Vida a bordo
Bajo el agua, la comunicación es silenciosa; en la superficie, el silencio es una invitación. Bárbara no pide permiso, exige atención con dolor y sumisión, desafiando la prudencia de un hombre que solo desea a otra.
Tres días llevábamos a bordo de un barco para cruceros de submarinismo. El mar que rodea cientos de islas de Filipinas era el espejo sobre el que nos deslizábamos mientras la proa de barco se iba abriendo camino rompiendo su quietud.
Ese suele ser el plazo de tiempo en este tipo de cruceros para que la gente empiece a interactuar con los compañeros de viaje que no conocía de antes.
La convivencia entre los que amamos este deporte suele ser muy cordial y cercana. Vivir en un espacio tan reducido no es fácil con dieciséis personas que bucean y unos diez tripulantes que se suelen mezclar poco con los clientes. Con algunas de ellas es complicada la comunicación por las barreras del idioma, estos viajes suelen ser internacionales, pero siempre nos acabamos comunicando unos con otros aunque sea por señas, idioma con el que estamos familiarizados al ser el único que podemos utilizar bajo el agua.
En aquella ocasión los españoles éramos mayoría y el aforo lo completaban cuatro personas suizas y una chica canadiense. La chica, Nadin, era preciosa y llamó la atención de todos desde la primera vez que la vimos en biquini, cuerpo moreno y trabajado seguramente en el gimnasio, para deleite de los hombres y envidia de las mujeres.
Entre algunas españolas se había formado un grupito de tres que siempre estaban juntas, a una la acompañaba el marido y estaba menos integrada, pero no por eso dejó de hacer piña con las otras. Se convirtieron en un auténtico coñazo, abusando de la confianza que enseguida se fragua a bordo, pronto se dedicaron a incordiar a los demás, sobre todo a los que por deferencia y por no crear malos royos las aguantábamos unas veces mejor que otras.
Como casi nadie de los españoles hablaba inglés, yo por deferencia y para que no se sintiera aislada hablaba y gastaba alguna broma con Nadin. Hecho que no pasaba desapercibido por el grupito coñazo.
Una tarde, al hacer los grupos para última inmersión del día, ya casi de noche, nos quedamos descolgados de compañero ella y yo y le dije que bajábamos juntos porque es obligatorio bucear siempre en pareja por seguridad. Las dos plastas solteras, las más jóvenes, pero con los cuarenta ya cumplidos, enseguida empezaron a lanzarme indirectas aprovechando que la chica no entendía nada de español. Las miré con cara de guasa y les dije que si se portaban como adultas al día siguiente bucearía con ellas, dejando claro que una sola inmersión con cada una.
En plan de broma, les estaba diciendo muchas otras cosas pero con cara de estarles siguiendo la broma. Como no eran tontas se dieron enseguida cuenta de que las estaba dejando en ridículo delante de los demás. Intentaron disimular su cabreo y aguantaron el tipo.
Nadin me dijo que a ella no le gustaba bajar más de veinte metros, pero podíamos bajar hasta los veinticinco porque era consciente de mi experiencia y se sentía segura buceando conmigo de compañero. Acordamos que los dos íbamos a ir a la misma profundidad y si yo decidía bajar a más profundidad a filmar algo interesante, ella se quedaba con el grupo y yo me unía a ella después.
Llevábamos un rato de inmersión cuando vio un tiburón a unos cuarenta metros de profundidad y me lo señaló. Por señas le dije que iba a bajar pero que no me perdiera de vista, por mi propia seguridad.
Piqué hacia los cuarenta metros de profundad y me deleité grabando el tiburón que en vez de asustarse y alejarse, se quedó quieto observándome sin perderme de vista mientas yo me deslizaba alrededor de él. Cinco minutos más tarde ascendí hasta la profundidad de mi compañera y me agarró la mano, felicitándome por la grabación que seguramente había conseguido.
Cuando subimos a la barca auxiliar para ir hasta el barco, las tres Marías empezaron a tomarme el pelo, diciéndome que había bajado hasta el tiburón para hacerme el chulito delante de mi compañera. A la que señalaban descaradamente y sin ningún respeto. Nadin me miraba como preguntando que era lo que pasaba al ver las risas de las tres idiotas señalándola. La verdad es que me estaba empezando a cabrear la situación, no por mí, sino por ella. Le dije que nada, tonterías de niñatas y que la envidia a veces corroe a los estúpidos y que luego hablaba con ella a asolas, en el barco. Bárbara, la más joven de las tres que si hablaba inglés, me miró como si quisiera asesinarme, pero no dijo nada.
Al llegar al barco, me fui directamente al camarote a ducharme y después me abrí una cerveza y comenté lo ocurrido con los compañeros de confianza que no habían hecho la inmersión. Una compañera no daba crédito a lo que les estaba contando. El resto coincidió en que se estaban convirtiendo en un verdadero problema a bordo para la convivencia.
Al poco apareció en el comedor de popa Nadin y me acerqué a hablar con ella. Le pedí disculpas por lo ocurrido. Me contesto que no me preocupara, que aunque no sabía lo que decían, era consciente de lo que estaba ocurriendo. Nos fuimos a sentar para cenar cada uno donde lo hacíamos habitualmente. Al separarnos, delante de todos, me dio un pico en los labios y después me abrazo diciéndome al oído que ahora les íbamos a dar motivos para que hablaran.
Nos separamos riéndonos al unísono y con ganas mientras todos nos miraban. Unos con la sonrisa en los labios y algunas con cara de pocos amigos.
Al día siguiente, entre inmersiones, desembarcamos algunos en una isla y un miembro de la tripulación nos hizo pan sobre la misma arena de la playa, al estilo nativo, y nos lo comimos allí mismo. El sol se fue y empezó a hacer un poco de viento. La verdad es que hacía fresco, sobre todo para los que no se habían llevado camiseta.
Al subir al bote para volver al barco, Bárbara, una de las plastas, me dijo que tenía frio y que tenía el bañador mojado porque se había caído al agua al subir a la barca. Un miembro de la tripulación le dio amablemente una camiseta de manga larga. Ella la miró con un poco de asco y con razón, la tela estaba como el cartón por el salitre y no olía a rosas precisamente. Hizo de tripas corazón y se la puso, aprovechando para quitarse la parte de arriba del biquini que la tenía mojada.
Se sentó a mi lado y me dijo que le pasara el brazo por los hombros para darla calor y que en estos casos lo importante era la supervivencia. No soy rencoroso y acepté su solicitud.
Sentada se inclinó hacia mi quedando su espalda pegada a mi pecho. Le estreché con los brazos para darle calor y ella se los pegó al cuerpo para coger calor. Me colocó las manos directamente sobre sus diminutos pechos. Solo noté los pezones de punta, duros, clavándose en las palmas de las manos. En ese momento se me ocurrió pensar que yo tenía más tetas que ella. Cada vez se las apretaba más. Ni me inmuté ni mi lívido sufrió alteración alguna.
Separé un poco los dedos y un pezón quedó atrapado a través de la tela de la camiseta. Cerré los dedos y lo presioné un poco. Se apretó más contra mí, lo que me dio a entender que la ponía. Presioné más y tampoco se retiró. Todos la teníamos por una estrecha en el terreno sexual y carente de atractivo. Me picó la curiosidad para ver hasta donde era capaz de llegar.
Con su mano encima de la mía, cogí el pezón entre los dedos anular e índice a modo de pinza y lo apreté esperando su reacción. Se apretó más contra mí pero no me retiró la mano. Empecé a tirar del pezón, estaba seguro que tenía que estar haciéndola daño, pero como ella ni se inmutaba, aumente la presión y tire con más de fuerza. Su mano atrapó la mía y fue ella, con mis dedos, quien empezó a tirar del pezón y a retorcérselo al mismo tiempo. La llegada al barco dio por finalizada la sesión.
Sin decirnos nada, se fue inmediatamente a su camarote a darse una ducha de agua caliente para recuperar temperatura corporal. Estaba tiritando, pero después de lo ocurrido yo no sabía si era de frío y de excitación. Pensé que seguramente se masturbaría mientras dejaba caer el agua caliente sobre el cuerpo. En ese momento me pareció que la escena había sido un poco sub-realista, sobre todo porque había ocurrido en una barca llena de gente apiñada. En esas estaba cuando caí en la cuenta de que mi lívido no se había alterado. Tenía la polla totalmente flácida y ningún atisbo de que se fuera a poner dura, al menos un poco.
Esa noche me tomé unas cervezas con los compañeros de viaje y le dijimos a Nadin que se uniera al grupo para que no se sintiera desplazada por la barrera del idioma. Había algunos que no hablaban inglés pero recordaban algo del francés aprendido durante el bachillerado y eso facilitó mucho las cosas, ya que ella era bilingüe.
Bárbara estaba con su grupo de amigas y el marido de la casada, pero de vez en cuando dirigía la vista hacia nuestro grupo y la detenía en mí. A Nadin, como mujer, no se le escapó el detalle de sus miradas y aprovechaba para pasarme el brazo por los hombros, acariciarme el pelo o decirme tonterías al oído para hacerme reír.
La velada finalizó sin pena ni gloria y nos fuimos a dormir temprano porque a las cinco de la mañana nos teníamos que levantar para, después de un breve café, hacer la primera inmersión del día. Yo acabé con cierto calor en el cuerpo y la polla morcillona por el contacto con la canadiense, pero pasé de cascármela y me dormí.
Al día siguiente, después de dos inmersiones y la comida, la mayoría de la gente aprovechó como siempre para echarse la siesta. Yo me subí a la plataforma superior del barco con mis instrumentos de fotografía, con la intención de limpiar las lentes, dar silicona a las juntas y cambiar las pilas. Me senté en una mesa y me puse a la tarea.
A la plataforma superior solo se accedía por una única escotilla y si alguien la utilizaba lo primero que se le veía era la cabeza y de espaldas. Ni siquiera la vi acercarse absorto en mi tarea. Fui consciente de su presencia cuando me preguntó que hacía y ya estaba de pie a mi lado con una mano apoyada en mi hombro.
- Me encanto ayer cuando me pellizcaste el pecho - dijo.
- Yo creo que más bien fuiste tú la que se lo pellizcó con mi mano – contesté sin ganas de entrar en esa conversación.
- Si pero eran tus dedos los que lo tocaban. Yo solo los apreté como si fueras tú quien ejercía presión y lo retorcías. Cuando me duché aun persistía el dolor y repetí la operación, pensando que era tu mano de nuevo la que me lo apretaba – añadió.
No contesté y seguí con lo mío, como si no la hubiera escuchado.
Juntó su cadera a mi cuerpo y se frotó contra mí brazo en el momento que daba silicona a una de las juntas. La aparté y la dije que estaba ocupado y me estaba distrayendo, pero ella insistió. Para retirarla la empujé del culo a un lado. Volvió a pegarse. La separé de nuevo y le di un azote en el culo, mosqueado.
- Dame otro más fuerte. Con ese solo no vas a conseguir que te deje tranquilo – dijo, pegándose de nuevo.
- Estoy ocupado y tengo que acabar esto antes de la próxima inmersión.
Volvió a insistir y para que me dejara tranquilo le di otro azote más fuerte.
- Me encantan los azotes – dijo azotándose el culo ella misma con energía.
Se le estaba empezando a poner colorado. Me llamó la atención y fije la vista allí observando el cambio de color. Le di otra vez, ahora con fuerza y me quedé observando cómo se le oponía rojo de verdad. Se bajó la parte de abajo del biquini para que lo observara desnudo. Aunque ella no me atraía lo más mínimo me estaba empezando a calentar su culo.
Aparté un poco a un lado mis cosas y la incliné sobre mesa de forma que el culo quedara e pompa, como si me estuviera invitando. Se dejó hacer. Le apreté una nalga con fuerza mientras le daba un azote con todas mis ganas en la otra. Volví a repetir la operación cambiando de nalga, varias veces. Ahora sí que lo tenía rojo de verdad, pero seguía pidiendo más y más fuerte. Quité la correa de la bolsa de la cámara, la doble por la mitad y la descargué contra el culo. Después de dos correazos más, se apreciaba perfectamente donde había impactado la correa en su culo.
Empezó a jadear y pedir que siguiera azotándola. Le pasé la mano por debajo del culo y le toque el coño, estaba chorreando. Le presioné el clítoris y después metí dos dedos dentro de ella. En ese momento empezó a moverse para acomodarlos buscando más fricción. Saqué los dedos y separé los glúteos para observar el orificio trasero. Le pasé un dedo por el centro y lo masajeé hasta que entró la primera falange. Fue fácil debido a la lubricación del coño.
Presioné un poco y el dedo entró entero, mientras ella se removía. Saqué el dedo ante sus protestas, lo metí en el bote de silicona para las juntas de los focos, cogiendo una generosa porción y lo esparcí por la entrada del culo, ya visiblemente dilatado. Metí dos dedos sin dificultad y empecé a follarla. Cuando noté que se deslizaban sin dificultad, metí otro y empecé el mete saca a lo bestia. Se corrió enseguida y al intentar incorporarse no se lo permití, hasta se corrió de nuevo.
La di la vuelta y ejercí presión sobre sus hombros, haciéndola agacharse hasta ponerse de rodillas en el suelo. Yo seguía sentado, con la polla a la altura de su cara. Empezó a bajarme el bañador y le facilité la tarea levantándome un poco. Nada más sacármelo por los pies se lanzó sobre la polla y empezó a chuparla como una posesa. Le di una colleja y le dije que más despacio, no quería que me hiciera daño. Y se lo tomó con más calma.
Me dijo que mirara como me la chupaba y ella mientras me miraba a los ojos. Su cara no era lo que más me apetecía ver en ese momento, así que no la hice caso. Cerré los ojos y dejé volar la imaginación pensando que quien me la chupaba era Nadin.
Ahora sí estaba berraco. Le puse las manos en las tetas y retiré la tela que las ocultaban. Cogí los pezones y los estrujé con fuerza. Era increíble. Con un pecho tan pequeño, tenía unos pezones que sobresalían más de dos centímetros, facilitando el agarre. Tiré de ellos hacia arriba y ella ejerció presión hacia abajo buscando más intensidad. Fue entonces cuando empecé a retorcérselos como ella había hecho ella el día anterior.
Las lágrimas empezaron a resbalar por sus mejillas, pero no dejó de chupármela. Empezó a succionármela y estuve a punto de darle una hostia, pensando que me iba a arrancar el capullo. Se la sacó de la boca y se corrió escandalosamente. Con seguridad cualquiera que estuviera despierto en el barco, la tripulación al completo seguro, estaría oyendo sus inconfundibles alaridos.
Un marinero apareció por la escotilla y al vernos, ella prácticamente separada del suelo y colgando solo de sus pezones entre mis dedos, se quedó paralizado, mirándonos. Yo no hice caso y ella no era consciente de su presencia, al estar de espaldas a él.
La solté y le metí de nuevo la polla en la boca, ante la ya expectante mirada del marinero. Poco a poco se la fui introduciendo cada vez más hasta que me di cuenta que hacia tope en la garganta al tener una arcada. Salí un poco y volví a entrar de nuevo, provocándola otra arcada. Las lágrimas empezaron a deslizarse de nuevo por la cara.
Volví a sacársela y volví a metérsela. Esta vez no hubo arcadas. Ya se había acostumbrado a la presión, así que me quede allí dentro mientras notaba como me presionaba el capullo contra el paladar, cada vez que respiraba por la nariz. Estaba a punto de correrme, la vuelta atrás ya no era posible y decidí hacerlo en su boca. Presioné la garganta y me deslicé más dentro entrando en la tráquea y corriéndome, como en las pelis porno. Me quedé allí disfrutándolo, hasta que intentó retirarme de forma desesperada al faltarle el aire.
Cuando se la saqué de la boca me miró con cara de odio y me dijo que era un hijo de puta. Mi respuesta fue volver a retorcerle los pezones sin piedad y volví a metérsela de nuevo en la boca. Empezó a disfrutar de nuevo con el castigo de los pechos y empezó a chupármela otra vez con ansia, presionando la lengua contra el capullo. Volvió a correrse de nuevo, ante la mirada fija del marinero que se masturbaba sin perder detalle y que se corrió en ese momento.
Una vez acabó el hombre, le hice una seña con la cabeza para que se fuera. Le dije a ella que me limpiara los restos de la polla con la lengua y así lo hizo. Cuando acabó se levantó, me miró a los ojos y sin decir nada se fue. No le dije que durante todo el rato mi imaginación estuvo ocupada con Nadin, ni que el final de nuestro encuentro había tenido un espectador, porque soy un caballero.
Ya no buceó más ese día y tampoco la vimos por el barco. Su compañera de camarote nos dijo que no se encontraba bien y prefería quedarse acostada. A nadie le pareció extraño porque es frecuente que esta situación se dé en algunas personas después de varias inmersiones seguidas.
Cuando nos estábamos sentando a cenar apareció y antes de sentarse en su sitio se acercó a mí y me dijo al oído que había sido un cabrón y un animal y que le dolían a rabiar los pezones y la garganta. No volvió a hablarme durante esa noche. Yo estaba convencido de que cuando el dolor le desapareciera volvería a buscarme, consciente de que la situación la había provocado ella y era la que más había disfrutado. Nunca hubiera imaginado que a aquella chica con apariencia de monja, le gustaran las prácticas masoquistas. Sorpresas que da la vida.
Esa noche la canadiense me dijo que sabía que habíamos follado. Le dije que sí pero que mientras lo hacía con otra estaba pensando en ella.
- Quédate con eso porque es lo único que vas tener de mí - me dijo riéndose.
Una pena, me hubiera encantado disfrutar con ella de un buen polvo, pero no siempre se cumplen los deseos.
La última noche, después de cenar, vino Bárbara a hablar conmigo. Me dijo que no le importaría repetir lo de la otra tarde, pero en su camarote. Había hablado con su compañera para que no apareciera, si nos veía irnos juntos.
Le di las gracias y rechacé su oferta. Le dije que era la última noche y la quería disfrutar con todos los compañeros de viaje. Bajó la mirada al suelo, se dio media vuelta y se marchó.
Al día siguiente al despedirnos todos en el aeropuerto ni siquiera se acercó a mí. Me ignoró. Una pena.
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