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El verano de la mujer infiel (extracto 6)

Lucy tiene media hora antes de que su novio la espere. En el parking, bajo la mirada de nadie, la joven promete vaciarlo todo para que él no sufra. Pero el asco es más fuerte que la promesa, y lo que empieza como un juego de deseos termina en una prueba de resistencia física y psicológica.

Abel Santos8.5K vistas8.2· 9 votos

De muy mala leche me volví a la disco, directo a la barra para pedirme una nueva copa que me ayudara a pasar el mal trago. Mi mesa la había ocupado alguien, así que tenía que elegir entre pelearme con los ladronzuelos o acomodarme en un taburete. Elegí lo segundo.

Según me acercaba a la barra, divisé a Lucy de nuevo. No podía ser casualidad, pensé. El destino debía de querer endulzarme las penas que me había producido el desplante de Sonia.

La muchacha se encontraba sentada entre un grupo de chicos y chicas de su edad, justo al lado del novio con aspecto de «boxeador» que no le pegaba para nada.

—Joder, está cuadrado… —me dije tragando saliva—. A ver si va a ser verdad que el tío es cinturón negro.

Tan absorto me encontraba que no me percaté de que me dirigía directamente hacia Lucy sin, en realidad, pretenderlo. Pero ella sí que se dio cuenta. Y comprendió que aquella sería la mayor gilipollez del verano. ¿Qué iba a hacer? ¿Llegar a su lado y decirle: hola, nena, pasas de tu novio como la otra noche y nos vamos por ahí a follar?

No, joder, no podía hacer eso. Me estaba jugando mi vida y la reputación de la chiquilla.

Solo caí en la cuenta de lo que estaba haciendo cuando la vi saltar del asiento sin mirarme y salir disparada hacia la barra. La seguí sin ningún disimulo y en pocos segundos estábamos uno al lado del otro. Ella fingiendo llamar la atención del camarero y yo a medio metro detrás.

—¡Échate a un lado y no me mires…! —casi gritó sin mover la boca y con la cabeza a medio girar—. ¡Disimula, haz como que pides una copa!

Hice lo que me pedía y tomé el puesto de un tipo que acababa de largarse.

—¿¡Cómo se te ocurre venir sin avisar!? —exclamó cabreada.

Lucy movía la cabeza a un lado y a otro, simulando ir a la caza de un camarero, y solo hablaba cuando miraba hacia mí.

—Joder, Lucy, ¿no puedo venir a tomar una copa a mi disco favorita cuando me salga de las pelotas?

—Sí, «querido» —recalcó la palabra y me sonó a insulto—, pero lo que no puedes hacer es lanzarte hacia donde yo estoy… ¡con mi novio al lado…! ¿Se te ha ido la pinza? Además, muchas de mis amigas ya te conocen. No veas las risitas que han intercambiado al verte llegar como una locomotora. ¡Te he dicho que mi novio es cinturón negro! ¡Que vamos a acabar los dos en urgencias, so bobo!

Conseguí que me hiciera caso una camarera de pelo corto y le pedí una cerveza. Lucy pidió otra y yo pagué las dos.

—Tranqui, ya me voy… —dije algo agobiado, aquella noche iba a terminar de solateras, me gustara o no.

Fui a dar un paso atrás, pero ella me retuvo sin siquiera mirarme.

—Espera… —fingía luchar con la gente que se acumulaba en la barra para poder salir—. ¿Quieres que nos veamos en el baño? Quizá podamos hacer algo rápido…

No me lo pensé ni un segundo.

—Por mí, vale…

—Pues vete para allá y pilla un cubículo, voy a excusarme con mis amigos y llego en cinco minutos. Pásame el número de cubículo por wasap.

—¿Número de cubículo…? —no me lo podía creer, ¿los cubículos de aquel bar estaban numerados? Eso era nuevo para mí, nunca me había fijado en el detalle.

—Pues claro… —dijo antes de marcharse—. Justo para poder quedar como tú y yo ahora… ¿Qué te crees, que somos los únicos que follamos a escondidas…?

*

Mi primera intención fue meterme en el lavabo de las chicas. No quería exponer a Lucy a una manada de salidos en el baño de los tíos. Los muy cerdos la destrozarían antes de que llegara a la puerta del cubículo que pensaba pillar.

Aunque no había previsto lo que me iba a encontrar: el lavabo femenino se hallaba petado, así que se me congelaron las intenciones. ¿Cuánto podían mear las mujeres para montar una fila semejante? Bueno, no solo mear, supuse. También estaba lo de recomponerse el colorete, cambiarse de tampón… y esas cosas.

Cambié de opinión contra mi voluntad y me dirigí al baño de los chicos, que se hallaba en un pasillo más cercano al de los reservados. En este caso no había cola, pero al entrar un olor a vómito me echó para atrás.

—¡Cerrado! —dijo la voz de una señora de no menos de cien años—. Aquí han vomitado una manada de elefantes y tengo para media hora.

Me desinflé por completo. ¡Menuda noche llevaba! Era de las de enmarcar.

Cuando salía con cara de decepción, me encontré con Lucy, que llegaba casi a la carrera.

—¡Tenemos media hora, ni un minuto más!

—Lo siento, cielo… Pero en los baños no hay forma…

—Jooo… —se quejó como una cría dando una patada contra el suelo—. Con las ganas que tengo de estar a solas contigo…

Miré hacia todos lados y, al no ver a nadie conocido, le hice una carantoña en la mejilla.

—Otra vez será, no te preocupes…

—¡Espera! —me sorprendió verla tan decidida—. ¿Has venido en coche?

—Sí —me lamenté—, pero en el de un amigo... Y lo tiene ocupado con un ligue que se ha echado hace un rato… ya sabes…

Le hizo gracia mi comentario y me sonrió con su sonrisa de ángel.

—No importa —replicó—, voy a conseguir las llaves del coche de una amiga. Vete al parking. El coche es un mini rojo y está al final del aparcamiento, bajo unos árboles. Te sigo en dos minutos.

Encontré enseguida el vehículo, que hacía honor a su nombre por el tamaño: «mini». Y solo tuve que esperar unos segundos por Lucy. Venía a la carrera y jadeando.

«Vaya, viene con ganas la muchacha», pensé.

Nos situamos en la parte de atrás, volcando hacia el parabrisas los asientos delanteros. Apenas había cerrado su puerta, la tomé de los pelos y de un tirón acerqué su cara a la mía.

—¡Qué sepas que no me ha gustado como me has hablado antes en la barra! —la espeté—. ¡A mí me muestras respeto! ¿Te enteras?

Quizá el modo «Santi» se me había ido de las manos, pero no me arrepentí.

Lucy se me quedó mirando aturdida. El tirón de pelo tenía que haberle dolido por su gesto de malestar. Luego, poco a poco su sonrisa fue creciendo y entonces saltó sobre mí.

—¡Eres un cabronazo…! —me medio gritaba mientras me comía la boca y se desabrochaba la blusa—. Pero eres mi cabronazo… no puedo evitarlo…

Su mano se había apropiado de mi entrepierna y me la sobaba con ansia.

Yo hacía lo mismo con sus tetas y me esforzaba en recogerle la falda por detrás para que su culo quedara al descubierto. Al fin lo conseguí y le apreté las nalgas hasta el punto del dolor.

—Ay… joder… Dany… qué manía tienes con apretarme hasta que duele…

—Te aprieto como me sale de los huevos… ¿te enteras…? Para eso eres mía…

—De eso nada… soy de mi novio… Si te dejo tocarme es porque me das pena.

Le arreé un cachete en el culo y ella volvió a quejarse.

—¡Ay…! ¡Cabronazo…!

Sin embargo, volvió a meterme la lengua en la boca, que esta vez le rechacé chulesco.

—¿Qué has dicho?

—Que eres un cabronazo…

Me entró la risa.

—Mira que te doy otra…

Lucy no parecía cortarse por mis amenazas.

—¡Vale, dame otra si te atreves…!

—¿Solo otra?

—¡Las que quieras, joder…! ¡Pero abre la puta boca…!

Me lamía la cara como yo le había hecho a ella en el lavabo del reservado unos días atrás. Se notaba que estábamos sobrepasados por las ganas que nos teníamos.

Poco a poco, el primer golpe de ansia mutua fue aflojando. Lucy se bajó de mis piernas para poder erguir la cabeza, que en el mini golpeaba el techo cuando estaba encima, obligándola a inclinarse.

—¡Vaya mierda de coche! —se quejó.

La tomé de la barbilla, le sujeté la cara y, con un arrebato postrero, le dije jadeando:

—Hoy sí que voy a follarte a gusto, zorrita… ¡por fin!

Dio un respingo y se alejó de mi unos centímetros.

—Eeeh, para el carro… eso ni de coña… —espetó con cara de susto—. Lo de follar hoy tampoco va a poder ser…

—¿¡Qué…!? —me extrañé y a punto estuve de volver a agarrarla del pelo. Pero ella, atenta a mis manos, se zafó y puso sus piernas entre los dos por encima del asiento.

—Pues eso… imposible… pero te lo puedo explicar…

—Pero, Lucy… por dios… mira como tengo las pelotas… ¿Tú crees que me puedo volver con esto a casa? ¡Joder, que se me van a gangrenar!

No mentía. Tras lo que había pasado unos minutos antes con Sonia y el magreo con Lucy de ahora, necesitaba descargar o iba a reventar.

La chica extendió las manos en son de paz y trató de explicarse.

—Verás… es que esta noche voy a dormir con mi novio. Y me van a caer dos polvos y una chupada de coño por lo menos. Más que nada porque a mi chico le gusta bajar al pilón para ir calentando, ya sabes… y…

—Al grano, Lucy, por tu padre…

—¡Pues que mi novio tampoco es tonto! Y si me follas ahora, dentro de un rato se va a encontrar con el chochete abierto y se va a mosquear… Así que me tengo que aguantar las ganas… ¡Porque lo de follar contigo mira que se está haciendo de rogar…!

Suspiré decepcionado.

—No, si al final tendré que hacerme una paja…

—Oh, no, cariño… no… —me corrigió con voz mimosa bajando las piernas del asiento y acercando su cara a la mía—. Te propongo una cosa: te la chupo como el otro día… Pero hoy me lo trago todo… te lo prometo… Así te vacías bien para que no te duela…

Carraspeé excitado. Aquello no sonaba mal. Recordé lo cachondo que había estado con Sonia pocos minutos después de haberle llenado a Lucy la boquita de leche en el baño del reservado.

—¿Estas segura, nena…?

Asintió con la cabeza. Aunque su mirada mostraba cualquier cosa menos seguridad.

—Segura… del todo… —tragó saliva con cierta expresión de asco que intentó disimular.

*

Me bajé el pantalón lo justo para que mi polla saliera por completo y ella comenzó a lamerme los huevos sin esperar a que se lo pidiera.

—Ufff, querida… —resoplé—. ¡Cómo la mamas!

—¿Te gusta? —se había venido arriba y había dejado de lamer para sonreírme.

Le bajé la cabeza y se la metí en la boca sin medias tintas.

—Sí, me gusta… —la recriminé—. Pero tú a lo tuyo…

La lengua de Lucy hacía maravillas, pero lo mejor de todo era la mirada lasciva con que me escrutaba los ojos para vigilar mis reacciones. Le encantaba hacerme jadear de gusto. Y yo me deshacía por dentro y por fuera viéndola mamar.

—Joder, que putita eres, cielo… Tan joven y tan zorrón… ¡Cómo me gustas!

Lanzó una risita y me mordió el glande. Mi reacción fue una ligera bofetada que a ella no pareció molestarle.

—Lo siento, Lucy, pero es que lo de morder no vale…

—Es que está tan rica que me la comería entera…

—Joder, que calles y chupes… —fingí enfadarme—. Que nos van a dar las tantas…

Tras un silencio en que pude centrarme en las sensaciones que me producía la felación, comprendí que me iba a correr sin remedio.

—Espera, que ya estoy…

Me incorporé un poco y ella se colocó en posición. Abrió la boca y sacó la lengua. Con los ojos, sin embargo, parpadeaba con temor.

—Los ojos, nena, bien abiertos y sin parpadear… —le recordé situando una mano en su rostro para que acatara mis órdenes.

Me pajeaba con frenesí para que la lefada saliera lo antes posible, y esta no se hizo esperar. Empecé a disparar leche y su lengua y su boquita empezaron a llenarse. Fue de nuevo una corrida de las grandes. Tanto, que me temí que la pobre iba a ahogarse.

Cuando por fin terminé, Lucy cerró la boca y sus carrillos se inflaron como en la primera ocasión.

—No la tragues todavía… —la previne—. Quiero verla primero…

Asintió con un movimiento de cabeza. Se veía que hacía esfuerzos por retener mi lefa en su boca.

—Abre la boquita…

Obedeció mi orden y me la enseñó flotando entre sus dientes y la garganta.

—Ahora… Ya puedes cerrar la boca y tragarla…

Y así lo hizo. O, al menos, lo intentó.

Comenzó a hacer esfuerzos con la garganta, pero las arcadas se sucedían una tras otra. Eran ligeras, pero amenazaban un chorro ingente sobre el asiento. Comprendí que, como sospechaba, me había mentido. Ni mucho menos había superado su aversión al esperma. Había sido solo un bonito deseo por su parte que no iba a poder cumplir.

—¿No puedes? —pegunté preocupado.

Cabeceó afirmativamente y siguió con sus esfuerzos.

—¿Te abro la puerta?

Negó con un nuevo movimiento de cabeza. Pero era su orgullo el que hablaba por ella. Sus carrillos seguían inflados, señal de que la lefa seguía flotando en su boca, incapaz la pobre de convencer a su cerebro de que era una sustancia rica en vitaminas y minerales.

No quise alargar su agonía. Aparte de que iba a poner perdido el coche y la ropa. Estiré el brazo y tiré de la palanca de la puerta de su lado. Lucy, sin perder un segundo, se dio la vuelta y sacó medio cuerpo fuera. Los siguientes minutos se llenaron con una armonía de arcadas, toses y escupitajos. Por fin terminó y volvió a entrar en el coche, cerrando la puerta tras de sí.

—Lo siento, amor… —susurró acobardada—. Te juro que he hecho todo lo posible…

Extraje unos chicles del paquete que solía llevar siempre encima y le ofrecí un puñado. Lucy tomó varios y se los metió en la boca, antes de acurrucarse junto a mí.

La abracé y le di un beso. Me apetecía morrearla, más que nada para que supiera que no sentía asco de su boca con el resto de mis fluidos, pero bajó la cabeza y besé su cabello.

—No te preocupes, cielo… —le dije en un susurro—. Ya aprenderás… Eres muy joven, aún me la vas a mamar muchas veces…

—¿Lo prometes?

—Por supuesto, no creas que te vas a librar tan fácilmente de mí.

Me apretó el torso con sus manos y se acurrucó aún más contra mi pecho.

—Lo que no entiendo es por qué te da tanto asco… —insistí, aunque más por evitar el silencio—. Hay muchas chicas que la tragan sin problemas…

—Ya lo sé, Dany, es que… yo soy un poco asquerosa… No te enfades, ¿vale?

—No, a lo mejor es que yo soy un idiota por forzarte a hacerlo… ¿Con tu novio también te da asco?

Negó con la cabeza. Aunque era una negativa diferente a la que yo pensaba.

—No, a mi novio no le dejo que se corra en mi boca o en mi cara ni de coña… antes lo mato…

—¿Y… lo acepta…? —me extrañé.

—No tiene otra opción… ¡solo faltaría…!

Me sentí culpable, era un puñetero ogro por hacer padecer a aquella chiquilla. Comprendí que el modo «Santi» era para corazones fuertes, y el mío era de mantequilla.

—¿Lo ves? Es lo que yo pensaba: soy un completo idiota… Tienes suerte de que él sea tu novio y no yo… Menudo capullo estoy hecho…

—No te creas… —dijo deshaciendo el abrazo e irguiéndose en el asiento—. Él tampoco es un santo… Incluso hace cosas peores.

—¿Cosas peores? —intenté pensar en qué podía ser peor que una corrida en la boca—. ¿BDSM?

Negó con la cabeza.

—No sé si decírtelo, me da mucha vergüenza…

—Venga, mujer, después de lo que hemos hecho juntos, creo que hay confianza, ¿no?

—Pues es que… —vaciló—. Pues mira, te lo voy a contar, pero no te rías: resulta que al muy guarro le gusta escupirme en la boca cuando se la estoy chupando…

—¿¡Qué…!? —mi sorpresa no era fingida.

—¿Lo ves…? Ni tú mismo te lo crees… Pues ahí le tienes al señorito, que le encanta echarme la saliva en la boca para que luego se la extienda por la polla con la lengua. Y no un salivazo o dos… que el muy cerdo se pasa toda la mamada escupiéndome.

—Joder que asco… ¿y a ti te gusta eso?

—Pues no… Pero es mi novio, qué se le va a hacer… Cada cual tiene sus manías, ¿no? —respondió, y no conseguí entender cómo podía negarse tan categóricamente a una «lefada», pero no a una «escupida».

Joder, pensaba, ¿pero esta cría no era una feminista desatada? Al menos era lo que me había parecido el día que la conocí. Es increíble lo distintas que son las mujeres a solas y lo sumisas con sus parejas en la cama, me decía. Una prueba más de que las teorías de Santi eran realidad al cien por cien.

—¿No te habrás puesto celoso, no? —dijo al verme taciturno.

—¿Celoso…? No, que va…

—Porque tú también puedes escupirme si quieres… —sonreía mimosa poniendo morritos—. A ti también te dejo…

Una nausea me subió por el esófago.

—¿Escupirte? —gruñí—. Ni de coña, eso es una guarrada…

—¿Más o menos guarrada que correrte en mi boca…? —bromeó masticando el chicle con su bonita dentadura y, no sabiendo qué contestar, me hice el despistado y cambié de tema.

—Ostras, Lucy… dijiste que tenías media hora y ya han pasado cuarenta minutos… Corre, no se vaya a mosquear tu novio.

Me morreo unos segundos y luego salió a la carrera. Antes de separarnos, con la mano me hizo la seña típica de «llámame», a la que yo asentí con la sonrisa en la boca.

Pero no imaginaba cuan diferente iba a ser nuestro siguiente encuentro en aquel disco bar.

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