Xtories

A orillas del deseo

La brisa del norte no borraba el calor que Irene encendía en Javier. Entre miradas en la playa y mensajes prohibidos, la línea entre la lealtad y el deseo se desdibuja hasta que la puerta del apartamento se entreabre. Esta vez, no hay vuelta atrás.

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Me llamo Javier. En torno a los 40 años, sevillano de nacimiento, publicista de profesión y, felizmente en pareja. Llevo varios años con Clara, mi novia, compañera de vida, cómplice en muchas cosas... pero no en todas. Ella es dulce, organizada, un poco controladora a veces, pero siempre ha sido mi refugio en la tormenta. Vivimos juntos en Sevilla, en un piso luminoso del centro, con azotea compartida y vecinos que se saludan por el nombre. Llevamos una vida tranquila. Demasiado tranquila, quizá.

Este verano decidimos hacer algo distinto. Salir del calor sevillano, del asfalto que arde, de la rutina predecible. Cogimos el coche y pusimos rumbo al norte, hacia Cantabria, buscando aire, brisa, mar. Habíamos oído maravillas de una playa escondida, así que alquilamos un apartamento cerca, con terraza y vistas a la costa. Era nuestro pequeño paraíso por dos semanas.

No sé cómo empezó todo exactamente. Supongo que fue en esa playa, donde el mar rompe con una fuerza casi sensual contra la arena mojada y la brisa huele a sal y promesas. Clara y yo habíamos llegado buscando escapar de la rutina, como cada verano. Pero este año... este año algo se rompió. O se encendió. Aún no lo tengo claro.

Fue el segundo día cuando los conocimos. Marcos e Irene. Ellos pusieron sus toallas cerca de las nuestras y al poco ya hablábamos de vinos, rutas por los Picos de Europa, y las mejores vistas de la zona. Clara y Marcos conectaron rápido. Él era un tipo simpático, de conversación fácil. Irene, en cambio, era más tranquila. Pero tenía algo. Una forma de mirar. De moverse. Como si cada gesto suyo estuviera medido para provocar sin esfuerzo. Y joder, lo lograba.

Los cuatro estábamos en torno a los cuarenta, con esas pequeñas arrugas junto a los ojos que cuentan historias de vida. El tercer día, nos invitaron a su apartamento para unas copas por la noche. Marcos sacó vino tinto, Clara llevó unas aceitunas y queso curado, e Irene apareció con un vestido corto de tirantes, sin sujetador, que me hizo tragar saliva nada más verla.

Charlábamos de cosas banales: música, viajes, series. El ambiente se volvió más distendido conforme las copas se vaciaban. Clara se reía con Marcos sobre alguna anécdota absurda de sus vacaciones pasadas, mientras yo sentía el calor del cuerpo de Irene junto al mío en el sofá. En un momento en que ella se inclinó para coger una copa de la mesa, su brazo rozó el mío. Luego su muslo. No se apartó. Tampoco yo.

Clara, desde el otro lado de la mesa, comentó:

—Parece que os habéis hecho buenos amigos —dijo entre risas, mirando a Irene con una ceja arqueada.

Irene le devolvió la sonrisa con dulzura, pero sus dedos apenas se movieron sobre mi pierna, rozándome disimuladamente por debajo del mantel.

—La verdad es que Javier tiene una conversación muy entretenida —dijo, bebiendo un trago, sin apartar la vista de mis ojos.

Fue apenas un segundo. Pero ese contacto lo dijo todo. Había intención. Había deseo.

La primera vez que nuestras miradas se cruzaron en serio, sentí algo raro en el estómago. No mariposas, no. Más bien, un golpe. Directo. Irene me sostuvo la mirada un poco más de lo normal. Luego sonrió. Y ahí supe que aquello no iba a ser una amistad de vacaciones más.

Los días siguientes fueron un juego silencioso. Miradas. Risas tímidas. Un roce "accidental" en la toalla. Ella estirándose de espaldas, dejando que el bikini apenas le cubriera el culo. Yo, fingiendo mirar al mar, pero con la polla dura bajo el bañador. Clara no se enteraba de nada, o fingía no ver.

La cosa subió de nivel cuando me siguió en Instagram. Me temblaron los dedos al aceptarla. Al poco ya estaba reaccionando a mis historias. Una noche, subí una foto de una copa de vino en la terraza del apartamento y me respondió:

"¿Solo?"

Le puse una carita con una ceja levantada. Me contestó con una foto suya. En pijama, sentada en la cama. Tirantes finos, escote profundo. Sin sujetador. La piel clara, los pezones duros marcando la tela. Casi me corro con solo verla.

Esa noche me masturbé en el baño mientras Clara dormía. Pensando en ella. En cómo sería olerla, saborearla, follarla sin piedad.

Al día siguiente, en la playa, Irene me sonrió como si supiera exactamente lo que había hecho. Y juro que sus ojos me dijeron: "Yo también lo hice".

Los mensajes se volvieron más calientes. Me preguntaba qué me gustaba hacer en la cama. Le dije que me gustaba mandar. Que me calentaba que me chuparan la polla mientras la otra persona mantenía el contacto visual. Que me encantaba follar por detrás mientras sujetaba el pelo con una mano. Ella me mandó un audio. Su voz era suave, susurrante:

"Pues a mí me encanta que me usen así. Que me digan qué hacer. Que me follen como si no hubiera un mañana."

Mi polla palpitaba con cada palabra. Era una tortura deliciosa. Y cada vez estábamos más cerca.

El viernes, todo explotó. Me escribió por la mañana:

"Marcos se va a surfear. Estaré sola de 10 a 12. Si vienes, la puerta estará abierta."

Tardé cinco minutos en decidirme. Mentí a Clara. Le dije que iba a correr por el acantilado. Me duché, me perfumé. Me latía el corazón como un tambor de guerra.

El apartamento de Irene estaba a dos calles del nuestro. Subí las escaleras de dos en dos. La puerta estaba entornada. Empujé. El silencio me envolvió. Solo se oía el mar de fondo. Entré.

Ella estaba de pie, en el salón, con una bata blanca. Nada más. Me miró. No dijo nada. Solo se acercó, despacio. Su olor era una mezcla de crema corporal, piel caliente y deseo.

Nos besamos con hambre contenida. Nuestros labios se buscaron, se mordieron. Le abrí la bata con las manos temblorosas. Sus pechos se alzaban, firmes, perfectos. Bajé la cabeza y le chupé un pezón con fuerza, mientras mi otra mano bajaba por su vientre hasta rozar su coño. Estaba empapada. Se arqueó y gimió suave.

—Dios, te he deseado tanto —le susurré al oído.

—Hazme tuya —respondió, clavando las uñas en mi espalda.

—No aún —le dije con una sonrisa. —Primero quiero verte rogar.

Nos tiramos al sofá. Se puso de rodillas, me desabrochó el pantalón y sacó mi polla, dura como nunca. La miró un segundo, luego se la metió en la boca. Gemí. Su lengua era pura magia. Me la chupaba con una mezcla de ternura y lujuria. Me miraba a los ojos mientras me la tragaba entera, con las lágrimas humedeciéndole las pestañas. Joder, casi me corro ahí mismo.

La levanté, la tumbé de espaldas en el sofá y me bajé a su entrepierna. Su coño tenía un sabor dulce, salado, adictivo. Le chupé el clítoris despacio, con precisión, mientras le metía dos dedos. Jugaba con sus ritmos, deteniéndome justo cuando ella comenzaba a temblar. Le hablaba al oído:

—¿Te gusta así, Irene? —le susurraba mientras le mordía el cuello. —¿Quieres más?

Ella apenas podía articular palabra. Gemía, se retorcía, suplicaba.

—Por favor... —jadeaba— no aguanto más, Javier... métemela ya. Por favor, fóllame.

Entonces, y solo entonces, me metí entre sus piernas y la penetré de un solo golpe. Gritó. Se aferró a mis hombros. Comencé a follarla con fuerza, marcando cada embestida. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba el salón. Ella se movía debajo de mí, como si hubiera esperado esto toda la vida.

La puse de rodillas en el sofá, le agarré el pelo y le metí la polla de nuevo por detrás. Su culo se alzaba perfecto, sus gemidos eran más salvajes ahora.

—Te gusta así, ¿eh? —le dije.

—Sí, joder, dame más... fóllame...

La cogí de las caderas y aceleré. Su cuerpo temblaba. Gritó cuando se vino, con espasmos que la sacudieron entera. Yo me corrí segundos después, enterrado dentro de ella, rugiendo, sintiendo que me vaciaba como nunca.

Caímos los dos al sofá, empapados en sudor. Nos miramos. No dijimos nada durante un rato. Solo nos escuchábamos respirar. La miré. Vi en sus ojos algo más que deseo. Había complicidad, culpa... y una chispa de algo peligroso. Algo adictivo.

Luego ella se levantó, se puso la bata sin cerrar y me acarició el rostro:

—Esto... no ha sucedido, pero tampoco ha terminado, Javier.

Y tenía razón. Porque aunque volví al apartamento con Clara, con la cara lavada y la ropa cambiada, algo había cambiado. Algo irreversible. El sabor de Irene seguía en mi boca. Y su humedad aún la sentía en los dedos.

Esa noche, mientras cenábamos los cuatro juntos, Clara le comentaba a Marcos:

—Es curioso lo bien que nos llevamos en tan poco tiempo, ¿verdad? —dijo, bebiendo un sorbo de vino.

—Sí, es como si nos conociéramos de antes —añadió Marcos.

Irene me lanzó una mirada desde el otro lado de la mesa. Una sonrisa cómplice. Y su pie, bajo la mesa, rozó el mío. Suave. Como un aviso. Como una promesa.

Lo prohibido ya era nuestro terreno. Y no pensaba dar un paso atrás.