Xtories

Jugando con fuego (Libro 5, Capítulos 9 y 10)

La habitación se vacía, pero la tensión se densifica. Ella sabe que él la mira, y él sabe que ella lo sabe. Esta noche no hay amor, solo un juego de poder donde la vergüenza es el preludio del placer.

Tanatos1212K vistas9.3· 14 votos

CAPÍTULO 9

María tenía ante sí al hombre que más la excitaba, al que más cachonda la ponía, pero a la vez un hombre que parecía que pocas veces y en pocos contextos podía soportar.

Ella bajaba de la mesa flanqueada por su novio mirón, aferrado a su minúscula polla, y por su antiguo jefe, que no solo contaba sus polvos como victorias, sino cada orden.

Al bajarse de allí su vestido se le escurrió, e hizo ademán de sujetarlo, pero finalmente lo dejó caer, hasta que éste voló liviano hasta abajo, hasta envolver sus sandalias. María se exponía, prácticamente por completo, y esta vez por decisión propia, dejando ver un mínimo tanga azul celeste de encaje, que era casi como no llevar nada. Sus nalgas tersas caían en forma de pera a ambos lados de la refinada lencería; que era elegante, y seguramente cara, pero tan provocadora que conseguía ser a la vez soez.

En sandalias de tacón negras y aquel tanga azul, salía del enredo de su vestido, al tiempo que Edu sacaba con menos gracia y más crudeza un pollón oscuro, pesado, impactante, que lucía tan contundente y devastador como la primera vez que lo había visto.

María se sacudió la melena, en una lucha de egos: tu camisa blanca, tu pantalón fino, tu pollón colosal… y mis tacones, mi tanga, mis pechos apoteósicos y mi melena densa cayendo por mi espalda. Al otro lado, yo, siempre aferrado a mi miembro minúsculo, queriendo que pasara todo y nada, buscando miradas de María, y comparando el porte y polla de Edu… con lo irrisorio que yo presentaba.

Edu no dijo nada de su tanga, de su culazo, de sus piernas largas y hasta especialmente esculpidas por los tacones; no mostraba impacto, y no se cortó en ordenarle que se arrodillase, pero ella le respondió inmediatamente, rebelde, diciéndole que se callara.

Los ojos de María iban hacia aquella polla que la tensaba, pero ella quería mandar:

—Ve a la cama —le ordenó ella a él, de forma extraña, como algo fuera de contexto, con falsa autoridad.

—Está ocupada por vuestros… fetichismos extraños —respondió él acabando de liberar también sus huevos, que caían también enormes.

María me miró a mí y le miró a él. Quizás a propósito, para comparar mi triste miembro con la grandiosidad oscura marcada por aquellas venas enormes, y aquel glande violeta que asomaba de su piel rugosa, ya brillante, húmedo… aquella punta gorda, aquella cabeza saliente, que seguro la intimidaba.

—Mira, María —dijo Edu—. Me la vas a comer aquí y me voy a ir a dormir, y después vais a dormir vosotros juntitos aquí y lo vais a arreglar.

—Ah, que lo tienes ya todo montado tú entonces... —dijo ella, algo burlona, girándose hacia él, dejándome ver más claramente su culo, sus nalgas, y la finísima tela azul que las delimitaba. Subida a las sandalias, con aquel tanga, su culo lucía más deseable que nunca.

Tras su réplica se dispuso a alargar su mano… para cogérsela… Edu la recibía, con sus brazos en jarra, sabedor de lo impresionante e intimidatorio de su polla, pletórico de ego, como siempre. Y ella, tensa, aunque fingiendo casi tanta seguridad como él… acabó por agarrarle aquel miembro que tantos orgasmos le había dado ya. La agarró con firmeza, sabiendo cómo tratarla. Y pareció, durante un instante, que jugaba a intentar rodearla con la mano, quizás excitándose al volver a comprobar que era imposible.

Pude sentir el calor en la mano de María, su sangre brotando, su miembro vivo, palpitante… y la dureza de aquel pollón que apuntaba en horizontal hacia ella. Yo resoplé al verla así y ella echó entonces aquella piel hacia atrás, lentamente, milímetro a milímetro, hasta descubrir por completo un glande rosáceo, anchísimo, y brillante por la humedad transparente. Pude hasta casi sentir el olor a polla que seguramente estaría inhalando María, por tener tan cerca aquella monstruosidad.

—Si bajo… ¿cuánto vas a durar? —quiso jugar ella.

—Poco.

—¿Por qué?

—Porque… vengo bastante cargado… —respondía él, que se arremangaba la camisa blanca mientras dejaba que ella le sacudiera la polla lentamente, llevando su delicada y fina mano hacia él y hacia ella, con un ritmo desesperadamente pausado.

—¿Sí? ¿No has… descargado últimamente?

Edu, que seguía con los brazos en jarra, dejaba que ella se la siguiera sacudiendo. María cambiaba de mano y volvía a intentar abarcarla, y movía su cuello aquí y allá, en un alarde, dejando que su melena se balancease por su espalda. Él, con el torso de ella al alcance de la mano, no sucumbía, y no se lanzaba a devorar aquellos pechos que buscaban provocarle. Daba toda la impresión de que ella quería incitarle para después decidir si aceptarle o rechazarle.

—No. No he descargado recientemente.

—¿Y la pelirroja esa?

—Nos hemos enfadado.

—Vaya. Qué pena... —murmuró María, moviendo otra vez su melena y llevando su dedo pulgar a la punta de aquello que estaba cada vez más húmedo y más duro.

—Ya ves…

—¿Que tal folla? —preguntó entonces, malhablada, sorprendiéndome.

Edu esbozó una pequeña sonrisa y dijo:

—Pues… Muy bien. Pero aún le falta. Promete, pero aún le falta.

—¿Qué edad tiene?

—No sé… veinte… veintidós… Lo que sí hace increíble es chuparla.

—¿Ah, sí? —preguntaba María, distante y buscando ser mordaz.

—Sí. Es una mamadora impresionante —le provocó él, retándola, y ella soltó aquel brutal aparato, mostrándonos a los tres que aquello ya apuntaba claramente hacia arriba.

Se hizo un silencio. Yo sentía que me faltaba el aire. Me moría de calor. Y fue María quién habló otra vez:

—¿La pones de rodillas a la cría esa… para que te la chupe? —preguntó María, y él no respondió. Y María le miraba… y se echó la melena a un lado… e inició un movimiento, con su lenguaje corporal garboso y exagerado… el movimiento de arrodillarse… y lo hacía luciéndose, gustándose, como si por hacerlo así fuera todo elegido y no obedecido, como si fuera digno y no denigrante.

Se arrodilló, sin mirarme, extasiándome… y yo tragué saliva y temblé… por verla así, arrodillaba ante él, con su polla frente a su cara… Y veía cómo ella pretendía retrasar el momento inevitable de llevársela a la boca, atusándose el pelo a un lado de su cuello. Yo veía su espalda larga y su culo atrayente y Edu alzó entonces la mirada, y me espetó:

—¿Qué tal, Pablo?

—Bien… —dije en un hilillo de voz, y volví a repetir la misma palabra, pues pensé que quizás no me había oído, y me sentí ridículo.

Di un par de pasos laterales, para ver mejor, y lo hice torpemente, con mis pantalones en mis tobillos, y aún me sentí más esperpéntico.

La imagen de Edu, completamente vestido, moreno, alto, con aquellos ojos azulísimos que podían atravesarte, y con aquella polla excelsa sobresaliendo de él… y con María arrodillada allí… me mataba. Me excitaba. Me hacía temblar. Tanto que hasta casi dudaba en apoyarme en la cama, en sentarme. En verles. Más sereno. Pero no me moví.

Y María llevó entonces una de sus manos al muslo de él, sobre el pantalón, y la otra la llevó a su melena, de una forma extraña, como pretendiendo que se haría una cola, pero sin hacerla; y así, con una mano hacia adelante y otra en su pelo, se inclinó hacia aquello, y sacó la lengua, y fue hacia aquel tronco rudo, duro, oscuro, y posó allí sus labios húmedos y comenzó a besar aquel tronco que no terminaba, sin ayudarse de las manos.

Besaba su pollón, como si su boca y su miembro se entendieran mucho mejor que sus dueños. Y sacó otra vez la lengua y fue a por él, y es que no se demoró en lamer aquel glande, consiguiendo así que él jadeara por fin. Y ella, tras aquel jadeo que era un pequeño triunfo, retiró su lengua, apartó su boca, se colocó mejor, se atusó más el pelo y, marcando los tiempos, creando ansia en él… se la metió en la boca, de golpe, toda la punta, llenando toda su boca de aquel glande chorreante, provocando en Edu otro jadeo, más sonoro, que la motivaba para llevar su cabeza adelante y atrás, en movimientos exageradísimos, tanto que levantaba y bajaba su polla en un vaivén forzadamente excesivo.

Edu me miró entonces, con sus ojos entrecerrados, y yo sentía que me quería hacer partícipe, que quería consolidar aquello, oficializarlo. Y llevó sus manos a la melena de María, enredando sus dedos en ella mientras ella seguía chupando, y la provocó entonces de forma extraña:

—Qué pelazo tienes, cabrona. Tetas… pelo… Qué cargadita vas de todo...

María miró hacia arriba, con su polla en la boca, sorprendentemente juzgada, pero no se detuvo, y siguió afanada, y volvió su mirada al frente, y el sonido de la mamada se hacía cada vez más notorio.

También era todo cada vez más caliente. Más líquido. Era un sonido acuoso, constante, soez, mojado, que resonaba por toda la habitación. La mamada de María era espectacular, si bien solo alcanzaba a meterse en la boca el glande, y ya aquello la exigía bastante. Incluso a lo ancho, apenas la podía abarcar.

Ella inhalaba y expulsaba aire por la nariz, cosa que también se escuchaba de forma rítmica, y no llegaba a ser un gemido, pero plasmaba su entrega y su agitación.

—Así me la comió. Tal cual —dijo Edu, intentando no respirar entrecortadamente a pesar del trabajo brutal que ejecutaba María.

Yo, sujetando mi miembro lagrimeante por la base y sin saber qué hacer con la otra mano, le escuchaba:

—Bueno, en el trayecto, en el coche, ya me iba echando la boca a la polla —continuaba Edu, serio, que acompañaba el movimiento de la cabeza de María, adelante y atrás, con una de sus manos… e iba alternando la mano, haciendo casi ademán también de mover él su cadera adelante y atrás, siguiendo su cadencia.

—Y después ya en casa… —prosiguió—. Bueno, digo que me la chupó así, pero estábamos bastante más sucios que ahora, sobre todo ella, entre el barro y demás… Estabas hecha una mierda, ¿a qué sí? —le preguntaba, burlón, mientras ya casi le follaba la boca, y le acariciaba la cara, y ella, con los ojos cerrados, seguía chupando, adelante y atrás, mientras tenía que escuchar cómo él se regodeaba por lo sucedido quince días atrás.

Edu me hizo entonces un gesto para que me acercase. Y, no sin dificultad, me deshice de mis pantalones, calzoncillos y zapatos; y, sabedor de que desde más cerca el impacto iba a ser tan impactante como terrible, me acerqué.

Justo cuando llegué a ellos bajé mi mirada hacia María, la cual, con los ojos cerrados, se restregaba la punta de su pollón por sus labios. Mi corazón dio un vuelco al ver, desde mi nueva posición, cómo todo era más guarro y más líquido, pues el escote de María estaba empapado de líquido preseminal y de su propia saliva… Y una de sus tetas brillaba y lucía empapada… con su piel, pezón y areola erizadas, por tanta acuosidad espesa vertida sobre ella.

Aún intentando digerir aquella imagen tan morbosamente vulgar, escuché a Edu multiplicar la vulgaridad:

—Te encanta una buena polla gorda... a que sí...

María no respondió, y él insistió:

—Métela en la boca y di que sí.

Y ella se metió de nuevo el glande en su boca, y miró hacia arriba, hacia él. Y no tenía forma de articular palabra con aquel pollón ocupando su boca… y asintió. Asintió dos veces, lentamente, con su pollón en la boca, y mirando hacia arriba. Con aquella teta pringosa… y aquella mirada… y yo no pude evitar sacudir un poco mi miembro y tuve que apretarme para no correrme.

—Y… —prosiguió él—. ¿Te gusta que se corran en tu boquita? —preguntó, serio.

Y ella volvió a asentir, con su polla en la boca, lentamente, sin parpadear, hasta tres veces.

—¿Y en tus tetas?

Y ella volvió a asentir, arriba y abajo, en movimientos pronunciadísimos, largos. Allí, humillada, con su pollón en la boca, respondiendo así a sus preguntas obscenas.

—¿Quieres que… me corra en tu cara…?

Y ella inició un movimiento, hacia arriba, como para asentir y yo creía otra vez que me corría, y después siguió el movimiento hacia un lado, trazando un semicírculo que parecía terminar en un “no”.

—¿No quieres que descargue mis huevos en tu cara? —dijo entonces él, especialmente soez.

Y ella no movió la cabeza, ni negando ni asintiendo, solo le miraba, de una manera especialmente cruda e intensa. Le lloraban los ojos, casi sin pestañear, como si estuviera ida y a la vez sintiendo con más intensidad que nunca.

—Joder… —dijo Edu entonces—. Esa mirada me suena ya…

Y yo supe que esa última frase me la decía a mí, que me decía que esa mirada, y esa María humillada, pero a la vez gustándose, necesitaba de mí, de mi presencia. Que sin mí estarían follando sin más y que eso a él no le llegaba. Lo que yo no sabía era si María pensaba lo mismo, si había llegado también a aquella conclusión.

María abandonó entonces aquel tronco empapado y se inclinó aún más, más abajo, más hacia él, ofuscándose, metiendo la cara bajo aquellos huevos enormes, lamiendo allí abajo, otra vez sin usar las manos. En una imagen otra vez potentísima y entregada que hacía que mis piernas tiritasen.

Edu acariciaba su cabeza, jugueteaba con su pelo y se dejaba comer los huevos mientras su pollón palpitaba goteante, a veces tropezando con la cara de María. Y prosiguió con su confesión:

—¿Y qué pasó después…?… Creo que me dijiste… que querías que te follara en el sofá, pero estabas llena de barro, joder. Y te dije que me iba a la ducha. Y viniste detrás. Y me desnudé y me metí en la ducha, y tú allí de pie, toda sucia, con una pinta de guarra lamentable… diciéndome… “qué pollón tienes…” ¿Te acuerdas?

María no respondía y metía uno de sus huevos en la boca y tiraba un poco de él, y después del otro. Aguantando aquella humillante narración.

—Después le cuentas tú qué pasó en la ducha —continuó—. Que hasta te pusiste… melosa, ¿te acuerdas? Que decías… ¿Cómo era eso que decías?… Creo que era… “enjabóname las tetas” —sonrió Edu— Que te quedó adorable y todo.

María aguantaba sus frases y seguía sacando su lengua y chupando de aquellos huevos… implicada… entregada en su vergonzosa pero voluntaria tarea… y fue finalmente Edu quién le apartó un poco la cara, con sutileza, para hablarle:

—¿Te acuerdas sí o no?

Y María, arrodillada, llevó sus dos manos a su polla, una delante de la otra, intentando cubrirla entera sin conseguirlo, y negó con la cabeza.

—¿No? —dijo Edu— Y después… besándonos en la ducha… Aquello que me decías al oído toda cerda… aquello de… “lávame el coñito” o… “lávame el coño” ¿no te acuerdas de eso tampoco?

—No… —respondió, pero su palabra no sonó demasiado sólida… y se apartó, visiblemente desesperada y pronunció, otra vez sin demasiada consistencia un: “Cállate… y córrete ya”.

Edu se separó entonces un poco más, de tal forma que ella quedaba ridículamente sola, allí arrodillada, con sus tetas bañadas, su escote brillante, sus labios húmedos, sus mejillas ardientes y su mirada llorosa. Y dijo él:

—Ahora arregláis lo vuestro, pero al revés. Primero vais a follar y después lo habláis.

—Estás loco… —protestó María, en un hilillo de voz. Seguramente en el fondo decepcionada porque Edu la abandonase, dejándola así.

—No. No estoy loco. Métesela en la boca —dijo. Diciéndomelo a mí. Y me sobresalté.

María no dijo nada, pero parecía odiarle con la mirada, pues le miraba a él, y no a mí. Y yo no sabía qué hacer. Estaba nerviosísimo, pero aún más excitado. Temía un desplante terrible de María. No sabía si debía o no. Me acerqué un poco a ella, por si María me daba alguna pista de si estaba autorizado... pero no hizo gesto alguno.

—Vamos. Métesela en la boca —repitió él, agarrando entonces su miembro… y yo me aproximé más… y me incliné hacia ella, atacándola por un lateral, dejando que ellos se mirasen y retasen frente a frente, y llevé la punta de mi polla, empapadísima y dura… hasta sus labios. Y ella no abría la boca, ni cerraba los ojos, y llevó entonces su dedo pulgar e índice de una mano a mi miembro… lo sacudió mínimamente, y, mirándole a él, se la metió en la boca hasta el fondo.

Sentí un calor inmenso, cerré los ojos y jadeé desvergonzado un “¡Ohhhh…!” Que resonó, rebotando por las cuatro paredes. Sentía la lengua de María moviéndose ávida e implacable, golpeando mi miembro, y abrí los ojos y comprobé cómo ella me la comía, de medio lado, pero mirándole a él.

María liberó su mano y me la empezó a chupar en un balanceo increíble, solo con su boca, y yo, al cuarto o quinto vaivén, tuve que recular y salirme de ella de forma abrupta, para no explotar.

Ella, al ver que yo me apartaba, se puso en pie y dijo:

—Ponte el arnés entonces.

Pero Edu, que había soltado su miembro, la quiso reconducir:

—No, no. Sin juguetes... raros… Os tenéis que reconciliar… No sé cómo decirlo… Siendo vosotros… En esencia.

Y yo entendí el juego macabro que pretendía.

María entonces, matándome, apartó las dos camisas y el pantalón de la cama, echándolo todo a un lado de la misma. Y se subió a la cama, se colocó a cuatro patas, dándome la espalda, y, mirando hacia Edu, dijo:

—Pues venga.

Yo miraba aquel culo impresionante de ella, sus sandalias de tacón clavadas en la colcha, su tanga minúsculo azul, sus tetas colgando de su torso… y cómo miraba a Edu, y entonces él le dijo:

—Métete los dedos en el coño.

—¿Para qué? No hace falta —protestó ella.

—Ya hay… ¿hueco? —preguntó Edu.

—Ya ves que no hace falta mucho hueco —zanjó ella, girando su cabeza, hacia atrás, hacia mí, destrozándome.

CAPÍTULO 10

No sabía si María era consciente de que exponernos así a él no solo podría dejarme en mal lugar a mí, sino también a ella. O quizás lo sabía tan bien como yo, y de ahí su obediencia.

Me subí a la cama. Me coloqué, de rodillas, tras ella. Edu nos miraba y María le miraba a él.

El culo de María me pareció tan precioso como contundente desde aquella posición, y su tanga azul claro me pareció más minúsculo. Mi polla se mantenía dura, pero quizás nunca me había parecido tan pequeña… pues aparecía explícita e implícitamente comparada con la dimensión de las nalgas que allí se me exponían… y comparada con el pollón de Edu, que caía pesado y encharcado.

Llevé mis manos a sus nalgas, que sentí frías. Su tacto era tan suave que se me puso todo el vello de punta al acariciarlas… Quise disfrutar, disfrutarlo, era mi turno, y quise también marcar yo mis tiempos. Comencé a desabrocharme mi camisa, con una mano, mientras con la otra seguía acariciando una de aquellas maravillosas nalgas de María.

—A ver, Pablo, ¿a que coño esperas? —dijo ella, en un tono bastante hiriente. Y yo no solo me quedaba impactado por su despótica frase, sino que alucinaba cómo ella misma, tras su pregunta, llevaba una de sus manos atrás, y se echaba el tanga a un lado, lo justo para que aflorara su sexo, ante todos.

Su brusquedad me afectaba, y aún más lo hizo ver su coño, su tremendo coño, con sus labios carnosos, salidos hacia fuera; tan salidos que me producía un morbo impresionante, pero a la vez me imponían hasta asustarme.

Detuve mi maniobra, sin haberme desabrochado la camisa completamente. Me acerqué más. Apunté… María miraba ahora hacia adelante, con las palmas de las manos apoyadas en la cama. Restregué la punta por entre sus labios, apartándolos, para entrar, buscando con aquellas caricias que ella emitiera algún sonido, pero no lo hizo. Y entonces empujé. Me enterré. En ella. Hasta el fondo. Hasta los huevos. Y gemí un “¡Ohhhh…!” que me salió de lo más profundo, a la vez que sentía un calor y una humedad inmensas. Apenas notaba las paredes de su coño extenso, pero sí noté una combustión, un cambio de temperatura colosal. María no emitió, tampoco esta vez, ni un mísero sonido, ni un leve suspiro.

Con su tanga apartado, sus tacones sobre la cama, y su melena cayéndole por un lado del cuello, ella acogía mi pequeña polla sin inmutarse, sin notar aparentemente nada. Entraban en juego su coño espléndido, y creado para sementales elegidos, y mi polla que no estaba a la altura, no solo de ella, sino casi del sexo en sí.

La sujeté por la cadera y comencé a penetrarla, adelante y atrás, y a resoplar, de placer, pues a cada metida yo sentía más calor y más agrado; siempre cerca de correrme, desde el principio, siempre al límite, a pesar de que el rozamiento era casi nulo.

—¿Qué quería Rubén? Ahora en serio —preguntó entonces Edu, y yo llevé mis ojos hacia él, y vi como nos miraba sin inmutarse, con su polla, gordísima, pero recogiéndose.

—Eso. Ya te lo dije. Quedar —respondía María, con mi polla dentro, pero como si nada, en un tono no solo normal, sino hasta apático.

—Mañana… con él o sin él… podríamos ir a una playa que está por aquí, que hay bastante vicio —dijo otra vez Edu.

—¿Cómo que vicio? —preguntó ella, y yo la sujetaba por la cintura, y la embestía un poco más fuerte, empezando a… sino a enfadarme, al menos sí a impacientarme, pues no le arrancaba ni un suspiro.

—Pues eso. Es nudista… Es un rincón. Una playa pequeña. Es nudista y me han dicho que a veces pasan cosas.

—¿Nudista? ¿Y vas a ir a una nudista con eso? —preguntaba María, encumbrándole a la vez que seguía sin siquiera respirar agitadamente. Con su cara girada hacia él, y con su cuerpo adelante y atrás por mis embates; se balanceaba, regia, chula, hablando, insulsa, como si tal cosa.

—Bueno, si no me empalmo no creo que nadie se asuste —dijo él, extrañado por su halago, que no era común, y en aquella charla informal, y bastante amistosa, que tampoco era común en ellos.

Yo seguí penetrándola. A veces resoplaba más, y a veces menos. Y a veces mis “Bufff” “¡Ohhh!” se solapaban con sus frases neutras. Era terriblemente humillante follarme así a mi novia y que ella ni sollozase lo más mínimo. Y lo peor era que su coño seguía abiertísimo, tanto o más que antes, por lo que las esperanzas de que ella me salvase emitiendo algún gemido cada vez se diluían más.

Se escuchó entonces un sonido exageradamente líquido, que emanó del coño de María, lo cual mostraba una inundación casi bochornosa; y miré entonces hacia Edu, pensando que habría reparado en aquel vergonzoso sonido, y que tras él vendría un comentario hiriente, para ella, para mí o para los dos. Pero descubrí que no, vi que él se miraba la polla, y los tres veíamos cómo colgaba de la punta de su miembro un hilillo semitransparente y larguísimo, que había nacido en él, o en María, o por la mezcla de los dos, y decidió entonces ausentarse, irse hacia el cuarto de baño, y se pudo escuchar como desenrollaba papel higiénico, seguramente para limpiarse.

A solas con María, alargué una de mis manos para acariciar una de sus tetas que caían enormes. Acaricié su pezón y lo sentí durísimo. Pero no sabía si aquella dureza era por mí o por él.

En aquel momento de intimidad deseé con todas mis fuerzas que María me dijera algo, que me dijera que todo estaba bien, cualquier cosa, aunque fuera un “estamos locos…” pero algo que me sosegase y que me hiciera sentir en unión y armonía con ella, con nosotros.

Pero no dijo nada. Ni gimió. Ni jadeó. Ni respiró agitadamente. Cosa que me hizo pensar que seguramente no se mantenía en silencio para seguirle el juego a Edu, sino porque verdaderamente no sentía absolutamente nada.

Edu volvió, completamente vestido, y yo aceleré, dispuesto a correrme ya si era necesario, pues no podía soportarlo más. Aceleré y el ruido de mi pelvis al chocar con sus nalgas se hizo cada vez más y más sonoro, y un “¡plas, plas, plas, plas!” se escuchaba con cruda nitidez. Y ella iba adelante y atrás y yo la embestía más fuerte y esperaba un grito, o un gemido, algo, y sus tetas se balanceaban imponentes, y su coño me acogía sin inmutarse, y mi polla nadaba en aquella inmensidad, y más “¡plas, plas, plas, plas!” rapidísimos, y yo sentía sudor en mi espalda y en mi pecho, llegando a caer alguna gota por mi axila, empapando mi camisa, pero ella no sudaba, no jadeaba… y aceleré aún más... y me salí, sin querer, y mi polla se salió completamente de su cuerpo y, mientras apuntaba para penetrarla otra vez, dijo ella, en voz alta, como en una representación:

—Cariño, ten cuidado... No hagas más el bruto. No te salgas más ¿Vale?

Algo me subió por el cuerpo. No sabía si era ira o qué era. Nunca me había llamado cariño. Jamás.

Lo había dicho, además, de una forma especialmente altiva y soberbia. Y lo entendí, de repente, allí estaba todo. Allí estaba todo lo que excitaba a María: ella humillándome, con él presente, y él humillándonos a los dos… y a la vez ella luciéndose, sexual, erótica, poderosa, espléndida… Y era difícil de entender cómo ella podía sentir humillación, pero a la vez poder, aunque ya era obvio que era capaz de moverse y de disfrutar sobre aquella línea.

La volví a invadir. En silencio. Y Edu, testigo de aquel bochornoso espectáculo, dijo:

—No me digáis que habéis estado cuatro o cinco años, los que llevéis… follando así.

María llevó su cabeza hacia adelante. Y no decía nada. Y yo la seguí penetrando… otra vez, adelante y atrás, iniciando una cadencia más pausada, pero sentida, para mí, al menos.

Edu, tras su degradante y provocadora frase, no sonrió, ni rio. Sino que se hizo con su teléfono móvil, y allí, de pie, a menos de dos metros de nosotros, comenzó a trastear en él. Lo hacía sin apenas atender a cómo María, a cuatro patas, con su tanga apartado, recibía mi polla y se balanceaba rítmicamente, adelante y atrás.

—Oye, por cierto. ¿Y de Carlos? ¿Sabes algo de él? —preguntó Edu, sin levantar la mirada del teléfono.

—Ya te lo he contado —respondió ella, sin girarse hacia él, dejándose mecer por mis embestidas, y yo, no sé por qué, deseé con todas mis fuerzas, en aquel momento, que… al menos… estuviera recibiendo mi follada con los ojos cerrados.

—No, no sé nada —respondía él y yo buscaba unas penetraciones más lentas, pero más profundas, dentro de mis limitaciones, y sujetaba la cadera de María con una mano mientras acariciaba una de sus nalgas con la otra. Y comencé entonces a jadear otra vez… emitiendo aquellos “Ohhh…” y aquellos “¡Ufff….!” simultáneamente a que María le contaba:

—Ya te dije que una noche empezó escribirme y me dijo que quería darme una cosa, y yo le decía que no quería nada. No por nada. Sino porque… no entendía…

—Ya… —decía Edu y yo resoplaba, y jadeaba aquellos “Ohh-Ohh...” entrecortados y veía con los ojos parcialmente cerrados cómo María le hablaba, con la cara otra vez girada hacia él.

—Y nada —prosiguió ella—. Si es que ya te lo dije… que se plantó en mi casa y me vino con el uniforme del colegio de la hija.

—Ah, sí, es verdad, me lo dijiste —respondía Edu y yo emití un jadeo especialmente sonoro, y María, girándose hacia atrás, dijo, en aquel tono neutro e insultantemente pasivo:

—Córrete fuera, cariño.

—¡Ohhh! ¡Jo-der…! —gemí yo de repente, y me detuve… No podía más. Me corría. Explotaba. Allí, agarrado a su cadera y acariciando su nalga… Se hizo un silencio, una gota de sudor corrió por mi abdomen hacia abajo, sentía más calor que nunca… Y me salí, para correrme fuera, al tiempo que ella dijo: “Mánchame toda la espalda” y me la sacudí, una vez, con tres dedos, y eché la cabeza hacia atrás… y me descargaba, entre mis quejidos… Me corría y ellos seguían hablando. Mis gemidos se solapaban con Edu diciéndole que Carlos en el fondo era un hombre bastante raro, y ella le respondía que había guardado el uniforme en el armario, se habían dado las buenas noches… y que nada más… Y yo seguía sacudiéndomela, ido, desvergonzado, deseando empapar toda la espalda de María… jadeando sin parar… hasta que rematé con un “¡Ahhh…! ¡Joder…!” y abrí los ojos, y contemplé como apenas le había manchado un poco las nalgas, cómo su espalda lucía impoluta, y cómo casi todo lo poco que había echado había corrido por el tronco de mi miembro, hacia abajo.

—Yo después hablé un poco con él… para hablar de por qué se había ido así la otra noche —dijo Edu mientras yo me apartaba más de ella, y me fijaba en la oquedad que dejaba allí, y otra vez en sus labios enormes y desplegados hacia fuera.

—¿Y? —dijo María—. Pablo, ve a por papel, anda.

—Pues… nada. Me dijo que se había marchado porque estaba sintiendo que sobraba —decía Edu, mientras yo me bajaba de la cama, dejando a María allí, a cuatro patas, sin inmutarse, hablando con él, y con un poco de semen en una de sus nalgas.

Fui entonces al cuarto de baño, desenrollé un poco de papel higiénico. Me limpié la punta. Y dejé de oírles hablar. Abrí el grifo. Me lavé la cara. Me miré. Me vi. Me sentía bien y mal. Me sentía agraciado y desdichado… A veces creía que lo entendía todo, y a veces que no entendía nada…

Me hice con papel higiénico y salí para limpiar a María, pero al llegar al dormitorio no me la encontré quieta y esperándome, sino… de pie. Frente a Edu. Besándose con él…

Otra vez dolor y morbo. A partes iguales. Solo aquello podía hacer que sintiera excitación cuando apenas habían pasado un par de minutos desde que me había corrido.

María, allí plantada, con sus tetas desnudas, con sus sandalias de tacón y con su tanga elegante e impúdico otra vez perfectamente colocado, se besaba con un Edu, completamente vestido, que tenía la espalda casi contra la pared. Sus besos eran lentos, pero tórridos. Sus caras apenas se movían pero se podía sentir su intensidad, su deseo, su recíproco merecimiento. Y vi mi semen discurriendo por una de las nalgas desnudas de ella… y me acerqué… y los sentí… y comencé a limpiarle el culo a María… con el papel higiénico... mientras ellos se besaban…

Era ridículo. Era humillante. Pero me empalmaba otra vez. No lo podía remediar. No lo podía controlar. Otra vez mis manos frías y mi corazón bombeando sangre… Y acabé de limpiarla y me retiré un poco y vi como era María la que maniobraba en los pantalones de Edu, y, entre beso y beso, le susurraba al oído:

—Sácatela…

Y Edu se dejaba hacer, dejaba que ella colase su delicada y fina mano por la apertura de su delicado y fino pantalón, y le dijo entonces él también en el oído:

—La tengo blanda… después de vuestra mierda de polvo.

—Me da igual… —le gimoteaba ella, con los ojos cerrados… Y se la sacó. Espesa, gorda, algo flácida, pero grotesca y agresiva… igual de oscura y con aquellas venas creciendo.

—Menudo pollón tienes, cabrón... —le susurró, cara con cara, entre beso y beso.

Y le comenzó a pajear, frente a frente, ya que gracias a sus tacones estaban casi a la misma altura. Todo se precipitaba. Ella se apartó un poco y le pajeaba con una mano. El ruido de la piel de la polla de Edu, adelante y atrás, resonaba por el dormitorio, cada vez más rápido, cada vez más líquido… Y él, con su pollón fuera, y con su glande que aparecía y desaparecía, pues la piel llamada a cubrirlo lo exponía y escondía a la velocidad que María marcaba, llevó una de sus manos a la cara de María y se la acarició, y después un dedo a su boca y ella lo chupó hasta que un hilo de saliva llegó a colgarle de su labio inferior, y después le acarició un pecho, y después le dio un pequeño golpe, un pequeño cachete en su teta, como ya había hecho la noche de la boda. Y seguía aquel sonido de la piel adelante y atrás, y María, cuando sintió la polla dura, ya en horizontal, aceleró la paja y su torso se agitaba, y sus tetas se contoneaban, y comenzó a jadear. Jadeaba por pajearle todo lo que no había jadeado conmigo mientras la follaba.

Y de golpe ella detuvo la paja… separó un poco las piernas, se llevó las manos a las tiras de su tanga, y lo bajó un poco, ni un palmo… y le agarró de nuevo la polla, y lo atrajo hacia sí, haciendo que la punta tocase, golpease, llamase a la puerta de su sexo. Se lo restregaba por el clítoris… y echó entonces la cabeza hacia atrás. Se rozaba, se lo restregaba, como si fuera un consolador… Se volvía loca, se exponía, se gustaba, se lucía, disfrutaba de aquel pollón que apartaba sus labios y atacaba su clítoris que también rebosaba hacia fuera. Y unos “¡¡Mmmm…!”, “¡Ahhhmmm….!” se hacían atronadores… y Edu le dijo, serio:

—Suéltamela… Y tócate las tetas…

Y ella obedeció, dejando aquel pollón libre, recto, duro, en contacto con su coño. Y fue él quién se la cogió y empezó a pajearse, apretando, presionando siempre con la punta contra el sexo de María...

Y yo no me tenía en pie por lo que veía, por lo que sentía. Mi polla de nuevo dura al ver cómo María, con los ojos cerrados, con la boca entreabierta, con la cabeza hacia atrás y con un hilillo de saliva colgando del labio inferior, se acariciaba las tetas, en círculos extraños, aleatorios, absurdos… al ver cómo sus manos le temblaban en aquellas caricias y al ver cómo gimoteaba mientras Edu se pajeaba, siempre con la punta de su polla en contacto con el sexo de ella; empujándola, haciéndola gemir… hasta que ella jadeó un… “Métemela…”, y él respondió con un “No…” y ella le suplicó: “Métemela… ¡joder…!”, y lo hizo a la vez que serpenteaba con su cintura, con su pelvis, restregándose más… y él solo tenía que flexionar un poco las piernas, para penetrarla, de abajo arriba, pero lo que hizo fue mostrar cómo una gota densa, densísima, y blanquísima, brotaba de la punta y se enmarañaba en el vello púbico del coño de María… y otra gota, aún más contundente, atacaba su clítoris y caía pesada sobre su tanga exigido… Edu se corría y jadeaba unos “¡Ohhh!” ahogados, grotescos, casi violentos, pero morbosos, y María serpenteaba con su cintura, buscando más roce, buscando mojarse más y más de aquel líquido caliente, mientras él dejaba caer más y más semen sobre aquellos labios hinchados, sobre su clítoris saliente y sobre aquella tela finísima azul celeste que no había sido creada para contener aquella masa pastosa y espesísima.

María abrió los ojos. Le miró. Y él cortó el hilo de saliva que aún colgaba de su boca con su mano, mano que le puso después en la cara, en algo que no era ni una caricia ni un hostigamiento. Y ella giró un poco su cara, hasta que alcanzó a chuparle el dedo pulgar. Y después él, extasiado, y jugando, la empujó un poco, y ella dio un par de pasos torpes, hacia atrás, con sus muslos atados y con semen desbordando aquel tanga exigido.

—Madre mía… —suspiró María, mirando hacia bajo, y comprobando el charco que había posado sobre su tanga, y al ver también su coño y su vello púbico salpicado. Y, después, con sus mejillas ardiendo, me miró fugazmente, mientras Edu se reponía de su orgasmo, y parecía dispuesto a guardársela, esta vez sin importarle manchar sus calzoncillos.

Yo quería que Edu se fuera. Que se fuera cuanto antes. Pues quería ver a María. Sentirla… Estar con ella… Sobre todo tras aquella última mirada, efímera, pero limpia, a pesar de que el resto de ella era suciedad.

Y, por fortuna, por una vez él pareció leerme la mente, y me socorrió, quizás involuntariamente, pero apenas pronunció cuatro palabras y, tras una mueca extraña, dijo que se iba a la otra habitación.

María no dijo nada. Seguía quieta. Allí clavada. Ardiendo. Con su coño fuera de sí y goteando semen. Con un charco entre sus sandalias por lo que caía de su tanga calado. Y yo no pude más. Y me acerqué. Pero no intenté besarla, pues me rechazaría. Y me acerqué más. Y me pegué a ella. Y me atreví a besar su cuello, y no se apartó. Y recogí entonces con mi mano uno de sus pechos que sentí sudadísimo y pegajoso. Y, tras un tenue y casi inaudible “qué haces, Pablo…” besé su teta, ancha, casi excesiva, sintiendo en mis labios un tacto tan celestialmente suave que me hizo temblar… y seguí descendiendo… y besé su vientre… Y después me arrodillé ante ella.

—Qué… haces… —volvió a preguntar, otra vez… Otra vez en un hilillo de voz. Y yo, arrodillado, miré hacia arriba, y la vi, y ahora sí aquel sudor, ahora sí aquellas gotas en su torso, entre sus pechos. Ahora sí aquella cara sonrojada, ardiendo. Ahora sí aquel flequillo, húmedo, pegado a su cara. Ahora sí, cachonda, encendida; la única sin su orgasmo.

Y un olor me atacó. Un olor a coño, y a semen... Y miré al frente y una gota enorme, blanca y espesa brotaba de su clítoris; todo su vello púbico era un charco transparente y desordenado. Uno de los labios de su coño lucía maltrecho, completamente echado a un lado, y el otro brillaba y caía como con vida propia… Y, más abajo, su tanga apenas alcanzaba a contener un charco viscoso y pesado, y un hilillo densísimo traspasaba y denigraba su lencería, cayendo como una estalagmita… mostrándome que Edu se había corrido con una contundencia brutal.

—No hago... nada, María —alcancé a responder, allí, arrodillado.

Se hizo un silencio. Me miró. La miré. Y finalmente preguntó, en tono bajo:

—Quieres… chupar…

No dije nada. Y ella insistió, con aquella voz tenue, pero ahora en un susurro de afirmación:

—Quieres chupar… eh… Cerdo...

Y no hizo falta que asintiera. Y ella susurró:

—Chupa del tanga, si quieres. Pero no chupes de mí.