10 años después III: Pitito el chupapijas
Ricky no cambió; solo esperó diez años para recuperar su propiedad. Ahora, el narrador no es un hombre libre, sino un juguete que obedece cada orden, por más degradante que sea, con una sumisión que lo aterra y lo excita a la vez.
Hacía apenas dos semanas que me había reencontrado con mi bully del colegio, dos semanas desde que me había transformado, nuevamente, en el juguetito de mi bully: como siempre había sido, un pequeño juguete para ser usado a su voluntad.
En esas dos semanas mi vida había cambiado por completo. Cómo había pasado de ser un joven feliz y orgulloso de su progreso y de su vida a ser el putito chupapijas de mi antiguo bully era algo que no podía entender. Todo se había dado tan natural, tan fluido, que me hacía pensar si no había sido, acaso, su putito toda mi vida, aunque Ricky no se acordara… que toda mi vida había sido un frágil y sumiso muchachito esperando ser dominado por alguien fuerte y decidido, que toda mi vida hasta ese momento había sido una mentira que intenté creerme durante diez años.
Ahora, luego de dos semanas, nuevamente entendía mi razón de ser y mi destino, y siempre estaba dispuesto a dejar todo, por alguna extraña e incomprensible razón, para obedecer y complacer a Ricky sin dudarlo.
Desde nuestra reunión post reencuentro Ricky me había mandado mensajes todos los días, nos habíamos encontrado todos esos días, y en todos esos días yo le habia chupado la verga. Al principio disfrutaba esa sensación de poder que le otorgaba mi miedo. Leía mis respuestas y disfrutaba sabiendo lo que provocaba en mí, y me humillaba y burlaba antes de, finalmente, decirme que en quince minutos me pasaría a buscar para que se la mamara. Los últimos días, y generalmente a la misma hora, me habían llegado mensajes de Ricky sin su clásica sorna y tono de burla. Se había acostumbrado, sabía que yo estaría disponible para él y que solo debía avisarme que pasaría por mi casa.
En quince minutos, pitito - me escribía. A veces ni siquiera ponía mi humillante apodo en el mensaje, sino simplemente “quince minutos”.
Eso me hacía sentir aún más humillado, un ser sin voluntad ni decisión propia que dejaba todo lo que estaba haciendo para acudir al llamado de su superior, pero al mismo tiempo me hacía sentir menos feliz. ¿Acaso extrañaba las burlas y las humillaciones de Ricky? ¿Necesitaba que me demostrara su interés en mi verguenza y sumisión, que me degradara? ¿Cómo podía sentir eso ante el hombre que cada noche me hacía subirme a su auto y chuparle la verga? Pero por alguna razón así era. Necesitaba ser más que un chupapijas para Ricky, necesitaba que él me dominara, necesitaba sentir que deseaba dominarme.
Me sentía completamente degradado cada vez que bajaba en el ascensor a mi encuentro con mi bully, no quería ni mirarme al espejo, pero al mismo tiempo sentía una extraña sensación de calentura que me avergonzaba.
Me subía al auto ante la maliciosa sonrisa de Ricky y me limitaba a esperar la órden. A veces sucedía promediando el paseo en auto, otras me obligaba a abrir su bragueta y sacar su verga en la mismísima entrada de mi edificio, como deseando que alguien, desde algún balcón, descubriera la verdadera naturaleza de su vecinito.
Ricky siempre se aseguraba de que el momento de mi mamada fuese lo más humillante posible. Le gustaba elegir semáforos en rojo en transitadas avenidas para darme la orden y yo, sumisa y resignadamente, sacaba su morcillona poronga con mis propias manos, me inclinaba y me la metía en la boca intentando no pensar en el espectáculo que le daba a los pasajeros de los autos vecinos.
Ricky ya ni siquiera me empujaba la cabeza cuando estaba por acabar para asegurarse de que me la tragara toda, sabía que yo simplemente lo haría por voluntad propia. Una vez que me metía la verga de mi bully en la boca no me detenía hasta hacerlo acabar y tomarme toda su leche fresca, recién salida del envase.
Según Ricky, me estaba convirtiendo en un buen mamador. Me lo decía entre risas nerviosas mientras me acariciaba los pelos durante mis mamadas, y le gustaba hacerme agradecer sus cumplidos.
Gdaziaz, Dicky - le decía yo con su verga adentro de mi boca, cada vez que él me hacía un comentario de esos.
Luego seguía chupandole la verga hasta hacerlo acabar, como era mi deber.
Algunas veces, cuando Ricky me dejaba en casa y me veía a mi mismo en el espejo del ascensor no podía evitar derramar algunas lágrimas, pero otras veces, ni bien cruzaba la puerta de entrada, llevaba mi mano a mi pija y comenzaba a jugar con ella desesperadamente, y terminaba haciéndome una paja brutal ni bien entraba a mi departamento.
Poco a poco fui acostumbrándome a ser el chupapijas de mi bully. Cada vez que recibía un mensaje suyo dejaba todo lo que estaba haciendo y me preparaba para cumplir mi parte. Ricky ya ni se molestaba en redactar mensajes, le bastaba con algun emoji alusivo para enviar su petición. Ya ni eso era necesario, vaya chupa vergas era yo…
El sabor de la verga de mi bully ya era natural para mí, e incluso la textura y el sabor de su leche se habían transformado en una sensación completamente ordinaria para mi paladar; no había diferencia entre tragarme su semen o tomar un yogur. Y si bien tenía que suspender mi vida cuando él estaba caliente y deseoso de una mamada, y me costaba sacármelo de la cabeza cuando no se la estaba chupando, me había acostumbrado a mi papel. Aún no sabía que Ricky recién estaba empezando, y que su dominio sobre mí se extendería a pasos agigantados.
El primer indicio de la voracidad dominante de Ricky llegó luego de un mes, mes durante el cual le había chupado la pija prácticamente a diario. Como dije, ya estaba acostumbrado a mi rol de mama vergas, a ser el putito mamador de mi bully, pero esa tarde Ricky llevó las cosas un paso más lejos.
Ni bien me subí al auto me ordenó desnudarme. Me quedé de piedra, asustado, mirándolo, antes de obedecerlo. En el fondo, creo, sabía que en algún momento me ordenaría hacer eso. Ya había demostrado en el pasado cuando disfrutaba humillándome con aquel recurso.
Me saqué toda mi ropa, incluso los boxers, y Ricky arrancó. Me mantuvo así durante un buen rato, dando vueltas por la ciudad, hasta que finalmente me ordenó chupársela. Como siempre, obedecí inclinándome hacia él y metiéndomela en la boca, sin pensarlo demasiado. Pero Ricky empujó con fuerza mi cabeza hacia él, ahogándome con su enorme pija.
Ponete en cuatro, pitito - me ordenó, y no me soltó hasta que lo obedecí.
Como pude levanté mi cuerpo en el asiento, poniéndome de rodillas, sin ser capaz de despegar mi cara de su ingle, y luego levanté mi cola, dejándola completamente expuesta a la ventana del copiloto.
Ricky, sabiendo que ya me tenía completamente dominado, me soltó la cabeza y yo continué mamándosela sin levantarme ni moverme un centímetro. Mientras se la chupaba intentaba no pensar en lo expuesto que me encontraba en ese momento. Sin embargo, como era de esperar, Ricky hizo que aquello fuese imposible.
Esmerate - me decía - que te está mirando toda la ciudad, pitito… mové la colita para tus espectadores - dijo dándome un chirlo - dale, dale, mové la colita pitito…
Yo mamaba y movía la cola mientras intentaba contener las lágrimas. Un minuto después sentí como el auto se detenía, y escuché otros autos detenerse. Me di cuenta que estábamos detenidos en un semáforo en rojo y mi corazón se paralizó. La mano fuerte de Ricky volvió a presionar mi nuca, anticipándose a mi intento de incorporarme.
Quieto ahí, pitito, y seguí mamando.
En ese momento sentí como la ventanilla de mi costado se bajaba. No podía creer lo que estaba pasando, y menos podía creer que ante semejante humillación yo solo siguiera mamándosela a mi bully.
Tremenda chupapijas mi putita - le dijo Ricky a alguien.
Tremendo, amigo, mirá cómo la tenés en el medio de la ciudad - contestó una voz de hombre, acompañada de otras risas masculinas.
Es que le encanta chuparme la pija, se vuelve loco el mariconcito cuando papi pela la verga, ¿No, pitito? - dijo Ricky dándome un par de chirlos inesperados y apretándome las nalgas - mové la colita si la respuesta es un sí - más chirlos me golpearon la colita.
Moví mi culo para Ricky y para el o los extraños del auto de al lado y escuché las risas.
¿Le decís Pitito porque la tiene chiquita? - preguntó una nueva voz, por lo que confirmé que había más de uno en el auto.
Claro - dijo Ricky, y entonces sentí sus manos apoderándose de mis huevitos expuestos.
Me sobresalté por la sorpresa y el dolor, pero no dejé de mamar mientras Ricky me exhibía ante sus nuevos amigos.
Fijense que en ningún momento dejó de mamar - agregó jugando con mis pobres nalgas.
¿Puedo? - dijo la otra voz
Y en ese momento algo se quebró en mí, porque sentí dos manos extrañas estirarse hasta mi lugar y agarrar mis pobres huevitos. Un extraño al que ni siquiera podía mirar no solo estaba viendo en primera fila como se la mamaba a mi macho en el medio de la ciudad, sino que estaba agarrándome de mis huevos. La tremenda humillación y degradación que sentí me invadió el cuerpo en brutales oleadas mientras las manos seguían jugando con mi culo y mis pobres huevos y pitito colgantes.
Nunca sabré si lo que sucedió en ese momento fue aprobado por Ricky o fue idea de aquel extraño del otro auto, pero un instante después de acostumbrarme a las manos intrusas en mis huevitos, sentí como un dedo se apoyaba en mi ano y se abría paso a mi interior. Emití una suerte de gemido / grito sin soltar la verga de Ricky, pero esa fue toda mi protesta. No pude hacer nada más para evitar o impedir que el dedo de un hombre random me penetrara la cola sin miramientos y sin pedir permiso. Ya no pude contener las lágrimas y continué mamando en llanto, mientras mi colita era violada y mis huevos apretados por manos extrañas que jamás supe ni sabré quienes fueron.
Después de semejante degradación, cuando el semáforo ya había liberado el tránsito, continué mamándosela a Ricky hasta que estuvo a punto de acabar. En ese momento, y por primera vez en varios días, me tomó del cabello y me alejó de su verga para que su leche se estrellara con furia sobre mi cara. La cantidad fue increíble, se ve que lo había excitado muchísimo la situación del semáforo.
Luego llegó la frutilla del postre. Mientras me tenía desnudito en el asiento de copiloto, con la cara llena de leche, Ricky decidió ingresar a un Auto Mac. No podría explicar con palabras el terror y la verguenza que sentí cuando llegamos a la ventanilla y nos atendió una empleada que me miró confundida y asqueada mientras Ricky pedía su comida. Yo no podía evitar mirarla, con mis ojos llorosos y mi rostro enlechado, intentando cubrir mi pitito con las manos.
¿Vos querés algo, pitito? - me preguntó maliciosamente Ricky, sorprendiéndome.
...N… No, gracias Ricky - contesté como pude.
Cuando ella se fue mi Bully me dio un tremendo cachetazo.
Sacate las manos de ahí, y nunca más creas que podes esconder esa verguita de mierda, ¿ok?
Sí, Ricky, perdón - contesté quitando las manos para que ella pudiera ver mi pitito a la perfección cuando regresara con la comida.
Comió tranquilamente mientras paseaba por la ciudad con su copiloto nudista y me hizo mamársela una vez más mientras lo hacía. Era increíblemente denigrante sentirlo masticar y disfrtuar su comida mientras me hacía chuparle la pija. Pasó sus manos engrasadas por mi cabello varias veces para limpiarse, antes de acabar en mi boca.
Cuando me dejó en casa ya era entrada la noche. Ricky frenó su auto unos 50 metros antes de mi casa y arrojó mi ropa por la ventanilla.
Dale, bajate pitito - me dijo riendo.
Me bajé aterrado y lo más rápido que pude recogí mi ropa de la calle. Me debatí unos segundos entre vestirme o salir corriendo y opté por la segunda opción. Así corrí desesperadamente hasta mi edificio, completamente desnudo y humillado, con mis huevitos bamboléandose en plena ciudad.
Hasta mañana pititooooo, revolea bien esa pijita y esos huevitos que tenés - gritó Ricky desde su auto mientras tocaba mucha bocina.
Esa misma noche, Ricky me envió un mensaje que contenía un link a un sitio de videos porno. Cuando ingresé mi corazón se detuvo y mis ojos se llenaron de lágrimas al ver que dicho video retrataba la escena de esa tarde en el auto de Ricky. Filmado desde el auto de al lado, mi culito y mis huevitos salían en primer plano mientras todos se reían de cómo le estaba chupando la verga a mi bully, cuyo rostro salía censurado. Todos los comentarios burlones e hirientes que no había (o no había querido) escuchado se reproducían ahora con claridad, aumentando mi humillación y mi verguenza, pero al mismo tiempo poniendo duro mi pequeño pito. Mientras veía como las manos extrañas se adueñaban de mis partes privadas y me violaban, ante las risas y burlas de Ricky, no pude evitar masturbarme. Al cabo de media hora las visitas al video habían aumentado exponencialmente, al igual que los comentarios:
Mirá que hay que ser putito para andar así en plena tarde por el centro de la ciudad
¿No hay uno donde se vea mejor como la mama?
¡Qué lindo encontrarse con esto una tarde cualquiera!
Yo le hubiera autografiado las nalgas
¿No hay una continuación de esto? ¡Qué morbo!
Y yo no pude evitar masturbarme nuevamente.
Ese fue el primer indicio de que la sed de morbo y dominación de mi bully iba en aumento. Cada día que pasaba recordaba lo hermoso que era para él humillarme, y cuánto habían aumentado sus posibilidades de hacerme pasar un mal rato ahora que éramos adultos.
El segundo llegó pocos días después. Yo ya me encontraba completamente resignado y metido en mi papel del chupavergas de mi bully; nuevamente, después de diez años, me encontraba completamente dominado por Ricky, un chico fisicamente muy superior a mi. Realmente me hacía sentir que no tenía forma de resistirme a sus maltratos ni a sus humillaciones, que había nacido para obedecer al alfa.
Me despertaba sabiendo que, seguramente, durante un rato de ese día debería ponerme a disposición de mi bully, y sabiendo que, como siempre, me metería su gorda verga en la boquita y se la chuparía hasta hacerlo acabar. Pero Ricky tenía otros planes…
Esa tarde la pasé esperando un llamado o un mensaje que nunca llegó. No quise ser demasiado optimista, pero no podía evitar pensar que, quizás, Ricky se estaba aburriendo u olvidando de mí. Pero nada más lejos de la realidad.
Entrada la noche, cuando yo ya me había bañado y me disponía a cenar y dormir me llegó su mensaje. Era un horario muy extraño para que Ricky apareciera, y mi cabeza ya se había hecho a la idea de no tener que subirse a su auto a darle placer ese día, pero ahí estaba su mensaje, vibrando en mi celular.
Para mi sorpresa, era un audio.
En quince minutos estoy en tu casa, pitito - decía con un tono de voz de visible ebriedad.
¿Querés que te espere en la esquina? - le contesté yo, patéticamente sumiso, aunque en parte era para que no me vieran mis vecinos subir a su auto.
No, pitito, te toco timbre - dijo, para mi enorme sorpresa y terror.
Ese día se dio el segundo indicio, ya no había vuelta atrás. Ricky cada vez ocupaba más espacio en mi vida y no había forma de decirle que no, nunca, jamás.
Bajé a abrirle con mucho miedo y vergüenza, y él se encargó de hablar en voz muy alta en los pasillos y el ascensor sobre lo putito chupa pijas que yo era, y de cuánta gente había visto ya mi video del auto.
¿Qué estabas haciendo, pitito? - me preguntó mientras recorría mi departamento
Nada, Ricky, estaba por cenar.
Ah, genial, estuve tomando y tengo hambre. Trae la comida, dale.
Yo no podía reaccionar ni salir de mi asombro. En cuestión de minutos mi bully se había metido en mi propia casa y ahora me daba órdenes como si fuese su sirviente mientras se acomodaba en mi sillón, y lo peor era que a mí ni siquiera se me ocurría desobedecerlo o cuestionarlo, tan solo obedecía en piloto automático.
Volví al living con dos platos y al verme, Ricky estalló en carcajadas.
No hacen falta dos platos, pitito, vos lo único que te vas a comer hoy es esta poronga - dijo, agarrándose el enorme bulto.
Estiró sus manos y tomó los dos platos, pasando el contenido a uno solo y devolviéndome el vacío.
Andá, llevalo a la cocina, y traeme una cerveza.
Yo, por supuesto, obedecí sin chistar y fui a la cocina con la cabeza baja. Cuando volví al living con la cerveza Ricky me detuvo.
Pará, pitito, quedate ahí… desnudate y vení caminando desnudito.
Sabía que en algún momento me pediría eso. Siempre disfrutaba humillándome de aquella forma. Me quité toda la ropa y me dirigí al sillón, cerveza en mano.
Cocinas bien, piti - me dijo él, abriendo y tomando la cerveza - bueno, a lo tuyo, dale.
Si, Ricky - contesté yo, sumiso como siempre.
Me arrodillé entre sus piernas, liberé su anaconda de sus pantalones y, mientras el comía mi cena y tomaba mi cerveza, acerqué mi boca a su pija y me la metí despacio, intentando no pensar demasiado.
Que brutal humillación era estar mamándosela mientras él devoraba mi cena y tomaba mi cerveza, casi como si no le importara mi trabajo. Seguí mamándosela mientras él comía, y cuando terminó tiró el plato al suelo y se puso más cómodo. Y entonces llegó por primera vez esa humillante orden que por alguna razón aún no me había dado:
Mirame, pitito
Con toda la vergüenza del mundo levanté la mirada con su verga en la boca hasta encontrarme con la suya. ¡Qué patética debía ser mi mirada llorosa y suplicante con su pija dentro de mi boca! La suya era de diversión y malicia pura.
Así, muy bien, seguí chupando, dale…
Se la seguí mamando mirándolo a los ojos. Si chupársela a mi bully era humillante, hacerlo mirándolo a los ojos era directamente regalarle hasta el último rastro de mi dignidad. Y encima completamente desnudo y en mi propia casa.
Cuando sentí los espasmos supe que estaba por acabar, y sentí su mano dominante presionar fuerte sobre mi nuca. Así, ahogado contra su pubis con toda su verga penetrándome boca y garganta, recibí toda su leche. Siendo incapaz de tragar en aquella posición, casi toda la leche escapó por las comisuras de mis labios junto con mis arcadas. Ricky presionó más mi cabeza contra su cuerpo durante varios segundos que me parecieron horas, y finalmente me soltó.
Me hice hacia atrás, tosiendo leche, con mis ojos rojos y llorosos mientras él reía y me miraba desde arriba.
¿Querés un poco de cerveza, Piti? - me preguntó con sorna.
Si, gracias - dije yo.
Me tomó nuevamente de la nuca y me llevó hacia su entrepierna. Mi rostro quedó pegado contra sus huevos enormes y duros.
Tomá - dijo, y comenzó a volcar cerveza sobre su abdomen.
El río de cerveza cayó como cascada por su cuerpo hasta llegar a su entrepierna y mezclarse con toda la leche que ahí había quedado. Yo, sumisamente, comencé a lamer esa asquerosa mezcla de cerveza y leche fresca de su cuerpo, a lengüetazos, mientras él me miraba satisfecho, siempre desde arriba.
Cuando terminó de jugar conmigo se acomodó mejor en mi sillón, puso los pies sobre la mesa ratona y se prendió un cigarrillo. Yo no sabía que hacer, ni como reaccionar. Estaba desnudo y abusado en mi propia casa, que ahora parecía suya. Me quedé de rodillas a sus pies, sin atrever a moverme. hasta que me indicó que me podía sentar en el sillón con él si antes le alcanzaba otra cerveza. Lo hice, sin atreverme a agarrar una para mí, y me senté a su lado a soportar sus humillaciones verbales y sus burlas, hasta que noté como sus chistes lo estaban poniendo duro de nuevo.
acariciala, piti, dale no seas tímido - me dijo de repente.
Yo lo miré a los ojos, invadido por una súbita verguenza, y con un movimiento lento, como esperando que algo sucediera antes de que lo completara, acerqué mis dedos a su verga y la agarré.
Dale, acariciala, mové esos deditos…
Comencé a recorrer su larga y gruesa superficie con la yema de mis dedos, de la punta a la base.
Los huevos también, Piti - me indicó
Obediente como siempre comencé a acariciar sus huevotes de igual manera; eran enormes, y no pude disimular la sorpresa.
Son grandes, ¿no, piti?
...ss...si, Ricky
Encima vos estás acostumbrado a esos huevitos de mierda que tenés jaja, dale, agarralos, vas a ver que son mucho más grandes y pesados que los tuyos.
Tenía razón, su tamaño impresionaba y su peso era increíble. Solo había tocado los míos propios hasta ese momento, y la diferencia abismal me hizo sentir infinitamente inferior como hombre.
Besalos
…¿Qué?
Que los beses, Piti,¿sos sordo? acercate y dale un beso a cada uno.
Coloradísimo de humillación y verguenza me acerqué a sus huevos y le di, tímidamente, un besito a cada uno, mientras mi bully reía satisfecho. Luego seguí acariciando su miembro.
Haceme una pajita, Piti, dale - dijo poniéndose comodo.
Mis dedos rodearon su grueso tronco y comencé a masturbarlo despacio, sintiendolo crecer en mi manito. Se la había chupado ya muchísimas veces, pero jamás me había pedido que lo masturbara. Agarrar una verga ajena y darle cariño, jugar con ella, me resultaba muy extraño, morboso, me sentía avergonzado y a la vez excitado.
Envalentoné mis movimientos cuando noté su creciente calentura y comencé a masturbarlo como me hubiera encantado masturbarme a mí, si hubiera tenido un pedazo de ese tamaño: de arriba a abajo, jugueteando con la presión de mis dedos hasta llegar al glande y acariciarlo suavemente. Qué raro se sentía tener que recorrer tanta distancia para llegar a la punta de una verga; a mi me alcanzaban dos deditos para recorrerla toda sin tener que mover la mano. Aquello era mucho más divertido que hacerlo con mi pitito, lástima que el placer no era mío, sino de mi bully.
Te gustó, eh Piti...- me dijo entre risas, dándose cuenta que estaba completamente hipnotizado y ensimismado con mi labor. Quise guardar silencio, pero el insistió con la pregunta.
Si, Ricky…
¿Nunca tocaste una tan grande, no putilín?
No Ricky, nunca, solo la mía.
¿Esta mierdita? - dijo estirando su mano y atrapando mi penecito con dos dedos
Su repentino tacto me generó oleadas de morbosa humillación que recorrieron mi cuerpo entero. ¡Uff! ¡Cuántas cosas sentí en ese momento! Pertenencia, sumisión, calentura, degradación, humillación… sobre todo pertenencia. Que Ricky se tomara la absoluta libertad de agarrarme del pitito cuando él quería me hacía sentir de su propiedad.
Comenzó a jugar con sus deditos en mi pito duro
Claro, con este pitito tan chiquitito es aburrido ¿no piti?
mmmm… ssss...siii Ricky - decía yo entre gemidos que intentaba disimular.
Era la primera vez que un hombre me masturbaba, y todas las sensaciones contradictorias que ello me generaba me volvían loco y no me permitían pensar con claridad. Y al ritmo de mis propios gemidos comencé a masturbar a Ricky con fuerza y dedicación.
Sentía como su verga se ponía cada vez más dura dentro de mi mano, y como comenzaba a gotear sobre mis dedos. Él también aumentó la intensidad y las burlas, apretando mi pequeña verga con fuerza con sus dos dedos. La humillación constante que sentía al notar la abismal diferencia entre sus dos deditos y mi mano que apenas se podía cerrar al rededor d aquel tronco me calentaba aún más.
Ponete en cuatro y chupamela - me ordenó
No dejé pasar ni un instante para obedecer. La calentura me dominaba. En mi propio sillón me puse en cuatro patas y me metí su verga en la boca para chupar con ganas, como si buscara enamorarlo.
Ricky estiró su mano y comenzó a jugar con mis nalgas, con mi culito y con mis huevos colgantes. Sus apretones y sus chirlos, su dedo juguetón en la entrada de mi ano y sus caricias en mi miembro me volvían loco de calentura, y yo traducía esas sensaciones en brutales chupadas a su verga.
Sentí los dedos de mi bully apoderarse de nuevo de mi pito con dos dedos que comenzó a mover de arriba a abajo. Me estaba ordeñando.
¿Te gusta, pitito?
MMMMMMMM - gemía yo, para que supiera que sí.
Contestame bien - dijo aumentando el ritmo y la presión de sus dedos
Ziiii Dickyyy - gemí yo con su verga en la boca
Continué chupando sin parar mientras él me controlaba como si mi pitito fuese un control remoto. Si notaba que no se la chupaba con suficiente dedicación él aumentaba su ritmo o su fuerza, y yo automáticamente gemía y retomaba el ritmo. Me mantuvo así, jugando conmigo como si fuese un autito a control remoto hasta que me ordenó mamársela más fuerte y comenzó a gemir.
Para asegurarse un buen orgasmo, Ricky aumentó su masturbación en mi pito. Qué demoledor era ser masturbado en aquella posición, realmente sentía que me estaba ordeñando, que era su animalito, su juguetito. Y así era, porque cuando sintió que estaba por acabar, aumentó el ritmo de sus dedos y yo comencé a gemir y a chupar desesperado como la putita más golosa del mundo.
Cuando su leche decidió salir disparada, Ricky aumentó aún más su ordeñe y, cuando notó que yo estaba a punto de acabar, soltó mi pitito y con su mano en mi nuca me hundió contra su verga. No me quedó otra que apoyar los codos en el sofá y levantar mi culo y mis piernas; mi verguita lloraba un delgadisimo hilo de leche que escapaba de mi contenido y arruinado orgasmo.
Aún con su verga llenándome hasta la garganta, me esforcé por darle más placer con mi lengua y mis labios para ver si así me daba mi premio.
Masturbate, piti - me ordenó finalmente
Y en aquella posición humillante busqué mi pijita con mi mano y comencé a masturbarla frenéticamente para revertir el camino de mi leche, que estaba volviendose triste y dolorosamente hacia mis huevos.
Finalmente tuve mi orgasmo, a cuatro patas, con la verga de mi bully en la boca y sobre mi propio sillón.
Cuando acabamos, Ricky se encendió otro cigarrillo y me ordenó llevarle otra cerveza. Me hizo sentarme de nuevo en el sillón y tuve que obedecerlo apoyando mi cola sobre mi charco de leche.
Así estuvo un buen rato, fumando, bebiendo, y riéndose de mí, hasta que, visiblemente borracho, se digno a irse.
Bajá a abrirme, Piti…
Me dirigí al rincón donde estaban mis boxers y mi ropa, pero Ricky me detuvo.
No, no, Pitito, delante mio siempre desnudito.
Pero, Ricky…
Pero nada, Pitito, soltá esos boxers y bajá desnudito.
Sin más remedio que obedecer, abrí la puerta y nos tomamos el ascensor. El viaje se me hizo eterno. Aunque ya era tarde, y hubiera sido raro encontrarnos con algún vecino despierto, mi corazón no paró de latir con fuerza, y mi pitito desaparecía del miedo.
Me encanta que seas tan obediente, Piti, te voy a venir a visitar más seguido.
Yo guardé un tímido silencio mientras seguía temblando de miedo a que alguien apareciera.
¿No me vas a invitar, Piti? - insistió él
Si..Ricky
¿Puedo venir cuando quiera, no?
Si Ricky..- contesté resignado, casi llorando.
No te hagas, que te gustó - me dijo riendo y estirando su brazo para sujetarme de los huevitos.
Mi pito se asustó por el sorpresivo tacto, pero al instante comenzó a crecer.
Jajaja, cada día un poco más putito y más sumiso estás, Piti… ¿Te gusta que te venga a visitar?
Si… Si Ricky
¿Si qué?
Si, me gusta que me vengas a visitar - Ricky movió sus dedos en mi verguita.
¿Me vas a seguir invitando, no?
Siii Ricky… vení cuando quieras.
Ricky continuó jugando con mi pijita en el ascensor, acelerando los movimientos cuando estabamos por llegar a la planta baja. Cuando las puertas se abrieron él intensificó su masturbación y yo estallé en un nuevo orgasmo, viendome reflejado en el enorme espejo del hall, gimiendo sin poder controlarme.
Jajajaja, que mariconcito hermoso sos, Piti - festejó mi bully.
Total y completamente avergonzado crucé el pasillo hasta la puerta de entrada y la abrí intentando acelerar el proceso, pero Ricky se tomó su tiempo en seguirme y en abandonar mi edificio.
Quedarme solo y encontrarme completamente desnudo en el hall de mi edificio, habiendo dejado el ascensor lleno de leche y viendome reflejado en todos los espejos me hizo sentir una inferioridad increíble. No me sentia una persona, me sentía su juguete; Ricky era mi dueño.
Aquellos sucesos marcaron un antes y un después en mi vida, vida de la cual Ricky se había apoderado por completo. No solo me había exhibido por toda la ciudad, sino que se había metido en mi casa y se había adueñado de ella de una forma implacable. Ya no estaba seguro en ningún sitio, ni siqueira en mi departamento. Siempre era el juguete de Ricky, en todos lados, todo el tiempo.
Me resigné a ser su putito chupapijas, estando para él en cualquier momento que él quisiera. Sus visitas de madrugada se hicieron cada vez más frecuentes. Le encantaba venir a mi casa, tirarse en mi sillón y ponerme a mamársela mientras fumaba cigarros o marihuana. Le encantaba hacerme bajar a abrirle desnudito, tanto en su llegada como en su partida.
Si Ricky tenía ganas de venir a casa a las 2 de la madrugada de un martes simplemente venía, y yo lo esperaba con cervezas, o con la cena, y sumisamente le entregaba mis servicios de putito chupa pijas. Perdí la cuenta de las veces que se la mamé, y de las semanas que transcurrieron así, siendo abusado en mi propia casa, hasta que Ricky encontró la forma de humillarme aún más, de hacerme un poco más suyo. Porque una noche tocaron mi timbre y recibí un paquete. En su interior había una provocativa tanga de encaje rosa, con detalles en dorado y la figura de una cereza en su parte trasera. Junto a ella había una notita que decía:
Para que la uses en mi próxima visita, te va a quedar, divina, Pitito. Atentamente, Ricky, tu macho.
Sabía muy bien lo que se venía, y no tenía forma de detenerlo.
Les regalo otro capítulo de esta ultra morbosa saga jeje... si quieren saber cómo continúa (y cómo temrina) no duden en escribirme a mi mail! [email protected]
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