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Las amigas de Ana. Vacaciones con Carol. Parte 3

Carol lleva meses guardando un secreto que la quema por dentro. Cuando su esposo le ofrece la llave para liberar su frustración, no imagina que el precio será convertirse en el centro de un juego donde la línea entre el placer y la degradación se desdibuja.

Escribidor22K vistas9.5· 25 votos

La tarde fue tranquila. Carol bajó a la piscina de la urbanización, pero yo me quedé en el apartamento a descansar. En un momento dado, me asomé a la terraza, y pude ver a Carol en topless en una tumbona. Era la única de todas las mujeres de la piscina que tenía las tetas al aire. Y pronto supe por qué. Una rubia estirada, de unos cuarenta y pico muy bien llevados, pero con un humor de perros, fue a hablar con el socorrista señalando a Carol.

El muchacho, un chico bastante joven, nervioso y rojo de vergüenza, se acercó donde estaba Carol para decirle, supongo, que estaba prohibido hacer topless en la piscina, porque inmediatamente después Carol se puso la parte de arriba del bikini disculpándose. El socorrista se quedó un par de minutos hablando con ella, y pensé que podía ser un buen candidato para cumplir una de las condiciones de Ana: romperle el culo a Carol. Era un yogurín que estaba de buen ver, y que parecía falto de toda experiencia, lo que le aseguraba a «mi esposa» cierta fogosidad. Pero eso aún tendría que esperar un poco.

La cena en casa de Mary fue bastante… divertida para mí. La sumisión de Lucía, aunque me resultaba muy evidente, era llevada por ellas con discreción. Carol estaba al tanto, pero parecía que se empeñaban en ocultármela a mí. Esta relación de dominación no se limitaba, al parecer, al ámbito sexual, por lo que era bastante frecuente que Mary le diese órdenes a Lucía. Trae esto, haz aquello, sírveme, ponte allí… Peticiones que podían ser habituales y normales en cualquier pareja, y que sin duda ellas pretendían que yo las viese así, pero eran dócilmente acatadas por Lucía, y tan naturalmente dictadas por Mary, que a mí me resultaban hasta obscenas.

Por eso yo, cada vez que tenía que pedirles algo, me dirigía a la pelirroja. «Mary, pásame el agua», «Mary, ¿me indicas dónde está el baño?», «Mary, sírveme un poco más, por favor. Y sube un poquito el aire, que hace calor». Eso le acababa por sacar de sus casillas, y su odio hacia mí aumentaba considerablemente. No es que mi estrategia para follármela fuese hacer que me odiase, pero era tan divertido… Lo que yo pretendía, en realidad, era que me las quisiese devolver todas juntas volcándose con mi esposa, agasajándola y prestándole toda su atención. Ella me oyó decirle en la playa que no iba a permitir que pasase nada entre ellas, lo que sumado al deseo sexual que ya sentía por Carol, hacía que sus ganas de follársela, y por tanto su excitación, aumentasen exponencialmente. Si Carol sabía jugar adecuadamente con el palo y la zanahoria, ahora te sigo el rollo, ahora te paro los pies, conseguiríamos en ella un estado de calentura y frustración que acabaría por desquiciarla. Ya veríamos cómo utilizaba eso en mi beneficio. Fácil no iba a ser, y había que cocinarlo a fuego lento.

De momento, esa noche solo me dirigí a Mary para darle sutiles órdenes, y todos mis cumplidos y parabienes fueron para Lucía, quien me miraba agradecida. Eso les dejaba campo libre a Carol y Mary para tontear sutilmente. Mi mujercita, siguiendo mis consejos previos, esa noche le siguió el juego a su amiga dándole toda la cancha que fuera necesaria, aunque con ciertos límites: Ana le había prohibido correrse.

Después de la cena, y con un par de copas encima cada uno, Mary ordenó, ya no tan discretamente, a Lucía que recogiese todo y se fuese a fregar, y le pidió a Carol que le acompañase a su cuarto, que quería enseñarle algo. Supongo que pretendía que yo me quedase solo en el salón, pero desinteresadamente ayudé a Lucía a limpiar.

–No te molestes –me dijo la morena–, ya limpio yo. Espera si quieres en el salón. ¿Te preparo otra copa?

–No, no quiero beber más, que luego no rindo en la cama… –la miré divertido.

–¿Es que vais a hacerlo cuando lleguéis a casa?, ¿no es un poco tarde? –ella me seguía el juego. No se escandalizaba porque le hablase de sexo.

–Bueno, si Carol sigue con ganas después de lo que esté haciendo con Mary… –puse el cebo en la trampa.

–Ja, ja, ja, pues ten cuidado, a Mary no se le resiste ninguna… –y picó. El alcohol había soltado su lengua más de lo debido, se sorprendió a sí misma de lo que había dicho e intentó rectificar–. Quiero decir, que no se le resistiría ninguna… si ella quisiese, vamos, si estuviese soltera… que es muy guapa y todas querrían…

Se puso roja y muy nerviosa. Fregaba los platos frenéticamente y casi se le escapa uno de las manos. Si hubiera podido, se habría sumergido en el agua del fregadero hasta ahogarse.

–¿Y a ti no te pone celosa lo que pueda estar pasando ahí dentro?

–¿Qué?, no, yo no… no quería decir que… vamos, que me refería a que si Mary estuviese soltera… ella no… ella me es fiel. No está pasando nada ahora mismo entre ella y tu mujer –lo dijo sin mirarme, sin despegar sus ojos del fregadero.

–Claro que no –sin avisar le agarré del culo y el vaso que tenía entre las manos cayó al suelo rompiéndose en mil pedazos. Ella, sin embargo, se quedó completamente inmóvil–, porque mi mujer, al igual que tú, también es una putita obediente, y tiene prohibido correrse esta noche –un leve gemido se escapó de entre sus labios–. Aunque, bien pensado, quizá si le esté comiendo el coño como es debido a esa zorra pelirroja. Supongo que lo sabremos cuando Mary salga satisfecha del dormitorio, y Carol aún excitada.

–¿Tú…? Yo… –Lucía no sabía ni qué decir, pero permanecía petrificada mientras yo seguía agarrándole del culo.

–Sí, tú y yo también tendremos nuestro momento, pero todo a su tiempo. Mi imagen de marido puritano y cornudo es tan falsa como la tuya de lesbiana. No digo que no estés enamorada de Mary, pero a diferencia de ella a ti no te importaría tener a mano una polla de vez en cuando, ¿verdad? Así que si quieres tener mi rabo dentro tendrás que hacer algo que jamás imaginaste: ocultarle esta información a tu ama. Cuéntale que sé la clase de relación que tenéis y lo que está pasando ahora mismo entre ella y Carol, y tendrás que seguir soñando con que alguna vez te deje tocar a un tío.

Y después de eso me fui al salón dejándola allí, aún inmóvil. Cinco minutos después oí cómo recogía los cristales del suelo, y pasó casi media hora más hasta que Carol y Mary salieron del dormitorio.

–Cómo te echaba de menos –decía la pelirroja–. Siempre disfruto un montón de tu compañía. Deberías venir más a menudo.

Sonreía absolutamente complacida, y juraría que me miró fugazmente cuando dijo la palabra «disfruto». A Carol, sin embargo, se le veía nerviosa, alterada. El motivo no era otro que estar cachonda perdida. Observé que Lucía lo notó, y me miró sorprendida. Yo le sonreí, y disimuladamente le guiñé un ojo, lo que provocó que se pusiera roja y volviera a entrar en la cocina para que nadie lo notase.

Después de eso, Carol y yo nos marchamos a nuestro apartamento. Nada más salir, Carol me dijo lo que yo ya sabía.

–Joder, he tenido que comerle el coño y el culo hasta que se ha corrido… ¡dos veces! Pero te juro que yo no me he corrido. No le he dejado ni que me tocara, porque con solo rozarme me hubiese deshecho en un orgasmo, estaba demasiado cachonda. Al principio protestó un poco, pero la convencí.

–Eso está muy bien. Mañana dile que pensaste en ella cuando follaste conmigo, pero no le des cancha. Ni la toques, ni dejes que te toque. Vamos a volverla loca.

–Uf, cómo me pone esto… Tendré que evitar que nos quedemos a solas, o voy a tener que atarla para que no se me eche encima.

Cuando llegamos a casa nos desnudamos y lo primero que hizo Carol fue comerme la boca.

–¿Te gusta cómo sabe esa zorra, maridito? Pronto lo probarás directamente de ella…

–Sí, y la próxima vez que tu pruebes su sabor será comiéndome la polla… mujercita.

Lo siguiente que hice fue ponerla a cuatro patas en el sofá y follármela sin piedad.

–¡No! –gritó ella–, mmmm… joderrrrrr, no me hagas esto… que no voy a aguantar…

–Ana lo dejó muy clarito –le dije mientras imprimía un ritmo mayor–, «no dejes que se corra… hasta mañana»… ¿has visto qué hora es, zorrita?

Carol miró el reloj, y en cuanto vio la aguja pequeña en el doce, y la grande en el tres, se corrió instantánea y prolongadamente. Llevaba guardándose ese orgasmo desde que se corrió en la playa masturbada por mí, y desde ese momento le había sobado las tetas a su amiga, me había comido la polla con mi novia al otro lado del teléfono, y también le había comido el coño y el culo a Mary. Por eso, ese orgasmo le sacudió todo su cuerpo mientras yo seguía follándola. Para mí también estaba siendo la hostia, todo lo que había pasado en esa cena presagiaba unas vacaciones de lo más placenteras, pero hice por aguantar, y conseguí que Carol se corriese una segunda vez antes de llenarle el coño de lefa.

–¿Sabes que solo dejo que mi marido se corra dentro? A ninguno de mis amantes se lo permito… Pero a ti te he dejado desde el principio.

–¿Por qué?

–Porque me pone mucho que todos se estén creyendo que somos marido y mujer. Y ¿qué clase de esposa sería si no dejase que mi maridito se corra dentro?

–Bueno, a mí me dejas hacerte muchas más cosas que a tu marido…

–Sí, y eso me pone más zorra todavía.

Diciendo eso, Carol sacó un poco de semen de su coño con sus dedos y se lo llevó a la boca. Y así como estábamos, desnudos y recién follados, nos fuimos a dormir.

A la mañana siguiente volvimos a la playa los cuatro. Por los aires de superioridad con que me miraba Mary, y lo roja que se seguía poniendo Lucía cada vez que la miraba, supe que no le había dicho nada a su novia de nuestra conversación ante el fregadero. Eso era una muy buena noticia para mis planes.

Por lo demás, la mañana transcurrió tranquila en la playa. Las tres mujeres seguían haciendo topless con sus diminutos tanguitas, yo me ponía morado mirando y echándoles crema, siempre recreándome en Carol y en Lucía, y siendo muy rápido y correcto con Mary, lo que le sacaba de quicio. Sin embargo, cuando las tres volvieron de darse un baño, supe que Carol le había dicho que pensó en ella al hacerlo conmigo, porque Mary volvió a mirarme con soberbia.

A Carol no le costó mucho mantener a raya a su amiga esa mañana, pero lo peor vendría por la noche, pues como quedamos el día anterior, saldríamos los cuatro juntos de fiesta.

La tarde también fue tranquila, aunque esta vez yo bajé a la piscina con Carol. Ella, después del episodio con el socorrista, no se quitó la parte de arriba del bikini. Yo me fijé en que unos metros más allá estaba la rubia estirada que se quejó el día anterior de que Carol enseñase las tetas.

Era una auténtica milf. Rondaría los cuarenta, pero se notaba que se cuidaba. El culo lo tenía aún en su sitio, seguro que se lo machacaba en el gimnasio a diario, y las tetas las tenía grandes y erguidas, no tanto por el ejercicio como por el buen hacer del cirujano. Llevaba un bikini claramente más recatado que el de Carol, aunque aun así sexi, y un pareo a la cintura. Iba bastante maquillada para ser las cinco de la tarde, y eso que los ojos no se los veía, ocultos por unas bonitas y caras gafas de sol. A su lado, estaba la razón por la que la rubia cuidaba tanto su cuerpo: un setentón gordo y peludo, fumando un puro que, estaba seguro, costaba más que mi móvil, y con un reloj de oro que probablemente costase más que mi coche. Estaba prohibido hacer topless en la piscina porque había niños, pero a ese viejo ricachón le permitían fumarse sus puros sin ningún problema. El mundo se fue a la mierda el día que aceptamos que las tetas eran más perjudiciales para los niños que el tabaco.

–Quítate el bikini –le dije a Carol.

–No está permitido. Ya lo hice ayer y me llamaron la atención.

Yo la miré con una sonrisa mientras cogía la crema protectora.

–Cuántas veces tengo que decirte que hagas lo que te pido si quieres que tus fantasías se hagan realidad…

Carol me miró intrigada y una chispa que ya empezaba a reconocer en su mirada me indicó que su coño había empezado a mojarse.

Cuando dejó sus tetas al aire en quien primero me fijé fue en el socorrista. Y lo que vi me gustó. No solo no vino a llamar la atención a Carol, sino que disimuladamente dejaba escapar miradas furtivas en nuestra dirección. Tuvimos que esperar un par de minutos hasta que la rubia cuarentona se dio cuenta de que Carol estaba en topless. Cuando se levantó, yo cogí la crema y me eché un poco en mis manos. En esta ocasión, en vez de ir hacia el socorrista, vino directamente hacia Carol.

–Creo que ya te dijeron ayer que aquí no se puede hacer topless…

–Perdona –me adelanté a la respuesta de Carol–. Ha sido culpa mía, iba a darle crema, y con las tiras del bikini es un poco incómodo… Si no te importa, le extiendo la crema en un minuto y se vuelve a tapar.

La mujer accedió a regañadientes y se volvió a su toalla. Por supuesto, yo tardé más de un minuto en darle la crema, y me entretuve en demasía en las tetas teniendo en cuenta que se las iba a cubrir con el bikini… Durante todo el tiempo que estuve sobando a Carol, me fijé en que ni el socorrista, ni la rubia, ni su marido nos quitaban ojo. Cuando la rubia, enfadada por tardar tanto, iba a volver a venir hacia nosotros, el marido ricachón me sorprendió. Un seco «siéntate» fue suficiente para que su mujer volviese a su toalla sin rechistar. Yo miré al viejo, que miraba hacia nosotros, y asintió con su cabeza.

–Quédate así –le dije a Carol.

Y ella, sin entender del todo qué había pasado, se echó a tomar el sol en topless. Nadie nos volvió a decir nada.

Por la noche salimos con Mary y Lucía. Ese día Carol y yo aún no habíamos follado, y cuando nos vestíamos para salir los dos nos mirábamos con deseo, pero preferí no hacer nada para seguir excitados. Esa noche teníamos que dejar a Mary cachonda perdida y con los dientes largos…

–Recuerda, hoy no le sigas el juego a Mary. Cada vez que se te acerque, tú huyes –le dije a Carol.

–¿Y cómo voy a ponerla cachonda si paso de ella?

–Porque todo lo zorra que normalmente serías con ella, quiero que lo seas con Lucía. No te cortes. Coquetea descaradamente con ella, y si yo no estoy delante, bésala o métele mano. Además, ¿tú te has visto? Mary se va a poner cachonda en cuanto te vea…

Carol llevaba un vestido con un exagerado escote que dejaba al aire todo su canalillo, por supuesto sin sujetador, con una falda a medio muslo y zapatos de tacón. Estaba rompedora. La verdad es que las tres iban despampanantes. Yo no podía ni creerme estar rodeado de tales monumentos. Quedamos con Mary y Lucía en un garito a medio camino entre nuestros pisos. Era tranquilo, no había mucha gente, y nos tomamos un par de cervezas ante una conversación amena. Casi ni notaba el odio que me tenía la pelirroja. Después fuimos a una discoteca a la que solían ir Mary y Lucía, y por lo visto, todas las lesbianas de la zona. No es que yo fuese el único tío, pero casi. La mayoría de historias allí empezaban con un «chica conoce a chica».

El ambiente pareció despertar a Mary, que empezó a buscar las caricias y atenciones de Carol. Esta, obedientemente, casi saltaba cada vez que su amiga se le acercaba y aterrizaba en los brazos de Lucía, a quien agasajaba con los más malintencionados piropos. La estrategia de Mary pasaba por emborrachar a Carol, pero cada vez que querían beber algo yo me ofrecía a ir a buscar las copas. Mary pensaba que su amiga estaba hinchándose a alcohol cuando en realidad solo estaba bebiendo refrescos.

Mis intenciones esa noche solo eran sacar de quicio a Mary y dejarla cachonda perdida. Que se follase a su novia, o a quien ella quisiese, sin dejar de pensar en Carol. Frustrarla completamente. Fue divertido ver la elegancia con la que Carol la rechazaba casi sin que Mary se diese cuenta, no dejó ni que le tocase. Es impresionante lo trabajada que tienen esa maniobra las mujeres acostumbradas a quitarse moscones de encima. Sin embargo, siempre estaba al lado de Lucía, agarraditas del brazo, riendo, bailando…

Cuando la frustración de Mary se empezó a tornar en mal humor, decidió pagarlo conmigo.

–Qué acarameladitas se les ve a nuestras chicas… quizá deberíamos dejarlas solas…

–¿Qué dices? Solo están bailando.

–Sí, por ahora… Ja, ja, ja, no te pongas celoso, hombre. A mí me encanta que Lucía se lo pase bien con otra chica, aunque prefiero estar yo también y pasárnoslo bien las tres juntas…

–No sé qué clase de relación tienes tú con tu novia, pero mi mujer me es completa y absolutamente fiel… –sabía que eso encendería a Mary, pues le recordaría a la noche anterior en la que «mi fiel mujer» le comió el coño.

–Pues yo creo que si no estuviésemos nosotros delante ahora mismo estarían liándose.

–Tú sueñas.

Entonces Mary se acercó donde estaban nuestras parejas y les dijo que íbamos a por unas copas.

–Ven conmigo –y cogiéndome del brazo me arrastró hasta la barra.

Cuando hubimos salido del campo visual de Carol y Lucía, la pelirroja me arrastró alrededor de toda la discoteca, hasta que nos aproximamos a la parejita por el otro lado. Sin que ellas pudiesen vernos, nosotros vimos cómo se comían la boca desesperadamente. La mano de Carol agarraba el culo de la morena, quien levantaba su cabeza para suspirar al aire mientras ofrecía su cuello para ser comido por su pareja de baile. A mí me costó disimular mi cara de salido para poner una de sorpresa. Mary me miraba con su habitual cara de superioridad, con una sonrisa de satisfacción pese a que ella realmente estaba jodida porque quería ser ella, y no su novia, quien recibiese las caricias de Carol.

–Está borracha –la excusé yo, haciendo mi papel–, vuestra lujuria y perversión le han confundido.

–Pues yo creo que lo que pasa es que le pone cachonda Lucía.

–A mi esposa no le gustan las mujeres –dije haciéndome el ofendido–. Si estuviese sobria verías como es incapaz de hacer algo así y te tragarías tus palabras.

–Venid mañana a cenar a nuestra casa, déjame un rato a solas con tu mujer, y ya veremos quién se traga qué.

Los escenarios se me iban planteando ellos solitos… Era como si el destino quisiese que mis planes saliesen bien.

–Allí estaremos. Y ahora será mejor que la lleve a casa.

Cogí a Carol y le dije al oído que lo había hecho genial.

–Ahora ve a despedirte de Mary –añadí–, y dile que volverás a pensar en ella esta noche cuando folles conmigo.

Carol fue hacia su amiga, le abrazó y vi cómo le hablaba al oído. La sonrisa de Mary no podía ser más amplia, lujuriosa y perversa, y me miraba clavándome los ojos como si fuesen puñales. Se estaba relamiendo con su victoria. Ya veremos quién se ríe cuando sea yo quien le clave algo a ella… Carol acabó mordiendo su cuello cuando dejó de hablarle y vi como una mano fugaz le agarraba una teta por encima del vestido.

Tuve que volver a intervenir para separarlas y llevarme a Carol de allí. No porque no quisiese seguir viéndolo, sino porque me tenía que mantener firme en mi papel.

Los dos íbamos cachondos perdidos. Mi plan estaba en marcha. Estábamos llegando a nuestra urbanización pensando en el glorioso polvo que íbamos a echar para apagar un fuego que llevaba encendido desde la noche anterior. Pero de nuevo el destino me ofreció una alternativa mejor. El socorrista estaba con unos amigos sentado en un banco frente a la puerta de entrada de la urbanización. Mi mente maquinó a mil por hora.

Subimos al apartamento y le dije a Carol lo que tenía que hacer.

–Joder, ahora sé por qué Ana dice que tu cerebro es tu órgano sexual más importante.

–Es el de todos, zorrita, ¿o es que tú no te has mojado solo de pensarlo?

–Llevo sin correrme desde ayer, y tú no haces más que pedirme que haga cosas que me ponen más y más caliente, ¿cómo no voy a mojarme?

–Pues ahora baja y saca la zorra que llevas dentro. Haz que me sienta orgulloso de la puta de mi mujercita –decirle eso le puso más cachonda aún, y los dos salimos de casa tal y como habíamos entrado.

Carol salió de la urbanización y se plantó ante el banco en el que estaba el socorrista con dos amigos.

–Perdona, tú eres el socorrista de la urbanización, ¿verdad?

–S… sí –el chico se quedó un poco sorprendido. No era habitual que una vecina le abordase con algo relacionado con su trabajo a esas horas, vestida absolutamente despampanante y mientras él se fumaba un porro con sus amigos.

–Le he dicho a mi marido que bajaba a tirar la basura, pero en realidad venía a darte las gracias por no haberme llamado la atención esta tarde mientras hacía topless…

–A tirar la basura… ¿a estas horas? –preguntó uno de los amigos.

–Sí, bueno, mi marido estaba un poco borracho y la excusa ha colado… En fin, que ya sé que está prohibido, y que es tu trabajo, pero es que odio las marcas que me deja el bikini –Carol se acariciaba el canalillo que su escote dejaba a la vista.

–Ya… bueno, esto… de nada –el chico no sabía ni dónde meterse–. A mí me parece una norma absurda, pero es que hay vecinas que…

Al chico se le veía cortado. Era muy tímido. Sus amigos eran muy parecidos a él. Los tres rondarían los veinte años, si es que los habían cumplido. Tirando a rubitos, imberbes y con el pelo corto. Se notaba que les gustaba el deporte, pues eran bastante atléticos. Y, aunque los tres parecían vírgenes (probablemente ninguno lo fuese, pero tenían toda la pinta), los dos amigos eran considerablemente más lanzados que el socorrista.

–Sí, la madre de este–dijo uno de los amigos señalando al otro–, que no deja que ninguna enseñe las tetas, y luego ella es la más zorra y la más pervertida de todas. Se llama Guadalupe, pero nosotros la llamamos Guarralupe. Puta hipócrita.

–Tío, córtate, que es mi madre…

–Si se lo llamas hasta tú… Además, eres tú el que nos ha contado las guarradas que hace con tu padrastro solo para que os siga manteniendo… Al viejo rico le pone que…

–¡Tío! –a su amigo no le gustaba que aireasen las andanzas de su madre, por muy ciertas que fuesen–. Eso no lo sabemos… yo solo os dije que lo vi una vez, y era un secreto… ¡joder!

Todo esto a mí me lo contó Carol a posteriori, pues yo estaba dentro de la urbanización, pero cuando le pregunté por todo eso, me dijo que no le dieron más información al respecto, pero que estaba segura de que la madre del chico era la rubia cuarentona.

–Vale, vale… de todos modos con lo del topless es muy pesada. Pero ella se lo pierde –dijo mirando a Carol–, porque nunca tendrá un moreno tan bonito como el tuyo. Voy a tener que bajar mañana a la piscina a verlo en condiciones…

–Ja, ja, ja… muchas gracias, pero a lo mejor vuestro amigo tiene que volver a regañarme y me obliga a taparme…

–Yo… bueno… si alguien se queja… –el socorrista seguía haciendo alarde de su timidez. Hablaba solo lo imprescindible.

–Tío, como le hagas ponérselo te mato. No seas gilipollas…

–Y si no, enséñanoslo aquí, ahora –dijo el otro amigo, echándole morro. Carol sonrió. Ya eran suyos.

–¿Aquí?, ¿en plena calle? La verdad es que no soy una chica vergonzosa… y mi marido se ha quedado dormido dejándome a dos velas, pero si me desnudo delante de tres jóvenes espero de vosotros algo más que ver cómo os quedéis mirando como pasmarotes. Tengo mis necesidades, y me encantaría que me dieseis lo mío, pero eso no va a pasar en mitad de la calle…

Los tres se quedaron boquiabiertos, calibrando si lo que acababan de oír era una broma o iba en serio. Carol les mantuvo la mirada, seria, con la boca semiabierta y pasando aún su mano delicadamente sobre su pecho. Era toda una zorra y acababa de demostrarlo.

El primero de ellos en reaccionar lo hizo mientras se recolocaba el paquete. Las palabras de Carol habían surtido efecto.

–Joder, esta tía va a saco. ¿Pero dónde vamos? En mi casa ni de coña, están mis padres…

–Y en la de todos, no te jode… ¿a tu apartamento no podemos subir? –dijo el otro.

–¿Con mi marido? Es muy celoso. Además, es guardia civil y siempre viaja con su pistola reglamentaria. Si se despierta es capaz de mataros…

Me encanta cuando Carol improvisa. Seguro que hizo que a los chicos se les bajase el calentón.

–Aquí cerca hay un parque. A estas horas no pasa nadie ni de coña…

–Si tuviera vuestra edad ni me lo pensaba, pero no quiero acabar con las rodillas destrozadas… solo con el culo –eso volvió a encender a los chavales. Carol acarició la cara del socorrista, que no había vuelto a decir nada–. Y tú, cielo, ¿no tienes las llaves de los vestuarios?

Yo, mientras esto pasaba, me había ido directamente a los vestuarios. Por la parte de atrás, por fuera, había un ventanuco abierto, en la parte de arriba de la fachada. Conseguí asomarme a él subiéndome en una pila de tumbonas que había por allí. Para hacer la situación más morbosa, y ya que durante ese día no habíamos llamado a Ana para ofrecerle su ración de lujuria, le escribí para ver si seguía despierta. «Justo ahora me iba a la cama, a no ser que me ofrezcas algo más interesante…», me contestó. Yo le hice una video llamada.

–Vas a ver en directo cómo cumplo una de tus condiciones.

Cuando la luz de los vestuarios se encendió, yo apagué el altavoz de mi móvil y puse la cámara trasera. De ese modo, enfocando al interior del vestuario, Ana podría ver y oír todo lo que pasaba, y yo la vería a ella, que se había desnudado por completo, en la pantalla de mi móvil, asomado a esa ventana, oculto en la oscuridad de la noche.

Carol entró seguida de los tres jóvenes, y enseguida tomó el control de la situación. Les hizo ponerse frente a ella y bajarse las bermudas. Eso, junto a una camiseta y unas deportivas, era toda la vestimenta que llevaban los tres, como si fuese el uniforme oficial de bajar a la calle a fumarse un porro. Tres pollas completamente empalmadas salieron a la luz. No estaban mal, aunque la del socorrista era considerablemente más grande y gorda que las otras dos.

–Uhmmmm… ¿pero qué tenemos aquí? –Carol le acarició el capullo dulcemente con su mano–. Ya sabemos quién va a ser el afortunado que me lo va a hacer por el culo. Por el coño cualquiera puede hacer que me corra, pero mi culito solo disfruta si acoge un buen rabo… –los chicos estaban flipando–. Aunque os veo algo excitados… tendré que chupárosla primero para que estéis a la altura después.

Carol se puso en cuclillas y empezó a comerse la polla de uno de los amigos del socorrista. No tardó ni treinta segundos en correrse en su boca. Carol se lo enseñó, y luego se lo tragó.

–¿Quién es el siguiente?

El otro amigo, aprovechándose de la timidez del socorrista, dio un paso al frente. Antes de que Carol empezase a chupársela, envalentonado, le acarició una teta por encima del vestido.

–Tía, enséñanoslas…

–¡Ah, sí! Qué cabeza, si habíamos venido a que vieseis mi moreno sin marcas…

Carol les sonrió divertida, y se bajó los tirantes del vestido, dejando al aire sus preciosas tetas. Se las acarició frente a ellos, pellizcándose los pezones, y volvió a agacharse a seguir chupando pollas.

Cuando todos se hubieron corrido en su boca, les dejó que jugaran con sus tetas para volver a empalmarse, aunque no hicieron falta ni cinco minutos.

–Y… –otra vez el más lanzado de todos se atrevió a hablar–. Si este te va a follar el culo… quién… ¿quién de nosotros te va a follar el coño?

Carol dejó caer el vestido del todo, dejándolo tirado en el suelo, y seguidamente se quitó las braguitas quedando desnuda, solo con sus zapatos de tacón. Acarició el triángulo de vello de su coño, y miró a los chicos que volvían a estar con los ojos como platos.

–Bueno… quizá ninguno –dijo Carol respondiendo–. ¿Tenéis condones?

El socorrista se acercó a un armario, que abrió con llave, y sacó una caja de preservativos.

–Joder, eres el mejor, tío… –le jalearon los otros dos.

–Vaya, vaya… así que no soy la primera chica a la que traes aquí…

–Pues… sí, en realidad sí… pero hay que estar preparados… por si acaso, ¿no?

–Uy… qué tierno… si la caja está sin estrenar… –Carol se la quitó de las manos abriendo el precinto–. Pues parece que podréis follarme por el coño todas las veces que queráis…

–Ufff… esta tía es una guarra insaciable, te vas a enterar.

Mientras uno de ellos se ponía un condón y empezaba, por fin, a follarse a Carol, los otros miraban expectantes.

–No os quedéis ahí parados, joder, necesito que los tres me deis caña.

Eso les despertó, y mientras el otro amigo le volvía a meter la polla en la boca, el socorrista, que poco a poco iba deshaciéndose de su timidez, empezó a jugar con sus tetas.

Yo tenía el rabo fuera, y miraba empalmadísimo cómo Carol jugaba con tres muchachos imberbes mientras mi novia se masturbaba viéndolo también todo. No podía oír a Ana, pero tampoco me hacía falta. Sé que durante esa llamada se corrió varias veces.

Los chicos fueron cogiendo confianza, y a medida que se iban follando a Carol, su trato era cada vez más rudo. Llegó un punto en el que eran ellos quienes dominaban la situación. «Toma, guarra, trágatela enterita, y como vea salirse una gota de lefa de tu boca te arranco los pezones a mordiscos», «seguro que tu marido no sabe hacerte gemir así», «a cuatro patas, zorra, que quiero agarrarte de las tetas mientras te follo». Carol les provocaba para que le diesen más caña. «¿Ya está toda dentro?, a simple vista parecía más grande…», «¿eso es un azote? Dame más fuerte, no voy a romperme», «deja de lamerme los pezones y muérdemelos, no soy tu noviecita, soy una furcia…».

Mientras uno de ellos, tumbado en el suelo, se la follaba por el coño, el socorrista la enculaba sobre ella, acompasándose con su amigo y regalándole a Carol una doble penetración brutal. Ella habría gemido como una posesa, pero el tercero en discordia le follaba la boca metiéndole la polla hasta la campanilla, lo que imposibilitaba que Carol emitiera otra cosa que no fueran pastosos ruidos guturales.

Todos cumplieron con ponerse condón para follarla, pero su culo y su boca sí recibieron lefa a raudales, así como su cara, sus tetas y su pelo. Carol, sin embargo, siempre pedía más. Los chicos empezaban a estar cansados, pero no querían desaprovechar la oportunidad, así que dejaban que Carol se la chupase para volver a ponérsela dura y empezaban otra vez desde el principio.

Yo me había corrido una vez machacándomela sobre las tumbonas, pero el espectáculo estaba durando tanto que la volvía a tener dura. Ana, después de su enésimo orgasmo, cayó derrengada sobre la cama y cortó la video llamada. Yo decidí poner fin a aquello, y alejándome un poco, grité:

–¡Carolina! ¿Dónde coño estás? –me encantó usar su nombre completo.

Oí cómo los chicos se decían unos a otros, «¡Joder, el marido!», «El guardia civil, este seguro que ha bajado con la pistola, ¡corre, corre!». Y segundos después les vi salir a los tres con su ropa de la mano, corriendo con la polla al aire.

Yo entré en el vestuario y me encontré a Carol tirada en el suelo, con el culo y el coño abiertos, el maquillaje corrido, lefa hasta en el pelo y aún cachonda como una zorra tras haberse corrido un número incontable de veces.

–Ha sido la hostia. ¿Ahora vas a follarme tú?

–Eres una cerda. Me encanta verte así, pero no pienso tocarte.

Pero yo estaba empalmado y cachondo, así que me puse junto a ella y me hice una paja hasta correrme sobre su cara. Ella lamía mi lefa como podía. Yo cogí su vestido del suelo y me limpié con él los restos de lefa de mi polla. Después, borracho de lujuria por todo lo que había pasado, y viendo a Carol allí tirada como una puta cualquiera, empecé a orinarle encima.

Ella lo recibió con sorpresa y gusto. Empezó a gemir mientras recibía mi orina en sus tetas, en su pelo y en su boca. No pudo resistirse, y se hizo un dedo mientras se retorcía los pezones, cachonda como nunca lo había estado. El orgasmo que alcanzó dejó a la altura del betún a todos los que le precedieron.

–Gracias, uf, joder, muchas gracias… Mañana pídeme lo que quieras, estoy en deuda contigo, pero ahora necesito dormir.

Carol se dio una ducha allí, en los vestuarios, se puso el vestido encima, y nos subimos al apartamento. Dejamos allí tirados cinco o seis condones usados, unas bragas y un charco de orina. El día siguiente iba a ser un duro día de trabajo para el joven socorrista, pero seguro que para él había merecido la pena.

Continuará…

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