Xtories

Orgasmos Turbios [9]

Cinco años de oscuridad y, al abrir los ojos, la mujer que amaba llora sobre su pecho. Pero mientras el mundo celebra su regreso, las voces ahogadas en el pasillo revelan que su matrimonio es una mentira construida sobre secretos inconfesables. ¿Qué le ocultaron durante su ausencia y quién es realmente la mujer que ahora lo mira con miedo?

CVelarde15K vistas9.4· 36 votos
Este relato queda fuera de tus preferencias actuales. Lo mostramos porque llegaste por un enlace directo.

Capítulo 9

Los gritos de la discusión se oían a una distancia prudencial, a metros de mí. No sé cuándo perdí el conocimiento y ni cuándo volví de nuevo a él. Nunca pregunté. Lo único que sí puedo decir es que fue durante la misma noche. Alguien me había subido a la cama de nuevo y sentía la consistencia del colchón ortopédico debajo de mi lánguido cuerpo.

Traté de abrir los ojos y me encontré con el mareo de siempre. Todo me daba vueltas. A lo mejor eran los efectos secundarios de alguna nueva droga que me habían suministrado.

—¡Tú no puedes creer semejante desfachatez, hija! —era la voz de mi suegro, y cerca de él oí sollozos femeninos—. ¡Mira cómo me han dejado la cabeza! ¡Esa tal Esmeralda y tu marido fueron quienes te ocultaron la verdad! ¡A lo mejor son amantes! ¡¿A mí por qué me metes en sus broncas?!

—¡¿CÓMO PUEDES SER TAN CÍNICO, TAN COBARDE Y TAN RASTRERO, PAPÁ?! —le gritaba ella, mi esposa, cuyo color de voz le suministró vida a mi alma—. ¡CÓMO HAS PODIDO SER TAN PERRO!

—¡Fíjate bien como me hablas, Thelma, que no se te olvide que soy tu padre!

Abrí los ojos con el deseo de mirar a mi mujer, pero mis pupilas estaban veladas.

—¡¿No me estás oyendo, hija?! —exclamaba mi suegro, furioso—. ¡Si esa perra enfermerita me hubiera golpeado más fuerte en la cabeza, seguro me habría matado, Thelma! ¿No ves cómo estoy sangrando?

Los sollozos de mi esposa y sus balbuceos histéricos hacían eco en toda la habitación.

—¡Te conozco bien para saber de qué pie cojeas, papá! ¡Ahora sí has llegado demasiado lejos, justo al límite de mis fuerzas, y todo esto que has hecho lo tendrás que pagar!

—¡A mí no te atrevas a amenazarme, cabrona, que si ahora eres quien eres es gracias a mí!

—¡Yo soy lo que soy precisamente porque nunca quise ser nada por ti! ¡¿Qué querías de mí, padre?! ¡¿Envilecerme y convertirme en una extensión de ti, un ser repulsivo y sin escrúpulos?!

—¡Te estoy pasando tus ofensas, hija, porque sé que te debes de sentir de la chingada con todo esto, pero eso no quiere decir que te las acepte! ¡Te ordeno que reacciones, Thelma, porque yo no crié a una hija pusilánime que se pueda dejar manipular ante cualquier vulgar estulticia!

De pronto emergieron ruidos intempestivos afuera de nuestro cuarto, como si estuviera ingresando un batallón de guerra a la casa.

—¡¿Qué es ese escándalo que se oye allá afuera, Thelma?!

—¡Es la policía, papá, y me la vas a pagar al costo! —respondió ella—. ¡Ahora verás que tienes razón! ¡Tú no criaste a una hija pusilánime que se deja manipular ante cualquier vulgar estulticia! ¡Tú criaste a una perra brava que cuando se trata de defender a los suyos, no tiene piedad!

—¡Pero…! ¿Qué es lo que pretendes…?

—¡Refundirte en la cárcel!

—¡Pero si soy tu padre!

—¡Y yo soy tu hija! —gritó mi mujer, sintiéndose traicionada—,¡y no te importó hacerme daño sabiendo lo mucho que iba a sufrir con todo esto! ¿Cómo has podido hacerme esto? ¿Cómo han podido? ¡Has fraternizado para lastimar a tu propia hija, porque tú bien sabes que cualquier acción en contra de Pepe es una lanza que clavabas contra mí! ¡Tú, un irreprochable magistrado, cayendo tan bajo para complacer a tu propio ego y tus ganas de sentirte ganador! ¡Te respetaba, te admiraba, te quería…! ¡Pero ahora… me has perdido como hija!

Por lo que oí los oficiales entraron al cuarto y, tras leerle los protocolos correspondientes, lo apresaron, mientras él gritoneaba:

—¡Estás enfadada, Thelma, eso es todo! ¡Has creído una versión absurda, falaz y rastrera inventada por este imbécil y su puta! ¡Lo que él diga no tiene veracidad, mucho menos si ha sido víctima de coma! Ninguna acusación, con los precedentes de su incapacidad cognitiva, puede ser validada!

—¡Has intentado, por enésima vez, arrebatarme al amor de mi vida! —sollozó ella.

—¡Déjate de hipocresías, Thelma, que sabes bien que hace mucho que este pendejo dejó de ser el amor de tu vida!

—¡NOS VEMOS EN LOS TRIBUNALES, CABRÓN! —gritó mi mujer antes de que todo terminara.

***

Incluso desde antes de despertar pude percibir su fragancia intensa y penetrante que me recordó al sudor natural y exquisito de su cuello en nuestras noches de desvelo. Un coctel hormonal de perfumes ocres y ambarinos que me remontaron a su pelo negro, sus ojos verdes y su figura voluptuosa. Una intensa frescura entre mandarina y durazno que se filtró en cada poro de mi cuerpo y me trajo de regreso a la vida.

En efecto, cuando abrí los ojos, Thelma estaba allí, con el teléfono en mano, sentada en un sofá que alguien puso al lado de mi cama.

La habría reconocido entre mil centenares de millones de mujeres tanto por su estridente perfume como por la intensa frondosidad de su cabello negro que se precipitaba hasta la cintura como obsidiana derretida. Además, ninguna otra dama que conocía era capaz de asegurarse de estar tan bien arreglada para cuando despertara su marido.

¡Mi mujer, mi vanidosa y caprichosa Thelma!

Mi excitación siempre estuvo sujeta a parámetros ligeros; me bastaba ver los enormes pechos de mi esposa tensándose peligrosamente dentro de sus blusitas de botones, como aquella que llevaba esa mañana, para que los vasos sanguíneos de mi verga se hincharan con diligencia.

Cruzada de piernas, enfundadas por unas medias diáfanas y oscuras, la falda de tubo de mi esposa se apretaba con descaro a sus voluminosas caderas. Sus tacones de aguja complementaban su atuendo ejecutivo con especial erotismo.

Nadie puede imaginarse la inmensa alegría que tuve al contemplarla allí, a mi lado, como antes, como siempre tuvo que ser. Mi corazón reaccionó acelerado, latiendo a mil por segundo como si acabara de correr un maratón de mil kilómetros, y luego me obligué a tranquilizarme si no quería morirme de verdad, siendo víctima de un paro cardiaco.

¡Cómo pude estar cinco putos años privado de la belleza de esta hermosura de mujer!

—Esperaba que me despertaras con una rica mamada de verga y huevos, abogada, como en los viejos tiempos —le dije—, ¿te acuerdas?

Cuando Thelma giró su rostro hacia el mío creí que se desmayaría. Se levantó del sofá y se echó sobre mí, bañada en lágrimas, temblándole el cuerpo.

—¡Cómo has podido hacerme esto, pedazo de imbécil! ¡Cómo has podido dejarme sola tanto tiempo!

Hundió su rostro en mi cuello y la frescura de su pelo cubrió parte de mi cara. Alargué mis manos para abrazarla, para tenerla y la apreté contra mí, sintiendo cómo sus pechos se hundían en el mío.

—Lo siento… —le susurré con dulzura, atrapando su oreja derecha con mi boca, lamiéndola con mi lengua. Aspiré enloquecido sobre su cabello y volví apretarla más fuerte contra mí—. ¡Te he extrañado tanto, mi amor!

Mi impresionó demasiado su dolor. Su llanto inconsolable. Su desespero. Entendí que enfrentarse al despertar de su esposo tras años de abandono, no le iba ser fácil de procesar. Porque sí, al final de cuentas eso hice yo, la abandoné, aun si las circunstancias fueron ajenas a mí. La abandoné a ella y a mi hijo por irresponsable y eso era algo que jamás me podría perdonar.

—Perdóname a mí… —dijo ella entre gimoteos, escondiéndome su mirada entre mi cuello—, ¡si yo hubiera sabido que tenías semanas despierto! ¡Si yo…!

Su voz burbujeaba en mi clavícula. Mis dedos se enredaban en su cabello. Mis labios no dejaban de imprimirse en su mejilla.

—¿Qué estarás pensando de mí al saber que yo no he estado aquí desde que recobrase el sentido? —Sentí su propio dolor al ponerse en mi lugar—. ¡No voy a justificarme, Pepe, pero yo he pasado por tanto…!

—Me lo puedo imaginar, cariño… por favor, no te martirices, ya no digas nada —la consolaba, besando cuanto podía.

—¡Si supieras cómo terminaba de devastada cada vez que te miraba aquí, postrado y sin emociones! ¡¿Cómo crees me sentía al ver que el hombre musculoso, activo, alegre, trabajador, con toda una vida por delante, ahora estaba como muerto en esta cama, lívido, demacrado, macilento, sin vida real?! ¡Era una impresión que yo no quería ver! ¡He sido una cobarde, Pepe! ¡Y por mi culpa mi padre te ha hecho esto… todo esto…! ¡Oh, tienes que perdonarme!

—Tú no tienes la culpa de nada, Thelma —insistí con mis intentos por confortarla—, ambos hemos sido víctimas de las circunstancias.

—¡Tenía que haber estado aquí! —se culpó nuevamente, y a mí me dolió verla en ese estado.

Thelma Durán no era una mujer débil, nunca lo había sido. Quizá por su profesión como abogada o por haberse criado sin una figura materna (y con ese padre que tenía) ella forjó ese carácter tan fuerte y a veces tan severo. Lo cierto es que ella nunca lloraba, salvo en momentos precisos, y al yo no estar acostumbrado a ello, me afectó demasiado verla así.

¡Pobre de mi mujer! ¿Culparse ella por mis imprudencias que casi me llevaron a la muerte? No, no. Aquí el único imbécil había sido yo. No recordaba aún cómo había sucedido todo, pero… sin duda mi forma atrabancada de conducir aunado a lo que sea que hubiera hecho su padre para consolidar mi accidente (y eso que no estaba dando por hecho que realmente él hubiera tenido algo que ver) habían sido los verdaderos responsables de todo. No ella que me había advertido muchas veces: «Un día te vas a estrellar si te sigues creyendo Lewis Hamilton» y yo no le hice caso.

Por eso, para mí todo había sido un cúmulo de factores que se conjugaron para jodernos. Y la quise convencer de ello cuando por fin se incorporó.

Sus ojos llorosos me parecieron más claros de como los recordaba; verdes y brillantes. Sus pestañas negras lucían como dos espesos abanicos que la hermoseaban aún más. Las puntas de su largo cabello oscurísimo acariciaban mi pecho y me hacían cosquillas. Su aliento, su calor, sus yemas impregnándose en mi piel y su mirada profunda eran el único tacto al que respondía mi cuerpo. Thelma estaba preciosa.

—Pensé que ya… —dijo, con la voz quebrada—, ¡pensé que ya no despertarías!

—Hierba mala nunca muere, mi vida —bromee.

Intentó sonreír también, pero algo la agobiaba.

—Pepe… en verdad siento mucho que por mi cul…

—A ver —la interrumpí, limpiando sus mejillas. Carajo. Era tan hermosa. Sus labios tan gruesos, rojos como una fresa, mullidos, deliciosos. Habría querido besarla en ese rato, pero no quise ser imprudente. Estaba sufriendo y eso me conmovía—. No te vuelvas a sentir culpable por lo que pasó, ¿me lo prometes?

Thelma dejó de llorar, sin responderme. Se pasó dos mechones gruesos de pelo detrás de su oreja y me observó extrañada.

—Me dijeron que no te acuerdas de nada… ¿es eso cierto, Pepe?

Asentí con la cabeza, encogiéndome de hombros. Thelma suspiró, terminó de limpiarse las mejillas y me preguntó:

—¿Cómo te sientes?

—De la mierda —admití con una ligera sonrisa—. Confundido. Mi mente es un caos.

Thelma sonrió con naturalidad, por fin. Con lo que amaba verla sonreír. Luego su gesto se volvió a descomponer.

—Siento mucho haberte dejado… pero yo…

—No tienes ni que decírmelo, amor —la comprendí—: entiendo que tenías que retomar tu vida, trabajo y cuidar a Marcel —Recordar a mi hijo me provocaron ansias iracundas por mirarlo. Pero antes de preguntar por él quise que mi mujer se serenara—. Mierda, Thelma, supongo que mi gracia te ha de haber costado una fortuna.

Volvió a sonreír, suspirando fuerte.

—El dinero es lo de menos, Pepe —Se acercó otra vez a mí, y me acarició la frente con un gesto casi maternal—. Yo sólo quería que estuvieras bien.

—Dicen que fue un accidente muy fuerte.

—Fue espantoso —coincidió haciendo una mueca de terror—. Nadie pensó que sobrevivirías.

Sus manos estaban unidas a las mías. Sentir su calidez me reconfortaba.

—¿Y tú? —le pregunté con curiosidad—, ¿tú tampoco pensaste que sobreviviría?

Thelma volvió a sollozar:

—Yo no sabía ni qué pensar. Sólo quería que el mundo me aplastara… cuando me dijeron que habías quedado en coma me volví loca. Perdí la consciencia por varios días. ¡Quería morirme!

—No podías —apreté sus manos con una de las mías y con la otra froté su mejilla—, no debías. Hacías falta para Marcel. Los niños pueden vivir sin su padre, pero sin su madre nunca. Las madres son lo más sagrado que tenemos, y duele no tenerlas. Tú y yo lo sabemos.

Ella asintió con la cabeza, luchando para ya no llorar.

—Por eso fui fuerte.

Y de nuevo, retirando una de sus manos para limpiarse las lágrimas, volvió a preguntarme:

—¿De veras no te acuerdas de nada, Pepe?

—No… no. Y es algo frustrante.

—¿Cuál es tu último recuerdo? —la notaba inquieta.

—No tengo un último recuerdo. Todos son pasajes distorsionados de nuestra vida.

—Fue el día de nuestro aniversario —me dijo con voz agitada—, ¿te dice algo esa fecha?

Cerré los ojos y exprimí mis neuronas, pero todo fue en vano.

—Nada… no me dice nada nuevo. Pero si fue en esa fecha, supongo que estábamos juntos, ¿verdad? Vamos, que todos los años lo celebrábamos, eso sí lo recuerdo.

—No estábamos juntos… —me contestó muy seria.

—¿Por qué? —me sorprendí.

—Porque… —tragó saliva. Aspiró. Entre cerró los ojos—. Necesitamos hablar, pero no hoy.

—¿Qué pasó ese día, Thelma? —me alarmé.

—Te lo contaré, pero no ahora.

Su actitud era extraña. Me intranquilizó. Ella me observaba con tal atención como si quisiera encontrar algo dentro de mis pupilas.

—Ay, Pepe… —exhaló.

¿Pepe? ¿Sólo Pepe? Todo el tiempo me había llamado Pepe. No es que esperara que me llamara «señor Fernández» como los otros, ¿pero Pepe? Vamos, que yo era su marido.

—¿Por qué me llamas Pepe?

—¿Qué? —se contrarió.

—¿Ya no soy tu amor?, ¿tu tigre?, ¿tu hombrezote?

La miré vacilar, sonriendo, y me dijo:

—Claro, claro. Es que estoy… conmocionada, mi hombrezote. Estoy… feliz de tenerte de vuelta, mi amor. Pero todo es… tan extraño para mí. Me siento aturdida, pero contenta.

—Te entiendo, preciosa… pero… dame un beso, por favor. Quiero sentirte.

Por su extraño gesto, noté que mi petición pareció tomarla desprevenida, como si le hubiera pedido cualquier barbaridad, no un beso. Thelma percibió mi reacción a su conducta y de inmediato se recompuso, acercó sus labios preciosos a los míos y me dio un pico.

Fue rápido, fugaz, sin abrir la boca. Pero me gustó. Era el primer contacto íntimo que teníamos después de mil años. Por lo menos sentí paz. Era como si Thelma me proveyera de vida y calor.

Mi esposa era parte de lo que necesitaba. La otra parte era mi hijo, por quien no dudé en preguntar sobre su paradero.

—¿Dónde está Marcel?

Thelma tragó saliva, miró hacia los lados y de nuevo se volvió a mí, diciendo:

—Está con Daniel.

—Ah, sí, algo me comentó Esme —recordé.

—¿Esmeralda? —se extrañó.

—Sí.

—Bueno, pues sí; Marcel está con él.

—Quiero verlo.

—¿A Daniel?

—Sí, también, pero me refería a Marcel.

—Está en el colegio, cielo.

—¿En el colegio?

Claro. Yo lo seguía imaginando pequeño. A estas alturas claro que Marcel tenía una edad para estar en el colegio. Pero entonces me surgió una duda:

—Oí que te irías a Los Ángeles anoche —El rostro de mi esposa se contrajo—. ¿Marcel se iba a ir contigo?

—Sí… —respondió con un soplido.

—¿Y ahora dices que está en el colegio?

No me cuadraba un evento con el otro. No tenían cadencia. Me parecía ilógico por donde lo mirara. De hecho, no pude pasar desapercibido que Thelma volvía a desviar la mirada, y confieso que me asustó verla tan intranquila. Algo aquí no iba bien. Quise indagar, pero ella interrumpió mis pensamientos cuando me dijo:

—Daniel vendrá pronto… estuvo aquí en la madrugada, se quedó contigo buena parte de la noche, y hace rato se fue a descansar. También la pasó muy mal todo este tiempo.

Mi hermano. Pobre de mi Daniel. Todo un profesionista, ya. Un gran abogado. Sí, sí, nunca se cansaba de agradecerme de que por mi ayuda él era lo que era. Pero también es cierto que Daniel tenía sus méritos propios. Yo puse el dinero, él su intelecto y su constancia.

—Entonces, Thelma, si Daniel estuvo aquí… ¿también lo estuvo Marcel?

—No, Marcel no.

—Pero dijiste que nuestro hijo estaba con Daniel.

—Lo dejamos en la guardería en la noche.

—¿Por qué? —me extrañé—. Thelma… ¿por qué Marcel se quedó en la noche en la guardería si esta es su casa, nuestra casa?

Todo me parecía muy raro. Luego recordé que ella ya no vivía conmigo, tal y como me lo había dicho Esmeralda, y la angustia continuó enfriándome el cuerpo.

—Esto… es un poco fuerte para él —se justificó ella, poniéndose de pie para tomar distancia—. Tu accidente lo tumbó. Y verte aquí, postrado, lo afectó psicológicamente. Tuve que llevarlo con especialistas Pepe —Otra vez Pepe, carajo—. Todos convinieron en que debía de alejarlo de ti.

—¿Por eso es que no vives en esta casa? —indagué, y vi que Thelma se asombraba de que yo tuviera esa información, así que se limitó a asentir, avergonzada.

—¿Hace cuánto… que Marcel no me ve?

—Pepe —La voz de Thelma fue de pena y desconsuelo.

—¿Cuánto tiempo, mujer?

Agachó la mirada, como si se sintiera culpable de algo, entrecerró los ojos y me dijo:

—Casi tres años.

Sentí que algo muy denso se apretaba a mi pecho.

—Entonces… con la edad que tenía entonces y con la edad que debe de tener ahora —hice cuentas, dolido e indignado, pero sin el valor de reclamarle nada a mi mujer. Fue ella la que tuvo que lidiar con todo esto, y yo no me sentí con el derecho de juzgarla, por mucho que me doliera—… entiendo que Marcel ya no se acuerda de mí.

—No digas eso, Pepe…

—¿Marcel pregunta por mí?

—A veces —respondió ella, pero yo sabía que mentía, y mi dolor se intensificó.

—No… mi hijo ya no se acuerda de mí.

—Marcel sabe que papi está dormido… —me comentó como si le doliera algo dentro de su corazón. Un arrepentimiento en sus ojos. Una mala decisión que ya no podía cambiar, pues el daño estaba hecho—. Trata de entenderme, Pepe; el niño lloraba al entrar al cuarto y verte así, sin que le respondieras. Todavía era muy pequeño para explicarle lo que ocurría. Para asimilar lo que había pasado. Por eso… decidí que las cosas fueran diferentes.

Pobre de mi pequeño. Sentí un nudo en la garganta. Mi accidente no sólo me había afectado a mí, sino también a Thelma y a mi hijo. Nuestras vidas habían cambiado para siempre.

—Entiendo —musité sin entender, con una repentina ronquera que me raspó la garganta—. ¿Qué pasará cuando sepa que he despertado? ¿Me va aceptar? ¿Y si de verdad ya no se acuerda de mí?

—No pienses esas cosas, por favor —me suplicó—. Sólo hay que prepararlo para que no sufra un shock.

Asentí con agobio y pesar.

—¿Me enseñas fotos de él? —le pedí.

Thelma se sentó a mi lado. Sonrió con nostalgia. Agarró el celular que estaba en mi mesita de noche y luego abrió una galería de fotografías. Cuando vi a un jovencito erguido, delgado, alto y con unos ojos verdes brillantes como los de su madre, portando orgullosamente un traje de boy scout juro por Dios que me rompí desde el alma.

Lloré desconsoladamente de la única forma en que un hombre que ha perdido años de su vida sin ver crecer a su hijo lo puede hacer. Thelma me abrazó, consolándome con dulzura.

—¡Es… tan grande… y yo no lo vi crecer! —sorbí la nariz. Mis manos temblando. Mis ojos ardiendo.

Marcel seguía siendo pequeño, pero era enorme en comparación de como lo recordaba en mi memoria. Y muy bonito. Había fotos de viajes en las mejores playas de México; en disneylandia y en algunos lugares de Europa.

—Hice este álbum especialmente para ti —me reveló en un susurro, besándome la nuca—. Aunque admito que perdí la esperanza, en el fondo siempre soñaba con este momento, yo mostrándote sus fotos. De hecho tengo un álbum por cada año de nuestro hijo, en sus etapas y logros más sobresalientes. Los buscaré luego y te los enseñaré.

—Gracias… mi vida, muchas gracias.

Cogí su mano, que me apretaba el hombro izquierdo y la besé con todo el amor que tenía acumulado para ella. Entonces fue Thelma quien empezó a lagrimar. Se sentía culpable de algo. Y yo no la quería atormentar más.

—No quiero que pienses que fui indiferente a ti, amor, nosotros viajando y tú aquí… postrado —me dijo, llamándome «amor» por primera vez desde que despertara—. ¡Pero es que…!

—Shhh —la callé con una sonrisa compungida—: no te lo reprocho, Thelma. Tú eres joven, y Marcel tenía derecho de vivir su vida. Ambos tenían y tienen derecho de vivir su vida sin estar esclavizados a mí.

—Eres muy comprensivo… —me dijo con hilo de voz—, a veces… siento que no te merezco.

—Calla, tonta. Y sígueme enseñando fotos de mi pequeño. Es todo un hombrecito. Me emociona mirarlo aunque sea por este medio.

Hubo una última foto que me llamó la atención. Allí estaba Daniel con Marcelo, lo abrazaba y mi hijo lo abrazaba a él. En el fondo estaba una estampa que me recordó a Cancún. ¿Mi hermano y Thelma habían ido juntos a Cancún? Noté el afecto que había entre tío y sobrino y no supe cómo procesarlo.

—Tu hermano adora a nuestro hijo, y nuestro hijo a él —me comentó Thelma—. Todo este tiempo se ha sentido con la responsabilidad de fungir como la figura paterna que a Marcel le faltaba. Daniel está muy agradecido contigo, por todo lo que hiciste por él. Por esa razón, ahora se ha dedicado a Marcelo, y Marcelo ha encontrado en el tío Daniel un apoyo importante.

Me sentí emocionado al escuchar aquello.

—Me alegra mucho que Daniel y tú tengan un vínculo más estrecho a raíz de mi accidente.

Thelma agachó la mirada.

—¿Qué pasa?

—No te creas que tanto —me confesó.

—Pero entonces… lo de Marcel...

—Daniel solo se adjudicó el derecho de cuidarlo, de mirar por él y sus necesidades. De estar al pendiente de ti. Pero… conmigo, la relación no ha mejorado. Si nos toleramos es solo por ti y por el niño.

—Qué pena me da oír eso —respondí desilusionado.

Al mediodía Thelma mandó traer una ambulancia y me llevaron a un hospital de especialidades donde estuve casi dos horas. Me hicieron algunos estudios de sangre y una radiografía y mi esposa quedó de ir al día siguiente por los resultados, a fin de tener un nuevo tratamiento.

El resto de la tarde la pasamos conversando sobre nuestro hijo, y al poco rato apareció Daniel, que miró a mi esposa con aquella expresión que nos incomodaba a los tres. Thelma no soportó la presencia de su cuñado y decidió darme un beso en la frente y salir del cuarto, diciéndome que prepararía la comida.

Fue entonces que Daniel se acercó a mí, se sentó a mi lado y se echó a llorar como un niño.

—¡Eres un cabrón, un puto cabrón de mierda! —me decía mientras yo me destornillaba en risotadas—. ¡Y todavía te ríes, cabrón!

—Yo también te quiero, hermano —me burlé.

Se incorporó, se limpió las lágrimas y me observó con un gesto descompuesto.

—¿Has visto lo buenorra que está la enfermera más joven que me atiende? —le pregunté—. La rubita, la que se llama Esmeralda, como sus ojos. Pero no me veas así, hermano, que no lo digo por mí, que a Thelma no la cambio por nadie; sino por ti, que harían bonita pareja, que ya me han dicho que te quedarás a vestir santos. ¿O es que ahora te van los hombres?

Daniel se echó a reír, limpiándose las lágrimas.

—No me lo puedo creer, Pepe, que estés aquí, hablando pendejadas, y yo riéndotelas. ¡Creí morir cuando supe de tu accidente!

Y me volvió a abrazar. Daniel vestía de traje, con barba arreglada y su cabello negro echado hacia atrás, como todo un galán. Era apuesto, claro que sí. Supuse que tendría una lista de mujeres detrás de él.

—Gracias por todo, Daniel —le dije, palmeándole el brazo—, ya me ha dicho Thelma que has cuidado a Marcel como yo cuidé de ti cuando nuestra madre murió.

—Ese chamaco se da a querer. Lo quiero un chingo, Pepe. Todos los fines de semana me lo traigo conmigo al apartamento. Los martes y viernes paso por él en las tardes para ir a natación y los miércoles juega futbol.

—Lo sé, lo sé, hermano. He visto las fotos que me mostró Thelma. Gracias de nuevo, sin duda estos deportes han hecho que sus días sean menos fastidiosos. Te lo agradezco por él y por Thelma, que sé que lo ha pasado muy mal.

Daniel suspiró, enarcó una ceja y dijo:

—No lo hice por ella, Pepe, sino por ti… y por Marcel.

Mierda. Pese a todo, no me gustaba que se expresara con esa frialdad de mi esposa, con ese resentimiento. No se lo quise reprochar.

—Como sea, hermano, gracias por todo.

Daniel miró hacia la puerta, como verificando si alguien nos escuchaba o no, y luego me dijo en voz baja:

—¿Es cierto que no recuerdas nada?

—Es cierto —me lamenté—, pero me ha dicho el doctor que me vio esta mañana que la amnesia será temporal. Recobraré mis recuerdos y entenderé cómo diablos fue que me ocurrió esto. Hasta ahora sólo sé que fue en la noche, el día de mi aniversario, ¿pero a dónde iba? Cada vez que le pregunté a Thelma sobre esto… se ponía nerviosa, me evadía, y la verdad yo ya no quise estresarla. Tú… hermano, ¿sabes algo sobre lo que me pasó?

Daniel se quedó un rato en silencio, y luego me dijo:

—Hablé contigo esa noche, Pepe… y estabas borracho.

—¿Yo? ¿Borracho? ¿Por qué estaba borracho?

—Porque…

—Es hora de comer, cielo —dijo Thelma entrando de improviso a la habitación rato después.

Daniel entrecerró los ojos y yo suspiré.

—¿Te quedas a comer, Daniel? —le pregunté a mi hermano.

—Daniel tiene bastantes pendientes en la oficina, según entiendo —respondió Thelma con frialdad—, ¿verdad, cuñado?

Mi hermano miró a la puerta, Thelma lo miró a él y después se volvió a mí.

—En estos días te llevaré a cenar unos tacos de adobada y de res que te mueres, Pepe (sin ser tan literal) —me dijo Daniel, fingiendo recobrar la compostura—, déjame arreglar unos asuntos y por la noche regreso a verte.

Me dio un beso en la frente, apretándome los brazos, y yo asentí.

—Te traes el tequila más caro que encuentres —le dije, dándole un bofetón afectuoso—. Te quiero, Daniel, aun si no me has dicho por qué no viniste a verme durante las últimas semanas.

Daniel, que sonreía, ensombreció el rostro ante mi reproche. Percibí la incomodidad que sentía, pero al final respondió:

—Para mí era una tortura verte así… Pero no creas que me desentendí de ti. Todos los días recibía informes de tu salud. Aunque claro, resulta que todo era mentira.

—Ya, cabrón, quita esa cara de escroto que has puesto —me carcajee, sobreactuando mi alegría—, solo bromeaba.

Daniel sonrió poco convincente, volvió a darme un abrazo y después se marchó sin despedirse de su cuñada. Thelma le pidió a alguien que me llevara una bandeja de comida, y mientras tanto no pude dejar de pensar en las razones por las que me había emborrachado la noche de mi aniversario. ¿Por qué Thelma no había estado esa noche conmigo, si se supone que teníamos que celebrarlo?

En el fondo di gracias a Dios de que ella no hubiera estado en el auto, pero de todos modos todo esto no dejaba de parecerme sospechoso.

Todo se complicaba aún más por el hecho de saber que le había hablado por teléfono a Daniel, en estado de ebriedad. ¿Habría estado peleando con Thelma por algo que yo había hecho? ¿o… por algo que había hecho ella?

Aunque estaba inquieto, intenté no darle más vueltas al asunto. Ya habría oportunidad de conjeturar y… sobre todo, de recordar. Si algo había aprendido era que había más tiempo que vida. Thelma me dio de comer pollo a la plancha con verduras y después, por el cansancio, me quedé dormido en sus brazos. Habían sido muchas emociones para mí.

Cuando desperté más tarde me di cuenta de que no había despertado ni por la tarde ni por la noche, así que nuevamente había amanecido. Aunque Thelma no estaba junto a mí, me alegró ver a Esmeralda sentada a mi lado en el mismo sofá donde había estado mi esposa el día anterior.

Mi angelical enfermera estaba leyendo un libro de pasta roja. Miré el reloj de mi mesita de noche y vi que ya pasaban de las diez de la mañana del día siguiente.

—No mames, he dormido casi un día entero, como si no hubiera dormido ya por cinco años —dije riendo.

La joven de trenzas doradas elevó la vista y me sonrió cuando notó que había despertado.

—Me alegra verte con mejor semblante, Pepe.

—Gracias a ti, mi pequeña Esme —me sinceré—, pero dime, ¿cómo está tu mamá?

—Está mucho mejor, señor —sonrió.

No sé por qué, pero su sonrisa y sus ojos claros me causaban ternura.

—¿Me dijiste señor? ¿En qué quedamos?

—En que lo llamaría Pepe.

—Mucho mejor, pero recuerda que también quiero me tutees.

—Está bien —volvió a sonreír, cerrando el libro—. Como usted diga, Pepe. Quiero decir, como tú digas.

Alcancé su mano tersa, blanca como leche, y a Esmeralda se le fue el aliento. Todavía no podía procesar el hecho de que la hubiera descubierto chupándome los huevos mientras me masturbaba.

En cierto modo me causaba morbo, pero no puedo negar que al mismo tiempo me incomodaba. ¿Cuántas veces lo habría hecho en aquellos años? ¿De verdad lo había hecho por cuestiones médicas o más bien por alguna clase de fantasía o fetiche en la que le excitaba un hombre en coma?

—Gracias por lo que hiciste por mí, Esme.

—No hice nada, Pepe.

—Me salvaste la vida, pequeña, ¿y sabes qué?, esto nunca lo olvidaré. Ahora estoy en deuda contigo.

—Y yo contigo, Pepe —siguió mirándome con cariño—. Además, quiero alegrarte el día informándote que Eloína, la enfermera del mal, como tú la llamabas, también será juzgada por daños contra la salud y no sé qué otros cargos más. Don Edmundo también pagará muy caro. Tu esposa Thelma es una mujer determinante.

La verdad es que siempre me había sentido muy orgulloso de Thelma. Iba a decirle algo en relación a lo que me comentaba cuando percibimos que a lo lejos se oía una fuerte discusión. Era la voz de Thelma y la de Daniel. Volví a mirar el reloj y le pregunté a Esmeralda:

—¿Dani está aquí?

—Sí —respondió ella, tragando saliva—. Llegó hace rato. Me dijo la señora Thelma que hablaría con él, y me mandó contigo para estar al pendiente por si despertabas.

Asentí con la cabeza, pero me siguió pareciendo extraño que Daniel estuviera en mi casa tan temprano y, peor aún, que estuviera discutiendo tan acaloradamente con mi esposa.

—Oye, Esme, ¿Thelma y Daniel siempre pelean?

—Nunca los había visto pelear —se sinceró ella.

—¿En serio? —me extrañé.

Dentro de mí surgió una nueva duda cuando advertí la palidez de su semblante. Esmeralda frunció los labios, se atusó el cabello con nerviosismo y volvió su vista hasta la puerta. La discusión continuaba allá afuera, aunque ninguno de los dos lográbamos distinguir lo que se decían.

En determinado momento los aludidos se acercaron al pasillo que llevaba a mi cuarto. Esmeralda me observó y los dos volvimos nuestros ojos hasta la puerta.

—¡Actúa como el hombre que dices que eres y deja de fastidiar con lo mismo, Daniel, por favor! —Era Thelma la que gritaba.

Me incorporé ligeramente y agudicé el oído para entender la razón por la que discutían.

—Pues si tú eres tan mujer, ¿entonces por qué no se lo has dicho? —le respondió un Daniel que se oía verdaderamente exaltado—. ¿Cuándo carajos se lo piensas explicar?

—¡Eso a ti no te incumbe!

—¡Pepe tiene derecho a saberlo!

—Tú no decides a qué tiene derecho y a qué no —respondió Thelma furiosa.

—¿Prefieres que se entere por otra persona y no por ti? Porque visto lo visto, a ti te vale una mierda todo.

¿De qué “mierdas” me tenía qué enterar? El corazón me latió con furia. Mis músculos se empezaron a tensar.

—¿Entonces por qué no se lo dices tú, Daniel?

—Porque tú no me dejas, cuñadita, ¿ya se te olvidó cómo me corriste ayer con la mirada, porque pensaste que se lo contaría todo? Siempre alardeado que odias las mentiras, ¿y ahora te quedas callada?

Un feroz presentimiento me sacudió el cuerpo y el alma, secándome la boca.

—¡Por supuesto que odio las mentiras, Daniel!

—¡Pues entonces ahora entra y ten los ovarios para decirle que él ya no es tu único hombre!

Y en ese preciso momento, algo muy dentro de mí estalló de dolor.

CONTINÚA

DISPONIBLE NOVELA COMPLETA

Continúa en