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Soy un poco infiel - Capítulo 6

Andrés creía que la traición lo destruiría, pero pronto descubrió que la verdadera tortura no era saberlo, sino verlo disfrutar. Ahora, la línea entre el engaño y el placer compartido se borra en cada susurro a media noche.

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Capítulo 6

Desde que llegó a casa el lunes por la tarde, pude observar que Andrés mantenía un rostro preocupado o quizás pensativo y no fue hasta que nos acostamos a dormir cuando quiso compartir conmigo lo que le rondaba por la cabeza.

-Susi, -comenzó sin añadir el típico latiguillo de cariño que utilizaba siempre que se dirigía a mí-, no he parado de darle vueltas a lo que me contaste ayer.

-No sé, cielo, -le respondí, en mi caso sin abandonar el apelativo cariñoso-, hablamos de tantas cosas.

Otra vez le volvieron los nervios y no atinaba a explicarme correctamente lo que quería plantearme.

-Eso de la crema... la protección solar... ¿Sabes? Esto... que supongo... bueno que le he dado vueltas... estoy seguro que... me imagino que habría algo más... digo que... después de terminar de darte la protección.

Me quedé pensativa y llegué a convencerme que ese podría ser el momento más adecuado para confesarle al menos que esa tarde le fui infiel, en otro momento más propicio le diría que fueron más veces. Sin embargo y sobre la marcha pensé que mejor le daría un pequeño adelanto y ver cómo reaccionaba.

-Ayer no pude terminar de contarte lo que ocurrió en la piscina, ya sabes que tuvimos que dejarlo cuando pasó... eso. -No quise humillarlo describiéndole con más claridad su corrida inoportuna.

-Ya... puedes seguir ahora, si no te importa.

-Cuando terminó yo puse una pierna en el suelo del césped y él aprovechó el hueco que dejé en la hamaca para sentarse, después cogió mi pierna para apoyarla en sus muslos y la siguió acariciando como si siguiera dándome crema solar, si bien, no evitó que parte de mi muslo rozara continuamente su paquete.

Ahí terminé con la descripción de lo ocurrido sin intención de darle más recorrido, tenía que esperar a ver qué decía él. Y la verdad es que en principio lo que quería saber era que más había pasado.

-¿Cómo fue eso? Sigue contándome qué pasó después.

-Te estás cabreando y si te pones así, prefiero no decirte nada más. Te dije que no era buena idea que me enviaras a su casa para estar los dos a solas, pero no, tú querías que pasara algo entre nosotros para seguir alimentando tus fantasías. Otro día te cuento algo más, pero cuando te vea más receptivo.

-¡Más receptivo! Osea, que pasaron más cosas pero tú no me las vas a contar, ¡Serás cabrona!

Esa última exclamación no tenía nada que ver con las que me soltaba en mitad de un polvo, para nada, fue un insulto en toda regla y tenía que tomar una decisión rápidamente antes de que aquello terminara en algo más irremediable y pensé que lo mejor sería largarme al otro cuarto a dormir y sin decir ni media palabra más, aparté la sábana y metiendo los pies en las zapatillas me fui a la habitación de al lado, pegando un buen portazo al cerrar la puerta. Actué como una gran actriz dramática, lo sabía, pero mi llanto no era nada teatral, mi matrimonio se podría estar yendo a pique en esos momentos.

No sé ni cuando pude conciliar el sueño, por supuesto que estuve mucho tiempo intentando oír qué se cocía en nuestro dormitorio conyugal, pero no se apercibía ningún sonido y me despertó Andrés al ver que no me levantaba para irme a trabajar. Cuando bajé a desayunar él ya se había marchado.

Los siguientes días seguíamos igual, no nos hablábamos y yo me iba a dormir al otro cuarto, incluso me llevé ropa del trabajo y otros enseres de uso personal para entrar lo menos posible a nuestro dormitorio.

El jueves por la noche, se sentó a mi lado en el sofá para ver la tele conmigo, estando muy claro que le importaba un comino lo que estaba viendo, quería hablarme pero no sabía como empezar.

-No hablaremos por ahora de lo que pasó allí... -me soltó, refiriéndose por supuesto a lo ocurrido el sábado-, no soporto que nos encontremos en esta situación y te pido disculpas por haberte insultado.

Se ve que lo tenía muy bien preparado, porque no dudó mucho en su manifestación. Yo me encontraba muy triste por todo lo que estaba ocurriendo por culpa de mis infidelidades y encima, viene él y se disculpa conmigo por llamarme cabrona...

-Yo tampoco lo puedo soportar. -Le dije alargando mi mano para dejar que él me la atrapara con la suya.

Enseguida las lágrimas volvieron a desbordarse por mis mejillas, cosa que en esos días era de lo más habitual y no tuve más remedio que dejarme arrastrar por mi esposo para que apoyara la cabeza en su pecho.

-La próxima semana viajo el jueves y vuelvo el viernes. -Le informé porque llevaba dos días aguantándomelo sin saber cuando se lo iba a contar.

-¿Con Tomás?

-Sí, claro, como siempre. Esta vez es a Santander.

Al parecer entendió mi apuro y no me preguntó nada, en realidad esos viajes eran muy frecuentes y éste no tenía nada de especial, era uno más.

-Yo no le he dicho nada de lo que nos ha pasado a Alberto y quiere quedar con nosotros mañana, pero si tú no te encuentras bien... -me dijo por lo de mis lágrimas seguramente-, le doy una excusa y lo...

-No, no, no le digas nada, -le interrumpí-, a los dos nos hace falta salir de casa por una noche.

Poco tardamos en subir las escaleras abrazados por la cintura para meternos en nuestra cama, donde después de un sin fin de besos y arrumacos, me penetró muy despacio haciéndome ver la Gloria, o era el Purgatorio, no sé, pero la verdad es que hicimos el amor de una manera que ya ni recordaba.

Tomás estaba al tanto de lo que ocurría esos días, pues no pude ocultárselo cuando el mismo lunes se interesó por la tristeza que expresaba mi cara. También le expliqué todo lo que me tuve que inventar para ir acercando a mi esposo poco a poco a la realidad de lo que estaba ocurriendo y que estaba dispuesta a contárselo más pronto que tarde.

Mi jefe reaccionó muy bien ofreciéndome su apoyo en todo momento y en esos días no me insinuó ni lo más mínimo el tema que nos traíamos entre los dos. Yo me interesé por cómo llevaba la propuesta de Teresa y me dijo que le había pedido más tiempo para pensarlo y darle una respuesta definitiva.

Tenerlo a mi lado en las tres reuniones que tuvimos esa semana en su despacho, suponía para mí un intenso desasosiego por tener que reprimir las ganas de darle un par de besos y algunos abrazos. Y cuando en varias ocasiones me puso la mano en el muslo, no le dije ni media palabra de reproche y tampoco de aprobación, más bien echaba de menos que fuese más atrevido.

En la última reunión del viernes por la mañana le dije que la noche anterior habíamos arreglado lo nuestro y entonces se levantó del pequeño sofá para echar la llave de la puerta de su despacho, lo cual me puso muy nerviosa y con mucha tranquilidad volvió a mi lado y me dio un morreo que estremeció todo mi cuerpo.

-El jueves que viene llevaré lo suficiente para que seas mi puta de nuevo. ¿Cual es tu tarifa para una noche completa?

-Si es por toda la noche... quinientos. -Le dije otra vez sin poder evitar unas risas.

-Con ese precio todos los tíos van a querer pasar una noche contigo, desde luego que no te van a faltar clientes.

-¿Me los vas a buscar tú acaso?

-Quien sabe, igual te doy una sorpresa en otro viaje, porque éste es de una sola noche y ya la he pillado para mí.

Esa noche me puse muy guapa y algo atrevida en mi vestimenta para irnos de fiesta con el socio de Andrés, que otra vez asistía acompañado de Lucía. Cuando llegamos a la disco, yo misma fui la que le pedí a Alberto que me sacara a bailar, dejando impactado a mi esposo que ya se lo llevaba Lucía a la pista tirando de su mano.

No le puse ninguna pega al canalla de Alberto que me sobó más que nunca y ésta vez no me preocupé para nada, aunque Andrés estuviera en muchas ocasiones justo a nuestro lado, más pendiente de lo que hacíamos nosotros que de meterle mano a su acompañante, que esa noche venía pidiendo guerra. También le acompañé a la barra a pedir unas copas para los cuatro, dejando que me metiera todas las manos que quisiera aunque ahora sin la justificación de ninguna bachata.

Andrés seguía alucinado por todo lo zorrón que fui esa noche con su socio, mientras él no me perdía de vista en ningún momento, salvo cuando Lucía lo reclamaba para que le prestara atención a ella. Luego cuando volvíamos a casa en el coche, no dejó de meterme los dedos en el coño hasta que llegamos al aparcamiento y allí mismo me volvió a follar como hacía en otras ocasiones cuando regresábamos demasiado calientes. Algún día un vecino nos pillaría in fraganti.

-Esta noche ha sido una pasada lo que habéis hecho. -Me dijo ya en la cama casi dormido.

-Tú lo has disfrutado en primera fila. -Le respondí cogiéndole la polla que no pasaba de morcillona en ningún momento.

-Menudos guarros, -me dijo echándome el brazo por la cintura y arrimando su verga a mi nalga-, ¿Te ha cogido las tetas?

-Claro, las dos y muchas veces y la polla me la ha estado refregando todo el tiempo y en la barra me cogió la mano para que le diera un apretón por encima de su paquete. -Le respondí, aunque sin saber si le había pillado despierto, porque ya soltaba un pequeño ronquido. Pues se lo volvería a decir al día siguiente si me sacaba la conversación, con Alberto no pensaba engañarle y tampoco iba a ser nada recatada.

Andrés no me volvió a preguntar durante la semana por lo que ocurrió en la discoteca entre Alberto y yo, sin embargo el miércoles estando en el salón me hizo ver la preocupación que tenía por mi inminente viaje del día siguiente con Tomás.

-¿Tenéis mucho lío en este viaje a Santander?

-Solo las mañanas del Jueves y el Viernes, tampoco tenemos previsto comer con nuestros clientes, pero haremos una visita a la delegación de zona mañana por la tarde.

-¿Y luego cenaréis juntos y os tomaréis una copa antes de subir a las habitaciones?

-Sí, cariño, ya sabes, esa es nuestra rutina.

-¿Estás preocupada por si se le vuelve a ir la mano?

-No, lo que se dice preocupada no, aunque seguro que seguirá tocándome.

-Cuéntamelo todo, te juro que no me voy a enfadar.

-Mejor que no te lo cuente, pues ahora el preocupado vas a ser tú. Además que tampoco te he contado nada sobre el día siguiente en casa cuando vino a hablar de Teresa.

Estábamos entrando en terreno minado y me quedaba por determinar la potencia de esas minas, tenía que buscar el punto exacto para que se excitara, pero sin llegar a acercarlo de nuevo a otro rechazo hacia mí.

-Sí, del domingo no hemos hablado nada.

-Tú no hiciste nada, tendría que contártelo yo en todo caso. Pero ya te he dicho que mejor lo dejamos para otro día que estés más predispuesto.

-Estoy bien y muy tranquilo, Susi. -Me animó a que empezara mi relato entrelazando nuestras manos.

Entonces me acerqué a él y le di un beso cariñoso, sin utilizar la lengua siquiera.

-Sigo por donde lo dejé cuando se sentó en mi hamaca después de darme la protección solar y eso... que me cogió la pierna y la puso por encima de las suyas, dejando la corva justo encima de su gran paquete que no podía disimular...

En ese momento le miré a los ojos y no vi la indignación de cuando se lo conté la primera vez, más bien noté mucha seriedad intentando ocultar un anhelo por conocer más de lo que pasó. No dudé en darle un beso en la mejilla, mientras aplastaba mi teta solo cubierta por el fino camisón de dormir en su brazo. Mi mano libre se fue a su cintura para apretarlo más contra mí, pero él se resistía a mover sus manos para hacerme cualquier caricia y seguía mirando al frente cuando le besaba en la mejilla. Entonces pensé que tendría que ir a por una versión con final más light.

-Me hice la loca como si no notara lo que tenía bajo mi rodilla y fui a decirle que quería darme un baño... -proseguí con mi narración.

En esta nueva pausa, no pudo evitar una fuerte erección muy significativa, que hasta me hizo sonreír sin hacer ningún sonido, solo que mi mano se deslizó de su cintura a su paquete para darle un suave apretón en la polla. ¿Seguía avanzando en la versión light o apuraba un poco más la cosa? Como llevaba un prolongado silencio, fue mi esposo el que me animó a seguir.

-¿Te fuiste entonces a la piscina?

-No de momento, porque la verdad es que me encontraba atrapada y él se tendría que levantar para que yo también pudiera hacerlo, pero lo que hizo a continuación fue peor y me puso muy nerviosa y es que mientras me pedía perdón, metió su mano por encima de la cintura del bañador y se colocó la polla hacia arriba, luego volvió a apoyar mi pierna en su paquete que ahora lo notaba mucho más que antes... -Le aclaré y esperé nuevamente a ver cómo reaccionaba Andrés.

Las caricias muy suaves que le estaba dando en esos momentos en su paquete le hacían vacilar entre el enfado y la lujuria. Ni yo que le conozco como si le hubiese parido, sabía por donde iba a salir esta vez. Sus manos seguían inactivas y su cabeza no se ladeaba para ir al encuentro de mis labios que continuaban dándole besos en la mejilla y chupetones en el lóbulo de la oreja. Tendría que recuperar mi primera intención de un final menos gravoso.

-Continua. -Me apremió Andrés.

-No me quedó más remedio que pedirle que se levantara para darme un baño en la piscina...

Desde luego que me estaba convirtiendo en una manipuladora de cuidado, la única ventaja era que todo el relato al ser una invención, podía tomar los derroteros que a mi me parecieran bien y ahora volví a pararme en otro silencio que me confirmara que Andrés seguía sin reaccionar. Éste lo aproveché para duplicar mi actitud cariñosa, cruzando mi pierna derecha sobre las suyas para rozarlas muy despacio, al igual que ya incrementaba el ritmo de las caricias en su polla, siempre por encima del bóxer que mostraba un círculo húmedo a la altura de su capullo.

-¿Y te obedeció? -Reaccionó al fin colocando su mano libre encima de esa pierna atrevida, comenzando las caricias hasta llegar a la propia nalga.

Su polla me estaba avisando que se estaba descontrolando, por lo que tuve que aminorar mis caricias sobre el bóxer, no quería que explotara ya, pues a ver cuando iba a tener otra oportunidad de acercarme a la realidad de lo que hacía con Tomás.

-No al momento... o quizás no fui lo suficientemente convincente en mi petición... la cuestión es que en su lugar lo que hizo fue subir su mano hacia mi glúteo para darme allí... eso... un apretón en el culo. -Aquí hice una nueva pausa que Andrés aprovechó para imitar la acción que hizo Tomás, según mi versión de lo ocurrido aquel día-, su otra mano se posó entonces en mi vientre para iniciar otro movimiento como si siguiera dándome crema. Pero esta vez no respetó lo que el sujetador cubría. Fue una locura, cariño, pero no pude apartarle la mano de mi pecho. Fue él quien lo paró para incorporarse y darme la mano para irnos los dos al agua, allí no me hizo nada que no fuese parecido a lo que me hace Alberto en la pista de baile, ya sabes, unos roces y todo eso, pero a él no se le bajó en ningún momento, vamos igual que tu socio.

Andrés aguantaba como podía, pero ahora sí que su estado de excitación le llevaron a girar la cara para buscar mis labios y darnos un beso más guarro que tierno, pero bien, de los que a mí me gustan cuando estoy a tope. Sus caderas se movían buscando algún movimiento más enérgico sobre su bóxer, pero aún me quedaba más cosas por intentar relatarle. Seguía siendo un buen momento.

-¿Hubo algo más después?

-Mejor lo dejamos, no quiero que te vuelvas a cabrear, mira lo bien que estamos ahora... -Le respondí.

Me da vergüenza admitirlo, pero la verdad es que lo tenía a mi merced, en ese momento estaba segura que hasta le podría contar que me folló esa tarde y su única reacción sería una corrida brutal, aunque tendría que seguir contando con él ¿Y después qué?

-Si ocurrió algo Susi, tengo derecho a saberlo, soy tu marido, cielo.

Ese apelativo final me daba muy buena espina para seguir profundizando en mi narrativa por la vía más fuerte. Mi mano ya no tocaba su paquete pues sería inevitable su eyaculación inmediata, así que la subí nuevamente a su cintura. Su mano tiraba de mi pierna para que el cruce con las suyas se produjera mucho más arriba, imitando otra vez lo que me hacía Tomás en la hamaca, pero no dejé que lo llevara a cabo porque las consecuencias serían las mismas y esta vez quería llegar más lejos.

-¿Y si ocurrió algo demasiado... no se... que no te guste escucharlo?

-Cuéntame lo que sea que ocurrió, no me voy a cabrear, de verdad.

-Fue en el salón, todavía con una toalla envuelta a mi cintura para no mojar el sofá y él con otra doblada sobre el asiento a mi lado, pero sin cubrirse el bañador. Nos estábamos tomando un café y unas galletas, no pasó nada hasta que se acercó y me dio... un beso en la boca.

-Sigue... -Me pidió mi marido ante mi nuevo silencio.

-Fue sin lengua, bueno el primero... luego lo volvió a hacer y esta vez sí que frotamos nuestras lenguas y me cogió nuevamente un pecho. Cuando nos separamos, le dije que me tenía que vestir ya e irme a mi casa. Pero él me besó otras dos veces más hasta que me negué a que lo siguiera haciendo. Pensé en ti, cariño y eso fue lo que causó que por fin reaccionara.

-Con Alberto no llegaste a hacerlo.

-No, bueno, me besó en la mejilla, el cuello y eso, pero en la boca no, todavía. ¿Tú quieres que él también me bese?

-No... y mucho menos a mis espaldas no, tendrá que ser aquí en la casa, un día de los que venga a comer con nosotros si es que se nos da un momento propicio, pero sabes que a mí lo que me gusta es jugar con mis fantasías, no vayas a creer otra cosa.

-Sabes que si me besa delante de ti, luego querrá hacer lo otro y... ¿También lo querrías ver?

No era mala la idea de tantearlo por la vía de su socio, parecía que con él se sentía más a gusto tratando los temas sexuales de un varón conmigo.

-No, eso no... sabes que no quiero que lo hagas, -me respondió y luego se envalentonó-, que los demás te vean o te toquen pero luego seré yo el que te folle.

Otra vez quiso ponerme la pierna encima de su cipote, pero de nuevo me negué, quedaba más narrativa por soltarle.

-Sigo por donde iba. Me puse de pie para coger mi bolso e irme al aseo donde dejé mi ropa, pero él me agarró por la muñeca y cuando me volví siguiendo la misma inercia quedé sujeta entre sus brazos, ahí volvió a besarme y cogerme de las nalgas, pues ya no tenía la toalla que se quedó en el sofá. Su polla me daba continuamente por encima del pubis y en un momento la tenía entre las piernas, eso no estuvo bien y me revolví de nuevo sin que Tomás me pusiera ninguna resistencia, la verdad, terminando por irme al baño y luego ya salí vestida y le dije que cogía el coche para volver a mi casa.

-¿Pero la polla desnuda entre tus muslos? -Quiso confirmar.

-Sí... mi amor, pero solo fue un momento, la verdad es que no me lo esperaba, aunque comprendo que yo también le estaba dando pie para que llegara a hacer eso.

Por fin logró poner mi pierna encima de su paquete y Andrés mismo movió sus caderas para frotarse con mi muslo, pero como pude me volví a zafar de él.

-¿Quieres correrte ya o te termino de contar? Me queda un poco del sábado y lo que pasó el domingo.

Entonces dejó de insistir con lo de la pierna y solo me dio un buen morreo, esta vez más salvaje pues me metía la lengua hasta la campanilla.

-¿Qué pasó al final? El sábado me refiero. -Volvió más sosegado al relato de los hechos.

-Cuando vio que me marchaba muy decidida me volvió a parar para decirme que habría mucha circulación en ese momento y que lo mejor sería que pasara la noche en su casa, que cenaríamos y que si yo no quería, no volveríamos a tocarnos. Pero vamos, que me estaba insinuando que si no le ponía ningún obstáculo, dormiría en su cama y vete tú a saber.

-¿Te fuiste entonces?

-Sí... pero no quería que se quedara incómodo haciéndolo creer que era el malo de la película y ya sabes como soy, eso no lo podía consentir, así que me acerqué a él y fui yo la que le dio el último beso antes de que me marchara, sin poder evitar que me volviera a abrazar y me diera un azote en el culo... pero en plan... como si hubiésemos hecho las paces, ¿Entiendes? Y ya me metí en el coche y me vine para casa.

Menuda historia acababa de contarle a mi esposo, tengo que intentar escribir una novela romántica y un pelín erótica, inventiva tenía para ello. Aquello merecía que el pobre disfrutara de su corrida y le dejara lo del domingo para otro día, pero a saber hasta donde le podría contar con las posibilidades de aceptación que le veía esta noche. No tenía ni idea de qué le iba a contar sobre el domingo. ¿Y si lo hacía contándole la verdad de una vez? Ni de coña, al menos todavía.

-¿Y cómo fue lo del domingo? -Cambió de día Andrés.

-No me lo esperaba, me pilló desayunando cuando me llamó para hablar conmigo sobre lo de su esposa y estaba cerca de aquí, así que en unos minutos ya estaba en casa y lo tuve esperando en el salón mientras yo terminaba de arreglarme en nuestro dormitorio. Luego me estuvo comentando la llamada que le había hecho Teresa para volver con él y cuando acabamos de hablar sobre eso, le dije que se quedara aquí a comer y te llamé por si tenías algo que decirme.

-No, que va, ¿Qué te iba a decir yo? Ya te dije que me pareció bien que lo hiciera.

-Ya... pues eso, que quedamos los dos sentados aquí mismo en el sofá, justo cuando hablé contigo, charlando de cosas nuestras, de nuestro trabajo, ya sabes y de nosotros también...

No sabía como entrarle de nuevo para contarle lo que supuestamente ocurrió ese día entre Tomás y yo, así que hice una pausa para tomar un poco de aire respirando profundamente y seguí sin encontrar nada concreto que decirle. Andrés se mantenía igualmente bloqueado y también permanecía callado.

-¿Nos vamos a la cama? -Le sugerí y él asintió y nos incorporamos para subir a nuestro dormitorio.

Como siempre, primero me aseé antes de meterme en la cama y él hizo lo propio en el aseo del pasillo y se echó a mi lado.

-Si quieres lo dejamos para otro día, mañana tengo que levantarme pronto para ir al aeropuerto. -Le propuse.

-Pero es muy temprano todavía, -me respondió, ¿Te tocó antes de la llamada? -Me preguntó animándome a comenzar el relato de ese domingo.

-No, en realidad fue después de enviarte el mensaje, primero fue un abrazo estando los dos de pie y luego me dio un primer beso en el cuello y por la oreja... me la mordía... el lóbulo, ya sabes ¿No?... sus manos me acariciaban la espalda y el culo también... hasta mis muslos llegaba... yo solo le echaba los brazos al cuello y le dejaba hacer sin pronunciar ninguna queja... después fue cuando me besó en la boca... un par de veces normal... y luego ya con lengua...

Andrés estaba de costado acariciando mi cadera y unas veces bajaba por mi trasero y otras subía hasta acariciar mis tetas, pellizcándome los pezones o haciendo círculos por encima de ellos con las yemas de sus dedos, sin disimular para nada el empalme que tenía en esos momentos.

-¿Cuando te llamé seguíais así? -Quiso que le aclarara esa duda.

-No, hacía un par de minutos que nos habíamos sentado, pero seguíamos con los besos y me cogía una teta, yo tampoco quería que avanzara con otras cosas, pero me desabrochó el primer botón de la camisa y le dije que eso no, que no estaba bien que lo hiciera...

Yo seguía tendida hacia arriba y no me podía volver hacia mi esposo porque entre su brazo y la pierna me tenía bien cogida, por lo que solo pude aproximar mi mano izquierda a su polla para hacerme cargo de ella, pues no cesaba de darme unos roces tremendos en mi nalga y tenía que pararlo si no quería que se corriera en unos instantes.

-¿Se frenó entonces?

-Que va... cuando sonó el teléfono con tu llamada, acababa de desabotonar toda la camisa, de forma que en cuanto que me giré para coger el móvil mi sujetador quedó al descubierto, pero él me soltó para que yo pudiera hablar contigo con tranquilidad, aunque no sé si pudiste apreciar mis nervios al hablar contigo.

-No, no noté nada, cielo, era yo el que se puso nervioso porque no esperaba que estuviera de verdad en casa, creía que era una broma lo de tu mensaje.

-Pues ya viste que no, que estaba aquí en casa y además sobrepasándose en sus tocamientos conmigo.

Con los movimientos de sus caderas parecía que me quería follar la mano, pero yo repetía esas acometidas procurando que la piel de su polla no subiese y bajase por su tronco. Lo conocía bastante bien y sabía que en ese estado de excitación no era capaz de retener una eyaculación, peor aún pensando en cómo venía de caliente desde el salón. Fui yo misma la que volvió a tomar la palabra.

-Cuando cortamos la llamada lo miré a los ojos como regañándole, mientras volvía a abotonarme la camisa, pero cuando llevaba un par de botones, volvió a besarme y ya no pude seguir haciéndolo. Un momento después me abrió toda ella que volvía a estar totalmente abierta y me echó hacia atrás las hombreras, pero sin quitármela del todo, solo quería verme con el sujetador y pasar las yemas de sus dedos por encima de mis pechos.

Andrés estaba que ya no aguantaba más, para nada se mostraba molesto, más bien parecía necesitar que mi relato subiera el tono sexual tres grados más. Pero como en otras ocasiones, hice un alto para que él pudiera alimentar sus fantasías y que me pidiera algún dato más antes de seguir y no tardó mucho en hacerlo.

-¿Y tú qué hacías mientras tanto?

-¿Yo que hacía? -Repetí su pregunta para darme tiempo a pensar en una respuesta lógica dada la situación-, yo nada por mi cuenta, pero él cogió mi mano y la puso en el bulto de sus pantalones y cuando retiró la suya no la aparté, pero tampoco la movía, no pensaría que yo le iba a hacer nada allí encima de su paquete, ¿No crees?

Su mano en esos momentos dejó de tocarme las tetas y la llevó hacia su espalda y sin brusquedad, retiró también la pierna que rozaba las mías. Estaba claro que me había pasado la parada muy de largo, pero es que estaba un poco cansada y necesitaba terminar con esta historia de tocamientos y chorradas, que ya estaba bien y además tenía que dormir pronto esa noche.

-No te vayas a enfadar que me dijiste que no lo ibas a hacer y además que eso fue todo, porque aunque me costó, logré incorporarme para recolocar mi ropa y le dije que se tranquilizara porque aquello se había acabado.

-¿Porqué se tenía que tranquilizar? -Me preguntó pensando que a lo mejor se había puesto algo violento.

-Hombre, cielo ¿Por qué va a ser? Porque estaba muy empalmado y no era correcto según entendía yo.

-Ya... -Fue lo único que me respondió, aceptando mi explicación y su mano volvió a sobar mi teta y su pierna con un poco de disimulo también recuperó su posición.

-Necesito que me folles, cariño, estoy muy caliente y muy cachonda, hazlo de costado y me atizas fuerte en el clítoris, espera... -Terminé por decirle mientras buscaba la posición exacta para que me echara ese polvo que me pedía el cuerpo.

-Eres una zorra, cabrona y quiero que lo seas también con Alberto... toma... toma... -Me decía mientras me taladraba el coño y machacaba mi clítoris vertiginosamente, más que nada porque sabía que su corrida no iba a tardar en producirse.

-¿Quieres que sea una zorra... o una puta con él? -Le respondí sin aclararle si me refería a su socio o a mi jefe, aunque yo sí tenía muy claro qué era lo que le estaba planteando.

La verdad es que tampoco estaba ya para muchas elucubraciones y me faltaba un pelín para correrme cuando el cabrón de mi esposo me soltaba un gran chorro de semen en mi interior y luego otro y otro, bueno y ya está, pero no se vino abajo como hacía casi siempre y siguió dándome con sus dedos hasta que por fin me llegó ese orgasmo que tanto necesitaba.

-Aaaggg... no pares cabrón... sigueee... aaahhh... sííí... me corrooo...

No fue un orgasmo de esos que haya que recordar, pero tampoco estuvo mal, aunque sí que me recuperé pronto, llegué incluso a recordar el primero que tuve con Tomás y comprendí que no había comparación posible, con el segundo... y todos los demás... pues tampoco.

Tuve que levantarme para ir al baño a asearme y cuando volví, traje una toalla húmeda con la que limpiar a mi marido que me miraba con ganas de más, pero admitiendo la imposibilidad de repetirlo hasta el día siguiente.

-He invitado a Alberto a cenar con nosotros el sábado. -Me soltó de repente cuando estaba a punto de dormirme.

-¿Para que sea su zorra esa noche? -Le reproché.

-No digas eso mujer, solo una cena entre nosotros y después si te apetece nos vamos a la disco a echar un rato.

-Pues mira, me pondré el mini-sujetador que me regalaste y procuraré que me lo vea al menos de refilón, seguro que me va a querer empotrar con su verga el muy cabrón en cuanto lo vea. ¿Lo vas a parar tú? Porque yo no lo voy a hacer.

-¿El sujetador que te compré en el sex shop?

-El mismo, cariño. Me daría mucho morbo que lo pudiera ver estando tú conmigo.

-¿Tú también tienes fantasías? -Me preguntó.

Fue lo último que oí cuando me sumí en mis dulces sueños.

El viaje con Tomás no tuvo mayores connotaciones y tal como habíamos quedado, pasamos la noche juntos y yo me guardé los quinientos euros que pagó sin mostrar muchos escrúpulos. La llamada a mi marido la hice desde mi habitación a pesar que mi jefe me prometía no hacer nada si la hacía desde la suya, pero yo sabía por su cara de cachondeo que algo me tenía preparado y no me fié de él ni un pelo. También fue muy descarado en el restaurante donde almorzamos y no dejó de besarme cada vez que se le antojaba a pesar de mi oposición.

El viernes llegué bastante descansada y Andrés y yo tuvimos una nueva charla esa noche, él fantaseando conque al día siguiente tonteara con Alberto y yo le seguía la corriente pensando en la noche que había pasado con Tomás. Estuvo muy lanzado y no dudó en echarme un buen polvo fantaseando abiertamente con su socio, que hasta me parecía que quería que todo se hiciera realidad al día siguiente y yo asociaba todo eso a Tomás y su admirable pollón y los orgasmos que me sacó el muy bruto a pollazos limpios. La corrida de ambos fue muy buena, sin llegar a más, debido posiblemente a que los dos llegamos a la misma por caminos contrapuestos.

El sábado dediqué el día en arreglarme un poco el cuerpo pues ya tenía cita para la peluquería y un repaso del vello púbico que para el viaje con Tomás hasta me lo tuve que retocar yo misma con la cuchilla. La cuestión es que cuando me vi desnuda delante del espejo de mi dormitorio, me sentí muy satisfecha y con ganas de cachondeo para esa noche.

No dejé que mi marido pudiera verme, ni que supiera la lencería que me había puesto para esa noche. A las nueve llegó Alberto muy puntual y yo misma le tuve que abrir la puerta porque a mi esposo le dieron unas urgencias y estaba en el aseo de arriba. La verdad es que parecía que los dos nos habíamos puesto de acuerdo y si yo me mostraba como en mis mejores momentos, Alberto, que todo hay que decirlo, es muy guapo, no me iba a la zaga y la verdad es que venía súper atractivo con su pantalón americano, la camisa de seda celeste y la chaqueta azul. En cuanto entró a casa me dio dos besos en las mejillas y un buen apretón en la nalga como el que no dice nada.

-Qué sinvergüenza eres, -le dije con una gran sonrisa-, a ver si te aprieto yo también aquí. -Terminé de saludarlo dándole un apretón suavito en las pelotas.

Él soltó una gran carcajada mientras me giraba de espaldas para cogerme por las caderas y pegar sus partes íntimas en medio de mi culo, aunque la verdad que fue sin consecuencias porque estaba de lo más desempalmado.

-Y el cabrón de mi socio, ¿Donde está? -Me preguntó.

-Arriba en el baño, -le respondí, porque al parecer allí seguía todavía sin dar señales de vida-, ahora baja.

Como si aquello fuese una ocasión que no podía desaprovechar, tal como estaba, subió sus manos para agarrarme las tetas y darme unos buenos apretones, al tiempo que metía su nariz en mi nuca.

-Uhmmm... cabrona, qué bien hueles y qué buena te has puesto esta noche. -Me dijo pegando más sus intimidades que ahora sí que parecían que estaban más abultadas.

Yo no intenté rehuirlo, todo lo contrario, porque pasé mi brazo por detrás de su nuca para que sus labios produjeran más estragos en mi cuello y vaya si aprovechó la ocasión, comenzando a darme unos mordisquitos por toda esa zona desde la oreja hasta el hombro. Mi marido apareció bajando las escaleras, aunque su socio no lo podía ver al estar de espaldas a la misma.

-Suelta a Susi, cabrón, tendrás poca vergüenza... -Le vociferó cuando ya estaba a nuestro lado.

-¡Joder tío! Qué susto me has dado, vale, vale... te la devuelvo entera, a ver qué te crees que he hecho, pero es que Susi está hoy para comérsela y tú tendrías que habernos dado media hora por lo menos, cabronazo.

Al final y con la cara que ponía no tuvimos más remedio que reírnos los tres de las cosas que decía Alberto, aunque tampoco era que me soltaba, pues agarrada por la cintura me acompañó hasta el sofá para sentarnos los dos juntos.

-¿Cenamos ahora o nos tomamos una cervecita? -Nos preguntó.

-La mesa está preparada en la terraza, solo hay que llevar los platos. -Le respondí y dejándole allí sentado con ganas de seguir metiéndome mano, me incorporé para acompañar a mi marido a la cocina.

-Tú le has dado pie a ésto que me ha hecho cuando ha entrado, ¿Verdad? -Le susurré para que su socio no oyera lo que le decía.

-Solo un comentario sin importancia, pero ya sabes que a éste cabrón no se le puede insinuar nada. -Me respondió también en voz baja.

-Pues páralo si quieres porque yo no lo voy a hacer, así que tú sabrás lo que haces, luego no me eches a mí la culpa ni te cabrees una semana, que te conozco. Lo paras y ya está.

Poco después estábamos los tres terminando nuestra cena sin que Alberto dejara su verborrea llena de anécdotas y de temas muy verdes, revelándonos intimidades con sus amigas más íntimas sin importarle un pimiento dejarlas a los pies de los caballos. Pues si hacía luego lo mismo con nosotros, apañados estábamos.

Entre todos llevamos los platos a la cocina y nos fuimos al salón a tomarnos una primera copa, mientras seguíamos con los mismos temas de conversación, aunque ahora yo sentada en medio de los dos con Alberto más pegado a mí como si el asiento le obligara a ello. Sus manos ya no dejaron de posarse en mis hombros, mis propias manos y sobre todo en mis piernas.

-¿Ponemos un poco de salsa para bailar? -Propuso Andrés, anulando de esa manera nuestra salida a la discoteca.

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