Xtories

La esposa de Juan

Juan siempre habló de lo hermosa que era su esposa, pero nunca imaginaste que la invitación a su casa sería una trampa para cumplir su fantasía más oscura. Ahora estás en la cama con ella, sabiendo que él no parará de mirar. ¿Podrás resistirte a la tentación mientras él disfruta?

seixgex24K vistas9.4· 13 votos

Juan era un compañero de trabajo con quien trabé una buena amistad, compartíamos tareas, almuerzos, cafés y confidencias. Hablábamos de deporte, somos muy aficionados al fútbol, de nuestro ocio, la tele, política... En fin, de casi todas las cosas, el trabajo era duro y tedioso y en buena compañía se lleva siempre mejor. Juan también presumía mucho de su esposa, de lo enamorados que estaban, de lo hermosa que era y de lo mucho que la quería.

- Este fin de semana nos vamos a la montaña, a hacer una excursión - contaba Juan.

- Pero si tú no eres de moverte mucho - le replicaba yo.

- Ya, pero Lidia - que así se llamaba su esposa - le gusta hacer excursiones por la montaña.

- Lidia te convence para que hagas lo que sea, jajajaja.

Juan era un hombre de mediana edad, quizás un poco bajito y con poco más de peso del que debería tener, era de carácter muy alegre y dicharachero, lo que siempre es muy de agradecer.

Una tarde tras un día de trabajo bastante duro fuimos a tomar algo. Estábamos en el bar hablando de nuestras cosas cuando, de repente, sonó el teléfono de Juan que salió a la calle para responder a la llamada. Pasaron varios minutos hasta que volvió, lo que me dejó un poco preocupado.

- ¿Ha pasado algo? - le pregunté.

- No, nada - respondió Juan - Era mi mujer está un poco pesada porque quiere hacer algunas reformas en casa.

- No le des muchas vueltas, Juan, al final terminarás haciendo lo que diga ella, jajajaja.

- Ya lo sé, pero me hago el difícil, jajajaja.

- Esa es una de las cosas por las que vivo solo, jajajaja.

- Esto de dejarle hacer lo que quiera en casa no es tan grave, jajajaja, Hay muchas cosas buenas que tú te estás perdiendo, jajajaja.

- No lo sé, yo estoy muy bien solo y tú acompañado pero lo importante es que los 2 estemos contentos, jajajaja.

Así seguimos un rato entre bromas hasta la hora de la despedida.

- ¿Tienes algo que hacer luego? - preguntó Juan -

- Nada especial - respondí yo -, ¿Por qué?

- Para que pases un rato por casa y le eches un ojo a las ventanas, tú que entiendes de esas cosas.

- ¿Tú mujer quiere cambiar las ventanas?

- Entre otras cosas, pásate, las miras, nos aconsejas y así conoces a Lidia.

Juan me dió su dirección y yo la anoté.

- Vale, allí estaré.

Pasé el resto de la tarde con mis cosas y descansando un rato y, al final de la misma, salí hacia casa de Juan. Iba vestido de un modo informal, con un pantalón vaquero y una camisa, no pensaba que la visita iba a durar mucho rato, sería tomar algo, aconsejarle sobre las ventanas y vuelta para casita, ya que al día siguiente teníamos que madrugar. La cosa, en cambio fue bastante diferente de lo que había pensado.

Llamé al portero automático del portal y subí al piso donde me estaba esperando Juan, que pareció alegrarse especialmente al verme, como si esperara algo más que un consejo sobre las ventanas. Me saludó de forma bastante cordial y me fue enseñando el piso y las ventanas que querían cambiar, me sorprendió que se encontraba solo, no había ni rastro de su esposa. Me llevó por las diferentes habitaciones del piso y me fue enseñando las ventanas de las mismas.

- Ahora va a venir Lidia que ha salido a comprar unas cosas - comenzó a explicar Juan - Siéntate, que no va a tardar mucho, ¿Qué quieres tomar?

- No te preocupes - le respondí yo - Ya he visto las ventanas y ya te he dicho que es mejor que pongáis unas de PVC, que esas están bastante bien y os aislarán bastante bien la habitación.

- Tú, siéntate - insistió él - que te traigo una cerveza.

- Mejor un refresco - le pedí yo.

Juan se marchó a la cocina y, poco después, se escuchaba el ruido de la puerta y en el salón llegaba Lidia con unas bolsas en la mano. Era una mujer de mediana edad, pelirroja, con el pelo rizado y en media melena, y unos ojos grandes y verdes, bastante guapa, no muy alta, con unos pechos grandes y unas curvas destacables, llevaba un vestido verde estampado que le llegaba hasta la rodillas con un poquito de escote, una mujer bastante hermosa y atractiva, Juan tenía una esposa tan hermosa como él presumía.

Al verla, me levanté un poco sorprendido.

- Hola - le dije - soy un amigo de Juan.

Hola - me respondió ella - Imagino que eres ese compañero de trabajo del que tanto habla.

- ¿Juan habla mucho de mí? - le pregunté medio riendo - No le hagas caso, soy buena persona, jajajaja.

- Seguro que si, jajajaja, Yo soy Lidia.

Nos dimos 2 besos en la mejilla para presentarnos y, entonces, entró Juan con los refrescos.

- Hola, cariño, ya has vuelto - le dijo Juan a Lidia.

- Si, cariño, - le contestó ella - había demasiada gente en la tienda. Ya he conocido a tu compañero.

- Ha estado viendo las ventanas - le contó Juan a su mujer.

- Ahora me contáis - le dijo ella - dejo las cosas, me cambio de ropa y ahora vuelvo.

- Muy bien, cariño - le contestó Juan, dándole un beso en la boca.

Lidia cogió las bolsas y salió del salón, dejándonos a Juan y a mi solos otra vez. Éste me dío el refresco y nos sentamos en el sofá.

- ¿Es tan guapa como te decía o no? - me preguntó Juan dándome un pequeño codazo en el costado.

- Lo es, lo es - le respondí yo sonriendo - No me extraña que te tenga tan embobado, jajajaja.

- Lo que tienes que hacer tú es buscarte una así, ya verás como luego estás mucho mejor.

- Yo estoy muy bien como estoy, sólito, jajajaja.

Seguimos con la charla y con la broma, yo ya estaba pensando en irme, se hacía tarde, pero Juan no hacía más que insistir en que me quedara.

- Tienes que quedarte un poquito más, vas a probar el pastel de Lidia que está riquísimo - insistía Juan.

- A ver si aprendes a cocinar tú, jajajaja - bromeé yo.

- Ya sabes que la cocina no es lo mío, jajajaja.

- Si no me traes mañana al trabajo y me lo como allí, que ya es un poco tarde.

- No, tienes que probarlo aquí.

Antes de que pudiera replicar nada más ante la insistencia de Juan, Lidia volvió a entrar en el salón con ese trozo de pastel al que tanto había hecho referencia Juan, además, se había cambiado de ropa, parecía que también se había duchado pues llevaba puesto un albornoz rosa que cubría todo su cuerpo.

- A ver si te gusta - me dijo Lidia ofreciéndome el cacho de pastel.

- Está muy rico - le respondí yo tras probarlo.

- ¿Te lo había dicho o no? - intervino Juan.

Ambos se pusieron a hablarme de cosas, insistían mucho con el tema de las ventanas, daba la impresión de que no querían que me marchara. A Lidia se la veía especialmente nerviosa sin ningún motivo aparente. Seguían dándome conversación pero yo quería marcharme.

- Estoy muy a gusto con vosotros chicos - les dije yo - pero mañana es un duro día de trabajo y me gustaría dormir un poco. Y tú, Juan, deberías hacer lo mismo. Otro día que no haya que madrugar, si queréis, me vuelvo a pasar por aquí.

Juan miró a Lidia antes de contestarme.

- Es que me gustaría pedirte un favor - dijo con tono susurroso, como si fuera algo complicado.

- Tú dirás - le contesté intentando tranquilizarle - Ya sabes que puedes contar conmigo para lo que sea, siempre que pueda ayudarte, claro.

Juan se quedó un rato pensando, como intentando encontrar las palabras adecuadas para aquello que tanto quería pedir. Lidia le miraba seriamente, como si previamente le hubiera advertido de que iba a ser muy difícil pedir aquello.

- Bueno, Juan, dime lo que sea - le dije yo muy intrigado - Parece que me vayas a pedir que mate a alguien.

- No, no es algo tan fuerte - pareció reaccionar él, es solo que...

¿Qué? - grité yo.

- A ver, Lidia y yo... bueno, en realidad yo tengo una fantasía, me gustaría verla con otro hombre.

- No entiendo nada - le interrumpí yo - ¿Verla con otro hombre dónde?

- No me has entendido - se siguió explicando Juan con dificultad - Me gustaría verla teniendo sexo con otro hombre.

Yo no podía creer aquello que estaba explicando Juan que con un tono cada vez más confiado, como si, poco a poco, fuera perdiendo la vergüenza, proseguía con su insólita petición.

- Todo el mundo tenemos fantasías de ese tipo y a mi me gustaría ver como Lidia tiene sexo con otro hombre y hemos pensado que ese hombre fueras tú.

- ¿¡Cómo!? - exclamé mucho más que sorprendido - Si ésta es otra de tus bromas no tiene ni pizca de gracia.

- Es algo que te estoy pidiendo muy en serio - siguió explicando Juan - Todo el mundo tiene alguna fantasía sexual y yo tengo ésta, va a ser solo una, vosotros lo hacéis y yo miro.

- A ver, Juan, es tu mujer - le dije yo - Quien tiene que estar con ella eres tú y solo tú.

- Aunque no lo creas, te repito que hay mucha gente que hace cosas de éstas, incluso intercambian las parejas - intentaba justificar Juan su decisión - Yo solo quiero verla una vez con otro y he pensado en ti porque contigo tengo mucha confianza.

- ¿Y tú estás de acuerdo con ésto? - le pregunté a Lidia.

- Si - respondió ella con un tono un tanto incómodo - Es mi esposo y quiero complacerle.

Pese a su respuesta se veía que Lidia no estaba muy por la labor de hacer realidad aquella fantasía de Juan pero se había resignado.

- No dejaría que cualquiera tocara a mi esposa - dijo Juan -, como te he dicho, solo alguien que fuera de la máxima confianza. Y Lidia te ha visto y está totalmente de acuerdo en que eres el hombre perfecto. Haznos este favor, aunque te resulte extraño.

¿Extraño?, no se si era aquella la palabra adecuada, yo nunca había hecho una cosa así y menos hacerlo con alguien mirando. Sin embargo, dentro de mi, había algo que me excitaba en aquella proposición y aunque mi primera idea era decir que no, esa parte morbosa que tengo me llevó a aceptarla.

- Como eres mi amigo voy a intentarlo - le expliqué yo - Pero no se si me voy a poner a tono así de repente y contigo mirando.

Juan me dio las gracias y me volvió a llevar a su habitación, esta vez acompañados de Lidia a quien se veía comprensiblemente nerviosa. Al llegar allí se quitó el albornoz, quedándose solo con una minúscula ropa interior negra que apenas le tapaba nada, el sujetador, los pezones y poco más y el tanguita su rajita, estaba muy sexy y al verla así se despertó mi deseo por ella. Luego se sentó sobre la cama mientras Juan hizo lo mismo en una silla y se preparó para ver aquello que, parece, tanto deseaba. Yo me quité la ropa, preguntándome si no me había equivocado al aceptar participar en esto, me quedé también solo con mi bóxer y me coloque detrás de Lidia, que, como ya he dicho, se encontraba muy nerviosa. Al principio, no sabía muy bien que hacer, así que comencé a acariciar su espalda con suavidad, mis manos pasaban por sus hombros, por su cintura, baje, pasando un dedo, hasta uno de sus muslos y subí con él de arriba. Yo también estaba bastante nervioso por el hecho de tener a Juan enfrente que miraba con unos ojos como platos, así que, decidí intentar olvidar que estaba allí. Mis dedos bajaban y subían por sus muslos con mucha suavidad, poco a poco, incluso se acercaban a su sexo, quedando muy cerquita mi dedo de él. Decidí volver a subir mis manos, poco a poco, por su cuerpo hasta que mis dedos rozaron sus pezones, a Lidia se le escapó un pequeño suspiro, así que repetí la operación, una y otra vez, mis dedos rozaban suavemente esos pezones, yo notaba que a Lidia le gustaba aquello, le gustaban mis caricias y, poco a poco, se iba relajando, en realidad los 2 lo íbamos haciendo. Así que decidí sujetar sus pechos con mis manos y sujetar cada uno de ellos y moverlos, mientras comencé a besar con suavidad el cuello de Lidia, mis labios y mi lengua lo recorrían de un lado para otro, saboreando aquella piel tan deliciosa. Retiré su minúsculo sujetador, dejando que quedaran libres sus grandes pechos, aunque no lo hicieron por mucho tiempo ya que, enseguida, volvieron a caer en mis manos que los acariciaban, esta vez ya no con suavidad sino con fuerza, mis dedos jugaban con sus pezones pellizacándolos y estirándolos lo que hacía que se comenzaran a poner duros, todo esto sin dejar de besar y lamer su cuello y su espalda. Lidia emitía cada vez más gemidos y verla así parecía excitar a su marido que no perdía ningún detalle de las reacciones de su esposa. Tras ver que Lidia se estaba excitando decidí cambiar de posición y colocarme frente a ella, cogí su pecho derecho y comencé a lamerlo y a morderlo, ahora era mi lengua la que recorría aquellos grandes pezones, primero uno y luego el otro, ya del todo endurecidos, haciendo circulitos con ellos y mordiéndolos con mis labios, mientras Lidia gemia y su cara denotaba que empezaba a sentir placer y que deseaba más. Así que, mi lengua siguió bajando por su abdomen, se recreo en su ombligo y siguió su camino buscando su sexo, mientras lamía aquel ombligo mis manos lo exploraban con suavidad, pasando por sus gruesos labios que su tanga apenas cubría. En aquellos momentos, en la cara de Lidia ya se podía ver que deseaba que comiera su coño y yo estaba loco por complacerla. Por lo que retiré su tanga, abrí sus piernas y metí la cabeza entre ellas y pasé mi lengua por aquellos labios tan gruesos y mojados, saboreándolos como se merecían, al notar el contacto de mi lengua con su coño, Lidia emitió un fuerte gemido, mi lengua recorría una y otra vez aquel coño tan apetitoso y Lidia gemia y gritaba, yo sin dejar de pasar mi lengua, una y otra vez, levantaba la los ojos y percibía el placer que ella estaba sintiendo lo que hacía que me excitara mucho más y lamiera cada vez con más ganas. Ella acariciaba mi pelo mientras no dejaba de gozar. Aquello estaba haciendo que mi polla se estuviera poniendo muy dura y se casi se saliera del bóxer, lo que me hizo tomar otra decisión, necesitaba penetrar a Lidia. Así me retiré la cabeza de entre sus piernas, me levanté, me puse un preservativo que teníamos preparado y me volví a colocar detrás de Lidia que se había puesto en posición de 4 patas, ya que también estaba deseando sentir mi polla dentro de ella. Una vez tras ella acerque mi polla y la pase un poquito por su coñito antes de meterla dentro, cosa que hice después con suavidad, permaneciendo unos segundos dentro de ella. Fue una sensación maravillosa que provocó otro fuerte gemido en Lidia. Luego comencé a empujar, metiendo y sacando mi polla despacio, lo que empezó a inundar mi cuerpo de una tremenda sensación de placer. Mis embestidas se hacían cada vez más fuertes y rápidas, acompañadas de fuertes fuertes gritos y gemidos por parte de los. Al volver a mi primera posición, colocado detrás de Lidia, había recuperado la visión de Juan, que parece que estaba disfrutando bastante de haber cumplido con su fantasía, y se estaba masturbando sin perder un solo detalle de como su mujer y yo estábamos haciendo el amor. A mi solo me faltaba una pequeña cosa, acompañar mis embestidas y empujones de decirle cosas a Lidia mientras la follaba, supongo que a ella le pasaba igual, pero al estar allí su marido, era mejor estar callados, aunque igual a Juan le hubiera gustado. Fuese como fuese, nos coformábamos con gritar y gemir del placer que sentíamos. Yo no dejaba de meter y sacar mi polla, agarraba su culo o su cintura con mucha fuerza o también su pelo. En un momento dado, Lidia decidió modificar ligeramente nuestra posición, hizo que me tumbara en la cama, mientras era ella la que se movía, subiendo y bajando, sobre mí polla, subía, bajaba y se apoyaba con sus manos sobre mi pecho. Aquello hacía que me estremeciera de placer, yo la sujetaba por las caderas porque quería que se moviera todavía con más fuerza sobre mi polla, si aquello era posible. Mientras Lidia que, al principio no parecía demasiado convencida de hacer el amor con otro hombre, ahora disfrutaba al cabalgar sobre mi polla. De hecho, parece que miraba a su marido para que comprobara lo mucho que gozaba.

- Mira, cariño - dijo Lidia - ¿Te gusta como me muevo sobre su polla.

- Mucho cielo - le contestó Juan totalmente excitando y sin dejar de masturbarse.

- Está tan dura - volvió a decirle, entre gemidos, Lidia a su esposo.

El que Lidia se dirigiera de esa forma a él fue más de lo que Juan pudo aguantar y se corrió expulsando un tremendo chorro de semen. Y yo no iba a poder aguantar mucho más aquellos movimientos de Lidia que no dejaba de moverse cada vez con más fuerza sobre mi polla, el placer que me hacía sentir era tremendo y sabía que muy pronto iba a explotar. Sin embargo, fue Lidia la que tuvo su orgasmo un poco antes que yo, dio unos tremendos gritos y se apoyo muy fuerte sobre mi pecho, al sentir sus manos sobre mi, noté como temblaba de placer y sus flujos empaparon mi cuerpo y el preservativo. Al fin, yo ya no podía más saque mi polla de dentro de Lidia, me levanté, retiré como pude el preservativo y exploté dentro de un mar de placer que me llevó a gritar como nunca y soltar un tremendo chorro de semen, luego quedé unos segundos tumbado en la cama, Lidia se acercó y me dio un beso en la mejilla acompañado de una sonrisa.

- Gracias - me dijo.

Yo no sabía muy bien que decir o hacer mientras observaba como ella se acercaba a su marido, se sentaba sobre él, le besaba en la boca y los 2 se reían. Decidí levantarme y vestirme. Ellos me miraban mientras estaban juntos y abrazados.

- Muchas gracias - me dijo Juan - Has hecho realidad mi fantasía, eres todo un amigo.

- Si, bueno - le contesté yo, sin saber muy bien que decir - Ahora si que me marcho que mañana sino no me levanto.

- Mañana nos vemos - se despidió Juan.

Lidia no me dijo nada, se limitó a hacer un gesto con la mano y a sonreírme.

Salí del piso totalmente confundido, mañana tenía que volver a ver a Juan y no me iba a sentir nada cómodo. La realidad es que me había encantado hacer el amor con su mujer y me gustaría mucho hacerlo otra vez.