Xtories

Mi ex, su novia y yo. 4

La puerta se cierra y el silencio es más aterrador que los gritos. Roberto creía que tenía el control, grabando sus humillaciones, pero no sabía que Isa y Nadia habían preparado una trampa mucho más siniestra. Esta noche, el verdugo será el verdugo, y la venganza tendrá sabor a semen y miedo.

Wilmorgan15K vistas9.2· 10 votos

- ¡Nadia! No es lo que parece. Puedo explicarlo.

- No, tranquilo. Seré yo quien te explique lo que va a suceder ahora.

Intentó levantarse, pero Nadia se lo impidió. Su cara reflejaba la sorpresa y el miedo por haber sido descubierto. Pero también la confusión al ver a su novia con una sonrisa de oreja a oreja.

- Te creías muy listo ¿no? Follando con tu ex mientras estás conmigo. Jugando con nosotras. Humillándonos a ambas para engrandecer tu orgullo de machito. Pues te aseguro que esta noche lo vas a perder todo. – dijo Nadia, mostrando el teléfono en su mano.

Yo estaba casi tan paralizada como él. Me había quedado en shock después de aquel polvo. De aquella confesión. ¿Me quería? ¿No había dejado de hacerlo? ¿Todo lo que me había hecho era su forma de acercarse a mí? No sabía que pensar. Le odiaba, pero también le amaba.

- Yo te quería, Roberto. De verdad… No me podía esperar esto de ti… Me has hecho daño. Y te arrepentirás de ello. – dijo Nadia.

- Mi amor… tranquila. Entiendo que estás muy enfadada. Yo te quiero. Ella no significa nada. Eres la mujer de mi vida… Déjame que te explique…

¿Qué? ¿Ahora no significo nada? Todo lo que he hecho por él… ¿y no significo nada? ¿Y lo que me acababa de decir? Podía aguantar las humillaciones. Que me hiciera suplicarle por atención. Fantasear con su novia mientras lo hacíamos. Pero que me mintiera… que me dijese que me quería… siendo mentira…

- ¿Qué me vas a explicar? ¿Qué no te estabas follando a tu ex? Pues lo tengo bien grabado. ¡Sí, imbécil! Cada palabra tuya. Cada golpe que le has dado. Cómo ella te pedía que parases. Todo aquí grabadito. Te voy a arruinar la vida. Te vas a pudrir en la cárcel. – continuó ella

- Eso no es así, Nadia. Era solo un juego. Ella me lo pidió.

- Vaya... casualmente esa parte no lo grabé. Has violado a tu ex, con tu novia como testigo. Diré que a mí también me forzabas. Eso sumará más años.

- Ya está bien, Nadia. Has perdido la cabeza. ¿Crees que no preguntarán a Isa? – dijo Rober, cambiando su actitud condescendiente a una mucho más agresiva.

- ¿Y tú qué crees que dirá ella? – dijo Nadia, haciendo que sus miradas se clavasen en mí.

Su rostro desprendía confianza. Nada le había hecho sospechar que yo estuviera implicada. Unos minutos antes dudaba, pero después de escuchar que no significo nada para él… Me había dado cuenta que siempre había jugado conmigo. Que nada que él dijese tenía valor. Era un embaucador. Y había llegado la hora de mi venganza.

- Es un monstruo, señor juez. Me pegaba mientras me penetraba salvajemente. Fue un infierno.

- ¿Pero qué dices, Isa? Fue lo que me pediste. – contestó desesperado.

- ¿Pensabas que solo tú podías jugar con nosotras? Pues entérate nene, somos nosotras las que hemos jugado contigo. – le dije, disfrutando de su rendido rostro.

- Y vamos a seguir haciéndolo. O eso, o llamo a la policía y no vuelves a ver la calle. – dijo Nadia, mostrando su teléfono.

- Estáis locas. Las dos. ¡Iros a la mierda!

- ¡No, imbécil! Te vas a ir tú. – contestó Nadia marcando en el móvil.

Activando el altavoz, escuchamos la típica grabación de espera mientras te responden. Roberto comenzó a gritar que era mentira y mil cosas más desesperado. Nadia desconectó el altavoz y colocó el móvil en su oído para poder hablar.

- ¡Ayuda por favor! Mi novio nos acaba de violar a mi amiga y a mí. Esta aquí con nosotras. Vengan rápido. – dijo ella, en una perfecta interpretación.

Él se lanzó a quitarle el teléfono, pero yo me puse en medio. Ambos desnudos nos miramos a los ojos. Acabamos de follar. De tener el polvo más salvaje y violento de mi vida. Y después el más hermoso y lleno de sentimiento. Y a pesar de todo, no me tocó. No sé atrevió a apartarme a pesar de poder hacerlo con el mínimo esfuerzo. Estaba derrotado. Escuché como Nadia se despedía de la policía entre gimoteos. Rober se sentó en la cama con la mirada en el suelo. ¡Era nuestro!

- Es tu final. Solo tienes una oportunidad. Hacer todo lo que nosotras digamos. Si lo haces, cuando lleguen pondré una excusa y no pasará nada. – le dijo ella, levantando su rostro con un dedo en la barbilla.

- Tú decides. Ser nuestra zorra obediente o serlo de tus compis de prisión. – dije yo, imitando el gesto de Nadia.

Sus ojos amenazaban con llenarse de lágrimas. Le conocía bien. Su orgullo estaba luchando contra la razón. Sabía que le teníamos bien atrapado. Pero someterse a nosotras era un duro golpe a su hombría. Y no podía imaginarse hasta qué punto.

- Está bien. – habló por fin.

- Está bien ¿qué? – recriminó ella.

- Haré lo que queréis.

- ¿Quieres decir que serás nuestra zorrita obediente? – intervine yo.

- Sí…

- Pues dilo.

- Seré vuestra… zorrita obediente. – salió de su boca con una triste voz.

Nadia y yo nos miramos. Lo habíamos conseguido. Había merecido la pena todo. La semana dejándome vacilar por él. Mi exhibición en el cine. La paja a los dos chicos. ¡Era nuestro! Y le íbamos a enseñar a no jugar con las mujeres.

- Levanta y abre las piernas. – dijo ella muy seria.

Él obedeció resignado. Era muy extraño ver a mi Rober desnudo y obediente. Según lo hizo, Nadia lanzó una patada directa y rápida a esa parte que había dejado desprotegida.

- Llevaba mucho tiempo deseando hacer esto. – dijo, mientras él se retorcía en el suelo hecho un ovillo.

- Yo también quiero. – dije yo, como una niña envidiosa.

- Ya has oído. Levanta y colócate. Tu ex quiere patearte las pelotas.

Después de unos minutos y con mucho esfuerzo, se puso en pie. Su cara era la de un cachorrito lastimero. Me miraba en busca de compasión, pero no la encontraría. Agarrando la mano de Nadia llevé mi pierna hacia atrás para coger impulso y solté toda mi rabia en ese golpe. Su llanto no era capaz de cubrir nuestras risas. Y solo acababa de comenzar.

- Ve a por tu ropa. Aquí el único que debe estar desnudo es él. Por el momento… – me dijo Nadia.

Fui al salón a por ella, pensé en vestirme allí, pero no quería perderme nada. Al volver, me encontré con Roberto tumbado boca arriba en el suelo y con Nadia tratando de mantener el equilibrio sobre él.

- Ayúdame, dame la mano. – me dijo ella.

Como buena amiga, ayudé a Nadia a mantener el equilibrio en esos zapatos mientras pisoteaba a mi ex. Aunque Rober trataba de disimular el dolor, los finos tacones se clavaban en su pecho, muslos y abdomen.

- ¿Te gusta lo que ves? Pues es todo lo que tendrás a partir de ahora. Solo podrás verlo. Y si yo quiero. – decía ella, ahuecando su falda.

- Estabas preocupado por saber cuál te gustaba más. Pues ahora mira ambos, que no tendrás ninguno. – le dije yo, colocando mis pies entre su cabeza.

Mi coño quedaba justo frente a sus ojos, mientras su novia le pisoteaba. Supongo que la gravedad hizo su efecto. O yo empecé a darme cuenta en ese momento. Pero notaba como se deslizaba de mi interior lo que él había disparado.

- ¿Te gusta? Lo has dejado bien relleno. Creo que debería devolverte lo que es tuyo.

Comencé a dar saltitos sobre su cara, tratando que saliese de mí su semen. Las risas de Nadia me apoyaban a seguir. Comencé a bailar sensualmente con mis piernas abiertas sobre él. Fui bajando poco a poco sin soltar las manos de Nadia. Haciendo equipo nos ayudábamos a mantener el equilibrio la una a la otra. Yo para que sus tacones se clavasen en los músculos de mi ex. Y ella para que mi coño desbordado de semen fuese bajando a la cara de su novio.

- ¿Quieres probarlo? Lo tengo relleno de nata.

- No, no, no… - decía él, mientras veía como me acercaba lentamente a su cara.

No había llegado a él cuando escuché a Nadia partirse de risa y decirme que mirase. Me aparté un poco para ver el rostro de mi ex y efectivamente, un goterón de su leche había caído de mi sexo directo a su ojo izquierdo. Era extraño verle así de humillado. Pero esa sensación de poder se unió a mis ganas de venganza. Ansiaba verle manchado de semen como tantas veces me había hecho a mí.

Continúe mi baile descendiente, entusiasmada con hacerle probar su propia medicina. Pero antes de llegar recordé lo que tenía aún clavado en mi culo. El cepillo de dientes se clavó más en mí al chocar con su frente. Ni siquiera me acordaba de que seguía empalada por el cepillo de Nadia. Fui a sacarlo cuando ella me detuvo.

- No, espera. Tengo una idea para eso. Déjalo de momento. Además, te queda muy bien.

Quedé extrañada por su frase. Pero hice caso. Con más cuidado continúe descendiendo hasta llegar a él. De cuclillas restregué mi rebosante coño sobre su cara. ¡Que satisfacción! Y no solo por embadurnar su cara de chulo con su lefa. Me estaba excitando.

- Saca la lengua. Limpia bien mi chochito. – le dije.

No obedeció, pero su novia le hizo cambiar de opinión a la pata coja. En cuánto gritó por el dolor, mi abierto y desbordado sexo tapó su boca. ¡Qué delicia sentir su lengua lamiendo mi aliñada almeja! Poco a poco fue cogiendo ritmo. Me volvía loca hacerle saborear su propia leche. Obligarle a darme placer, sabiendo que él perdía su hombría con cada lamida.

Gocé de su lengua mientras miraba a Nadia. Ella sonreía despiadada sin bajarse de su cuerpo. Tenía un semblante terrorífico. Clavando sus tacones como una dómina cruel. Con un simple movimiento de sus pies hacía estremecerse la lengua que tenía entre mis muslos. ¡Y eso me ponía cachondísima! Ese poder que tenía sobre Roberto. Que teníamos. ¡Dios que placer! Iba a tener otro orgasmo en su boca. Pero antes de llegar, las manos de ella tiraron de las mías.

- Levanta. Quiero ver su cara.

Frustrada por quedarme a medias lo hice. Cómo era de esperar, su rostro estaba embadurnado de su semen y mis flujos. Estaba patético. Nadia hizo unas fotos de aquella obra de arte. Algunas conmigo posando victoriosa sobre él. Otras de cuclillas mientras él sacaba la lengua. Tendríamos una buena colección.

- Das mucho asco. ¿Está rico? ¿No quieres lavarte la boca? – le preguntó ella, mientras se bajaba de él.

Rober se limitó a asentir. Ella me pidió que fuese a por la pasta de dientes, cosa que hice volando. Estaba deseando saber que tenía pensado mi nueva mejor amiga. Pero no me esperaba lo que me dijo.

- Date la vuelta y pon el culo en pompa. – me dijo, a mí.

Dudé por unos segundos, pero su sonrisa me hizo sospechar sus intenciones. Después de entregarle el bote de pasta, lo hice. Con mi culo expuesto hacia ellos, sentí como echaba la pasta de dientes sobre el cepillo que yo tenía en mi recto.

- Venga, Isa. Lava la boca a tu ex.

- ¡Vamos cariño! De rodillas a lavarse los dientes. – dije yo.

Roberto obedeció. Ya no tenía fuerzas para protestar. Arrodillado abrió la boca y metió lo que sobresalía de mi culo. Sentía su nariz respirando entre mis nalgas mientras movía su cabeza al cepillarse. A pesar de lo dolorido que tenía aquel orificio, mi excitación continúo creciendo al sentir como se movía aquello en mi culo. Sin darme cuenta era yo quien se meneaba para lavarle la boca, buscando el placer de sentirme penetrada analmente. Me estaba follando con su boca. Miré y la espuma rebosaba hasta su barbilla. Nadia aprovechó para inmortalizar el momento. ¿Dónde quedaba ese hombre orgulloso y prepotente?

- Veo que a los dos os gusta mi cepillo. Creo que deberíais luchar por él. – dijo ella.

Me puse en pie avergonzada al darme cuenta que me había dejado llevar por mi lujuria delante de ella. ¿Qué quería decir? Habíamos pensado muchas cosas que hacerle, pero esto era una improvisación suya. Y la curiosidad me mataba.

- ¿Qué quieres decir? – pregunté.

- Pues eso. Ya que si os gusta tanto mi cepillo. Luchar por él.

Ordenó a Rober ponerse a cuatro patas en el suelo. Y me pidió a mí hacer lo mismo. No entendía que quería hacer. Hasta que nos colocó culo contra culo. Esa mujer era más perversa que mi ex. Cuando Roberto se dio cuenta de las intenciones empezó a dudar. Sufrir dolor o probar su semen era una cosa. Pero ser penetrado analmente hizo que cayera en la cuenta.

- ¡Esperar! ¿Dónde está la policía? Debería haber llegado hace mucho.

- Vaya… me has pillado. Colgué cuando me llevé el teléfono a la oreja.

- ¡Zorra de mierda! – gritó él levantándose del suelo.

- Quieto cerdo. Sigo teniendo el vídeo de cómo follas como un animal a tu ex. Y ahora también tengo esto. – dijo enseñando una foto de su cara llena de semen y mi coño chorreando encima.

- ¿Qué te parece si lo subo en tus redes?

Hundido al darse cuenta de que no tenía escapatoria volvió a su posición. Nadia echó más pasta de dientes en las cerdas del cepillo y lo fue guiando a su entrada mientras yo empujaba mi culo hacia él. Sus quejas enunciaron el momento justo cuando fue penetrado. Y sus alaridos cuando la pasta “mentol ultra” hizo efecto dentro de su ano. Intentó apartarse, pero Nadia agarró su pelo y yo empujé clavando todo lo que sobresalía de mí.

Mientras él era desvirgado analmente por un cepillo de dientes y sufría el picor de la pasta, yo comencé a moverme. Ese pequeño mango de plástico me estaba dando un placer increíble. ¿O sería el morbo de saber que ambos estábamos empalados por el cepillo de Nadia? Mis jadeos contrarrestaban sus quejidos. Mis sensuales movimientos lo hacían con sus epilépticos esfuerzos por escapar de nosotras. ¡Dios me encantaba!

- No intentes escapar. Tienes que quedarte con él. Aprieta el culo fuerte, si Isa lo saca volveremos a empezar. Y echaré más pasta. – dijo Nadia.

A la orden de ella comencé a separarme de él. A pesar de que la ergonómica forma del mango facilitaba la salida, yo tenía bastante más dentro de mí. Y sí, tengo que reconocer que yo también apreté mí ano para que no saliera. Quería alargar aquel morboso juego.

Con un grito de él conseguí sacar el cepillo de su culo. Me sentía vencedora. Mi excitación me hacía verlo como una competición. Incluso la palmadita que Nadia me dio en mi cabeza, junto con un - buena chica- Me hizo sentirme halagada.

Después de recargar el cepillo volvimos a repetirlo. Le penetré con la mano de Nadia guiando el utensilio buco-anal. Él sufrió la quemazón de la pasta y yo volví a follarnos a ambos. Disfruté muchísimo con aquel juego, que gané en dos ocasiones más. Hasta que, al cuarto intento, y con sus llantos desesperados, consiguió arrebatarme mi querido amiguito.

Mientras me ponía mi vestido, disfruté de ver a Nadia sentada en su espalda, jugando con el cepillo ahora bien clavado en su ano. No puedo explicar la razón por la que me distraje tanto mirando el tanga que se descubría a estar ella sentada en esa postura. Quizás fuese al notar la evidente mancha en aquella pequeña tela semitransparente. El caso es que tardé en darme cuenta de aquello por estar mirando el coño a la novia de mi ex.

- ¡La tiene dura! – grité.

- ¡Claro! Es una putilla. Le pone que le follen el culo. – dijo Nadia.

- ¿Eso es verdad? ¿Eres una putilla que le gusta que jueguen con su culo? – pregunté yo perversa.

- ¡No! – dijo él, llevándose un golpe en sus huevos por Nadia.

- ¡No mientas! ¡Di la verdad! – dijo ella, con otro golpe en cada frase.

- ¡Sí! – gritó él.

- Sí ¿Qué? – insistí yo, provocando otro golpe en sus expuestas pelotas.

- Soy una putilla que le gusta que jueguen con su culo. – dijo él hundido y dolorido.

- Entonces creo que es la hora de lo siguiente ¿No? – pregunté a Nadia.

- Buena idea. – dijo ella, clavando al máximo el cepillo.

Bajándose de su espalda le hizo ponerse en pie. Solo una pequeña parte sobresalía de su ano, aunque quedaba tapado por sus nalgas. Era el momento de lo que yo tenía más ganas. Cogí mi tanga y por si no estuviera lo suficiente mojado, lo pasé por mi coño que parecía un charco.

- Póntelo. – le dije tirándole mi tanga a la cara.

Con duda lo recogió del suelo y se lo fue poniendo lentamente. Casi no le entraba, pero con esfuerzo llegó a su sitio. Su polla sobresalía por encima y los huevos se desbordaban a los lados. Le hicimos dar unas vueltas para ver cómo le quedaba. La verdad que le hacía un buen culo. Aunque estuviera patético con todo bien apretadito por delante.

- ¿Lo trajiste? – pregunté a Nadia.

- ¡Claro! Pensó que era mi ropa.

Fue al armario y sacó una pequeña bolsa de viaje. Fue sacando cosas y dejándolas sobre la cama. La cara de Rober era digna de inmortalizar. Pero eso lo haríamos después. Y seguramente mientras.

- ¿Qué vais a hacerme?

- Lo sabes muy bien. Eres una zorrita ¿no? Pues te vestiremos como tal. – le dije yo.

Maquillaje, un vestido, sujetador, medias y peluca e incluso unos zapatos de su talla. Nadia había traído todo lo necesario. Él trató de resistirse, pero con un recordatorio de lo que pasaría si no obedecía, pasamos a vestir a nuestra muñeca Barbie Putón.

Fue uno de los mejores momentos de mi vida. Las risas debían despertar a los vecinos. Entre ambas le pusimos el sujetador con relleno. El ajustado y corto vestido, la peluca pelirroja e incluso los zapatos. Y a la hora de maquillar no tuvimos reparo.

- ¿Te gusta que yo me maquille como una puta? Pues mírate.

Le puse frente al espejo y recé porque no llorase al verse. No quería que se le corriese el rímel, no todavía. Su fibroso y depilado cuerpo encajaba bastante bien en aquel ajustado vestido rosa. Las medias disimulaban un poco sus musculadas piernas. Y tengo que reconocer que los tacones le hacían un buen culo con la tanguita bien marcada.

- Estás preciosa, Roberta. – dijo Nadia, mientras le hacía fotos.

- Ya vale… por favor. Ya está bien…

- Me apetece una copa. ¿Y a ti? – le pregunté a Nadia.

- Pues sí. Dos copas, Roberta. – dijo ella.

Ambas nos sentamos en el sofá y disfrutamos de ver cómo caminaba sobre los tacones. No podía parar de reír. Puse la misma canción que había usado un rato antes para el striptease y le hicimos bailar mientras nosotros bebíamos entre carcajadas.

No le dejamos parar un segundo. Quería que supiera lo que se sufre sobre esos tacones que tanto le gustaba que usáramos nosotras para él. Hice de DJ, haciéndole bailar reguetón, rumba, tecno, hasta flamenco. Por supuesto Nadia grababa todo con nuestras risas de fondo. Hasta que sonó el timbre.

Miré a Nadia confusa. ¿Quién podía ser? Roberto también tenía cara de sorprendido. Pero bastante más tirando a aterrado. Volvió a sonar el timbre, esta vez con más énfasis.

- Corre, abre. Si es la policía y te ve así, seguro que no te detienen. – dijo Nadia.

- Pero…

- Pero nada. O quieres que abra yo y les cuente mi versión. – sentenció ella.

Asustado fue allí. El timbre no dejaba de sonar. Abrió asustado y cuando vio quién llamaba a la puerta hubiera deseado que fuese la policía.

- ¿Ro… Roberto?

- Ehh… sí.

Era Fernando, el vecino de arriba. Reconocí su voz ya que era uno de los pocos con los que teníamos algo de amistad. Él no podía vernos a nosotras. Solo a ella, digo a él.

- Menuda fiesta ¿no? – preguntó Fernando.

- Sí…

- De disfraces por lo que veo. – contestó el vecino.

- Sí… exacto.

- ¡Hola Fernando! Perdona por el ruido. Ya quitamos la música. No es una fiesta de disfraces. Solo una reunión de amigas. – intervine yo.

- Isabel… pensé que ya no erais pareja.

- No lo somos. Ahora solo somos amigas. – dije yo, abrazando a mi ex.

- Ya veo… bueno… me alegro que os llevéis bien. – contestó él estupefacto.

- Sí, claro. Me costó un poco entenderlo. Que te deje tu novio por un hombre… Pero bueno, él se siente mujer. Si es feliz así, yo me alegro por él, digo por ella.

- ¿Qué? ¿Cómo? – tartamudeo Fernando.

- Pues eso. Y ten cuidado en el ascensor que está desbocada. – le dije, recorriendo con mi mano las tetas falsas de mi ex.

- Bueno… me voy… bajar un poco la música, por favor… o bajará mi mujer. – dijo él, retrocediendo hacia el ascensor.

Cerré la puerta y las risas de Nadia explotaron. La cara de mi ex era de completa humillación. Su vecino pensaba que era un travesti homosexual. El chulo devora mujeres convertido en una putilla.

- ¿Cómo podéis hacerme esto?

- Esto no es nada. Él solo es una persona. O haces todo lo que te digamos o lo sabrá todo el mundo.

- ¡Eso! Por cierto, no quedan hielos. Ve a la gasolinera a por más. – le dije.

- Vale. Voy a vestirme. – contestó, pensando que escaparía un rato de nosotras.

- Ya estás vestida, tonta. Toma, cinco euros. No necesitas nada más. Y andando. Que en coche sería muy fácil.

- Es más de un kilómetro. No puedo ir andando. No así. – protestó.

- Subimos las fotos a Facebook o mejor a Instagram. – pregunté a Nadia.

- Vale, vale… ya voy.

Nadia vacío su pequeño bolso y se lo dio. No para guardar el billete, pues yo se lo puse sobresaliendo del sujetador. Solo era un complemento más para su estrafalario y femenino atuendo. De esa guisa le echamos a la calle. Sin llaves, ni móvil, ni nada.

- ¿Conseguiste lo otro? – le pregunté al quedarnos a solas.

- Todo. ¿Y tú?

- Está todo controlado. – contesté.

- ¿Crees que se pueda echar atrás?

- Para nada. Confía en mí.

- Perfecto. Pues ven que te enseño lo que tengo preparado. – dijo ilusionada Nadia.

Era increíble. Lo había visto alguna vez por internet, pero nunca lo había tenido en la mano. De solo pensar en lo que haríamos con eso volví a excitarme. Las ideas iban y venían pensando en cómo devolverle a ese chulo de mierda todo lo que nos había hecho. Tal fue así, que se nos pasó volando la media hora larga que tardó en sonar el timbre de la puerta. Aun así, recogimos todo y nos terminamos las copas tranquilamente antes de abrir. Quería que sufriera lo mismo que yo esperando en la calle. Cuando por fin le dejamos subir estaba tiritando de frío y con la mirada clavada en el suelo. No podíamos dejar de reír imaginando la vergüenza que debió pasar comprando vestido como una fulana.

- ¿Y lo que te ha sobrado de los cinco euros? – pregunté yo.

- No me ha dado nada. Se ha quedado con todo… – dijo tiritando de frío.

- ¿Cinco euros por una bolsa de hielos? ¿Tú eres tonto? – le dijo Nadia.

- No tenía ganas de discutir. Solo quería volver a casa.

- Por ese dinero ya te hubiera valido hacerle una mamada al tío. – le contestó ella.

- Eso. Podríamos hacerle volver, esta vez sin dinero. – secundé yo.

Su cara era de autentico pavor. Estaba claro, que aparte del frío y el dolor de pies, la vergüenza que había pasado dejó mella en su orgullo. Al menos dos hombres le habían visto vestido de mujer. Si es que no se cruzó con más gente en el camino. Me hubiera encantado mandarle de vuelta a la gasolinera, pero mi sorpresa era aún mejor.

- Bueno venga. Prepara tres copas, que tenemos algo que celebrar. – le ordené.

Quedé fascinada de lo bien que caminaba sobre los tacones. Parece que el paseo le había servido para practicar. El pobre iluso sirvió las tres copas sin sospechar lo que le esperaría.

- Diez minutos. – dije yo.

- Perfecto. El tiempo justo para darle nuestro regalo.

Nadia sacó una pequeña cajita envuelta. Era lo único que no había podido ver, pero sabía que era. Roberto lo cogió con miedo. Desenvolvió lentamente el papel de regalo y abrió la caja. Al verlo sus ojos casi se caen al suelo.

- Estaréis de broma ¿no?

- Para nada. Como no sabes mantenerla en los pantalones, tenemos que tomar medidas.

Mi ex se quedó paralizado con aquello en la mano. Ni siquiera se movió cuando Nadia le levantó la falda del vestido y bajó mi tanga. No dejaba de mirar su regalo. Una bonita y brillante jaula de castidad. Ella comenzó a acariciar su flácida polla, consiguiendo en unos segundos que reaccionase.

- Quiero que grabes este momento en tu memoria. No sabes cuando volverás a tener una erección. – dijo Nadia.

Para hacérselo más difícil, yo también lleve mi mano a su ya tiesa herramienta. Era preciosa, grande y muy gorda. Me parecía increíble que fuera a caber dentro de aquella cosita tan pequeña.

- Sabes que el de antes fue tu último polvo ¿no? No volverás a meterla en caliente en la vida. – le dijo Nadia.

Yo usé mi mano libre para acariciar sus calientes bolas. Nadia en cambio comenzó a jugar con el cepillo de su culo. Era increíble lo dura y palpitante que estaba. Me moría de ganas de llevármela a la boca. Estaba imponente, a pesar de los golpecitos en sus huevos y de ser follado por un cepillo de dientes. O quizás justo por eso. No recordaba haberlo visto nunca así.

- ¿Te gustaría una última mamada antes de vivir en castidad? le pregunté, a lo que él asintió con fiereza.

- ¡Ja! Esa polla no volverá a probar una mujer en la vida. Aunque puede que tú sí pruebes alguna polla, Roberta. – le contesté, sacudiendo a toda velocidad.

El jadeaba como loco escuchando que sería la última vez que sentiría ese placer. Nuestras manos recorrían aquel duro mástil, unas veces lentamente, haciéndole desear más. Otras a toda velocidad, obligándole a jadear como loco, sintiendo inminente su orgasmo. Y cuando notábamos que eso iba a pasar, un golpe fuerte en sus hinchadas pelotas le hacía temblar de frustración y dolor.

- Dicen que encoge al estar encerradas mucho tiempo. La tuya quedara como un cacahuete. – dijo Nadia, sin dejar de follarle el culo.

- ¡Lo mediremos cada semana! Seguro que en unos meses le queda grande la jaula. – contesté yo divertida.

- Pues compramos otra más pequeña. Hasta que no se le note nada bajo las braguitas.

Lejos de molestarle, diría que las humillaciones le ponían más cachondo. Yo meneaba a toda velocidad su polla, mientras Nadia imitaba mi ritmo en su ano. Sus bufidos dejaban claro que por mucho que le doliese el culo, aquello le encantaba. Cuando pensé que no podía aguantar más, solté su polla. Pero Nadia continúo follando su culito. Su desatendida verga palpitaba cubierta de preseminal. Él seguía jadeando con los ojos en blanco mientras su novia metía y sacaba a toda velocidad aquel cepillo. Sin que nadie tocase su pene, una gota de esperma comenzó a salir tímidamente de aquella cabeza blanquecina.

- ¡Para, para! ¡Que se corre! – grité yo.

Nadia sacó de golpe el cepillo provocando en él un grito mudo y agudo. Su polla palpitaba hinchada al máximo y una segunda gota salió quedándose en su cabezota amoratada. Llevé mi dedo allí y tembló de placer. Recogí suavemente toda su humedad y las dos gotitas de su denegado orgasmo para mojar sus labios con ello. Su cara era digna de una publicidad de ONG, no había nada que diese más pena que un hombre detenido a las puertas del mejor orgasmo de su vida.

- No llores, tonto. Se que es difícil. Pero con esto aprenderás a vivir sin orgasmos. – dijo ella, posando unos cubitos de hielo en sus ardientes huevos.

En realidad no estaba llorando, pero poco le faltaba. Sus ojos estaban brillantes, resistiéndose a mojarse. Al contrario que su polla, que estaba empapada, de su excitación y del hielo al deshacerse. Su miembro fue bajando a medida que los hielos se derretían. Hasta que aquella imponente verga fue llevada a su mínima expresión. Entre sus piernas no había más que un cacahuete y dos pelotitas heladas. Ya no quedaba nada de ese orgulloso chulo que hacía con nosotras lo que quería. Y en cuanto Nadia cerró el candado y sacó la llave, supo que nos pertenecía.

- Una para tu ex y otra para tu novia. – dijo Nadia, repartiendo las llaves.

- ¿Por qué me hacéis esto? – preguntó sin levantar la mirada del suelo, o de su jaula.

- ¿Crees que no te lo mereces? Después de lo que nos has hecho, es lo mínimo. Piénsalo bien y contesta. ¿Te mereces estar enjaulado y ser nuestra zorrita? – dijo ella.

- Sí… lo merezco. – contestó Roberto, después de un desesperante silencio.

- Buena chica. ¿Vas a ser nuestra zorrita obediente siempre?

- Sí… lo seré. – contestó, esta vez sin dudar.

Mientras iba interrogando a Rober haciendo que sucumbiera ante nosotras, saco unas finas cadenas y metió una llave en cada una de ellas. Esta mujer tenía detalles para todo. Cuando se aseguró de que no cabía resistencia alguna por parte de él, le ordenó ponernos las llaves al cuello, cual medalla olímpica. Después fue ella quien, sacando un collar rosita, al más puro estilo perrita pija, se lo puso al cuello. Ya no veía ningún atisbo de ese hombre dominante. Casi ni veía al hombre. Y entonces, sonó el timbre.

- Ven, cariño, quiero presentarte a alguien. – le dije, enganchando la correa a juego con el collar.

No se resistió. De haber sabido quien estaba detrás de la puerta seguramente hubiera sido diferente. Abrí y sin soltar la correa de mi ex, le comí la boca al hombre que había sobre aquel felpudo. Un beso largo y pasional. Con sus manos recorriendo mi cuerpo hasta llegar a mi culo para apretarlo con fuerza. Deje que mi ex viese como esas manos fuertes y varoniles me levantaban el vestido. Notaba los ojos de Rober clavados en mi culo desnudo mientras mi lengua jugaba con la de otro hombre. Cuando terminamos de besarnos, le dije:

- Cariño, te presento a Roberto, mi ex.

- Rober, este es Carlos. Sí, ese Carlos.

Sé que había opiniones enfrentadas de como continuar la historia. Lo siento por quien esperaba otra cosa. Agradezco todos los comentarios e ideas, no puedo reflejarlas todas, pero siempre las tengo en cuenta.

El siguiente capítulo está abierto. No sé cómo continuará la historia. Esperaré a saber sus comentarios para escribir.

Saludos.

Wilmorgan.

Continúa en