Las refugiadas 2 - Minerva
Es su primera vez y el miedo le paraliza, pero Pedro le ofrece una noche a cambio de silencio. Mientras el mundo exterior duerme, Minerva debe decidir si confiar en la promesa de ternura de un hombre que solo conoce la dominación.
Esta historia va por la segunda parte. Si no has leído la primera es mejor que empieces por leerla cuyo índice puedes encontrar en:
Las Refugiadas 1: https://www.todorelatos.com/relato/195640/
Y en cuanto a los capítulos de esta parte:
Mayoría de edad…: https://www.todorelatos.com/relato/197196/
Pasaporte: https://www.todorelatos.com/relato/198156/
Desvirgada: https://www.todorelatos.com/relato/198950/
La «enfermera»: https://www.todorelatos.com/relato/199823/
La «doctora»: https://www.todorelatos.com/relato/200191/
Nochevieja de horror: https://www.todorelatos.com/relato/200311/
Nochevieja de horror (final): https://www.todorelatos.com/relato/200525/
Mayordomo y chacha: https://www.todorelatos.com/relato/200556/
De compras: https://www.todorelatos.com/relato/200605/
Y ahora os dejo con la historia:
Pedro acabó de violar a Svetlana y dejó que la doctora Melani la examinase y curase. Cuando acabó reorganizó a las mujeres. Susana, Olha y Vanessa quedaron por una parte y el resto por otra. Aunque ese resto no quedaba unido: Carmen y Carla formaban pareja, pero dejó a la primera elegir otra parata formar un trio… o no. Incluso si quería formar grupo con las dos hermanas dominas compartiendo a todas las sumisas, siempre que Olha y Susana no fuesen penetradas. Vanessa seguía llegando el cinturón de castidad por prescripción médica. Los hombres seguían violando a Cristian.
—¿Hasta cuándo mis esclavos tienen que seguir violando al mayordomo? —preguntó Lady Paloma.
—Hasta que vosotras decidíais que todo el mundo va a dormir —replicó Pedro—. Él lo hará en la picota, donde está.
»Pero con uno que se dedique a él es suficiente, si queréis recuperar al otro ahora sois libre, ya que, además de lo que decida Carmen, os voy a robar una de las mujeres: Anastasia, te subes con nosotros. —Se giró hacia Minerva a la cual no había indicado que se uniese al grupo de Susana en el que había estado hasta ahora—. Tú también Minerva.
Subieron los cuatro, aunque al llegar al piso les dijo que esperasen en el filo de la escalera y se dirigió al despacho con Svetlana. Hizo que se sentase en su silla y la sujetó atada con un cinturón especial provisto de un candado.
Pedro dejó a Svetlana en el despacho escribiendo. Tenía los brazos libres, pero no podía levantarse. En todo caso quedaban solo unas horas para el amanecer.
Regresó al pasillo y ordenó a ambas mujeres que lo siguieran a su habitación. Allí indicó a Minerva que se tendiese sobre la cama con las piernas abiertas y a Anastasia que se la preparase.
—…que se corra dos o tres veces —ordenó Pedro—, pero no la limpies ni recojas sus jugos, solo los que vayan a caer al suelo.
Mientras Anastasia comía el coño de Minerva Pedro se tendió sobre la cama y empezó a besarla en los labios.
—Nadie tiene porque saber que es tu primera vez —susurró Pedro en su oído—, ni siquiera Anastasia si tú no lo dices.
—Gracias Amo —contestó Minerva—, aunque lo deseo, la verdad es que tengo miedo.
—No tienes por qué tenerlo.
—¿Seréis conmigo tan bruco como con Svetlana?
—Ella lo ha querido así… bueno no, ella lo habría querido más duro, pero ha sido la doctora la que nos ha limitado, pues temía que era tan duro como ella quería no pudiera luego examinarla y curarla.
—Y a mí no tiene que examinarme…
—No necesariamente. Eres mayor y estás más formada que ella. Pero seré tan tierno o tan duro como desees.
—¿Y si os pidiese que fuese un amor romántico?
—No te amo. No te mentiré. Me gustas mucho —añadió mientras le mordía en la oreja—, y me resultas muy atractiva y prometedora, pero no te amo. No amo a ninguna de todas… Ni siquiera a Olha, aunque ella sea mi favorita.
»Pero esta noche… lo que queda de noche, es tuya. Y si me pides que sea tierno y suave lo seré.
—Sí, por favor. Otro día te pediré que me hagas daño, pero hoy nooooo. —Minerva se arqueó en el primer orgasmo causado por Anastasia.
—Lo seré tranquila. —Pedro tomó sus labios con su boca fundiéndose en un tórrido beso francés—. Ser desvirgada debe ser algo especial, es la única noche en la que os dejo mandar.
Minerva se estremeció en un nuevo orgasmo. Apretó fuertemente el miembro de Pedro que estaba acariciando con sus manos. Se incorporó moviéndose hacia los pies de la cama.
—Puedes irte a tu mantita de perra —le dijo a Anastasia—, hoy solo quiero follarla a ella.
—Guau —respondió Anastasia alejándose de Minerva y tumbándose a un ruedo de tela al otro extremo de la habitación.
Pedro tomó a Minerva por los tobillos y levantó sus piernas hasta que los pies rozarían su cara si estuvieran juntos, pero la mantuvo con una apertura de unos 90 grados. Apuntó con su verga y empezó a presionar en el coño de la americana. Estaba bastante lubricada, así que entró con suavidad, aunque notando mucha presión, pero sin llegar a la apretura que le causaba Svetlana. Más, eso sí, de la que había sentido con cualquier otra mujer de su edad. Apenas había introducido el glande cuando notó una barrera. Se inclinó sobre Minerva y la besó en los labios uniendo sus lenguas. Empujó. Notó como la barrera cedía y se tragaba el gemido de ella. Entró a fondo. Después salió y volvió a entrar.
Juntó las piernas de ella apoyándolas sobre sus hombros y dejando ambos pies tocando los lados de su cara. Entonces empujó a fondo hasta llegar a tocar el cérvix con su glande. Se retiro, solo ligeramente y empezó un rápido mete-saca en el que en cada introducción la golpeaba en lo más hondo de su sexo. Poco después ella alcanzaba en enésimo orgasmo y él se vaciaba dentro de ella.
Sudorosos y cansados se dejaron caer sobre la cama. Pedro abrazó a Minerva quedando ambas cabezas juntas. La empezó a besar mientras vanamente trataba de tirar del cobertor. Una sumisa Anastasia vio la maniobra y se levantó para arroparles. Luego volvió a su manta de mascota.
Cuando despertaron ya pasaban las tres de la tarde. Pedro sintió una boca en su polla y bajó la vista para ver a Anastasia chupando con glotonería.
—Son ya las tres de la tarde Amo —anunció—. Los demás se están despertando. Y Minerva perderá su vuelo si se entretiene tiene mucho más.
En realidad, su vuelo salía a las siete, pero tenía que ducharse y comer algo, así que pedro tomó su pezón con los dedos y lo retorció.
—¡Aaaaayy!
—Despierta dormilona. Tienes que ducharte y desayunar o perderás el avión.
Minerva saltó de la cama a la vez que recibía una sonora palmada en el culo propinada por Pedro. Anastasia empezó a soltar las sábanas.
—¿Qué haces? —preguntó Pedro.
—Lo siento Amo, pero si no tenéis nada en contra, preferiría que Svetlana no supiera que no es la única que ha sido desvirgada esta noche. —Le mostró una pequeña mancha de sangre en la sábana—. La lavaré yo misma.
—Sí, es adecuado —aceptó Pedro—. Minerva tampoco quería que su secreto fuese público, ahora que está abrazando esta su nueva vida.
Dejo que Anastasia cambiase las sábanas y bajaron al comedor a desayunar.
Por el caminó liberó de la silla a Svetlana que se había quedado dormida sobre el escritorio. Por suerte para ella (o quizá no) había terminado su tarea de redacción. Minerva, por órdenes de Pedro, seguía desnuda. Cristian, actuando como mayordomo profesional pese a que solo vestía la pajarita y un casi invisible cinturón de castidad, por idea de Lady Paloma lo primero, informó de la situación: los trabajadores de la empresa del catering se habían despertado a media mañana, sobre las once, y habían recogido todo lo de la cabaña de la piscina. También todos los bártulos que tenían en la cocina, aunque habían dejado la comida en la enorme nevera, por lo que Vanessa y él podían calentarla y servirla en cuanto Pedro lo indicase. Solo Lady Paloma, Lady Melanie, Carmen y Carla estaban vestidas. Vanessa, con una cofia en la cabeza, su propio y más aparente cinturón de castidad y zapatos de alto tacón con plataformas era la siguiente que más ropa llevaba.
Viendo el salón nadie diría que había habido fiesta hasta la madrugada.
—Como no estabais —indicó Lady Paloma—, me tomé la libertad de ordenar al mayordomo y la criada que a la ocho se levantasen y limpiasen todos los restos de la orgia.
—Sí, muy bien, gracias —replicó Pedro—, no quise hacerlo porque no sabía a qué hora ibais a acabar.
—Terminamos poco después de las siete... o al menos a esa hora nos fuimos a nuestras habitaciones.
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