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Historias del complejo turístico (38)

Sabe que su vecina sufre en silencio, pero no puede evitar mirar las cámaras. Cuando el destino los pone a ambos en la calle, la protección se convierte en deseo, y la curiosidad en una obsesión que amenaza con romper el equilibrio de sus vidas.

jejen5.2K vistas9.4· 22 votos

La historia de Juan Segundo

Capítulo 2

-ANA: Esperá Juanse!

Fue hasta la cocina y un momento después, volvió con una bolsita en la mano, y cuándo extendió su mano para entregármela, vi que eran varias masitas de limón.

-ANA: Llévate algunas para después!

-JUAN: Muchas gracias Ana! Están buenísimas!

La siguiente conversación, se dio sin proponérmelo, eran las dos de la tarde, y salí a sentarme en la terraza a tomar unos mates, mi departamento tiene salida casi directa, la terraza era como mi patio.

Iba por el segundo mate, sentado en el piso y recostado sobre la pared de mi departamento, cuando Ana apareció con el cesto de la ropa para colgar.

Nos saludamos y conversamos mientras colgaba la ropa, y cuando le ofrecí un mate, se sentó a mi lado, puso el cesto boca abajo y apoyo sus pies en él.

-ANA: ¿Siempre salís a la terraza a tomar mate?

-JUAN: Suelo venir a esta hora, que es mi rato de descanso.

-ANA: Entonces ya sé dónde venir para no tomar mate sola.

-JUAN: Cuándo quieras te presto mi patio!

Ese comentario le sacó una sonrisa, y con eso, me alegró la tarde.

-ANA: A Ricardo no le gusta el mate, así que siempre tomo sola.

Supongo que a ese muchacho, no le debe gustar ni mirarse al espejo.

-JUAN: Yo me acostumbré a tomar mate solo, con la única que he tomado mate hasta ahora, es con Mercedes, la señora del 2°D, siempre que le hago las compras, me agradece con unos mates o un café.

-ANA: ¿Y con los vecinos cómo te llevas?

-JUAN: Con muchos me llevo muy bien, con otros apenas el saludo, y con unos pocos ni siquiera eso.

-ANA: Ricardo es uno de esos, ¿no?

-JUAN: Así es! Aunque en verdad nunca supe por qué.

-ANA: Antes no era así! Cuando nos conocimos, era bastante más simpático, pero desde hace un tiempo, está más rezongón, nada le cae bien, se lo he preguntado muchas veces, pero siempre me dice que no pasa nada o qué son cosas del trabajo, y tiene esa forma de ver a las personas desde arriba, que a veces no entiendo y no me gusta. Por momentos el trato conmigo es tan seco y distante, qué me preguntó si sigue queriéndome.

-JUAN: Entiendo que cualquier persona puede tener problemas en su trabajo, jefes fastidiosos, clientes demandantes, compañeros insoportables, demasiado trabajo, pero el llegar a su casa debiera de ser cómo llegar al oasis en el medio del desierto, al menos yo lo he sentido así.

-ANA: Yo lo veo así también, cada vez que salgo del trabajo, estoy deseando llegar a casa, pero últimamente, estoy más tranquila cuando estoy sola, cuándo llega Ricardo, siempre hay algún problema, cómo que para él no es lo mismo llegar a casa.

-JUAN: Perdón sí es una pregunta indiscreta, y desde ya podés no contestarme, ¿cómo es con vos? En el trato, digo.

-ANA: De un tiempo a esta parte, quizás desde hace un año o dos quizás, ha dejado de ser lo atento y cariñoso de otros tiempos, aunque nunca fue el más demostrativo, alguna vez se lo he preguntado, pero siempre se lo atribuye al trabajo o al estrés.

No tenía la confianza suficiente para preguntarle por su intimidad, pero supongo que también, se debe haber deteriorado. Tampoco me daba para preguntarle sí sospecha de que estuviera con alguna otra mujer.

-JUAN: ¿Y ha cambiado tu trato para con él?

-ANA: Sí claro! También! Yo también antes era mucho más cariñosa, pero últimamente, el no ser correspondida, me ha ido frenando, incluso hay días en qué más que un matrimonio, parecemos dos personas que tan solo comparten una casa.

-JUAN: Yo también llegué a sentir eso en los últimos tiempos con Marisa, y en verdad no estuvo bueno sentirme así.

Tampoco me daba para preguntarle, si alguna vez había pensado en separarse de él.

Después de hablar de esos temas de nuestra vida, hablamos un rato más de otras cosas, y nuevamente se hizo la hora de ir a trabajar.

-JUAN: Gracias por la charla Ana, pero me tengo que ir a trabajar!

-ANA: Gracias a vos por los mates y la compañía.

Ambos nos levantamos, y entrando al edificio nos despedimos, ella bajo a su piso, y yo luego de dejar el mate, me fui para la planta baja.

Conversaciones de terraza y mate, tuvimos varias y en todas ellas, nos contábamos cosas de nuestra vida, sobre todo del pasado, y me fui dando cuenta, qué hablar del presente, no era su tema favorito.

Una tarde, al bajar a la cochera a limpiar el piso, me encontré con caca de un perro. No dije nada, quizás alguna mascota no habría llegado a la calle, pero durante varios días, me encontré con el mismo regalito.

No soy habitué de ponerme a mirar las cámaras, pero quería saber quién era el vecino o vecina, qué dejaba olvidados en la cochera, las deposiciones de su mascota.

Puse a reproducir las grabaciones, en velocidad rápida, para que no me llevara tanto tiempo.

Y después de varias horas, observando las grabaciones, pude descubrir quién era el vecino olvidadizo.

Pero además de eso, descubrí otra cosa qué me llamó la atención y me preocupó a partes iguales.

Era la grabación de un día martes, específicamente a las nueve de la mañana, un hombre estacionaba el auto, y de ese auto bajaba también una mujer, con la que este hombre, se dirigía hacia el ascensor.

Tenía que volver a trabajar, y dejé la grabación en pausa, ya luego vería cómo seguía la cosa.

Cuándo pude volver al cuarto de las cámaras, seguí viendo las grabaciones, para darme cuenta, que ese hombre y esa mujer, bajaban juntos del ascensor de la cochera y salían en el auto del hombre, a las siete y media de la mañana del día siguiente.

A dicha mujer, no la reconocí como una vecina del edificio, y el hombre en cuestión, no era ni más ni menos que Ricardo, y coincidentemente, el día en que Ana estaba de guardia las veinticuatro horas en el hospital.

Mi primer pensamiento, fue, con razón no le da pelota a su esposa, tiene otra mujer, pero, ¿cómo puede ser tan cara dura de traerla a su casa.

Me dio mucha bronca, porque Ana no se merecía a ese tipo, ni ese tipo se merecía a Ana.

Y decidí buscar las grabaciones de los días martes, para darme cuenta después de muchas horas de mirar videos, que esta práctica era habitual, incluso en la primer semana desde que vivían en el edificio, el tipo venía con la misma mujer, lo que me dio por pensar, qué la cosa ya venía de antes.

¿Qué hacía con esa información? En los videos, solo se ve a un hombre y una mujer entrando al ascensor, y al día siguiente, el camino inverso. Nada puedo saber de lo que ocurre en esos encuentros, ya que ni siquiera hay cámaras en los palieres de cada piso, tan solo hipotetizo y saco conclusiones.

Si de primeras, el tipo no me caía bien, luego me cayó peor, ahora ya lo aborrecía por ser tan hijo de puta.

Moría de ganas de decirle a Ana, tu marido se trae a tu casa una mujer cada vez que estás de guardia, que se sacara a ese tipo de encima, que además de serle infiel, también la trata para el culo.

Pero no puedo meterme en eso, son temas de pareja, no a menos que me lo pidan, en el fondo tan solo soy el encargado del edificio, y no tengo la potestad de impartir justicia, sobre todo por aquellas palabras de la administradora, diciéndome que no me metiera en los problemas de los vecinos, y el aviso de que ante quejas de los propietarios, mi contrato anual no sería renovado, lo que equivale a decir que me quedaba sin trabajo y sin lugar para vivir.

No sé si todos los vecinos, saben de la existencia de las cámaras, las del frente y la entrada están a la vista, pero las de la cochera, no son visibles a simple vista, y creo que por eso, pasan las cosas que pasan en el estacionamiento.

Tenía en claro que no podía meterme en la vida de Ana y su esposo, pero al menos, buscaría la forma de fastidiarlo.

Y así fue que lo primero que se me ocurrió, fue ponerme a limpiar la cochera, justamente el martes en la hora en que él llegaba con esa mujer.

Y dio su resultado, estaba barriendo la cochera, justamente a dos lugares de su espacio, de tal manera qué le fuera imposible no verme.

Y más o menos a la hora de todos los martes, lo vi llegar y estacionar en su lugar.

Estuvieron unos minutos dentro del auto, y luego bajaron.

Lo miré, como con intención de saludar, aunque he confirmado en reiteradas ocasiones, que este hombre no conoce las palabras buenos días o buenas tardes.

Tan solo me miró, y junto con la mujer caminaron hacia el ascensor.

Un rato después, estaba en la entrada cuando llegó el cartero, y por casualidad, había un sobre para el tipo.

Esta vez no esperaría a que Ana regresara, y fui hasta el piso once, pensé un momento sí tocarle timbre o pasar el sobre por debajo de la puerta.

Cuando me agaché con el sobre en la mano, para pasarlo por debajo de la puerta, los gemidos de la mujer, eran inconfundibles, definitivamente, estaban teniendo relaciones en el estar, y como un acto de maldad, para interrumpirle la desleal sesión amatoria, toqué el timbre, y pasé el sobre por debajo de la puerta.

Rápidamente caminé hasta la escalera, bajé tres escalones como para que no pudiera verme si abría la puerta, y me quedé esperando, pero la puerta no se abrió, supongo que sí estaba desnudo, no podría abrir la puerta.

Coincidentemente, al día siguiente cuando se iban, yo acomodaba las cosas de limpieza en el depósito de la cochera, por supuesto no existió el protocolar saludo, pero pudo verme allí, y su cara de fastidio, no tuvo desperdicio.

Yo tan solo lo miré pensando, se lo que estás haciendo, y en algún momento, alguien más lo sabrá, aunque no por mi boca.

Durante unos días, esquivé las conversaciones con Ana, no porque fuera a decir algo de lo que sé, de eso estaba completamente seguro que nunca pasaría, pero me sentía raro al saber yo lo que estaba ocurriendo en su matrimonio, y ella no estar al tanto de nada, como suele decirse, el cornudo es el último en enterarse, en este caso, la cornuda.

Incluso un par de tardes, por la ventanita de la cocina de mí departamento, la vi subir a la terraza y quedarse allí, en la hora en que suelo salir a tomar mate, supongo qué esperándome para conversar, mates de por medio como tantas otras veces.

Unos días después, estaba terminando de ordenar las cosas luego del almuerzo, cuando sonó el timbre.

Al abrir, me encontré con Ana, con una hermosa sonrisa y un recipiente plástico con tapa en la mano.

-ANA: Hola Juanse!

-JUAN: Hola Ana! ¿Cómo estás?

-ANA: Muy bien, ¿y vos? Hace días que no te veía!

-JUAN: Estuve algo ocupado, en los ratos libres, estoy haciendo los dibujos de un par de ideas para el edificio, qué le voy a proponer a la administradora. ¿Querés pasar? Estaba por hacer mate!

-ANA: Hice masitas de limón, y cómo sé que te gustan, te traje algunas!

Y estirando su mano, me entregó el recipiente, con una mirada tierna y una hermosa sonrisa.

-JUAN: Muchas gracias Ana! No te hubieras molestado!

-ANA: No es molestia! A mí también me gustan, y ya que hice, te traje algunas para el mate.

Entró al departamento y se sentó en la mesa del comedor, dónde tenía los dibujos de mis ideas.

Mientras preparaba el mate, y ponía las masitas en un plato, Ana miró mis dibujos.

-ANA: Qué bien dibujás Juanse! ¿Esto sería la terraza?

Volví a la mesa con el mate, y las macitas en un plato, y le conté mis ideas.

-JUAN: Se me ocurrió qué en la parte de atrás de la terraza, se podrían construir un par de parrillas, con una estructura liviana de metal se podría hacer un techo, y debajo poner unas mesas y bancos, para el uso común de los vecinos, ¿qué te parece?

-ANA: Es una idea buenísima! Además esa parte de la terraza casi no se usa!

-JUAN: Por eso mismo, y para cuando los vecinos quieren hacer alguna reunión, no molestar a los demás.

-ANA: Claro!

-JUAN: Y en el depósito debajo de la sala de máquinas del ascensor, se puede hacer un pequeño baño, para que no tengan que bajar a sus casas.

-ANA: Es perfecto! Qué genio Juanse! Me encanta la idea!

-JUAN: Y estos otros dibujos, son para el jardín, es un deck de madera, con canteros y bancos para sentarse, ¿cómo lo ves?

-ANA: También es una idea buenísima!

-JUAN: El tema va a ser, que los vecinos quiero poner dinero para esto. Yo podría hacerlo, incluso sin cobrar nada, pero habría que comprar los materiales. Cuando lo tenga listo, se lo voy a presentar a la administradora, y veremos qué dice.

-ANA: Tampoco es una mega obra, y no hay que romper casi nada, solo hacer cosas nuevas, y sería un beneficio para todos.

-JUAN: Así lo había pensado, para no tener que romper nada!

Tomamos mate con las exquisitas masitas de limón, conversando de esas ideas, sin tocar temas personales.

La veía hablar tan animadamente y sonreír tan distendida, que pensaba qué podía estar con ese ánimo, porque no estaba al tanto de lo que está ocurriendo en su propia casa, pero no iba a ser yo quién le quitara esa sonrisa.

Estuvimos conversando hasta la hora que tuve que volver a trabajar, y agradeciéndole los mates y las masitas, ella fue para su departamento, y yo hasta la planta baja.

Siguiendo con mi intención de fastidiar al simpático de Ricardo, el martes siguiente volví a repetir mi casual rutina de limpieza de la cochera por la mañana.

Su cara al verme ya era íntegramente de odio, si su mirada fuera de rayos láser, sin duda yo ya estaría cortado en pedacitos. Pero ese era el fin de mí acting, hacerlo sentir incómodo, que supiera que lo veo llegar e irse con otra mujer qué no es su esposa, sé lo que estás haciendo, picarón!

Unos días después, los primeros días de agosto, cuando la administradora vino a cobrar las expensas, le ofrecí unos mates y le mostré mis ideas.

-MIRTA: ¿Sos arquitecto Juan Segundo?

-JUAN: No Mirta, no pude recibirme, llegué hasta el cuarto año de la carrera.

-MIRTA: Son dos ideas muy buenas, le aportan mucho valor a los espacios comunes, y no requieren demasiada obra. En la próxima reunión de consorcio, les voy a presentar la idea a los propietarios, ¿Tenés una idea de lo que puede costar todo esto?

-JUAN: Someramente! Si quiere le puedo preparar un cálculo de costos, y también le comento que yo podría hacerlo y estaría dispuesto a hacerlo sin cobrar por esto, entre mis horas libres y quizás alguna hora de trabajo, teniendo los materiales, supongo que en un par de meses estaría listo.

-MIRTA: Podría ser un buen gancho, para que los propietarios no sé quejen demasiado por el costo de las expensas.

-JUAN: Le puedo hacer unos buenos dibujos en color, para que le pueda mostrar a los vecinos cómo quedaría.

-MIRTA: Dale, y cuando los tengas me avisas!

-JUAN: Gracias Mirta!

Seguí con mis intenciones de fastidiar al bueno de Ricardo los martes y los miércoles.

Nuevamente estaba en la cochera, cuándo lo vi entrar, pero esta vez bajó solo del auto.

Como siempre se dirigió al ascensor, sin saludar, y seguramente se pensó que me iba a engañar, él entraría sólo por la cochera, y la mujer entraría por la puerta principal del edificio, queriendo que no los vea juntos.

Rápidamente subí por las escaleras con la cera para el piso, y efectivamente la mujer entraba por la puerta principal y Ricardo la estaba esperando en el palier.

Esta vez ni siquiera lo miré, seguí en lo mío, y subieron hasta su piso en el ascensor.

Te volví a pescar, infiel Ricardo! Sé lo que hacés cada martes!

La última semana de agosto, hubo reunión de consorcio, de la cual por supuesto yo no participo, solo los propietarios.

Al día siguiente, la administradora me llamó por teléfono para decirme que los propietarios habían aceptado en una primera etapa, hacer las remodelaciones del jardín, y luego si todo iba bien, las de la terraza.

Hice la lista de los materiales que iba a necesitar, y se los mandé por mail a la administradora.

Un jueves, como todas las mañanas, luego de limpiar la vereda y la entrada del edificio, subí a lo de Mercedes a tomar el café y ver si precisaba alguna compra o algo.

Toqué el timbre y no me atendió, esperé unos minutos y volví a tocar. Cómo no me atendió, me preocupó que le hubiera pasado algo. Hacía unos meses, Mercedes me había dado una copia de la llave de su casa, por cualquier cosa, y rápidamente subí hasta mi departamento a buscar la llave.

Abrí su departamento llamándola, pero no me contestaba.

No estaba en el estar ni en la cocina, de camino a su dormitorio, vi que en el baño tampoco, y cuando entré en su dormitorio, la vi en el piso junto a su cama, estaba inconsciente, pero por suerte la veía respirar, traté de enderezarla, recostándola en la cama, y luego de un momento de hablarle, llamándola por su nombre, entre abrió los ojos.

-JUAN: Mercedes, ¿estás bien? ¿Qué te pasó? ¿Te duele algo?

Mercedes es una mujer pequeña de cuerpo, debe pesar unos cincuenta y pico de kilos, pensé en subirla a la cama, pero tenía miedo que en la caída se pudiera haber roto algún hueso o se hubiera lastimado la cadera.

Y en ese momento, Ana se cruzó por mi cabeza, ella tiene más conocimientos que yo, y le dije a Mercedes, que iba a buscarla, y qué no intentara levantarse, que volví a enseguida.

Subí hasta el piso once y le toqué el timbre varias veces.

Sin abrir la puerta, Ana pregunto quién era, le dije que era yo, y entonces abrió.

-JUAN: Hola Ana! Perdón que te molesto, pero encontré a Mercedes inconsciente en el piso en su casa, no sé si hago bien en levantarla.

-ANA: Pasá! ¿Qué le pasó? Esperame que me calzo y vamos!

Estaba con una remera larga, volvió al estar con un par de zapatillas, y mientras se las colocaba, me preguntó:

-ANA: Juanse, ¿sabés si tiene problemas de presión arterial?

-JUAN: Está medicada para la presión!

Fue a buscar el tensiómetro y fuimos los dos para lo de Mercedes.

-ANA: Hola Mercedes, me llamo Ana. ¿Te duele algo?

-MERCEDES: No hija, en este momento no, solo las rodillas, pero esas me duelen siempre.

-ANA: ¿Te acordás que pasó?

-MERCEDES: La verdad es que no, me estaba por levantar, pero después ya no me acuerdo qué pasó.

-ANA: Bueno! Tranquila que vamos a ver si te golpeaste en algún lugar! Vos decime si te duele lo que voy tocando!

Ana revisó sus piernas y sus brazos, la recostó lentamente en el piso y revisó su cadera, y luego me dijo que pareciera no haberse roto ningún hueso y que la recostara en la cama.

Mientras Ana le tomaba la presión, yo llamé por teléfono a su hija para avisarle lo ocurrido.

Ana dijo que tenía la presión un poco baja, que seguramente se habría levantado con la presión más baja aún, y por eso se habría desplomado.

Ana le preguntó si había desayunado, y Mercedes le dijo que no.

Mientras Ana se quedaba conversando con Mercedes, fui a prepararle un café con leche con unas tostadas, y en la mesita se lo llevé a la cama.

Mientras Mercedes estaba desayunando, llegó Eugenia, su hija, le conté lo que había pasado, y Ana le recomendó que la viera un médico, que ella era enfermera, y que solo la había revisado para ver si tenía algún hueso roto y le había tomado la presión, encontrando la un poco baja.

Eugenia, nos agradeció y nos dijo que ese día no trabajaría, que se quedaría con su madre.

Cuando me despedí de Mercedes, me dijo:

-MERCEDES: Te debo un café Juanse!

-JUAN: Tranquila Mercedes, ya lo tomaremos otro día! Ponete bien, y yo le avisó a tu novio que hoy no podés ir!

Mercedes se rió, y su hija me miró con cara de no entender nada.

Cuándo Eugenia nos acompañó hasta la puerta, le expliqué.

-JUAN: Siempre bromeo con Mercedes, diciéndole que tiene que estar bien para poder conseguir un novio, y eso la hace reír.

-EUGENIA: Te agradezco lo que haces por mamá!

-JUAN: No hace falta! Es una mujer adorable!

Acompañé a Ana hasta su departamento, y cuando abrió la puerta, le agradecí el favor.

-JUAN: Muchas gracias Ana! Me preocupé mucho al verla así!

-ANA: No es nada Juanse! ¿Te tomás unos mates?

-JUAN: Dale, pero un par nada más, tengo que seguir trabajando!

Tenía que volver a trabajar, pero no me podía negar a un rato de conversación con ella.

Mientras conversábamos, Ana me dijo que agendara su teléfono, por cualquier cosa que pudiera volver a pasar con Mercedes, y así lo hice, la agendé como "Ojitos Lindos".

Los primeros días del mes de septiembre, comencé con los trabajos del jardín.

Primero haría los canteros de ladrillos y cemento, luego pondría el piso de madera, y las maderas de los bancos para sentarse.

El trabajo lo hacía luego de almorzar, y hasta las cinco de la tarde, que volvía a trabajar.

Una tarde estaba poniendo los hierros para sostener una madera para revocar el cantero, cuando uno de los hierros se zafó y la punta me lastimó el antebrazo izquierdo.

La herida empezó a sangrar y tuve que subir al departamento, para lavarla y cubrirla con algo.

Me había terminado de higienizar la herida, viendo que en una parte era algo profunda y aún seguía sangrando.

En ese momento sonó el timbre, y al abrir me encontré con Ana que venía con una taza en la mano.

-ANA: Hola Juanse, ¿tendrás un poco de azúcar que me prestes?

Y cuando vio la herida del brazo, su sonrisa desapareció y puso cara de preocupación.

-ANA: ¿Qué te pasó?

-JUAN: Se me zafó un hierro del encofrado, y me lastimó el brazo.

-ANA: Déjame verte!

Saqué la toalla ensangrentada de la herida, y al verla me dijo:

-ANA: Ay Juanse! Flor de tajo te hiciste! Voy hasta casa y vuelvo!

Salió rápidamente y minutos después volvió con un bolso pequeño de color negro, que resultó ser un botiquín.

-ANA: Vení sentate!

Me senté en una silla del comedor, y ella se sentó en otra frente a mí.

Del botiquín saco unas gasas y un frasco de agua oxigenada, y me limpió con cuidado la herida.

-ANA: ¿Te duele?

-JUAN: No, la verdad que no!

-ANA: Por suerte no fue tan profunda, si no te hubieran tenido que dar unos puntos de sutura. ¿Te bajó la presión? ¿Te sentiste mareado?

-JUAN: No, tampoco!

Ver la dedicación y el cuidado que estaba poniendo en curar mi herida, me produjo algo un tanto difícil de explicar, como si tuviera la necesidad de acercarme a ella y abrazarla, acariciar su pelo, mirarla a los ojos y perderme en su mirada.

Mostraba una preocupación por mí, que hacía tiempo no sentía.

-ANA: No te saques la venda por unos días, hasta que empiece a cicatrizar, mañana la veo de vuelta y te cambio la venda.

La miré mientras hablaba, y cuando terminó, le dije:

-JUAN: ¿Alguna otra recomendación doctora?

-ANA: No soy doctora Juanse!

-JUAN: Pero acabas de salvarme la vida!

-ANA: Callate!

Y nos reímos los dos, en agradecimiento, le dije si quería tomar unos mates, y me dijo que sí.

Conversamos un rato durante los mates y luego volvió a su casa.

-ANA: Si te duele, tomate un analgésico y al bañarte, tapa la herida con una bolsa de nylon.

-JUAN: Muchas gracias Ana!

-ANA: No es nada Juanse, cualquier cosa me avisás!

Estuve un par de días sin trabajar en el jardín, y Ana volvió a cada día a revisar mi herida y a cambiarme las vendas.

Una semana después, la obra quedó terminada, solo faltaba poner las plantas en los canteros nuevos.

Los vecinos quedaron muy conformes, y poco a poco empezaron a usar los bancos del jardín, bajaban con sus equipos de Mate, y disfrutaban de la sombra de los dos árboles del jardín, incluso como las noches ya empezaban a estar más templadas, bajaban a disfrutar del fresco.

Eso hizo que se entusiasmaran, y a principios del mes de octubre, se compraron los materiales para la obra de la terraza.

Comencé construyendo las dos parrillas, para que dos familias de vecinos, pudieran hacer sus asados al mismo tiempo.

Terminadas las parrillas, comencé con la instalación de los artefactos para el pequeño baño, y por último, empezaría a montar la estructura metálica para el techo.

Un jueves a eso de las dos de la tarde, el sol picaba en la terraza, y en un momento sin que me diera cuenta, apareció Ana con una jarra de limonada con hielo y dos vasos en la mano.

-JUAN: Hola Ana! ¿Cómo estás?

-ANA: Hola Juanse, supuse que estarías muerto de calor y te traje algo fresco para tomar!

En verdad ese gesto me conmovió tanto como sorprendió, ¿acaso estaba en su casa pensando en mí y en el calor que estaría sintiendo? Qué hermoso detalle.

-JUAN: La verdad es que hoy pica el sol!

Me senté un momento y tomamos limonada los dos conversando.

-ANA: Me parece que con esto vas a perder la exclusividad de la terraza!

-JUAN: Pero los vecinos van a poder disfrutarla! Eso es lo importante, de todas maneras, creo que a las dos de la tarde, no habrá mucha gente, al menos los días de semana.

La administradora había arreglado en la reunión de consorcio, que por este trabajo sí cobraría la mano de obra, y por supuesto no me iba a negar, con ese dinero y unos ahorros que tenía, pensaba comprarme una moto.

Diez días después, ya estaban terminados el baño, las parrillas y la estructura metálica para el techo.

Para ese trabajo necesitaría a alguien más para subir y fijar las chapas a la estructura, y la administradora me mandó al muchacho que hace algunos arreglos de plomería en el edificio.

En dos días pusimos las chapas, las aseguramos bien y con eso, terminó la obra gruesa.

Solo faltaba colocar los canteros de madera colgando de la estructura, las mesas largas con los bancos y limpiar todo.

Para los primeros días de noviembre, ya estaba todo terminado y los vecinos subían a ver como había quedado.

Le propuse a la administradora, hacer una especie de calendario para que los vecinos que quisieran utilizar las parrillas, se anotaran reservando el día y la hora, y una semana después, ya empezaron a utilizar la terraza para sus asados.

Las primeras en anotarse, fueron las chicas del 6°D, que hicieron un asado con amigos un sábado en la noche. Hubo música, bebidas y hasta bailaron en la terraza como hasta las dos de la mañana que se fueron, seguramente a algún bar.

Por supuesto desde mi departamento se escuchó el jolgorio, pero los vecinos ni se enteraron.

Días después me compré la moto, entregué el dinero que tenía, que era más o menos el setenta por ciento del valor de la moto, y el resto lo pagaría en doce cuotas mensuales.

La moto era una Honda de doscientos cincuenta centímetros cúbicos de cilindrada, una hermosa nave que siempre había deseado tener.

Un par de semanas después, decidí salir el sábado en la noche a dar una vuelta, y tomarme una cerveza por ahí.

No conocía mucho la noche marplatense, sabía de varias zonas por donde había algunos bares, y una de esas eran las calles Güemes y Olavarría.

Di un par de vueltas viendo el panorama, y en una cervecería que no había mucha gente, estacioné la moto, la até junto con el casco y entré al bar.

No había ninguna mesa libre, y me senté en uno de los bancos altos de la barra. Me pedí una cerveza artesanal negra, y el barman me la sirvió con unos maníes.

El bar me gustaba, un buen ambiente de gente de mi edad, y lo más importante, buena música.

Estaba tan a gusto allí, qué terminada la primera cerveza, me pedí una segunda, esta vez una ipa, muy rica también.

Cerca de las dos de la mañana, el bar estaba a reventar, y hermosas féminas, deambulaban por el lugar.

Es un buen lugar, pensé, creo que lo podría adoptar para próximas salidas.

Cuando le conté a Ana que me había comprado la moto, se puso muy contenta y me felicitó, y me dijo que ella nunca había andado en moto, ni siquiera como acompañante. Y por supuesto le dije que si alguna vez lo necesitaba para ir a algún lado, qué tan solo me avisara.

Adopté esa rutina de ir los sábados a esa cervecería, me distraía un poco y disfrutaba de la buena música.

Era mediado de diciembre, y pensando en que se acercaba mi cumpleaños y las fiestas, que en estos últimos años, me daba casi lo mismo, lo único que hacía, era ir a recibir el año nuevo a la costa, me sentaba a esperar las doce mirando el mar y a toda la gente que se juntaba en la playa.

Luego de un rato de ver los fuegos de artificio, me volvía al departamento. Y ese era mi festejo, en verdad no tenía gente con quién festejar, al igual que el veintiuno, día de mi cumpleaños.

Un sábado en la noche, estaba en la cervecería habitual, conversando con Gustavo, el barman que atendía allí, qué entre copa y copa qué servía, se acercaba y conversábamos un poco.

A eso de las doce de la noche, entraron tres mujeres sonriendo, y una de ellas era Ana, que chica es la ciudad, pensé.

El lugar aún no estaba lleno de gente, y en una mesa se sentaron las tres.

Nunca había visto a Ana, cambiada y maquillada de esa forma, en verdad estaba hermosa.

Con un vestido hasta las rodillas color blanco, una chalina marrón claro haciendo juego con las sandalias, y una cartera también marrón.

El pelo recogido en una coleta, aros colgantes, y un collar haciendo juego, completaban su look. Hermosa!

Ana no me vio, y se sentó dándome la espalda.

Conversaban animadamente y sonreían, cuando un momento después, otra chica entró, las saludó y se sentó con ellas.

Por lo menos salía a entretenerse un poco, pensé y por lo animada de la conversación, supuse que la estaría pasando muy bien.

¿Qué habrá pensado el bueno de Ricardo, que su esposa salía con amigas? Seguramente él tendría su propio plan.

Poco más de una hora después, una de las chicas que había entrado con ella, se despidió de las tres y se fue del bar.

Un rato después entró un muchacho, las saludo a las tres, y se sentó con ellas, para unos minutos después, irse con otra de las chicas, seguramente sería el novio.

El lugar ya estaba colmado de gente, y cuando terminé la cerveza, salí del bar.

En la vereda de enfrente, tenía la moto como cada sábado, me senté en la moto a esperar que saliera, sería como una especie de protector invisible para asegurarme de que llegara sana y salva a su casa.

Faltaban minutos para las tres de la mañana, y la vi salir con la única amiga qué había quedado.

Hablaron un momento en la puerta del bar, y despidiéndose su amiga se subió a un taxi.

Ana quedó unos pasos más adelante del bar, casi llegando a la esquina, y supuse que también esperando un taxi.

No sabía si acercarme y decirle que si volvía para el edificio, yo podría llevarla, quizás la pondría en aprietos.

Estaba en esos pensamientos, decidiendo si me acercaba a ella o no, cuando vi un hombre que caminaba en dirección a ella, presté atención para ver si intentaba algo, y cuando faltaban unos pasos para llegar hasta ella, empezó a correr, y al pasar junto a Ana, manoteó la cartera que tenía colgada de su hombro.

El tirón fue con tanta violencia, qué Ana trastabilló y cayó al piso.

El tipo con la cartera de Ana en la mano, siguió corriendo y al llegar a la esquina dobló siguiendo por la calle lateral.

Rápidamente encendí la moto, y cruzando después de un auto, llegué hasta donde ella estaba.

Me baje rápidamente, dejando la moto en marcha, en el momento que otras personas también se acercaban a ella.

El miedo se reflejaba en su cara, y me agaché junto a ella, que estaba llorando

-JUAN: Ana, ¿estás bien? ¿Te golpeaste?

-ANA: Juanse! Qué suerte que estés acá! El hijo de puta me robó la cartera!

-JUAN: ¿Estás bien?

La ayudé a levantarse, y sin habérmelo propuesto, la abracé, en un acto de protección, intentando contenerla.

-JUAN: Tranquila ya pasó! ¿Te golpeaste?

-ANA: No, fue solo la caída! Pero en la cartera tengo mis documentos y el teléfono!

-JUAN: Vení! Subí!

Me subí a la moto y la ayudé a subirse detrás de mí, y tomé la calle lateral por donde había corrido el ladrón, y casi tres cuadras después, lo vi al tipo sentado en el frente de un negocio cerrado, revisando la cartera de Ana.

Pare unos metros antes me bajé de la moto, y le puse la pata para que se sostuviera.

-JUAN: Esperame acá Ana!

Rápidamente llegué a dónde estaba el tipo, y antes de que se pudiera levantar lo agarré del cuello.

-JUAN: Dame esa cartera con todo lo que tenía adentro o te despego la cabeza del cuerpo!

El tipo sorprendido, atinó a levantarse, pero no se lo permití, pisándole ambos pies y haciendo fuerza con mi brazo hacia abajo.

Tomé la cartera de Ana, y le dije al tipo.

-JUAN: ¿El teléfono y la billetera están adentro?

Y ya con cara de pánico, el tipo me dijo:

-TIPO: Pará! Pará! Está todo! No saqué nada!

Y con la cartera de Ana en mis manos, pero sin soltarle el cuello, le dije:

-JUAN: Desaparecé antes de que te cague a trompadas!

Saqué mi pie derecho de los suyos, y le permití que se levantara.

-JUAN: Bórrate antes de que me arrepienta!

El tipo salió corriendo en la dirección en que había corrido antes y lo perdí de vista cuando dobló en la esquina.

Volví caminando hasta la moto le entregué a Ana su cartera.

-JUAN: Ana, fíjate si falta algo!

De la cartera Ana sacó su billetera con dinero y todos sus documentos y tarjetas, Y luego el teléfono celular.

-ANA: Está todo Juanse!

Ya un poco más tranquila, volví a subir a la moto y nos fuimos de allí.

Hice tres o cuatro cuadras y paré en una estación de servicio, bajamos los dos y le pregunté:

-JUAN: ¿Estás bien Ana? ¿Te duele algo? ¿Querés que vamos al hospital?

-ANA: No, gracias Juanse! Estoy bien!

Y esta vez, la que me abrazó fue ella.

-ANA: Gracias Juanse! No sé cómo fue que apareciste, pero gracias a Dios que estabas ahí! Alguien te debe haber puesto ahí esta noche!

-JUAN: Estábamos en la misma cervecería, y cuando salí y crucé a buscar la moto, vi que también salías, y mientras pensaba si me acercaba a vos para ofrecerte volver al edificio, vi todo lo que pasó!

-ANA: Qué suerte estabas ahí! Aunque me pareció una locura seguir al tipo, te agradezco infinitamente lo que hiciste!

-JUAN: ¿Querés que tomemos un café?

-ANA: Sí, dale! Así paso esté mal trago!

Entramos a la estación de servicio, pedí dos cafés y nos sentamos en una de las mesas.

-ANA: No te vi en el bar!

-JUAN: Yo las vi cuando entraron, estaba en la barra como cada sábado, tomándome una cerveza.

-ANA: Te hubieras acercado a saludarme, te hubiera presentado a las chicas, son compañeras del hospital, y salimos a tomar algo para despedir el año.

-JUAN: No, no quería molestar! Estabas con tus amigas!

-ANA: No hubieras molestado, la hubieras pasado bien, son tres locas! Te hubieras reído!

Conversamos más o menos por media hora, y cuando terminamos el café, le dije:

-JUAN: Voy para el edificio, si querés te puedo llevar!

-ANA: Bueno dale!

Le di el casco para que se pusiera, se lo colocó y yo le ayudé a abrocharlo.

No eran muchas cuadras, y en ese recorrido no tendríamos problemas con algún control policial.

Arranqué la moto y bajamos a la calle, sin que le dijera nada, Ana me abrazó, y pude sentir su cuerpo contra el mío.

En cinco minutos llegamos al edificio, y entramos por la cochera.

El auto de su esposo no estaba, y asumí que también habría salido, ¿con amigos o con su amante?

Dejé la moto y el casco donde siempre y caminamos hasta el ascensor.

Al llegar al piso 11, la puerta se abrió y antes de bajar, Ana me dijo mirándome a los ojos y con esa hermosa sonrisa.

-ANA: Muchas gracias Juanse! Valoro mucho lo que has hecho por mí esta noche! Si no hubieras estado ahí, me hubiera vuelto loca! Y quizás no esté bien lo que te voy a decir, Ricardo no hubiera hecho lo que vos hiciste por mí. Te digo más, no sé si se lo voy a contar, aún no está en casa. Y si se lo cuento, estoy segura que lo primero que me va a decir, es que hacía esperando un taxi sola. Para que no pregunte ni siquiera si estoy bien, prefiero no contarle nada.

-JUAN: No tengo problema en que se lo cuentes, estábamos en el mismo bar por casualidad.

-ANA: Ya veré! Gracias Juanse! Otra vez gracias!

-JUAN: No tenés nada que agradecer Ana, era lo menos que podía hacer!

Y antes de bajar del ascensor, me volvió a abrazar y me dio un beso en la mejilla.

-ANA: Hasta mañana!

-JUAN: Chau Ana! Que descanses!

-ANA: Vos también!

Esperé hasta que entrara en su departamento, y antes de seguir viaje, nos saludamos con la mano.

Entré a mi departamento, me saqué las zapatillas, saqué una lata de cerveza de la heladera y me senté en el sillón.

Le di un largo trago, y no pude evitar pensar en voz alta, así es damas y caballeros, distinguidísimo público, definitivamente y sin lugar a dudas, estoy perdidamente enamorado de Ana!

Continuará…

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