría que volver a encontrarme con ella en la oficina.
Ahora ya no es que solo me gustara y me resultara agradable pasar tiempo con ella, es que también me excitaba sexualmente… y mucho.
Esa noche de hotel en la que había escuchado a Sara follando había sido un punto de inflexión. Y de lo que en ese momento no tenía ni puta idea era que aquello solo acababa de comenzar…
Capítulo 7
El domingo me desperté con un mensaje de Daniel preguntándome qué tal me había ido con Lorena, pero no me vi con fuerzas de contestarle. Me había tenido que tomar una pastilla para dormir y al levantarme tenía sensación de cansancio, pesadez y me dolía la cabeza.
Ojalá lo de Lorena hubiera sido un mal sueño, pues lo que había hecho con ella no podía ni calificarlo como un polvo. Un desahogo y punto.
Preparé agua bien fresquita, una mochila y salí de casa sin el móvil. Bajé al bar y le pedí un par de bocadillos de tortilla de patata para perderme por la sierra durante el domingo. Regresé tarde, cuando ya estaba anocheciendo.
Ni tan siquiera contesté los whatsapp que tenía. Ni los miré. Me pegué una ducha y a las diez y media me metí en la cama, en la que caí en un plácido y agradable sueño.
Al día siguiente me levanté con otro estado de ánimo, duchita y abrí el móvil mientras tomaba un café con leche antes de salir para el trabajo. Tenía más de cien mensajes que me habían ido llegando durante el domingo. Varios del trabajo, de Daniel y el corazón se me aceleró cuando comprobé que sobre las seis y media de la tarde Sara también me había escrito.
Sara 18:24
Hola!
Qué tal ayer?
Espero que te fuera muy bien esa cita que tenías…
Ya me contarás
Un beso
Iba a verla en unos minutos, así que no le contesté, pero me pareció muy curioso que me preguntara sobre mi cita del sábado. ¿Es que acaso tenía algún interés o solo lo preguntaba como amiga?
El caso es que un agradable cosquilleo me subió por el estómago y mientras me vestía me invadió una euforia desmesurada. Lo que me hacía sentir Sara no lo podía controlar, para bien o para mal. A la más mínima ya me ilusionaba como un colegial con zapatos nuevos e intentaba olvidarme de los celos que había sentido mientras un desconocido se la follaba en la habitación del hotel; pero antes necesitaba saber imperiosamente una cosa.
Saber con quién había estado.
Solo así respiraría aliviado. Mientras tuviera la más mínima duda de que podría haberse acostado con Javier, esa intranquilidad me iba a acompañar a todas horas. Tenía que ingeniármelas de alguna manera para enterarme quién fue el amante de Sara en Bilbao; así que para ello tendría que intimar un poco más con ella y el mensaje que me había mandado por la mañana era la excusa perfecta.
En cuanto entré en la oficina casi me derrito cuando Sara me dedicó una de sus sonrisas. Desde que Javier la había reprendido por el vestuario ya no lucía tan provocativa, pero cualquier cosa le sentaba de maravilla. Con ese cuerpo, su belleza natural, el pelazo que tenía…, daba igual lo que se pusiera. Aquella mañana nos deleitó con unos vaqueros ajustados, zapatos de tacón y una camisa de manga larga muy fashion metida por dentro de los pantalones.
Me acerqué hasta ella y lo primero que hice fue disculparme por no haber contestado su mensaje.
―Perdona, Sara, he visto tu whatsapp esta mañana, ayer fui a la sierra y dejé el móvil en casa…, no he mirado nada hasta que me he tomado el café hoy…
―Pues haces bien, ojalá yo pudiera desconectar también así, para mí sería imposible estar un día sin el móvil.
―Deberías probar, te va a sentar muy bien.
―Un día me invitas a pasar un día contigo en la sierra y acepto el trato.
―Eso está hecho.
―¿Nos tomamos luego un cafecito y me cuentas? ―me preguntó con voz misteriosa en un tono bromista.
―Claro, a media mañana bajamos…
No tardó en llegar Javier, que, como siempre, fue de los últimos en hacerlo. Ya hacía tiempo que tenía su propio horario a la carta y aparecía y desaparecía de la oficina cuando le daba la gana.
Y siguió con su misma actitud hacia Sara. Ella lo había hecho tan bien en Bilbao que imaginé que Javier la trataría de manera distinta, pero me equivoqué. Para él solo era la de prácticas. Una cara bonita que rellenaba documentación y nos ayudaba con el papeleo. Nada más.
Le daba órdenes en tono directo, sin tan siquiera pedírselo con un mínimo de educación. «Escanea esta documentación…», «Deja eso y ponte con lo de…, que me corre más prisa». Y Sara le obedecía sin rechistar. De vez en cuando me miraba y yo esbozaba una sonrisa que seguro que le hacía el trabajo más llevadero, sabiendo que me tenía de su lado.
Sobre las diez y media bajamos juntos al bar a tomar un café. No se lo dijimos a Javier, era nuestro momento y no nos apetecía que él nos acompañara. Y me sorprendió que ella enseguida sacara el tema. Ni tan siquiera se molestó en romper el hielo. Cogimos los cafés, nos apartamos a una mesa y ella me miró con curiosidad.
―Bueno, y, entonces, ¿qué tal la cita del sábado?…, si me lo quieres contar, eh…, si no quieres hacerlo, lo entendería, que soy muy cotilla, ja, ja, ja.
―Bien, no sé, me sentí un poco extraño, era la primera vez que tenía una cita sorpresa y fue todo lo bien que puede ir un encuentro así entre dos desconocidos.
―¿Te gustó ella?
―No mucho, a ver, era maja y tal, pero físicamente no me acababa de encajar…
―Ooooh, vaya lo siento…, así que no pasó nada…
Yo me puse colorado de repente mientras le daba vueltas al café con la cucharilla y luego abría la magdalena que nos habían dejado en el platito.
―¡Te has puesto rojo, ja, ja, ja!, oye, que no pasa nada, lo veo muy normal si os acostasteis…, no tenías ningún compromiso ni ella tampoco, así que…
«¿Y tú tenías algún compromiso cuando estabas en Bilbao o le pusiste los cuernos a tu novio?», pensé.
Me moría de ganas por sacar el tema, pero a la vez me daba mucha vergüenza. ¿Cómo le iba a decir que la escuché en el hotel mientras follaba con alguien? Solo tenía que preguntarle, como el que no quiere la cosa, si su novio había estado en Bilbao, y ella enseguida se daría cuenta de por dónde iban los tiros; pero me parecía demasiado violento y aunque nos llevábamos muy bien y ella era muy extrovertida para esos temas, a mí me daba mucho corte hacerle ese tipo de preguntas.
Así que me iba a quedar con la duda. Al menos unos días más.
―No creo que volvamos a vernos ―dije encogiéndome de hombros―. ¿Y qué tal el fin de semana?
―Bien, muy bien, estuve de cena con mi chico y unos amigos… y al final, lo de siempre, si es que no sabemos salir de tranqui, terminamos desayunando en la plaza mayor.
―Ja, ja, ja…
Cinco minutos más tarde apareció Javier en el bar, aunque nos vio, no se acercó a nosotros y se quedó en la barra tomándose el café mientras ojeaba un periódico de economía color salmón.
Nos levantamos para volver a la oficina y al pasar a su lado Javier se volvió hacia mí, despegando la vista del periódico.
―¡Malas noticias!, me lo acaban de decir, el jueves tenemos auditoría en Zaragoza, es solo un día, vamos tú y yo… ―me soltó de manera directa, recalcando la última frase para que Sara se enterara de que ella no venía―. Ya está la documentación en la oficina, ponte con ello ahora ―le ordenó para humillarla todavía un poquito más.
―De acuerdo, ahora empezamos ―le contesté a la vez que Sara afirmaba también con la cabeza de manera forzada.
Mientras caminábamos hacia el trabajo, me pareció que Sara estaba decepcionada porque no hubieran contado con ella para la auditoría externa.
―No te preocupes, es muy normal, algunas empresas son pequeñas y Javier y yo nos apañamos en un día; pero habrá otras veces que te toque a ti ir a solas con Javier o conmigo…
―Uf, pues espero que sea contigo…
―Te da igual, ya controlas mucho y lo vas a hacer igual de bien con él.
―Sí, pero contigo estoy más segura, aunque también me pueda equivocar, pero no sé…, es distinto.
―Te entiendo perfectamente, Sara, a mí me lo vas a decir, son muchos años con Javier…, por desgracia, es muy bueno trabajando, pero en lo personal hay que saberle llevar…, y no todos en la empresa están dispuestos, de hecho, no había casi nadie…
―Y te tocó a ti.
―¡Exacto!
―Pues qué suerte tuviste, ja, ja, ja.
―Ja, ja, ja…
Durante la semana preparamos todo y el jueves a primera hora salimos Javier y yo para Zaragoza. Fue un trabajo bastante fácil, aunque laborioso y hasta casi las nueve de la noche no terminamos.
―Uf ―protestó Javier estirando la espalda en la silla de la oficina en la que nos habían ubicado―, cada vez se me hace más pesado esto…
―Sí, yo pensé que no íbamos a tardar tanto…
―Pues ya está, qué ganas tengo de llegar al hotel, pegarme una ducha y cenar como un cabrón, ¡tengo mucha hambre!
―Yo también…
―Venga, vamos a recoger y salimos cagando leches para el hotel…, mañana cogemos el AVE pronto, y a ver si a las doce estamos en la oficina y podemos hacer el informe y el cierre definitivo.
―Seguro que sí, durante el viaje de vuelta voy a ir adelantando todo lo que pueda.
―Bien, me parece perfecto.
No tardamos en llegar al hotel, ducha rápida y media hora más tarde ya estábamos en el buffet para pegarnos una buena comilona. Javier se tomó un par de cervezas y durante la cena no dejó de despotricar de una de sus ex, con la que al parecer tenía un juicio pendiente la semana siguiente por el impago de algún mes en la pensión.
Yo lo conocía muy bien y cuando se ponía así, era insoportable; además, no había quien lo callara. Se le abría el pico y le daba igual donde estuviera. Empezaba a soltar toda clase de burradas y muchas veces me había dejado en evidencia en más de un sitio.
―Estaba todo muy bueno… y ahora vamos al bar del restaurante, que te invito a un cacharro ―me dijo mientras nos levantábamos de la mesa.
Ya sabía que iba a decir eso. Alguna vez había logrado poner una buena excusa y así me libraba de aguantarle durante una hora más, pero esa noche me encontraba demasiado cansado y sin ganas de llevarle la contraria; así que acepté.
De lo que no tenía ni remota idea es de lo que sucedería a continuación.
Cogimos un taburete alto y nos quedamos en la barra. Un servicial y educado camarero se acercó hasta nosotros y Javier se pidió un old fashioned (cóctel que lleva whisky) y yo un gin- tonic.
―Estoy molido, reconozco que hoy nos hubiera venido muy bien la de prácticas ―dijo Javier cuando ya tenía el cóctel preparado, haciendo círculos para que los hielos dieran unas cuantas vueltas en el vaso.
―Sí, ya lo creo.
―Veo que te llevas muy bien con ella, no me extraña…
―Sí, es muy maja.
―¿Maja?, ja, ja, ja, lo que está es muy buena.
―Sí, eso también… Ha aprendido muy rápido y está haciendo todo lo posible por quedarse después de las prácticas.
―Eso no lo dudo ―apostilló con una sonrisa que me dejó helado, antes de darle un trago a su copa.
―Anda… ¿y eso?, ¿qué tal el otro día con ella cuando os quedasteis solos?
―¿No nos escuchaste luego en su habitación?
¡¿QUÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉ?!, o sea ¡¿QUÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉ?!
¿Había sido Javier el que se había follado a Sara?
¡¡¡NOOOOOOOO!!!
Se me heló la sangre al momento y el corazón me latió a toda velocidad. Pensé que me iba a dar un infarto. ¿Qué me estaba contando el puto viejo este?, ojalá se estuviera marcando un farol, aunque no lo creía. Javier tenía muchos defectos, pero el mentir no estaba entre ellos.
Creo que me quedé blanco y no supe reaccionar. Javier estiró el brazo y me movió el hombro como si fuera un muñeco.
―¿Estás bien?, joder, tío, te has quedado pillado, ja, ja, ja…
―Eh, sí, sí, estoy bien…
―Entonces, ¿nos escuchaste o no?
―Sí, claro, como para no hacerlo… ―le seguí la corriente.
―Ya te lo había dicho, esta se debe pensar que yo decido quién se queda y quién no en la empresa, y no tiene ni puta idea de que yo no decido una mierda… Fue demasiado descarada, Pablo…, y esas tías tan interesadas no me gustan. Además, ya te lo había dicho, con esas tetas y ese culo sabe lo que se hace, esta es de las que parece que no ha roto un plato… y se ha jodido la vajilla entera, tiene muuuuchas horas de vuelo… ―afirmó en un tono despectivo hacia Sara.
Y sin que yo se lo pidiera comenzó a relatar lo que había pasado la noche del jueves en Bilbao cuando se quedaron a solas.
Capítulo 8
Carraspeó como si tuviera algo muy importante que decir, le dio otro trago a su cóctel y con una sonrisa cínica se dispuso a contarlo todo con pelos y señales.
―¿Viste qué faldita llevaba?, ¡no me jodas!, si parecía un cinturón, ¿verdad?
―Sí, sí, era minúscula.
―A ver, que yo no me puse en plan baboso ni nada, y eso que hay que reconocer que la nena está muy buena, solo le dije que había hecho un buen trabajo y que tenía que entender que fuera duro con ella, pero que lo hacía por su bien…, y ella en plan «Sí, lo entiendo, no pasa nada…», y se pegaba cada vez más a mí. Te lo juro que fue ella la que vino a buscarme…
―¿Tan fácil te resultó ligártela?
―Siempre he tenido éxito con las tías, pero teniendo pasta no tiene ningún mérito, van como las moscas a la miel, y en cuanto te fuiste, me allanaste el camino. Ella sabía lo que quería y cómo conseguirlo. No tuve que hacer nada.
―¿Se te insinuó o qué…?
―Estábamos tan cerca que puse una mano en su cintura para hablar con ella, pero eh, hasta ahí, tal y como están las cosas hoy en día hay que ir con mucho cuidado, si se le ocurre denunciarme o algo por el estilo, me ponen de patitas en la calle en un suspiro.
―¿Y entonces?
―Fue ella, no veas qué manera de zorrear, ya te digo que esta sabe latín, con lo buena que está se folla al que le dé la gana de toda la puta discoteca. Se pegó a mí de manera descarada, tanto que cuando me quise dar cuenta ya me estaba rozando con las putas tetas en el brazo.
―Joder…, ¿y qué más pasó? ―pregunté con un morbo enfermizo.
Sí, todo lo que me estaba contando Javier era demencial y hablaba de Sara con un desprecio que me daba asco; sin embargo, mis manos temblaban de excitación, tenía un nudo en el estómago, el corazón a ciento cincuenta pulsaciones y una erección involuntaria, molesta, inoportuna y dolorosa.
Tenía la polla tan dura que me avergonzaba de mí mismo.
Tuve que moverme con cuidado en el taburete para que Javier no se diera cuenta de lo que pasaba bajo mis pantalones y que lo que me relataba me estaba volviendo loco.
―Yo seguía con la mano en su cintura, y me andaba con pies de plomo, pero uno no es de piedra, te aseguro que no es nada fácil coquetear conmigo y excitarme con la facilidad con la que lo consiguió esa niñata, pero claro, con esas tetas pegadas a mí y enseñándome así toda la pierna…, joder…, tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no bajar más la mano y soltarle un azotazo en toda la nalga…
―Ja, ja, ja, ya te digo…
―Tenía la mano en su cintura y ella venga a rozarme con las tetas…, y dale, te lo juro que sentí cómo se le pusieron duros los pezones…
―¡Ala!, ¿en serio?
―Y tan en serio, y se me acerca al oído y me dice: «¿Quieres tomar otra?, si quieres, te invito, para que veas que no te guardo rencor…».
No podía creerme lo que me contaba Javier. Con lo mal que se había portado con Sara y a las primeras de cambio no solo le invitaba a una copa, es que, además, se le estaba insinuando descaradamente en medio del bar.
―No sé qué chorrada contesté, se notaba que había bebido algo e iba «contentilla», y empezó a decirme que si había quedado con unos amigos y tal, pero me daba igual, yo solo estaba pendiente de esas tetas y del movimiento de sus caderas contra mí. No podía evitarlo, es que tenía su escote allí, ¡tenía sus putas tetas delante de mi cara!, y ella me pilló mirándoselas de manera descarada un par de veces… y coge y me suelta: «Espero que hoy sí te guste lo que llevo puesto». Me dejó roto. Y mira que es difícil dejarme callado, pero durante unos segundos no supe ni qué contestar a eso.
―Normal…, ¿y qué le dijiste?
―Pues algo así como que no me importaba lo que llevara cuando salía de fiesta, que me parecía muy bien, y que sí que me gustaba su falda…, y me dice: «Ya veo que te gusta, y a tu mano también».
―¿A tu mano?, ¿por qué dijo eso?, ¿es que le habías tocado el culo?
―No, la tenía en el mismo sitio, en su cadera, pero ella debía considerar que la estaba tocando o algo por el estilo, y así se lo hice saber en un tono serio: «No te he tocado, chica», y me contestó: «No creo que a mi novio le hiciera mucha gracia ver dónde tienes la mano», así que yo seguí: «Ah, ¿tienes novio?, no sabía nada…, ¿y qué pensaría si te viera así, tan cerca de tu jefe?».
―Mmmm, bien tirada…, ¿y te contestó?
―Sí, algo así como que «Pues se enfadaría, seguramente», y yo le seguí el juego: «¿Y no queremos eso, no?», y ya no me contestó, pero se acercó a mí y me susurró al oído: «¿Entonces, nos tomamos esa copa o no quieres?», y le dije: «Si a tu novio no le importa, me parece bien», y va y me suelta «Qué cabrón eres», y le pregunte por qué, entonces se puso más seria y se intentó hacer la digna; pero así, medio borrachilla y con esas pintas de putón no sonó muy convincente, ja, ja, ja.
―Ja, ja, ja.
―Me dijo toda ofendida: «Yo aquí intentando hacer las paces e invitándote a una copa y tú hablando de mi novio», yo le contesté que había sido ella la que había sacado el tema del novio y entonces me tiró una frase que me dejó fulminado. ¿Y sabes por qué?
―¿Por?
―Porque tenía toda la razón del mundo.
―¿Y qué te dijo si se puede saber?
―Me dijo que llevaba casi cinco meses en la empresa y no había sido capaz de llamarla ni una puta vez por su nombre.
―¡Joder!, ¿nunca la has llamado por su nombre?…, ¡hostia!, es que es muy fuerte, Javier.
―Pues lo mismo, pero no me había dado ni cuenta…, normalmente me dirijo a ella sin nombrarla, y se notaba que eso le jodía mucho. Se debió pensar que iba a ablandarme, ja, ja, ja.
―¿No te disculpaste?
―No, le dije: «Cinco meses sin llamarte por tu nombre y mira cómo estamos ahora, ¿te creerías si te digo que no me acuerdo de cómo te llamas?».
―¿Quéééééé?
―Eso lo dije para provocarla, claro que me acordaba, pero quise tensar la cuerda un poquito más…
―Mmmmm, ¿y?, te mandó a la mierda, claro ―afirmé sin creerme mis propias palabras porque sabía que habían terminado follando.
―No, más bien al contrario…, no dejé que hablara y le dije con un tono autoritario: «No soy como esos niñatos con los que estás acostumbrada a tratar y con los que seguramente te salgas siempre con la tuya. He conocido a muchas como tú y, sinceramente…, me importa tres cojones cómo te llamas».
―Joder, tío, parece que estabas buscando que te mandara a la mierda.
―Pues en cierta medida, sí, pero ella seguía allí quieta, zorreando conmigo, entonces me di cuenta de que a la muy cerda le ponía cachonda que la trataran así…
―Venga ya…
―Tenías que haber visto su cara, no te miento, a esta no le habían hablado así en su vida, lo mismo hasta lo del novio era inventado, vete a saber.
―No, eso es verdad, yo lo conozco, un día vino a buscarla al trabajo, un guaperas alto…, vamos, de su mismo nivel…
―Pues pobrecillo, no sabe la guarra que tiene por novia, ja, ja, ja…, bueno, sigo, pues se queda unos segundos todo seria y me dice: «Vete a la mierda», se me escapó una sonrisilla y le contesté: «Entonces, ¿no me invitas a esa copa?, pensé que ya no me guardabas rencor, aunque no sepa ni cómo te llamas». Y yo creo que con esa frase se mojó enterita.
―Seguro… ―respondí como un imbécil, escuchando a Javier faltarle al respeto a la chica que me gustaba.
Y cuanto más hablaba, más dura se me ponía. Era adictivo. Yo quería que siguiera contándome aquella noche más y más. Parecía todo una fantasía inventada e irreal si no fuera porque los vi juntos antes de salir del bar y luego escuché cómo se lo montaban en la habitación de Sara.
―¿Y después que pasó?
―Yo creía que se iba a pirar o me iba a insultar, algo de eso, aunque estuviera cachonda…, porque es que estaba muy cachonda, pero se acercó más a mí, no podía tener las tetas más pegadas en mi brazo, y me susurró al oído: «¿Quieres tomarla en el hotel?».
―¡Adiós!
―Así, directa al grano. ¡Pum!, como un disparo…
―¡Madre mía!, y le dijiste que sí, claro.
―Me tocan mucho las narices estas zorritas que van de divas por la vida, ¿tenía ganas de tirármela?, por supuesto, pero en ese momento me apeteció putearla un poquito, a ver hasta dónde estaba dispuesta… ―Le dio un trago a su copa apurándola hasta el final, haciendo una pausa que todavía hacía más interesante su relato― a rebajarse…
―¿Y…?
―Le dije que prefería tomármela allí, que estaban muy buenas… y me gustaba el bar…
―Venga ya, yo hubiera salido pitando para el hotel.
―Ja, ja, ja, parece mentira que hayas estado casado tantos años, Pablito, y no tengas ni puta idea de cómo son las mujeres ―dijo el experto―. Si eres un buenazo con ellas, no te van a tomar en serio y vas a terminar siendo un títere en sus manos, lo que les pone son los malotes… y, bueno, la pasta, je, je, je, pero eso es otra cosa, como te decía, lo que les da morbo es que seas un cabronazo. Y cuanto más mejor. Y lo estaba comprobando de primera mano, cuanto más puteaba a la niñata, más cachonda se ponía…, ni te imaginas lo que me dijo luego ―añadió removiendo los hielos del fondo de su vaso.
―Cualquier cosa, porque me estoy quedando a cuadros con lo que me estás contando…
―¿En serio?, ¿y qué te esperabas?, esta va de supermodelo, pija, guapa, estirada, moderna, y no es más que una niñata que acaba de salir de la universidad, cobra 300 euros de prácticas y sigue viviendo en casa de los papás…
―Eso me parece bien, lo hemos hecho todos.
―Sí, ¿y tú te dabas esos aires?, joder, que sí, que está muy buena, pero parece que hay que ir besando el suelo por donde pisa. ¿Y también estabas dispuesto a tirarte a tu jefa para que te contrataran?… Que no, tío, sé que te llevas muy bien con ella y lo mismo es hasta maja y todo, pero a mí estas busconas que se aprovechan de lo buenas que están… nunca me han gustado… Bueno, yo creo que deberíamos irnos ya.
―¿Y no me vas a contar qué es lo que te dijo?
―Ah, sí, es verdad, se me había olvidado, pues eso, que me apetecía putearla un poco más y le comenté que la copa nos la tomábamos en el bar, ella no sé si es que no quería que sus amigos la vieran conmigo o es que tenía ganas de verdad por irse al hotel; así que se jugó la baza que mejor sabe utilizar y me murmuró en el oído: «Si quieres, la tomamos en mi habitación», y me cogió la mano que tenía en su cintura y la bajó un poquito, todo muy sutil, no me la puso directamente en su culo, pero casi…
―Uf…, yo se lo hubiera tocado, no sé cómo te pudiste aguantar, ¿es que no te gusta Sara?
―Claro que me gusta, tenía una empalmada exagerada, y ella lo sabía…, porque tonta no es; pero me encantaba putearla, casi me gustaba más eso que follármela, ja, ja, ja… y a mí esos jueguecitos de tocar, sí, pero no, cogerme la mano y ponerla casi sobre su culo, a ver, chica, si quieres que te sobe en medio del bar, tienes que ser más directa, que yo ya tengo una edad para estas gilipolleces.
―¿Y qué le contestaste a lo de tomar la copa en su habitación?
―Cuando me soltó la mano, puso la suya sobre mi muslo, así abriéndola, y con el dedo pulgar me llegó a rozar el paquete. Aquello me puso muy cerdo.
―¿Te sobó la polla en medio del bar?
―Se puede decir que sí, no fue descarada, pero lo hacía con una sensualidad que puffff…
―Joder, debía de ir muy borracha para hacer eso.
―Algo había bebido, pero iba bien, yo, si va borracha, no me gusta aprovecharme, aparte de que no me ponen nada las tías pasadas de alcohol…, Sara iba bien ―dijo pronunciando su nombre por primera vez en toda la noche.
―Y luego os fuisteis a su habitación…
―Sí, aunque antes… no fui tan sutil como ella, bajé la mano, bueno, tampoco es que tuviera que bajar mucho con esa falda cinturón que llevaba, ja, ja, ja…, y le sobé el culazo.
―¡Guau!, ¿por debajo de la falda?, ¿te dejó que la tocaras allí en medio del bar?
―Sí, fui descarado, aunque no se nos veía mucho, ella tenía el culo pegado a la barra y casi no se notaba lo que estaba pasando. Apenas llamamos la atención.
―¿Y qué tal?, ¿tiene tan buen culo como parece? ―pregunté humillándome un poco más.
―Hay tías que cuando están vestidas parece que están muy buenas, y luego al verlas desnudas te llevas una decepción…
―No me digas que no tenía buen culo, pues parece que…
―La niñata no es de ese grupo, Pablo, tiene un tipazo y cualquier cosa le sienta bien, pero cuando se desnuda…, joder, desnuda está todavía más buena. Hazme caso, que he estado con muchas zorras y también tengo experiencia en esto. Veinticinco años, ni muy joven ni muy mayor, ni delgada ni entrada en carnes, ¡menudo culo, tío!, redondo, no de esos duros de gimnasio que no me gustan, esta lo tenía carnoso, no era pequeñito, pero tampoco exagerado. ¡Perfecto!, sin vérselo ya sabía que ese culo estaba en su punto dulce y, además, no tenía tela que me molestara para sobárselo bien…
―¿Es que no llevaba ropa interior?
―Se ponen las mierdas esas de tangas que se les meten por el ojete y es como si no llevaran nada, ja, ja, ja.
―¡Uf!, ¿y te dejó que la tocaras mucho tiempo?
―No, unos segundos, pero suficiente, luego me volvió a susurrar: «Entonces, ¿vienes a mi habitación?», ya ni me dijo lo de tomar una copa ni nada, ya era directamente que si iba a su habitación…, y bajé un poco más la mano para acariciar su coñito por encima del hilo dental ese que llevaba puesto y noté lo mojada que estaba, aunque tampoco se lo hice a lo bestia, apenas la rocé con los dedos, pasándolos entre los labios vaginales. ¡Solo quería comprobar lo cachonda que estaba! ―exclamó un emocionado Javier, al que se le notaba que revivir aquello también le gustaba.
Como se suele decir, lo bueno de follarse a un pibón como Sara no es hacerlo, que también, lo mejor es poder contárselo a alguien. Somos hombres y es nuestra naturaleza y Javier tenía ganas de darse aires después de haberse acostado con una jovencita como Sara. Yo terminé mi copa y me revolví incómodo en la silla. Mi excitación no solo no había disminuido, es que mi polla palpitaba con tal intensidad que hacía rato que había mojado los calzones y me babeaba, literalmente.
Era visualizar a Sara haciendo todo eso, comportándose de esa manera, y sentía un morbazo superior a mí. No podía controlar el cuerpo y la sensación de mi polla emitiendo un espasmo involuntario cada dos o tres segundos me tenían cachondísimo.
Imaginaba a mi jefe metiendo la mano bajo esa faldita, magreando de manera vulgar su culo, y quería que me diera asco. Era repulsivo, aquel viejo acariciando a la chica que me gustaba, pero ¿por qué estaba tan excitado?
Javier me sacó de mis pensamientos y siguió contándome lo que había pasado aquella noche en Bilbao.
―Después de tocar su culo fue cuando me apeteció mucho follarme a esa niñata… y le contesté a la proposición de ir a su habitación, le dije algo así como «Vale, creo que me has convencido», ja, ja, ja.
―¡Qué cabrón!, ja, ja, ja ―le seguí el rollo como si fuéramos dos colegas.
―Bueno, ahora sí, ¿qué hacemos?, ¿nos vamos?, estoy muy cansado…
―¿Y vas a dejarme así? ―le imploré―. ¡No me fastidies!, de eso nada, tienes que contarme lo que pasó luego…
―Pues qué va a pasar, si ya nos escuchaste…
Claro que los había escuchado, pero me apetecía conocer la historia por boca de Javier. Que me lo contara todo con ese tono tan despectivo. Eso me estaba volando la cabeza.
―Venga, te invito a otra copa… ―le propuse para que siguiera hablando.
―Está bien, si me invitas a una, no te voy a decir que no… ―Y levantó la mano para llamar al camarero―. Otras dos de lo mismo…
―Claro, caballero.
―Bueno, pues seguimos… ―afirmó Javier dispuesto a continuar con su historia―. ¿Por dónde íbamos?, ah, sí, cuando le dije que me había convencido. Salimos del bar y llamamos un taxi para que nos llevara al hotel ―reanudó el relato mientras el atento camarero nos servía las copas.
Ahora venía la parte más interesante, la que llevaba toda la noche deseando escuchar. Javier se relamió, disfrutando de su propia historia. Reviviéndola de nuevo. Y me puse cómodo sabiendo que mi jefe no iba a escatimar en detalles…
Capítulo 9
Ni tan siquiera esperó a que el camarero terminara de servir las copas, le daba igual si nos escuchaba hablar. Estaba claro que la discreción no era el punto fuerte de mi jefe.
―Subimos al taxi y nos sentamos los dos en la parte de atrás. Fue un momento tenso, no te vayas a pensar que las tenía todas conmigo, la niñata estaba muy seria y yo pensaba «Esta todavía se me echa para atrás». No hablamos nada durante el camino. Nada de nada. Y tenías que haberla visto allí sentada con esa falda, era tan corta que me mostraba toda la pierna y casi se le veía hasta el culo. ¡Y no hay cosa que me ponga más cachondo que unas buenas piernas!, y esta las tiene espectaculares, largas, firmes, brillantes, suaves y muy morenas. Las cruzó así, montando un muslo sobre el otro para que yo se las viera bien, joder, ¡que ya no hacía falta tanto despliegue!, las podía haber cruzado del lado contrario también, aunque no era lo mismo…, ¡quería enseñármelas bien y se le veía hasta el carnet de identidad!, ja, ja, ja…
―Me hago una idea ―dije como un panoli y comencé mi copa chupando de una pajita.
―Daban ganas de lamer esas piernas a lo guarro… ―continuó relamiéndose con pinta de baboso―. Te lo juro que, si me lo llega a pedir, se las abro en medio del taxi y se lo hubiera comido allí mismo, manoseando bien esos muslos…
―Ja, ja, ja, te veo capaz…
―No lo dudes. Hacía tiempo que una zorra no me ponía tan bruto. Entre el calor, lo buena que estaba, que iba casi desnuda y la cara esa de diva que ponía, tuve que hacer verdaderos esfuerzos para contenerme. Nada, pagué el taxi y subimos por el ascensor hasta su habitación. Lo mismo. Sin decirnos ni una sola palabra, y espera… que ahora viene lo bueno. ―Hizo otra pausa y degustó su copa―. Uf, está cojonuda, mmmmm… ―No supe si se refería a lo que bebía o a Sara.
―Venga, sigue, no me dejes así… ―le apremié impaciente.
―Ja, ja, ja, tranquilo…, pues eso, entramos en su habitación y yo pensando a ver cómo se desarrollan los acontecimientos, ya sabes, lo difícil es romper el hielo, empezar, aunque ya había sobado su culo en el bar, ahora estábamos en otro escenario…
―Entiendo, ¿y te lo puso difícil?
―Ja, ja, ja, ¿difícil?, estas niñatas de hoy en día saben lo que se hacen. No tienen vergüenza ni escrúpulos, y me parece cojonudo, eh… Con toda la calma del mundo dejó el bolso en la mesa, sacó un condón y lo tiró en la cama. Así como te lo cuento.
―¿Quéééééé?
―Tal cual, tío, se acercó a mí y yo pues claro, ¿qué iba a hacer?, lo normal, lo que haría todo el mundo, intenté besarla y va la muy guarra y me retira la cara. «No, eso no», me soltó. Me quedé a cuadros, yo pensaba «Joder, me tira el condón delante de mis narices y no me deja que le coma la boca». ¿Qué se supone que tenía que hacer?
―¿Y qué pasó luego?
―Me cogió de la mano sin quitarse la blusa ni la falda, solo los zapatos, me llevó hasta la cama, y espera, que ahora viene lo mejor. ―Otro trago de la copa y yo infartado de los nervios―. La muy PUTA se subió encima sin soltarme la mano y va y se me pone a cuatro patas, como te lo cuento, sin previos, sin besos, sin desnudarse. Ala, toma, ¡a cuatro patas en medio de la cama!…
―¡La madre que la parió!
―Está muy buena y todo lo que quieras, pero me parecía muy impersonal, no sé, ni tan siquiera había comprobado que ya la tenía dura, ¿y si no llego a estar empalmado?…, ¿qué se supone que tenía que hacer con ese condón?
―Eso es que estaba muy segura.
―Está tan buena que hay que ser muy cafre para no empalmarse con ella, pero de todo hay en esta vida y, oye, que yo ya tengo unos años y a mi edad no se les levanta a todos…
―¿Y qué hiciste?
―¿Pues qué voy a hacer?, lo primero fue poner las dos manos en su culo, la falda esa de buscona era tan corta que no tuve ni que tirar de ella, en cuanto se colocó a cuatro, se le subió sola, ja, ja, ja, llevaba un tanguita de esos a tiras, pero parecía que iba desnuda, se le metía entre los cachetes que era una delicia…, y yo no podía dejar de contemplar aquello.
―¿Y Sara qué decía?
―Me dijo que, si me molestaba, que se lo quitara, eso fue lo único, lo podía haber hecho ella misma, pero yo creo que le daba morbo que fuera yo el que se lo bajara…, y metí las manos por los laterales y fui tirando despacio. Ese momento en el que le bajas las bragas a una mujer es celestial. ¡Ah, qué delicia!, tendrías que haberlo visto, se le quedó un poquito pegado por la zona del coño. Un hilo de flujo de lo cachonda que estaba, ja, ja, ja.
―Mmmmmm…
―Levantó las rodillas para que se lo pudiera sacar, y luego le pedí que se quitara también la falda. La blusa me daba igual, pero la faldita no. Quería que estuviera desnuda del todo de cintura para abajo, ¡quería ver bien ese culazo!
―¿Y te obedeció?
―Sin rechistar, tío, ja, ja, ja, estaba deseando que se la metiera, y yo no me pude resistir, su culo era tal y como me lo había imaginado, moreno, suave, aunque tenía una mínima marca de biquini, esta en la playa es de las que lo va enseñando para poner cachondo a todo el personal… Como te decía, no me pude aguantar y le abrí los glúteos con las manos, y allí lo tenía delante de mis narices, ese pequeño agujerito tan apetecible y me agaché y le solté un lametón. ¡Le pasé la lengua por el ojete!, yo pensé que eso le gustaría, pero me dijo: «Venga, ponte el condón».
―Joder, tenía prisa porque te la follaras…
―Sí, era raro, como si lo hiciera por obligación y no le gustara mi presencia, pero también notaba lo excitada que estaba. También me gustaba mucho su coño…, mmmmm…
―Esta, seguro, que es de las que lo llevan bien depilado ―le seguí el juego para que me confirmara el aspecto que tenía.
―Sí, ¡has acertado!, a mí personalmente me gustan con pelo, y si tienen mucho… mejor, peludos así a lo bestia, aunque de eso casi ya no hay, y ella lo llevaba depilado total, le colgaban los labios vaginales y pasé la mano hacia delante para comprobar si lo llevaba rasurado. Antes de metérsela comprobé que estaba ya preparada y le clavé un par de dedos. Entraron suavecitos, mmmmm…, así que tampoco me apetecía trabajármela mucho, ¿para qué?, ja, ja, ja, luego me puse el condón y sin avisar se la metí de un solo empujón…
―¡Hostias!
―Sí, Pablito, entró taaaan fácil, yo no es que tenga una superpolla, pero tampoco está nada mal y ya te digo yo que a esta niñata se la han follado unos cuantos buenos pollones. Muchos. Entre lo abierto que lo tenía y lo mojada que estaba…, casi lo que más me excitó fue lo caliente que lo tenía por dentro…, mmmmm, eso me dio mucho morbo…, echaba fuego la cabrona…
―¿Y te la follaste así, a cuatro patas?
―Sí, al principio despacio, sujetándola bien de la cintura, sin poder dejar de mirar ese culo, pero así ella no lo estaba disfrutando, no gemía, nada, solo se dejaba follar.
―Qué mal rollo…
―Lo que quería es que le diera caña, así que la empecé a follar a lo bestia y no veas cómo cambió la cosa, ¡se puso cerdísima!, yo no quería que gritara tanto, pero… ¿qué iba a hacer?, me imaginé que nos estarías escuchando, era demasiado escandalosa, ¿verdad?
―Ja, ja, ja, sí, reconozco que me desperté con sus gemidos, cómo berreaba, ja, ja, ja ―comenté, dándome asco de mí mismo por hablar de esa manera.
―Y viendo que le gustaba duro la cogí por el pelo y tiré fuerte, con eso se puso a mil, y después le solté un azote, mmmmmm, ¡qué bien sonaban esas nalgas, Pablito!, a ese culazo daban ganas de soltarle azotes hasta dejárselo en carne viva…
―Hasta que sangrara…
―Exacto, ja, ja, ja, ahora la tenía en mis manos, pero fui un poco malo con ella, cuando estaba a punto de correrse, me tomaba unos segundos de descanso y le tocaba comenzar de nuevo, se le escapaba un gritito de decepción, pero yo sabía que cuando se corriera finalmente, me lo agradecería. Yo creo que no se la habían follado así en la puta vida, porque otra cosa no, pero yo tengo mucho aguante, muchísimo. Te aseguro que me la follé muy duro. ¡Esta niñata no se merecía otra cosa!
―Bien hecho…, ¿y después te corriste dentro de ella?
―No, ya te he dicho que lo puedo retardar todo lo que quiera y, además, físicamente estoy bien, pero en uno de los parones se me bajó un poco… por el puto condón, no estoy acostumbrado a ponerme esas mierdas y no me gusta nada; así que se lo dije, tampoco quería metérsela sin avisar, se podría haber enfadado…, entonces se la restregué un poco sin protección, y cuando vi que ella estaba deseando que volviera a metérsela, se lo comenté, que se me había salido el condón…
―¿Y qué te contestó?
―Estaba a punto de llegar al orgasmo, ¿qué me iba a decir?, ja, ja, ja, la zorrita murmuró: «Vale, pero no te corras dentro».
―Mmmmm, ¿y se la metiste a pelo?
―Sí, tío, dejó que se lo hiciera sin goma, no me quise recrear mucho, por si se me escapaba, así que me la follé duro un par de minutos más, le pegué otro par de tirones de pelo, cuatro o cinco azotes, pero con ganas, eh, ¡le di con ganas!, y cuanto más fuerte la atizaba, más gritaba, ja, ja, ja, y ya dejé que se corriera…, ahí reconozco que me puse muy cachondo…, esa niñata corriéndose a cuatro patas, con lo buena que está, lanzando el culo contra mí y sintiendo el calor de su coño directamente…, uffff, no me corrí yo también de puta casualidad, si no me lo hubiera advertido, se lo habría echado todo dentro, ja, ja, ja.
―Ja, ja, ja, normal, yo no creo que hubiera podido aguantarme…
―No creo, Pablín, es mucha hembra para ti, aunque estuviste a punto de comprobarlo…, aquella noche tuviste mala suerte…
―¿Por qué dices eso?
―Pues porque esa noche esta tía se podría haber tirado al que le diera la gana, pero está claro lo que buscaba, a estas zorras no les importa aprovecharse de su cuerpo para conseguir lo que quieren… y Sara lo que quería era acostarse, o contigo, o conmigo…
―¿Y por qué iba a querer eso?
―Joder, que pareces nuevo, pues para qué va a ser, para que luego le ayudemos a quedarse en la empresa, eso es lo que busca…, mira, estoy convencido de que, si esa noche te hubieras quedado, te la habrías follado tú.
―¿Tú crees?, no lo pienso así.
―Te llevas muy bien con ella, eres guapete, más joven, ya te lo digo yo, seguro, ella salía con un objetivo definido y en cuanto te fuiste y nos dejaste solos, me la serviste en bandeja de plata, aunque claro, ¿cómo lo ibas a saber?, ja, ja, ja…
La frase se me clavó en el estómago como un puñal. Javier no lo decía para fastidiarme ni burlarse de mí, lo hacía porque es un cretino sin sentimientos y ni tan siquiera se dio cuenta de que se me cambió la cara cuando escuché aquello. Siguió hablando, pero yo solo le daba vueltas a eso.
«Estoy convencido de que, si esa noche te hubieras quedado, te la habrías follado tú».
Había sido un gilipollas por irme, pero ¿cómo iba a imaginarme que Sara terminaría la noche acostándose con Javier?, es que, por más detalles que me estaba dando, no quería creerlo. Ojalá se lo estuviera inventando todo y solo fuera una de sus fanfarronadas; pero Javier no era de los que se apuntaban esas medallitas si no fuera cierto.
Y lo peor de todo es que cada vez me palpitaba más fuerte la polla de manera involuntaria.
Había sido un error pedirnos otra copa. Ya no quería saber más detalles de su encuentro. La visión de Sara a cuatro patas dejándose follar por Javier me iba a perseguir toda la vida y ahora ya no podía hacerlo callar. Y el siguió machacándome.
Destrozándome por dentro.
―Fue el único respiro que nos dimos ―siguió Javier―, yo notaba que ella quería que terminara ya y me largara de su habitación, total, ya se había corrido y no le hacía falta. Se dio la vuelta y se quedó tumbada bocarriba, mmmmm, esa visión fue celestial, se me quedó mirando mientras yo me la masajeaba despacio para que no se me bajara y luego se quitó la blusa y ya solo llevaba el sujetador, joder, ¡menudas tetas que tenía también!, y me dijo: «Puedes correrte encima de mí, no me importa», y se pasó la mano por el pubis y el estómago como indicándome que lo hiciera allí.
―¿Y lo hiciste?
―Qué va, tío, ya quería probarla entera, no podía irme de la habitación sin comerme esas tetas, ¡no me jodas!
―Claro, normal…
―Le pedí que se quitara el sujetador… y sin decirme nada se lo sacó con total naturalidad y lo tiró al suelo, luego se apoyó sobre los codos para incorporarse y sobre todo… mostrármelas bien, ¡qué tetas, Pablito!, con unos pezoncitos oscuros que eran exquisitos, flexionó una rodilla y se me quedó mirando con cara de zorra mientras se acariciaba uno de sus pechos y luego insistió: «¿Vas correrte encima de mí?».
―Uf, impresionante, yo lo hubiera hecho.
―¿Te hubieras corrido encima sin probar esas tetas?, ¡no me jodas!, no podía terminar sin antes comerme esos pezones; pero tenía que ir con cuidado, no le gustaba que la chupara, ni besarse conmigo, si me agachaba directamente, seguro que volvía a rechazarme…
―¿Y qué hiciste?
―Pues bien sencillo, utilizar la misma táctica que con lo del condón, ja, ja, ja, hacer que se pusiera cachonda otra vez; así que me acerqué de rodillas a ella con la polla en la mano, meneándomela fuerte delante de su cara…, se notaba que le daba mucho morbo que me corriera encima…, pero antes estiré el brazo y le metí dos dedos por el coño, pensé que iba a protestar, pero me dejó hacer, incluso abrió más las piernas…, y en cuanto cerró los ojos y se le escapó un primer gemidito, le dije que quería correrme en su cara o en su boca…
―¿Y te dejó?, yo en veinte años con mi mujer jamás me lo ha permitido, no me digas que Sara la primera noche…
―Cerró los ojos y me susurró en bajito «Vale», te lo juro que casi me corro encima en ese momento. Imagínatela apoyada sobre los codos y con mi polla a diez centímetros de su cara, ¿tú qué habrías hecho?
―Yo no me hubiera aguantado…
―Ni yo tampoco, pero no quería terminar todavía, me apetecía «putearla» un poco más, ja, ja, ja.
―¡Qué cabrón eres!, a saber lo que le hiciste luego…
―Me acerqué un poquito más y le rocé con la polla en los labios, no digo que fue sin querer porque es lo que estaba buscando, pero me intrigaba saber cómo iba a reaccionar ella cuando la tuviera delante…
―¿Y qué hizo?
―Pues qué va a hacer, hay que reconocer que tiene unos labios cojonudos, muy bonitos y sensuales… ―afirmó con un trago a su copa―, y no dudó en abrirlos para meterse mi polla en la boca, ja, ja, ja.
―¿Te la chupó así, sin más?
―Claro, Pablito, estas niñatas de hoy en día no tienen problema en comerse una polla la primera noche.
―Joder…
―Tampoco es que le pusiera muchas ganas, se notaba que ya estaba deseando que terminara, pero la dejé unos treinta segundos y luego se la saqué de la boca, se limpió con la mano, mirándome con cara de zorra, con las piernas abiertas, dejando que me la siguiera follando con los dedos y entonces me tumbé a su lado.
―¿Para qué…?
―Pues para qué va a ser, ya sabía que no me iba a dejar besarla, así que no insistí, pero le apreté con fuerza uno de sus pechos y le dije que tenía unas buenas tetas. Tuve que acelerar con los dedos que entraban y salían de ella y echó la cabeza hacia atrás, gimiendo más alto y permitiéndome que hiciera lo que tenía en mente. ¡Buah, qué gozada, tío!, ¡me dejó que le lamiera las tetazas!
―¡Qué suerte!
―Suerte no, hay que saber currárselo, y mira que yo no soy ningún seductor, eh, pero enseguida me di cuenta de su punto débil.
―¿Su punto débil?
―Sí, ya te lo he dicho antes, lo que le ponía era que la humillara…, yo creo que esta es de las que mandan, está muy buena y se cree una jodida diosa, no está acostumbrada a que los tíos le lleven la contraria, y en cuanto le dije que no sabía ni cómo se llamaba, se puso caliente como una perra, ja, ja, ja.
―Ja, ja, ja, sí, puede ser…
―Ya te lo digo yo, si no, de que la voy a tener en su habitación abierta de piernas dejando que me la follara con los dedos y babeando sus tetas. Y eso todavía la encendió más, no veas cómo le chapoteaba el coño…, estaba a punto de correrse otra vez.
―¿Y se corrió?
―Qué va, estaba tan cachonda que estiró el brazo y me agarró la polla. Imagínatelo, allí pajeándonos mutuamente. Te lo juro que lo hacía de maravilla, me hizo gemir como un cerdo, casi se me escapa todo, pero yo no quería correrme así… y fue el momento que busqué su boca para robarle un beso.
―¿Un beso? Y ella… ¿te dejó? ―pregunté con miedo, pero con la esperanza de que al menos Sara no le hubiera permitido ultrajar aquellos preciosos labios.
La sonrisa burlona de Javier antes de darle un nuevo trago a su copa me indicó que esta vez sí, Sara había dejado que le comiera la boca. Aquello me partió el corazón. Me dolió casi más eso que se hubiera dejado follar a cuatro patas. No entendía los celos que estaba sintiendo, Sara no era mi novia, ni tenía ninguna posibilidad, aunque aquel día comprendí que estaba muy pillado por ella.
Lo que más me extrañaba era estar tan empalmado mientras Javier me contaba cómo había humillado a la chica que me gustaba. A mis cuarenta y cinco años jamás me había pasado algo similar. No entendía nada. ¿Por qué la polla no dejaba de palpitarme? Javier no me dio ni unos segundos de tregua.
―Claro que me dejó, no solo eso, la muy zorra me metió la lengua en la boca…, aunque solo unos poquitos segundos, como si le diera asco…, luego me la volvió a coger con la mano y me preguntó si me apetecía correrme.
―¿Y qué contestaste?
―Que sí, pero que, si no lo quería dentro, me iba a correr donde me diera la gana. Y subí un dedo para metérselo en la boca.
―Mmmmmm…
―Tenías que haber visto a la niñata, me miró con cara de viciosa y me lamió el dedo como si fuera una polla, y luego se lo sacó de la boca y me dijo: «Ya te he dicho antes que puedes hacerlo donde quieras».
―Joder.
Y mi polla volvió a temblar con más intensidad. Tanto que creí seriamente que me lo echaba en los calzones. Me daban ganas de desabrocharme el pantalón y tirarme el mojito por encima para que se me bajara el calentón.
Era muy duro para mí imaginarme todo lo que me relataba Javier. Sara recostada desnuda en su cama dejándose masturbar, con la polla de ese viejo en la mano y lamiéndole el dedo. Es que me parecía surrealista.
Por suerte para mí, Javier ya se estaba terminando su old fashioned, aunque el final de su cóctel iba a coincidir con el de su historia. Lo tenía todo perfectamente calculado.
―Así que me puse de pie todo chulo, sujetándomela con la mano, y me la meneé delante de ella, que se quedó sentada en la cama, pero cuando fui a metérsela en la boca, le dije que se pusiera de rodillas. ¡Quería tener a esa niñata de rodillas delante de mí!, ja, ja, ja…
―¿Y lo hizo?
―Claro, ni se lo pensó, se apartó el pelazo ese que tiene y lo dejó caer así por un hombro, ¡eso me puso mucho!, y luego ya… te lo puedes imaginar… se esforzó bien en hacer que me corriera…, ¡no veas cómo tragaba!, ja, ja, ja…
―Sí, sí, ya os escuché desde mi habitación…
―Se lo dije, tío, que estaba a punto, que, si seguía así, no me iba a poder controlar, pero ella ya no se iba a detener, ¿y sabes lo que me dijo?
―No…
―Va y me soltó algo así como «No me importa, es lo que querías, ¿no?»…, y ahí ya fue cuando no pude más, buaaaah, qué gozada, ¡me corrí en su puta boca, Pablito!, fue la hostia, se lo eché todo dentro…, no dejó escapar ni una sola gota, ja, ja, ja ―exclamó cerrando los ojos rememorando ese momento―. ¡Reconozco que ha sido uno de los orgasmos más intensos de mi vida!
―¡No me extraña!
―Lo malo es que a ella le dio la tos y luego lo escupió todo en la alfombra, menuda imagen, tío, allí a cuatro patas en el suelo del hotel teniendo arcadas y un hilo viscoso que no dejaba de salir de su boca…, ¡te prometo que así ya no parecía tan elegante la niñata!, ja, ja, ja…
Miré con odio a mi jefe. En ese momento le hubiera pegado una hostia en toda la cara y hubiera hecho que cayera hacia atrás, pero en lugar de eso sonreí afirmando con la cabeza. Siendo cómplice de su «hazaña». Éramos dos tíos compartiendo confidencias.
Unos machotes.
Por suerte, Javier ya había terminado la copa y yo apuré la mía. No podía resistir seguir escuchándolo ya ni un segundo más. Nos pusimos de pie y nos dirigimos a los ascensores para subir a la habitación. Por el camino me dio unas palmaditas en la espalda y terminó su historia.
Tenía que ponerle la guinda al pastel.
―Luego eché un pis en su baño y cuando salí seguía allí, de rodillas en el suelo, tosiendo, le pregunté si estaba bien y ella me dijo que sí; así que me piré a mi habitación.
―¿Y la dejaste tirada?
―Sí, ¿qué podía hacer?, después de todo esa es con la imagen que me quedé de ella esa noche, ja, ja, ja.
―Te portaste como un cabrón.
―Puede ser, pero eso es lo que le pone…
Mientras subíamos en el ascensor, le hice una última pregunta que me intrigaba mucho.
―Oye, Javier, ¿y por qué solo te la follaste una vez?, si está tan buena y te daba tanto morbo, podrías haber estado toda la noche con ella, ¿no?
Su respuesta todavía fue más denigrante hacia Sara y la gota que colmó el vaso de mi calentura. La puerta del ascensor se abrió y antes de llegar hasta mi habitación me soltó como si nada.
―¿Tú, cuando vas de putas, repites?
―Yo no voy de…
―Pues esto es lo mismo, ja, ja, ja…, una vez que ya me había corrido no tenía sentido seguir allí, a las putas se las folla una sola vez, te desahogas con ellas y luego te vas para casa…
―Joder, no me compares a Sara con…
―Además, así se quedó con ganas de más, te aseguro que ahora me la voy a poder follar cuando quiera, ja, ja, ja…, venga, Pablito, buenas noches. ―Y se metió en su habitación sin mirar hacia atrás.
En cuanto entré yo en la mía, me solté el botón del pantalón y liberé mi polla. Fui al baño, me puse de pie sobre la taza y cerré los ojos fantaseando con Sara. Con unas pocas sacudidas exploté sin poder controlar mi orgasmo. Lo puse todo perdido.
Mi paja no había durado ni treinta segundos.
Me avergoncé de mí mismo una vez que me corrí y necesité varios minutos para limpiar el estropicio del baño. Todavía me sentí peor cuando me metí en la cama. No podía dejar de darle vueltas a lo que me había contado Javier. Era un relato ciertamente increíble.
Por suerte para mí, solo quedaba un mes para que Sara terminara las prácticas; así que decidí que me comportaría de manera normal, como si no supiera nada, y después me olvidaría de ella.
Para siempre.
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