Las amigas de Ana. Vacaciones con Carol. Parte 2
Carol cree que es su esposa la que lo domina, pero Rubén tiene otro juego en mente. Con Mary observando y Lucía sumisa, la playa se convierte en un escenario donde los límites se difuminan y el control es una ilusión. ¿Quién está realmente follando a quién?
Quedamos con su amiga en un chiringuito de la playa para desayunar, y después tomar un poco el sol y darnos un baño. Llegamos nosotros primero, y cuando las vimos aparecer tuve que contenerme para que no se me cayese la baba. Ana se había quedado corta con lo de que Mary estaba buena, y su novia no se quedaba atrás.
La amiga de Carol, como nosotros, estaría en la mitad de la treintena. Pelirroja, ojos verdes, labios carnosos y un cuerpo simplemente perfecto. Era alta, pero no excesivamente, sus piernas eran largas, torneadas, sin un gramo de grasa, pero para nada escuálidas. Su culo, respingón, se adivinaba durísimo bajo una minifalda de algodón. Su cintura era fina, quizá demasiado, pero posiblemente solo lo aparentase en comparación con los dos globos que se asomaban bajo su camiseta de tirantes. Unas tetas redondas, erguidas, apetecibles hasta decir basta. Operadas, diría a simple vista, pero desde luego habría sido un dinero bien gastado. Su piel lucía un moreno uniforme que se hacía extraño en una pelirroja, pero supongo que son las consecuencias de vivir en la playa.
La novia de semejante mujer, Lucía, era sensiblemente más joven. Rondaría los veintisiete o veintiocho años, no más. Era morena, tanto de pelo, largo y liso, como de piel, tersa y suave. Con unos ojos casi tan negros como su pelo y una sonrisa blanca que era lo primero en lo que te fijabas, inevitablemente. Aunque todo lo demás era también digno de mirar. Un poco más baja que Mary, y, bueno, con un poco menos de todo. Menos tetas, y menos culo, pero desde luego si no estuviera su novia delante sería ella quien quitase el hipo a todos los presentes. Dos pibonazos, sin duda.
Mary fue muy efusiva cuando saludó a Carol. Se le veía realmente emocionada. Los besos, abrazos y sonrisas fueron generosos entre ellas. A mí, sin embargo, me tendió la mano cuando Carol nos presentó y me soltó un frío y escueto «encantada» antes de volver a agasajar a mi falsa mujer con caricias y preguntas. Podría parecer que era únicamente debido a que ellas eran amigas y a mí no me conocía, pero estaba muy claro que a Mary le sentaba realmente mal que Carol hubiese acabado casada con un hombre, y no junto a ella. Ojalá pudiera decirle que yo no era su marido, que no era a mí a quien tenía que odiar, pero la situación podía acabar siendo divertida… Lucía, la novia de Mary, o no vio, o no quiso ver, el evidente interés que tenía su novia puesto en Carol, y me saludó de un modo mucho más afectuoso. Era una chica increíblemente amable y atenta. Pensé, con regocijo, que si las condiciones de Ana hubieran sido que Carol se follase a su amiga y yo a la novia, ya podía darlo por hecho. Pero siempre me han gustado los retos… aunque iba a tener que atravesar una muralla que parecía impenetrable. Una muralla pelirroja con dos enormes y turgentes… almenas.
El desayuno fue extraño. Mary hacía como si yo no existiera, y acaparaba la atención de Carol para que también me ignorase. Solo podía hablar con Lucía, aunque si le dirigía más de dos frases seguidas, la pelirroja la introducía en su conversación con la finalidad de aislarme por completo. Así que yo dediqué ese tiempo a dejar volar mi imaginación, y a pensar en el modo en que pudiese captar el interés de la pelirroja. Normalmente ni me fijaría en una mujer que, directamente, no tuviese el más mínimo interés en mí, pero Ana me había puesto una condición y… al menos tenía que intentarlo.
Todo lo que sabía Mary de mí, bueno, de Rubén, es que era un marido fiel, al que su mujer había engañado varias veces, incluso con ella misma, pero que él desconocía, y que se vanagloriaba de no tener ojos para nadie más que para su mujercita. Por eso no me pareció para nada extraño que, una vez estuvimos en la playa, la frialdad de Mary hacia mí se convirtiera en un descarado coqueteo. Su objetivo era que yo babease por ella para que Carol se enfadara conmigo y aprovechar ella la ocasión.
Y, efectivamente, yo disfruté como un niño cuando Mary se quitó su minifalda y su camiseta, quedándose con un diminuto bikini cuya braga tipo tanga era casi inapreciable, no tapaba nada de su culo y realmente poco de su coño. Podían apreciarse sus labios vaginales completamente depilados con toda claridad. Y el sujetador duró en su cuerpo solo unos segundos, dejando sus increíbles tetas al aire. La falta de marcas en su piel dejaba claro que esa despampanante mujer solía hacer topless a diario. Se posó sobre su toalla casi como una ninfa, y llevó su mirada de mis ojos, que la observaban con disimulo, a mi paquete, que a duras penas pude controlar.
A ella pareció no gustarle demasiado que mi polla no estallase allí mismo (lo mío me costó), y animó al resto a imitarla, quedándose las tres en braguitas y poniendo mi autocontrol al límite. Mary quiso darme la puntilla, pero en realidad lo que hizo fue darme una digna escapatoria.
–Podías echarnos crema… –me dijo la zorra de la pelirroja siguiendo con su coqueteo.
Yo accedí, pero empecé por Carol. Estaba tumbada boca abajo, y yo masajeé su espalda sin prisa, recreándome y metiendo mano todo lo que podía. Ella accedía de buen grado, era mi esposa, y yo aprovechaba sobando los laterales de sus tetas mientras le daba mordisquitos en su cuello. Luego pasé a las piernas y el culo, donde volví a entretenerme más de lo necesario. Antes de acabar, llevé mis manos por el interior de sus muslos y acaricié disimuladamente su coño sobre su braguita. Eso hizo que Carol gimiese sin poder evitarlo, y atrajo la atención de Mary. Aprovechando su interés en nosotros, dije lo suficientemente alto para que me oyeran las dos:
–Joder, qué dura me la has puesto.
El comentario extrañó a Mary, teniendo en cuenta lo que sabía de Rubén, pero a mí me dio vía libre para dejar de controlarme y lucir sin ninguna vergüenza una poderosa erección bajo mi bañador. La actitud de la pelirroja conmigo no cambió, pero la noté ligeramente confusa, sobre todo cuando me puse ante ella y le pregunté si era la siguiente. Ella, hasta entonces boca arriba, se dio la vuelta colocándose como estaba Carol, e intentó volver a coger las riendas de la situación.
–¿Seguro que ha sido tu esposa la que te la ha puesto así? –me dijo mientras arqueaba su espalda y ponía su culo en pompa.
–Pues claro –le dije, y aprovechando que ya tenía mis manos llenas de crema sobre su espalda me acerqué a su oído y susurré–, tú mejor que nadie sabes lo buena que está mi mujercita…
Eso la confundió mucho más. Vi cómo se ponía nerviosa porque no tenía muy claro lo que yo había querido decir con eso. Pero cuando me retiré de ella tras apenas un minuto de esparcir la crema por su espalda y sus piernas de la forma más fría y aséptica posible, volvió a dar por hecho que yo estaba intentando que Carol no pensase que me ponía su amiga. Ella sonrió e intentó provocarme de nuevo.
–¿Y por delante no me das? ¿Qué pasa, que solo te gusta darnos por detrás? –me dijo moviendo su culito sin parar.
Yo obvié el doble sentido y me hice el loco.
–Cuando os hayáis tostado por detrás, os hecho crema por delante, para mí será un placer. Pero antes tengo que echar crema a un culo más.
Usé la palabra culo, y no espalda, intencionadamente, y me agaché junto a Lucía, a quien le di un tratamiento tan largo y travieso como a Carol. Eso sí que confundió a Mary. Y es que esa zorra estaba pretendiendo jugar conmigo sin saber que yo tenía una clara ventaja. Ella estaba intentando por todos los medios que Carol se enfadase conmigo provocando sus celos, pero ella no se iba a poner celosa de mí. Principalmente, porque yo no era su marido. Ella no tenía que hacerse la recatada delante de mí, podía ser tan zorra como quisiese, y yo podía comportarme como el golfo que era.
Lucía, acostumbrada, supongo, a hacer todo lo que se le pedía teniendo una novia con un carácter tan fuerte y exigente como el de Mary, era como un juguete en mis manos. No protestaba hiciese lo que hiciese, tocase donde tocase. Cuando ya le había dado un buen repaso a su culo y acariciaba la cara interna de sus muslos, su novia saltó.
–Bueno, ya está bien con el masajito, ¿no? –Lucía pareció despertar, y cerró sus piernas muerta de vergüenza–. ¿Pero tú has visto al cerdo de tu marido, Carol, como le mete mano a mi novia?
Mary intentaba seguir con su plan, aunque no fuese ella sino su novia la femme fatale. Carol, sin embargo, levantó ligeramente la cabeza y nos miró casi sin interés.
–Que no, mujer, solo le está dando crema…
–Pues conmigo no ha estado tanto rato… –por un segundo se me pasó por la cabeza que lo que realmente molestaba a Mary no era que metiese mano a su novia, sino que no se lo hubiera hecho a ella. Aunque era evidente que fue más sentir su ego herido que una atracción sexual por mí, que tenía claro que no existía.
–Uyyy… que se pone celosilla –le dijo, ahora divertida, Carol–. No te preocupes, tonta, que si quieres luego te doy crema yo, ya verás cuanto rato me entretengo…
No sabría decir si Mary se quedó más sorprendida porque su amiga dijera eso delante de su marido (delante de mí, era evidente que delante de Rubén jamás lo hubiera dicho, pero eso Mary no lo sabía) o más cachonda pensando en ese futuro masaje. Pero lo cierto es que la cosa no pasó de ahí, y las tres mujeres se quedaron tomando el sol mientras yo disfrutaba del paisaje.
La primera en girarse fue Carol. Inmediatamente después, antes incluso de que me lo pidiera, yo me puse sobre ella con el bote de crema. Primero se la extendí sobre las piernas. Luego brazos y hombros. Pasé a su estómago, dejando para el final sus pechos. Yo notaba a Mary al lado sin perder detalle, pero cada vez que la miraba ella cerraba los ojos haciéndose la dormida. Lucía, detrás de ella, estaba dormida de verdad. Intensifiqué el masaje en las tetas de Carol, hasta pellizcar sus pezones descaradamente. Ella lo estaba disfrutando, quizá demasiado teniendo en cuenta que siempre le había dicho a Mary que su relación con su marido era casta y aburrida. Yo me acerqué a su oído y le susurré:
–Tenemos una espectadora… Pídeme que pare, que estamos con tu amiga y hay mucha gente en la playa. Yo insistiré y entonces accede a regañadientes…
Vi un destello en los ojos de Carol. Su sonrisa se dibujó traviesa, el juego le gustaba. Volví a pellizcarle los pezones, los dos a la vez y con bastante fuerza.
–¡Au! ¡Para, Rubén! Ya me has dado crema, y nos está viendo un montón de gente. ¿Qué van a pensar Mary y Lucía? –lo dijo sin levantar mucho la voz, pero Mary lo oyó alto y claro.
–Venga… están dormidas, y estamos muy apartados del resto de gente. Nadie se está fijando en nosotros. Me prometiste que en este viaje lo íbamos a hacer en la playa…
–Shhhh… te dije que a lo mejor… Y Mary se puede despertar –yo seguía sobando sus tetas y Carol estaba cachonda como una perra, pero haciendo un papel estelar–. No es plan que lo primero que vea es cómo me pellizcas los pezones. Venga, quítame las manos de las tetas.
–Vaaaale… –bajé mis manos a su vientre y metí una dentro de su braga. Cacé a su amiga con los ojos como platos, pero ella no se percató. Le estaba costando seguir haciéndose la dormida, pero permaneció inmóvil.
–¿Qué haces? ¿Estás loco? Para, por favor…
–Tía, estás empapada… ¿Qué te ha pasado? Conmigo nunca te mojas tanto…
Vi una ligera sonrisa en la boca de Mary, que había vuelto a cerrar los ojos. Conseguí justo lo que pretendía, que la pelirroja pensara que su amiga estaba cachonda por ella.
–Joder, no sé… la situación… Pero para ya –Carol seguía siendo masturbada por mí.
–Venga, tía, déjame hacerte un dedo… Estas están dormidas, no se va a enterar nadie…
–Mmmm… joder… –los gemidos de Carol eran muy reales. A diferencia de sus súplicas por que parase–. No… estate quieto…
–Venga, córrete mirándole las tetas a Mary, sé que te gustan, no soy tonto…
–Mmmm… ahhh… uhhh Ruuuuhhhhgggbénnnn… no… no me gustan… –pero Carol clavó sus ojos en las tetas de su amiga.
–Claro que sí. Cuando hablas con ella por teléfono siempre quieres hacer el amor después. Y un día te vi tocarte disimuladamente durante la llamada –intensifiqué la masturbación. Carol casi no podía contener sus gritos. Mary debía de estar regocijándose a mi costa.
–Mmmmmmhhh… joderr… Aaaaaahhhhhgggggmmmpfffff… –se estaba mordiendo los labios para no gritar.
–Córrete mirándola, es tu única oportunidad. Soy tu marido y jamás dejaré que pase nada entre vosotras.
Se corrió retorciéndose sobre sí misma. Implosionó para no «despertar» a su amiga, pero casi se arranca el labio a mordiscos. Carol sabía que mi última frase no iba en serio. Yo sabía que ya había pasado, y todos estábamos desando que volviera a pasar. Y ella sabía también que todo era una estrategia para que esas vacaciones fueran un auténtico placer.
Carol se quedó tumbada recuperando el aliento, y yo me volví a mi toalla. Después de un tiempo prudencial, Mary hizo como si se despertara, y se volvió boca arriba dejando a la vista sus tetas perfectas.
–Bueno, entonces, ¿quién me echa crema? –lo dijo mirando directamente a Carol, pero esta me miró a mí, casi con cara de súplica.
Yo hice como si estuviese dudando si dejar a mi mujer sobarle las tetas a otra tía, pero tenía muy claro lo que iba a hacer.
–Carol dijo que te la daba ella… así aprovecho yo y se la voy dando a Lucía.
La sonrisa se le borró a la pelirroja de un plumazo, a la vez que sus ojos ardieron y miró a su novia que en ese momento se volvía boca arriba en su toalla, ajena por completo a la guerra encubierta que estábamos librando su novia y yo.
–¿A ti te parece bien que tu marido le toque las tetas a otra mujer? –le dijo Mary a Carol.
–Solo le va a echar crema, hija, no se la va a follar… Igual que yo a ti.
El hecho de recordarle que mi mujer le iba a sobar las tetas delante de mí pareció calmar a Mary, que claudicó con tal de volver a estar en las manos de Carol.
–No te pases –me dijo–, ni a Lucía ni a mí nos gustan nada los babosos salidos…
Mary le había preguntado a Carol si le parecía bien que yo tocase a su novia, pero no se interesó en lo más mínimo por lo que opinaba Lucía, que a su vez, no dijo ni esta boca es mía mientras la pelirroja y yo nos repartíamos a nuestras parejas. La relación de dominación que tenían esas dos empezaba a quedarme bastante clara…
Yo me esmeré en darle crema a la morena por todo su cuerpo con una minuciosidad y delicadeza extrema, intentando que se relajase y lo disfrutase, pero sin dar a mi masaje tintes sexuales. No pasé por alto sus pechos, pero tampoco me centré en ellos. Cada centímetro de su piel cobró la misma importancia, y apenas rocé su braguita para no llegar a lugares prohibidos. Un masajista profesional no habría sido más respetuoso con ella, y viendo su cara, tampoco más placentero.
Carol, por su parte, fue mucho más descarada con las tetas de la pelirroja, que amasaba sin pudor y castigaba sin piedad. En condiciones normales, Mary habría disfrutado esa situación y habría invitado a su amiga a llegar más lejos. Fue un auténtico placer para mí ver cómo eso no pasaba debido a que no dejaba de mirarnos a su novia y a mí, completamente frustrada porque ni yo me sobrepasaba con Lucía (cosa que esperaba que hiciera para echármelo en cara), ni les prestábamos la más mínima atención a ellas dos.
El resto de la mañana no dio para mucho más. Tomamos un rato más el sol, nos dimos un refrescante chapuzón, y nos volvimos para casa. Nos despedimos frente a la casa de Mary, quedando para más tarde.
–¿Os apetece salir esta noche con nosotros? –preguntó Carol a su amiga.
–Mejor lo dejamos para mañana, que habrá más ambiente –respondió la pelirroja–, esta noche habíamos pensado en invitaros a cenar a casa…
Quedamos en ir a su casa a las nueve, y nos marchamos a nuestro apartamento a comer. Cuando llegamos vi un mensaje de Ana en mi móvil.
«Hoy mi descanso ha sido mucho más aburrido…».
Y un emoticono triste. Carol había empezado a preparar la comida en la cocina, así que yo llamé a Ana, y cuando descolgó, sin decir ni siquiera hola, quité el altavoz y puse el manos libres, de tal manera que ella podía oírnos pero nosotros a ella no. Dejé el móvil en la encimera sin que Carol se diese cuenta de nada y la abracé por detrás.
–Te has corrido como una cerda cuando te he hecho un dedo en la playa delante de tu amiga, pero yo he estado toda la mañana viendo y sobando tetas y culos y no me he corrido aún…
–Mmmm… –Carol dejó lo que estaba haciendo y se giró, poniéndose frente a mí–. La verdad es que ha sido la hostia correrme delante de Mary mientras se hacía la dormida. Ya casi no recuerdo lo que es follar con ella, pero esa zorra me pone mucho.
–Y tú a ella también. Cada vez que te miraba se le encharcaba el coño…
–Ufff… y tú te has puesto mucho también. Has estado toda la mañana con el rabo duro… maridito.
–Sí, y creo que ahora es justo que mi esposa me lo baje como es debido.
–¿No te gustaría que lo hiciese Mary? –Carol me sonrió perversa.
–Todo a su tiempo…
–Me encantaría verlo, pero quítatelo de la cabeza, no eres su tipo.
Y diciéndome eso se arrodilló ante mí y empezó a comerme la polla. Yo no podía dejar de pensar que Ana estaba al otro lado del teléfono escuchándolo todo, así que decidí darle a mi novia un buen espectáculo.
–Mmm, joder, qué bien la chupas, zorra –Carol engullía mi polla hasta el fondo e intentó meterse una mano por dentro de sus bragas para tocarse–. No, no, no… no te masturbes, putita. Ya te corriste esta mañana, y ahora le toca hacerlo a tu marido. A ti te quiero bien cachonda y constantemente excitada, así que de correrse nada… Pero puedes tocarte las tetas.
Carol se quitó la parte de arriba del bikini y volvió a dejar al aire esas tetas que llevaba viendo toda la mañana.
–¿Así te gusta más? ¿Quieres correrte sobre ellas?
–Mmmm, sí, joder, tienes unas tetas preciosas. Pellízcatelas mientras me la comes –Carol volvió a engullir mi rabo e hizo caso a mi orden torturándose sus durísimos pezones–. Ha sido un placer sobártelas bien mientras te daba crema, al igual que a tus amigas. Diles que tu marido está disponible para darles crema siempre que quieran. Pero tendrán que ir igual que hoy, en topless y con unos tanguitas diminutos. ¿Has visto cómo se le marcaban los labios a la zorra de Mary? Joder, si hubiera tenido un solo pelo se le habría notado, de lo pequeño y ajustado que era su bikini. Y las tetas de su novia… Uf, qué maravilla masajeárselas mientras tú lo hacías con las de Mary… Las hemos puesto a cien también a ellas. Seguro que ahora están follando como zorras…
Yo iba relatando todo para poner cachonda a Carol, a la que había prohibido tocarse, pero también para que Ana, al otro lado del teléfono, disfrutase de nuestras aventuras calientes mientras se masturbaba. Pero lo cierto es que la historia también me estaba poniendo cachondo a mí, junto con la mamada de Carol, así que casi sin pretenderlo me corrí en su boca sin avisar, haciendo caso omiso a su petición de que me corriese en sus tetas.
Sin embargo, ella, que tiene soluciones para todo, dejó caer mi lefa sobre sus pechos y empezó a jugar con ellos embadurnándolos bien con sus manos, mientras llevaba mi semen de sus tetas a sus labios, y viceversa. Mientras estaba en esas, yo cogí el móvil y activé el altavoz.
–Espero que te haya gustado el espectáculo, Ana –la cara de Carol era un poema, pero enseguida se rehízo y siguió tragando lefa.
–Uffff… me ha encantado. Me he corrido a la vez que tú, mientras la zorra de tu mujercita se quedaba con las ganas… –me gustó que Ana siguiese la farsa de que, esa semana, Carol era mi esposa–. Pero hazme un favor… no dejes que se corra hasta mañana.
–¿¿Qué?? –protestó Carol–. ¿Por qué?
–La última vez que hablamos me colgaste… Aprende la lección y la próxima vez sé más amable con quien te ha proporcionado un marido para que vayas a follarte a tu amante lesbiana.
Y esta vez fue Ana la que colgó. Yo miré a Carol sonriendo y me encogí de hombros.
–Es una zorra, pero la amo. Ya lo has oído, no puedes correrte hasta mañana.
Carol suspiró resignada. Después se dio una ducha mientras yo acababa la comida, y dimos buena cuenta de ella en el salón, hablando de esto y de lo otro, hasta que la conversación derivó en Mary.
–Está buena, ¿eh? –me preguntó Carol con una sonrisa traviesa.
–Sí, y Lucía también. Dime una cosa, cuando te la follaste… ¿te follaste también a su novia?
–Bueno, Mary y Lucía tienen una relación especial…
–Lucía es su sumisa.
–Sí. ¿Cómo lo sabías?
–Bueno, tengo algo de experiencia… y su forma de ser, de tratarse… se nota.
–Pues cuando me lo hice con Mary… Lucía estaba allí, pero era casi un instrumento. Toca aquí, chupa allá, ahora ponte así y espera… No sé, a mí no me gustó. Me habría gustado tratarla de otra manera, ella es súper cariñosa y amable. Me apetecía besarla y hacerle partícipe de todo lo que Mary y yo nos hacíamos… Pero lo cierto es que a ella le encanta la relación que tienen. A las dos les pone eso, así que…
–¿Te gustaría tirarte a Lucía en condiciones?
–¿Y que tú puedas tirarte a Mary? –Carol sonrió–. Me encantaría, pero lo tienes difícil… Ella nunca ha estado con un tío.
–¿Nunca? ¿Ni por probar?
–Jamás. Es una bollera total. ¿Te ves capaz de cambiarla de acera?
–No, ¿qué dices? Claro que no. Los fantasmas que piensan que las lesbianas lo son porque no han estado con un hombre como ellos, y que creen que pueden convertirlas en heteros a pollazos suelen estar más cerca de lo contrario, de convertir en lesbianas a las tías hetero… No, no hace falta que cambie su orientación sexual, solo que tenga algo de curiosidad y… bueno, con la excitación adecuada, te sorprendería lo que todos somos capaces de hacer…
–Mmmm, joder, pagaría por verte clavársela a Mary mientras me follo, no, mientras le hago el amor a Lucía en sus morros de la forma más cariñosa posible…
–¿Sí?, ¿cuánto?
–Ja, ja, ja, ¿cuánto pides?
El embrión de una ligera idea empezó a nacer en mi cabeza. A veces me asusta a mí mismo lo cabrón que puedo llegar a ser.
–No pido dinero, hay precios más… jugosos.
–Si lo consigues haré lo que quieras –la voz de Carol bajó casi una octava. Se notaba que hablaba en serio y que estaba otra vez cachonda.
–Si me follo a Mary… es más, si ella me suplica que me la folle, mientras Lucía y tú os lo montáis delante de nosotros, cuando volvamos a Madrid tendrás que chupármela delante de tu marido…
–Joder, eres un cabrón… no puedo hacer eso… pídeme otra cosa…
–…mientras Ana se la chupa a él.
–Ufff… yo… lo haría, pero…
–Solo dime que estás dispuesta y déjalo en mis manos.
Carol me miró intrigada, nerviosa y cachonda como una perra.
–Hecho. Pero Mary tendrá que suplicar, no vale con que te la folles.
Teníamos un trato. Ese viaje me estaba dando más de una satisfacción, y las que me quedaban. Yo noté cómo Carol no dejaba de pensar en el compromiso que acababa de adquirir, y en si sería capaz de llevarlo a cabo. Pero no tenía claro si estaba más preocupada o deseosa de que lo consiguiese.
Pero en fin, aún quedaban muchos orgasmos que disfrutar antes de volver a Madrid.
Continuará…
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