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La Esposa que Aprendió a Mirarse (22)-NADA NUEVO

Gema no es la esposa que creías conocer. En el baño humeante del hotel, Noelia te susurra que tu mujer no tiene fondo ni límites. Y cuando Gema aparece para invitarte a participar en su juego, la línea entre la realidad y tu propia excitación se desdibuja.

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Me quedé a solas con Noelia en aquel baño todavía humeante, el espejo empañado y el olor a sexo y gel de baño impregnándolo todo. Gema nos había abandonado con una rapidez casi cómica, recogió el vestido arrugado de la noche anterior, se vistió sin apenas mirarse al espejo, nos lanzó un beso al aire y dijo mientras abría la puerta,

—Voy pagando la habitación, que me muero de hambre y se nos está haciendo tarde.

La puerta se cerró con un clic suave y el silencio cayó como una losa tibia. Noelia y yo apenas habíamos empezado a vestirnos; ella todavía con la toalla anudada sobre el pecho, yo con los calzoncillos a medio subir.

—Noelia… —empecé, con la voz algo ronca—. ¿Mi mujer se ha follado a alguien esta noche?

Ella se giró despacio, apoyó una cadera contra el lavabo y me miró con esa media sonrisa que ya empezaba a conocer demasiado bien.

—Nene, eso deberías hablarlo con ella. Pero te adelanto una cosa. follarse… se ha follado solo a los que hemos estado en esta habitación.

Sentí cómo se me contraía el estómago.

—¿Y qué pasó entonces con los niñatos de anoche?

—Habla con ella, anda. Creo que esos temas son cosa vuestra. —Se encogió de hombros, casi con ternura—. Yo solo me he limitado a disfrutar con vosotros de un rato cojonudo. Pero te digo una cosa, y te la digo de corazón, no soy ninguna mojigata con estas cosas, pero tu mujer… joder, tío… es una fiera. Y no tiene fondo ni límites. De eso sí que deberías hablar con ella.

—Joder… —murmuré, pasándome la mano por la cara—. No sé ni cómo tomarme esto.

Noelia dio un paso hacia mí, todavía descalza sobre las baldosas húmedas. Me puso una mano en el pecho, no con intención sexual, sino casi como para anclarme.

—Mira, no te rayes. Yo que tú lo disfrutaría mientras pudiera.

—Pues anda que me has arreglado el día —repliqué con una risa amarga—. Me acabas de hacer una paja delante de mi mujer mientras ella miraba y se tocaba, y ¿eso es todo lo que me dices?

—No. —Su voz bajó un poco, se volvió más seria, más íntima—. Lo que te digo es que disfrutes mientras puedas… porque tu mujer, por lo que viví anoche, es muy, muy sexual. Y cuando el sexo la invade del todo… ya no hay quien la pare. Creo que no me voy a olvidar nunca de esta noche.

Me quedé callado, mirando el vapor que todavía subía de la ducha. Noelia aprovechó para secarse un mechón de pelo con la punta de la toalla.

—Sinceramente —dije al fin, casi en un susurro—, no sé cómo coño tomarme todo esto.

Ella sonrió de nuevo, esta vez con algo parecido a la compasión.

—Pues tomate una copita de vino con ella. Y después… habláis. O no habláis. Pero créeme, hay cosas que es mejor vivirlas que entenderlas.

Se dio la vuelta hacia el espejo, dejó caer la toalla y empezó a vestirse con calma, como si acabáramos de comentar el tiempo.

Yo me quedé allí plantado, con los calzoncillos ya puestos, intentando decidir si lo que sentía era miedo, excitación o las dos cosas al mismo tiempo.

Terminamos de vestirnos. Apenas unos minutos después llegó un mensaje de Gema: ya estaba sentada en la terraza de un restaurante cercano al hotel.

Noelia vestía igual que cuando la conocí la noche anterior. Yo, salvo por una camiseta limpia, tampoco había cambiado demasiado. Recogimos las pocas cosas que quedaban tiradas por la habitación y salimos.

Al pasar por recepción noté la mirada del tipo que estaba detrás del mostrador. No era una mirada casual. Nos observó de arriba abajo con una mezcla de curiosidad y juicio, como si supiera exactamente de dónde veníamos.

Ninguno dijimos nada.

El calor en la calle era insoportable. El sol caía a plomo sobre las aceras y el aire parecía pegajoso.

La terraza estaba a dos calles del hotel.

Gema ya estaba allí.

Vestía cómoda, con un pequeño pantalón corto y una camiseta ligera que dejaba ver la piel dorada de sus hombros. Tenía una cerveza fría entre las manos y miraba distraída la carta.

Cuando nos vio llegar levantó la cabeza y sonrió.

—Hombre, por fin, joder… que me muero de hambre —dijo al vernos, con esa voz ronca de resaca sexual.

Nos sentamos. Yo quedé frente a mi mujer; Noelia, a su lado.

El ventilador de la terraza giraba lentamente sobre nuestras cabezas, sin conseguir aliviar demasiado el calor.

Gema le cogió la mano por encima de la mesa, entrelazando dedos como si fueran novias de toda la vida.

—Venga, cariño, ¿qué te apetece? —le preguntó a Noelia, acariciándole el dorso con el pulgar.

Noelia bajó la mirada hacia las manos entrelazadas.

—Pues… una cervecita fresquita estaría bien. —respondió con una sonrisa leve—. Pero… ¿no preferís quedaros a solas?

Gema negó con la cabeza inmediatamente.

—No. Quédate a comer con nosotros. Además… —dio un pequeño sorbo a su cerveza— he estado pensando y quiero proponerte algo.

Levanté la mano hacia el camarero.

—Perdona… ¿nos pones dos cervezas más?

El camarero asintió y se marchó.

Cuando volví a mirar a la mesa, Noelia seguía observando a Gema con cierta extrañeza.

—Javi —dijo mi mujer, girándose hacia mí con esa sonrisa que me ponía la polla tiesa y el estómago revuelto—. Ya tengo las fotos de la última sesión con Laura. He subido una a Instagram, las demás te las he pasado por Drive para que elijas cuál subes tú. Si quieres, enséñaselas a Noelia y que dé su opinión.

Noelia frunció ligeramente el ceño.

—Esperad un momento… —dijo despacio, sin soltar la mano de Gema—. ¿Qué se supone que quieres proponerme?

Durante un segundo Gema no respondió. Se limitó a mirarla con esa sonrisa tranquila que yo conocía demasiado bien.

—Pues mira, ya sabes que a mí me flipa mirar. Me pone ver a mi muñeco follando con otra. Me voy mañana a Barcelona por curro… y he estado pensando que me molaría que volvierais a veros. Si te apetece, claro. Y si vuelve a pasar… pues me llamáis. O hacéis una videollamada. Quisiera verlo todo.

Noelia se quedó con la boca entreabierta, entre flipada y cabreada.

—¡Perdona! Tía, lo de anoche fue la hostia, brutal, pero de ahí a convertirme en la follamiga fija de tu marido… hay un huevo de camino.

Yo asistía a la conversación como un espectador en mi propia humillación. La polla se me estaba poniendo dura debajo de la mesa solo de oír a Gema soltarlo todo así, sin filtro.

—No, no te enfades, por favor, tía —siguió Gema, bajando aún más la voz y acercándose hasta que sus labios casi rozaban la oreja de Noelia—. Quizás no lo he dicho lo bastante crudo. Lo que quiero decir es que he visto que entre mi marido y tú hay feeling de la hostia. Química pura. Y si los dos queréis… pues a mí no me importaría que volviera a suceder. Al revés: me pone. Mucho.

—No, Javi. No… o bueno… no por ahora.

Sus ojos se clavaron en los míos un instante.

—Lo que me gusta es verte disfrutar.

Luego volvió a mirar a Noelia.

—Y a mí ella me encanta.

La tensión en la mesa era casi palpable. Gema se inclinó un poco más hacia ella.

—Noelia… tía… eres fantástica.

Y antes de que nadie pudiera reaccionar, acercó su rostro y le dio un pequeño pico en los labios.

Noelia se separó un poco, pero no soltó la mano de Gema. Tenía las mejillas rojas, los pezones duros marcándose en el top, y una mezcla de cabreo y excitación en los ojos.

Noelia no se apartó. Pero tampoco respondió.

Durante un segundo eterno, los tres nos quedamos congelados en esa terraza abrasadora, con el ruido de los coches y las conversaciones ajenas de fondo.

—Joder, Gema… estáis como una puta regadera los dos —soltó al fin Noelia, con voz ronca.

Gema sonrió, esa sonrisa de zorra que gana siempre. Me miró a mí, luego a ella, y apretó más la mano.

—Mira, Gema… me gustáis un huevo los dos. Pero no tengo claro que quiera meterme en esto de forma fija. No obstante… —le devolvió el apretón— tienes mi teléfono. Habladlo tranquilos vosotros. Yo me termino la birra y me piro. Os dejo espacio. Y si después seguís con la misma idea loca… igual acepto otra invitación a una cerveza. O a lo que sea. Porque divertidos… lo sois de cojones.

—Joder, qué chasco —dijo Gema poniendo morritos de niña caprichosa, pero con los ojos brillando de morbo—. Bueno… antes de que te largues, escoge una foto del álbum para subirla a mis redes. Venga.

Abrí el móvil y me acerqué a Noelia, enseñándole la galería. Ella no soltaba la mano de Gema, como si necesitara ese contacto para no salir corriendo.

Cuando empezó a pasar fotos, se le escapó una risa incrédula.

—¿En serio quieres subir una de estas? No son tan diferentes de las de anoche, Gema. Son… joder, son porno puro.

—Tú elige. La que tú digas, la subo. Y la que él elija también.

—Tu puta madre… aquí hay material para una revista guarra. ¿De verdad vas a subir una de estas?

—La que tú quieras. Tú solo elige.

Noelia dudó un segundo, pasó unas cuantas más… y escogió algunas de las más “suaves”. Aunque suave era relativo, porque las imágenes habían pasado a desnudos mas explícitos. Era una huida hacia delante.

—De verdad que estás loca, tía. ¿Y tú, Javi? ¿No dices nada?

—Yo… tengo que escoger otra —murmuré, con la voz pastosa.

—Estáis como una puta cabra. ¿Te gusta de verdad que la vean así?

—Sí —admití, sintiendo cómo se me ponía dura bajo la mesa—. Me pone pensar que la miran. Que gente que la conoce la ve así… expuesta.

—¿En serio? Vais fuerte, joder.

—Sí, Noelia —intervino Gema, inclinándose hacia ella—. A él le pone eso. Y a mí… que me digan barbaridades. Cada fotopolla que me mandan, cada comentario guarro… me pone muy puta. Y mi marido lo sabe. Se aprovecha. Le encanta.

—Pero lo de la gente conocida…

—Pues mira, este tiene un compañero con un pollón...¡puuff!! y anda rogándole que me deje quedar con él a solas. Que me folle mientras él mira o se toca.

—Si, mi compañero Pepe, afirme.

—Estáis fatal. ¿Ya habéis hecho algo de eso?

—No, no, nada —dijo Gema, mirándome con picardía—. Mira a mi marido que calladito está. No se pronuncia mucho. Por ahora no le apetece… pero a mí me ha encantado verlo contigo.

Mientras Gema hablaba, yo pulsé “publicar” en las dos fotos que habíamos elegido. “Su imagen ha sido subida correctamente.” El corazón me latía acelerado.

Empecé a buscar la galería completa de anoche, pero Gema me paró en seco.

—Eeeeehhh, espera. Esas fotos te las enseño yo. O mejor… te las cuento.

—Joder, Gema… después de lo de anoche, ¿ahora no me dejas verlas?-dijo Noelia-

—Exacto. Déjame a mí que yo entiendo mi matrimonio.

—Bueno… lo dicho —dijo Noelia, tras la respuesta de gema. Y apuro la cerveza en dos tragos largos—. Me piro y os dejo con vuestras locuras. Gracias por todo. Y ya sabes, guarda mi teléfono.

Se levantó, le plantó un beso profundo en la boca a Gema — rozando con su lengua la de mi mujer, sin prisa, a camara lenta—, luego se acercó a mí y me dio otro igual de sucio.

—Adiós, guapo. Y recuerda lo que te dije, déjate llevar y disfruta.

Se fue meneando ese culo perfecto calle abajo, dejando un silencio pesado.

Gema me miró con una ceja levantada.

—Bueno… ¿te gusta más su culo o el mío?

—Esa pregunta sobra. Ya sabes la respuesta.

—Vale, vale. Vamos a pedir algo de comer.

La comida fue un infierno silencioso. Como si un elefante invisible se hubiera sentado en la mesa. No hablamos apenas. Nos mirábamos, pero sin decir nada. Yo quería saberlo todo, quiénes más, cómo se corrió, si la follaron, uno, dos o tres… Y ella lo sabía. Por eso no abría la boca. Me tenía en ascuas.

Al terminar, recogimos el coche y volvimos a casa. Gema en el asiento del copiloto, mirando el móvil.

—Ya tengo los billetes de tren para mañana. Qué pereza preparar la maleta…

—La verdad es que no me apetece nada que te marches mañana.

—Ni a mí. Pero ya no hay remedio. Cariño… te quiero muchísimo. Nunca lo dudes.

—Ya. Pero no me dejas ver las fotos de anoche.

—Vamos a hacer una cosa. Si quieres seguir viéndolas… a partir de que esté en Barcelona te las mando poco a poco. Estoy segura de que te van a gustar. Y quiero que las disfrutes. Que te las imagines.

—No lo entiendo. ¿Por qué hasta que estés en Barcelona? ¿No será que hay alguna que no quieres que vea?

—Joder, qué tonto eres, amor. A la vuelta te dejo mirar el móvil entero. Pero déjame hacerlo así. Será bueno para los dos. Los dos lo disfrutaremos cuando estemos separados. Los dos viendo las fotos a la vez en la distancia.

—¿Has mirado cómo van esas fotos en Insta?-pregunte-

—Sí.

—¿Y?

—Mejor míralo tú cuando lleguemos.

Llegamos a casa reventados. Gema se puso con la maleta. Yo me tiré en la cama, al lado, mirando cómo metía ropa, tangas diminutos, vestidos cortos, lencería nueva. Barcelona es mucho Barcelona, me dijo al verme mirar.

Y de repente…

…sonó el despertador.

Joder. Las 8 de la mañana. Me habia dormido y ni me habia enterado. Gema no estaba a mi lado. La maleta tampoco.

—¡GEMAAAA! —grité.

Silencio.

Miré el móvil.

GEMA: Cariño, dormías profundamente y no quise despertarte. He llamado un taxi para ir a la estación. Te quiero. No lo olvides.

Debajo, un audio de 12 segundos. Lo pulsé.

Su voz, suave pero cargada:

—Buenos días, amor mío… ya estoy en el tren. Acabo de subir una storie nueva. Mírala. Y cuando la veas… tócate pensando en mí. Te mando la primera foto en cuanto llegue. Disfrútala. Y no te corras hasta que te dé permiso.

El corazón me iba a mil. Abrí Instagram con manos temblorosas.

La storie, de @gema_hidden.... un video en la estación del tren, sonrisa pícara, vestida como una puta.

Texto superpuesto:

“De camino a Barcelona… a ver qué me encuentro @miamor sabe de qué va esto”.

Y debajo, un enlace a las fotos de ayer que habíamos subido.