La Dulce Sara llega a la oficina (6)
Samuel cree ser el único que ve la verdadera esencia de Sara, una mujer atrapada en un escándalo que él intenta controlar desde las sombras. Pero cuando la verdad sobre su pasado y sus deseos estalla, la línea entre protector y verdugo se desdibuja, revelando una adicción que Samuel nunca imaginó.
(Sexta parte)
El galimatías que se había instalado en mi cabeza era inmenso. Daba vueltas a la sopa de la cena con la cuchara, con la mirada perdida y la mente dispersa, sin prestar la más mínima atención a la conversación que me ofrecía mi esposa. Ella me hablaba de las letras de la televisión nueva y la futura reforma de la cocina, yo asentía con la cabeza y el estómago revuelto por los nervios vividos durante el día. Aquella noche cenábamos solos porque mis hijos, ya adolescentes, tenían planes mejores que compartir un rato con sus padres (hasta ahí llegaba la tristeza de mi rutina en casa y la falta de motivación). Mientras aumentaba el volumen del televisor con el mando a distancia mi mujer me llamó la atención:
Esposa Samuel- "¡Eh!, te estoy hablando, ¿no me escuchas?"
Yo- "Sí, ya te he escuchado, diles que sí"
ES- "No sabes ni lo que te he preguntado, ¿Qué demonios te ocurre?"
Y- "Te he dicho que sí, que le digas a los albañiles que sí, joder"
ES- "No sé dónde tienes la cabeza pero no me gusta ni un pelo"
Y- "¿Pero qué coño dices? Quiero escuchar las noticias y no paras de taladrarme la cabeza"
ES- "Estás de un imbécil que no te aguanta ni tu madre"
Y- "A mí no me hables en ese tono ¿eh?"
ES- "Llevas tiempo que no escuchas, llegas cada vez más tarde de trabajar, te vas de viaje y me avisas dos días antes..."
Y- "Pero, ¿Qué quieres que te cuente? si solo hablas de gastar dinero y de chorradas, de algún sitio tendrá que salir el dinero para pagar tus caprichos. Cada día tienes uno nuevo"
ES- "Bah, pero...pero (dudó con una pausa) si hace más de un mes que ni me tocas, ¿te has vuelto marica o qué?"
El tono jocoso e inquisidor de mi esposa fue la gota que colmó el vaso de mi paciencia. Sus palabras me dolieron e instintivamente hice algo terrible, dando un manotazo al plato de sopa que casi ni probé. El caldo caliente terminó desparramado por la mesa y milagrosamente el plato no se convirtió en un reducto de cristales. Me levanté y minutos más tarde escuché un portazo que llegaba desde la habitación de matrimonio. El ruido fue atronador, de esos que llevan mensaje oculto sin necesidad de explicación. Aquella noche no dormiría con mi esposa y lo peor, y quizá más sorprendente: no era lo que más me preocupaba. En la soledad del sofá en el que intentaba cerrar un día de pesadilla advertí cosas. Mi matrimonio no daba para más y lo ocurrido simplemente era la consecuencia de muchos hechos, puede que ella no se hubiera comportado de la mejor manera conmigo en estos años pero indudablemente, yo había cambiado demasiado en los últimos meses.
Estaba roto y me sentía traicionado por otra mujer. Despechado e impotente, y sin darme cuenta desplegaba mi ira con la madre de mis hijos. No podía sacarme de la cabeza lo que Alberto me había contado sobre Sara y Hugo, era absolutamente estúpido darle vueltas a algo que no podía controlar y sin embargo me tenía invadido de tristeza. ¿Valía la pena? ¿En qué me había convertido? Yo mismo me respondí autocensurándome: me había convertido en un auténtico pajillero enamorado, un salido asqueroso y celoso que parecía haber descubierto la sexualidad y la atracción verdadera gracias a Sara. Y dentro de mi paranoia, de los problemas en casa y el daño que a mi juicio me había hecho Sara, no podía parar de desearla y esperar a que llegara la mañana siguiente para volver a verla. Masturbarme se había convertido en mi vía de escape para aguantar la situación durante los últimos meses. Lo que empezó siendo casi un juego se convirtió en algo compulsivo, pero a la vez increíblemente placentero y liberador. En el sofá del salón volví a hacerlo pensando en Sara, y lo reconozco, me excité y me dio morbo imaginarla en mi cabeza recibiendo embestidas de Hugo. Siendo penetrada y corriéndose como una perra, al igual que me corrí yo con esas imágenes simuladas en mi cabeza. Tras eyacular volvió el sentimiento de culpa y el odio que empezaba a generar hacia muchas personas, sobre todo hacia mí mismo.
Aunque pueda parecer que había perdido la cabeza por completo y todo me daba igual, no era así. En mis momentos de equilibrio era consciente de lo que estaba haciendo, del riesgo que suponía mi actitud y de lo débil que era en el fondo. Quería a mi esposa pero en los últimos meses me había dado cuenta que no la quería de la manera en la que pensaba, o que las convenciones y yo mismo me habían impuesto. Durante esa semana traté de centrarme en el trabajo, desviar mis pensamientos negativos e intentar ordenar algo que se me había ido de las manos. Sin duda se me notaba preocupado, distante, con cara de descansar poco y visiblemente afectado. De Sara qué puedo decir que no podáis imaginar; ella estaba tan radiante, eficiente, atenta con los clientes y atractiva como siempre. Por supuesto, siempre pendiente de que no me faltara ningún detalle en el despacho y tuviera todos los documentos ordenados, así como las agendas.
Sara- "¿Se puede?" (Preguntó, asomando la cabeza por la puerta del despacho)
Yo- "Sí, Sara. Pasa, por cierto, gracias por anularme la cita con los ingleses. Hoy no estoy para nadie"
S- "Nada, si están encantados con la oferta. La semana que viene te reúnes con ellos y lo cierras, no han puesto pegas. Mira lo que te traigo, que te veo bajo de fuerzas: Café bien cargadito con leche condensada, ¡Mano de santo en días difíciles!" (Dijo ella, con la simpatía y cariño que solía demostrar. Ya sé que a estas alturas del relato algún lector puede pensar que lo de la leche condensada tenía doble sentido y mis hormonas se dispararon, pero esta vez ni las intenciones de Sara iban en esa dirección ni mi mente estaba para sacar el lado lujurioso habitual)
Y- "Uy, ¡Gracias! No tenías que molestarte, me vendrá bien seguro"
S- "A ver, te lo debía, que en Roma me salvaste tú de las ojeras con el café y las aspirinas, jaja" (Hizo ademán de guiñarme el ojo y se retiró a su mesa, dentro de mi estado depresivo Sara logró sacarme una sonrisa. Esa tarde aproveché para exprimir la jornada al máximo y cerré el despacho casi a las nueve de la noche, esta vez en soledad absoluta. Justo antes de salir recibí una llamada de Oriol, un antiguo compañero de batallas. Oriol era catalán pero casi había pasado por todas las delegaciones de la empresa, ahora estaba destinado en Zaragoza aunque nuestro contacto era semanal. También era de aquellos que casi pueden considerarse amigos y con los que te podías tomar un par de cervezas en confianza).
Oriol:- "¡Qué pasa fiera!"
Yo:- "¡Hola crack! Aquí saliendo de la oficina, algunos trabajamos, no como otros vividores" (Tras las típicas bromas y resolver unas dudas que tenía, la llamada alcanzó otros tintes. No había duda de que Oriol desconocía por completo mi atracción por Sara y por ello su tono se decantó más por el chismorreo coloquial que por otros derroteros)
O- "No sabes lo que te tengo que contar, te vas a caer de la silla si estás sentado"
Y- "Dime"
O- "Es sobre la Sara esta, la rubita esta que te han mandado a tu oficina, que por cierto está bastante rica. Vas a flipar. Tú conociste a Hugo, ¿no? el que está en Zaragoza, el cerebrito contable.
Y- "Sí, lo conocí en Roma" (Yo disimulaba pero me olía por dónde iban los tiros).
O- "Pues el cabrón se calzó a la Sara en el viaje, ¿Cómo te quedas? jajaja"
Y- "Pues no sabía" (Mi mezcla de indignación, disimulo y odio por Hugo se entremezclaban)
O- "A ver, que yo hubiera hecho igual. Se ve que se le puso a tiro y el cabrón no perdonó, menudo crack está hecho Hugo. Va a llegar lejos en todo, jaja, ¿Ves tío? lo que siempre te digo, tenemos que estar más avispados porque estos jóvenes vienen pegando fuerte. Y menuda guarra la Sara, átala en corto que esa se nos va ligándose a la competencia, vaya suelta, jaja.
Las palabras de Oriol me sentaron como un navajazo pero en su tono se percibía que eran en confianza de amigo, de nuevo demostrando la inocencia infantil que tenemos algunos hombres cuando hablamos de estas cosas. Pero me dolieron, me dolieron por mi situación y especialmente por Sara. La estaba calificando como una zorra y lo peor es que los rumores ya se habían extendido demasiado, me dio la sensación de que se había convertido en el hazmerreír de la delegación de Hugo y el blanco de todas las burlas sexuales de un puñado de hombres aburridos. No me pareció justo y por ello no seguí demasiado las gracias a Oriol, estaba muy cabreado aunque tampoco tenía ganas de enemistarme con él. Si había alguna duda ya quedó disipada, Hugo y Sara tuvieron una relación sexual en Roma, y si quedaban dudas sobre la categoría moral de Hugo también la incógnita se había despejado: se trataba de un gilipollas machista sin ningún pudor ni respeto. Había aireado su aventura con una mujer casada despreciándola y señalándola, convirtiendo en proeza el haber engatusado a una compañera. Pero, ¿Qué habría contado exactamente Hugo? Porque lo cierto es que aquella noche yo fui el nexo de unión entre Sara y él, ¿Sería tan despreciable de haberme querido humillar a mí también? Por las palabras de Oriol quedó claro que Hugo se guardó muy bien dejarme al margen (al fin y al cabo conocía mi poder en la empresa).
Sentí pena por Sara, por mucho que hubiera hecho, por mucho que la deseara y yo no fuera correspondido; una mujer no merece eso como respuesta a dar rienda suelta a su desenfreno sexual. Me sentí avergonzado al comprobar que a ojos de todos la dulce Sara era la mala y el misógino y sucio de Hugo el héroe de la historia.
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Eran las 12:30 del mediodía y Sara trabajaba sin descanso en su mesa desde primera hora. Atendía llamadas, mandaba correos, anotaba apuntes y parecía tener cuatro manos en lugar de dos. Esa mañana estaba preciosa, con un look de lo más juvenil y morboso que me ruborizó nada más verla: Jersey negro, falda escocesa, zapatos blancos de tacón y el pelo anudado con dos coletas que le daban aspecto de colegiala. Su perfume embriagador y permanente sonrisa podrían atraer a cualquiera, cómo no perder la cabeza ante una mujer así, cómo no perdonar sus deslices o simplemente no sentirse afortunado por tenerla cerca. Es posible que pecara de poco orgullo, pero las palabras de Oriol y las burlas que suponía que estaría sufriendo Sara a kilómetros de distancia me dolían. Sobre todo al imaginar que ella no sospechaba que esto estaba ocurriendo (evidentemente me equivocaba ya que ella ya había sido informada de las indiscreciones de Hugo, y como mujer inteligente que era, deducía perfectamente el escenario en el que se movían aquellos hombres aburridos, hambrientos de sexo y sin escrúpulos a la hora de señalar a una fémina casada). Me acerqué a su mesa:
Yo- "Te faltan manos, Sara. No llegas a todo"
Sara- "Jajaja, sí sí. Vaya mañanita"
Y- "Venga, para que te invito a un café"
S- "Que va, si mira todas las llamadas que tengo pendientes" (Dijo, enseñándome su libreta)
Y- "Como quieras, pero las llaves las tengo yo y aquí te quedas. Cierro y luego igual no vuelvo" (Contesté de manera cariñosa)
-S- "Está bien, un Kit Kat, pero corto ¿eh? que esperan mi llamada"
Y- "Ay, que no te van a despedir si dejas trabajo para mañana ¿eh?"
S- "Jajaja"
De camino al bar en el que solíamos tomar café me sentía un privilegiado por ir acompañado de Sara. Solía ocurrirme pero ese día lo sentí especialmente. El viento zarandeaba ligeramente sus coletas perfectamente peinadas, levantaba su falda al tiempo que coquetamente ella la devolvía a su sitio, y el ruido de sus tacones en cada paso convertía el camino en placer para los sentidos. Normalmente los hombres casados no queremos ser vistos con mujeres guapas aunque sean compañeras, nos invade una especie de miedo y temor a ser descubiertos; que piensen mal de nosotros, que crean que tienes un lío o simplemente piensen que estás intentando ligar con una hembra demasiado superior para lo que tú puedes aspirar (A mí siempre me había ocurrido algo así). Pero con Sara era distinto, quizá por mi enamoramiento extremo, mi vanidad de macho se llenaba caminando al lado de esa muñequita convertida en mujer. Me encantaba caminar o sentarme a su lado y que la miraran con deseo, incluso disfrutaba cuando un hombre no tenía más remedio que girar la cabeza para no perder detalle de su paso. Nos sentamos y Sara cruzó sus piernas, pedimos los cafés:
Yo:- "Como sigas a este ritmo te vas a hacer con el mando de la empresa, ya manejas más información que muchos delegados" (Dije, para romper el hielo)
S- "Qué va, yo estoy muy contenta en la oficina. Y además, tampoco quiero más responsabilidad ni la necesito económicamente. Si fuera de otra manera igual optaba a los puestos de la central, pero ni me lo planteo"
Y- "Ya, supongo que también te gusta tener tiempo para ti y tu familia"
S- "Exacto. Y bueno, no sé si te lo he contado alguna vez, pero va...te lo digo, que estamos en confianza. Mi marido está forrado, y cuando digo forrado te aseguro que es mucho dinero. No lo digo por ser presuntuosa pero es así"
Y- (Nunca había hablado de ello, lo cierto es que en el último año Sara había sido muy discreta en este tema) "Bueno, no lo sabía pero lo intuía, siempre vas vestida con ropa de marca que debe ser bastante cara. Las gafas, el coche, etc. Eso se nota, y nuestro sueldo es bueno pero no da para tanto, jaja"
S- "¡Sí que te fijas!"
Y- "No, no, no me entiendas mal..." (contesté algo ruborizado y nervioso por si la había ofendido)
S- "Sí, sé lo que dices. De hecho él no quiere que trabaje, dice que por qué tengo que tener estrés o quebraderos de cabeza. Discutimos bastante por ello, bueno, en realidad no discutimos demasiado ya que siempre está fuera jaja. (Sara reía y yo no podía dejar de mirarla como un tonto mientras me hablaba de sus cosas. Sus piernas y el movimiento que hacía con sus pies jugando con los zapatos blancos de tacón mientras tomábamos café me estaban poniendo enfermo).
S- (seguía hablando) "Pero yo siempre he sido independiente y me gusta ganar mi dinero, seguir mi trayectoria, de hecho nos mudamos de ciudad porque yo no quería renunciar a crecer y él lo aceptó"
Y- "¿No os veis demasiado durante la semana?
S- "Normalmente no. Pero esto ha sido siempre ¿eh? eso sí, los findes solemos hacer excursiones, ir a la montaña, escapadas, etc"
Y- "Ah, qué bien" (Yo me hacía el loco intentando disimular que sabía perfectamente de esas excursiones por sus redes. Si ella supiera la de pajas que me había cascado viéndola con ropa deportiva, deleitándome con su culo y sus piernas, ampliando sus fotos y corriéndome como un animal...si lo supiera se me caería la cara de vergüenza. La tenía tan monitorizada que podría preguntarle por sus escapadas de los últimos años gracias a las publicaciones que subía. Pero evidentemente no lo hice. Eso sí, mirándola y escuchando lo que me contaba me estaba poniendo muy cachondo e incluso con más valentía de la habitual)
Y- "A veces es mejor tener tu espacio, en pareja digo. La convivencia es difícil y con los años el roce del día a día puede crear problemas" (Inconscientemente estaba intentando dar pie a que ella me preguntara por mi matrimonio. Se lo estaba poniendo en bandeja ensalzando las virtudes de que ella no viera a su marido, pero la Dulce Sara fue más cauta y prudente de lo que pudiera imaginar. Lo hizo por educación pero a mí me resultó decepcionante y cortante)
S- "Sí, cada relación es un mundo. Oye, hay que volver que esperan llamada mía en Manchester y ya sabes cómo son los ingleses con la puntualidad. No querrás perder el contrato que nos va a arreglar el mes jaja"
Volvimos a la oficina. Y en mi caso lo hice paseando con Sara con el mismo orgullo con el que habíamos salido pero con un calentón exagerado. Ella volvió a la mesa y siguió cumpliendo con su agenda, yo tuve que ir al aseo y me masturbé para aliviarme; no podía más. Podría haberlo hecho mirándola por el cristal de mi oficina, pero mi lealtad y el cariño que tenía por Sara triunfaron esta vez sobre la lujuria. No lo pude evitar y lo admito, tuve que pajearme con ella en el aseo de la oficina pero esta chica era mi sueño en todos los sentidos; una princesa capaz de abortar todos los sentimientos de ira o venganza que pudiera tener.
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(Una mañana de esa misma semana en Madrid)
Sara terminaba de arreglarse y cogió las llaves del coche para encaminarse a la oficina. Entonces su movil vibró: era un mensaje de Alberto en el whatsapp:
"El otro día tuve que contenerme demasiado, estuve muy cerca de cometer una locura. No lo hagas otra vez, por favor. El pasado es historia y solo me preocupo por ti"
Sara conducía con esas palabras fuertemente clavadas en su conciencia, aceleraba en la autopista y sus pensamientos le llevaban inevitablemente a un pasado al que estaba muy ligada. A su pasado, porque así era ella para bien o para mal; así sentía y deseaba, así vivía lejos de la impostada estampa que comulgaba con lo teóricamente correcto. Apretó todavía más el pedal del acelerador de su potente vehículo, esta vez era ella la que se sentía incomprendida y despreciada. Como tantas veces. Dolida y avergonzada (pero no sorprendida), por su mente aparecían las frases que seguro decían de ella. Improperios y calificativos de personas que no la conocían, que ni siquiera habían hablado o trabajado con ella, pero que sin embargo se atrevían a juzgarla. Hombres a los que Sara esquilmaría su verborrea con solo un gesto, una mirada o un cruce de piernas; a estas alturas Sara conocía a la perfección su poder y la capacidad de seducción femenina. Le escocía que Hugo hubiera roto un pacto, bueno dos. Por un lado la traición y humillación que suponía para su prometida el haberle sido infiel meses antes de la boda, no lo juzgaba por ello, pero sí porque estuviera orgulloso de haberlo hecho ya que era imposible no empatizar con una mujer engañada (lo razonable sería tener un punto de arrepentimiento).
Por otro, y menos importante, la desfachatez de burlarse de una mujer adulta que esa noche se lo había dado todo. Que le hizo gozar como no habría imaginado nunca y que se entregó y ofreció su cuerpo compartiendo algo que ambos deseaban. No le juzgaba por golfo o por infiel, Sara ya había superado esa fase del insulto y la descalificación sencilla. Los actos de cada uno tienen una motivación de fondo y a estas alturas ella no era nadie para dar lecciones de moral. Se sentía traicionada porque Hugo no hubiera entendido algo tan sencillo como el respeto o los códigos básicos. Nada nuevo, Sara no odiaba a los hombres ni nada parecido; los comprendía, sabía que no todos eran iguales y a la vez los deseaba en ocasiones, los necesitaba ¿Era algo tan complicado de entender? Solo pedía el mismo respeto para ella que la sociedad le demandaba tener con ellos.
Llegó a la oficina y esta vez sus demonios sí impidieron que fuera la Dulce Sara de siempre. Samuel lo notó, y es que, los dos habían desarrollado un sexto sentido que permitía notar cuándo las cosas no marchaban con normalidad. Suele ocurrir en muchos trabajos, la fuerza y las energías de los cuatro tabiques, ¿a nadie le ha pasado? Cuántas parejas han surgido entre personas que no se atraían en un principio, y cuántos matrimonios se rompieron por el simple hecho de que una de las dos partes pasó demasiadas horas con un compañero. Al final pasamos el mismo tiempo en el trabajo que en casa, y a veces conocemos las reacciones y pensamientos de nuestros infatigables socios o asistentes mucho mejor que a nuestra propia familia. Eso le ocurría a Samuel, quién percibió una luz de alerta y por primera vez, sacó de dentro lo que siempre se habría esperado de un hombre enamorado.
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El teléfono de Alberto sonó y era Samuel (Tras las primeras frases de rigor fueron al grano)
Samuel: "Mira Alberto, he estado pensando en lo que me contaste el otro día y el tema se ha ido de las manos"
Alberto: "¿El qué?"
S- "Lo de Sara"
A- "Ah. Mira, si quieres que...."
S- (Samuel cortó de raíz con tono serio) "No quiero ningún cambio, no me quiero marchar de esta oficina y mucho menos quiero que toques el puesto de Sara. Quiero que te cargues a Hugo, ¡Hoy!"
-A- "A ver Samuel, tranquilízate. Sabes que el chico es muy valioso, las cosas no se hacen así"
S- "Ha faltado el respeto a una compañera, se ha saltado unos códigos que nunca deberían ser tolerados en esta empresa. Es más, creo que es algo delictivo ya que ha humillado sexualmente a una mujer exponiéndola públicamente, ¿te parece poco? ¿Sabes cómo está Sara? ¿Quieres que te diga lo hundida que está?" (exageré, con la ignorancia propia de quién se cree sabedor de la verdad y desconoce que su interlocutor conoce mucho más del asunto que él mismo. Evidentemente Alberto sabía más de Sara que el envalentonado Samuel).
A- "Mira, vamos a estudiar el caso. Intentaré que se abra un expediente pero tampoco a Sara le interesa que el tema se airee demasiado, ahora es una cosa que está por las delegaciones de Zaragoza y en dos meses se ha olvidado. Hazme caso. Si llega arriba tendremos lío gordo"
S- "Quiero que despidas a Hugo, y si no lo haces seré yo el que presente mi carta de renuncia"
La conversación había adquirido tintes un tanto inesperados y casi surrealistas a ojos de Alberto, quién también estaba desbordado por la obstinación de Samuel y el hecho de que él también tenía una historia oculta con Sara. Alberto explotó tratando de salvar la situación:
A- "Mira Samuel, me estás hablando así porque estás encoñado. Despierta, tu matrimonio se va por la borda y no te das cuenta"
S- "Sé muy bien lo que digo, y creo que como alguien importante en la empresa que eres no debes permitir estas cosas"
A- "Pero yo no puedo tomar decisiones por asuntos personales o celos" (Alberto estaba acorralado), "Tú mismo me reconociste que te habías enamorado de Sara, creo que lo mejor es un cambio de aires. Hazme caso tío, cógete unos días. No te preocupes por nada, de verdad. Olvídate de Sara, agarra aire, ya verás como la distancia te viene bien"
S- "Creo que no me has entendido. Voy con todo. Mañana os presentaré mi carta de renuncia, espera a que hable con mi abogado, he querido ser razonable pero veo que quieres mantener a Hugo"
A- "¡Joder! qué difícil pones las cosas. ¡Samuel! te he querido advertir desde el primer momento y no escuchas. Hostia, no escuchas a nadie. Sara tiene un problema y es un problema grave".
S- "¿Qué le pasa?" (a Samuel se le encogió el corazón)
A- "No son cosas para hablar por teléfono"
S- "Dime qué le pasa o me planto en la central ahora mismo y te monto un pollo, ¿Qué le pasa a Sara?"
Los segundos de silencio solo eran interrumpidos por los latidos del corazón de los dos. Pero acorralado, Alberto no tuvo más remedio que hablar y confesar:
A- "Sara es una adicta, a muchas cosas. No tiene control, pero principalmente al sexo. Sara es ninfómana"
Continúa en
- Relato #192034— title-regex: contiguous parts (5 -> 6)
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