Subcontratando el placer de mi mujer 4
Daniel creía estar controlando la situación al contratar a un Amo para su esposa, pero la realidad supera cualquier fantasía. Mientras Alicia espera ansiosa, el desconocido no solo toma el control de su cuerpo, sino que desmonta la confianza de Daniel con cada orden, cada humillación y cada silencio. La noche promete ser un viaje al límite donde el placer se confunde con la degradación.
Desperté sobresaltado al sentir los labios de Alicia besando mi pene. Creo que es el sueño de todo hombre, pero no tenía ánimos para eso, aunque mi erección matutina diese otra impresión.
- Déjalo cariño, sabes que necesito mi café antes de ser persona.
- Y yo mi leche. – dijo ella, continuando con la felación.
Como pude salí de la cama y dejé allí a esa loba hambrienta en la que se había convertido mi esposa. Ya en la cocina, taza en mano, apareció ella. Otra vez desnuda y con ese collar rojo al cuello. Creo que había visto más veces desnuda a mi mujer esa semana que en todo nuestro matrimonio.
- ¿Te gusta más el café que yo? – dijo Alicia, pegando sensualmente su cuerpo al mío.
- No preguntes lo que no quieras saber. – le contesté bromeando.
- ¡Es el día! Tengo que prepararme… ¿Qué me pongo? ¿Qué le vamos a hacer de cena? – dijo nerviosa Alicia.
- ¿Yo? Es tu Amo, no pensarás que le cocine yo. – contesté sentándome en la mesa de la cocina.
Mi esposa me puso su mejor carita de cordero degollado, pero al ver que no surtía efecto comenzó a buscar recetas en el móvil y mirar que teníamos en casa. Alicia era genial, la mejor mujer del mundo, pero no era precisamente una cocinillas. Viendo su cara de preocupación supe que acabaría cediendo. Bastante tenía mi pobre esposa con los nervios. Escribí a ese hombre contándole el futuro infarto de mi mujer y preguntándole por la cena. Me dijo que no me preocupara, pero que quería hablar con ella antes de ir. Por un lado me alegré por dejar de ser el intermediario entre ellos, aunque dejase de tener control sobre lo que pasaba.
- Te va a escribir al correo. Quiere hablar contigo. Supongo que te dará instrucciones.
- ¿Qué? ¿A mí? ¿Dónde está mi móvil? – dijo nerviosa, buscando en unos bolsillos imaginarios de su desnudo cuerpo.
Salió como un torbellino a por el teléfono. Cuando terminé de preparar su desayuno ella seguía en la cama esperando su mensaje. Pensé que lo mejor sería ir un rato al gimnasio, necesitaba despejarme. Y ver cómo mi mujer espera ansiosa y desnuda que otro hombre le diga que quiere cenar… no soy celoso, pero mejor dejarles espacio.
Estuve más de dos horas en el gimnasio. Entre comprar el pan y algún recado, llegué a la hora de comer. Al entrar en casa me encontré a mi mujer, esta vez vestida, limpiando como una energúmena.
- No limpias así ni cuando viene mi madre. – le dije como saludo.
- ¿Qué quieres que piense que soy una guarra? Bueno sí… pero no de ese tipo. – contestó bromeando Alicia, plumero en mano.
- ¿Al final que vas a cocinarle?
- ¡Nada! Ha dicho que él se ocupa de la cena. Qué será una sorpresa. – me dijo feliz.
- Ya… y veo que nosotros guardaremos ayuno hasta entonces ¿no? – le dije al ver que no había nada de comer.
- ¡Jo! Lo siento, cariño. Tengo mucho que hacer… Seguro que tú preparas algo rápido y rico, como siempre. – me contestó, jugando con el plumero en mis pantalones.
No sé por qué hice ese comentario. Tenía claro que Alicia no iba a hacer la comida, por eso había pasado a comprar algo antes de volver. Creo que mi subconsciente quería recalcar esa diferencia. Que ella se diera cuenta que yo también existía. Sé que no es justo, yo había aceptado esto… y no pensaba echarme atrás… pero es difícil ver a tu mujer tan maravillada con otro hombre.
- ¿Te ha resuelto tus dudas? – le pregunté mientras comíamos.
- En realidad… no mucho.
- ¿Entonces? ¿De qué habéis estado hablando? – pregunté tratando de no sonar celoso.
- Me ha preguntado si estaba segura. Y si lo estabas tú. Ya sabes, una cosa lleva a la otra y he acabado contándole mil cosas. Lo mismo se piensa que le he usado como mi psicólogo… ¿Crees que se arrepentirá de venir? Debí haberme controlado más. – dijo preocupada Alicia.
- Tranquila, vendrá, me lo ha confirmado.
- ¿Sí? ¡Menos mal!
Mentí, no había vuelto a hablar con él desde esta mañana. Pero para que iba a preocuparla. Más tarde hablé con él. Vendría sobre las 7, Alicia sabía que iría por la tarde, pero no a qué hora. Con razón terminó de comer y se metió al baño. Desde el otro lado de la puerta mi mujer me iba preguntando sus dudas, mientras yo escuchaba como se depilaba para otro hombre.
- ¿Me pongo el collar? ¿O él querrá ponerme uno suyo? ¿Crees que me regalará uno como símbolo de su propiedad?
- No sé, cariño.
- ¿Qué me pongo? ¿Un vestido? ¿O le gusta más un pantalón ajustado? ¿Me pongo ropa interior? ¿De qué color? ¿Prefiere que vaya sin sujetador?
- Ni idea…
- ¡Pues pregúntale! ¿Tengo que esperarle arrodillada en la puerta? ¿Yo cenaré algo? ¿O solo estaré atendiéndole? Por comer algo antes… ¿Le gusta completamente depilado? ¿o me dejo un poquito?
- Me aburres, Ali.
Escribí el listado de preguntas y se las envié. Tiempo perdido pues me dijo que no me preocupase, que todo se vería en el momento. Quería ver primero nuestra reacción y luego iría improvisando. ¡Uy qué machote, él puede improvisar! ¿Pero que me pasa? Yo me había metido en esto… No era justo culparle…
Alicia salió tapándose con una toalla. ¿Toda la semana desnuda y ahora se tapaba delante de mí?
- ¿Qué te ha dicho? Dime, dime…
- Nada, que irá improvisando.
- Claro, con esa imaginación puede hacer lo que quiera. – dijo mi mujer, casi suspirando al aire.
Salí de la habitación sin decir nada más. Necesitaba relajarme o acabaría estropeando el día a mi mujer. Fui a por una cerveza y encontré la nevera repleta. Alicia había puesto a enfriar como si fuera a venir todos los vecinos a ver el fútbol. Cogí una y salí a la terraza a que me diera el aire.
Absorto en mis pensamientos no puedo concretar el tiempo que pasó, pero di el último trago a mi segunda cerveza. Entonces escuché a Alicia buscándome por el piso. Cuando la vi quedé petrificado. Estaba preciosa. Un vestido blanco, abotonado por delante, muy primaveral con motivos florales. Un bonito escote, sin ser exagerado; Y poco más arriba de las rodillas. Estaba sexy, sí. Pero más que eso, estaba preciosa. Un ligero maquillaje y el cabello recogido en dos trenzas, parecía que en cualquier momento los pajaritos volarían a su alrededor piando hasta posarse en su hombro. Y más allá de eso, lo mejor su rostro, con una gran sonrisa y los ojos brillantes rebosantes de felicidad. Estaba claro, merecía la pena.
- ¡Dani! ¿Qué tal? ¿Crees que le gustará? Demasiado casto ¿verdad? Sí… No quería pasarme… pero claro…
No deje que terminase, agarré su cintura y atrayéndola hacia mí, la besé. La besé como si fuera el último, por si llegaba a serlo…
- Dani… ¿eso quiere decir que te gusta? – contestó sorprendida por mi reacción.
- Estás como siempre, perfecta.
- ¡Joo, Dani! No me digas eso ahora…
- No te preocupes que no me pondré romántico. Hoy es tu día. En unos minutos serás una guarra salida, tú disfruta.
- ¡Eres lo que no hay! Gracias mi amor. Espera… ¿unos minutos? – preguntó preocupada al caer en el detalle.
- Sí, debe estar a punto de llegar.
- ¿Qué?
Salió corriendo de nuevo al dormitorio. No tengo ni idea que más querría preparar. Yo recogí mis cervezas y escuché el sonido del telefonillo. Mientras pulsaba para abrir apareció Alicia derrapando por el pasillo sobre sus sandalias de tacón. Se había puesto el collar y llevaba la correa colgando entre sus pechos. La princesa Disney que había visto hace un momento parecía ahora un manga porno.
- Gracias, gracias, gracias. Te prometo que te recompensaré por esto. Con Lara y con quien tú quieras. – me dijo mi novia besándome en la mejilla.
Viendo cómo se arrodillaba frente a la puerta, poco me importaban sus promesas. Es cierto que desde anoche no podía dejar de pensar en ese precioso culo moreno de Lara. Pero ahora tenía que entregar a mi mujer a otro hombre.
- ¡Cogeeee! – dijo nerviosa Alicia dándome su correa. – tienes que dársela tú.
¡Genial! ¿No era lo suficiente explícito ya? En fin… Sonó el timbre de la puerta, abrí y apareció el hombre que yo mismo busqué para complacer a mi mujer. En su mano traía una pequeña maleta negra, supongo que donde guardaba sus herramientas de Amo.
- Buenas tardes Daniel. – me saludó con un apretón de manos.
Yo le correspondí para después darle la correa que llevaba atada a mi esposa. Pensé en decir alguna transcendental frase digna del momento, pero no se me ocurrió nada. Mejor, pues según tuvo en su mano a mi mujer, dejó la correa enganchada en el picaporte de la puerta y me dijo:
- Me gustaría hablar contigo.
- Eh… claro.
Pasamos al salón, dejando arrodillada a Alicia en el pasillo junto a la puerta. La cara de ella era un poema. Llevaba toda la semana esperando este momento y ni siquiera la había saludado.
- He estado hablando hoy con Alicia. Entre otras cosas, me ha contado lo que habéis hecho estos días. – me dijo sentados en el sofá.
- Sí, bueno, ya lo sabías, eran tus ideas. – le contesté.
- Lo eran, pero sabiendo su versión tengo claro que no me necesitas.
- ¿Cómo? No vayas por ahí. Alicia está como loca contigo. Ahora no vayas a dejarla con las ganas. – dije viendo sus intenciones.
- Esta loca por sentirse sometida. Por tener una figura dominante en su vida sexual. Pero no tengo que ser yo. – me contestó.
- Eso díselo a ella…
- No sirve con decirlo. Pero hoy se lo demostraremos.
No entendía bien por dónde iba, pero sí que sus intenciones eran buenas. No quería meterse en nuestra relación. Pero a mí eso ya me daba igual. Yo solo pensaba en mi mujer, arrodillada y sujeta a la puerta como una perra, imaginando lo que sentiría a ver qué su Amo pasaba de ella.
- Te agradezco lo que intentas, pero yo no puedo ser como tú. Puedo hacer cosas, pero ella no me verá cómo te ve a ti. Te agradezco la paciencia que has tenido conmigo. Y he aprendido muchas cosas. Pero ahora no se trata de eso. Ali necesita esto. Tú haz tu espectáculo, que ella disfrute de su fantasía. Yo cogeré apuntes y trataré de no molestar. ¿De acuerdo? – me sinceré completamente con ese hombre.
- No. – contestó sin más.
Sin darme lugar a réplica, se puso en pie y fue a buscar a mi mujer. Me quedé en el umbral de la puerta, desde donde podía ver cómo Alicia pasaba de su rostro de desconcierto y tristeza, a la más absoluta alegría al ver cómo volvía su Amo. Le faltaba mover la cola cuando cogió la correa del picaporte y le dijo.
- Ven, perrita.
Yo corrí al sofá disimulando para ver como mi mujer gateaba a los pies de ese hombre sonriendo como una adolescente enamorada. Él se sentó en el sillón que generalmente no usábamos por ser de una plaza. Y claro, mi mujer se arrodilló a sus pies.
- Tengo que reconocer que me das mucha envidia, Daniel. – me dijo.
- ¿Sí? – dije yo, dudando que tener a mi esposa a sus pies fuera motivo de envidiarme.
- Por lo que me has contado y lo que he podido conocer, tienes una mujer increíble a tu lado. Además de preciosa. – dijo, pasando su mano por la cara de Alicia.
Yo veía como mi mujer se ruborizaba con sus palabras. Parecía que los halagos de ese hombre valían el triple que los míos. En fin… da igual. Ella estaba disfrutando…
- Dime, Daniel, ¿Qué es lo que más te gusta del cuerpo de tu mujer?
- Pues… no sé. Me gusta todo. – contesté un poco cortado.
- Por eso he dicho “más”. – insistió.
-…Sus ojos. – dije yo después de pensar unos segundos.
- Reformulare la pregunta. Si solo pudieras masturbarte viendo una parte de su cuerpo, por el resto de tu vida, ¿cuál sería?
Me había dejado sin salida. Tenía claro a qué se refería desde un principio, pero no sabría elegir entre el precioso cuerpo de mi mujer. Traté de hacerlo, más que nada por la curiosidad de saber dónde quería llegar. Debió ver demasiada duda en mí, o simplemente era esto lo que pretendía hacer de un principio.
- Parece que no lo tienes claro. Por suerte la tienes justo aquí para decidirte. Alicia, ponte en pie.
Mi mujer lo hizo de inmediato. Me resultaba extraño verla tan callada. No había abierto la boca desde que ese hombre entró en casa. Estoy seguro que por dentro se moría por decirle mil cosas. Y en cambio, su cara reflejaba felicidad solo por recibir la orden de ponerse de pie.
- Para contestar mi pregunta debes dejar de verla como tu esposa. Ella casi tiene dominado el paso de esposa a sumisa. ¿Pero tú? – habló mientras se ponía en pie.
- Yo diría que también. Es más fácil pasar de marido a dominante. – dije yo.
- ¿Eso crees? Sí claro, no tienes que estar aquí, parado, sin saber qué sucederá. – dijo colocándose tras mi mujer.
- Cómo dominante eres tú quien controla la situación ¿verdad?
Yo afirmé con la cabeza, viendo cómo ese hombre se acercaba más a la espalda de Alicia. Posó una de sus manos en su hombro y hasta yo pude sentir el escalofrío que recorrió el cuerpo de mi mujer.
- Ella no sabe que voy a hacer. Ni siquiera puede verme ahora mismo. Yo podría estar masturbándome ahora mismo a su espalda, sin ella saberlo. En un instante podría agacharla, subir su vestido y clavársela.
Mi mujer se mordía el labio conteniendo la excitación. Estando frente a ella podía ver con claridad como se marcaban sus pezones por la falta de sujetador. Entonces él puso su otra mano en el hombro y mi mujer dio un respingo. Acababa de descubrir que su Amo no estaba masturbándose a su espalda, pero seguía nerviosa, no tenía ni idea que pasaría.
- Esa es la diferencia de roles. Cada cual tiene su lado excitante. Y aunque te parezca más sencillo ser dominante, también necesita un cambio de mentalidad.
Antes de que pudiera decir nada, comenzó a bajar sus manos hacia el pecho de mi mujer. En un momento soltó los botones que mantenían su escote recogido. Al hacerlo la mitad de sus pechos quedaban a la vista, no llegaba a verse los pezones, pero casi.
- Por eso te pregunto, ¿A quién estoy desnudando? ¿A tu mujer o a tu sumisa?
Según dijo eso deslizó los tirantes del vestido haciendo que este cayera lentamente, dejando el torso de mi mujer completamente desnudo. Podía ver claramente la piel erizada de Alicia al quedarse con las tetas al aire frente a mí, por culpa de ese hombre. Antes de poder si quiera pensar una respuesta, me dijo:
- No quiero que contestes, solo piénsalo.
- Y tú, Alicia… ¿Quién crees que te está tocando ahora mismo? – le dijo tras su oreja.
Sus manos bajaron de sus hombros por sus brazos y fueron recorriendo su piel hasta llegar a su vientre. De allí se fueron separando, la izquierda subía lentamente a su desnudo pecho y la derecha fue bajando adentrándose en lo que aún cubría su vestido.
- Mi… Amo… – dijo Alicia, casi jadeando.
- Correcto, pero no por lo que crees.
Justo cuando la punta de sus dedos iba a tocar el pecho de mi mujer, retiró las manos. Un suspiro, estoy seguro que de decepción, escapó de los labios de Alicia.
- Ambos pensáis que aquí mando yo, pero soy el único que no tiene voz ni voto. Tú puedes decir que no en cualquier momento, yo cogeré mis cosas y me iré. Y por supuesto, tu Amo, Daniel, igual que me ha dado el poder de someterte, me lo puede quitar. No lo olvides.
Alicia llevo sus ojos hacia mí de manera extraña, como diferente. Supongo que quería decirme: “ni de coña se te ocurra detenerle”. Pero esta vez no tenía claro que pasaba por la mente de mi mujer.
- Creo que hemos empezado un poco tensos. Me tomaría una cerveza. ¿Qué te parece, Daniel?
- Sí, nos vendría bien.
- Enseguida… Amo. – dijo Alicia, dudando por un segundo como llamarle.
Mi mujer fue a la cocina, aún con su torso al descubierto. No tardó nada en volver con dos botellines de cerveza. Dudó un segundo, pero se decidió por entregárselo a él primero. Después lo hizo conmigo.
- Así no. A tu Amo debes servirle la cerveza arrodillada y sujetándola con tus tetas. – dijo él.
- Lo… lo siento. No lo sabía. – se disculpó ella compungida.
Volvió a agarrar el botellín y colocándoselo entre sus pechos, apretando con sus manos estos para que no se cayera, se arrodilló frente a él. El contacto del casi helado cristal hizo que su piel se erizase y sus pezones se convirtieron en un arma blanca de lo afilados que estaban. Él llevó su mano hacia sus pechos y agarrando el botellín por el cuello, obtuvo esa cerveza, bastante menos fría que hace un instante.
- Buena chica. – le dijo acariciando su pelo.
- Gracias, Amo. – ronroneo ella.
Dio un trago a su cerveza y se quedó mirando a Alicia. Ella trataba de mantener la mirada baja, pero sentirse observada medio desnuda la debía poner muy nerviosa.
- ¿Alicia? – habló él.
- ¿Si, Señor? – contestó ella expectante.
- Entiendo que no supieras como debes servir a tu Amo. Pero ahora que si lo sabes, ¿qué haces ahí parada?
La cara de ella era de autentico pavor por no entender que estaba haciendo mal. No me extraña. Yo tampoco sabía a qué se refería. Verla tan nerviosa por no saber que hacer me estaba poniendo nervioso a mí. ¿Qué coño quería ese tío?
- Vamos, pequeña, tu Amo espera que le sirvas su cerveza. – dijo él, dando un trago a la suya.
Casi vi la bombilla encenderse sobre su cabeza cuando se dio cuenta. Me miró avergonzada por un segundo, para después venir corriendo hacia a mí y repetir el proceso. Con mi mujer arrodillada y sus tetas heladas por mi botellín, me miró cabizbaja y me dijo:
- Lo siento mucho, Amo. Perdón.
Tengo que reconocerlo, sentí como un cosquilleo recorría mi bragueta escuchando a mi mujer pedirme perdón de esa manera. Puede que fuese la mayor tontería después de todo lo que habíamos hecho estos días. Pero el tiempo que la tuve esperando a que yo recogiese mi cerveza, mientras sus tetas se congelaban y mojaban por la condensación… me avergüenza decirlo, pero disfruté de su sufrimiento.
- Está bien. – dije, tan secamente que hasta yo me extrañé.
Alicia se puso en pie instintivamente cuando yo cogí la cerveza de sus tetas. Pero creo que al verse allí, medio desnuda, sin saber que hacer, le hizo desear una nueva orden. Ojalá se me hubiera ocurrido una, aunque tampoco tenía claro si yo debía dársela. Pero él no iba a hacerlo, estaba disfrutando mucho de la cara de confusión de ella sin saber que hacer. Al final decidió quedarse de pie, con los brazos a la espalda, justo frente a la televisión. Quedando de esa manera en el centro de nuestras miradas de forma natural.
- ¿Y bien? No me has dicho que es lo que más te gusta de su cuerpo.
- Sus pechos. – contesté dando un trago.
- Buena elección. La verdad es que son preciosos. – dijo él, mirando descaradamente las tetas a mi mujer.
- No son muy grandes, pero lo suficiente. – añadió tranquilamente, como quien habla del fichaje de su equipo.
Alicia empezaba a ponerse roja ante sus miradas y sus palabras. Yo diría que estaba tan avergonzada como excitada. Y ese pensamiento me encendió a mí.
- No, muy grandes no son. A mí siempre me han gustado las tetas grandes. Aunque tengo que reconocer que en siete años no han cedido ni un centímetro. – dije yo.
- Eso es lo bueno de los pechos pequeños, que se mantienen firmes mucho más tiempo. – añadió él.
Alicia no se atrevía a levantar la mirada del suelo. Podía notar lo humillada que se sentía al estar escuchándonos hablar de sus tetas como si no estuviera allí, con ellas al aire. Y lo que más me ponía, es que mantenía esa postura sacando pecho, como ofreciéndose a seguir examinando sus “pequeñas” tetas.
- Lo que más me gusta es que a pesar de su tamaño, botan bastante cuando está follando. – dije yo, después de un trago que me diera valor.
- ¿Sí? Eso es muy importante. Quiero verlo. Alicia, haz botar tus tetas.
- ¿Qué? ¿Cómo? – preguntó ella sorprendida.
- No me gusta repetirme. – replicó él con voz seria.
Sin levantar la mirada del suelo, comenzó a dar botes sobre el sitio. Sin prenda que cubriese sus pechos, estos enseguida comenzaron a moverse arriba y abajo. Yo comencé a sentir como el pantalón empezaba a molestarme. Era mi mujer, la quería, pero incomprensiblemente, estaba disfrutando de ver como sufría aquella humillación.
- Sí botan, sí. ¿Pero así es como botan cuando tú la follas? – me preguntó.
- Para nada. Y menos cuando ella se pone encima. No veas como bota sobre mi polla. A veces pienso que si las tuviera más grandes se daría con ellas en la cara. – dije yo, apurando el último trago de cerveza.
- ¡Jajajaja! Pues hazlo igual. Bota como si tuvieras una polla dentro. – le dijo él.
Alicia comenzó a saltar más fuerte. Era morboso ver esas tetas bailando como locas. Pero también bastante embarazoso. Saltar de esa manera delante de nosotros, mientras los dos nos reíamos y comentamos lo mucho que se movían.
- ¿Así? ¿No gime ni nada mientras te cabalga? – me preguntó.
- Sí, claro que sí. Pues no es escandalosa… los vecinos tienen que llevar la cuenta de nuestros polvos. – contesté, contándole nuestras intimidades delante de ella.
- Si digo que lo hagas igual que si tuvieras una polla clavada, es igual. – dijo él, con un tono diferente.
No pensé que fuera capaz. Supuse que la vergüenza la bloquearía. Por lo que cuando escuché a mi mujer gemir, dando saltitos, y roja como un tomate. Fue entonces cuando me di cuenta de que no conocía ni la mitad de lo que era capaz la mujer con la que llevaba siete años. Estaba fingiendo esos gemidos mientras saltaba. ¿Lo estaba fingiendo? Parecía muy real. Tanto que mi polla terminó de despertar al escuchar la melodía que tanto le gustaba. Porque no creo que se me pusiera dura a ver a mi mujer humillarse de esa manera… no, imposible.
- Dime, Daniel. ¿Qué has aprendido estos días sobre los gustos de Alicia? – me preguntó, mientras Alicia seguía saltando y gimiendo.
- Pues… le gustan los azotes… atarla, eso también parece que le gustó mucho… Y que la humillen.
No tenía muy claro si eso último le gustaba a ella o a mí. Pero verla ahí con sus tetas botando mientras nosotros hablábamos tranquilamente… Sí, definitivamente me estaba excitando. Con un gesto de su mano hizo parar a mi mujer, sin tan siquiera mirarla. No podía dejar de pensar en cómo se sentiría ella, siendo ninguneada de esa manera, con lo ilusionada que estaba.
- Creo que lo simplificas demasiado. Yo diría que le gusta sentirse inferior, también indefensa. Se excita mucho complaciendo, tanto o más que sintiendo placer propio. Y sí, sentirse humillada y vejada es algo que definitivamente hace manchar sus bragas. ¿No es así, Alicia?
Mi mujer asintió roja de vergüenza y visiblemente excitada. Yo había dicho lo mismo, pero con otras palabras... Parece que si lo dice él ya es lo más erótico del mundo.
- Y algo que descubrí la otra tarde, es que siente un gran placer resolviendo tareas. Eso me parece fascinante y lleno de posibilidades. Tienes una gran mujer y una magnífica sumisa. Enhorabuena.
- Gracias. – contestamos los dos a la vez.
- El problema que veo aquí, eres tú, Daniel. Te cuesta mucho arrancar. Luego tienes buenas ideas, sabes llevar a tu mujer al límite. Pero… te olvidas los pequeños detalles. Esos que van calentando el horno.
- Ya… entiendo… – mentí, no entendía nada.
- Por ejemplo: ¿Ves que sencillo ha sido que se excite con unos saltitos? Has tenido cinco días y ninguno me habéis contado nada parecido a esto.
- Tiene razón. Yo pensé que me haría hacer alguna cosa morbosa, pero solo hicimos lo que ya sabes. – intervino Alicia.
- No interrumpas. Estamos hablando los hombres. – dijo muy serio.
- Perdón, Amo. – dijo ella bajando la mirada.
- ¿Ves? Esto es algo que jamás aguantaría tu mujer. Pero ahora no lo es. Un comentario así de machista puede enfurecer a tu esposa. Pero en este contexto, te aseguro que se ha puesto cachonda al mandarla callar.
Miré a Alicia y se mordió el labio mientras me asentía sutilmente con la cabeza. Me estaba reconociendo que era así. No me lo podía creer. Y lo peor es que empezaba ver a esa mujer con las tetas al aire de forma diferente. Era mi amada esposa, pero… comenzaba a verla como… ¿un juguete sexual?
- ¿Ves como no es necesario hacer ningún espectáculo para someter a una mujer? Aunque siempre vienen bien unos complementos. Alicia, ve a la mesa junto a mi bolsa.
Ella obedeció sin poder ocultar su felicidad por recibir otra orden. Por mucho que yo quisiera hacer todo por ella, estaba demasiado prendada de ese hombre.
- Buena chica. Ahora quiero que apoyes tu cara sobre la mesa, mirando hacia esa pared. Vamos a sacar todo lo que tengo en esa maleta. Sé que te mueres por verlo, pero no quiero que lo hagas. Sigue mirando a la pared, pase lo que pase.
- Sí, Amo.
Conociendo la curiosidad de mi esposa, creo que esa fue la orden más difícil de todas. Incluso peor que subir desnuda a aquel puente. Y la cumplió. Agachada sobre la mesa, con las tetas aplastadas contra la madera y la cara girada al otro lado.
- Toma, Daniel. Todo esto es tuyo, podemos usar lo que quieras con ella. Sácalo todo, míralo bien. Y elije con que quieres empezar.
Cuando abrí la bolsa me quedé fascinado. Fui sacando artilugios y dejándolos en la mesa. A mí ya me faltaba sitio donde dejarlas, y me sobraban dudas de para que servían la mitad de lo que estaba sacando.
No sabía ni por dónde empezar. Había cosas que si conocía, aunque solo fuese de verlo en el porno. Pero otras… ni idea. Con un juguete en mi mano, de uso bastante obvio, pero que no entendía para nada que podíamos hacer nosotros con él. Le escuché decir:
- Perfecto. Buena elección. Ese está bien para empezar.
Su dedo señalaba otro completamente distinto al que yo tenía cogido. Lo solté, con bastante miedo de que tuviera pensamiento de usarlo hoy, y le entregué el huevo vibrador que señalaba.
- Ahora vamos a probar lo que ha elegido Daniel. Pero para eso necesito bajarte las bragas, si es que las llevas claro… ¿Estás de acuerdo? – le dijo a mi esposa, con un tono casi infantil.
- Sí… Sí, llevó… Y sí, claro… bájamelas… lo que quiera, Amo. – dijo ella muy nerviosa.
Él se agachó junto al expuesto trasero de mi mujer y subió su vestido, dejando a la vista un bonito tanga blanco que nunca antes había visto. Delicadamente fue bajando el tanga, acariciando con sus manos las piernas de Alicia. Ella temblaba al sentir como descubría su cerradita almeja recién depilada para él. Al separarse la tela de su sexo, un reguero de flujo quedó unido. Estaba encharcada. Ella tenía que notarlo. Sabía que ambos lo estábamos viendo. Dejó la prenda en sus rodillas y colocó el huevo en su entrada. Solo con un dedo, un leve empujón y el hambriento coño de mi novia se tragó aquel juguete como si nada. Ni siquiera la tocó. No llegaba a entenderlo. ¿Cómo podía estar tan cerca y resistir no tocarla?
- Muy bien. Ahora quiero que abras tu culo para mí. Quiero verlo bien.
Alicia llevó las manos a sus nalgas y fue separando lentamente. Debía estar muerta de vergüenza, pero rebosaba excitación; nosotros dábamos buena cuenta de ello mirando en primera fila su coñito. Ella debía sentir nuestra respiración en esos agujeros que mantenía abiertos. Al menos la mía, la presión en mis pantalones me estaba matando.
- ¿Le doy? – pregunté, con el mando en la mano.
- Claro, es tuya. Haz lo que quieras con ella. – me contestó él.
Fui apretando botones mientras los dos mirábamos donde estaba escondido aquel huevo. La vibración se escuchaba de lo cerca que teníamos nuestras caras de su sexo. Alicia debería estar disfrutando mucho, o todo lo contrario, no lo sé. Pero tenía a dos hombres mirando fijamente su coño babeante y jugando con las vibraciones. Entonces él se apartó de mí y fue junto a la cara de mi mujer. Acariciando su mejilla le dijo:
- ¿Qué sientes, pequeña?
- Vibra… placer… me gusta… Amo.
Yo ya deseaba sacarme la polla y clavársela con huevo incluido. Aunque no podía dejar vigilar a ese hombre, que acariciaba su cara con dulzura y lascivia a la vez. Sus manos recorrían su mejilla, sus pómulos, bajaron a sus labios, ella entreabrió la boca. Ese dedo entró más…
- ¿También? Bueno… es tuya, si la quieres rellenar como un pavo... – dijo él de repente, señalando con su otra mano.
Me quedé un poco desconcertado. Al seguir su dedo entendí lo que pretendía. Hacía ver qué era yo quien estaba decidiendo que mi mujer probase a tener sus dos agujeros ocupados. Tres, si contamos que estaba chupando su dedo. Cogí el extraño plug anal y volví a ella. Usé lo que ella misma emanaba para lubricar su ano y comencé a presionar con la punta. Ella solo soltó un suspiro al sentir que iba a ser penetrada por allí. Ese juguete también tenía un mando. La curiosidad me hizo apretar botones y Alicia dio un grito de sorpresa.
- ¡Me vibra el culo! – dijo ella como pudo sin sacar el dedo de su boca.
- ¿Y te gusta? – preguntó él.
Afirmó efusivamente, pero sin palabras. Había vuelto a mamar con más ansias incluso. Estuve jugando por unos minutos, en los que ella solo dejaba de mamarle el índice para soltar algún gemido. Me sentía un poco celoso del afán de mi mujer por satisfacer a ese dedo. ¿Qué haría entonces cuando fuese su polla? Y al parecer, él también quería descubrirlo.
- ¿Creo que ya es hora de que chupes algo más grande? – le dijo, sacando el dedo de su boca.
Asintió con la mirada perdida en ese hombre. Recogí todos los instrumentos en la bolsa para que ella no los viera. Él la ordenó tumbarse en la mesa. De su bolsa sacó unas cuerdas con las que ató sus tobillos a las patas de la mesa. Después unas gomas elásticas con las que unió, uno a uno, los dedos de ambas manos. Y por último una venda cubriendo sus ojos.
- Quiero que pienses entre todas las cosas que te gustaría que te haga, la que desees más. Y la cumpliré. – le dijo a mi mujer junto a su oído, provocando una sonrisa en ella.
- ¿Ya lo sabes? – preguntó unos segundos después.
- Sí… Quiero que…
No dejó terminar de formular su deseo. Ella no podía verlo, pero ya tenía preparada sobre su boca una mordaza de bola, que acabó colocando por sorpresa.
- Vaya… lo siento. ¿Piensas que me importa lo que tu deseas?
No sé lo que pasaría por la cabeza de mi mujer en ese momento. Quizás a ella eso le pusiera más cachonda todavía. Pero a mí me estaba dando ganas de mandarle a la mierda. ¿Ese tío no entendía que todo esto era para que mi mujer disfrutase? Claro que importa lo que ella desea. Además, la curiosidad me mataba. ¿Qué iría a pedir Alicia?
- Tengo que reconocer que tienes un cuerpo precioso. Hasta ahora he tratado de tocarte lo mínimo, por respeto a Daniel. ¿Crees que le molestaría si cambio de parecer? – le dijo, posando sus manos en los hombros de Alicia.
Ella negó varias veces con la cabeza dejando claro que no se preocupase por mi opinión. Él fue recorriendo su cuerpo, bajando por su pecho, siguiendo la forma de estos con sus manos. No llegaba a tocarla del todo, lo que debía ser un suplicio para ella. Hizo lo mismo en sus muslos, acercándose a su vibrante y ocupado sexo, sin llegar a tocarlo. Entonces me hizo una señal para que me uniera. Llevé mis manos al cuerpo prácticamente desnudo de mi mujer y sentí como su respiración se aceleraba más.
- ¿Y qué te parece si te tocamos los dos?
Alicia emitió unos sonidos mientras movía la cabeza como una loca afirmando a su pregunta. Al principio imité su forma de tocarla, suave y sin llegar a ninguna zona demasiado íntima. Seguro que se estaba volviendo loca sintiendo cuatro manos tocarla, sin que ninguna fuese a donde ella deseaba. Sin hablar me hizo entender que fuera acercándome más. Una de mis manos fue a sus pechos, solo acariciando. Pasando levemente por encima notando la dureza de su pezón. Con la otra hice lo mismo entre sus piernas, sintiendo la vibración del huevo en mi mano.
Él seguía acariciando sin llegar a esas zonas, pero eso era imposible que ella lo supiera. Nuestras manos se iban cruzando sin control, cada uno a un lado de la mesa. Alicia comenzó a ponerse nerviosa y con sus brazos buscaba llegar a nosotros. Me hizo un gesto para que dejase de tocarla. Ambos lo hicimos a la vez, dejando a mi mujer petrificada al no saber que ocurría. Entonces se puso de nuevo al frente de la mesa, junto a su cabeza, agarró las manos atadas de mi mujer y dijo:
- Puedes tocarme todo lo que quieras.
Llevó sus manos a su pecho. Al tener los dedos unidos entre sí, no podía palpar nada. Solo tocaba con el dorso de sus manos torpemente. Trató de soltar los botones de la camisa, pero era imposible. Por lo que continuó bajando. Fue a buscar el botón del pantalón, todavía peor. Entonces él se apartó para decepción de ella.
Mi mujer buscaba a tientas por encima de su cabeza eso que había notado tan duro. Y unos segundos después, lo encontró. Solo que esta vez no había ropa que lo ocultase. Ojos tapados y boca llena, y aun así pude notar su nerviosismo al saber que tenía en sus manos la polla de su Amo. Debía ser toda una tortura. No podía verla, no podía saborearla con la mordaza, ni siquiera podía tocarla bien por las ataduras de sus dedos. Se notaba su desesperación con ese frenético movimiento de manos sobre el mástil que hondeaba sobre su cara.
Era patético verla así, emitiendo casi gruñidos por la mordaza y buscando la manera de dar placer torpemente a su venerado Amo. Pero si algo tiene mi mujer, es constancia. Cuando se propone algo lo consigue. Fue capaz de atrapar su polla con la palma, separando las manos con esfuerzo, hasta dejarla dentro como la pinza de un cangrejo. En cuanto la tuvo cogida de esa manera tan ridícula, comenzó a pajearlo. Debía ser agotador hacerlo así, por encima de su cabeza, con sus huevos golpeando su frente, pero seguro que había estado soñando con ese momento toda la semana.
Yo continue jugando con los mandos, subiendo y bajando las vibraciones. Ayudando a volver loca a mi mujer. Hasta que vi que había cogido bastante velocidad y era cosa de poco tiempo para que ese hombre se corriese. Por lo que decidí dejarles intimidad y salir a la terraza a que me diera el aire. Y de esa manera, Alicia recibió la corrida de su Amo sobre su boca amordazada. Vibrando en culo y coño. Sin verlo, ni saborearlo y casi sin poder tocarlo. Pero ella estaba feliz porque había hecho correrse a su Amo.
O eso pensaría ella. Pues el que estaba en la terraza era él, que oportunamente me había dejado a solas con mi mujer para que tuviera mi orgasmo. Volvió, para ocupar mi lugar, una vez recompuesta mi ropa. Cuando retiró la venda, lo primero que vio Alicia fue la cara de su Amo con una sonrisa. Ella, aun amordazada y con mi semen en cara y pechos, también estaba feliz. Aunque se hubiera quedado rellena y manchada, sin culminar.
Él soltó sus ataduras de las piernas. Y yo me ocupé de las manos y de ayudar a mi esposa a bajar de la mesa. Lógico, no creo que quisiera mancharse de mi corrida… Aunque para mi mujer, era yo quien estaba ayudándola después de que otro hombre se corriese sobre ella. Pero creo que eso ni siquiera le pasó por la cabeza. Era como si yo no existiese. Su mirada estaba fija en ese Amo que había vuelto a la terraza, pasando de ella. En cuanto las piernas le respondieron, me dejó para ir con él.
- Tráeme otra cerveza, tengo que recuperar sales minerales, las tienes todas por la cara y las tetas. – le dijo, antes de que ella pudiera llegar a él.
Alicia afirmó y salió corriendo con sus pechos manchados botando. A pesar de llevar aun la mordaza, me pareció verla sonreír. Salió a la terraza sin importarle llevar las tetas al aire ni todo lo demás. Cuando se arrodilló para servirle la cerveza como le había enseñado, él la detuvo.
- ¡No, no, no! Estás muy sucia para hacer eso ahora.
Casi se me escapa una carcajada al ver su cara de bochorno. Se lo tiene bien merecido, a mí no me trajo ninguna. Pensé en reprenderla, pero no me salía regañar a mi mujer por algo así. Ese hombre tenía razón, no conseguía pasar de marido a dominante.
- Alicia, de momento puedes irte. Coge tu móvil por si te necesitamos y vete de casa. – le dijo a mi mujer.
Ella se quedó blanca. Seguro que si no hubiera estado amordazada mil quejas hubieran salido de su boca. Pero con solo ver su rostro era suficiente para saber lo que pensaba de esa orden.
- ¿Qué? Ya me he corrido, tengo mi cerveza… ¿No pensarás que nos vamos a abrazar y dar mimos? Desde aquí veo un parque. Vete allí y que te dé el sol. Así se te secan esos goterones que tienes en la barbilla.
Yo estaba flipando tanto o más que mi mujer. Pero no parecía ninguna broma. Después de un rato para asimilar que era cierto lo que le ordenaba, con cara de resignación y tristeza, recompuso su vestido y fue a soltar el cierre de la mordaza.
- No necesitas quitarte eso. No tienes que hablar con nadie. Cuando te necesitemos te lo haremos saber.
Me pidió buscar una mascarilla para tapar la bola de su boca. Le quitó la correa, pero le dejó el collar. Y los dos artilugios, aunque apagados, se quedaron dentro de mi mujer. Sin llaves, ni dinero, solo su móvil. Le faltó darle una patada en el culo. Pero casi fue peor ver su mirada en el umbral de la puerta. Deseaba a ese hombre y él la estaba echando de su propia casa. Y para colmo, lo último que escuchó mi mujer antes de cerrar, fue:
- Te voy a mostrar unas sumisas. Elije la que quieras y vendrá. Ahora te toca disfrutar a ti.
Gracias por llegar hasta aquí.
Soy consciente que el relato se está alargando demasiado. Intentaré terminar la historia en un único capítulo más.
Como siempre, agradecer a todos los que leen mis relatos. Y doblemente a los que además se toman su tiempo en dejar sus opiniones. Quedo a la espera de esos comentarios para escribir la continuación. Cualquier idea se agradece, en especial quisiera saber quién preferís para narrar el siguiente capítulo.
Saludos.
Wilmorgan.
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