Vacaciones 4
Júlia sabe que su atuendo es una invitación al peligro. Cada mirada en el taxi, cada roce en el ascensor, la acerca a la puerta de 'Pasiones'. Dentro, Carlos la espera con tres hombres más, y la presentación que le tiene reservada no será la que ella imaginaba.
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Había comido en el restaurante del Hotel. Era self-service y, a pesar de que muchas familias vestían ropa veraniega, bañador y camiseta, y ellas en bikini pero decentemente tapadas, Júlia había dejado la bolsa al lado de su silla y se había dirigido a los dispensadores de comida con su escueto bikini y el pareo semitransparente que cubría lo justo y necesario, pero que no por eso, evitaba que las miradas lascivas de los mas cachondos y salidos del lugar se dirigieran a su cuerpo entre las ceñudas miradas y observaciones entre susurros, y otros no tanto, de sus respectivas mujeres y novias.
Lejos de sentirse intimidada, Júlia se sentía cómoda, y porque no admitirlo, cachonda. Algunos hombres solos, maduros, jóvenes, adolescentes intentaban mirar a través del pareo, el tanga que se entrevía, mostrando sus cachetes mientras se estiraba para coger algo para comer.
Alguno que otro le sonrió, pero ninguno se atrevió a más. ¿Cómo habría reaccionado?
Ahora, en la bañera, con el agua cubriéndole los menudos pechos pensaba en ello. Al entrar a la habitación tenía la mente fija en darse una ducha rápida, para quitarse la sal del agua del mar, entre otras cosas…. Y echarse una siesta. Pero lo pensó mejor y empezó a llenar la bañera mientras se quitaba el pareo y el bikini. Lo echo a un lado y se sentó en el bidet con las piernas abiertas mientras un chorro de pis inundaba la porcelana escurriéndose por el desagüe. Sentía el coño escocido y un poco irritado, pero esperaba que con el baño se calmara.
Cogió del neceser la espuma y la cuchilla y se repasó el coño quitándose los escasos pelos que sobresalían y, satisfecha del resultado, tras pasarse la mano por encima un par de veces y no notar ningún pinchacito, se la paso por la lengua saboreando sus propios jugos. ¡Joder!, ¿siempre había sido tan guarra? – pensó – Volvía a estar mojada.
El agua estaba tibia y la espuma tenía tres centímetros de espesor. Entró y se estiró cuan larga era, soltándose el pelo y dejando que cayera sobre sus hombros y se esparciera a su alrededor.
Cerró los ojos y su mente volvió a la playa. Entraron en el agua de la mano y Marcos soltó las manos de ella y Lucia y se zambulló. Lucía reía, ella sonreía. Marcos salió y una de las olas lo levantó lo justo para que su polla, erecta, sobresaliera del agua. Ahora como espectadora, vio como Lucia se acercó a su novio y se fundían en un beso lascivo en el que las manos de ambos recorrían sus cuerpos. La giró, poniéndola de espaldas a él y de cara a ella y vio en su rostro el momento en el que Marcos la penetraba. Fue una follada tranquila, al vaivén de las olas que les golpeaba, las manos de él agarrando sus grandes pechos. En más de una ocasión pensó que las olas les tiraría, pero sorprendentemente aguantaron hasta que todo terminó. Júlia absorta los miraba con las manos a ambos lados de sus caderas, pensando – ¡Coño! Menudo control tiene. Esto no es la primera vez que lo hacen. Han de tener agujetas hasta…. – Una mano se fue a su boca para ocultar su carcajada, acallada por el rugir de las olas. Vio venir una y se zambulló en ella con la placentera sensación de bañarse desnuda.
Se despertó en el agua, con la espuma ya del todo derretida y dos dedos de su mano izquierda en el interior de su coño. Bostezó y sonrió al sacarlas del agua y ver las manos arrugadas. Se levantó y cogió la toalla secándose para volver a sudar al instante. Se puso crema para calmar la comezón del sol y calmar su irritado sexo, refrescándolo con la tibieza de esta.
Miró el reloj del móvil y se dio cuenta que se había quedado dormida apenas media hora. Aún quedaba tiempo. Se sentía nerviosa. No quería resfriarse, por lo que no puso el aire acondicionado. Desnuda, salió del baño y puso em el móvil la alarma para las 19:00, tiempo de levantarse, cenar algo, buscar algo de ropa e ir a la sala de fiestas “Pasiones”. Tomó nota mental de buscar por internet información. Se echó cuan larga era en la cama y se quedó al instante dormida, boca abajo, con su pelo estirado en abanico y su redondo culo mirando al techo.
…
Se despertó sudorosa, por lo que se dio una ducha rápida; sin maquillarse, tendría tiempo después, se vistió con unos pantalones tejanos cortos, muy cortos, que dejaban una parte de culo a la vista, una camiseta de tirantes negra, que marcaban sus pechitos y dejaban intuir el pezón, sin ropa interior, y se calzó unas sandalias de suela finita, cogidas solo por una tira en los tobillos y un pequeño pasador que recogía su dedo gordo, con lo que las uñas de sus dedos, pintados de un rojo estridente, quedaban a la vista.
Salió de la habitación y en el ascensor se hizo una coleta alta que sujetó con una goma. En el restaurante, abierto las 24 horas del día, había poca gente, por lo que tranquila cogió un par de bollos de jamón dulce y queso y un jugo de melocotón y se sentó en una mesa apartada. Mientras comía entró en Google e introdujo el nombre de la sala de fiestas “Pasiones”
Sintió una punzada de decepción cuando se dio cuenta que el mencionado local era para personas maduras. “De ahí lo de sala de fiestas” - pensó. Pero rechazó el pensamiento de inmediato, volvería a ver a Carlos y notó como los pezones se endurecían. Se obligó a masticar y tomarse los dos bollos y el jugo. Su cuerpo había reaccionado al pensamiento y la excitación hizo que cruzara las piernas. Miró alrededor, pero había escasa gente, y, a diferencia que, al mediodía, nadie parecía fijarse en ella.
La sala se encontraba a las afueras, por lo que tendría que tomar un taxi. Hubiera preferido ir a pie, pero así llegaría bien descansada a lo que hubiera que suceder esa noche.
De regreso a su habitación coincidió con un par de chicas en el ascensor que la sonrieron. Una era jovencita, rondando los veintipocos, como ella, mientras que la otra era más madura, sobre la cuarentena. Iban cogidas de la mano y le dijeron que se llamaban Irene y Claudia. Poco fue lo que hablaron y mucho que lo fluyó. En un momento dado Claudia posó su mano sobre el pecho de Irene y le dio un pico. ¿Te gusta? – Júlia asintió con la cabeza sonriéndoles mientras el ascensor se paraba y la puerta se deslizaba. Irene, la jovencita le pidió el móvil y apuntó su número haciéndose una perdida al suyo, mientras su compañera apretaba el botón para que no se cerrara de nuevo el ascensor y acariciaba el cachete del culo que quedaba a la vista.
Júlia rozó con sus dedos la mano que acaba de rozarle y le guiñó sensualmente un ojo. – Lástima que este hoy ocupada – les dijo – Pero ¿quién sabe? Estaré unos días aun por aquí.
Excitada por la situación entró a la habitación y se quitó los pantaloncitos dejándolos en el suelo y echándose en la cama. Sus largos dedos se dirigieron a su coño, húmedo de nuevo y empezó a frotárselo enérgicamente mientras su otra mano se perdía en su camiseta abarcando su pecho y apretándoselo fuerte.
Pero por más que lo intentó no consiguió llegar al orgasmo a pesar de que parecía que sí. Respirando agitada se vio reflejada en el espejo del armario, desnuda de cintura para abajo, con las sandalias puestas, abierta de piernas con su mano en su sexo y la camiseta medio levantada insinuando el nacimiento de sus pechos. La verdad es que sentía muy puta. No había pensado ni en sus más húmedas fantasías, que esas vacaciones fueran a ir como estaban yendo. Apartó la mano de su coño y se la llevó a la nariz inspirando fuertemente su olor a hembra en celo.
Tal y como estaba, con el armario abierto pensó en que ponerse. Le gustaban las sandalias, así que pensó en dejárselas puestas. Se quitó la camiseta de tirantes y la tiró al suelo aterrizando cerca de los pantalones que se había sacado a toda prisa al entrar en la habitación.
No había traído mucha ropa, sólo un par de vestidos de fiesta, uno de ellos corto, pero no tan corto como para ir vestida como la puta que esperaría ver Carlos.
Se decantó por una camisa cortita blanca que se anudaba por debajo de los pechitos. Se hizo un nudo y le gusto como le quedaba, holgado, pero sin apretar demasiado, enseñando lo poco, pero a la vez atractivo que tenía. Se puso un par de pezoneras, pero las desechó. Sabía que no le gustaría a Carlos.
Unos pantaloncitos negros y unos azules fueron descartados y optó por una mini de color blanco que estilizaban sus largas y morenas piernas. Se le ocurrió una idea y se la quitó, poniéndose un micro tanga negro, que tapaba justo su rajita. El hilo se perdía entre los cachetes de su culo. Era molesto, porque era la segunda vez que los ponía, pero coño, se veía tan impactante.
Cogió el neceser y sacó unas tijeritas con las que empezó a recortar el lateral de la mini con cuidado. Le llevo tiempo, pero el resultado le gustó una vez se la puso. El corte llegaba hasta ocho centímetros del fin de la mini. – Joder que puta se sentía!!!
Se maquilló con poco maquillaje y se perfilo los ojos de rosa pálido. Luego fue el turno de los labios, con un carmín rojo que conjuntaba con el color de las uñas de manos y pies.
Nerviosa vio el resultado en el espejo del dormitorio y no se reconoció. Un escalofrío recorrió su cuerpo y le gusto, y mucho, lo que el reflejo le devolvió. Cogió un pequeño bolsito, puso su DNI y su tarjeta de crédito dentro y salió mientras llamaba con su móvil a un taxi para que la recogiera a la puerta del hotel.
…
Las miradas en la acera eran elocuentes. No eran las mismas miradas que le habían echado en el comedor en la hora de la comida. Se sentía observada y le excitaba. El taxi llegó y subió a la parte de atrás. Tuvo que abrirse de piernas y, el taxista, medio girado para verla entrar perdió su vista en su entrepierna. Júlia le sonrió, ¿qué otra cosa podía hacer? Que disfrutara de la vista.
El hombre, rondando la cincuentena, le sonrió y más aún cuando le dijo a donde debía llevarla. No le cupo la mejor duda de que tipo de chica llevaba de cliente.
El trayecto duró quince minutos y a la hora de pagar el taxista no se cortó un pelo.
- Niña, si cuando te vas lo haces como has llegado tienes el viaje gratis
Lejos de ofenderse, Júlia le sonrió abrió la puerta del taxi, a la vez que sus piernas y salió lentamente del mismo deleitando al conductor con sus mejores vistas.
Un corto pitido se oyó a sus espaldas cuando el taxi se fue, dejándola al pie de una escalinata de diez escalones que llevaban a la entrada de la sala “Pasiones”, rótulo enmarcado en letras grandes y brillantes de neón. Se le veía un local viejo, de los años 80, que aún se mantenía en pie. Alguna que otra pareja se veía entrando y saliendo del mismo. En la puerta, un hombre de edad avanzada le sonrió lujuriosamente mientras le abría las puertas a una oscuridad total y absoluta.
Júlia no se lo pensó dos veces y se adentró de lleno en ella, pisando un suelo enmoquetado que en su tiempo habría sido de un rojo pasión, y que había dado paso a un color marrón oscuro.
…
Retiró la gruesa cortina y entró en una sala semioscura, con algún que otro reflector que iba de aquí para allá mostrando retazos de mesas dispersas ocupadas por parejas o grupos de personas difícil de discernir. Le costó adaptar la vista, pero intuyo en una de ellas a una pareja de maduritos dándose el lote o en otra zona de la sala, tres parejas bailando en lo que parecía una pequeña sala de baile.
Una barra al final de la sala iba de punta a punta del local. Detrás no se veía a nadie, pero en una esquina, ocultos por la semi penumbra y en el momento en que el reflector pasaba por allí, vio a Carlos junto a tres personas más. La estaba mirando, dijo algo a los otros y giraron al unísono la cabeza observándola. El reflector pasó y, nerviosa bajo los dos escalones que había frente a él, sabiendo con total certeza que la estaban mirando.
Cuando estuvo más cerca vio a Carlos que la miraba fijamente y muy serio, con un vaso de tubo en la mano casi vacío y un cigarro en la otra. ¿Quizás no le gustaba su atuendo? Él iba con pantalones de pinzas, zapatos y camisa blanca abierta mostrando toda su pelambrera en su ancho pecho. Los otros tres eran mas o menos de su edad y de diversa índole. Dos de ellos musculosos como él y el otro panzón. Eso sí, los tres con cara de viciosos que la hicieron pensar, por una milésima de segundo, que coño hacia allí.
A escasos metros de llegar al grupo, la voz de Carlos se oyó entre el rugir de la estrepitosa música tecno de los años 80.
- Esta es la puta zorra de la que os hablaba. ¿Me creéis ahora mamones?
Continúa en
- Relato #197547— title-regex: contiguous parts (3 -> 4)
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