Xtories

Q de calidad

La arena guardaba el secreto de una noche anterior, pero la noche siguiente prometía mucho más. Entre risas, sidra y miradas que queman, la línea entre la amistad y el deseo se difumina hasta desaparecer en la oscuridad de un baño de albergue.

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El sol se ponía tras un horizonte infinito y moteado de nubes grises cuando aparcamos el coche en el parking del albergue. Había sido un largo viaje hasta llegar al norte de la península desde que, a mediodía, habíamos abandonado el soporífero calor de la ciudad en busca del aire fresco de Asturias. Por delante, nos esperaba todo un fin de semana lleno de planes, risas y, por supuesto, sidra.

Lo primero que hicimos fue registrarnos en el albergue, un bonito edificio colonial a pie de playa del color de la tormenta, con dos pisos y un tercero abuhardillado. Una mujer con cara de pocos amigos y ademanes hoscos, nos condujo hasta la habitación que ocuparíamos, en el segundo piso. Era un cuarto estrecho, con las comodidades justas, dos literas a los lados, una amplía ventana al fondo con una espléndida vista al mar y un pequeño armario a un lado, del tamaño preciso para guardar las mochilas. El cuarto de baño estaba al fondo del pasillo, era compartido con el resto de las habitaciones de la planta, que no parecía estar muy ocupada.

Repartimos las literas, María y Marta dormirían en una y mi novia y yo en otra. Echamos a sorteo la altura y a mi me tocó la de abajo, igual que a María. No hubo discusiones y dejamos las mochilas tiradas por el suelo sin hacer uso del armario, dispuestos para irnos.

Estiramos los músculos aún entumecidos por el viaje y salimos en busca de un restaurante que nos habían recomendado, en el que ofrecían comida de calidad a un precio ajustado, y como no, buena sidra. Departimos y reímos mientras dábamos cuenta de unos cachopos y las botellas de sidra se sucedían, aguzando nuestro ingenio. Reímos durante la cena con diferentes anécdotas o bromas que se nos iban ocurriendo, a cada cual más absurda, hasta que tuvimos suficiente.

Al salir del restaurante caminamos hasta la playa y nos sentamos en la arena. Una fresca brisa templaba la noche veraniega, en la que algunas otras personas habían decidido acercarse también hasta la playa. Varios grupos de jóvenes se diseminaban por la arena sin armar demasiado escándalo. Otros paseaban aspirando el aroma húmedo y sedante del mar. Las olas rompían en calma sin llegar hasta nuestros pies, regalándonos la cadencia musical de su recreo.

Marta y María tenían cierta afición inconstante a la marihuana y se hicieron un porro que acabamos consumiendo entre todos. A mi aquello, lejos de desinhibirme igual que a ellas, terminaba por relajarme en exceso y, junto al cansancio acumulado de una dura semana de trabajo y a la fatiga del viaje, acabé pidiendo la hora de acostarme antes de tiempo. Informé de que yo me retiraba a descansar y aún tuve que luchar contra sus quejas, hasta que logré convencerlas con la promesa de invitarlas al desayuno al día siguiente. Mi novia, aprovechó la circunstancia para volver conmigo al albergue dejando a las dos muchachas en la playa, planeando abordar a un grupo de chicos que reían y bebían a nuestra derecha.

– No tardéis mucho, que ya sabéis que a la una el albergue cierra y ya no os dejan entrar. –Las advirtió.

– Sí, mamá – Contestó Marta con sorna mientras nos íbamos.

– Las veo durmiendo en la calle, ya verás – Le dije a mi novia mientras nos alejábamos.

– Bueno, mientras no nos despierten para colarse por la ventana. – Bromeó ella.

Era medianoche cuando llegamos al albergue. La misma recepcionista mal encarada nos recibió con un gruñido y nos advirtió sobre la hora de cierre, para que se lo dijésemos a nuestras amigas, nos avisó. Prometimos hacerlo y tras una breve visita al baño, en el que no había nadie, mi chica y yo nos encontramos en la habitación. A medio desvestir busque sus esponjosos labios y los encontré en un beso sereno y cariñoso. Agarrados de las manos nos sentamos en mi cama con los ojos fijos el uno en el otro, brillantes. Nos besamos y mis manos se perdieron con rapidez bajo su camiseta en busca de sus pechos. La ayudé a desvestirse y contemplé su busto exquisito cuando se quitó el sujetador. Acaricié aquellas dos montañas firmes, de buen tamaño, mientras ella reía. Me espantó con un manotazo y quiso ponerse el pijama, pero lo impedí lanzando mis labios hacia el hueco que se abría entre su cuello y su hombro. Ella se estremeció y quise ir algo más allá. Se había quitado los pantalones y acaricié la piel suave de sus muslos, pero de nuevo me apartó riendo. Jugamos durante unos minutos más en los que pensé que vencería sin saber que nunca había tenido oportunidad de hacerlo. Cuando al fin, derrotado, me di por vencido, ella se excusó diciendo que estaba cansada y que había bebido demasiada sidra, así que lo dejé estar y nos pusimos el pijama. Nos dimos un beso de buenas noches y me acosté con mi sexo palpitando entre las piernas.

Me acordé de Marta y de María justo antes de dormirme. ¿Qué estarían haciendo? Es posible que hubiesen tenido más suerte con aquellos chicos de la playa que yo con mi novia. Vencido por el cansancio me dormí con su rostro en la cabeza y me desperté con el rostro de María frente a mí, al otro lado de la habitación, en su cama.

Marta era la prima de mi pareja y María y Marta eran compañeras del penúltimo curso de universidad y, además, amigas. Ambas eran tres años más jóvenes que nosotros, pero la relación entre las primas era excelente y compartíamos muchos momentos juntos, a los que en ocasiones se nos unía María, o alguna otra amiga de Marta. Ocasiones como este viaje de fin de semana a Asturias u otras en las que salíamos a cenar o a tomar algo por Madrid. O incluso a la hora de quedarnos en casa viendo una película, no eran pocas las veces que se apuntaban.

Nos conocíamos bien y teníamos la confianza que dan los años de amistad en mi caso y los lazos de familia en el caso de las primas. La relación con mi pareja iba a cumplir los cinco años y acabábamos de invertir un dinero en un piso con intención de irnos a vivir juntos cuando terminasen de construirlo, para lo que aún faltarían como mínimo dos años. Se podía decir que teníamos un vida planeada por delante y manteníamos una buena relación afectiva, sana y cariñosa. Sin grandes sobresaltos.

María me miraba entre divertida y curiosa, con unos ojos pequeños y traviesos en los que se adivinaba la falta de sueño. Sus brazos descansaban sobre la sábana blanca que tapaba su cuerpo, solo dejando al descubierto su estilizado cuello y su menuda cabeza. Sonreí y me desperecé antes de levantarme.

– Buenos días – Saludé en voz baja – ¿Has dormido bien?

– Muy bien – Susurró ella mostrando una dentadura nívea de pequeños dientes alineados a la perfección.

Sonreí algo turbado y salí de la habitación en dirección al baño notando su mirada clavada en mi espalda. No fue hasta encontrarme en el pasillo cuando caí en la cuenta de que me había levantado igual que me dormí, con una potente erección. Deseé que María no lo hubiese advertido, aunque no sería fácil a tenor por el bulto que sobresalía de mi pijama, y quise que la tierra me tragara.

Al regresar a la habitación, Marta y mi novia ya se habían levantado y reían mirando por la ventana, a buen seguro por algún comentario absurdo.

– ¿Qué pasa? – Pregunté tratando de enterarme y buscando hueco para asomarme a la ventana yo también.

– Mira – Respondió mi chica señalando hacia la playa, donde unas letras grandes formaban una palabra – Creo que estas dos anoche ligaron.

– ¿Qué pone? – Pregunté mientras Marta y María reían.

– Calidad – Dijo esta última – Lo de la Q inicial es una broma que hicimos con unos chicos anoche en la playa.

Lo que había escrito sobre la arena era: Q de calidad.

– Vaya, pues parece toda una declaración de intenciones. – Les dije con tono de burla. – Entonces, ¿Ligasteis o no?

– No – Aclaró María estirando la última letra – Eran monos y nos divertimos un rato, pero la cosa quedó en nada.

– Sí – Prosiguió Marta divertida – Al final fueron un poco sosos. No hubo manera de sacarlos de la playa, ni siquiera invitándoles a un peta.

– Bueno, igual esta noche tenéis otra oportunidad. – Las animé y añadí, mirando a María – Está claro que han apreciado vuestros encantos.

– Ya veremos a ver – Respondió Marta dirigiéndose hacia la puerta – Voy al baño, que nos vamos a tener que marchar ya.

– Sí, venga. – Confirmó mi novia – A ver si con vuestras golferías vamos a llegar tarde, para no variar.

Aquello fue una invitación a la actividad para ponernos en marcha, habíamos planeado hacer el descenso del Sella y ya teníamos el tiempo justo para llegar. Al salir del albergue la recepcionista nos despidió sin ganas y nos fusiló con la mirada cuando Marta dio un grito demasiado alto a punto de rodar por la escalera. Reímos tanto por la exageración de su reacción como por la cara de malas pulgas de la encargada del albergue y salimos a toda prisa hasta la agencia donde había contratado las canoas. Apenas nos dio tiempo a tomar un desayuno rápido – al que invité, como había prometido – en un bar cercano, en el que devoramos unas tostadas y cruasanes mojados en la leche o el café, antes de montar en la furgoneta que nos llevaría hasta el río.

La experiencia del descenso en piragua fue tan divertida y fresca como preveíamos. El buen tiempo nos acompañó y pudimos remar entre la multitud de personas que descendía el río en estas fechas de finales de verano. Tuvimos tiempo para remojarnos en el agua, comer los bocadillos que nos habían preparado e incluso detenernos en alguno de los chiringuitos dispuestos en la orilla para refrescarnos la garganta con una botella de sidra. Cuando llegamos a la meta y dejamos la piragua junto a las demás ya era media tarde y, aunque estábamos cansados de tanto remar, aún nos quedaban fuerzas para terminar el día.

En el albergue volvió a recibirnos la misma mujer hosca de siempre y nos preguntamos si nunca descansaba. Quizás también vivía allí, dilucidamos. Mantuvimos la compostura a duras penas soportando su escrutinio severo y aguantando la risa al ver su ceñudo rostro.

Nada más llegar a la habitación me tumbé en la cama con un suspiro de alivio, por fin un minuto de descanso. Entre el castigo de todo un día al sol y el esfuerzo de los remos, necesitaba un momento de relajación.

– No te tumbes mucho, que te aplatanas y al final es peor – Me advirtió mi novia.

– Correré el riesgo – Respondí acomodando la almohada.

– Yo estoy deseando ducharme – Respondió ella mientras sacaba la ropa interior de su mochila y recogía la toalla.

– Yo también – Dijo Marta – Nos duchamos y vamos a cenar algo ¿no? Estoy muerta de hambre.

– Yo también tengo hambre – Convino María. Y añadió, echándome una mirada cómplice – Pero tampoco me vendría mal descansar un minuto.

Marta se había quitado la ropa y se paseaba en bikini por la habitación. Observé su cuerpo delgado y esbelto, la ausencia de pecho que la tenía algo acomplejada y que lo convertía en un cuerpo de reminiscencias infantiles. Su rubia cabellera y sus labios gruesos, rellenos, le hacían parecerse a su prima. Marta tenía los ojos aún más claros y el rostro algo ovalado, pero en ocasiones habían pasado por hermanas sin dificultad. Ambas de la misma estatura, cuerpos similares con traseros encogidos y espaldas anchas, melena rubia, ojos claros. Dos bellezas clásicas de curvas más prometedoras que reales.

Cuando María se quitó la camiseta, el contraste de su piel tostada con la de las otras dos la hizo brillar en el medio de la habitación. María era de menor estatura que ellas, deslizaba su figura estilizada con movimientos felinos, como si quisiera pasar desapercibida. No le sobraba ni un gramo de grasa y mostraba unos músculos fibrosos en brazos y piernas y un abdomen fuerte y liso. Un busto reducido apenas llenaba el bikini, como dos breves colinas en mitad de un páramo. Al abandonar el pantalón corto en el suelo su trasero pareció ganar aún más curvas de las que tenía, sus leves caderas juveniles lo sostenía sin dificultad, lo delineaban con una perfección absoluta. Durante solo un segundo, una punzada de atracción hizo vibrar algo en mi estómago, el tiempo que tardó en tumbarse en su cama. La fina línea de sus labios se curvaba con gracia cuando sonreía, siempre con una timidez calculada que formaba parte de su encanto. Sus ojos pequeños, oscuros y almendrados me miraban intensos desde la litera.

– Yo también necesito descansar un rato. – Me dijo rompiendo el silencio.

– Esto de remar cansa – Dije por decir algo.

– Y tanto. Además, Marta apenas remaba, pero no se lo digas – Río divertida, mostrando apenas sus pequeños dientes puntiaguados.

– Que me vas a contar – Repliqué – Se ve que a las primas lo de remar no les va mucho.

Reímos durante un rato mientras recordábamos todos los sucesos divertidos que habíamos pasado durante el descenso del río, y el tiempo pasó tan rápido que me sobresalté cuando entraron Marta y su prima en la habitación. Creí que se habían ido hacía un par de minutos.

– Venga – Me apremió mi novia – ¿Que hacéis aquí todavía? Pensaba que ya os habríais ido a duchar.

Bufé mientras me levantaba y buscaba la ropa interior y la toalla en mi mochila. María salió disparada por la puerta y, cuando yo hice lo propio, la vi caminar por el pasillo, con pasos cortos y pausados, su típico y grácil contoneo. Entré al baño detrás de ella y la perdí de vista cuando se internó en una de las cabinas de ducha sin reparar en mí. Tanto el aseo como las duchas eran unisex en todo el albergue, cosa que nos había sorprendido al enterarnos.

– Dúchate rápido que estas dos tienen hambre – Dije al aire con intención de que me oyese María y entrando en la cabina contigua a la suya.

Su risa templada llegó desde detrás de la puerta al mismo tiempo que el ruido del agua cayendo sobre el suelo.

– Yo también tengo hambre – Replicó con pausa.

Me mordí el labio sin saber muy bien porqué y encendí el agua. Me imaginé a María desnuda, a pocos centímetros de mí, tras aquella delgada pared de fina madera que separaba una ducha de otra, el agua cayendo sobre su cabeza, en la que multitud de trenzas con piedras de color verde engarzadas formaban un atractivo peinado azabache de aire hippie, sus delicadas manos enjabonando aquel cuerpo dorado y menudo. Me obligué a abandonar aquellos pensamientos cuando mi entrepierna vibró solicitando mi atención. Ajusté la temperatura del agua más bien fría y metí la cabeza bajo la ducha.

– Sale bien el agua – La voz de María colándose entre las grietas de la pared que nos separaba. – Que gusto.

– Sí – Dije con poca convicción, con su voz suave colándose a través de los poros de mi piel – Algo fría.

El agua de su ducha dejó de sonar y al rato escuché su puerta abrirse.

– Ahora nos vemos – Se despidió.

Me demoré en terminar la ducha y en secarme, dejando transcurrir un tiempo antes de salir de la cabina para no encontrarme con María en el baño. Sin embargo, al salir ella aún seguía allí. Se miraba en el espejo y se atusaba el pelo, por fortuna, ya vestida. Yo me había puesto solo unos pantalones y me sonrió al verme a través del espejo.

– Cuanto has tardado, nos van a echar la bronca estas dos hambrientas – Dijo con sorna.

– Tu también has dicho que tenías hambre.

– ¿Tu no? – Me preguntó mientras se daba la vuelta y clavaba sus ojos negros en los míos.

– Sí… – Tardé demasiado en responder – La verdad es que también tengo hambre.

Me miró el pecho y acercando su mano derecha a mi hombro lo rozó levemente. Varias pulseras de plástico de diferentes colores bailaron en su muñeca. Unos dedos suaves y cortos me acariciaron con tanta delicadeza que mi piel se erizó de golpe.

– Te has quemado un poco – Dijo con seriedad – Deberías darte crema. ¿Te duele?

– No – Respondí sincero, ni siquiera me había dado cuenta de haberme quemado – Creo que hemos traído after sun, ahora me echo un poco.

La mención indirecta a mi novia la obligo a retirar la mano y se volvió para dirigirse a la puerta. Se despidió con su calma habitual en la voz y levantó la mano mientras salía hacia el pasillo, dejándome allí plantado, con la boca abierta y los poros de mi piel aún inquietos. Me atusé el pelo con la mano arreglando mi aspecto antes de regresar a la habitación y me miré los hombros, el lugar justo donde María había posado sus dedos. Aún podía sentirlos allí.

– ¡Vamos! – Me acució mi chica cuando me vio entrar – ¿Qué haces que no estás vestido todavía? ¡Tenemos hambre!

– Ya lo sé – Respondí con fastidio mirando a María, que sonreía divertida sin enseñar los dientes – Ya estoy listo.

En un segundo me puse una camiseta y salimos por la puerta. En el piso de abajo la encargada nos miró con cara de malas pulgas mientras salíamos y nos despidió con un bufido. ¿Qué le habríamos hecho? Nos preguntamos. No había respuesta para esa pregunta, pero sí continuas risas, que quizás formaban parte de la respuesta.

Encontramos un sitio donde comer bien y barato sin muchos problemas y compartimos varias raciones – croquetas de cabrales, tortos de maíz, pastel de cabracho y chipirones – regadas con buena sidra. Al salir, nos acercamos a otra sidrería para continuar la fiesta en unas mesas altas con cuatro taburetes que tenían en la puerta. Varias botellas de sidra volaron escanciadas en las hábiles manos de los camareros en vasos que nosotros bebíamos sin apurar. La noche se hacía fresca pero a nosotros nos parecía cada vez más caldeada.

Notaba las mejillas sonrojadas y una cinta que se iba posando en mi cabeza cuando pedimos la última botella de sidra entre fuertes carcajadas. No sé quien había hecho la última broma, pero no podíamos parar de reír. María apoyó su mano sobre mi antebrazo y lo acarició en un gesto descuidado que pasó desapercibido para todos excepto para mí. Sus dedos tersos presionando mi piel, posados durante una bendita eternidad, haciendo que todos mis sentidos se aplicasen a esa mínima franja de mi cuerpo donde presionaban. La miré desde aquella pequeña burbuja que se había formado entre nosotros dos y vi sus ojos negros fijos en mí, intensos y curiosos, con un punto de atrevimiento. La burbuja se rompió en un par de segundos, cuando el camarero me acercó un vaso y vi que María lo señalaba con la cabeza, animándome a cogerlo.

Continuamos la fiesta animados, pero cada cierto tiempo, entre María y yo se formaba esa pequeña pausa llena de intimidad y que al principio juzgué derivaba de la sidra. Sus piernas se rozaban con las mías de forma casual cuando se sentaba en el taburete, y se mantenían así, pegadas a mí durante unos breves instantes en los que los sonidos se hacían distantes, hasta volver a aparecer de golpe, como un estruendo. Nos hicimos múltiples fotos en las que ambos buscamos aparecer uno junto al otro, su cuerpo pegado al mío, la ligereza de su cadera sobre la mía, agarrándonos, sus manos posadas en mis hombros, las mías en sus caderas más tiempo del necesario, atrapando el calor de su cintura. En ocasiones, su cabeza permanecía junto a la mía, renunciando a las otras dos integrantes del grupo, que reían ajenas a todo. María y yo no reíamos en las fotos, sino que mostrábamos una sonrisa contenida, ambos concentrados en un leve roce de las piernas y en el tacto casual de nuestra piel, en un juego que duraba breves segundos antes de desaparecer, olvidado durante unos minutos, hasta que reaparecía de forma inevitable minutos más tarde, transformando nuestra piel en un animal salvaje necesitado del contacto con el otro.

Cuando decidimos ir hacia la playa, como la noche anterior, sin poder ingerir ni una gota más de sidra, lamenté la distancia de aquel cuerpo de piel atezada y de apariencia frágil. Sin pretenderlo, dejé que Marta y su prima se alejarán un poco y María se retrasó conmigo.

– Al final no te has echado crema – Me dijo sonriendo.

– Es cierto, con las prisas… – Alegué.

– Ya – Dijo alargando la última letra y añadió con un guiño – Estábamos hambrientas. Será mejor que te la eches antes de irte a la cama.

– A ver si me acuerdo.

– Luego te lo recuerdo yo – Dijo posando sus suaves dedos en mi antebrazo de nuevo, volviendo a generar esa burbuja, esa pausa que detenía el viento y las nubes del cielo.

– Venga – Grito Marta hacia nosotros rompiendo el paréntesis – Que tengo ganas de bañarme.

Rieron ante aquella posibilidad, que al final no se dio, y llegamos a la playa. Nos sentamos a escuchar el rumor de las olas mientras Marta se hacía un porro con la pericia que da la práctica. Apenas lo probé, no estaba acostumbrado a fumarlos y la cabeza ya me daba suficientes vueltas con tanta sidra. Los chicos de la noche anterior no estaban en la playa y bromeamos con la pérdida de esa posible conquista amorosa de las dos amigas hasta que el cansancio de un día lleno de actividades y emociones nos fue venciendo y, antes de que nos cerrasen el albergue, decidimos irnos a descansar.

Llegamos un minuto antes de que la recepcionista malhumorada cerrase la puerta y no nos libramos de su breve regañina y su advertencia para mantener silencio durante la noche, lo que nos obligó a aguantar la risa hasta que nos perdimos escaleras arriba.

– ¡Uf! – Bufó mi novia una vez entramos en la habitación y se hubo tumbado en mi cama – Estoy muy cansada.

– Yo también – Dije. Y era cierto, había sido un día largo, pero divertido.

Me tumbé en la cama a descansar un minuto y la vi ponerse el pijama antes de acostarse. Marta y María también se estaban cambiando y no quise mirar para no incomodarlas, pero fui incapaz de resistirme a echar un fugaz vistazo en el que pude observar el perfecto trasero de María bajo unas bragas negras que apenas lo cubrían. Su espalda doblada en un gesto elástico para coger algo del suelo, en la que la columna marcaba una delgada línea que se perdía tras sus hombros.

Marta había tardado menos en vestirse y se disponía a subir a la litera cuando me levanté con intención de ponerme el pijama. Me quedé de pie junto a la cama de mi novia para darle las buenas noches y un instante después María caminó hacia mí y me tocó en el brazo para que la dejará pasar. Una leve presión de sus dedos sobre mi antebrazo, que se quedaron allí un segundo más de lo debido mientras ella hablaba, como si quisiera indicarme algo.

– Voy al baño antes de acostarme.

La dejé pasar y escuché la puerta cerrarse a mi espalda mientras me ponía un pantalón corto y una camiseta que hacían las veces de pijama improvisado. Unos segundos después, yo también sentí la necesidad de ir al aseo.

– Voy al baño, amor – Le dije a mi novia antes de salir por la puerta.

Contestó con un gruñido a punto de caer dormida y escuché la voz de Marta desde su cama antes de salir de la habitación.

– Apaga la luz, por favor.

Hice lo que me decía y me dirigí hacia el aseo, al fondo de la planta. Al entrar no vi a nadie y oriné temiendo romper el silencio de la noche en una de las cabinas con váter que se alineaban al doblar una esquina dentro del baño. Cuando volví a la zona de lavabos me encontré con María, que se miraba al espejo distraída. Se dio la vuelta al verme en el reflejo y se encaró conmigo.

El silencio era ligero alrededor de nuestros cuerpos y una nube densa empezaba a formarse entre nosotros cuando ella rompió el hielo.

– Al final no te has echado crema – Volvió a decirme, como si aquella conversación de unas horas antes hubiese quedado suspendida.

– Con las prisas… – Repetí yo también.

No hizo falta nada más, sus manos cogieron las mías y la distancia que separaba nuestros cuerpos se volvió inexistente. Posó sus labios cálidos en los míos, que se abrieron sin resistencia, ofreciéndose a ella, desatando todo el ardor que había ido acumulando a lo largo del día. Nuestras lenguas se unieron en un juego de contorsionismo con el que se buscaban sin cesar. Agarré su cara temiendo que escapase cuando ella me mordió el labio con poca suavidad. Volví a hundirme entre los suyos, cerrando los ojos y perdiendo la cabeza durante un instante, sin saber ni cuando ni en que lugar me encontraba. Su sabor era dulce, con cierto aroma cítrico que me cautivaba. Su saliva me embebía por completo con un beso repleto de húmeda pasión que se perdió en el tiempo con furia.

Cuando al fin mis músculos pudieron reaccionar, ella ya estaba acariciando mi pecho por dentro de mi camiseta. La imité y posé las manos en los suyos en un gesto delicado, como si temiese propasarme. Ella suspiró y se agitó contra mí, intuí que había tardado demasiado en hacerlo y apreté aquellas perfectas colinas, firmes sobre el sujetador, en las que sobresalían dos erizados pezones.

Me empujó contra la pared con una fuerza impropia de ese cuerpo, que contenía una pasión y un nervio desenfrenado. Jadeé al chocar contra los azulejos y ella se apretó contra mí, sus labios buscando los míos de nuevo.

Con las manos en sus hombros quise apartarla un instante, contemplar aquellos ojos oscuros, de intensa mirada, en los que se perdían mis remordimientos. A escasos metros de allí, mi pareja dormía, ajena a todo. Podía venir a buscarnos, ella o cualquier otra persona. Quizás Marta. Un gota de pánico se deslizó por mi frente y me así a sus hombros con intención de detenerla. Fue imposible, su boca me devoraba sin que yo pudiese evitarlo, sin que yo quisiese evitarlo, y me hundí de pleno en el deseo, en la lujuria de su cuerpo de pantera, en sus ademanes ágiles, elegantes y desesperados por buscar mi sexo bajo el pantalón, que gritaba su nombre desde el encierro.

– Espera – Conseguí articular sin saber porqué, cuando sus manos arrancaron mi camiseta y ella se aferraba a mi pecho con toda la furia de sus manos y sus labios.

Me miró desde la insondable pasión de sus ojos felinos y sonrió taimada.

– Ven – Dijo separándose de mí y cogiéndome de la mano.

Me condujo a través del aseo hasta la zona de las cabinas de váteres que se alineaban en fila. Volamos sobre el silencio de las baldosas color crema hasta el último habitáculo y nos colamos dentro como dos animales en busca de refugio.

Sin darme tiempo a nada más, y ante mi atenta y embobada mirada, se quitó la camiseta y a continuación dejó caer el sujetador al suelo. Su pechos se mostraron ante mí erguidos, apuntándome afilados, plenos de juventud y lo sentí tersos y estables entre mis dedos. Una areola pequeña y oscura rodeaba sus pezones, puntiagudos como lanzas, que yo devoré extasiado. Ella suspiraba con las caricias de mi lengua sobre aquellos dos botones, pero apenas me dejó disfrutar de aquel manjar. Con un escurridizo movimiento se escabulló de la presa de mis labios y de pronto volví a encontrarme con su lengua en la boca. No protesté ante la delicia de sus besos.

Apenas unos segundos después, mis pantalones caían al suelo sin que yo supiese como. Los calzoncillos siguieron el mismo camino y mi polla se vio cubierta por sus pequeños y hábiles dedos, que la masajeaban con soltura. Suspiré agradecido y me aferré a sus pechos, no quería soltarlos jamás, pero me obligué a acariciar su espalda con una mano, aquella piel sedosa y tostada. Seguí con los dedos la fina línea de su columna hasta llegar a su trasero. Su pantalón también había desaparecido sin que yo supiese como y acaricié sus bragas primero y una de sus perfectas nalgas después. La apreté como si tratase de hacerla mía, hundiendo los dedos entre sus glúteos, separándolos y arrancando un leve jadeo a su boca, que se pegaba a la mía sin cesar. Me dediqué con ambas manos a sobar aquel hermoso trasero de curvas sobrecogedoras mientras ella gozaba con mis caricias, a tenor por sus crecientes suspiros.

Cuando sus dedos abandonaron mi falo, eché en falta sus besos, y de golpe, como si de una prestidigitadora se tratara desapareció de mi vista, dejándome con un jadeo entre los labios. Bajé la mirada pasmado, observando las pequeñas trenzas de su cabeza a la altura de mi entrepierna, su boca a punto de devorar mi sexo. Lo engulló con determinación, con el deseo colgando de sus labios. Lo saboreó una y otra vez, haciéndolo desaparecer entre sus dientes con precisión. Acompasaba los movimientos de su boca con los de sus labios, con la caricia de sus manos. Eché la cabeza hacia atrás extasiado y apoyé las manos en su cabeza, rugosa por las trenzas, cuando mi verga se hundió por completo en su garganta. La hizo desaparecer varias veces, con idéntico movimiento y a punto estuve de derramarme en su interior. Su saliva caía por su barbilla cuando mi falo volvía a aparecer, como por arte de magia y ella la esparcía con la lengua en una suerte de masaje húmedo que me tenía al borde del clímax.

La hice levantarse, a pesar de sus reticencias a soltar mi verga y la besé, degustando el aroma de mi sexo en sus labios. Busqué su entrepierna y la encontré desnuda, no sabía como habían desaparecido sus bragas. El calor de su sexo atrapó mis dedos y hundí uno de ellos en la humedad de su cueva con facilidad. Jadeó agradecida y apretó su mano contra la mía con urgencia. La penetré primero con un dedo, después con dos, abriendo aquella caverna ardiente y empapada. Quise devolverle el placer que antes me había dado y abandoné la seguridad de su guarida para buscar el botón de su placer.

Lo encontré hinchado y palpitante y lo acogí entre mis dedos mientras ella gozaba con mis caricias. Su pecho se elevaba hacia el mío con cada uno de sus jadeos hasta que me detuvo casi con brusquedad. Con un leve movimiento me sentó sobre el váter y con una agilidad propia de una bailarina se subió sobre mí y se dejó caer despacio, hundiendo mi polla en su interior.

Nos unimos en un jadeo prolongado que duró el segundo que tardó mi falo en estar acoplado en su coño por completo. Hundí mis labios entre sus pechos, aquel busto me pareció ahora poderoso, inflamado por el deseo, impropio de ese cuerpo frágil y leve, que empezó a moverse a un ritmo frenético, llevado por una ardorosa desesperación de llegar al orgasmo.

Lamí sus pezones, los succione, mientras ella se aferraba a mi cabeza primero, a mis hombros después. Casi no podía respirar, aprisionado entre sus senos. Me liberó con un rápido movimiento, echando la espalda hacia detrás sin dejar de moverse sobre mí. Mi verga abriéndose paso entre las paredes de su oquedad sin cesar, una y otra vez, en un baile de irregular y ardiente cadencia que nos iba a llevar hasta tan deseado clímax.

Metió una mano entre sus piernas y acarició su clítoris antes de coger mi mano y atraparla entre sus muslos, casi con violencia. Mis dedos, dirigidos por los suyos se posaron en el centro de su yema y lo noté duro, excitado, a punto de explotar. Apartó mi mano con violencia y se oprimió contra mí, bailó encima de mi sexo, unidos a través de esa extensión de mi cuerpo que se clavaba en ella, anhelante y ansiosa por el calor de su entrepierna.

Su baile, pasional, furioso, tan ardiente y húmedo que chorreaba sobre mis muslos, se volvió frenético, se apretó contra mí, aprisionándome en su interior, apretando mi sexo contra las paredes de su cueva, golpeándolo hasta morderme la clavícula justo un segundo antes de soltar un jadeo quedo, sollozante. Se cuerpo entero se agitó, temblando, los músculos contraídos hasta que, desprovistos del vigor inicial cayeron laxos, como el resto de su ser, sobre mi pecho. La respiración agitada susurrando en mi oído un musical completo de placer.

Me aferré a su trasero, terso y curvado, casi quemaba. Sostuve su orgasmo entre mi brazos, ceñidos a los lados de su cuerpo, la piel sudorosa en contacto con la suya. Cuando abrió los ojos, me besó con suavidad, posando la fina línea de su boca en mis repletos labios, deseosos de los suyos. Sus caderas se elevaron y gimió al devolver la libertad a mi sexo. Una catarata bañó mi pubis y fluyó sobre mis pantorrillas. Fue solo un instante, el tiempo que tardó en arrodillarse y engullir mi polla. Con manos temblorosas me masturbó mientras la punta de su lengua jugaba con mi glande. Lo lamía con tanta sutileza, siempre en el sitio exacto donde yo requería que lo hiciese, que apenas podía dejar de gemir. Ahogue un grito cuando todos y cada uno de los músculos de mi cuerpo se contrajeron. Mi abdomen se curvo de forma violenta y al instante siguiente exploté, exhalando el aire de mis pulmones con tanta fuerza como la que ella utilizó para introducirse mi polla en la boca. Agarré su cabeza con débiles manos y descargué todo mi esperma en su garganta, maravillado con la habilidad que tenía para seguir lamiendo mi asta sin sacarlo de la boca. El espacio se redujo hasta sentir que las paredes se caían, que el techo se abría y me mostraba cientos de estrellas en la noche oscura. Cuando al fin abrí los ojos, María se sacaba mi trozo de carne de la boca y un chorro de saliva, quizás con algo de mi semen, atravesó su barbilla en dirección a la zona baja de mi vientre.

La visión de aquel rostro complacido y sonriente, lascivo y ardiente aún de deseo, me turbó hasta el punto de obligarme a dejar de mirarlo. Su atractivo me obligó a besarlo, a saborear los flujos que aún guardaba entre sus labios. Un instante de airada lujuria que terminó en el momento justo, cuando ella se puso en pie y río con gracia.

Su cuerpo, esbelto y menudo se mostró desnudo ante mí. Ese cuerpo que me había enloquecido unos minutos antes, y con el que supe que soñaría durante toda mi vida, noche tras noche.

Miró mi sexo, que yacía inerte, escondido tras la siembra del maná que guardaba en su interior. Ese maná que ella había paladeado con entusiasmo y con el que aún se relamía. Se limpió la barbilla con el dorso de la mano con un grácil movimiento y a continuación cogió papel higiénico para limpiarse la entrepierna.

– ¡Uf! – Bufó. Su voz sedosa se volvió algo áspera. – Cómo me has puesto. Hacía mucho tiempo que no lo pasaba tan bien.

Las palabras no acudían a mi boca, aún embobado con lo etéreo de sus gestos. Deseé abrazarla, volver a sentir su piel entre mis dedos, pero me contuve. Yo también hacía mucho tiempo que no lo pasaba tan bien. En realidad, no sabía si alguna vez lo había pasado tan bien.

– Ya pensaba yo esta mañana que tenías algo interesante ahí – Prosiguió señalando a mi entre pierna con un gesto del mentón y sonriendo fuerte, con picardía.

Miré hacia abajo azorado y me puse en pie, tapándome como pude.

– Qué locura – Dije, la voz apenas me salía en un susurro.

– Tranquilo – Respondió rauda, confundiendo la intención de mi expresión, que era referida a la locura de su cuerpo, la gracia y la destreza de sus movimientos sobre mí, a su sonrisa, a aquellos ojos de felinos, a su piel morena, su pelo negro, a su intensa mirada oculta en esos ojos pequeños y almendrados y a su olor salvaje, a hierba y tierra húmeda, a sexo – Esto no va a salir de aquí.

Lo dejé estar y respiré hondo mientras buscaba mi ropa por el cubículo que ahora se me hacía escaso. Su presencia no me estorbaba, el roce de su piel mientras nos vestíamos en silencio, con prisa, era lo mínimo que deseaba de ella.

– Salgo yo primero – Dijo sin darme tiempo a responder, perdiéndose al otro lado de la puerta.

Tardé una eternidad en seguirla o quizás solo fueron unos segundos. Mi camiseta yacía fuera, en el suelo, junto a los lavamanos, y ni siquiera había sido consciente de haberla dejado allí. La recogí y me lavé la cara, los brazos, las piernas, sentí el deseo de ducharme pero no quería eliminar su olor de mi cuerpo por completo.

En la habitación me recibió una penumbra de respiraciones sosegadas. La luz de la luna se filtraba entre los agujeros de la persiana cuando me tumbé sobre el colchón. Su voz suave, calmada vibró en el aire hasta mi oído, transformando el aire en deseo desde una litera a otra.

– Buenas noches.

– Buenas noches. – Respondí.

Y a fe que lo fueron. Lo habían sido. Recordé el mensaje escrito en la playa y sonreí para mí, no les faltaba razón.