El masculino y gordo padre de mi amigo (3)
La lluvia caía sin piedad cuando la realidad se quebró y mis amigos se desvanecieron. No era un sueño, era un vacío absoluto. Entonces, un Range Rover se detuvo frente a mí y Julio, un hombre de presencia abrumadora, me invitó a subir. No buscaba consuelo, pero su mirada pesada y su cuerpo robusto prometían algo que mi mente agotada no podía rechazar. ¿Qué haría un chico solo en la noche con un tó
La lluvia continuaba cayendo varios kilómetros después de haber salido de la estación de servicio. Limpié la ventanilla del coche algo empañada y miré hacia arriba. El cielo tenía un color gris oscuro como jamás había visto. El dolor en mi ano me estaba haciendo sufrir hasta el punto de que pensé en contarle todo a Don Esteban para que acudiéramos a una farmacia a comprar algo que pudiera aliviarme. En cuestión de segundos me di cuenta que aquella idea debía borrarla de mi cabeza y esperar acontecimientos. La lluvia caía con más fuerza mientras aquellos hombres continuaban con su conversación de machos. En esta ocasión el centro de la misma no eran las mujeres, ni el dinero, ni los negocios, sino el fútbol. Que extraño me dije. Hombres mayores hablando de fútbol. A mi me traía sin cuidado el deporte rey y la verdad es que lo jugábamos bastante en la play Jesús y yo. Sólo por eso conocía a los jugadores más famosos pero nada más. En cualquier caso debo reconocer que oírlos hablar de aquella manera y sobre ese tema me excitaba. Me parecían aún más machos, más diferentes a mi, más inalcanzables…y cuando reparé en ello tenía una fuerte erección que empezó a disminuir cuando entró una llamada por el manos libres y empecé a escuchar la conversación que mantenían Don Esteban y su mujer. Para cuando hubo acabado la comunicación mi polla ya estaba en reposo y mis calzoncillos bien húmedos. Parece ser que se iba a dar una fiesta en casa de Jesús para amigos de la familia y allegados, y Doña Beatriz quería saber a quién no debería invitar. Se dijeron varios nombres, se barajaron algunos apellidos…se nombraron marcas de champan y la contratación de un discjockey llamado Larry, o algo así.
La lluvia dificultaba ya la visión al conducir cuando llegamos al centro. Para aquella hora de la tarde me llamó mucho la atención la cantidad de gente que circulaba por la calle a pesar de la lluvia torrencial. Al llegar a una céntrica plaza de la ciudad Don Antonio dijo que los semáforos no funcionaban. Habían guardias municipales por todas partes dirigiendo el espeso tráfico de gente y coches. Volví a mirar hacía arriba y el cielo estaba casi negro. Me asusté de verlo así. El Mercedes se caló en un momento dado justo en frente de un guardia que pedía que circulase. Don Esteban intentó arrancarlo varias veces sin conseguirlo y se bajó del coche para hablar con el guardia. Un resplandor impresionante dió paso a un monstruoso trueno que casi rompe mis tímpanos, pero el resplandor se mantuvo iluminándolo todo como jamás había visto durante un rato. Miré a mi alrededor y desde el coche pude comprobar como el gentío se había esfumado. No había nadie en la plaza. Aterrado intenté avisar a Don Antonio pero había desaparecido del asiento delantero. Miré hacia la puerta del copiloto del Mercedes y estaba cerrada. La luz era tan intensa pensé que me había cegado. Bajé del coche rápidamente buscando a Don Esteban pero de repente se pudo escuchar otro tremendo trueno, miré hacia arriba y vi como el cielo se abrió y de el bajó un caballo blanco alado enorme con una figura vestida de violeta encima aproximándose directamente hacia el Mercedes. Incrédulo busqué con la mirada a Don Esteban y al guardia. No había nadie allí. El enorme caballo alado se poso en la acera cerca del coche y, desde él, la figura vestida de violeta que reconocí como una mujer, era un personaje indescriptible que se dirigió a mi con una voz que retumbó por toda la plaza: “El camino gira desde arriba” me dijo de manera sobrenatural. “Yo…yooo…” logré balbucear y súbitamente el caballo desplegó sus alas y voló hacía arriba muy alto hasta que el cielo lo engulló a él junto con el personaje aquel indescriptible. Se escuchó otro estruendoso trueno y el resplandor se hizo mucho más luminoso por segundos. Tuve que cerrar mis ojos ante la fuerte intensidad de aquella luz pero de repente cesó.
Cuando volví en mi, comprobé como la plaza volvía a estar abarrotada de gente y de coches circulando. El Mercedes estaba allí con las puertas abiertas y una hilera de coches en fila detrás de él tocaban sus cláxones en señal de protesta. Me percaté de que el Mercedes les impedía el paso y el guardia con el que fue a hablar Don Esteban se acercó a mi y me preguntó: “Dónde está el propietario de este vehículo?” Sin poder evitarlo y en shock le grité: “ESTABA HABLANDO CON USTED!!!” El policía entorno sus ojos y me observo durante un par de segundos: “Qué droga has tomado?. No le grites a un miembro de la autoridad…” y como para si dijo: “estos chicos se ponen de todo hasta arriba”. Cogió su walkie-talkie y oí como llamaba a una grúa de urgencia. Aunque estaba en un estado frenético, no dejé de fijarme en el pedazo de paquete que tenía el policía. Mediría 1.85 cm. Y estaba cachas, con unos bíceps muy grandes. Probablemente hacía culturismo. “Largo de aquí, vete a tu casa con tus padres!” me soltó en voz alta mientras la hilera de coches detrás del Mercedes seguía haciendo sonar sus cláxones. Los oía apantallados ya que mis tímpanos habían quedado afectados tras la tremenda onda expansiva sonora de aquellos truenos.
Empecé a caminar sin rumbo totalmente confuso y sensorialmente agotado. Quería analizar lo sucedido pero me daba cuenta de que no tenía ningún sentido ni lógica, por lo tanto, rápidamente desistía pero, sin embargo, no podía dejar de pensar en ello. Caminé y cuando me hube cansado me senté en el portal de una finca antigua de una calle tranquila. Estaba agotado. Un coche grande paró frente a mi y el conductor tocó la pita indicándome que me acercara. Me levanté y me dirigí a el coche. Me di cuenta de que era un Range Rover y el conductor me dijo: “Anda sube”. Miré sus piernas y eran grandes y potentes, los brazos igual. La ropa le quedaba muy pegada y tenía barrigón. Yo estaba aturdido y aquel señor me pareció agradable. No lo pensé y me subí. Él pegó un acelerón. Se notó que el coche era muy potente. “Julio me llamo, y tú?” “David” contesté distraído pensando y dandole vueltas a lo ocurrido “Encantado David. Qué hacías ahí tan solo?” Me preguntó. “El gusto es mío Julio. Pues resulta que dos de mis amigos desaparecieron y no sabia donde ir” le dije mientras miraba de reojo su bulto. Joder! Se notaba una gran bola hinchada que bajaba por la entrepierna y su pantalón le apretaba muchísimo ahí. “Vaya! Te dejaron tirado” me comentó en tono condescendiente. “NO! Desaparecieron, se desintegraron!” Contesté con un tono de voz bastante alto. Él me miró fijamente un par de segundos y siguió conduciendo hacia fuera de la ciudad, por la autopista. No sé dónde íbamos y me daba igual. Mientras conducía me fijé bien en su aspecto. No tenía casi cuello de lo grueso que estaba y debajo de su mentón nacía una buena papada que le llegaba hasta el pecho. Era grueso pero estaba fuerte y duro. Vestía un pantalón verde militar sin pinzas que lo llenaba, zapatos negros clásicos de cordones y camisa blanca de manga corta. Sus tetas eran duras y sus pezones grandes rosados. Lo supe porque llevaba la camisa desabrochada y se veían fácilmente, así como una cadena de oro que colgaba de su cuello enrojecido por el sol. Supuse que era casado y me lo confirmó diciéndome que tenía tres hijos. Me comentó que su mujer no le daba placer por detrás y no se la mamaba, además de que no le gustaba pagar a putas pero que a él solo le gustaban las mujeres. Yo fruncí de inmediato el ceño como no entendiendo nada. Le pregunté la edad. Tenía 61. Sin embargo el no me preguntó la mía. Aquello me extraño más. Cogió un desvío y fuimos a parar a un terreno solitario cerca de la carretera. Ya era noche cerrada. Tiró por la ventana del Range Rover el cigarrillo que fumaba y se bajó los pantalones desabrochándose los botones de la camisa y dejando expuestos a la vista sus genitales. Mi madre! Pensé. La tenía en reposo pero era una polla preciosa. Rosada, recta, ligeramente más gruesa en la base pero con una buena cabeza y unos hermosos huevos enormes y muy colgantes. “Ahora comprenderás porque te dije que solo me gustan las mujeres! Y me indicó que me desnudara, cosa que yo hice sin mediar palabra. Cuando estuve ya en pelotas, me cogió por las axilas como un muñeco y me sentó delante de él quedando mi culo delante de su polla. Me recosté en su barriga y mi cabeza en sus tetas. El empezó a acariciarme los muslos a la vez que yo sentía como aquella bonita polla empezaba a ponerse más y más dura. Yo tenía una erección tremenda desde que íbamos por la autopista y le observaba. Me empezó a sobar el culo y entonces yo de un saltito me senté en su grande y duro muslo izquierdo rodeando con mis brazos aquel tronco de cuello que gastaba el señor. Acerqué mis labios a los suyos y de repente me quitó la cara. “Besos no” me soltó. “Solo beso mujeres” y acto seguido me colocó en el suelo de su asiento mirando hacia él. La vista era impresionante. Calculo que aquella polla mediría 19 cm x 7 cm de grosor pero, los huevos eran increíbles. Eran rosados claros también y reposaban una parte en el asiento y otra colgaba de el mismo. Calculo que serían unos 25 cm de largos y sus pelotas medirían cada uno unos 7 cm. “Mámala bien” De rodillas recosté mi pecho en el borde del asiento y mientras una mano intentaba sin éxito abarcar aquel pedazo de miembro, la otra se aferraba a sus huevazos y mis labios besaban su redondo, enorme y duro barrigón. Reclinó el asiento. Era un espectáculo morboso ver aquel cuerpazo acostado, con la camisa blanca desabrochada y los pantalones en los tobillos. Abrió bien las piernas y puso sus manos detrás de la nuca. Con aquel pollón totalmente erecto e hinchado y en esa postura me parecía un Dios erótico. Me indicó que continuara. Esta vez yo me puse de rodillas en el asiento del copiloto y agarré su gran falo y me lo metí poco a poco en mi boquita. Él en aquella postura empezó a mover su pelvis arriba y abajo follandome bien la boca. Me daban arcadas pero continuaba subcionando aquella maravilla intercambiando mis dos manos mientras sobaba sus gemelos, sus muslos, sus huevazos, su barrigón y sus tetas. Él no me tocaba. Sus ojos cerrados, con las manos detrás de la cabeza y las piernas bien abiertas estuvimos así como una media hora y yo sin parar de mamarle. Cómo podía aguantar una mamada así sin correrse? La tenía muy dura y no paraba de solar líquido preseminal. Su sabor era delicioso, lo tragaba pensando en lo afortunado que era de estar chupando a aquel macho. “Vale, para” me dijo “Ahora quiero follar ese culito” Yo mismo me ubiqué encima de él. Sin embargo el me corrigió “Ponte de espaldas a mi, no quiero ver tu polla” Empezaba a entender porque dijo que solo le gustaban las mujeres. Sin mayor dilación flexioné mis piernas y me metí el capullo de aquel grueso miembro. Que dolor! Fui bajando poco a poco engulléndola y de pronto me cogió con sus grandes y gruesas manos por la cintura y levantándose un palmo del asiento la hundió toda dentro de mi esfínter. Ahhhh!!! Grité. Mi culo se partió en dos de lo gorda que era. “Oooohhh…que culito más rico…es como el de una colegiala, tan liso y suave…ooohhh, ssiiiii….” Decía mientras su polla empezó a entrar y salir lentamente. Ya se estaba amoldando poco a poco mi culo a su tamaño cuando la sacó y agarrándola con su mano derecha me la volvió a meter de golpe. “Ooohhh…siii” alcancé a decir mientras agarraba sus huevazos “que macho eres y como me follas” le dije. Para mi gozo volvió a sacarla y me la volvió a meter de golpe. Me estaba tratando como a una mujer. Yo sentía que me estaba feminizando porque él no pensaba que follaba a un chico sino a una mujer. Me lo había dicho y ahora lo estaba entendiendo perfectamente. Paró, me la sacó y se relajó pero la seguía teniendo muy dura. “Ahora quiero que me cabalgues, ponte como quieras” Cerró los ojos se estiró bien y volvió a llevar sus manos detrás de su cabeza. Era impresionante la visión de aquel hombretón acostado con aquel vergón hinchado y aquellas pelotas enormes cayendo por el asiento. No lo pensé ni un segundo y como mi culo ya estaba bien lubricado por su precum, me metí la punta y empecé a cabalgar aquel tótem. Estaba excitadísimo de ver como aquellos bíceps en forma de bola grande querían reventar las mangas de la camisa blanca que llevaba puesta. Ël continuaba con los ojos cerrados y a veces me bombeaba y yo gozaba del ímpetu y la virilidad de aquel macho. No pude aguantar más. “Que macho errreeessss!” y eyaculé varios chorros encima de su barriga y tetas acelerando mi respiración. “Coge kleneex del salpicadero, límpiame y vuelve a cabalgar” así lo hice. No se movió un ápice y su polla siguió dura como el acero, estaba claro que era un follador nato. Con gran devoción hacia aquel hombre me volví a sentar encima de su polla que cabalgué, calbalgué todo lo mejor que pude como tributo al placer que me había hecho sentir. Quería que gozara igual o más que yo. Mientras me follaba, con sus manos detrás de la cabeza y sus ojos cerrados, no puede resistir la tentación de besarle nuevamente. Esta vez no apartó la cara. Estaba disfrutando tanto de mi culito y la cabalgada que me permitió darle unos piquitos en los labios mientras yo apoyaba mis manos en sus bíceps y él aceleraba el mete y saca. Así estuvimos unos minutos. Era glorioso. Sentía su virilidad a flor de piel y me regalaba unos picos a la vez que aquella gran polla casi formaba parte de mi. Empezó a gemir y noté como engordaba aún más su pene en mis entrañas, y así en aquella postura, acostado, como si fuera algo rutinario, soltó unos chorrazos de lefa espesa y grumosa que me inundaron por dentro. Caí desplomado sobre su pecho y empecé a besar sus duras tetas. Que morbosas eran. Sin tiempo para concesiones me dijo que se la limpiara. Seguía erguida como un mástil. Cuando terminé nos vestimos y me dió 300 euros. Le dije que yo no era una puta y me contestó que ya lo sabía, solo que quería dármelos para que me comprara algo que me gustara e insistió sobremanera. Al final me los guardé.
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