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Dominaciónabr 2023

Subcontratando el placer de mi mujer 5

Sentada en un banco público, con la boca sellada y el cuerpo vibrando bajo la ropa, Alicia espera una orden que no llega. La vergüenza se mezcla con el deseo mientras desconocidos la miran, sin saber que cada segundo de su tortura es calculado por el hombre que la posee. ¿Hasta dónde llegará su sumisión antes de que la vergüenza la consuma?

Wilmorgan14K vistas9.3· 14 votos
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No puede ser verdad… Es solo una prueba… Quiere que crea que ya no me necesita. Que va a traer a otra sumisa para mi marido… No… es imposible. ¿Y como salgo a la calle así? ¡Venga, Alicia! ¡Tienes que hacerlo! Es solo una prueba. Seguro que cuando me vea en el parque desde la terraza me ordenará subir.

Abrí la puerta del portal y salí mirando a mi alrededor. Había gente, pero nadie cerca. Rodee corriendo el edificio para ir al parque que estaba en la parte de atrás. Sentía dentro de mí aquellas dos cosas. Era difícil andar con el culo y coño llenos. Aunque también excitante. Seguro que por eso me había echado de casa. Quería que me excitase paseando de esta manera…

Entré en el parque. No había mucha gente, algún deportista corriendo y parejas paseando cerca del estanque. Uno de los bancos que se veían desde mi terraza estaba vacío, por lo que fui allí y me senté. Solo tenía que esperar a que me vieran. Y rezar porque fuese pronto, comenzaba a sentir como se mojaba la mascarilla.

Diez minutos y nada. Ni un mensaje. No podía verlos por la altura si no se asomaban. ¿Qué coño estaban haciendo? ¿Estarían preparando algo para cuando me hicieran subir? Lo de la sumisa no me lo creo… imposible. Ya me tienen a mí. ¡Joder el vestido se ha manchado de su corrida! Su corrida… Se ha corrido encima mía… Siento su leche en mi barbilla. O serán mis babas. ¡Estoy babeando con la puta mordaza! ¿Se notará mucho? No puedo quitármela, no deja de pasar gente… ¿Por qué me miran? ¿Será por la mascarilla? Sí, claro. Pensarán que soy una loca llevándola. Mejor eso a que vean la bola llena de semen… casi puedo saborearlo… ¡Dios que cachonda estoy!

Casi veinte minutos, no puedo más. La mascarilla está empapada y mis muslos también. Y el culo me empieza a doler, este banco de madera no es lo más cómodo cuando tienes algo dentro. ¿Qué será? Parece grande… ¡Y vibra! Joder que gustito daban los dos funcionando. ¿Por qué no me escriben…? Quiero subir y que lo encienda… ¡No aguanto más! Voy a escribir a Dani.

- ¿Puedo subir ya? – sin respuesta.

- Por favor, Dani. Tengo la mascarilla llena de babas. Ya se nota mucho. La gente empieza a mirarme con cara rara. – escribí cinco minutos después.

- Amo, te lo suplico, permitirme volver a casa. Todo el mundo me mira sentada aquí sola con la mascarilla. Y me empieza a doler el culo. – volví a intentarlo.

¿Por qué no me contesta? No me creo que mi marido me haga esto. Él puede, pero Dani… ¿Qué estaría haciendo? ¿Sería verdad lo de la sumisa? ¿Estaría follando con otra y yo aquí tirada? No… imposible… Daniel no me haría eso. ¿Entonces por qué no contesta?

- He escuchado lo que te ha dicho antes de salir. Me da igual. De verdad. Te lo mereces por todo lo que has hecho por mí. No me importa que haya otra mujer en casa.

- Por favor… dejarme volver. Da igual que haya otra. ¡Me estoy haciendo pis!

Traté de llamarle varias veces, pero nada. Solo me quedaba volver a casa y llamar a la puerta como una loca. Pero eso sería desobedecer… ¿Y si era una prueba? Ese hombre… ya empezaba a conocerle…

- ¿Qué tengo que hacer para poder volver con mi Amo? – le escribí.

- Saca lo que tienes en tu coño y enséñalo. – recibí al momento.

Miré hacia arriba y pude verlos. Estaban solos. Al menos solo se asomaron ellos. ¿Estaría la sumisa de rodillas a sus pies? ¡Qué no! Que no había ninguna otra. ¿Pero como me voy a sacar eso en medio del parque? Volví a mirar y ya no estaban. ¡Joder! Miré a mis lados, nadie. Escuchaba gente caminar y hablar por detrás, da igual, esos no me ven. Abrí mis piernas y llevé mi mano. ¿Dónde coño esta? Sí, ya… en el mío, muy graciosa. Tuve que meter bien dos dedos, encontré algo, como una cuerdecita. Empecé a tirar, mmm, es gordito… ¡Por fin! Joder, está todo pringado. ¡Mierda un runner! Disimula… ¿Qué? Me picaba el coño, no mires tanto… Vale, ya pasó. ¿Dónde están? Si no miran no puedo enseñarlo.

- Ya está. Asomaos. – les escribí.

- Enséñalo. – contestó.

Pero si no están mirando… bueno vale. Levanté el brazo con el huevo colgando de la cuerdecilla. Como me vea alguien… estoy yo como para dar explicaciones con la mordaza. ¡Venga coño, mirar ya! ¡Por fin! Ahí están. ¿Cuánto tiempo tengo que estar así? ¿De donde han salido esos?

Un grupo de cuatro jóvenes se habían sentado en el banco de mi derecha. Estaban como a unos diez metros y no me había dado cuenta. Por supuesto escondí el huevo en mi puño y traté de disimular lo mejor posible. Esos chicos no me quitaban el ojo de encima. Tendrían… no lo sé… muy jóvenes. No creo que llegasen a 20 años.

- No lo hemos visto bien. Enséñalo otra vez. – recibí.

- No puedo… los del banco de al lado no dejan de mirarme.

Se volvieron a meter dentro y no obtuve contestación. No podía ser. Los chicos no dejaban de echarme miraditas. Normal, sola, con ese vestido… ¡La mascarilla empapada! ¿Habrán visto el huevo? ¡Me muero! Pero estaba claro que ese hombre no aceptaba un “no” por respuesta.

- Está bien, mirar. – escribí.

Los vi asomarse. Miré a mi lado, hablaban entre ellos, pero siempre alguno echaba un ojo a esa chica sola del banco. Mejor no pensarlo. Estiré el brazo y dejé colgando el juguetito, esperando que esos críos pensaran que era un huevo de chocolate.

- Buena chica. – recibí.

- ¿Puedo volver ya, Amos?

Me escribían con el móvil de mi marido, pero seguro que era él quien dictaba cada palabra. Y eso me excitaba a la vez que me asustaba. No podía saber de qué era capaz.

- No. Métetelo otra vez.

¿Están locos? No puedo hacer eso… Me están mirando… ¡Bah! Lo que no puedo hacer es quejarme. O lo hago o no. Me meto eso en el coño y me arriesgo a que me vean esos cuatro… O me voy para casa y de seguro que se irá para no volver. ¡A tomar por culo! Me giré dando la espalda al grupo de chicos. Una pareja en el estanque había decidido que era buen sitio para darse el lote. ¡Venga tortolitos, iros a un hotel, que me tengo que meter una cosa en el chumino! Vale, se van. No tengo a nadie enfrente, es el momento. Metí la mano por debajo de la falda, ir sin bragas es muy practico para estas cosas. ¡Joder si que me ha entrado fácil!

- ¡Hola guapa! ¿Qué haces tan solita? – escuché a mi espalda.

Miré por encima de mi hombro y allí estaba uno de los chicos del otro banco. Saqué la mano de dentro de mi vestido disimuladamente, aunque creo que ya era inútil. ¿Y ahora que le digo? Espera… no puedo decir nada.

- ¿Estás esperando a alguien o quieres que te hagamos compañía? – insistió.

Yo afirmé con la cabeza maldiciendo la mordaza, la mascarilla y la madre que me parió.

- ¿Sí qué? ¿Qué te hagamos compañía? – volvió a preguntar, negando yo con gestos.

- ¿Qué te pasa? ¿Te ha comido la lengua el gato?

El gato no me ha comido nada, ni yo tampoco me lo he podido comer por esta puta mordaza. ¿Cómo coño me libro de este pesado sin poder hablar? Tenía que pensar rápido, pero entonces sentí como empezaba a vibrar lo que acababa de meter.

- No seas tímida, nena. – dijo él sentándose en mi banco.

¡Joder se había puesto más fuerte! ¿Pero que alcance tiene ese mando? Miré a la terraza y no vi a ninguno. Ellos podían estar viéndome de todas formas. Seguro que estaban disfrutando de este momento. Era difícil pensar con eso vibrando en mi interior. Y mis ganas de hacer pis estaban creciendo.

- ¿Por qué no te quitas esa mascarilla y me enseñas tu boquita? Si estamos todos vacunados. – me soltó el gilipollas.

Le hice un gesto con la mano como espantando moscas. No sé como explicarlo, pero bastante obvio de que le estaba diciendo que se fuera. Pero no quería darse por aludido. Al contrario, fue acercándose más a mí.

- Venga tonta, si se te hace la boca agua. Mira como tienes la mascarilla de mojada.

¿Qué coño tengo que hacer para quitarme a este niñato? ¡Y el puto huevo vibrando! Joder… me estoy mojando mucho. ¿O me estoy meando? Pues tengo muchas ganas. Y el puto flipado no se va.

No sabía si me iba a correr o mear encima, cuando de repente sentí otra vibración. Me asusté un poco al notar el tapón encenderse por unos segundos. Pero más se sorprendió el muchacho, pues al estar sentada en el banco de madera sonó bastante, tanto que él debió escucharlo.

- ¿Qué es eso? ¿Te has tirado un pedo?

Me quedé blanca. Lo negué mil veces con un lenguaje de signos inventado por mí misma. Pero él solo se reía a carcajadas señalándome con el dedo. Los amigos no pudieron evitar acercase a ver que le hacía tanta gracia.

- ¡Te has tirado un pedo! ¡Sí, sí! – gritaba él.

- ¿Qué dices? – preguntó uno de sus amigos.

- Se acaba de tirar un pedo. ¡Ha temblado hasta el banco!

Yo lo negaba como loca y los cuatro niñatos se descojonaban de mí. Y sin yo esperarlo, volvió a encenderse. En cuanto lo noté traté de sentarme de lado, pero fue tarde.

- ¡Otra vez! ¡Se ha tirado otro!

- ¡Mírala si ahueca el culo y todo la muy guarra! – dijo uno de los amigos.

No sabía cómo hacerles entender que no era eso. En mi desesperación terminé regurgitando unos vocablos ahogados por la bola, añadiendo un motivo más para sus burlas.

- ¡Pero si es muda! – gritó uno.

- Pues su boca no hablará, pero su culo no calla. – añadió el amigo.

- Vámonos de aquí, que empieza a oler mal. – dijo otro de ellos.

Con las manos ocultando mi cara por la vergüenza, pude ver entre los dedos como volvían a su banco sin parar de reír. ¡Qué vergüenza más grande! Escribí corriendo a Daniel, tenía que salir de allí.

- ¿Puedo volver a casa ya?

- Por favor, Dani, Amo, quien seas. Necesito volver. Ya me habéis humillado bastante. Y me hago mucho pis.

No los veía en la terraza. Los chicos seguían mirándome entre risas y haciendo comentarios. Me estaban desesperando y mi vejiga no me ayudaba a relajarme. La vibración del huevo no solo me excitaba, también aumentaba mis ganas de ir al baño. Mi móvil vibró de repente. Nerviosa miré el mensaje, no era Dani, era él.

- ¿Quieres orinar?

- ¡Sí! Por favor, no aguanto más. ¿Puedo volver a casa?

- No.

- Por favor, no puedo más. Al menos para ir al baño.

- Las perras mean en la calle. Tienes unos frondosos arbustos muy cerca.

Esto ya era demasiado… Sí, es cierto. A mí izquierda había una zona ajardinada con varios árboles y muchos arbustos. Tengo que reconocer que yo misma lo había pensado en mi desesperación. Pero ahora era imposible, esos chicos no dejaban de mirarme.

Ya tenía escrito el mensaje explicando eso mismo, pero lo borré. No podía. Algo en mi orgullo no me permitía incumplir con sus órdenes. Sentía que él lo consideraría como un fallo. O más bien, yo lo consideraba como tal. El móvil volvió a vibrar.

- Lo harás

- Sí, Amo.

- No era una pregunta, no tenía ninguna duda. Quiero que te escondas entre los arbustos y cuando estés en posición, como una buena perrita, me avisas.

- Sí, Amo. Gracias por permitir a su perrita hacer pis. – escribí, llena de orgullo.

Me puse en pie sin atreverme a mirar a los chicos. Estaba decidida a cumplir con sus órdenes, pero no quería imaginar lo que pensarían aquellos cuatro al verme entrar entre los arbustos. Traté de alejarme un poco por si con ello evitaba que siguieran mirando, pero al atravesar la hilera de plantas los vi muy pendientes de mí.

¡Da igual, no voy a defraudar a mi Amo! Fui a la parte más oculta, nadie podía verme allí. O eso me repetía a mi misma. Me puse de cuclillas, levanté la falda del vestido y me hice una foto estirando mi brazo al máximo. Deseaba complacerle.

- Buena chica. Pero las perras no lo hacen así.

Pensé, ¿Cómo lo hacía mi perra? Agachaba el culo, como lo estoy haciendo yo. ¡Ah claro! a cuatro patas… Me sentí estúpida buscando algo donde apoyar el móvil para poder hacerme la foto. ¡Qué difícil es la vida de una sumisa! Manos en el suelo, piernas separadas y culo agachado. ¡Qué foto más sexy!

- ¡Me encanta! Siempre me sorprendes. Pero me refería a la ropa. Quítate el vestido y déjalo sobre los arbustos de fuera. Quiero verlo.

¿Desnuda? Esto es una locura. Y encima quería que lo dejase a la vista. ¡Pero si es imposible que lo viese desde la terraza! ¿Llevaría unos prismáticos en esa maleta? No me extrañaría… Me ha dicho que siempre le sorprendo. ¡Le gusto! ¡Tengo que hacerlo! ¿Pero cómo dejo el vestido allí sin que me vean? No hay otra…

Sin pensarlo saqué mi vestido y quedé, otra vez, desnuda en la calle. Agachada fui apartando hojas y arbustos como un soldado en la selva, pero en tacones. ¿Los chicos seguirían mirando hacia aquí? Supongo que ya se habrían aburrido. ¿Qué habrán pensado al verme entrar en el jardín? Sí, seguro que eso. Qué vergüenza por favor… ¡Venga Alicia, deja tu única ropa abandonada en el parque! Debo estar loca. Tan loca como cachonda.

Volví a mí escondrijo como un animal asustado. Móvil preparado, postura extraña y ridícula, foto. Mensaje enviado. ¿Qué es eso? Pensé que se movían los arbustos, sería el aire. Venga contesta…, ¡Me meo! ¿Otro ruido? No hace aire. ¡Mi vestido! Lo vi pasar entre las ramas. Unos pasos. ¡Mierda los niñatos! ¿Dónde me meto? Este es el lugar más seguro. ¡Quédate quieta, Alicia! No hagas ruido… Escucho hasta mi corazón latir. ¡Me van a pillar! La vibración de mi huevo parece un concierto. Hasta va cambiando. ¿La están cambiando?

- Buena chica. – escucho a mi espalda.

¡Es él! ¡Mi Amo! No podía hablar, pero me faltó saltar a sus piernas como una perrita contenta. Acarició mi pelo, mi mejilla… le hubiera lamido la mano de no ser por la mordaza. Lleva su chaqueta. ¿Habrá notado que la llevé a la tintorería?

- ¿Qué te ha pasado con esto? – me preguntó, mostrándome un mando y haciendo funcionar el tapón de mi culo.

¡Lo sabía! Sabía que esos chicos pensaban que era una pedorra. Mi cara se tornó en vergüenza. ¿Cómo lo sabía?

- ¿No has sospechado nada al encenderse tus “accesorios”? Estos mandos no tienen más de 20 metros de alcance.

¿Cómo podía ser tan tonta? Es lógico, era imposible que funcionase desde mi casa. Eso quiere decir que había estado todo el tiempo a menos de 20 metros de mí. ¿Cómo no le había visto? Estoy muy tonta. Cómo para dejarme acariciar la cara de esa manera, a cuatro patas y desnuda en medio del parque. Si alguien me viese en este momento pensaría que soy una enferma. Pero yo estaba en la gloria.

- ¿Se hace pis mi perrita? – me preguntó con retintín.

Afirmé con la cabeza mirándole con auténtica devoción. Me sentía tan eufórica que me alegré de no habérmelo hecho encima con la alegría.

- Adelante. Muéstrame como mea una perra obediente.

¿Cómo? ¿Delante suya? No… eso no… ¡Me muero! ¿Cómo voy a mear delante de ese hombre? Pero me mira con esos ojos… esa mirada… Joder que vergüenza… Bajo el culo, separo las patitas… ¿Por qué se pone a mi espalda?

- Sí que pareces una perrita así. Aunque te falta algo…

Siento como mueve lo que tengo en el culo. Joder, ahora que iba a mear… ¿Qué hace? Me lo está sacando. Ya le había cogido cariño… ¡Ay! Joder, pues era grande, no lo notaba tanto. Siento airecito ahí, tengo el culo muy abierto. ¡Me está viendo mi ojete abierto! ¡Tierra trágame! Noto algo tocando esa zona, algo suave. ¿Es su dedo?

- ¿Te duele?

Niego con la cabeza. ¿Tengo su dedo en mi ano? Necesito saberlo, le miro. ¡Sí! ¡Ahí está! Agachado junto a mi culo. Noto como recorre la zona lentamente. Es muy embarazoso, pero me encanta. ¡Me meo! Tengo que aguantar… me gusta que me toque, sentirme tan humillada, tan… suya.

- Te falta un rabo aquí. – me dice tocando mi agujero.

¡Sí! ¡Lo quiero! ¡Maldita mordaza! Deseaba gritar: ¡Métemelo! Pero solo pude mover mi cabeza poniendo ojitos. Veo como mete su mano en el bolsillo de su chaqueta, saca una bolsa. ¿Qué es eso? ¿Tiene pelo? Lo extiende, es otro tapón anal, pero lleva una cola de pelo. ¡Eso era! No me va a follar el culo, solo a ponerme una colita. Claro, eso tiene más lógica. ¿Qué? ¿Una cola?

Empieza a empujar, aprieta un poco. ¡Uy! Entró de golpe. Si que lo tengo abierto… Me miro, es raro, pero divertido. Mira como se mueve. Tengo una colita en mi colita. ¡Jajajaja! No puedo reírme que me meo. Joder… Ahora tengo que mear con eso, delante de él… Es muy humillante, pero me pone. ¡Estoy mal de la cabeza!

- Será mejor que lo hagas antes de que te vea alguien.

¡Es verdad! Ya casi había olvidado que estaba desnuda en medio del parque. Vamos, tengo que hacerlo, culito abajo… ¡No! Se va a manchar mi colita nueva. Le miro, hago señas con mis ojos, me siento completamente como una perrita. Él agarra mi rabo. ¡Lo ha entendido! Perfecto. Ahora a mear como una perra delante de mi Amo… venga… te estabas meando mucho, Alicia. Es tu Amo, él puede verte hacer esto, lo haces por él… ¿Por qué no sale?

- ¿No puedes? – me pregunta, yo niego con ojos tristes.

- ¿Te da vergüenza hacerlo delante de mí? – Afirmo como un cachorrito.

- No te preocupes. Eso lo solucionaremos. Vístete.

Muevo mi colita contenta. Me entrega mi vestido y por fin dejo de estar desnuda en medio de ese parque. Salimos de los matorrales sintiéndome un poco rara. Estoy feliz por no seguir en esa situación tan peligrosa. Pero me gustaba mucho ser su perrita. ¿Mi cola? Miro y cuelga por debajo de la falda. ¿Qué hago, que hago? No puedo ir por ahí con una cola peluda entre las piernas. La pongo a un lado, se marca en mi culo. Entre las piernas, no puedo andar así… ¿Qué hago? ¡Ya! Así, junto a mi muslo, pero tengo que ir agarrando la punta bajo el vestido. Queda bastante levantado y es incómodo, pero es la única solución. Me mira y sonríe. ¡Es un cabrón! Pero me encanta…

Agarra mi cintura y comenzamos a caminar cerca del estanque. Parecemos una pareja, es un momento bonito. Se me cae la baba, tengo la mascarilla empapada. Debo estar patética. Pasa su mano por mi barbilla, me la muestra, está chorreando. Me muero de vergüenza y se ríe.

- Le voy a regalar la mordaza a Daniel, es la única manera de hacerte callar.

Mis ojos expresan mi indignación, falsa, pues me encanta que tenga ese poder sobre mí y encima se jacte de ello.

- Lo bueno que la saliva a limpiado el semen.

Le miro con lujuria y pena. Quiero dejarle claro que me encantó que se corriese encima de mí.

- Debe ser muy frustrante que se corran en tu cara y tú quedarte con las ganas.

¿Tú crees? No… que va… Lo hago mucho… es mi pasión…

- ¿Supongo que tienes ganas de algún orgasmo?

¡Sí, sí, sí! ¡Vamos que sí! ¡Ni lo dudes! ¿Dónde y cómo? Solo dilo.

- Aunque creo debe ser algo especial después de tanta espera.

¿Especial? ¡Sí! Le miro su paquete. Me imagino abierta de piernas mientras me da como cajón que no cierra. ¡Joder estoy salidísima! Siempre me ha parecido muy vulgar esa frase. Pero sí, lo quiero. O lo que sea. Lo que tenga pensado. ¿Qué habrá pensado? Nueva obsesión en mi mente…

- Eres una mujer increíble. Guapa, lista, un cuerpazo, muy morbosa…

¡Quítame la mordaza y te como los morros!

- Y además sabes escuchar. – me dice riéndose.

Ja, ja, ja, que gracioso. Estás disfrutando de esto ¡eh! Y yo…

- ¡Anda, mira! Un quiosco, tienen granizados. Seguro que tienes la boca seca con todo lo que estás babeando.

¿Y de quién es la culpa? ¡Eh, eh! De mi sádico y maravilloso Amo. Afirmo con la cabeza. En realidad, hubiera bebido del estanque si él me lo pide. Lleva su mano a mi pecho. ¡Sí, tócame, tócame toda! ¡ah, no! Ha puesto un billete en mi escote. ¡Qué gracioso! Sí ya me miran bastante…

Me agarra la mano libre y nos dirigimos al quiosco. Parecemos una pareja normal, salvo por tener que sujetarme la cola de mi culo para que no se vea y la mascarilla empapada. Llegamos, el vendedor no sabe que hacer para no mirarme con cara rara. Se nota que acompañada de mi Amo los hombres se cuidan más de mirarme.

- ¿Qué sabor quieres? Espera, me están llamando.

Saca su teléfono con su mano libre, la otra sigue aferrada a la mía. El dependiente me mira esperando que elija.

- Hola, cariño. Sí, estoy con tu hermana dando una vuelta. No, mujer, no te preocupes, se está portando bien.

¿Pero que dice? Espera, ¡es mentira! No habla con nadie. ¿Y ahora como le pido el granizado? Trato de soltar su mano, pero se aferra con fuerza. Si libero la otra mi cola quedará a la vista. Hago un gesto con los ojos al vendedor. No se entera.

- No, cariño, ya sabes que es muy tímida, ella no haría eso.

Eso, tú sigue con tu conversación de mentira. Ya me busco yo la vida… A ver, señor de los granizados, quiero el de fresa. ¡Ese! Sigue mis ojos, ese no, el otro. El hombre va señalando con su dedo, debe pensar que soy tonta o algo. ¡Ese! Muy bien, te ha costado…

- Sí, claro. Ha ido al baño antes de salir. No te preocupes, eso solo le pasó una vez. Ya… bueno, contigo muchas, pero conmigo solo se lo hizo en la calle una vez.

Le echo una mirada que derrite el granizado. ¿Qué coño estás diciendo? ¡Te voy a morder la polla! Bah, es broma, sabes que soy una perrita buena. ¿Y ahora que quiere este? Ah, claro el dinero. Tiro de la mano para que deje su conversación falsa y pague. ¡Ni puto caso!

- No, claro que no. No le voy a poner el pañal, pobrecita.

¡Qué! ¡Me muero! El hombre alucina. Pero quiere su dinero. ¿Me está mirando las tetas? Ah, claro, el billete. ¡Qué cabrón! Ahora entiendo porque lo puso ahí. ¿Y que hago? No suelta mi mano. O dejo mi colita a la vista o… ¡Qué más da! Sí ya piensa que me meo encima. Sacó pecho, le hago un gesto con la cabeza. ¡Venga cógelo! Llevas un rato mirándolo, ahora no te cortes. Si estuviese sola ya tendrías tu mano en mis tetas. ¡Qué sí! No le mires, él quiere que lo cojas. ¡Por fin! Gracias caballero por cogerme un billete del escote… Lo que hay que hacer… ¿Y ahora que quiere? Ah, claro, me da el granizado. Se ríe, normal. Menudo show le estamos dando.

- No lo sé, supongo que sí. ¿Cómo quieres que lo sepa? No voy a estar mirando si se pone bragas.

¡Le mato! El hombre se ríe e insiste en que coja el granizado. Me quiero ir de allí. ¡A tomar por culo! Piensa que soy tonta, me meo encima, uso pañales y voy sin bragas por la calle. Bueno, eso último es verdad. Cojo mi granizado de fresa, soltando mi colita. Ya verás cuando me de la vuelta.

- Vale, cariño. No te preocupes. Vigilaré que no se meta nada por ningún sitio. Venga, luego nos vemos, un beso.

Tengo todos los agujeros llenos, cómo no me lo meta por la nariz…

- Perdone, mi mujer es muy protectora con su hermana pequeña. Quédese con el cambio. – le dice al vendedor.

Nos damos la vuelta y comenzamos a andar. Me está mirando la cola, me está mirando la cola… Seguro. No puedo más, me giro para verle. ¡Jajajaja! Qué cara tiene. Mi Amo me agarra de la cintura y yo a él. Que mire, que miren todos, me da igual.

- ¿Está bueno?

¡Riquísimo! Huele, porque probarlo difícil con la bola. Cómo le gusta tocarme las narices…

- Si te quito el bozal, no me morderás ¿no?

Pues me lo estoy pensando, merecer te lo mereces... Niego con mi cabeza y le pongo ojitos. Me quita la mascarilla junto a la mordaza. ¡Está encharcada! Lo limpia sobre mi vestido mientras yo hago muecas tratando de relajar mi mandíbula. Me mira, ahora me da vergüenza hablar. Doy un trago a mi granizado. ¡Qué bueno!

- Hola. – digo tímida.

- Lo has hecho muy bien.

- Gracias, Amo. – contestó orgullosa.

- Se te ve la cola. – me dice mirando mi culo.

- Lo sé… ¿no la había más pequeña?

- ¿Te gustan las colas pequeñas?

- No. Me gustan grandes, como la tuya. – contesto, sorbiendo mi granizado.

- La mía no la has visto todavía.

- ¡Eso! Encima échamelo en cara.

- Eso sí que lo he hecho. O no…

- ¿Qué quieres decir?

- Qué no sabes si era yo.

- Pero…

Me acababa de dejar descolocada. Quiere decir que no ha sido él quien se había corrido en mi cara. No me lo creo. O sí… ¡Me estaba volviendo loca! Pero el granizado estaba buenísimo. Continuamos andando. El sol estaba muy bajo ya y la oscuridad comenzaba a darnos algo de intimidad. Perfecto para ir con un rabito colgando.

- ¿Volvemos a casa?

- Aun no, Daniel necesita tiempo.

- ¿Tiempo para qué? ¿Una sorpresa?

- Sí… se puede decir así. – me dice con tono misterioso.

- Sé por dónde vas. Y no me lo creo. Puede que hayas jugado conmigo y no fuese tu polla la que tenía en mi cara. Pero no me vas a poner celosa con otra.

- ¿Celosa? No tendría sentido. Tú le has dado permiso a Daniel para hacer lo que quiera con quien quiera.

- Bueno… sí, algo así. Pero que no. Sé que lo de la sumisa solo lo decías para humillarme.

- ¿Y si te digo que hay una mujer desnuda en tu casa?

- No te creería. – contesto haciéndome la convencida.

- Vale.

- No es verdad ¿a qué no?

- ¿Esos no son tus amigos? – me dice cambiando de tema.

Habíamos vuelto a los bancos y los chicos seguían allí. ¿No tenían casa? Ellos también me vieron, pero ahora miraban con mucho disimulo. ¡Ahora no sois tan valientes!

- Termina eso y ve a tirarlo a la papelera.

Sorbo con fuerza lo poco que me queda del granizado y busco la papelera. ¿Qué? ¿Justo esa? ¿La que está al lado del banco? Bueno, vale. Estando él allí me da igual. Vuelvo a sujetar mi cola bien escondida en el vestido y voy hacia ellos. Me miran de reojo, noto como le miran a él también. Me siento mucho más protegida sabiendo que está ahí. Y ahora que lo pienso, antes también estaba. ¡Buf! ¡Me meo! En cuanto tire el vaso, le suplico por ir al baño.

Llego a la papelera, estoy junto a ellos, no levantan la cabeza. Me siento poderosa. Los mismos que antes se reían de mí, ahora no se atreven a mirarme. Me recreo un rato antes de soltar el vaso. ¡Qué sufran!

- ¿Son estos? – escucho a mi espalda.

Mi Amo estaba detrás de mí, por eso no levantaban la mirada. Pero… ¿Qué va a hacer? No se qué tendrá en esa perversa mente. ¿Más humillaciones? Seguro… Pero no por eso iba a llevarle la contraria a mi Amo, por lo que asentí sumisamente.

- ¿Vosotros os habéis reído de ella y llamado pedorra? – les pregunta directamente a ellos.

Los cuatro jóvenes lo niegan nerviosos. Están pálidos, para nada esperaban que esa chica sola volviese con un hombre. Yo me sentía pletórica viendo a mi Amo poner en su sitio a esos niñatos. Aún así mis nervios continuaban, seguía sin bragas, con un vibrador en el coño y un tapón con cola en el culo. Y lo peor, no sabía que intenciones tenía mi Amo.

- ¿Estáis diciendo que es una mentirosa? Pensarlo bien. No me importa que sea una pedorra. Pero no perdono la mentira.

- Bueno… es qué… sí… yo lo escuché. – dijo el joven que se acercó primero.

- ¿Entonces la llamasteis pedorra?

- Sí… pero solo era una broma. – contestó otro.

- Broma o no, habéis incomodado a esta mujer. Y eso es un problema, uno grave, pues es mía.

Su cara pasó de nerviosa a aterrada. Decenas de excusas inacabadas salieron de sus bocas. Aunque él imponía bastante físicamente, ellos eran cuatro hombres jóvenes. Pero esa actitud tan tranquila enfrentándose a ellos les tenía confundidos. ¡Y yo meándome! Puto granizado.

- No quiero excusas. Quiero una disculpa.

- Perdón, perdón. No queríamos ofenderla. – dijo uno de ellos.

- A mí no. A ella. Si ella os perdona, por mi estará bien.

Los cuatro me pidieron perdón, quizás no sinceramente, pero se esforzaron en que lo pareciese. No sé la razón, pero me estaba poniendo muy cachonda. Y aunque tenía a cuatro hombres prácticamente a mis pies, me sentía mucho más sumisa. Sumisa de él. De ese hombre capaz de someter a cualquiera.

- Tú decides. ¿Te parece suficiente? – me preguntó, a lo que yo asentí orgullosa de mi Amo.

- Entonces, solucionado. – dijo él, dándose la vuelta. - Por cierto, es imposible que sea una pedorra, con el culo taponado.

Con mis ojos sobresaliendo como un dibujo animado, vi como sacaba de su bolsillo el plug vibrador que había tenido en mi recto. Lo dejó en el banco y mostrando el mando, lo puso en marcha. Ellos alucinaban y yo sentí como si volviese a estar desnuda en medio del parque.

- Eso es lo que habéis escuchado. – dijo él.

- ¿Tenía eso en el culo? – dijo uno sorprendido.

- Así es. Ahora tiene otro, una cola. Enséñasela. – me ordenó.

Mirando al suelo avergonzada, solté la cola. Él se encargó de girarme hacia ellos dándoles la espalda y subió mi falda casi hasta el comienzo de mis nalgas. Por suerte no había nadie más en el parque, pero esto era peor que ser una pedorra.

- Mueve la colita. – me dijo.

¿Era una locura? Por supuesto. ¿Era demasiado? Sorpresivamente, ni siquiera lo pensé, solo lo hice. Puestos a pasarlo mal, al menos haría que se sintiera orgulloso de su perrita. Mirando a mi terraza comencé a menear las caderas, pensando si mi marido estaría siendo testigo de cómo muevo el culo para cuatro niñatos.

- ¡Estoy flipando!

- Sí lo cuento no me creen. – escuchaba a mí espalda.

- Con la cola y el collar, parece una perra. – dijo otro.

- Lo es. – sentenció mi Amo.

- ¿Cómo? ¿Qué?

- Es mi perra.

- Nos estás vacilando. – contestó alguno.

- ¿No lo crees? Díselo tú, perrita.

Me hizo parar y darme la vuelta. Esto era mucho peor que menear mi culo delante de ellos. Los cuatro me miraban expectantes a que yo confirmase que era su perra. Prefería reconocer que era una pedorra. Pero no me haría sentir este mismo cosquilleo ahí abajo. Con vergüenza y mojada, miré al suelo y dije:

- Sí, soy su perra.

- Pero si habla. – dijo uno sorprendido.

- Pues claro. Y también ladra.

- ¡A ver, a ver!

- Sí, queremos verlo.

- ¿Queréis ver cómo ladra? Pues hacerla ladrar. – dijo él, dándole el mando del huevo de mi vagina.

El que tenía el mando apretó un botón y mi coñito comenzó a vibrar. Por mi cara todos sospecharon lo que ocurría entre mis piernas. Pero ya estaba él para confirmarlo. Llevó su mano a mi vibrante coño, para mi decepción por encima del vestido, y pudo sentir las vibraciones.

- Esa es muy suave, cambia. – dijo él.

- Ahora es intermitente. Dale otra vez.

Mi Amo estaba a mi espalda, con una mano sobre mi vientre y la otra más abajo. Mi vestido quedaba levantado, no llegaba a descubrir que no tenía nada debajo, pero le faltaba poco. Aunque a mí ya me daba igual. Los chicos se iban pasando el mando y tocando botones, mientras él retransmitía lo que pasaba dentro de mí. Lógicamente aquello me estaba volviendo loca. Toda la semana sin orgasmos, toda la tarde con mi Amo. Y tener a 4 hombres jugando y a él con su mano sobre mi chichi… Pero casi peor era la otra mano, la que apretaba suavemente mi vientre. Mi vejiga estaba a reventar y esa presión me hacía pensar que no sería capaz de controlarlo. El huevo seguía vibrando y ya no sabía si me iba a correr o mear. Necesitaba tanto ambas cosas, que me daba igual hacerlo allí mismo. ¿Qué tenía que ladrar? Pues ladro. Aunque antes tenía que pedir permiso.

- Amo… me meo, me corro, no lo sé. – le jadee en su oído.

- Aun no, pequeña.

Les quitó el mando y paró la vibración. Tardé unos largos segundos en serenarme, me sentía muy mojada. Y no podía saber si era mi excitación o otra cosa. Los cuatro estaban también muy excitados, los bultos de sus pantalones no dejaban lugar a dudas.

- ¿Ya os vais?

- Quedaros un poco más, es muy divertido esto.

- Al menos que nos enseñe bien el culo con ese rabo.

- Sí, eso. Que se lo saque y nos lo enseñe.

Ya casi me daba igual. Estaba tan cachonda que no me importaba que me vieran el culo. Solo las ganas de orinar competían con las de correrme. Al menos parecía que ya nos iríamos a casa. Allí podría hacer ambas cosas. De poder elegir, pasaría primero por el baño. Aunque ya había perdido el privilegio de elegir. Y saber eso me ponía muy caliente.

- Se me ocurre un juego. Pero tenéis que obedecer las reglas al pie de la letra.

- Sí, sí. – dijeron todos emocionados.

- ¿Conocéis el juego de quitar la cola a la lagartija?

Yo no lo conocía, pero lo entendí al instante. Y ellos, al juzgar por sus caras, también.

- Fácil. Tenéis que quitarle la cola. Y quien lo consiga, luego podrá ponérsela de nuevo. Las reglas también son fáciles. Si ella os toca, quedáis eliminados. Y por supuesto, no podéis tocarla, solo la cola. Él más mínimo roce y estaréis eliminados, de manera mucho más literal. ¿Entendido?

Todos afirmaron excitados por el nuevo juego que había inventado ese hombre. Yo también lo estaba, aunque no me hacía ninguna gracia que cuatro hombres tratasen de sacarme aquel tapón del culo a tirones. Se acercó a mí y me dijo al oído.

- Elimina a los cuatro y permitiré que hagas eso que tanto deseas.

¿Correrme? ¿Mear? Fuera cual fuese mi premio, lo necesitaba. Ellos se pusieron en pie y empezaron a rodearme. Eche unos pasos atrás y me seguían. De no ser porque estaba mi Amo allí estaría aterrada. Pero no podían tocarme. Y un leve toque mío les eliminaría. ¡Podía hacerlo!

Cada vez que alguno trataba de acercarse a mi rabito, yo lanzaba mis brazos. En su afán por ser el vencedor, uno de ellos se acercó demasiado y pude tocarle con mi mano en su hombro. Él chico se fue al banco cabizbajo, había perdido la oportunidad de sacarme y meterme el plug del culo.

Les tenía a raya, pero eran tres. Siempre alguno trataba de llegar a mi cola. Yo la movía frenéticamente para que no pudieran alcanzarla. Era una situación muy embarazosa, pero me estaba funcionando. No conseguían más que rozarla. Pronto eliminé al segundo. Ya solo quedaban dos.

- Tenemos que hacerlo a la vez. Cuando vaya a tocarte, yo tiro.

¡Mierda! Ahora era mucho más difícil. Siempre tenía a uno en mi espalda. Cuando trataba de tocarles, se apartaba y volvía su amigo. Estaba agotada. ¡Pero tenía que conseguirlo! Casi toqué a uno, pero entonces vi como el otro agarraba mi cola. Apreté con todas mis fuerzas y cuando tiró, no fue capaz de sacarlo. Solo tuvo un segundo, pues luego mi mano tocó su cara, devolviéndole todo el daño que él me había hecho.

Ya solo quedaba mi viejo amigo. Quien me llamó pedorra. Era el más ágil. No conseguía tocarle. Llevábamos casi cinco minutos luchando el uno contra el otro. Yo estaba desfallecida, con el culo dolorido y la vejiga a punto de explotar. Era mejor usar el diálogo.

- ¡Espera! Un segundo. Hagamos un trato. Si me prometes hacerlo con delicadeza, me dejo sacar la cola. Pero muy despacio, tu amigo me ha hecho daño con ese tirón.

- ¿En serio? ¿Pero luego puedo metértela?

- Sí, claro. Pero con mucho cariño. ¿Vale? – le dije, agachando mi espalda.

Con el culo en pompa y el vestido bastante levantado, el pobre chaval dejó de pensar. Agarró mi rabito y acercando la mano bastante a mi culo, comenzó a tirar suavemente. Yo volví a apretar mi dolorido orificio. Le estaba costando, pero seguía siendo delicado. Casi me dio pena el pobre muchacho. Si no fuera por mi recompensa, no me hubiera importado que jugase un poco con mi cola. Entre fingidas quejas de dolor, no se esperaba que yo me echase para atrás y su mano tocase directamente mi culo. El muchacho soltó la cola corriendo y levantando las manos, comenzó a gritar.

- ¡Yo no la he tocado! ¡Ha sido ella! Ella me ha tocado con su culo.

- Lo sé, lo he visto. Y te ha eliminado. – dijo mi Amo, acariciando mi trasero.

Los cuatro se quejaban al ver que terminaba la diversión. Y yo solo podía pensar en mi premio. Deseaba ese orgasmo. Ya me daba igual como fuese. ¿Restregándome con su pierna? Buff… ¡Sí! Me encantaría repetirlo. Pero antes necesitaba mear. No podía más. Me sentía sucia y mojada. ¿Sería todo excitación? Creo que se me habían escapado unas gotas con tanta carrerita.

- ¿Quieres tu premio? – me dijo.

Agarré las manos de mi Amo y afirmé con la cabeza. Tanto tiempo con la mordaza, me daba vergüenza hablar. Pero no podía más. Me arrodillaría allí mismo suplicándole. Vamos a los matorrales y lo hago como quería. Lo que sea. Y luego me corro. ¿Se puede elegir las dos cosas? Sí, ¿verdad? He sido una perrita buena…

- Necesitamos vuestra ayuda. Pero ya sabéis, mis normas se cumplen siempre. – les dijo a los chicos.

- Sí, sí.

- Claro.

- Lo que haga falta.

¿Y ahora que pretendía? Yo necesitaba un poquito de intimidad. Solo un poco. ¿Es tanto pedir? Les hizo rodearme formando un cuadrado. En un momento me sentí dentro de una muralla de casi dos metros formada por cuatro hombres. Ellos tampoco sabían que pretendía ese hombre, pero comenzaron a hacerse una idea con la siguiente orden.

- Arrodíllate.

No podía verle por esa muralla de carne que me cubría, solo escucharle. Mi corazón se aceleró a la vez que mis rodillas comenzaban a flexionarse. ¿Esto era demasiado? Seguía sin querer hacerme esa pregunta.

- Se que lo estáis deseando. Podéis sacaros las pollas. – les dijo.

Yo alucinaba, supongo que igual que ellos. Después de unos segundos de duda, el primero obedeció. A mi lado tenía un pene erecto casi rozando mi cara. Poco a poco sus amigos fueron animándose. No lo podía creer, estaba rodeada de pollas frente a mi casa. Por mi mente pasó mi marido. ¿Estaría al tanto de esto? ¿De que su mujer estaba de rodillas entre cuatro pollas en el parque? No lo sé. ¿Estaba mal que yo obedeciese? ¿Y que me pusiera cachonda estar rodeada de hombres? Mejor no pensarlo.

- Este es el trato. Podéis pajearos sobre ella. Pero lo haréis mirando al cielo. Si alguno agacha la mirada, aunque sea un segundo, se acabó. Ella puede tocaros y hacer lo que quiera. Pero vosotros no podéis tocarla. ¿Lo tenéis claro?

- Sí. – afirmaron los cuatro.

- Pues fuera el vestido. Y vosotros a contar estrellas.

Los chicos levantaron sus caras hacia el cielo. Todos mirando las nubes y las estrellas y yo desnudándome entre sus piernas. Por ahí pase el vestido, que fue agarrado del otro lado por mi Amo. Estaba desnuda y con cuatro hombres pajeándose encima mía. El vibrador comenzó a funcionar de nuevo. Esto era demasiado. No quería, por Daniel, pero me estaba volviendo loca.

- Adelante, pequeña. Puedes correrte o mear. O las dos cosas. Pero date prisa, tus amigos también pueden hacerlo.

Llevaba deseando escuchar eso toda la tarde. Tenía cuatro hombres meneando sus penes en mi cara. Esta claro que no exageraba con eso de “especial”. ¿Mi marido? Creo que él hubiera querido que ganase esta competición. O me corría yo rodeada de pollas, o lo harían ellas sobre mí. Para cuando terminé de llegar a esa excusa para darme permiso a mi misma de disfrutar, ya llevaba un rato frotándome como una pervertida.

A los veinte segundos podía haberme corrido, pero quería más. No lo entiendo. Ya podía haber acabado. ¡Y me estaba meando! Pero aquello era demasiado. Ni en mi imaginación había tenido una fantasía tan salvaje. Necesitaba disfrutarla. Mi mano derecha seguía dibujando circulitos en mi chincheta. Y la derecha magreaba mis tetas, desesperada por no llevarla a ninguna de esas bonitas e hinchadas pollas.

¿Hice mal? Posiblemente… Pero, ¿quién podría resistirse a tal tentación? Jamás había sentido nada igual. Estaba como drogada de lujuria. Necesitaba sentir si aquello era real. Si no era un sueño húmedo. Tenia que tocarlo. Primero fue solo la pierna de uno de esos hombres que mantenían la vista al cielo. Estaba desnuda, pero me sentía cubierta, más cubierta que nunca. Nadie podía verme, ni Daniel, ni ellos, ni siquiera él. Creo que por eso fue. Por sentirme abrigada en esa intimidad que mi Amo había procurado para mí. Nadie sabría nunca lo que hice entre esas piernas. Y lo que allí pasó, solo lo se yo.

Y así fue como me corrí como nunca en mi vida. Arrodillada sobre la tierra del parque, que se convirtió en barro. Un potente chorro salió de mí. Espasmos me hicieron temblar entre esas piernas. Yo seguía chorreando. No pude aguantarlo. El alivio de mi orgasmo se entrelazó con el de mi vejiga. No sabía que se podía hacer las dos cosas a la vez, pero así fue. Y no me importó. Nadie podía verme. Ninguno agachó la mirada. Ni cuando sus pollas explotaron. Yo me derretí en el suelo, manchándome por completo, de mí y de ellos…

Mi vestido voló por encima de sus cabezas. Me lo puse rápidamente, manchándolo al instante, cubriendo las pruebas de mi delito. Cuando les mandó irse, yo aparecí en medio de la noche, aun arrodillada sobre el barro. Acaricio mi mejilla y me ayudó a levantarme. Salimos del parque, camino a casa. Yo apestaba, estaba sucia y mojada. Con las piernas llenas de barro y más cosas. Pero no vi asco en su cara, solo una sonrisa de satisfacción. Tenía mis llaves, abrió la puerta, subimos al ascensor. Llegamos a mi piso. Metió la llave, pero antes de abrir, me dijo:

- Estoy muy orgulloso de ti. Eres la sumisa perfecta. Y una mujer impresionante.

- Muchas gracias, Amo. – le dije, deseando besarle, sabiendo que era imposible después de lo que había hecho.

- Y por eso tengo un regalo para ti. Demostrarte lo buen dominante que es tu marido.

Abrió la puerta sin dejarme contestar. Deseaba hacerle entender que el regalo que quería lo tenía él entre sus piernas. Que deseaba ser suya, completamente. Pero una voz hizo volar mis pensamientos. Una voz femenina. Entré tras él. No me lo podía creer cuando vi la espalda de una mujer arrodillada. Daniel estaba sentado en el sillón y esa mujer masajeando sus pies sumisamente. Mi marido sonrió al verme. Yo estaba sucia y maloliente, y él siendo masajeado por otra mujer. En ese instante vi a Daniel de manera diferente. Estaba disfrutando con esa morena adorándole. Y no le importaba que yo estuviera viéndole, al contrario, parecía disfrutar más todavía. Estaba celosa, muchísimo. No porque tuviera a una espectacular mujer a sus pies. Al menos no solo por eso. Lo peor era descubrir que mi marido sí era un auténtico dominante. ¿Por qué no me di cuenta antes? Antes de que otra ocupase el lugar que era mío.

Gracias por llegar hasta aquí.

Creo que la historia puede acabar aquí, con este final abierto y que cada uno saque su propio desenlace. Aunque como siempre, vosotros decidís. Si consideráis mejor que escriba otro relato, hacérmelo saber.

Muchas gracias a todos los que han seguido la historia. Y doble agradecimiento a todo que de alguna manera a colaborado con sus valoraciones, comentarios y correos.

Saludos.

Wilmorgan.

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