Orgasmos Turbios [10]
Cinco años de silencio y un cuerpo roto no fueron suficientes para borrar el deseo, pero sí para sembrar la duda. Cuando Thelma decide que la recuperación de su esposo incluye una lección de erotismo frente a un testigo inesperado, la línea entre la devoción y la traición se vuelve peligrosamente delgada.
Capítulo 10
Pasé poco más de un mes internado en el hospital Puerta de Hierro de Guadalajara, uno de los hospitales más caros y exclusivos que uno se puede permitir. Thelma insistió en que tenía que ser así para que mi recuperación fuese más acelerada.
No puedo negar que al principio me mostré reticente a ser hospitalizado, pues me sentía bastante desconfiado y nervioso con los trabajadores de salud a raíz de la mala experiencia que sufrí con Eloína, que ojalá se estuviera pudriendo en la cárcel junto a mi suegro.
Allí fui sometido a toda clase de estudios para determinar qué tantos daños fisiológicos y neuronales había sufrido durante mis años en que estuve en estado profundo de inconsciencia. A partir de eso inicié un tratamiento médico riguroso, el cual incluyó fisioterapias y rehabilitación para los músculos.
Me sentí muy agradecido con Esmeralda, porque de algún modo comprendí que gracias a los cuidados paliativos y ejercicios que ella me había dado durante los últimos años yo no estaba tan atrofiado como cabría esperar de alguien que hubiese sufrido mi diagnóstico. Por eso convencí a Thelma de que, en agradecimiento por lo que había hecho por mí aquella rubita, se hiciera cargo de las quimioterapias de su madre, además de darle unas merecidas vacaciones hasta que yo volviera a casa.
Deseaba poder volver a verla para agradecerle personalmente todo lo que había hecho por mí, incluida su valerosa gesta de quitarle el celular a la enfermera del mal para hablarle a mi mujer.
Mi buen amigo Chavita se encontró conmigo varias veces en el hospital, emocionado de verme. Mi hermano Daniel, que también me visitaba con frecuencia, le había avisado sobre mi recuperación. Me llevé una grata sorpresa al enterarme que mi empresa contratista de albañilería seguía vida, ya que la había estado manejando mi Bro bajo la supervisión de Chava, lo que significaba que yo tenía dinero en el banco gracias a los rendimientos que se habían ganado en los últimos años, cosa que la verdad no había esperado y que me vino de maravilla para no sentirme tan deprimido.
Chavita solía visitarme a la hora del lonche, porque dio la casualidad de que estaba trabajando en un proyecto que estaba muy cerca de Puerta de Hierro. Me puso al corriente de todo lo que había pasado durante esos años con la empresa y nuestros amigos en común.
Incluso nos carcajeamos como pendejos ante cada estupidez que me contaba, y luego hasta me propuso ser el padrino de su nuevo hijo, el tercero de su tercer matrimonio. No le había ido demasiado bien en asuntos de mujeres. ¿Pero a quién le va bien en esos temas?
«Por fortuna yo estoy muy bien Thelma» me dije feliz… sin saber lo que me esperaba más adelante.
Los especialistas se esforzaron con esmero en tratar mis repentinas dificultades para la respiración, y con los días incluso dejé de arrastrar la lengua al hablar. También priorizaron mi estabilización en mi frecuencia cardíaca, que a veces se me disparaba, y por último, y no menos importante, se esforzaron en normalizar mi proceso digestivo, ya que los primeros días tuve bastantes problemas en mi flora intestinal.
Algo que fue bastante engorroso fue curar las ligeras úlceras que tenía en la parte baja de mis muslos y en mi espalda alta, las cuales, sin yo percibirlas, me fueron curadas progresivamente.
Y es que uno esperaría que la recuperación de un coma fuese tan rápida como sucede en las películas, pero, desafortunadamente, en la realidad la convalecencia es larga, compleja y estresante. A veces despertaba desorientado y con ataques de pánico. Otros días perdía la noción del tiempo e incluso se me ponía la vista borrosa y oía un pitido en mis orejas que me sumergía en episodios de tensión.
Lo más difícil fue poder sostenerme sobre el andador y dar mis primeros pasos, como si fuese un bebé que apenas comienza a caminar. Experimenté muchísima impotencia cada vez que sentía que mis brazos y mis piernas no tenían la fuerza suficiente para sostenerme.
De hecho sufrí un gran impacto la primera vez que me pusieron delante de un espejo, completamente desnudo, y observé el terrible deterioro de mi cuerpo. Ni siquiera cuando Esme me hizo aquel frotamiento en mis genitales puse atención a mis piernas, abdomen y pecho como ese día.
Fue muy traumatizante para mí ver que había perdido mis músculos, mis bíceps, mis tríceps, y la consistencia de mi piel. Parecía un esqueleto andante y me vi más viejo de lo que en realidad era. Yo nunca había estado así de delgado ni demacrado. Con razón todos los que me miraban por primera vez ponían una cara de espanto.
Por eso no es una exageración cuando digo que me desconocí mientras me miraba. Mi cara estaba macilenta: mi piel lucía acartonada: mi boca reseca, casi blanquecina: mis ojos hundidos, con grandes ojeras oscuras que desfiguraban mi mirada, ¡y mis piernas, carajo! Tan delgadas como las de un puto pollo.
¿Así es como me había visto Thelma todo el tiempo? ¿Por eso había decidido ya no visitarme con frecuencia en casa mientras estuve en coma, para no llevarse esa desagradable impresión que le regalaba mi figura, y así seguir recordándome como el hombre fornido y sano que era? Porque si despierto como estaba lucía fatal, no me puedo imaginar cómo es que lucía estando inconsciente.
«Pobre de ti, mi reina… lo que tuviste que pasar a mi lado, ahora lo entiendo todo.»
—Es cierto que no eres el mismo de antes, Pepe —trató de animarme el joven doctor Estrada que estaba a cargo de mi rehabilitación, la primera vez que sufrí el impacto de verme de esa forma tan demacrada, cayendo en un estado de depresión—, pero si eres constante y disciplinado, cuando menos acuerdes ya habrás recuperado la musculatura que dices que solías tener. Ánimo, amigo, ya verás cómo vuelves a recobrar incluso el color de tu piel y tu peso ideal.
—De momento tengo que conformarme con esta apariencia de monigote, ¿no, doctor?
El joven doctor Estrada me dedicó una cortés carcajada en tanto me ayudaba a subir a la cama:
—¿A quién le importa el físico cuando se trata de recuperar la salud, mi estimado Pepe?
Para el pinche doctorcito este era fácil exponerme tal afirmación siendo él tan bien parecido. El cabrón era un guaperitas de mierda que jamás había tenido la necesidad de ponerse filtros en sus fotos de face o instagram para verse bien. Con esos músculos bien desarrollados y esa cara perfilada, el doctor Estrada no tenía ninguna razón para sentirse con baja autoestima, como yo.
—Mira, doctorcillo cabrón, no eres tú quien parece vaca desnutrida, sino yo, así que no me vengas con esos comentarios inmamables que en lugar de hacerme sentir bien me ponen de malas.
El perro, que era un arquetipo de modelo de revistas para damas, se limitó a reír, como diciendo «qué pendejo estás», restándole importancia a su imponente altura, su constitución fornida, su piel blanca, su voz de locutor de radio y esa apariencia de nadador profesional cuya sonrisa ganadora parecía ideal para anunciar pasta de dientes. Eso sin añadir que el baboso tenía un par de ojos azules y un cabello espeso demasiado oscuro que contrastaba con mi cabello ralo y descolorido.
—No estés de renegón, Pepe, y piensa positivo.
Antes de que el cabrón saliera, aproveché para preguntarle algo que me tenía verdaderamente preocupado:
—Oye, doctorcillo, ¿crees que vaya a poder cumplirle a mi mujer… en… temas de cama? —Me dio vergüenza hablarle sobre el tema, pero es verdad que era importante para mí saber a qué atenerme—. Quiero decir… cumplirle en la intimidad, pues, usted me entiende —le guiñé un ojo—. ¿Voy a ser el mismo de antes en la cama? Porque yo era muy bueno cogiendo.
El doctor Estrada, que debía de tener al menos diez años menos que yo aun si yo aparentaba tener veinte años más que él, sonrió ante mis comentarios sin filtro, los cuales, dicho sea de paso, se había acostumbrado con diversión. Se volvió hasta la cama y me dio una palmada amistosa en el hombro cuando se posicionó junto a mí.
—No tienes disfunción eréctil, si es lo que te preocupa, hombre. Al principio a lo mejor te costará mantener una erección por motivos fisiológicos naturales de tu estado, pero científicamente no se ha demostrado que despertar de un coma como el tuyo origine alguna clase de impotencia sexual.
Puse los ojos en blanco porque su respuesta no me dejó del todo complacido.
—Quedé en las mismas, vato: por un lado dices que no tendré problemas de impotencia, pero por otro lado también dices que puede que sí tenga problemas para que se me pare el miembro, ¿entonces qué?, ¿podré o no podré complacer a mi esposa?
Thelma era una mujer muy apasionada, cachonda y sexosa, y yo no podía permitirme la ocurrencia de pretender hacer el amor con ella y que mi polla no me respondiera. ¡Qué puta vergüenza!
—En teoría sí podrás, pero en la práctica sólo tú notarás si existe algún problema con tu miembro o no —admitió él, encogiéndose de hombros—. Pero no pongas esa cara y deja de preocuparte. Ya te dije que pienses positivo. En caso de que sintieras alguna rareza durante la intimidad, pues entonces me lo comentas y vemos cómo ayudarte con eso.
—¿Y si no… puedo… cumplirle? —Juro por Dios que de verdad eso era una preocupación que me mortificaba.
Aun si Esme había logrado que yo tuviera una erección aquél día, me preocupó que al mismo tiempo no hubiera sido tan consistente como debería de haber sido.
—Déjate de broncas de ese tipo, Pepe. ¿Tienes cuarenta y dos años?, ¿cuarenta y tres? —No le respondí—. Como sea. Todavía eres un hombre joven. No deberías de angustiarte por nimiedades. Además, con todo el respeto que me mereces, permíteme decirte que tienes por esposa a una dama muy hermosa y con un cuerpo… sumamente… prodigioso. —Vi que se le ruborizaban las mejillas y que suspiraba con torpeza—. Quiero decir que dudo mucho que pudieras tener problemas de impotencia teniéndola a ella a tu lado.
—Éjele, cabrón, pon quietos esos ojitos azulitos que tienes si no quieres terminar tuerto, ¿eh? —le dije entre broma y verdad—. Además, ¿quién carajos emplea en un halago el término «prodigioso» para decir que una mujer está bien buena?
El doctor Estrada se echó a reír, apenado, y se dirigió a la puerta para marcharse.
—Pasa buena tarde Pepe, y por favor confía en que todo saldrá bien.
—Ajá —le dije como despedida.
Mi «hermosa» y «prodigiosa» mujer, como toda una chingona, no reparó en gastos a la hora de solicitarme los mejores tratamientos. Y confieso que eso me dio mucha vergüenza, porque no sólo le estaba cambiando su vida de nuevo ahora que había vuelto a resucitar de entre los muertos, como me había dicho mi suegro, sino que también me estaba volviendo en una carga para ella.
—Oye, Thelma, dice Dani que tengo una cuenta en el banco de mis ganancias de los últimos años con la constructora.
—Sí, Pepe —me sonrió, felicitándome—. Me pareció una buena decisión que no la dejara caer.
—Bueno… sí, y por eso quiero pedirte de favor que saques dinero de mi cuenta y pagues mis gastos.
—Ya los he pagado yo —me respondió, enarcando una ceja.
—Sí, pero yo no quiero.
—¿No quieres qué?
—Ser una carga para ti.
—¿Y a ti qué te importa si yo quiero pagarte el hospital, José Luis Fernández?
—¡No me parece justo, Thelma Durán!
—Eres mi esposo, ¿por qué no te parece justo? Tú habrías hecho lo mismo por mí si las cosas estuvieran en la inversa, ¿no?
—Sí, sí, eso ni qué lo digas, mujer, pero…
—Pero nada, cabrón, como sigas de orgulloso te pongo dos cachetadas que te dejarán en coma otros cinco años más —me amenazó sumamente molesta, mientras yo me reía—. Tú sólo concéntrate en recuperarte, Pepe, y hacer todas tus rehabilitaciones y a mí déjame hacerme cargo de lo demás.
Acordé con ella que sólo me visitaría por un rato cuando saliera del despacho, y que luego se tenía que ir a casa a dormir y a cuidar a nuestro Marcel. No sé por qué, pero tuve miedo de preguntarle si ya había regresado a la que había sido nuestra casa. También tuve miedo de preguntarle dónde y con quién había vivido durante los últimos años. Creo que me asustaba llevarme una sorpresa desagradable. Quizá por eso postergué esa clase de cuestionamientos para más adelante.
—Está bien —le dije—, paga todo y quédate en la ruina.
—Sigue de peleonero, Pepito, y te voy a arrancar los huevos con los dientes —me advirtió dándome un beso en la boca, de esos pocos besos que se había animado a darme desde que despertara del coma.
—Sólo que me los arranques a mamadas —le respondí yo siguiendo su juego.
Nuestra rutina cuando Thelma me visitaba era la de conversar, enseñarme fotos de mi hijo (al cual seguía sin poder ver porque no lo dejaban entrar al hospital) y ponerme al corriente de los sucesos más importantes que habían ocurrido en el mundo, incluido el lamentable hecho de que Trump siguiera vivo y Maradona muerto.
—¿En serio don Paco el de los tortas ahogadas se murió por culpa del murciélago ese?
—En realidad no se sabe a ciencia cierta si el Covid fue una mutación por culpa del murciélago, Pepe. Lo que sí te puedo decir es que tuviste mucha suerte. Miles de personas murieron en el mundo a raíz de la pandemia, y entre otras cosas que ya hemos platicado, esa fue una de las razones por las que dejé de visitarte con constancia, porque temía infectarte y había una alta probabilidad de que tú siento tan vulnerable…
—… me cargara la chingada.
—En efecto.
Reflexioné sobre lo que mi hermosa esposa me decía e intuí que ese tuvo que haber sido el momento crucial en que sus visitas a mi casa dejaron de ser tan frecuentes. Su miedo de contagiarme de esa mierda la alejó de mí, hasta que poco a poco se fue acostumbrando a ya no verme.
—A mí se me hace que eso del Covid fue un invento de las grandes potencias para controlar la natalidad del mundo —le dije, tratando de quitar hierro al asunto.
—Ay, por favor, Pepe, no empieces con tus ideas conspirativas y mejor termínate tu jugo de betabel —me dijo ella poniendo los ojos en blanco—, a ver si agarras un poco de color, porque ahorita tienes piel de cascarón de huevo.
Tras darle un trago al jugo de betabel que mi esposa me había traído, recordé mi horrible apariencia y, avergonzado, no pude evitar preguntarle:
—Estoy bien pinche feo, ¿verdad, amor? El otro día me hicieron verme en el espejo y casi me cagué del susto.
Thelma, vestida sensualmente de ejecutiva, con sus tacones de aguja altos que ensalzaban su enorme culazo, el cual se dibujaba a través de su falda entallada, frunció sus labios rojos sin saber qué decir.
—Hmmmm —me quejé ante su silencio, observando, extasiado, lo bien que le quedaban sus pantimedias transparentes que se adherían deliciosamente sobre sus piernas—. Solo dímelo, Thelma.
—¿Decirte qué, Pepe?
—Que estoy de la chingada.
Thelma se acercó un poco más a mí, y yo contemplé excitado cómo la blusa gris de botones que llevaba puesta se pegaba con cinismo a sus robustos pechos, los cuales se balanceaban ante cada movimiento.
—Pepe, cariño… —me dijo ella, acariciando mi barbado mentón—, no es para menos que estés tan delgado. Estuviste inmóvil por mucho tiempo. Estrada dice que te vas a recuperar. Vas muy bien con tus terapias, así que no digas bobadas.
—Sí, mujer, pero de esta manera como estoy ahora no te gusto —me encogí de hombros.
—¡Tú me gustas como estés! —trató de ser convincente con su afirmación, pero yo no le creí.
—A ti te gustaba antes porque estaba musculoso, Thelma. Ahora parezco un costal de naranjas pero sin naranjas.
—Tampoco exageres, querido —se echó a reír ella con mis ocurrencias.
—No exagero, es la verdad. Tú tan buena y tan hermosa que estás, y yo tan… de la verga. Entonces pienso que si ya no te gusto… ya no me vas a desear.
—¿Así que eso es lo que verdaderamente te preocupa, machito, que ya no me pongas caliente?
No hubo necesidad de responder para que mi esposa entendiera lo que sentía.
—Mira, Pepe, te diré algo —sonrió mi esposa, posando sus carnosas nalgas en mi cama—. Esta vergota que tienes entre las piernas —me la apretó por arriba de mi bata—, es lo único que necesito para que me hagas feliz. Así que por favor, cariño, no pienses negativamente, porque no te hacen bien tus inseguridades. Afortunadamente sigues teniendo una mujer muy cachonda que tiene años deseando sentirse atiborrada de esto —me la volvió a apretar.
No pude evitar sonreír, un poco más animado.
—Ya quiero salir de este puto lugar —le susurré mientras la abrazaba, sintiendo sus grandiosas tetotas aplastándose contra mi pecho—, para hacerte el amor hasta que quedes con las piernas temblando. —Thelma me siguió apretando mi endurecido pollón, al tiempo que sus señoras tetas seguían apretándose contra mí—. Ardo de ganas de chuparte todo el cuerpo, desde la punta de los dedos de tus pies hasta la última punta de tu pelo…
—¿Morderás mis pechos? —me incitó, dándome un lengüetazo en mi boca.
—Y tus pezones hasta que grites de dolor.
—¿Me comerás mi conchita y mi culito, papi?
—¡Como los traigas me los comeré, mi amor!
—Ufff… que rico… Pepe… ya hasta se me erizó la piel y se me pusieron duros los pezones… Y, por lo que veo, a ti también se te ha puesto dura otra cosa.
Conforme pasaron los días me di cuenta de que mi esposa nunca me contaba nada de su vida personal, y su renuencia para informarme nada de su pasado me asustaba un poco. ¿Qué había hecho durante esos cinco años en los que, de alguna manera, permaneció viuda sistemáticamente? ¿Había estado con algún otro hombre? ¿Me había sido infiel? Mejor dicho, ¿realmente se consideraba infidelidad coger con otro mientras tú estás en estado de coma?
A decir verdad, yo tampoco me animaba a ahondar sobre el tema quizá por miedo a escuchar algo que no quería. Por eso decidí postergar esas preguntas para después, aun si sabía que estaba arriesgándome a que sus respuestas fueran dolorosas para mí.
Para la tercera semana ya podía andar mucho mejor, aunque siempre con ayuda de la andadera. Logré aumentar cinco kilos y mi piel ya no se me colgaba como antes. Ya hasta había recuperado mi color moreno de piel y podía abrir y cerrar los puños con más fuerza.
Al inicio de la quinta semana pude recuperar mis reflejos. Ya podía caminar por los pasillos en muletas y aumenté dos kilos más.
Para la sexta semana ya podía caminar sin muletas, y mi libido estaba más despierta que nunca. Me animaba saber que ya faltaban pocos días para ser dado de alta y regresar a la comodidad de mi hogar. En una de esas últimas visitas de mi mujer le dije:
—¿Me enseñas tus tetas, amor?
—¿Aquí? —me preguntó Thelma con las cejas enarcadas, mirando hacia la puerta de mi habitación.
—¿Qué tiene? Solíamos coger en los baños de los restaurantes, ¿te acuerdas? —le recordé tomándola de la mano—. Solías quitarte tus tanguitas discretamente cuando estábamos en sitios concurridos, y luego me las dabas, así todas mojaditas y olorosas a ti, ¿ya se te olvidó? Éramos muy cerdos, mi encantadora zorrita, y por eso nos complementábamos.
Me fascinó la sonrisa traviesa que aquella majestuosa mujer me dedicó, en tanto yo veía que debajo de la blusa tinta que llevaba puesta esa tarde, se figuraban dos inmensas carnosidades que se balanceaban sobre su pecho deliberadamente.
—Ni el coma te quitó lo guarro, ¿eh, machote? —se enorgullezco, mordiéndose los labios con sensualidad, mientras se desabotonaba poco a poco los botones superiores de su blusa sin importarle quién pudiera entrar.
—Y ni a ti no se te quitó lo zorrón, ¿eh? —le contesté mientras veía con excitación cómo desenganchaba el broche delantero de su brasier tinto y en seguida sus dos pesados senos se desparramaban en el pecho.
—¡Ufff, mi amor! ¡Qué rica estás!
Thelma sacudió sus tetazas hacia los lados y mis pupilas siguieron con enardecimiento la dirección hacia donde botaban sus pezones. Fueron solo unos segundos de desnudez en los cuales no me dejó tocarlas, según ella, para que cuando estuviéramos en casa yo estuviera demasiado ansioso y así pudiera darle un buen «revolcón». A lo mejor a ella también le preocupaba que yo no pudiera rendirle igual que antes en la cama y quería asegurarse que yo estaría más caliente que un volcán en erupción.
—¿Mañana podrías venir sin braguitas, guapa? Quiero que me enseñes el chocho.
—Cómo puedes ser tan pervertido, señor esposo —bromeó ella dándome un lengüetazo en los labios.
—Ándale, mija, ¿quieres cumplirle el favor a este pobre esposo tuyo desvalido que tiene unas ganas tremendas de darte una buena cogida?
Thelma no me prometió nada en ese momento, pero al día siguiente, mientras el doctor Estrada revisaba mis signos vitales y los reportes de enfermería, ella se sentó en el sofá que estaba junto a la ventana que daba a la calle, y sin importarle el riesgo que implicaba que el doctor pudiera girar hacia donde ella estaba, mi cachonda esposa se subió la falda hasta la mitad de los muslos, justo donde los encajes de sus medias beige se adherían a sus muslos, sólo para demostrarme que había cumplido mi capricho y no llevaba sus braguitas puestas.
—¿Te pasa algo, Pepe? —me preguntó el doctor Estrada extrañado, escuchando con el estetoscopio cómo los latidos de mi corazón se alteraban de repente—. De pronto tu frecuencia cardiaca se aceleró.
¿Y cómo no iba acelerarse? Si la atrevida de mi esposa acababa de abrirse de piernas y me estaba enseñando su empapado chochito, limpio de vellosidad y carnosito.
—Yo… est… estoy… bien… —balbuceé.
—¿Pasa algo, doctor? —quiso saber mi esposa, que me miraba con el gesto más putón que le recordaba haber visto nunca—. ¿Todo bien con mi marido?
La hija de las mil chingadas separó un poco más sus gordos muslos, y luego vi cómo hundía los dedos de su mano derecha en su entrepierna, por debajo de la falda, haciendo movimientos circulares en su pegajosa vulva.
—Algo extraño, señora —dijo Estrada sin voltear a verla, pues seguía concentrado oyendo mis latidos.
—¿A qué se refiere con extraño, doctor? —le preguntó ella, sonriéndome con perversidad.
Y el doctor Estrada, ignorando las puercadas que hacía mi esposa a pocos metros de él, respondió:
—Es lo que vamos a averiguar, abogada.
Thelma se mordió el labio inferior para incitarme, mientras continuaba frotándose los dedos contra sus ardientes genitales que rezumaban flujos vaginales. Con mi corazón latiendo con ahínco, pronto vi que finalmente se los sacaba de la entrepierna, y con un descaro excitante, tuvo el atrevimiento de enseñármelos, sólo para comprobar que estaban estilando de sus propios fluidos. La polla me tembló bajo mi bata cuando vi que se llevaba los dedos empapados a la boca y los chupaba con total impudicia.
—¿Pero entonces está bien? —preguntó la muy ladina después de sacarse los dedos de su boca para volvérselos a introducir en la entrepierna.
—Sí… señora, Pepe está bien, pero de todos modos tengo que…
Cuando vi que el doctor posaba sus ojos sobre los míos supe que la descubriría, ya que por inercia su mirada se trasladó con curiosidad hacia el sitio a donde yo miraba con atención.
—¡Ohhh! —exclamó el doctor soltando el estetoscopio sobre la cama.
Ni siquiera tuve tiempo de advertir a mi esposa cuando el doctor Estrada ya la estaba mirando con un impacto singular en su cara que me escalofrió toda la médula espinal. Thelma abrió sus ojos verdes pero no pudo hacer nada para justificar lo que estaba haciendo.
—Perdón —dijo resignada.
No sé quién tuvo más vergüenza de los tres, si yo por andar bobeando como un pervertido las indecencias de mi esposa: si el doctor por andar de fisgón y entrometido mirando lo que yo miraba, o si ella, que todavía tenía sus torneadas piernas bien abiertas, con sus tacones de aguja anclados en el suelo, con sus medias beige de superficie de encajes adhiriéndose a su piel canela, mientras la falda permanecía enrollada en la mitad de sus notables muslos, en tanto batía con sus lúbricas falanges los caldos de su encharcada vagina.
—Yo… no he visto nada —balbuceó el doctor Estrada que, aun si era blanco como el papel, se puso más rojo que el interior de una sandía.
Mi esposa apenas pudo cerrar las piernas cuando el médico muy apenado se excusó, diciendo que todo estaba bien, y salió del cuarto como si alguien lo estuviera persiguiendo.
Thelma y yo nos miramos con cara de vergüenza tras lo que acababa de pasar, y luego rompimos en carcajadas mientras ella se echaba hasta mí, besándome la cabeza.
—Cómo te extrañaba, mi loquita.
Previo a mi alta, el doctor Estrada (que desde que descubriera a mi esposa con las piernas abiertas y sus dedos en el coño la miraba con morbo y vergüenza) me dio una serie de recomendaciones que tenía que seguir al pie de la letra para que mi recuperación continuara siendo satisfactoria.
—No mame, doctor, ¿cómo que voy a estar varios meses sin reventarle el culo a mi mujer? ¡No chingue!
—¡Pepe, por favor! —se ruborizó Thelma, cubriéndose la cara con los folders donde estaban preinscritas mis medicinas, indicaciones, y fechas médicas.
El doctor Estrada sonrió, también apenado, y miró de reojo el rubor exquisito que había surgido en las mejillas de mi mujer.
—No me refiero a esa clase… de abstinencias, Pepe, sino a las actividades deportivas, como el fútbol, o el trabajo pesado, que demandan sobreexcitación.
—¿Pero es que tú nunca has cogido, doctorcillo? —le pregunté indignado.
—¡José Luis, ya…! —me reprendió Thelma nuevamente.
—Es que este tipo está medio sonso, mujer —me quejé—, ¿qué clase de sexo ha tenido él en su vida donde no requiera extralimitación física?
Estrada nuevamente se carcajeó, quitándole importancia a mi comentario.
—No le hagas caso, Irvin —le dijo mi mujer abochornada—, yo me encargaré de que mi marido siga tus indicaciones al pie de la letra.
—Descuida, Thelma, que yo confío en ti.
A mí casi me da un ataque cuando advertí que el par de cabrones ahora se tuteaban, hablándose con demasiada confiancita, como si entre los dos hubiera tal familiaridad, y admito que eso me llenó de celos.
Volvimos a casa un viernes por la tarde. Daniel nos escoltó en su coche detrás, y mientras Thelma conducía yo no tuve reparos en abordarla:
—¿De cuándo acá el doctor Estrada es Irvin para ti?
Thelma se echó a reír minimizando mi comentario, y eso me molestó un poco.
—Pues así se llama, Pepe, ¿cómo querías que lo llamara?, ¿Epifanio?
—Ya sé que se llama «Irvin», pero me parece raro que antes lo trataras de usted y ahora ya hasta lo tutees, abriéndole la puerta a él para que también te llame «Thelma» y no «señora» o «abogada» como antes.
—¿Y eso qué tiene que ver, Pepe? —me reprochó ella, haciéndome sentir que estaba exagerando con mis impresiones.
—Supongo que nada —exhalé como estúpido—, pero si nos ponemos a pensar, a mí se me hace que esa repentina familiaridad que ahora existe entre los dos se dio a partir de que el cabrón que te vio el chocho mientras tú tenías las piernas abiertas el otro día.
—Si me vio el chocho es por tu culpa —me volteó la tortilla—. Tú quisiste que me viniera sin bragas ese día.
—Sí, pero no te pedí que me enseñaras el coño y te metieras los dedos delante de ese buey.
—¿No te pareció excitante? —me picó—. Te recuerdo que no es la primera vez que hacemos cosas arriesgadas.
—Pues sí pero…
—Entonces te callas, machito, y te guardas esos celitos para cuando haya razón.
—¿Y ahora no hay razón, Thelmita? —enarqué una ceja.
—Evidentemente no.
—El doctor es guapo —le recordé lo que era evidente.
—¿Tú crees? —me preguntó ella como si no lo supiera.
—Es más alto que yo, tiene ojos azules y hasta se ve musculoso el hijo de puta.
—¿Y por eso lo ofendes? —se burló—, ¿sólo porque es guapo y musculoso?
—¿Entonces sí te parece guapo y musculoso?
—Eso lo estás diciendo tú, Pepe.
—Hummm —me di por vencido.
—Hummm —se calló ella.
Cuando llegamos entré a nuestra casa por mi propio pie. Daniel metió mi equipaje y me ayudó a subir la rampa que llevaba de la cochera al recibidor. Me acompañó al salón de estar y nos pusimos a platicar un rato, mientras Thelma hacía no sé qué tanto en la cocina.
Cuando mi esposa regresó con dos vasos con agua de piña Daniel se puso de pie y dijo que ya se iba, rechazando mi invitación para que se quedara a cenar con nosotros.
—Me sigues debiendo esos tacos, ¿eh cabrón? —le recordé cuando nos despedimos.
—Cierto, Pepe, te prometo que en cuanto puedas tragar como marrano ahora sí te voy a llevar.
Y se marchó. No puedo negar que dolió que se fuera, pero comprendí que si las cosas con Thelma no habían cambiado en tantos años, sería imposible que mejoraran en un ratito.
—¿Te preparo la tina? —me preguntó mi mujer sin darle importancia a la partida de su cuñado.
—Sólo si te piensas bañar conmigo, culona hermosa.
—Es lo que más deseo —Me dio un pico en la boca y luego se marchó a nuestra nueva habitación.
Thelma cumplió mi capricho de no volver al cuarto donde había permanecido acostado durante cinco años, por lo que me alegró que hubiese acondicionado la habitación del fondo, la cual incluso ya tenía un baño propio con tina.
Mientras ella preparaba la tina yo me puse a recorrer toda la casa con nostalgia, pensando en las nuevas reformas que le quería hacer. No me podía creer que hubiera humedad en los techos y que los colores de los muros de la sala de estar y de la cocina fueran los mismos de un lustro atrás.
—Definitivamente en esta casa hacía falta la figura de un hombre —me encogí de hombros.
Tomé un poco de agua de piña y luego me dirigí a la habitación. Quería preguntarle a Thelma sobre la hora en que iría por mi hijo, pero entonces descubrí que ella se había encerrado en el baño y que hablaba en voz baja por teléfono con alguien.
Caminé hasta la puerta a hurtadillas para no ser descubierto y pegué la oreja con cuidado.
—Si sigues en ese plan, te juro que te voy a mandar a la mierda… —dijo—. Si no tienes empatía conmigo, ¿cómo voy a tener empatía por ti?
Tragué saliva, y seguí atento a lo que se decían:
—¿Te estás escuchando…? Estás actuando como un perfecto egoísta, y encima me estás acusando a mí por algo que tú sabías que podía pasar… ¿tóxica yo?, no, querido, tóxico tú… que no entiendes de razones.
¿Había dicho «querido» en sentido literal o en sentido sarcástico? Juro por Dios que el aire se me iba.
—Déjame hablar… por favor, ¡que me dejes hablar!... —le gritaba a su interlocutor—. ¡Esto lo habíamos hablado desde antes…! ¿Me quieres dejar hablar, con un demonio?
¡¿Con quién cabrones estaba hablando mi esposa con tanto ímpetu?
—Por eso… —volvió a replicar—, pero entiende que él es mi marido, y mi obligación es estar a su lado… ¡Escucha, te prometo que todo esto lo vamos a arreglar! ¡Por favor, no me cuelgues! ¡No me cuelgues! ¡Mierda!
Cuando Thelma cortó la llamada, mi cuerpo se estremecía de pánico, sospecha y consternación.
«Hay otro hombre en su vida…» me dije, sintiendo que el mundo me caía sobre la cabeza.
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Sabe que su esposo la engaña, pero no imagina que la venganza le sabrá tan dulce. En el silencio del archivo de la oficina, con el riesgo de ser…
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El amigo gilipollas Parte 1 (relato)
Raúl siempre ha sido un desastre, pero esta vez el narrador comete el error de dejarlo solo con Mariela.
Comparte:Infidelidad ocultaTrio fffPoder y control
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El encuentro - 01
Llevan cinco años desnudándose por escrito. Ahora, las cortinas están abiertas y las terrazas están a pocos metros.
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Yo me lo busqué - (Capítulo 7)
Carmen no puede evitar mirar a Richard. Sabe que él la quiere de vuelta, pero ella solo busca respuestas. Julián lo sabe, y decide no detenerla.
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