La buena amante (I)
El alcohol y los recuerdos abrieron la puerta a lo prohibido. En la oscuridad de los baños del bar, sus manos y su boca prometían olvidar el anillo en su dedo. Pero el teléfono sonó, y con él, la realidad de su doble vida lo alcanzó antes de que pudiera terminar.
I.
Hace un par de semanas recibí un mensaje inesperado. Un mensaje del pasado. Ese amor del pasado que no fue. No fue porque nunca tuve el valor suficiente para decirle lo que sentía por ella. La timidez y falta de confianza me negó la posibilidad de tener algo con ella. El mensaje era sencillo <>. Sencillo pero impactante a la vez. Había dejado de escribirle hace 12 años, desde el día en que se enamoró de otro, se casó y se fue a vivir a otra ciudad. Me impactó mucho que estuve a punto de escupir el trago de cerveza que me estaba bebiendo en el bar del chino Juan.
Medite durante unos largos minutos antes de responder. No me lo podía creer. Aquella amiga mía, la mujer que me encantaba, me estaba escribiendo. Mi respuesta fue un seco y corto <>. Es que de los nervios hasta me olvidé de escribir "hola". Espere su mensaje mirando de manera persistente mi móvil. Habían pasado ya más de 30 minutos y no tenía contestación. La he cagado, fue lo que pensé. Y de pronto empecé a ver en la pantalla de Messenger como los tres puntos se movían demostrando que estaba escribiendo. Sentí como si fuera una espera muy larga, pero en realidad fue corta para responderme con un <>. La sonrisa de mi cara solo duró unos segundo, ya que el chino Juan me interrumpió.
– Julio, queles otla celveza.
– no Juan tráeme la cuenta.
Mientras buscaba el dinero para pagar la cuenta, otro mensaje llegó al móvil. Esta vez era uno largo y decía << estaba escuchando una canción y me acordé de ti. Nunca entendí por qué dejamos de hablar.>>. Otro mensaje suyo me despertó del letargo que había caído después de tratar de encontrar las palabras precisas para responder el mensaje. Esta vez decía << he vuelto a Madrid, te apetece que quedemos.>>. Y claro que me apetece, aunque estaba olvidando el pequeño detalle que ahora estoy casado.<>. La respuesta fue inmediata <<vale, allí estaré>>
II.
Habían pasado 4 días desde su primer mensaje, pero a mí me parecía como si hubiese sido dos semanas. Estaba parado en la esquina sintiendo la primera brisa helada después de un verano caluroso. Las hojas secas caían de los árboles, claro indicativo que el otoño había empezado. A lo lejos pude ver a una mujer entrada en carnes de mediana estatura que caminaba en dirección hacia mi. La recordaba más delgada y un poco más alta, pero seguro que esa mujer a lo lejos era Ana. Cuando la tuve a unos metros sonrió. Indudablemente esa mujer era Ana. Sigue teniendo la hermosa sonrisa que derrite a cualquiera. La sonreí y mi <> fue interrumpido por un largo abrazo. Fue uno de esos abrazos que te tocan hasta el alma. Esos abrazos que dicen te extrañé tanto sin que los involucrados digan una sola palabra.
– Hola Julio, me alegro mucho de volver a verte después de tanto tiempo.
– Ana, tu siempre tan hermosa con esa sonrisa.
– Te has dejado la barba. Te queda muy bien.
– Gracias. El tiempo ha hecho su trabajo y ahora lucimos un poco diferentes.
Atiné a decirle. No quería ofenderla diciendo que había engordado, más si yo también estaba con las piernas flacas y un poco de panza por tanta cerveza. El hecho es que ella estaba espectacular, rellenita pero no tanto, simplemente tenía de donde agarrar. Como diría el morboso de mi amigo Carlos, es una gordibuena.
Entramos al bar sin decir nada pero sonriendo. Cómo si ambos pensáramos las palabras exactas para romper el hielo. Ese bloque frío de desconfianza e inseguridad que el tiempo y la distancia habían construido.
– Te apetece una cerveza. —Atiné a decirle para romper el hielo.
– yo no bebo cerveza. ¿No lo recuerdas?
– lo siento lo había olvidado.
– pero si que quiero una copa de vino. Tenemos tanto de qué hablar.
Pasamos a centrarnos en una mesa dentro del bar. La mesa estaba muy cerca de la ventana desde donde podíamos ver a la gente pasar. El mesero inmediatamente se acercó a preguntarnos qué queríamos para beber.
– una copa de vino tinto afrutado, mejor si es Riojano para la señorita y para mí una cerveza.
– en seguida caballero. Replicó el mesero.
– Vaya Julio, al parecer no has olvidado que me gustan los vinos riojanos.
– no lo olvidé, solo quise fingir que había olvidado que te gustaba el vino.–-Respondí con una sonrisa pícara.
Mentí. Si lo había olvidado. Pero estoy muy acostumbrado a pedir lo mismo cada que salimos con Irene, mi esposa.
III
– me acuerdo como intentabas caminar con tu zapato roto en el festival. —Me lo recordó Ana mientras se reía profusamente.
– ya lo había olvidado. Fue un día muy malo para mí. —Respondí con una sonrisa.
Francamente es un recuerdo muy malo para mí. Ese día asistía a un festival de música con un grupo de amigos, incluida Ana. Recuerdo que había una fila enorme y una única entrada. De pronto, las personas de la fila empezaron a correr porque los organizadores habilitaron una de las puertas laterales. Todos querían entrar pronto sin demora y saltarse la larga espera. Corrimos y un ligero contacto de mi amigo Carlos que corría detrás mío me hizo trastabillar. Caí al suelo y mi zapato izquierdo cayó un par de metros delante de mí. Cuando tome el zapato este está roto.
– Recuerdo que tu zapato parecía como si tuviera hambre. Jajaja. Con cada paso que dabas se abría. Jajaja.
– vale. Menos vino para ti Ana. —Respondí apartando la copa de vino se su zona de la mesa, mientras yo también reía provocado por su risa contagiosa.
El hecho es que me di cuenta que ya llevábamos mucho alcohol encima. Ella iba por su tercera copa de vino y yo por mi cuarta cerveza. Evidentemente empezábamos a ponernos borrachos. Cómo dirían los italianos, estábamos "Brillos".
Ana tomó mi mano tratando de evitar que me lleve su copa. Inmediatamente solté la copa y mientras miraba sus ojos cambie de sentido mi mano, automáticamente tomando su mano. Nos quedamos mirando y sonriendo durante varios segundos. Pude ver un brillo en sus ojos. Seguramente ella miraba lo mismo en los míos porque pude ver cómo se mordía el labio inferior mientras me miraba. No dude ni un segundo, me acerque y nos besamos. Fue un beso muy apasionado. Quizá el beso duró unos segundo pero para mí fue una vida entera. El sentir nuestras lenguas luchando incesantemente provocó en mí una erección. Y sí, los hombres somos como un ferrari. Vamos de cero a cien en tres segundos. Y más si durante el beso nuestra pareja posa su mano por detrás de nuestra cabeza.
Automáticamente después de besarnos le sonreí como aquel niño que recibe su primer regalo en navidad. Sonriendo por aquello que siempre deseó. Le mire y se hizo el silencio durante mucho tiempo. Lo suficiente como para sentir que era incómodo y que algo había pasado. Inmediatamente me levanté de la mesa.
– Julio a donde vas. —Preguntó.
– voy al baño. Creo que hemos bebido demasiado.
Camine hacia la barra. Mi cara visiblemente esbozaba una sonrisa. Pregunte al camarero donde estaban los servicios. A lo que contestó que se encontraban al fondo a la derecha. No se porque, pero siempre los servicios están al fondo a la derecha.
Seguí el camino hacia los servicios mientras mi erección estaba descendiendo. Orinar con una erección es muy molesta para un hombre.
Atravesé una puerta cuyo rótulo principal indicaba los servicios. Una vez dentro pude ver que se trataba de un servicio mixto. Detrás de la puerta de entrada había un urinario. Al lado derecho de la puerta había un lavamanos. Y frente a mi, luego de atravesar la puerta estaba, una puerta semi abierta con un váter. Mi primera reacción fue dirigirme detrás de la puerta hacia el urinario empotrado en la pared. Cerré la puerta tras de mí. Baje la bragueta de mi pantalón y saqué mi miembro semi flácido dispuesto a orinar. Mientras estaba orinando sentí como detrás de mí se abría la puerta del baño. Sentí que una persona de baja estatura atravesaba la puerta. Estaba guardando mi miembro luego de terminar de orinar cuando de pronto sentí un abrazo por detrás. Las manos pequeñas, delicadas y de uñas pintadas tocaban mi torso. Me sorprendió. Inmediatamente quise dar la vuelta para ver qué pasaba. Pero una voz delicada me dijo.
– Tranquilo, soy yo. Ana.
Pude sentir como su mano izquierda presionaba mi pecho, mientras su mano derecha bajaba muy lentamente desde mi pecho hacia mi cintura. Mientras cerraba mis ojos sentí como su mano derecha entraba en la bragueta de mi pantalón aún abierta. Esa mano juguetona empezó a buscar mi miembro. Cómo cuando empiezas a buscar ciegamente en un cajón lleno de cables cargadores de móviles viejos el cargador adecuado para tu nuevo móvil. Suspire cuando sentí que su mano se cerraba en mi miembro. Eso que estaba buscando lo había encontrado. Saco mi miembro de la bragueta y empezó a masturbarme mientras le decía al oído que me relajara. Su mano caliente provocó que vuelva a recuperar mi erección. Y sí, otra vez de cero a cien en tres segundos.
– no sabes cuánto tiempo soñaba con tocarte. —Escuché en mi oído izquierdo, mientras ella me masturbaba.
Unos segundos después sentí como dejaba de masturbarme. Inmediatamente movió su mano de mi pecho hacia la parte trasera de mi hombro y me empujó levemente como para que yo interpretará que ella quería que me diese la vuelta. Empecé a abrir mis ojos mientras me daba la vuelta. Mis ojos encontraron los suyos y sonreímos. Sentí su mano detrás de mi cabeza empujando la misma hacia ella. Automáticamente cerré los ojos y empezamos a besarnos. Quizás fueron unos segundos de beso, pero yo sentí como si hubiese sido más tiempo. Inmediatamente después de separarnos me miró a los ojos, sonrió y empezó lentamente a bajar mientras sus dos manos se quedaban apoyadas en mi pecho. Una vez llegó a la altura de mi cintura, sentí como ambas manos bajaban hacia mi cinturón. Sus manos empezaron a desabrochar mi cinturón. Entonces quitó el botón de mi pantalón y tiró de mi pantalón con fuerza hasta bajarlo a la altura de mis muslos.
Su mirada se dirigió hacia mis ojos como si quisiera pedir permiso. Esbocé una leve sonrisa de aprobación e inmediatamente ella entrecerró sus ojos mientras llevaba mi miembro a su boca.
Empecé a sentir como el calor de su boca entraba en contacto con la piel de mi miembro. Ese calor humedecido envolviendo mi miembro me arrancó el primer suspiro. Cerré los ojos mientras echaba levemente la cabeza hacía atrás y ponía mis manos en mi cintura. Su cabeza empezaba a moverse muy despacio. Un vaivén continúo que se vió interrumpido por un chuponazo. El sonido similar al descorche de una botella de champán me hizo abrir los ojos y bajar mi mirada. Mis ojos se encontraron con los suyos mientras ella esbozaba una sonrisa pícara. Inmediatamente pude ver como sacaba muy despacio su lengua y la acercaba al glande. Su mirada seguía prendida a mis ojos como si estuviera preguntándome si me gustaba. Solté un segundo suspiro en señal de aprobación. Inmediatamente después mi mano derecha se dirigió detrás de su cabeza. Empuje levemente su cabeza hacía mí, marcando una clara señal de que deseaba nuevamente sentir la humedad y calidez de su boca. Ella comprendió enseguida.
Todo era surrealista e incluso llegué a pensar que estaba soñando. Su cabeza continúo un intenso vaivén. Empecé a escuchar un tono de una llamada entrante en un móvil. Era el tono por defecto de un iPhone. Sonaba muy leve, como si el móvil estuviera lejos. No hice caso. Ella continuó con la felación, combinando un vaivén intenso con su lengua jugueteando con mi glande. Volví a escuchar el tono de una llamada entrante en un móvil. Esta vez el tono de la llamada entrante se hizo muy fuerte cuando Ana paró en seco. Baje la mirada a ver qué había pasado, por qué ella se había detenido.
– ¿No vas a contestar?. Parece ser urgente. —Me dijo Ana mientras yo la miraba sin entender a qué se refería.
– Tu móvil. —Replicó ella mientras se ponía de pie.
Me quedé paralizado un instante mientras mi mente pensaba que hacer. Si contestar o no el móvil. Quizá es el gilipollas de mi amigo Carlos que quiere saber si quedamos hoy a beber cerveza como todos los viernes.
– Puede ser tu esposa. —Indicó Ana girando y avanzando al lavabo.
Entonces metí la mano en el bolsillo derecho de mi pantalón para extraer el móvil. Una vez sentí el móvil en la mano, éste dejó de sonar. Extraje el móvil mientras maldecía en voz baja porque se había estropeado una de mis fantasías. Cuando me disponía a desbloquear el móvil, éste volvió a sonar. Pude ver como en la pantalla aparecía el nombre del contacto. Era Irene, mi esposa.
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