Xtories

Sospechas, certezas, secretos y mentiras, 1

Lucía no buscaba un igual, buscaba un refugio. Y cuando encontró a Mariano, ese hombre torpe que tropezaba con su propia sombra, supo que era el único capaz de pertenecerle por completo. No era amor romántico; era posesión pura.

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DRAMATIS PERSONAE

I

Mariano.- Los protagonistas de los grandes relatos suelen tener nombres que impactan tales como David, Alonso, Guzmán, Edmundo, etc.

Mi nombre es Mariano. Un nombre que siempre me ha parecido humilde, sin alardes especiales. Un nombre simple para un hombre sencillo. No esperéis un gran relato. No lo es. Es un relato sencillo y común… como mi nombre.

Conocí a la mujer de mi vida en el año 1990 y celebraba que acababa de terminar mi carrera. Contaba con 23 años y solo me faltaba cumplir con mi patria para poder iniciar mi vida profesional.

Lucía tenía 18 maravillosos años y era una preciosa muñeca morena, de ojos negros y sonrisa que embargaba. Tan hermosa, tan hermosa que tenía la capacidad de despejar cualquier nube negra que apareciera en el horizonte de mi alma.

Bastaba una sonrisa suya para que iluminara mi anodina existencia.

No hace falta decir que siempre me he considerado muy poquita cosa. Taciturno y soso, no era precisamente el alma de la fiesta. Pero eso a ella le daba igual. Por alguna extraña razón que aún hoy no comprendo, Lucía se enamoró de mí. Y yo de ella.

Si hubiera dependido de mí, probablemente no estaría contando esta historia porque jamás me habría atrevido a acercarme a esa muchacha que llamaba tanto la atención.

Venía acompañada de un amigo mío. De esos chicos ligones que frecuentan la universidad. Verbo fácil, buena planta y desparpajo con las damas.

-Vaya, mira a quién tenemos aquí. Ven aquí, Mariano, hombre, dame un abrazo, enhorabuena por sacarte la carrera. Mira, voy a presentarte a Lucía.

-Un placer-dije acercándome a ella, para darle los consabidos besos de presentación en la cara.

-Aléjame de este idiota, Mariano, por favor-Me susurró ella al oído cuando se acercó.

Pero yo no sabía hacer esas cosas. Carecía de la más mínima maldad o pericia para levantarle la chica a alguien. O sea que tuvo que ser ella la que me levantó a mí.

Me cogió de la mano y me sacó de aquella horrible nave industrial que habíamos alquilado los de la facultad para celebrar el final de la promoción 1985-90. No me dio tiempo ni a cantar el “gaudeamus igitur” cuando me encontré sentado al lado de Lucía en un banco.

-Me llamo Mariano- me presenté

-Lo sé- me respondió- lo sé desde el principio de este curso. Llevo observándote todo el año, Mariano. Y me tienes loca

-¿Eh?

-Sí, sí, Mariano, loca me tienes. Adoro tu pelo castaño que no sé muy bien si es rizado, liso o de rata. Me encanta esa torpeza que tienes a la hora de vestirte y cómo se sonroja tu cara cuando alguna chica te mira atentamente. Me inquietan esas manos tan torpes y la manera en la que intentas disponer todos los cubiertos en el bar de la cafetería para luego desordenarlos porque pones la bandeja encima.

Te juro que al principio pensé “este chico es tonto” de veras que sí, pero luego te veía mirar a todas partes, rojo como un tomate, por si alguien te había visto. Y allí estaba yo, lejos, en la otra punta del bar, mirándote.

Sí, Mariano. Te conozco.

Y me dio un beso. Ese beso que uno lleva grabado a fuego en su memoria y que le sirve para afrontar el nuevo día por duro que sea. Ese beso que no se olvida.

El resto fue puro protocolo. Mientras ella terminaba su carrera, hice mi servicio militar, ahorré algo de dinero y monté mi propio negocio. Poco a poco y con mucha paciencia pude empezar a arrancar y luego todo se precipitó de alguna manera.

Tanta era nuestra pasión, tanto nuestro amor que Lucía quedó embarazada.

-Menos mal que me falta poco para terminar la carrera, nene

-¿Estás segura, Lucía?

-¿Segura de qué? ¿de quererte?¿acaso lo dudas, idiota? ¿qué pasa? ¿ya no te gusto o qué?

-No, no es eso

-Entonces ¿es que me vas a dejar por otra?

-No, qué va, boba.

-Pues ¿a qué esperas?

-¿Eh?

-Joder, Mariano, cielo, qué parado eres. ¿Es que voy a tener que pedirte yo en matrimonio?

-¿Eh?

-Está visto que esa es tu respuesta para todo

-¿Eh?

-Señor, dame paciencia. Mi novio es tonto

Y yo no podía reaccionar ante ese torbellino. Me acribillaba a amor, me sentía transportado justo al centro de ella misma.

-Sí, Lucía, sí, sí. Me caso contigo

-De verdad, Mariano, de verdad. La que se casa contigo soy yo pero, ojo, como gesto de sacrificio. Porque si no me caso yo contigo ¿quién lo va a hacer? Está claro que algo malo tuve que hacer en otra vida para pagar mi penitencia contigo, torpón.

-Perdona, Lucía.

-Dios, te comía a besos. Vamos

-¿Dónde?

-A follar como descosíos para celebrar tu pedida de mano, tontorrón.

-Pero habrá que ir preparando la boda.

-Tranquilo, cielo tenemos todo un año.

-¿Un año? Pero el bebé…

-Un año, Mariano. Termino la carrera y esperamos a que tenga una buena tripa para casarme. No me perdería por nada del mundo la cara que van a poner nuestros padres en la boda cuando me vean con el traje de novia.

II

LA BODA

Lucía.-

La boda fue un escándalo, por supuesto, pero me daba igual. Estaba con él y eso ero lo único que importaba.

Fue como encontrar una joya en un estercolero. Me llamó la atención lo despistado que era. Tropezando en todo momento, como si habitara un mundo que no estuviera hecho para él.

Me sentía tan sola en el ambiente donde me movía que cualquier situación me resultaba adversa. Tenía miedo de todo el mundo. El divorcio de mis padres me había marcado mucho. Las innumerables infidelidades de mi padre y los continuos reproches de mi madre consiguieron que me considerara la causa principal de todos los males.

Podía distinguir en todos los chicos las ganas manifiestas que tenían de acercarse a mí. Y el porqué. Y sentía la envidia y mala uva que inspiraba en las chicas de mi entorno. Podía oírlas decir “viste como una zorra y habla como una verdulera”. Y así, año tras año.

Recuerdo perfectamente el día que le vi por primera vez en el bar de la facultad. Casi atravesó el cristal de la puerta. Se le cayeron todos los libros y solo entonces sacó unas gafas del bolsillo interior de su chaqueta y se las puso.

Miró para todos los lados, como una ardilla. Totalmente abochornado y yo no podía parar de reír desde lejos. Con grandes esfuerzos logré reprimir la carcajada que nacía en mi interior.

Al día siguiente se le cayó una cucharilla al suelo. Se agachó a por ella y, al levantar la cabeza se la golpeó contra la mesa.

En otra ocasión apoyó su mano en el dintel y, sin darse cuenta de que la puerta se cerraba sola, se pilló los dedos de la mano.

Era un desastre, atrapado en un mundo hostil. En mi memoria guardo el día que se me “cayeron” los libros junto a él. El muy bruto intentó ayudarme, con el resultado de darme todos los libros menos uno que él estaba pisando. Me agaché para rescatarlo solo para conseguir que me propinara un golpe en la nariz que me hizo ver las estrellas. Pero yo no podía parar de reír. El muy cafre me hacía feliz y no se daba cuenta. Era como si estuviera fabricado para mí. Una edición limitada de persona, hecha especialmente a mi medida.

-Hola, me llamo…

-Perdón, tengo prisa. Siento haberte golpeado, perdona ¿eh? Perdona

Y, al intentar alejarse, tropezó con la papelera y la tiró al suelo.

“Te tengo calado, jovencito –pensé mientras afinaba mi mirilla-tú no te me vas a escapar, amiguito”.

Y entonces terminó la carrera. La pieza se me escapaba y yo no podía consentir eso. No lo permitiría nunca. Conseguí acercarme al primer aprendiz de Casanova que localicé. Ya le tenía estudiado también. Un personajillo muy pagado de sí mismo, que me entró en cuanto vio que, si se esforzaba un poquito, podía verme las braguitas a través de la faldita que me había puesto.

-Qué bien te ves, nena –me indicó el aprendiz de ligón-¿te ha dicho alguien que estás muy buena?

Todo un as para acaramelar a una mujer.

-Muchas gracias, esto,…

-Javier, mi nombre es Javier.

-Encantada Javier, mi nombre es Lucía- le respondí acercándome mucho a él. Lo suficiente para que notara la dureza de mis pechos.

-Y dime Lucía ¿te apetece venir a una fiesta?- ¡misión cumplida! me dije- algunos chicos de la facultad hemos alquilado una nave para celebrar el fin de curso.

-Siempre y cuando prometas que me vas a acompañar- le respondí mientras le guiñaba un ojo-

-Nena, para separarme de ti tendrán que escaldarme con agua hirviendo

A veces me sorprende lo fáciles que son los hombres. Se les da un poco de palique, algún que otro roce mínimo, una risa, un leve toque y ¡zas! Atrapados.

Me llevó al local de marras y allí apareció mi osito grandullón.

-Por ahí viene Mariano… que en paz descanse., Je, je, je –rió su estúpida broma-

No me importó yo solo quería acercarme a é, y ya lo había conseguidol.

La mayor aventura de mi vida fue conocerle, tratarle, amarle. Descubrir su cuerpo, sus dedos, sus ojos, su lengua, su boca, su espalda.

Desearle tanto, a todas horas, en todo momento. Me sentía como si fuera una figura de plastelina que él moldeaba a diario. Era atento y sensible, su cuidado era casi devoto, destilaba ternura y cariño en cada uno de sus gestos.

Hacer el amor con ese hombre fue mi primera constatación de que la felicidad existía. No era algo imaginario, como una especie de isla desierta o un lugar por el estilo. Estaba ahí, junto a mí, encarnado en la figura de Mariano.

No sentía ningún pudor cuando estaba con él, mi entrega era total, quería que me poseyera, darme a él y adoraba sentirlo dentro de mí. Me desnudaba ante él, a veces con prisa, a veces despacito pero siempre con deleite. Era como un ritual, una danza que podía prolongarse durante un tiempo o ser rápido y fogoso.

No teníamos límites espacio-temporales. Cualquier sitio era bueno, cualquier momento era adecuado. Solo quería poseerle y que me follara, bien follada. Para apretujarme a él, pegadita a su torso mientras sentía su miembro horadando a veces mi sexo, a veces mi culito, sesiones que acababan en derrames mutuos. En mi cara, en mi coño, en mi culo su esencia. En su boca, en su mano, en su polla la mía.

No sé si era perversión, depravación, lujuria o, más sencillo que todo eso, puro arrebato sexual. De hecho, fue tal la pasión que dejé de tomar cualquier método anticonceptivo.

En mi delirio me daba lo mismo quedarme embarazada de él, me era totalmente indiferente la vida que pudiera tener. Buena, mala o regular, si él estaba conmigo sería llevadera. No importaba ni el dinero, ni el trabajo, ni la casa, siempre y cuando me entregara su calor, su sonrisa.

Me quedé embarazada y nos casamos. No pasó un año antes de que naciera Vanesa.