Xtories

Salvando a Livia: Capítulos (23 y 24)

Joaquín entra al club creyendo salvar a su amiga, pero no sabe que ella ya ha elegido a su carcelero. Entre látigos, humillación y placer prohibido, Livia descubre que su verdadera entrega no es para el hombre que ama, sino para el monstruo que la posee.

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23. BABILONIA

JOAQUÍN ARMENTEROS

Jueves 3 de agosto

Linares, Nuevo León

—Te mentiría si te dijera que no me extrañó tu llamada —me dijo Leila Velden cuando me abrió la puerta de ese apartamento tan menesteroso y tan distinto al otro donde había vivido antes de que la corrieran de La Sede—. ¿Qué quieres, Joaco? ¿Te mandó Valentino? Si es así, dile a ese hijo de puta que se vaya mucho a la chingada.

Gruñí. No estaba para cuentos.

—Hace tiempo que ya no trabajo para él, te lo dije por teléfono.

—Sí, pero no me dijiste por qué.

—Eso no te importa.

Leila me miró de arriba abajo, coqueta, se relamió los labios cuando llegó a la altura de mi bulto, que se marcaba a través de mi chándal deportivo, y me invitó a pasar.

—Entra libremente, Joaco, y por tu propia voluntad, y deja parte de la felicidad que traes contigo —me dijo riendo, refiriéndose a una cita de Drácula de Bram Stoker.

—Al menos sabes leer —murmuré.

—Yo sé mucho más que leer.

No es que tuviera muchos deseos de convivir con una pretenciosa y tonta chica como ella, mas lo tuve que hacer por necesidad. Apenas llevé a mi hermano con mi madre, hice ciertas investigaciones sobre Babilonia y luego la contacté, usando la agenda de Valentino que yo todavía conservaba. Le pedí a esa loca que me mandara su ubicación porque quería hablar con ella de algo urgente y… ¡heme allí!

Me senté en un sofá que olía a cigarro barato y aguardé a que ella se tumbara en el sofá de enfrente. Al menos lo demás estaba limpio y ordenado.

—Tú convocaste, tú empiezas —me instigó, cruzándose de piernas.

Leila era una muchacha menuda, delgada, de rostro fino y de carita bonita. Sus ojos verdes eran vivaces, impertinentes. Claro que era guapa, si tan solo fuese menos ella. Menos Leila.

—¡Mi vidooo! Habla ya, que los pezones se me tensan cuando me dejan en ascuas.

Leila tenía una blusita amarilla que le marcaba los pezones y esos pequeños pechos que lucían turgentes. Al parecer no le gustaba usar sostén en el verano, y por lo visto tampoco bragas, a juzgar por cómo se le metía la tela de su pijama en la vagina, notándosele su pulpita partida en dos.

—Sí, bueno, Leila, necesito que me hagas un favor.

—Si el largo y grueso de tu nepe es de acuerdo al tamaño de tus manos; ufff, papacito, no sé qué esperas para sacártela y dejarme hacerte el favor.

Bufé. «nepe…nepe…»

¡Leila siendo Leila! Me puse un cojín en la entrepierna, ya que su lujuriosa mirada me incomodaba.

—No me refiero a un favor… de esos, niña, carajo.

Leila se desinfló, desilusionada.

—Mira, Joaco, como me digas que quieres que te chupe el culo, que ahora dicen que los hombres tienen el punto G en el fundillo, pues…

—¡No quiero un favor de ámbito sexual, entiende! —la regañé, perdiendo la paciencia.

—Tampoco me grites, rubito —simuló hacer un puchero—, que soy muy sensible. No porque te sepas guapo y buenazo, creas que podrás tratarme como tu culo.

—Se trata de Livia —le dije sin rodeos.

Leila, que seguía sonriendo, cerró la boca de facto.

—¿Perdona?

—Hiciste muchas cosas contra Livia que no se te agradecen, Leila, así que ahora tienes una deuda pendiente con ella.

Leila perdió el color de sus mejillas y se volvió más pálida de lo que era.

—Livia me odia, Joaco, ¿acaso no lo sabes? Desde el día de las carreras ya nada fue igual. Además, el señor Abascal amenazó con empalarme si me acercaba un centímetro a ella. Así que no, lo siento pero no. Si ella está triste porque el Zanahorio la dejó, dile de mi parte que aplique la ley de pinocho, esa donde se va uno y llegan ocho.

Puse los ojos en blancos y bufé. Leila tuvo suerte de que la infusión de tila que me había dado mi madre antes de salir de casa me estuviera haciendo efecto, o le habría arrancado la cabeza allí mismo.

—Gracias a esa clase de consejos, Livia acabó como acabó. Ella era una niña bien.

—¡No, no, no mi amorooo! Eso sí que no. A mí no me culpes de sus equivocaciones.

—¡Ella era una chica inocente!

—Pues no olvides que la monja también es santa y es sosa: pero siempre llega el diablo y la esponja.

—¡Basta ya, Leila! Si no dejas de comportarte como una idiota, el que te va a empalar soy yo y no Aníbal.

—Sólo que me empales con eso —volvió a mirarme el bulto, cuando el cojín cayó al suelo—. ¡Por Dios santo… mi amorooo! ¿Cuánto te mide el ganso? Es evidente que el tamaño de tu «palo» es de acuerdo a tu tamaño.

—Creí que eras lesbiana —le confesé.

Recuerdo bien que alguna vez le había oído decirle a Valentino que estaba enamorada de Estefi.

—Me gustan los tijerazos, sí, pero también me gusta sacar punta.

—Tú no cambias, ¿verdad? —sacudí la cabeza.

—La putería no es gripe, para que se me quite en un dos por tres. Además ejercer la sexualidad femenina no tiene porqué ser condenada.

—No cuando la sexualidad se ejerce sin hacer daño a terceros. Pero en fin. Hablemos seriamente y deja de acosarme con esa mirada tan lasciva, carajo. La ayuda que quiero de ti es muy particular. Mañana es la inauguración de un club liberal, allá en Linares, y quiero que hagas de mi pareja.

Leila extendió sus ojos y frunció el ceño, sorprendida:

—¿Pasamos de querer salvar a Livia a proponerme que haga de tu mujer para compartirme con otro cabrón en un club swinger? Mira si serás enfermo.

—¿Tienes mierda en la cabeza, Leila?

—Tampoco me ofendas, que mi vagina se contrae.

—¡Tengo razones para pensar que Livia está allí, secuestrada, y quiero verificarlo! El problema es que si no voy en pareja, no me dejarán entrar, y no sé por qué mierdas pensé en ti cuando tuve como objetivo buscar una fémina. ¿Me ayudarás o no?

Pero Leila había adoptado el color de una vela de parafina.

—¿Livia…? ¿Secuestradaaa?

—Sí, eso dije.

—¡Por el prepucio de Cristo!

—Carajo, Leila, ¿me ayudarás o no?

Ella se puso en pie, corrió al baño para echarse agua fría en la cara y luego volvió, impacientada.

—¡Obviii sí! Pero de una vez te advierto que yo no tengo dinero para pagar la entrada.

—Yo tampoco, Leila, y mira que para pagar la membrecía se necesita una gran cantidad de dinero.

—¿Entonces? Como me digas que piensas prostituirme de una vez te digo que no.

—Yo me las arreglaré —dije, acariciando con tristeza el reloj de oro que mi padre me había heredado y que no me quitaba ni para bañarme—. Así que nada. Mañana paso por ti al anochecer, y que Dios nos agarre confesados.

—Amén.

LIVIA ALDAMA

Viernes 4 de agosto

Linares, Nuevo León

—No cabe duda que tu culo y tus tetas vuelven loco a cualquiera, Aldama, incluso a mí. ¿Y sabes por qué no te odio como debería? Porque gracias a tu aparición, ahora Abascal está en el precipicio. Ya está nadando entre la mierda. ¡Fue tan pendejo; tan pendejamente pendejo! Parece mentira que por culpa de una mujer hubiese caído su imperio. Por ti él se volvió un imbécil. Mira que mandar matarme precisamente con un sicario que también trabaja para mi padre.

—¿De qué estás hablando? —la voz me temblaba, y con las tetas todavía colgándome con el pecho, era difícil que Valentino pudiera tener su vista atenta en mis ojos.

—Ay, Aldama, no te hagas pendeja y no me digas que no lo sabes, que por culpa del cornudo de tu ex noviete de mierda Aníbal me mandó destazar. Seguramente se enteró que tu cornudete y yo jugamos a las carreras y que por un error de cálculo choqué contra su vehículo y él se estrelló en una barra de contención.

Mi corazón remecía desaforado debajo de mi pecho. Todo lo que estaba ocurriendo era demasiado fuerte. No sabía si mostrarme aliviada de que él estuviera vivo o temer a la venganza que intentase verter contra mí. Y encima confesándome que había tratado de matar a Jorge, y yo sin saberlo.

—¿Qué hiciste qué…?

—Por eso tu «papi» envió al Tamayo a matarme, pero eso tú ya lo sabías.

Lo que sabía es que Aníbal lo había mandado despedazar, que nos habían llevado sus restos a la Mansión Soto, y que yo había echado gasolina y un fosforo encendido sobre aquella montaña apilada de sus restos.

—¡Yo… yo… oí tu voz en ese video!

Mis dientes me castañeaban, y la mirada displicente del Lobo me trastornaba.

—Era mi voz, pero el desdichado no era yo. Es fácil manipular videos en pocos minutos.

—¡Aníbal no es tan imbécil para no haberse dado cuenta de que tú no eras! ¡No es tan imbécil para no haber verificado que esa cara no era la tuya! ¡Llevaron tus restos a la mansión de los Soto!

Y omití decir que después de quemar sus restos él y yo nos fuimos a fornicar a la tina de baño.

—Restos de un cuerpo molido fue lo que el Tamayo les presentó —sonrió. Valentino todavía lucía como lo recordaba; su rostro tosco y viril, sus ojos negros y felinos, su cabeza rapada, su boca gruesa, su mirada seductora—. Pero en esta vida no muere el menos poderoso, querida Culoncita, sino el menos astuto.

—¡Tu cara… Aníbal dijo que era tu cara!

Había olvidado lo musculoso que era, aún más que Heinrich, pero de menor estatura y de un tono de piel más bien bronceado.

—Las caras se trasponen —comenzó a caminar por mi cuarto, observando las decoraciones con interés—. La tecnología ha avanzado mucho, reina.

—¿En minutos? ¿La tecnología cambió tu cara por la de ese desdichado en minutos? ¡Todo es una locura!

—Digamos que lo tenía todo previsto, Culoncita. Sabía que Aníbal nunca me iba a perdonar que te hubiera «pervertido», que te hubiera llevado a las carreras y que te hubiera apostado para que te follara Felipe, que en Gloria de Dios esté, si perdía, tal y como sucedió.

»Yo fui el único que siempre supo que don Cornudo, el marido de Lola, estaba detrás de todas las filtraciones y que era el traidor de Aníbal. Nadie me quiso creer, porque, según ustedes, por ser guapo y musculoso, estoy impedido para pensar, ¿no? Pues ya ves, Aldama, las apariencias engañan. Además, yo sabía que tarde o temprano Abascal se enteraría de que me había tirado a sus dos hijas (y aunque no lo creas, me dolió mucho no estar presente en el funeral de Ximena, que era… una niña encantadora). Y encima sabía que también se enteraría de que semanas atrás del accidente de Raquel, yo ya me la había cogido, como venganza de ella para herir su orgullo. Como vez, me la tenía jurada.

»A lo mejor ignorabas que su sicario estrella, el Tamayo, antes sirvió a los Russo, por eso hablé con él y negociamos. Ahora me preocupa no saber dónde está metido, pero… ese es otro tema.

—¿Tu padre sabía, entonces… que Aníbal iba a matarte?

—Mi padre es un cabrón, Culoncita. A él le valgo un pito. Seguramente él mismo le habría hecho un altar a Abascal si se hubiera enterado que me había mandado matar.

—¿Entonces? Todo es tan raro.

—No lo es, en lo absoluto. En la vida de la política todo es cuestión de estrategia, y lo único que hice… fue intentar salvar mi culo. De no ser por Amatista, que me ha tenido escondido todo este tiempo, y a últimas fechas con la asistencia de mi amigo Leo, ahora mismo estaría levantándole la cola a San Pedro Apóstol. Pero mira el lado bueno, putita, gracias a mi astucia, ahora tienes una muerte menos qué cargar en tu conciencia.

—¡Yo no le pedí que te matara —me sinceré horrorizada—, si es lo que estás insinuando!

El Bisonte, como solía llamarle Jorge, se echó a reír, se quitó el saco que llevaba puesto y quedó en camisa gris que se apretaba a sus músculos.

—Como tampoco le pediste que descuartizara al pendejo del motero, ¿no? Pero ese no es el punto. El punto es que Aníbal se enculó contigo, y gracias a esa obsesión enfermiza se volvió en el peor enemigo de sí mismo. Incluso ha puesto en riesgo su propio imperio. Que por cierto, vi en las noticias lo que hizo tu noviecito en la convención de La Sede, y la verdad es que debo reconocer que ha sido majestuoso. Nunca pensé que tuviera esos huevos. Creo que sólo por eso lo odio menos. Cuando lo vea la próxima vez, en lugar de ponerle cuernos, le pondré un altar.

—¡A Jorge no se te ocurra nombrarlo! —rabié, sintiendo que profanaba su recuerdo.

Cada vez que pensaba en Jorge, los vestigios de Livia volvían y me atormentaban. Y yo no quería. Era evidente que Valentino no tenía la más remota idea de lo que le había ocurrido a Jorge, (y eso que él sí tenía acceso a las noticias, como me lo acababa de anticipar) y yo no tenía la mínima intención de comunicarle su mala fortuna y permitir que se burlara de él.

—El marido de Lola también se la jugó —siguió riendo, quitándose el cinturón de su elegante pantalón de raso—. Al final don Cornudo no salió tan pendejo como esperábamos. Pero en fin. Lo importante es que estoy vivo, ¿y sabes qué es lo mejor, mi querida Culona? Que al fin podré reventarte tu hermoso coñito de puta y ese delicioso y estrechito ojetito de golfa que tienes, hasta dejártelos como tubos de cañería.

—¡No te me acerques! —grité, retrocediendo.

—No, no —dijo él, desabotonándose su camisa, apareciendo sus pronunciados pectorales y los diferentes tatuajes que los decoraba—, la que se va acercar a mí eres tú. Así que anda, perra, ponte de rodillas y acércate a gatas a mí.

Me quedé engarrotada, miré la puerta y estudié las nulas posibilidades que tenía de escapar por allí.

—¿Qué pasa, Culoncita? Creí que yo te gustaba, a juzgar por cómo te masturbabas mirando las fotos de mi rabo en la laptop que te obsequié. Quiero pensar que, incluso, aun la conservas, con todas esas fotografías.

Al ver mi nula intención de hacer lo que me pedía, él cedió, terminó de quitarse la camisa y así, con su admirable cuerpo membrudo, se acercó lento a mí, y yo no podía moverme porque detrás estaba la cama, cercándome. Valentino me tomó del pelo con extraña dulzura, lo olisqueó como si fuese un perro y me habló en guturales susurros:

—No voy a violarte, Aldama, porque lo que yo pretendo es tu entrega. Me dijo el negrazo que ya pides verga a gritos de forma voluntaria. Me ha enseñado todas tus bitácoras de emputecimiento y yo te he hecho el favor de compartírselas a Aníbal. Bueno, yo no, sino Amatista, que tuvo la idea. Así que sólo déjate llevar, como lo haces con míster Miller o los rabos del masturbatorio. Tú lo disfrutarás. Me gusta que sean mis perras voluntariamente, no bajo amenaza.

—¡Ni lo pienses, cabrón! —intenté empujarlo, pero cuando mis manos se posaron sobre sus abultados y calientes pectorales, mis palmas ardieron, mi vulva vibró, y todo el entrenamiento corporal y psicológico que había recibido durante los últimos dos meses me recordaron mi naturaleza de puta y mi predisposición sexual.

E involuntariamente jadee con un «Huumm.»

—Qué grosera te has vuelto, Aldama, ¿con esa boquita tragas rabos? —Sentir su enorme cercanía en mi cuerpo me robó el aliento—. No, no, no. Te voy a lavar tu boca con lefa y jabón, a ver si así vuelves a los senderos de Nuestro Señor.

Y por extraño que parezca, mi excitación sólo se acrecentó. Mis pezones se pusieron de punta, y un pequeño dolor me cimbró en mis perforaciones.

Y el Lobo volvió a hundir su cabeza en mi pelo, cosquillándome con su nariz, resoplándome con su aliento a macho; y recordé nuestras perversas salidas a reuniones, bares y demás encuentros clandestinos que habían hecho tanto daño a Jorge.

Y aun si ahora era yo quien profanaba su recuerdo, no pude evitar sentirme cachonda y ansiosa. En mi útero se formó un picor y un tórrido calor que terminó estilándome nuevamente por la vagina. Pero no era culpa de Livia sentir lo que sentía, sino de Drusila, por cuyo entrenamiento ya estaba trastornada.

—¡Ve…te, Valentino —froté mis manos sobre sus pechos cálidos, apretando mis piernas, friccionándome un muslo con el otro, relamiéndome los labios con avidez—, y déjame en paz!

—Conozco este tono de zorra calenturienta, putita, que me dice vete, pero en su interior ansía que me quede, ¿es que me extrañabas de verdad, mami? —Sus gruesos dedos se prendaron de mis pezones; y él, bufando excitado, se calentó mientras sus yemas jugueteaban con los piercing que los adornaban, cuya sensibilidad en las puntas se irradiaba por todo mi pecho y espalda—. Con estas perforaciones en tus ubres te ves exquisita, Aldama, como todo un putón. ¡Me fascinas! ¡Siempre me volviste loco, ¿lo sabes?! ¡Ven, con tu manita toca mi bulto, para que veas cómo me pones! Pero eso tú ya lo sabes, porque me calentabas a propósito, y te burlabas follándote a todos menos a mí. Pero esto tiene que cambiar.

El Lobo sacó su húmeda lengua y me dio un lametazo en el cuello, y yo vibré.

—¡Valentino…!

Bajó sus manos por mis laterales, y pronto enterró dos dedos en mi entrepierna encharcada, que abrí a voluntad para él. Y ambos, excitados, oímos los chapoteos de su ingreso cuando los comenzó a remover.

—Olvidémonos por un momento que tú eres una hija de puta, Aldama, responsable de que casi me despellejaran vivo. Olvidemos por un momento que yo fui el que te emputeció para que Heinrich Miller no me matara. Me lo debes, Aldama, me lo debes.

—¡No… no…! —decía bailando en círculos, removiendo las caderas con sus dedos enterrados en mi mojado coño—. ¡Uuuuffff!

—¡Menudo zorrón… cómo de mojadísima estás! ¡Vamos, putonsísima, vamos… comencemos nuestra follada contigo corriéndote en mis dedos.

—¡¡¡Aaaaahhhh!!!!

JOAQUÍN ARMENTEROS

Viernes 4 de agosto

Linares, Nuevo León

Tardamos casi hora y media de trayecto en auto de Monterrey hasta Linares. Y de ahí nos demoramos otros casi 40 minutos más buscando Babilonia, que resultó estar en la zona colindante de la localidad, a las afueras.

Al final, desde la página de internet oficial del Club Shadow Babilonia, logré comprar una membresía estándar a un precio especial para dos personas, en mensualidades sin intereses por inauguración, que si bien me limitaría el acceso a diferentes salas del club, al menos nos daría la posibilidad de ingresar a Babilonia por una semana sin un costo adicional.

Después, había que volver a pagar. ¡Joder!

Leila, que no era tan bruta como parecía, se encargó de llenar nuestras fichas y todos los requisitos de afiliados, que incluía, entre otras cosas, nuestros datos personales, datos biométricos, fotografías de cuerpo completo, un diagnóstico físico a través de una entidad pública, y los resultados en digital de un laboratorio certificado, de análisis clínicos de ETS.

Entiendo que todo fue a quema ropa, y que había la posibilidad de que no obtuviéramos una respuesta ese mismo día, pero por obra y gracia del creador, luego de cuatro horas de deliberación, nos enviaron por correo electrónico nuestra carta de aceptación, así como una tarjeta digital.

Babilonia era un antiguo palacete de dos plantas, de muros blancos y de estilo victoriano, en cuyo jardín frontal había charcos de la tormenta que había azotado esa tarde. La noche era fresca, y a nuestra llegada un valet parking recogió mi auto, al tiempo que una mujer nos entregaba un par de antifaces negros para que nos los pusiéramos antes de entrar. Después nos colocó una pulsera de color café que indicaba que éramos de clase estándar, según acababa de verificar en nuestra membresía digital.

Leila Velden, visiblemente indignada, murmuró:

—Vaya clasismo, separándonos entre ricos y pobres. Mira si no serán cabrones que hasta el color de la mierda le pusieron a nuestras pulseras.

—Bueno, ya, no reniegues, y sujétame del brazo.

—Te sujeto de donde quieras, bombón.

Torcí los ojos ante su burda ingeniosidad y nos pusimos los antifaces. Leila se la pasó la mitad del trayecto parloteando, diciéndome mil teorías sobre el secuestro de Livia e ideas pendejas sobre cómo la podríamos la rescatar. La otra mitad del camino fue peor, porque se la pasó diciéndome lo mucho que se le había mojado la vulva al considerar que con mi traje negro yo parecía un modelo de revista. Que mi camisa azul resaltaban mis ojos turquesas, y que el tipo de pantalón que llevaba haría que cuando bailásemos mi bulto se notara aún más.

Habló sobre la forma rizada de mis cabellos dorados, deduciendo que cuando era niño me alquilaban para ejercer del niño Dios en las pastorelas.

—¡Chinga, Leila, ¿te podrías callar?! ¡Me pones de los nervios!

Y ella guardaba silencio por cinco minutos para luego reanudar sus parloteos.

Menos mal la menuda chica había elegido unos tacones altos, porque con mi gran estatura, de haber llevado zapatos sin tacón, ella habría parecido un bastón colgando de mi brazo. La verdad es que Leila, con ese vestidito negro que se untaba a su estrechito cuerpo, cuya abertura con en la pierna derecha le daba un matiz sensual, la hacía lucir preciosa y elegante.

—Muy bien, parlanchina. Vamos a entrar al club, y una vez dentro nos vamos a separar. Quien la encuentre primero le dice al otro, ¿vale?

Leila apenas si me hizo caso, ya que permanecía embobada primero observando la majestuosa arquitectura de Babilonia, y luego la magnificencia de una sensual hembra rubia, de ojazos turquesas como los míos, con un escotado y cortísimo vestido tinto que se adhería perfectamente a su tremenda voluptuosidad.

La mujer ascendía los escalones de piedra con una gracia de extraordinaria refinación, cual diva, andando sobre tacones de aguja que estilizaban su prodigiosa figura, respingando su culo y haciendo resaltar sus enormes pechos y el prolongado canalillo que se asomaba por la periferia de su escote. Y asida del brazo de un hombre de mi complexión que recordaba conocer de algún lado, la diosa entró antes que nosotros, mientras yo respiraba y mi corazón palpitaba con la esperanza de hallar a mi querida Estefi.

LIVIA ALDAMA

Viernes 4 de agosto

Club Shadow Babilonia

Y yo sabía que por la memoria de mi difunto prometido no debía de arrodillarme delante de él. Sabía que por lo hija de puta que había sido con él, provocando su muerte, no debía calentarme ni estar a disposición del zorro que me había pervertido.

Pero lo pensaba, con remordimientos, y al mismo tiempo mis labios vulvares chorreaban, mis manos se aferraban a sus tonificadas nalgas, y un enorme trozo de carne, venoso, color canela, gruesísimo, rodaba delante de mí con la punta babeando. Sus genitales estaban sin un solo pelo, y la textura brillante de su sexo me calentó aún más.

Valentino agarró su miembro con las dos manos, echó un salivazo sobre el glande y metió un dedo a mi boca.

—Abre la boquita, tetonsísima —me dijo, mientras yo, haciendo lo que me pedía, admiraba la forma en que su saliva resbalaba por el glande—, saca la lengua, y comienza chupándome los huevos.

Y pensar que toda mi perversión había comenzado por esa enorme verga: por aquella noche en que volví por mi bolso a mi oficina y lo vi masturbándose…

—¿Sabes la diferencia que hay entre Aníbal y yo? —me preguntó cuando bajé la cabeza, saqué la lengua y lamí sus gordas bolas—. Que no la hay, los dos somos unos hijos de puta, pero yo cojo mejor.

VALENTINO RUSSO

Viernes 4 de agosto

Club Shadow Babilonia

Un día estás muerto para tus enemigos, incinerado y esparcido en alguna parte del jardín de la mansión Soto, y al otro día tienes a un putón fino, de rodillas frente a ti, chupándote la verga con la habilidad que solo las perras mamonas poseen.

—¡Uffff, qué boquita tienes, Livia tetotas, que boquita tienes!

«Si la vieras, Jorgito, si vieras cómo tengo a tu puta» «Si la vieras, Abascal, si vieras cómo a ti también de alguna manera te estoy haciendo cornudo»

Por cómo succionaba mi polla con su boquita mamona, atascándose de verga, empapada de babaza en boca y comisuras, con sus tetotas mojadas producto de nuestros fluidos bucales y corporales, estilando sus pezones en las puntas, ora tragándose mi tallo hasta que mi glande traspasaba su garganta, y ora con su pequeña mano apretándomela fuerte, masturbándome, mientras su lengua jugueteaba con mis huevos, era claro que la tetonsísima tenía ganas de mí desde la primera vez, aun si había simulado indiferencia desde el día uno.

—¡Traga, perra, traga!

Hice nudo su pelo en mi muñeca y desde la base de su nuca la empujé fuerte contra mi verga, resbalándola entre su lengua y paladar. Y Aldama apretaba los labios alrededor de mi miembro, y yo empujaba más hacia adentro y veía cómo sus ojos brotaban llorosos, mientras mi glande atravesaba su garganta.

¡Gorgorgorth!

—¡Traga, putón, traga! —bufaba cachondísimo, experimentando un calor intenso en mi falo que electrizaba mi pubis, vientre y pecho—. ¡Así! ¡Así! ¡¡Oh, mieeerdaaa!!

Fornicaba su boca impulsándome fuerte desde mis caderas, sintiendo y mirando cómo mis huevos chocaban contra su mentón empapado de saliva y babaza.

¡Gorgorgorth!¡Gorgorgorth!

Su habilidad de mamona contribuyó a que mis piernas se pusieran calientes y que las venas de mi falo comenzaran a inflamarse en su boquita, al tiempo que desde la punta de mi glande y hasta mis huevos surgiera un febril hormigueo que me consumió por dentro.

Sus ubres ya estaban empapadas de tantos flujos densos que había expulsado de su boca, botando de un lago a otro mientras me hacía una garganta profunda con iracunda destreza.

¡Hummm! ¡Gorgorgorth! ¡Hmmmh!

En determinado momento, al sentir de nuevo cómo su garganta contraía la punta de mi glande, empujé su cabeza más fuerte contra mí, y dejé mi polla ensartada entre sus amígdalas, ahogándola, hasta que se le acabó el oxígeno y enterró sus uñas en mis piernas.

Cuando la vi lloriqueando y temblar la liberé y así, tosiendo, escupió abundante espuma que se acumuló en sus ya húmedos y pegajosos melones. Creí que se levantaría furiosa por haberla asfixiado y me putearía, pero la muy guarra me sonrió, relamiéndose sus labios, que estaban más hinchados de como los recordaba.

—Ahora házmelo tú —me exigió sorpresivamente con una mirada lasciva, con su maquillaje corrido y su boquita mojada.

—Es lo que más quiero, guarrita —le respondí satisfecho, mientras me tendía la mano para que la ayudara a levantarse—. Qué bien portadita estás, tetonsísima, mejor que el recibimiento que me diste antes.

La llevé hasta su cama con dosel forjado en hierro y la tumbé. Sus tetazas temblaron y ella gimió. Arrastré sus caderas hasta el borde del colchón, la abrí de piernas y me puse de rodillas entre ellas, aspirando su fuerte aroma de hembra en celo. Así, tan cerca de su sexo, nunca pensé que su coñito estuviese tan carnoso, tan sonrosado, tan cerradito, porque a pesar de que Aníbal y Heinrich ya la hubieran reventado, a pesar de que sus entrenamientos en el masturbatorio hubiesen sido tan exigentes, se notaba, por lo estrechita que se la veía, que su putería era reciente, menos de un año en realidad.

Y tuve un espasmo mental al ver lo chorreadísima que estaba.

—¡Uffff, puta… qué rico te mojas y qué rico se te contrae el chocho!

Cuando metí mi dedo medio en su boquita vaginal, que babea a gota gorda, noté lo apretadita que estaba, y aun así la humedad era tan abundante que se hundió de golpe.

—¡Auuuuhhhh! —exclamó como un zorrón.

—Uy, nenita, veo que te gustó, ¿a que sí?

—¡Otro…! ¡Otro…! —me suplicó, removiendo sus esparcidas nalgas sobre las colchas—, ¡méteme otro! ¡Síiii!

—Ahí va otro, pues.

—¡Ouuuuhhh! ¡Dios Santo! ¡Qué bien se sienteee!

Con dos gruesos dedos enterrados en su inundado coñito, aspiré de nuevo su aroma a puta, puse la punta de mi lengua en su clítoris anillado, que por el piercing lucía más brotado y durito, y comencé a succionarlo con habilidad.

—¡Ay! ¡Auuuh! ¡Ayyyy! ¡Aaaahh!

Sus gemidos me inspiraban a seguir succionando y chupando su botoncito. Y Aldama gritaba y daba prolongados alaridos «¡¡¡Ahhhh!!!» y sus piernitas, que ya tenía echadas en mis hombros, temblaban como si fuesen un terremoto. Su culo vibraba sobre la cama y todo su voluptuoso cuerpo se retorcía sobre las sábanas.

Y yo, mientras la lengüeteaba, masturbándola con mis dedos, miraba hacia sus tetas, y me sorprendía que éstas yacieran en la boca de mi puta, que mordía fuerte sus pezones, primero uno y luego el otro, saboreando sus propios piercing para que sus gritos quedaran sepultados entre sus carnes.

Y ella jadeaba, y yo mordía su abultado clítoris, mis dientes jugueteando con su sexy piercing. Y continué succionando, dándole sus ricas chupadas mientras la masturbaba, y luego lo absorbía, hasta que mi puta llegó al límite de su excitación sexual y se corrió sobre mi boca y sobre mis dedos, lanzando prosaicos alaridos:

—¡¡¡Aaaaaahhh!!!

24. UN NUEVO PACTO

JOAQUÍN ARMENTEROS

Viernes 4 de agosto

Club Shadow Babilonia

El interior era acogedor y siniestro. Había lámparas colgando de los altos techos que irradiaban una luz neón que ofrecía a la experiencia una atmósfera de lujuria y placer. Toda la estancia estaba rodeada por puertas que daban hacia nuevos salones, y el pedo era que no a todos los sitios podríamos acceder.

—¿Y si Livia estuviera en una de las salas a las que no podemos ingresar? —me dijo Leila entre susurros pensando lo mismo que yo—. No entiendo cómo chingados no te sacrificaste más y mejor compraste una membresía Premium. A fin que dices que por inauguración estaban a doce meses sin intereses.

Llevábamos media hora dando vueltas por el gran vestíbulo y la segunda planta de Babilonia, buscando entre las puertas de los pasillos los pocos salones a los que podíamos entrar según el color de la perilla, donde se identificaba el tipo de membresía.

—No me reproches —me quejé—, que al menos yo hice más que tú. Además la membresía platino precisaba de requisitos más complejos que nosotros ni de coña podríamos recopilar.

En la mayoría de habitaciones que habíamos entrado habían nuevas barras, hombres y mujeres bailando sobre mesas de cristal (ninguna era Livia) y en las más extrañas, con parejas teniendo sexo entre la oscuridad.

—¿Y cómo dices que es ese tal Heinrich? —quiso saber Leila cuando ya iba por el quinto mojito de la barra.

Nos habíamos detenido en el interior de una sala donde había música electrónica para bailar.

—Mide como treinta metros y está tan negro como tu alma —respondí.

Creo que Leila iba a decirme algo, pero su atención se trasladó a una barra al fondo del salón en cuya superficie yacía recostada y desnuda una mujer trigueña, rodeada por un puñado de hombres que bebían tragos que salían directamente desde su coño, toda vez que previamente le metían los líquidos bajo presión y luego, con un vibrador que manejaba el barman y que ella tenía insertado en el culo, los expulsaba.

Leila se desprendió de mi brazo y se acercó a la barra, mientras yo me volvía a encontrar con la parejita que habíamos visto en la entrada, conformada por el tipo de ojos verdes y rizos negros que tenía mi complexión, y la brutal hembraza de cascada dorada y vestidito tinto que parecía una diosa terrenal.

Les vi discutir, y al acercarme un poco a ellos sólo por el morbo de apreciar las bonitas formas de sus grandiosos pechos, oí algo que cambió el rumbo de mis investigaciones:

—¡No, Leo, no me da la gana entablar amistad con Heinrich Miller! —le decía la rubia—. ¡Es aborrecible!

—¡Sólo inténtalo, Lorny, sabes que es mi socio!

—¡Así fuera tu padre, Leo; no es no, y te callas!

En principio de cuentas descubrí que aquél tipo era Leonardo Carvajal, el dueño del Bar de los Leones, donde nos habíamos encontrado con el Serpiente aquella vez. Leonardo, además, era un viejo amigo de Valentino Russo. El empresario de pronto me miró, y aunque tenía mi antifaz puesto sé que me reconoció, porque me saludó con un asentimiento.

La tal Lorny, su mujer, se desprendió de su brazo, enfadada, y salió del salón mientras Leo atendía una llamada. Por mera curiosidad salí detrás de ella, que miraba sospechosamente hacia todos lados. La mujer de cascada dorada sacó el teléfono del bolso, llamó a alguien en voz baja y la vi dirigirse por el pasillo posterior.

Yo me fui detrás de ella por un rato, sólo para toparme con que Heinrich Miller la interceptaba a la mitad del camino. A como lo veía, la tal Lorny había hablado con míster Miller para encontrarse a solas con él, a espaldas de Leo, a quien acababa de engañar diciéndole que no toleraba la presencia del afroamericano.

«Mierda, esta rubia lo que tiene de buena lo tiene de mentirosa» pensé.

Retorné un poco y me escondí en el pasillo que hacía intercesión a ver si lograba escuchar algo de mi interés, sin éxito. Desde ahí me asomé de vez en cuando y comprobé, por la forma tan disentida en que conversaban, que ambos tramaban algo. Después de un tiempo que no se prolongó más de un tiempo prudencial, vi que ambos se despedían, aunque no de manera cordial, sino con un grito de la rubia que fue bastante estrepitoso; «¡Tú le tocas a él un pelo y yo te mato, Heinrich!». Desde luego aquella no era la clase de relación en dos amantes que yo conocía, por lo que volví a dudar del tipo de relación que tenían esos dos.

Volví a esconderme en el pasillo para evitar que Heinrich Miller me viera, y luego de comprobar que al menos mis conjeturas de que ese club era del negrazo, me propuse seguir a la mujer de cabellos dorados. Era más seguro que seguir al otro mafioso. Si ella era íntima de Heinrich, me dije que, con suerte, me sería más probable encontrar a Livia a través de sí.

Le di instrucciones a Leila para que siguiera al afroamericano por el pasillo «B» y yo continué detrás de «Lorny.»

VALENTINO RUSSO

Viernes 4 de agosto

Linares, Nuevo León

Puse una almohada a mi puta para que apoyara la cabeza y la recosté de espaldas en el centro de la gigantesca cama tras un segundo orgasmo masturbatorio.

—Al fin… al fin… —decía para mí, ardiéndome la sangre de deseo y ansiedad.

Me tumbé sobre ella, aspiré sus efluvios femeninos que despedía con solo respirar, elevé sus gordas caderas a la altura de mi pelvis y ella enganchó las piernas a mi cintura para mantener el equilibrio. Finalmente echó sus manos detrás de la cabeza y se aferró fuerte del cabecero esperando que la acometiera.

Mientras tanto, con mi hinchadísima verga enhiesta comencé a golpetear el preludio viscoso de sus brotados gajitos, que dilataban a mi encuentro a voluntad, besándome el glande, y floreando sus pliegues caldosos, cosquilleándome la punta, hasta que ya no me pude contener más y me hundí, obnubilado por el deseo, hasta el fondo de su lubricada hendidura.

—¡UUUUFFFF! ¡PUTAAAA!

—¡AY CABRÓOOOON!

Mis huevos chocaron contra su remojado umbral, y de una manera extraordinaria percibí cómo sus paredes carnosas me apretujaban mi verga hasta quemarla, impregnándola de su ambrosía, como si en lugar de una vagina me hubiese sumergido en una inmensa gruta muy estrecha, viscosa, espesa y llena de magma.

—¡Delicia de coñazoooo!

Y ella, sonriente, agitada, traspirando, apretó su vulva y mi verga palpitó dentro de sí.

—¡Uffff!

Ella solita comenzó a mover sus caderas en hondas, restregándose contra mi erecto miembro, contrayendo los músculos del suelo pélvico para provocarme la sensación de que me lo comprimía.

Y entonces hice lo que mejor sabía hacer, follar. Y a Livia Aldama le di la follada de su vida. La que nos debíamos. La que deseábamos los dos. ¡Por fin!

Sus contracciones y sus jadeos me volvieron loco.

Si algo me excitaba de las mujeres era su gloriosa forma de gemir; y mi puta gemía como una perra en brama, como una zorra que en verdad disfruta del sexo. No entiendo hasta qué punto ella estaba trastornada, o en qué momento había dejado de ser aquella muchacha tranquila e inocente que un día entró a mi oficina presentándose como «mi nueva asistente personal.»

Parecía ya no importarle que yo fuera el causante de que ella estuviera en ese putero, donde prácticamente yo fui quien la vendió a un precio muy alto, mi propia vida. Parecía una mentira que cuando cambiamos de posición, echándome yo bocarriba y ella encima de mí, se diera unos sentones tan ricos sabiendo que por poco había matado a su novio, en aquel choque que… vamos a ver, tampoco pretendía asesinarlo, que yo no soy Abascal, pero al fin y al cabo había hecho que chocara contra un muro de contención.

Por mi causa su noviete había sufrido lo impensable. Había hecho que se emputeciera; realmente fue gracias a mí que Abascal se la folló, porque yo mismo la había encaminado al borde de la sordidez. Yo era el responsable de arruinar su fiesta de presentación, la misma noche que descubrí que el padre de Jorge Soto había emputecido a mi madre. Incluso esa misma noche, mientras Jorge atendía a los invitados, yo organicé un sorteo entre los miembros de una pandilla para que uno de ellos se la follara; y se la folló, en esa madrugada, ella doblada sobre el capó de mi Ferrari y el sujeto perforándola por el coño, situado detrás.

Mis ansias de desquite habían llegado tan lejos que incluso hice que se follara al mejor amigo de su novio; a ese Pato inmundo al que se la tenía jurada por haberme arrebatado a quien fue el amor de mi vida y que ahora está muerta.

Y ahora la tenía allí, encima de mí, rebotando el culo sobre mis piernas. Y ella se mataba sola sobre mi verga, y gritaba, y jadeaba, y gemía, y yo me sentía excitadísimo por su entrega.

«¡Así! ¡Así! ¡Oh! ¡Rico! ¡Ricoo! ¡Ay! ¡Ay!»

—¡Cómetela, cómetela!

Y ante un nuevo orgasmo que le hizo temblar las piernitas, me descabalgó, y se tumbó sobre mí, echándome sus gordas y deliciosas tetas, y se deslizó sobre mi cuerpo cual serpiente mojada. Su lengua comenzó a arrastrarse desde mi cuello hasta mi pecho, mis tetillas, mis pectorales, mis abdominales, y ella los redibujaba con la suave punta de su lengua, cuadro por cuadro, hasta llegar a mi pelvis. Sus manos me acariciaban. De pronto hundía sus uñas en mi piel y yo berreaba. Pero no me importaba el dolor físico, sino el placer mental que me proporcionaba.

Cuando sus manos se hundían en mis abdominales, ella ya estaba otra vez mamándome la verga. Incliné mi cabeza para mirarla pero su cabello le tapaba la cara.

—Apártate el pelo, culona, quiero verte tu carita de viciosa mientras me la chupas.

Ella se lo apartó. Y vi su entrega, sus ojitos en blanco, su expresión de deseo, sus carnosos y perfilados labios matizados ciñendo mi falo. Su lengua mojada saboreándomela toda. Sus manos no abarcaban su circunferencia, y viéndolo bien, la deformación de su boca me excitaba al ver que apenas se la podía tragar, aun si luego desaparecía toda.

—¡Uffff, ricura…!

Y yaciendo en medio de mis piernas, sus gordas ubres caían sobre la cama. Y verlas me provocó deseos insanos de morderlas.

—Amamántame, Aldama, ven, pónmelas en la boca… Trépate otra vez en mi verga y cabálgame, pero échame tus ubres a mi boca, aplástalas fuerte.

Hizo lo que le dije, sumisa, ansiosa.

Era muy hermosa. No entiendo cómo mierdas no la tuve antes así, si me estaba volviendo loco por poseerla. Sus ojos color chocolate, sus labios mullidos y su carita inocente le configuraban toda una morbosidad a su semblante que me ponía cachondísimo.

Y mordí sus tetas, cuyos piercing se enterraban en mi boca. Ella se clavó mi verga de una estocada y comenzó a menearse con gozo. Apartó sus ubres de mi boca cuando lanzó un nuevo alarido y echó su cabeza hacia atrás.

—¡Qué rico te mueves, putón!

—¡La tienes… enormeeee!

Sus ojos perdidos, sus caderas anchas asomándose por los lados mientras me escalaba. Sus enormes ubres balanceándose de un lado a otro, como si le pesaran demasiado, con sus pezones erectos santiguándome la piel.

—Eres hermosísima, cabrona, ¿lo sabes?, estás bien pinches putas perras hermosísima.

Creo que ese fue el comentario más romántico que le dije a alguien en la vida. Livia en verdad era preciosa. Y sólo en ese momento, en ese instante tan sexual, recordé que ella era más que una puta. Ella era la chica ejecutiva más eficiente que había tenido nunca. Que sin siquiera culeármela como a las otras, me había sacado de grandes líos haciendo trabajos e informes.

Y mientras se recreaba en mi verga, pubis y huevos, y mientras veía cómo sus tetas rebotaban en su pecho, mientras sus alaridos de zorra caliente «¡Ah! ¡Sí! ¡Ah!» me ensordecía. Y entonces algo hizo clic en mi mente que me descontinuó permanentemente mis sentidos.

Ella no podía estar allí. Claro que no.

—Voy a sacarte de aquí, Drusila… si yo te metí en esto, también te sacaré. Tú eres una putona, sí… pero no quiero que estés aquí. Heinrich me la pela. Dame tiempo… unas tres semanas, y estarás libre, pero con la condición de que te vendrás conmigo, ¿eh?

La vi sonreír mientras cabalgaba, y entendí que no era del todo por la droga. No estaba tan inconsciente como yo pensaba, o no habría hilado mis comentarios con tan buena lucidez.

—¡Sí… nene… llévame contigo…!

—¿Eh?

Y me incorporé, y así, teniéndola ensartada, la cargué con fuerza y me la llevé a una silla que estaba junto a la cama. Tuve la necesidad de tenerla más cerca de mí. Deseaba más contacto físico. Y en esa postura, con mi espalda erguida y pegada sobre el respaldo, mientras ella se sentaba arriba de mí, con sus senos aplastándose contra mi pecho, y su boca a la altura de la mía, seguimos follando.

Mi puta sacó su lengua y comenzó a lamerme el contorno de mi boca, para luego, de un momento a otro, decirme algo que me dejó atónito:

—¡Siempre fuiste tú, Valentino! ¡Nunca fue Jorge… ni siquiera Aníbal! ¡Siempre fuiste tú¡ ¡Siempre!

Y ya no importaba la forma en que se deslizaba sobre el largo de mi rabo, sino sus palabras, su declaración. Y respiré hondo para entender que cabía la posibilidad de que me estuviera mintiendo. No sería la primera puta que utilizaba a su cliente para persuadirlo y hacer que la sacara del tugurio.

Y la agarré de las caderas y detuve su galope. Mi verga seguía palpitando dentro de ella, pero ahora sólo nos mirábamos. Yo muy extrañado, por cierto.

—No hay necesidad de que me mientas.

—Me conoces bien, Valentino… —me dijo, y vi una sonrisa que nunca me había dedicado—, tú eres el único hombre que siempre me conoció bien. Todas las noches me tocaba por ti en secreto. Todos mis orgasmos que tenía con Aníbal eran pensando en ti.

—Ya… —quise reír, pero sentía una extraña opresión en el pecho.

—¿Te parece que estoy mintiendo? —me preguntó haciendo un puchero que me caló.

Cuando menos acordé se desclavó mi polla, se puso de pie y me dijo que volviéramos a la cama. Todavía extrañado, me volví a tumbar boca arriba, y vi cómo ella gateaba hasta mi cabeza, para de pronto sentarse sobre mi cara. Me restregó su puchita y los caldos calientes que le salían inundaron mi boca. Mi nariz percibía su delicioso aroma y yo la absorbí toda, mientras ella me decía:

—¡Mira cómo me tienes, imbécil! ¡Estoy mojada! ¡Mi vagina está inundada por ti! ¿Se puede fingir la calentura? ¡Estoy hasta las trancas por ti!

Y se restregaba. Su enorme culo botaba en mi cara. Mi lengua se encajaba entre sus pliegues y ella se frotaba como una gata en celo, en círculos. Y me mojaba. Y me parecía imposible que se estuviera corriendo para mí, como si fuese orina.

—¡Esto me provocas, Valentino… por eso fingía odiarte! ¡Por eso nunca quise que me penetraras… porque sabía… que si lo hacía ahora sí terminaría prendada de ti!

Y me aferré a sus dos nalgotas carnudas, las cuales estrujaba como si fuesen masa. Esa hembra era una diosa. Y me tenía loco.

Pronto hizo un movimiento. Pasó una pierna sobre mi cabeza y se volvió a sentar sobre mi cara, pero esta vez se recostó a la inversa sobre mí, mirando hacia la puerta y no al cabezal, de manera que muy pronto sentí sus durísimos pezones hundidos en mis abdominales, y su boquita de mamoma devorando mi verga.

—¡Ahhh, mamiiii! —exclamé ante la insólita sensación de aquél 69.

—Méteme los dedos… Valentino… y tu lengua… así… ahhh… así, amorcito…

«¿Amorcito?» ¿Ahora era su amorcito?

Y como un pendejo le hice caso a la Tetotas. Abrí sus pliegues babosos y le di un par de lengüetadas. Luego clavé mis dedos dentro de su cavidad y la masturbé. Ella movía el culo con destreza, y ya no sabía en qué momento me iba a correr.

Su lengua frotaba mi verga, y sus uñas acariciaban mis huevos. Estaba a punto del paroxismo.

—¡Quiero que me cojas… Valentino… quiero que me cojas!

No hizo falta su petición: cuando menos se dio cuenta, Livia ya estaba a cuatro patas, y yo detrás de ella, inclinado sobre su espalda, con mi verga incrustada en su carnoso agujero, y con mis dos manos amasando sus tetotas.

E hice lo mejor que pude, follarla bien follada.

—¿Qué diría Aníbal si te viera así? —le pregunté.

—¡Que soy una puta! —decía ella solita, traviesa, obscena, y yo penetrándola duro.

—¿Qué más diría tu amado Aníbal Abascal, si viera a su amorcito empinada sobre mi pito?

—¡Que soy tu perra, Valentino… y que me está encantando cómo me coges!¡Ufff!

Ni siquiera traía a colación al zanahorio, porque es evidente que a quien quería humillar ahora era a Aníbal, quien me consta que estaba enamorado de Aldama.

—¿Te cojo mejor que él?

Y ella respondía con gemidos procaces. Rebotando su culo contra mis muslos, balanceándose ella sola para que mi polla se restregara toda dentro de su cavidad.

—¡Dime que te cojo mejor que él!

—¡Sí, Valentino… me coges mejor que él! ¡Con él no sentía nada! ¡Con él nunca me corrí!

—¿Estás mintiendo…? Ya te dije que no hay necesidad, voy a sacarte de aquí te hayas corrido o no, le hayas dado el culo a Aníbal o no.

—¡Qué no… que no te estoy mintiendo! Es la verdad, a ese malnacido ni siquiera le di jamás el culo. ¡Soy virgen de ahí, ¿lo sabes?!

—¿Estás de joda, cabrona?

—¡No…!

—¿Nunca te reventó el ojete?

—No…

—¿Y tampoco Jorge?

—¡Menos…!

—Pero…

—¡Méteme un dedo, papi… y corrobóralo… estoy estrechita… lo reservé para ti… para que me partas…! ¡Ahhhh!

—¿Virgen anal? No es eso lo que figuraba en tu bitácora de emputecimiento.

—¡Valentino… me corro, me corrooo!

—¡¡Yo también!!

Mis frenéticas embestidas produjeron que un calambre se trazara en mi pelvis justo al tiempo que un orgasmo visceral brotaba desde mis testículos.

—¡Jodeeer!

Y vacié mis huevos dentro de ella. Y Livia Tetotas gimió muy fuerte, y yo bufé. Ambos jadeamos y caímos rendidos sobre la cama, ella arriba de mi pecho, los dos sudorosos, empapados de sus flujos y de mi propio semen, agitados, respirando profundamente.

—¡¿Cuándo te hiciste tan guarra, putón?! —le pregunté minutos más tarde.

Ella me abrazaba. Acariciaba mis pezones y lamía mis pectorales.

—Tú me hiciste así…

—¡Pero si nunca te cogí!

—Pero siempre fantasee contigo.

Nunca había permitido que una mujer durmiera a mi lado después de cogérmela, salvo Amatista, la esposa de mi padre, y a quien le tenía un cariño especial. Y Aldama no sólo se estaba quedando dormida conmigo, en la misma cama, sino que daba besitos a mi pecho.

Y no entendía nada, ¿no se supone que ésta cabrona me odiaba? ¿Y ahora me mimaba? Con sus ojos entrecerrados acariciaba mi cuerpo, y de vez en cuando se inclinaba y me daba besitos en la boca. Y yo se los correspondía, como un puto ridículo de mierda, “¡¿WTF?!”

—¿Cómo puedes tener esta carita tan… angelical, y ser tan hija de puta, Aldama?

Ella sonrió, pestañeó rendida y siguió lamiéndome la piel.

—Secretos de mujeres…

—¿Y ahora qué vamos hacer? —le dije entre susurros.

Sus tiernas caricias me habían acurrucado.

—Un nuevo pacto —murmuró—. Acabar juntos con ese hijo de puta.

Esta vez su voz no fue la de una angelical señorita.

—¿Aníbal?

—Intentó matarte, ¿lo olvidas? Te la debe.

—Porque tú se lo pediste.

—Nunca habría hecho algo así —me dijo haciendo un delicioso puchero de niña traviesa—. Es verdad cuando… te digo que siento algo por ti.

Acomodó sus gordas ubres sobre mi pecho, estiró su mano en mis genitales, y los comenzó a frotar.

—Empiezo a creerte, porque soy testigo de que tú tampoco le pediste que hiciera mierda a Felipe, el motero, y aun así lo despedazó.

—¿Lo ves? —me dijo—. Por eso me hice este tatuaje.

—¿Qué tatuaje?

Ella rio, diciéndome:

—Estabas tan caliente que ni siquiera lo miraste. Lo tengo detrás de mí, pequeño, una mariposa, en mi espalda baja… No, no… quédate quieto, que ya te lo enseño más tarde. Ahora quiero que pactemos… acabar con él. Porque mientras Aníbal esté rondando por ahí… ni tú ni yo podremos…

—¿Podremos qué? —dije agitado, y el recuerdo de la mariposa me trajo la imagen de mi madre de golpe y sentí un escalofrío y un gran vacío en mi pecho—. A ver, cabrona, que tampoco te quiero de esposa.

Mi agitación y extrañamiento era real. ¿A qué mierdas estaba jugando conmigo? ¿Se había tatuado una mariposa en la espalda…? ¡Como la de ella!

Tragué saliva y sentí que me escalofriaba.

—Lo sé… pero… podríamos ser más que amigos, ¿no, Valentino?, amigos sexuales. Tú mismo me dijiste que saliendo de aquí me fuera contigo. Acabas de comprobar que congeniamos incluso follando. Que ambos somos una bomba en la cama.

—¿Y Jorge? —pronuncié su nombre por primera vez, sin insultarlo ni burlarme de él.

Ella suspiró hondo, dejó de tocarme la polla y respondió:

—Él ya no me importa.

—¿En serio eres tú, Livia Aldama? ¿Eres la misma boba y ñoña que un día entró a mi oficina vistiendo los harapos de Betty la fea?

—No, yo ya no soy Livia. Ella está muerta. Yo soy Drusila, una versión más… evolucionada.

—Más putona, diría yo —Cavilé en mi mente lo que estaba pasando y concluí una cosa—. Aunque más bien pienso que me estás utilizando para joder a Aníbal, Aldama, y quiero que sepas que contigo o sin ti, yo ya tenía planeado joderlo: eso si la policía o los Rojos no se me adelantan.

—Quiero joderlo yo también, Valentino, pero si es a tu lado… ¿no crees que sería mejor? Más morbo…

—Voy a ponerte a prueba, Aldama, porque no me fío de ti.

Ella rio, volvió a prenderse de mi verga y de mis huevos y me dijo:

—Mejor ponme en cuatro, rey… y desflórame el culito.

Juro por mis huevos que lo habría hecho si no hubiera recibido un mensaje de texto de Leonardo Carvajal, mi viejo amigo y recientemente ex presidiario, quien me prestaba su apartamento después de que Amatista y yo coincidiéramos en que ya no era seguro continuar escondido en la casa familiar que teníamos en San Pedro Garza García. La gente de Aníbal estaba rondándome. Sospechaban cosas. En cualquier momento descubrirían que yo estaba más que vivo, y la verdad no tenía la intención de reposar entre la mierda esta vez de verdad.

Leonardo Carvajal.

¿Dónde andas, Lobo? Por desbalagarte te acabas de perder el sorteo para jugar con nosotros el juego de las llaves. Ven, estamos en la sección C, y antes de irme con la zorra que me tocó llevarme a la cama, quiero presentarte a mi mujer, a mi Lorna, que ya ves que no se ha dado la ocasión. Y por cierto, hace rato se me figuró ver a tu escolta, ¿cómo es que se llama? Joaco. Se me hizo raro verlo aquí porque me dijiste que ya no trabajaba contigo. En fin. Te espero.

Aldama se había quedado dormida. Y yo sonreí al leer el mensaje entre malicioso y sorprendido.

¿Qué mierdas hacía Joaco en Babilonia?

Miré a mi puta con sus hermosas tetas desparramadas llenas de nuestro sudor, y supe la respuesta. Joaco estaba enamorado de ella. No sólo eso. El rubito de mierda había ido a Babilonia por ella.

Y respondí a Leo que en seguida me reuniría con él, mientras pensaba que la vida me estaba dando una oportunidad idónea para vengarme de su traición.

—Muy bien, Joaco hijo de puta, no sabes la que te espera…

Me levanté con cuidado, para no despertarla. Y así, con ella de espaldas, vi una hermosa mariposa en su espalda… luciendo como la de Aurora… mi madre.

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