Xtories

Ganas de desahogarse

Ella lo miró con esos ojos oscuros y le preguntó si en serio quería ayudarla a desahogarse. Él no supo negarse, y ahora, encerrados en la oscuridad de un aula cerrada, el silencio del instituto se rompe con el sonido de sus cuerpos chocando.

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La música volaba desde una atracción a otra mezclándose hasta convertirse en un barullo de sonidos apenas reconocibles. Desde las tómbolas donde se gritaban, con voz amplificada por los altavoces, los prometidos premios que nadie se llevaría a casa, hasta la sirena con la que acababa y se iniciaba cada viaje en los coches de choque, pasando por la risa atronadora del tren de la bruja, cada atracción trataba de atraer a los despistados jóvenes y niños que pasábamos por allí. Todos aquellos chirriantes y estridentes sonidos se enredaban entre los empalagosos aromas de las manzanas de caramelo o los grasientos bocadillos de calamares y chorizo de los puestos improvisados por asociaciones de barrio y partidos políticos. No había necesidad de comprar nada para paladear la mezcla de los diferentes sabores incrustándose en el cielo de la boca.

Cerca de la medianoche, mis amigos y yo habíamos cogido unos cuantos vasos de litro de calimocho, a los que llamábamos mini, en una de las casetas y los bebíamos tumbados en el césped que se extendía junto al instituto entre bromas y risas. A pesar de estar algo apartados de la calle principal del parque, en busca del precario nivel de intimidad que ofrecía la distancia de las farolas, veíamos desfilar a la gente que acudía a la feria sin cesar. La música de los coches de choque se confundía con la del chiringuito más cercano, obligándonos a hablar algo más alto de lo habitual, pero aquello no hacía más que acelerar la cadencia de nuestras chanzas, que fluían al mismo ritmo que aumentaba la ligereza con la que los minis se deslizaban de una mano a otra.

Los vapores del alcohol pronto nos convertirían en seres de risa fácil y respuestas rápidas que no siempre resultarían coherentes. El calor propio de aquellas noches de estío iría desapareciendo de la misma manera que nuestras inhibiciones. Y pugnaríamos por ver quien decía la guasa más grande sin importarnos a quien de nosotros fuese dirigida la burla, conocedores por encima de todo de la amistad que nos unía. Un puñetazo calculado para hacer el daño justo o un coscorrón inocente solucionaban cualquier disputa. Y si dos de nosotros se revolcaban por el suelo no era más que para medirse en un combate de fuerza, sin intención de humillar o dañar al contrario.

La rivalidad era algo más impetuosa en cuanto a las chicas se trataba, sin perder, eso sí, ni un ápice de inocente honradez. No siempre el más fuerte o quien más rápido desenfundaba la sinhueso tenía más éxito con las muchachas del barrio. Otros factores, como el físico o un determinado rasgo de carácter, entraban en juego en este arte en el que también competíamos sin quererlo y en el que tan pocos éxitos cosechábamos. Los reiterados rechazos de las chicas que nos rodeaban y nuestros ineficaces e inexpertos acercamientos a ellas, daban como resultado un apoyo mutuo e inquebrantable ante los constantes fracasos.

Era en este último arte en el que menos cómodo me encontraba, aunque paradójicamente todos me tenían como uno de los más exitosos de la pandilla a la hora de las conquistas sobre el sexo opuesto. Lo cierto era que apenas había tenido un par de escarceos pasajeros con un par de compañeras de instituto antes de salir con Laura. Ella había sido mi relación más duradera, pero había terminado unos meses atrás debido, casi con total seguridad, a mi inmadurez. El duelo por aquella ruptura apenas se extendió unos cuantos días, mi inconsciencia juvenil así lo disponía. Ya habría tiempo para encontrar otras chicas a las que dedicar el tiempo. Llegaba el turno de disfrutar con mis amigos o al menos eso era lo que quería creer. La realidad era que desde que rompí con Laura no había encontrado a ninguna otra chica receptiva a mis disimulados encantos. Y lo peor era que ni siquiera había estado cerca de encontrarla. Cierto es que tampoco lo había buscado con ahínco, ya aparecerá, me decía intentando engañar a mis desatadas hormonas juveniles que me pedían a gritos y sin descanso que me acercara a cualquier joven que estuviese a mi alcance o incluso fuera de él.

En el instituto solía fijarme en algunas compañeras sin atreverme a dar el paso adelante, intuyendo que sería infructuoso. En los bares y discotecas que frecuentaba con el resto de la pandilla, las chicas no nos hacían demasiado caso y aunque a veces creía cruzar alguna mirada prometedora con alguna de ellas, nunca terminaba de animarme a la hora de llamar su atención. Me encontraba en un callejón sin salida que empezaba a hacerse demasiado oscuro y estrecho y en el que no atisbaba ninguna luz que me indicase el camino de salida. Procuraba llevarlo lo mejor posible y disfrutar de los amigos y la fiesta. Desde luego, aquella noche era lo que pretendía hacer.

La noche seguía su curso y el ambiente festivo no decaía. Grupos de chicos y chicas de diferentes edades se esparcían a nuestro alrededor, sembrando aquel trozo de gente de risas y voces festivas. La gente del barrio iba y venía en un fluir que no cesaba, algunos conocidos se sentaban con nosotros unos instantes y después de saludar volvían con su grupo de amigos. En uno de estos grupos que iban y venían llegó Marta, una de mis compañeras de clase. Había repetido curso y no solía dirigirnos la palabra más allá de lo imprescindible. La mayor parte de su grupo de amigos había dejado el instituto y era con ellos con quienes se acercaba hacia nuestro trozo de hierba. Hablaban y reían con gran estruendo, siendo ella una de las que más alentaban al grupo, como solía ser su costumbre. Su carácter jovial, ya de por si desinhibido, se mostraba en todo su esplendor, sin duda por la cantidad de alcohol ingerido. Iba regalando bromas y vaciles a unos y otros, fueran o no conocidos, hasta que llegó hasta donde estábamos nosotros.

- ¡Hey! - Exclamó en un tono de voz demasiado alto. - Aquí están los pardillos de mi clase.

Coronó la frase con una fuerte risotada y sin esperar nuestra respuesta continuó dirigiéndose a nuestro grupo.

- ¿Dónde habéis dejado a las chicas de clase?

- Te han visto venir y se han ido – Dijo alguien desde el otro lado del grupo provocando nuestras risas.

Marta acompaño nuestras carcajadas con las suyas.

- ¡Anda ya! No os quieren ver ni en pintura. - Añadió sonriendo.

Con otra fuerte risa hizo amago de continuar su camino pero se detuvo para dirigirse a uno de sus amigos con intención de que la escuchásemos.

- Estos no me valen para quitarme el calentón – Su risa y la de su amigo se esparcieron sobre nosotros.

- No tienen pinta ni de haber catado pelo– Corroboró su amigo siguiendo la broma y añadiendo más leña al fuego.

- Con las ganas de follar que tengo – Añadió ella con una exagerada socarronería.

Sus amigos se rieron mientras nosotros pasábamos a ignorarla pero antes de que reanudase la marcha para salir de la pradera de césped donde nos encontrábamos volvió a dirigirse a nosotros.

- ¡Vosotros! - Gritó con fingida fanfarronería y provocando la risa de sus amigos - ¿Alguno quiere hacerme un favor? Tengo ganas de echar un polvo.

Acto seguido se dio la vuelta y se marcharon atendiendo tan solo a sus risas y sin escuchar que uno de nosotros había respondido de forma afirmativa. Sin saber porqué y sin mucha convicción, la palabra “yo” había salido de mis labios casi de forma involuntaria. Me arrepentí casi en el mismo instante de pronunciarla y suspiré aliviado cuando vi a Marta darse la vuelta y a mis amigos reírse de lo que pensaron era una inocente ocurrencia más de aquella noche de fiestas y a la que no dieron ninguna importancia. Sin embargo, yo sí se la di, quizás más de lo que debía. Durante un rato me abstraje de las voces y risas de mis compañeros sin poder quitarme a Marta de la cabeza. Apenas me había fijado en su ropa o su figura, pero me di cuenta de que recordaba a la perfección su risa espontánea y contagiosa, algo exagerada, y sus dientes blancos y pequeños, relucientes en la oscuridad de la noche. Me pregunté porque había contestado y no supe obtener una respuesta cierta, aunque quizás la más obvia era que le hubiese hecho aquel favor que pedía sin dudarlo. Como cualquiera de mis compañeros, me dije. Pero no, Marta no era una de esas chicas a las que todos deseábamos en la distancia y que veíamos inalcanzables. Marta era una chica de las que denominábamos del montón, suplía sus carencias en cuanto al físico con una personalidad divertida y carismática, no exenta de cierto aire introvertido que me resultaba encantador. A menudo, sus bromas lanzadas con cierto descaro, escondían un toque de pudor que hacía que se le sonrojaran las mejillas, dándole a su tez morena un atractivo que en ese momento juzgué irresistible. Nunca antes me había parado a pensar en ella de esa manera, pero resultó que Marta era a mis ojos mucho más de lo que pensaba.

- ¡Eh! - Grito Javi sacándome de mis cavilaciones - ¿Vamos a por unos minis o qué? Que estás en babia.

- Sí, sí – Titubeé volviendo a la realidad – Vamos si queréis.

Nos levantamos y fuimos a por más calimocho, que no sería el último de la noche. La fiesta continuó hasta la madrugada y no volví a pensar en Marta hasta que llegué a casa. Una vez tumbado en la cama, los ecos de su risa se colaron en mi cabeza y me pregunté si su pregunta había ido en serio o solo era uno más de sus vaciles. En caso de no ser esto último, ¿quién habría sido el afortunado? Imaginé que habría sido alguno de sus amigos o quizás había encontrado a cualquier otro afortunado, no le resultaría difícil. De nada servía pensar en ello, no podía saberlo y, además, yo nunca sería el escogido. Me convencí de que solo debía haber sido una de sus bromas soeces con las que solía divertirse y el sueño me venció tan rápido como terminó el fin de semana. Las fiestas habían concluido y el lunes había que volver a clase.

La semana fue pasando a su velocidad habitual, como un relámpago. Casi sin darme cuenta el viernes se plantó ante mis narices y el ambiente de algarabía y diversión contenida previo al fin de semana se podía sentir en el aula. Sonreíamos y gritábamos más, nos gastábamos más bromas y a los profesores les resulta más difícil contenernos que el resto de los días. Estábamos deseando salir de aquella prisión vespertina. A la hora del recreo y antes de comernos el habitual bocadillo en el patio, quise ir al baño antes de volver a clase. Los del patio solían estar llenos así que decidí ir a los del piso de arriba, que a esa hora estarían más tranquilos. Recorría el pasillo vacío cuando me encontré a Marta al doblar una esquina. Me lanzó una de sus medias sonrisas socarronas antes de saludarme con una de sus bromas.

- ¿Qué, un apretón?

- No te creas – Contesté intentando aparentar serenidad – Pero tu sabrás, que de ahí vendrás.

Recibió mi réplica divertida antes de contestar.

- No te creas tu tampoco. Vengo de clase de la Piños, quería que me subiera la nota y al final me la ha bajado la muy capulla - Se quejó.

- Joder, que putada. - Dije con sinceridad – La tía esta es lo peor.

- ¡Bah! - Exclamó haciendo un gesto con la mano para restarle importancia. - Estoy acostumbrada. Mientras me apruebe me da igual.

- Ya, eso sí – Respondí algo intimidado sin saber que más decir.

- Bueno tío, vete al baño a ver si te lo vas a hacer encima – Río mientras hacía amago de continuar su camino.

Me reí e hice lo mismo cuando de nuevo escuché su voz a mi espalda.

- ¡Oye! - Titubeó mientras yo me daba la vuelta para mirarla y mientras clavaba sus oscuros ojos en los míos. - ¿Lo del sábado iba en serio?

- ¿Lo del sábado? - Pregunté confundido

- Sí, no te hagas el tonto, te escuché. - Respondió ella con demasiado ímpetu.

Tragué saliva recordando el momento al que se refería. Durante toda la semana había estado más atento que nunca a sus movimientos. Sin que ella notase nada, o eso pensaba, me había fijado en algunos detalles que antes me habían pasado desapercibidos. Observaba su pelo negro bailando sinuoso sobre sus hombros o sus manos inquietas de dedos finos jugando con un boli mientras se mordía el labio inferior. Apenas había podido fijarme en sus ojos negros, pues su miraba me turbaba hasta extremos que no comprendía. La observaba caminar por los pasillos, ligera, como si no pisase el suelo. Su grácil figura parecía hecha para pasar inadvertida y quizás así fuese para el resto, pero no para mí. Aquel cuerpo delgado que ocultaba sus escasas curvas bajo un aspecto a propósito desaliñado, había pasado a llamar mi atención sin habérselo propuesto. Durante esa semana no había salido de mi cabeza, envuelto en una especie de obsesión que, pensé, no iba a ninguna parte y que estaba dispuesto a aniquilar. Sin embargo, allí estaba ella, haciendo saltar por los aires todas mis intenciones en un solo segundo, preguntándome si me acordaba de lo ocurrido el sábado. ¿Qué si me acordaba? No pensaba en otra cosa.

- ¿Y qué es lo que escuchaste? - Pregunté a la defensiva tratando de mostrarme tranquilo.

- Vale, tío – Respondió dejando asomar de nuevo su encantadora sonrisa antes de girarse amenazando con irse – Te iba a hacer una propuesta, pero si no quieres no pasa nada.

- Espera – Mi instinto respondió por mi antes de que terminase de darse la vuelta, pero no supe que más añadir.

- ¿Y bien? - Dijo ella sin dejar de sonreír ante mi azorado silencio. - ¿Contestaste tu o no?

- Sí – Dije bajando la mirada – Supongo que fui yo.

- ¿Supones? - Preguntó con un bufido

- Sí – Dije rascándome la cabeza – Supongo que sé a lo que te refieres.

- Claro que lo sabes, pareces tonto pero no lo eres – Dijo riendo – Entonces ¿sigues respondiendo que sí?

- Supongo que sí – Respondí sin pensarlo.

Bufo mientras me cogía de la mano para arrastrarme a través del pasillo.

- Eres un panoli, ven conmigo.

- ¿A dónde vamos? - Pregunté con demasiada inocencia.

- Ahora lo verás – Respondió con indiferencia.- Quiero quitarme la mala hostia que me ha dejado la Piños y creo que me puedes ayudar.

Caminé detrás de ella sin soltar su mano durante el breve tiempo que tardamos en llegar hasta el final del pasillo y que a mi me pareció una eternidad. Por el camino, a excepción de dos o tres personas, las aulas estaban vacías y fuimos dejándolas atrás una a una hasta que nos detuvimos frente a la última puerta. El tacto de su piel era tan suave y cálido que decidí no querer desprenderme nunca de su huesuda mano, sin embargo, mi deseo no se cumplió y me soltó antes de acercarse a la puerta.

- ¿Qué haces? - Pregunté con una mezcla de alarma e intriga.

Sin contestarme comenzó a agitar el pomo de la puerta mientras hurgaba con algo en la cerradura. Aquella puerta siempre había estado cerrada con llave y lo cierto es que nunca me había preguntado que es lo que habría tras ella. Siempre habíamos supuesto que sería una especie de almacén o cuarto para guardar trastos, sin darle más vueltas. En apenas unos segundos Marta me miró triunfante mientras me indicaba con un gesto de la cabeza que la siguiese. Vacilé unos instantes y miré hacia el pasillo para comprobar que no había nadie observando. A continuación, la seguí con rapidez hacia dentro del aula cerrando la puerta detrás de mi.

A primera vista, más que un aula aquello parecía un trastero. Las persianas de las ventanas del fondo estaban cerradas a cal y canto y toda la luz que iluminaba la estancia procedía de los pocos fluorescentes que aún funcionaban y que Marta había activado pulsando el interruptor al entrar. Una luz apagada bañaba de sombras varios pupitres apilados casi hasta el techo y que ocupaban el espacio de tres de las paredes. En el centro del aula se apiñaban de forma caótica unas decenas de sillas unas sobre otras. Parecían estar en un precario equilibrio y me detuve temiendo que pudiesen desmoronarse en cualquier momento si rozaba algo que no debía. Algunas de las mesas y sillas estaban cubiertas por grandes trapos que alguna vez, hace mucho tiempo, habían sido blancos, pero que ahora añadían un tono grisáceo al cuarto. Me giré al ver a Marta dirigirse hacia la única pared donde no había pupitres apilados y siguiendo el único camino por el que era posible moverse. Pegada a esa pared, donde había tres ventanas como en el resto de aulas, varias mesas de las que usaban los profesores descansaban una junta a otra acumulando polvo. Se sentó sobre una de ellas y vi sus dientes nevados asomando entre la penumbra.

– Ven – Me llamó imperiosa sin alzar demasiado la voz – Vamos, no te quedes ahí.

Obedecí sin pensármelo y me senté junto a ella con todo el cuidado de que fui capaz para no tirar nada.

– ¿Ya habías estado aquí antes? – Pregunté a pesar de conocer la respuesta.

– Claro. – Sonrió divertida. – Aquí puedo hacer pellas sin que nadie me moleste.

No supe que contestar y observé el trozo de una pizarra que asomaba detrás de unas sillas mientras masticaba el polvo que había en el ambiente. Por un momento había olvidado las palabras de Marta antes de entrar allí pero me vinieron de golpe a la cabeza al sentir su mano posándose en mi muslo. Observé como se deslizaba hacia mi rodilla para después volver a ascender casi hasta mi ingle.

– ¿Qué pasa, te molesta? - Su voz sonó inquieta entre aquellas cuatro paredes.

– No – Respondí demasiado seco y girándome para mirarla.

Sonreía con picardía, mostrándome aquella dentadura perfecta no del todo alineada pero que parecía sacada de un anuncio de dentífrico por su radiante color blanco. Sus mofletes comenzaban a colorearse y algo vibro en mi interior. Coloqué mi mano sobre la suya justo en el momento en que sus labios se posaban sobre los míos. Me besó con más delicadeza de la que le hubiese supuesto, al menos al principio. Apenas tardamos unos segundos en acomodar la postura para quedar frente a frente. Con ambas manos sobre mi nuca me atrajo hacia ella y comenzó a besarme, entonces sí, con pasión, hundiendo su lengua en mi boca. Una lengua fina y puntiaguda que jugueteaba con la mía improvisando una danza jamás bailada.

Aquella postura no era muy cómoda, así que optó por levantarse para colocarse frente a mí. Su estatura, algo menor que la mía, favorecía que nuestros besos quedasen a la misma altura mientras yo permanecía sentado sobre la mesa. Mientras ella sujetaba mi cara con las manos comencé a recorrer su cintura con las mías. Apenas unos segundos después llegué hasta sus pechos y los acaricié con delicadeza, temiendo propasarme. Su reacción me invitó a continuar y durante un instante mantuve mis manos sobre aquellas dos pequeñas montañas picudas que apenas sobresalían de su cuerpo. Las volví a bajar a través de su talle antes de llegar a su trasero. No había demasiado donde agarrar, pero al tacto era algo más prominente de lo que se intuía por encima de su ropa. Lo apreté con ambas manos, sobándolo a mi antojo y la atraje ligeramente hacia mi sin dejar de besarla ni un solo instante. Al hacerlo sus labios dejaron escapar un suspiro y viajaron por mi mejilla hasta mi oreja para después deslizarse hacia mi cuello. Me estremecí con el contacto y sentí como lo chupaba con fruición, haciendo rodar su lengua hasta mi clavícula.

- Quítate la camiseta – Dijo con voz queda irguiéndose mientras ella hacía lo propio.

Obedecí y de inmediato sus manos cálidas se posaron sobre mi pecho desnudo. Contemplé su pequeño sujetador de color negro que no llegaba a rellenarse del todo con su busto. Dos pequeños puntos sobresalían bajo la tela justo en el centro de cada pecho. Mi entrepierna vibró contenta y lo hizo más aún cuando con un hábil movimiento desabrochó su sostén y lo dejó caer al suelo. Sus pechos se alzaron ante mi ojos en todo su esplendor. Dos colinas perfectas coronadas cada una de ellas por una aureola oscura y un pequeño pezón erizado en el que apetecía plantar una bandera. Me relamí sin poder dejar de mirarlos y como si hubiese adivinado mis intenciones atrajo mi cabeza hacia su pecho colocando sus manos en mi nuca.

Mis labios y mi nariz quedaron encajados en su leve canalillo y aspire su delicioso olor juvenil. Una mezcla de lavanda con lilas salteado de gotas de sudor. Empezaba a hacer bastante calor en aquel cuarto. Cuando me permitió moverme dirigí mi cabeza hacia la izquierda y saboree lo que antes solo podía oler. Hice jugar a mi lengua con su pezón y sentí como se estremecía. Para que no tuviese envidia, me giré hacia el seno derecho y lo traté con la misma delicadeza con que había tratado al otro. Mis manos, que aún no habían entrado en acción consiguieron vencer su parálisis temporal y acariciaron su cintura desnuda hasta que llegaron a sus pechos. La piel tersa y delicada de aquellas dos pequeñas lomas me impidió, en un primer instante, estrujarlas como deseaba, por temor a estropearlas. Las acaricié con deleite y las sentí tan duras entre mis dedos que me animé a apretarlas con cuidado, atento a su reacción.

Marta suspiraba con las manos en mi nuca, cautivada con la visión de mis labios y mis manos jugando con sus preciosas tetas. Pero quería más. Me apartó casi con brusquedad y volvió a besarme con pasión. Eché de menos el exiguo refugio de su busto, pero me consolé con rapidez con el calor de sus labios carnosos. A continuación, sus manos descendieron raudas desde mi torso hasta mi entrepierna, donde encontraron un duro bulto deseoso de escapar de los pantalones vaqueros. Lo frotó con decisión con la palma de la mano antes de delinearlo con los dedos.

- Levanta – Me apremió con un tono risueño y un brillo juguetón en los ojos.

Lo hice sin articular palabra, agarrado a su ceñida cintura. Sin dejar de mirarme a los ojos, no perdió ni un solo instante en desabrochar los botones de mi pantalón, con una destreza que anunciaba a las claras su experiencia en estas lides. Con una sonrisa los bajó hasta mis tobillos con algo de ayuda por mi parte. Mi verga abultaba mis calzoncillos y Marta se lanzó a por ella con ambas manos mientras mordisqueaba el lóbulo de mi oreja izquierda. Me estremecí, más con el tibio contacto de sus pezones en mi pecho que con el juego de su lengua en mi oído. Apenas unos segundos después, mis calzoncillos hacían compañía a mis pantalones y Marta posaba sus rodillas en el suelo con la punta de mi enhiesta verga entre los labios.

Rodeó mi glande con la lengua antes de introducirlo en la boca y arrancarme un gemido de placer intenso. Lo chupo con deleite a ritmo lento pero sin pausa. Posé mis manos sobre mi cabeza y tomó aquel gesto como una indicación para tragarse mi polla por completo. Ahogué un grito en la garganta recordando donde estábamos y sentí como mi boca se secaba cuando un hilo de saliva cayó entre mis pies justo después de que Marta se sacase mi falo de la boca. A continuación, volvió a la tarea, esta vez no solo tragando mi capullo, sino todo el mástil de mi verga una y otra vez en un ritmo ascendente que a punto estuvo de llevarme al clímax.

Como si lo hubiese adivinado se detuvo y se puso de pie sin soltar mi erecta y brillante asta. La acarició mientras me besaba con tanta pasión que creí que iba a caerme sobre las mesas. Estrujé sus pechos con fuerza y me soltó sonriendo, agarró mi cabeza con ambas manos y volvió a apretarla contra su canalillo. Su intenso olor se deslizó a través de mis fosas nasales, golpeando mi cerebro y haciendo palpitar mi sexo. Chupé sus pezones como si de un caramelo se tratasen y ella rió divertida aflojando la presa que hacía sobre mi nuca. Se apartó para mirarme sin dejar de sonreír. Permanecía completamente desnudo y extasiado y por un momento temí que aquello acabase allí mismo, que solo se hubiese tratado de un broma, apareciese alguien desde detrás de una mesa o una silla y tuviese que salir corriendo, avergonzado y con el rabo entre las piernas, nunca mejor dicho. Pero aquel funesto pensamiento solo duró un instante, el que tardó Marta en darme la siguiente orden.

- Túmbate ahí encima – Dijo señalando las mesas a mi espalda.

Las miré inseguro pero me senté sobre ellas y me recosté incómodo, soltando los pantalones y los calzoncillos de mis tobillos. Mientras tanto, Marta se había quitado los vaqueros y las bragas con celeridad y se disponía a subirse a las mesas conmigo. La madera crujió y por un momento temí que no aguantase el peso, aunque la delgadez de ambos era bastante patente en el punto en el que nos encontrábamos. No sé de donde ni en que momento había sacado un preservativo pero en cuanto estuvo a mi lado me lo colocó con más habilidad de la que lo hubiese hecho yo y, antes de subirse a horcajadas sobre mí, empujó mi pecho hasta que mi espalda chocó contra la mesa. La miré anonadado, sin creerme aún lo que estaba a punto de ocurrir. Observé los rasgos afilados de su rostro y su estrecha mandíbula, que mantenía su boca entreabierta, como deseosa de gritar. Permanecía concentrada, con la vista fija en mi cara, que debía ser la de un estúpido, pensé. Las mejillas de color carmesí sobre su tez morena me recordaron al color de un melocotón maduro.

Marta se sentó sobre mi pubis hundiendo mi polla en su húmedo sexo con facilidad y dejando escapar un suave gemido. Agarré sus caderas en el mismo instante en el que comenzaba a moverse. Su cuerpo se deslizaba sobre el mío de delante hacia atrás con un leve movimiento de cadera. Su ritmo fue aumentando hasta que optó por cambiar de dirección. Dejó caer su torso sobre mí para besarme y esta vez sus caderas comenzaron a elevarse y a bajar a un ritmo casi frenético. Mi polla salía de su sexo para volver a hundirse en él por completo en cada uno de sus vaivenes. Apenas podía aguantar aquel gozo y tuve que concentrarme para no correrme tras varios de sus embates. Ella, completamente excitada volvió a erguirse sin dejar de moverse. Observé su boca entreabierta y sus mejillas sonrojadas en las que se reflejaba un creciente placer. Alargué las manos hasta sus pechos y los envolví con mis dedos. Embelesado ante la visión de aquella fuerza de la naturaleza desatada que no cesaba de moverse sobre mí, apenas podía contener los suspiros dentro de mi boca. Marta arqueó la espalda arrebatada por el placer, impidiéndome alcanzar sus senos. Deslicé las manos por su perfilado abdomen hasta posarlas de nuevo en sus caderas y acompasar su balanceo. Con las manos apoyadas en mis hombros y la espalda flexionada hacia detrás sus movimientos se hicieron más intensos. En lugar de cabalgarme a la manera en que antes lo estaba haciendo, optó por volver a la primera elección de galope. Aquello le permitía rozar su clítoris contra mi pubis y al mismo tiempo alojar toda mi verga en su húmedo coño. Su rostro, cada vez más sofocado, mostraba el abismo al que estaba a punto de precipitarse. Su cuerpo brillaba por el sudor y sus pechos parecían haberse hinchado como si se preparasen para la inminente descarga de energía que estaba a punto de suceder. Tras una vacilante sucesión de pausas y casi de golpe, se encorvó ligeramente hacia delante y hundió su barbilla sobre su pecho. Varios gemidos se ahogaron en su glotis mientras sus piernas temblaban sobrecogidas por tan sublime placer. Me apretó con fuerza y sentí las sacudidas de su sexo aprisionando el mío en un prologando y exhausto orgasmo lleno de ímpetu.

Cuando sus músculos comenzaron a relajarse y reanudó su trote, caí en la cuenta de que me había concentrado tanto en contemplar su gozo que había olvidado el mío. Como si soltase un cerrojo, le di rienda suelta y agarré sus pechos, duros como piedras. Ella volvió a volcarse sobre mí pegando sus labios a mi oído. Su respiración entrecortada se clavó en el centro de mi deseo como un dardo en una diana. Apenas un segundo después y sin que ella dejase de moverse una explosión de placer se extendió desde mi entrepierna a todos los rincones de mi cuerpo. Cerré los ojos y me abandoné a ella mientras me corría tratando de no gritar. Cuando por fin volví en mi y solté la presa que mis dientes habían hecho en mi labio inferior, encontré a Marta sonriendo, erguida sobre mi, ejerciendo aún un ligero movimiento de caderas con el que trataba de atrapar los últimos restos de aquel climax. Sus dientes blancos enmarcados por unas mejillas totalmente rojas sobre su piel morena le daban una belleza de difícil explicación. Volcó su cuerpo sobre el mío para besarme mientras me acariciaba la mejilla con la mano con una delicadeza que momentos antes me habría parecido impropia. Acaricié su espalda delineando su sobresaliente espina dorsal con los dedos. La suavidad de su piel me sobrecogía tanto como el brillo con el que me miraban sus ojos.

Sin embargo, no me dio tiempo a más antes de que Marta abandonase su montura, retirando mi verga de su chorreante sexo con precaución. Abandonó las mesas con agilidad y comenzó a vestirse sin decir nada. Quizás esperaba que fuese yo el que hablase, pero me había quedado sin palabras. Permanecí sobre la mesa unos segundos hasta que me obsequió con una mirada severa, como si me apresurara para moverme. Me levanté y, después de quitarme el condón, me dispuse a vestirme. Me puse el pantalón todo lo rápido que pude y casi sin mirar a Marta, con cierta vergüenza por lo que acababa de ocurrir. Cuando lo hube hecho ella ya había terminado y sus ojos oscuros me miraban divertidos. En su rostro aún podía verse cierto sofoco, cuya procedencia nadie que no hubiese estado en ese cuarto podría haber adivinado.

– Venga panoli – Me dijo en un tono de voz bajo tratando de esconder cierta dulzura con una sonrisa socarrona. – Tenemos que irnos. Y no hagas ruido.

– Sí, sí. Ya voy – Respondí agobiado y recogiendo mi camiseta del suelo para ponérmela.

Regresamos hasta la puerta del aula tratando de no tirar nada, como si no hubiésemos hecho ya suficiente jaleo, pensé.

– Espero que nadie nos haya escuchado. - Dije casi por decir algo.

– Tranquilo, todos estaban en el patio – Contestó confiada. Y añadió sonriendo. – Además, has estado muy modosito.

– Mira quien habla – Repliqué sin mucha decisión.

Se le escapó una risa fuerte y se tapó la mano con la boca en un gesto que se me antojó cautivador.

– Vamos, anda. – Dijo mientras agarraba el pomo de la puerta – La próxima vez te vas a enterar.

Iba a responder cuando abrió la puerta y salió rauda al pasillo, obligándome a hacer lo mismo. Así que habría próxima vez, pensé. Aquello era todo lo que necesitaba saber. La sirena del final del recreo ya había sonado unos minutos antes y solo unos pocos rezagados circulaban por el pasillo en dirección a sus clases. La miré embobado mientras nos dirigíamos hacia nuestra aula, se había quitado la mala hostia, no había duda. Antes de entrar en el aula caí en la cuenta de que no me había comido el bocadillo del recreo. No importaba, había tenido un almuerzo mucho mejor.

– Vamos, panoli. – Dijo sin mirarme y reprimiendo una sonrisa como si adivinase mis pensamientos – Que llegamos tarde.