Historias del complejo turístico (10)
Lucio no era un hombre que se conformara con mirarla desde lejos; su mirada tenía peso, y su paciencia era una trampa dulce. Cuando el alcohol y el miedo la dejaron vulnerable en la barra, él no solo la salvó, sino que encendió una chispa que Silvia no pudo apagar. Ahora, entre besos que prometen eternidad y cuerpos que se reconocen, la línea entre la protección y el deseo se desdibuja.
Prologo
Como cada día, revisaba las reservas, en invierno la afluencia de gente, es mucho menor que durante el verano, pero la pileta climatizada, suele ser buen incentivo para aquellos turistas que pueden disfrutar del receso invernal.
Una de esas reservas, era para una mujer sola, para las dos semanas del receso. Hasta ahí todo normal, aunque no es lo más normal que una persona sola venga al complejo por dos semanas, mi experiencia, me hizo ver que cuando una persona viene sola, no está en un buen momento, necesita pensar, tomar decisiones, o escapar de algo, y solo en algunos pocos casos, lo toman como una distracción de su rutina.
Al llegar la fecha de ingreso, pude ver que era una chica joven, vestía ropa deportiva y llegó por sus propios medios en un taxi y con una mochila enorme.
Le asigné la unidad y le expliqué todos los servicios y le mostré todas las comodidades del complejo.
La veíamos durante el desayuno, luego volvía a su unidad, y salía con ropa deportiva hacia la playa, supongo que a correr o caminar.
Al tercer día, hablamos un poco durante el desayuno y me contó que es profesora de educación física y aprovechó las vacaciones de invierno en el colegio para tomarse unos días.
A partir de ese día, hablábamos un poco más, no solo en el desayuno, también durante el día cuando nos cruzábamos. Y fue en ese viernes lluvioso, cuando me contó lo que venía pasando en su vida.
Mi lógica pregunta, fue si el amor aun existía, y por supuesto ya sabía la respuesta.
La historia de Silvia
Primera parte
El mar estaba calmo, las olas incansables llegaban una tras otra hasta la orilla, era una tarde nublada del mes de julio, y la brisa helada traspasaba mi abrigo.
Sentada sola en la arena, mirando el horizonte y pensando en todo lo que había ocurrido, pero a pesar de eso, tenía una insospechada sensación de paz, en esas vacaciones de invierno había necesitado alejarme, tomar un poco de aire, estar sola, pensar…, y tomar una decisión, quizás la más importante de mi vida, la que más me había costado.
Pero algo impensado hizo que el corazón se me saliera del pecho.
Soy Silvia Inés Barragán, nací en la ciudad de 9 de julio, en la provincia de Buenos Aires. Mi padre, Luis Ramón Barragán, trabajador del campo, mi madre, Susana Montes de Oca auxiliar en una escuela primaria y mi hermano, Mario Luis Barragán, eran mi familia.
Y digo eran mi familia, porque cuando faltaban dos meses para cumplir mis dieciséis años, un cáncer de páncreas se llevó a mi madre, la única persona en el mundo qué me ha demostrado amor.
Luego del fallecimiento de mamá, lo peor que me pudo haber pasado, mi familia dejó de ser una familia, al menos para mí.
El carácter hosco y mandón de mi padre se acentuó, todo el tiempo estaba enojado, con el trabajo con la vida y sobre todo conmigo.
Recuerdo aquel día que al llegar del trabajo, yo estaba haciendo las tareas de la escuela, y de mala manera, me dijo que a partir de ese día, yo tenía que ser la mujer de la casa, me tenía que ocupar de la limpieza, las comidas, las compras, y todo lo demás que hacía mi madre, y si después de todo eso, si me quedaba tiempo, podía estudiar.
Mi hermano, tres años mayor que yo, había terminado el secundario y se la pasaba en casa, no estudiaba ni trabajaba, y mi padre se lo consentía.
Podía entender qué mi padre me exigiera mantener la casa, él trabajaba todo el día, pero mi hermano no hacía nada, solo se la pasaba mirando televisión, saliendo con sus amigos y volviendo muchas veces borracho.
Esos últimos tres años de mi escuela secundaria, me costaron mucho, recién podía ponerme a estudiar, después de cenar y dejar todo ordenado.
Nunca entendí porque mi hermano me odiaba tanto, jamás me trató bien, ni cuando éramos chicos, y se acoplaba a las exigencias de mi padre. Hasta los vómitos de sus borracheras tuve que limpiar, quería que su ropa esté siempre limpia, las comidas preparadas, qué limpiara su habitación, y siempre con malos tratos y mi padre me exigía hacerlo.
Días antes de morir, sabiendo que ya le quedaba poco de vida, mamá me llamó a su habitación en un momento que estábamos solas, me hizo abrir un cajón del ropero, sacar una pequeña bolsa blanca, qué dentro tenía otra bolsa más pequeña con un estuche.
-SUSANA: Hija, quiero que tengas estas cosas, mi papá se las regalo a mi mamá y ella me las dio a mí, ni tu papá ni tu hermano saben de esto, son cosas de oro, cuando lo necesites, las podés vender, pero dales un buen uso.
-SILVIA: Sí mamá quedate tranquila! Pero no hace falta que me las des ahora!
-SUSANA: Escondelas bien, que nadie sepa que las tenés y el día que te haga falta, las podés vender.
Cuando terminé la escuela secundaria, le dije a mi papá qué quería seguir estudiando, siempre quise ser profesora de educación física.
El bueno de mi padre, me dijo que si quería estudiar, me lo tendría que pagar yo, el no me daría un peso para mis estudios.
Esa noche lloré como nunca encerrada en mi habitación. ¿Acaso nada le importaba de mi vida, de mi futuro?
Unos días después, hablé por teléfono con mi tía Mabel, hermana de mi mamá, que hacía muchos años se había ido a vivir a la ciudad de Buenos Aires con su marido, hace seis o siete años había quedado viuda y vivía sola, cuando le dije que me gustaría estudiar, me ofreció ir a vivir a su casa, y de paso no sentirse tan sola.
Nunca vi tan enojado a mi padre, como el día que le dije que me iba a Buenos Aires a estudiar y qué viviría con la tía Mabel.
-LUIS: No permito qué te vayas, vos sos menor y vas a hacer lo que yo digo! Vos no vas a ningún lado!
Tuve que esperar los meses que me faltaban para cumplir la mayoría de edad, en ese momento ya podría decidir por mí misma, y no me importaría lo que dijera mi padre.
Al día siguiente de mi cumpleaños, que por supuesto ni mi padre ni mi hermano recordaron, puse mi ropa en unas bolsas, las cosas que me había dejado mi madre y saqué un boleto de colectivo para Buenos Aires.
La mañana siguiente preparé el desayuno y antes que mi padre se fuera a trabajar le dije:
-SILVIA: Ya soy mayor de edad y me voy a estudiar a Buenos Aires.
-LUIS: Si salís por esa puerta, olvidate que tenés una familia, si te vas a Buenos Aires, ya no serás mi hija.
Me dolió tanto lo que dijo, qué enojada, entre lágrimas y elevando el tono de voz le dije:
-SILVIA: Perfecto! Ya no tengo padre entonces!
Y tomando mis bolsas me fui de esa casa.
Tampoco puedo olvidar la cara de odio de mi hermano cuando pasé frente a él antes de salir.
Casi cuatro horas tuve que esperar sola en la terminal de ómnibus hasta que llegara mí colectivo.
En la terminal de Buenos Aires, me esperaba mi tía, me abrazó con tanto cariño, qué me hizo recordar los abrazos de mi mamá.
Ese tiempo en casa de tía Mabel, me sentí, por primera vez, como en mi casa, su forma de ser y de tratarme, eran la viva imagen de mi madre.
Ese año empecé la carrera de Educación Física en el Instituto Universitario de River Plate, me encantaba estudiar y me sentía feliz de poder hacerlo.
Vendí algunas de las cosas de oro que me había dejado mamá y con eso solventaba la cuota mensual de la carrera.
Mi tía me apoyaba en todo, me esperaba con la comida, me lavaba la ropa, y yo colaboraba en las tareas cuando estaba en casa.
Durante las clases, me empecé a llevar muy bien con Cristian, un compañero de la facultad, era un buen chico, nacido en Tandil y había venido a Buenos Aires a estudiar. Meses después, comenzamos una relación, me sentía muy bien con él, nos llevábamos muy bien, compartíamos mucho tiempo.
Él vivía solo en un departamento que sus padres le alquilaban y nos íbamos allí los dos.
Muchas veces me quedaba a dormir en su casa, con él perdí mi virginidad, y en verdad fue muy lindo, me sentí querida por él, hacíamos el amor varias veces por semana, a mi tía le decía que me quedaba en casa de una compañera, no quería blanquearle mi relación con Cristian por el momento.
Pero cuando finalizó el primer año, Cristian tuvo que dejar de estudiar y volver a su pueblo, su padre se había quedado sin trabajo y no podían costear el alquiler del departamento. No sé si me había enamorado de él, pero me costó un tiempo asumir su ausencia, y sobre todo las noches de pasión en su cama.
Cuando comencé el segundo año, me compré una bicicleta para moverme por la ciudad. Ahorraba mucho tiempo en ir desde casa a la facultad y también me servía como actividad física, ya que no tenía mucho tiempo libre para hacer alguna otra actividad, solo algunos días, salía a correr o iba a nadar en la pileta del club.
En los primeros meses de ese año de la carrera, en una de las materias tuvimos que hacer un trabajo en grupos de dos o tres integrantes.
Nuestro grupo estaba formado por Anahí, por Leandro y por mí.
Algunos días nos quedábamos trabajando juntos hasta la hora en que me iba al bar. Otras nos juntábamos cuando salía a las nueve de la noche, en casa o en el departamento de Leandro.
Anahí tenía un carácter muy especial, con cierta tendencia a dirigir, a imponer sus ideas y en varias oportunidades no nos podíamos poner de acuerdo en el trabajo, un día Leandro y yo, no estuvimos de acuerdo en lo que planteaba, no le gustó para nada que no lo hiciéramos como ella quería y decidió dejar de trabajar con nosotros, se fue a otro grupo. A partir de ahí seguimos trabajando solo Leandro y yo.
Algunas noches al salir del bar, iba en la bicicleta para lo de Leandro, cuándo nos juntábamos en su casa, me esperaba con la cena, luego nos poníamos a trabajar hasta las doce de la noche, después me iba para casa. Leandro siempre me decía que tuviera mucho cuidado a esa hora por la calle, pero desde su casa hasta la mía, eran solo diez minutos, siempre me pedía que le mandara un mensaje al llegar, para quedarse tranquilo.
Una noche al salir, me agarró la lluvia a mitad de camino, cuando llegué a lo de Leandro, estaba empapada, no hacía frio, pero al estar mojada, estaba helada.
Cuando Leandro me vio llegar toda mojada, me ayudó a entrar la bicicleta y me dijo:
-LEANDRO: Sil, estás empapada! Pasá que te presto algo así te sacás esa ropa toda mojada y la ponemos a secar.
-SILVIA: Ese chaparrón me agarró justo, no me dejó llegar!
Fue a su habitación y me trajo una remera y un pantalón deportivo suyo.
Fui al baño, me saqué toda la ropa, hasta la ropa interior tenía mojada, pero me daba vergüenza darle mi bombachita y mi corpiño para secar, le pedí una bolsa de nylon, las puse dentro y las guardé en la mochila.
Me puse solo el short, que me quedaba algo ajustado, Leandro es más flaco, y la remera amplia, sin nada debajo.
Muy amablemente, puso a secar mi ropa delante de la estufa mientras cenábamos.
En un par de ocasiones, pude ver como Leandro me miraba las tetas, al estar sin corpiño, se me marcaban los pezones.
Nos sentamos en el sillón a trabajar en la entrega y después de un rato, se levantó a preparar un café.
No puedo asegurar, pero cuando se paró para ir a la cocina, creí notar una erección que se notaba a través de su ropa.
Tomamos el café y seguimos estudiando, ya eran más de las doce y no paraba de llover.
-SILVIA: No para más! ¿Piensa llover toda la noche?
-LEANDRO: Sil, si querés te podés quedar acá, así no te tenés que ir con esta lluvia!
-SILVIA: Espero un poco más a ver si para!
El estar solo con su ropa, sin nada debajo, y haber visto lo que creí que era una erección, me había despertado cierta sensación que hacía tiempo no tenía.
Cerca de la una de la mañana, le dije que me quedaba, seguía lloviendo sin parar.
Dejamos de estudiar juntamos todas las cosas y me dijo que podía dormir en su cama, que él dormiría en el sillón.
Le dije que de ninguna manera lo dejaría dormir a él en el sillón.
En un momento, sin esperármelo, se acercó y me besó suavemente en los labios.
No lo rechacé, por el contrario, Leandro me parecía un lindo chico, con un cuerpo normal, pero por sobre todo, buena persona.
A ese beso le siguió otro, y otro más apasionado y un momento después, estábamos abrazados y besándonos recostados en el sillón.
Podía sentir su erección presionando mi pubis, y a esta altura, ya deseaba que pasara.
-LEANDRO: Creo que no es necesario que duermas en el sillón!
Luego de decir eso, me tomó de la mano, y me llevó a su habitación.
Nos volvimos a abrazar y a besar mientras nos íbamos sacando la ropa.
Desnudos los dos, nos acostamos y nos empezamos a acariciar apasionadamente.
Cuando mi mano llegó a su entrepierna, me sorprendí por el tamaño, un poco más grande que la de Cristian, que era la única que había conocido.
Me besó, lamió y acarició todo el cuerpo, fue muy dulce y para cuando llegó con su lengua a mi clítoris, ya estaba deseando tenerlo dentro.
Del cajón de su mesa de noche, sacó un preservativo, se lo colocó y me penetró lentamente, minutos después, cuando sus embestidas eran cada vez más profundas, tuve un orgasmo delicioso.
Después cambiamos de posición y fui yo quien se sentó sobre él introduciéndome toda su hombría hasta que mi culo se encontró con sus piernas.
Me moví buscando darme placer y hacer gozar a Leandro que me tenía agarrada del culo acompañando mis movimientos.
Enderezó su cuerpo, su boca buscó mis pezones alternando entre uno y otro, el placer que sentía era tan grande que exploté en otro orgasmo.
Cambiamos de posición y me penetró desde atrás, el ritmo de las embestidas fue creciendo y momentos después, lo sentí acabar mientras llegaba mi tercer orgasmo.
Rendidos los dos, nos dormimos desnudos y abrazados.
A partir de ese día, me quedé varias veces a dormir en su casa, cenábamos rápido, estudiábamos un rato, apurados los dos por irnos a la cama.
Con Leandro conocí una faceta sexual que no había experimentado hasta ahora. Nuestros encuentros llegaron a ser muy apasionados, siempre empezábamos en el sillón, me encantaba sentarme sobre él, penetrarme profundamente y tener un primer orgasmo cabalgándolo mientras me comía las tetas.
Después nos íbamos a la cama y me cogía de todas las formas, parados, acostados, en cuatro, le encantaba que se la chupara y varias veces lo hice acabar con la boca, aunque nunca dentro de ella, la mayoría de las veces, terminaba eyaculando en mis tetas.
Los dos teníamos en claro que no estábamos enamorados el uno del otro, pero esos encuentros eran muy pasionales, dábamos rienda suelta a nuestra sexualidad. Podría decir que en mi corta experiencia con hombres, esta había sido la mejor, Leandro me sacaba unos orgasmos que nunca imaginé.
Algunos fines de semana yo me quedaba en su casa, y esos días perdía la cuenta de mis orgasmos.
Nuestros encuentros duraron lo que duró el trabajo en conjunto, ese primer semestre, luego de eso, seguimos siendo buenos compañeros y con una buena relación, siempre me gustó su buen humor y lo que nos reíamos juntos. ¿Si era un hombre del cual cualquier mujer se podría enamorar? Por supuesto, pero no fue mi caso, lo veía como un amigo, claro un amigo durante el día y un amante apasionado por las noches.
Un par de meses después, en una charla me contó que estaba conociendo a una chica y que creía que se estaba enamorando de ella. Lejos de ponerme mal, me alegré mucho por él. Tiempo después la conocí y me cayó muy bien, yo no pensaba en hacerle saber de lo nuestro, pero fue él quien se lo contó, supongo que para no tener secretos con ella.
En el tercer año de la carrera, la tía enfermó y dejé de cursar todo ese año para cuidarla y hacerle compañía hasta que falleció, ella había sido tan buena conmigo, y eso era lo mínimo que podía hacer por ella.
En esos meses, solo salía para hacer las compras, por algún trámite para mi tía o para acompañarla a los médicos.
Luego de su muerte, tuve que buscar trabajo, mi tía nunca había querido que trabaje, pero ahora tenía que ganarme la vida.
Mi tía Mabel, al no tener hijos, me había dejado su casa antes de morir.
Cómo al año siguiente retomaría los estudios, conseguí un trabajo en un bar, como camarera, entraba a las tres de la tarde y salía a las nueve de la noche.
No era un gran sueldo, pero me podía mantener.
Rápidamente me acostumbré al trabajo en el bar, por las tardes la gente venía a tomar un café, y por las noches cerveza o una picada, al menos hasta que yo cumplía mi horario.
Una tarde entraron tres hombres de traje y corbata, se ubicaron en una mesa y me tocó atenderlos, dos de ellos de más de cincuenta años y el tercero mucho más joven, supongo que unos veintiséis o veintisiete años, porque no decirlo un lindo chico, una hermosa sonrisa, y perfectos modales.
Él fue quién hizo el pedido, tengo que reconocer qué me daba vergüenza mirarlo a los ojos, creo que hasta me sonrojé cuando sus ojos verdes me miraban.
Una hora después, fue el quién pidió la cuenta y también quién pagó.
Su sonrisa me había cautivado, nunca antes un hombre me había impactado así.
No pude dejar de mirarlo cuando se iban, y al llegar a la puerta, se giró y me vio mirándolo.
Pasaron varios días, creí que serían personas de paso y que ya no volvería al bar y empecé a olvidarme del asunto, hasta que una tarde, lo volví a ver entrar, venía de traje y corbata como la vez anterior y acompañado de un hombre.
En el bar, todos los chicos y chicas, llevamos colgado un aplique con nuestro nombre, cuando me acerqué a tomarles el pedido, me volví a poner muy nerviosa.
-LUCIO: Hola Silvia, soy Lucio, ¿cómo estás?
-SILVIA: Buenas tardes caballeros! Muy bien gracias! ¿Y usted?
Estaba muy nerviosa pero quise ser amable, preguntándole también como estaba.
-LUCIO: Ahora mucho mejor!
Aún más nerviosa me puse con su respuesta.
-SILVIA: ¿Qué se van a servir los caballeros?
-LUCIO: Dos cafés solos, y cuatro medialunas dulces, Silvia, por favor!
-SILVIA: Cómo no! Ya se los traigo!
Me retiré de la mesa, con el corazón latiendo rápido.
Volví con el pedido, y me agradeció muy amablemente.
¿Qué me estaba pasando? ¿Porque me ponía tan nerviosa?
Seguí en mi trabajo, y de vez en cuando lo observaba, pero disimuladamente, no quería que lo notara.
Cuando me pidió la cuenta, el corazón me empezó a latir rápido nuevamente.
Me pagó y me agradeció muy amablemente, con esa linda sonrisa.
Esta vez traté de no ser tan obvia cuándo se iban, pero lo seguí con la mirada a través de los ventanales del bar, y en el último momento, miró hacia adentro y me vio observándolo, otra vez la puta madre!
Pasaron un par de semanas, quería que volviera, aunque sabía que me volvería a poner nerviosa al verlo.
Volvió a entrar, esta vez acompañado de una mujer y un hombre.
Volvió a llamarme por mi nombre y fue tan amable como las veces anteriores.
Unos días después, recién había comenzado mi turno cuando lo vi entrar, esta vez estaba solo.
En esta ocasión estaba más nerviosa que nunca, me saludó amablemente y me pidió un café.
Cuándo se lo traje, me temblaban las manos.
-LUCIO: Tranquila mujer que no muerdo!
No sabía que decir, no me salían las palabras.
-SILVIA: Perdón!
-LUCIO: Muchas gracias Silvia, muy amable, como siempre!
-SILVIA: Gracias!
Me retiré de su mesa, con el corazón latiendo a mil.
Traté de seguir con mi trabajo, pero esta vez no pude calmarme, seguía nerviosa.
Fue cuando me pidió la cuenta, qué el corazón se me salió del pecho.
-LUCIO: Perdón Silvia, no quiero parecer atrevido, pero aunque suene un poco raro, trabajando vos en un bar, me gustaría invitarte a tomar un café algún día, me encantaría tener la oportunidad de conocerte.
Me puse tan nerviosa, qué no pude contestar inmediatamente, estaba roja como un tomate, y me salió decirle.
-SILVIA: En verdad no tengo mucho tiempo, salgo de la facultad a la una del mediodía y entró aquí a las tres de la tarde, y a las nueve cuando salgo, me tengo que ir a estudiar.
-LUCIO: ¿Qué estás estudiando?
-SILVIA: Estoy cursando el último año del profesorado de educación física.
-LUCIO: Qué bueno! Quizás pueda ser en algún otro momento, pero muchas gracias de todas formas.
Me saludó amablemente y se fue. Cuándo pude tranquilizarme un poco, me enojé conmigo misma, que estúpida fui el no aceptar su invitación.
Recién dos semanas después, volvió a entrar al bar, esta vez, también solo.
-LUCIO: Hola Silvia, ¿cómo van esos estudios?
-LUCIO: Buenas tardes caballero, Muy bien gracias a Diós!
-LUCIO: Por favor Silvia, tutéame y decime Lucio, no soy tan mayor!
-SILVIA: Perdón Lucio, es la costumbre! ¿Qué te sirvo?
-LUCIO: Café doble solo, por favor!
Volvía a estar inquieta con su presencia y cuando le serví el café, del bolsillo interno de su saco, tomo una tarjeta y me la entregó.
-LUCIO: Este es mi número, cuando tengas algún momento libre, me gustaría que tomáramos ese café que tenemos pendiente, cuando vos puedas o tengas tiempo me llamas, ¿Qué te parece?
-SILVIA: Bien Lucio, cuando pueda te llamo!
Me retiré de su mesa pensando, qué la pelota estaba ahora en mi campo, qué era yo, quién tenía que tomar la decisión.
Cómo todas las veces, al irse me saludó muy amablemente y con esa sonrisa qué me quitaba el aliento.
Al mirar la tarjeta, supe que no era abogado como pensaba, es Lucio Menéndez, contador público, administrador de una empresa.
Fueron pasando los días y no me decidía a llamarlo, quizás esperando que volviera y me volviera a invitar.
Después de tres semanas sin que volviera a pasar por el bar, tomé coraje y decidí llamarlo.
-SILVIA: Hola, ¿Lucio?
-LUCIO: Si, ¿quién habla?
-SILVIA: Soy Silvia, la moza del bar.
-LUCIO: Hola Silvia! Qué bueno que llamaras! Hace días esperaba tu llamado! ¿Has conseguido un tiempo para tomarnos ese café?
-SILVIA: Es que he estado bastante ocupada con la facultad.
-LUCIO: Lo imaginé, pero qué bueno que tengas un momento! Vos decime a qué hora y qué día, y ahí estaré!
-SILVIA: Si te parece, el viernes cuando salgo de la facultad, a las trece y treinta, en el café de Libertador y Monroe.
-LUCIO: Perfecto! Allí estaré puntual!
-SILVIA: Bueno, nos vemos el viernes entonces!
-LUCIO: Sin falta Silvia! Hasta el viernes!
Listo, ya estaba hecho, me encontraría con el después de tanto pensarlo.
Esa semana estaba por demás ansiosa pensando en el viernes, no sabía que ponerme, en general voy con ropa deportiva, pero ese día quería ir un poco más arreglada.
Me decidí por un jean, una camisa blanca, una chaqueta marrón hasta la cintura y zapatillas marrones.
Ya estaba nerviosa desde que me levanté, casi que no pude prestar atención a las clases.
Ese día no fui en la bicicleta para no llegar transpirada al encuentro. Al salir de la facultad, compré unos apuntes y fui caminando hasta el café.
Llegué unos minutos antes y él ya me estaba esperando sentado en una mesa.
Cuando me acerqué, se puso de pie y me saludó con un beso.
-LUCIO: Hola Silvia! ¿Cómo estás?
-SILVIA: Hola Lucio!
-LUCIO: Por fin nos podemos encontrar y conversar un rato, en el bar donde trabajás no podemos hablar más que un par de minutos.
-SILVIA: Si, es verdad, siempre hay mucho trabajo!
Para que mentir, estaba nerviosísima, no me salían las palabras, pero su forma pausada de hablar, su sonrisa y su conversación amena, hicieron que de a poco me fuera relajando.
Cuando me quise dar cuenta, ya se había hecho la hora en que tenía que ir a trabajar al bar.
Muy gentilmente se ofreció a llevarme y por supuesto acepté, al llegar nos despedimos con un beso en la mejilla y antes que bajara del auto me dijo:
-LUCIO: La pasé muy bien charlando con vos, si te parece nos podríamos volver a encontrar, se que estás muy ocupada, pero si en algún momento tenés tiempo llamame, ¿te parece?
-SILVIA: Si, claro! En estos días te llamo y nos volvemos a encontrar! Gracias por traerme!
-LUCIO: El agradecido soy yo por tu compañía! Nos vemos!
Luego de que me tranquilizara un poco, realmente la pasé muy bien, es muy simpático, muy educado y respetuoso, y por sobre todas las cosas muy lindo. Pudimos hablar de muchas cosas. Me contó de su trabajo, de su familia, yo le conté de mi familia rota, de mi madre y de mi tía.
Ya quería volver a verlo, su mirada me tenía embobada, pero no quería parecer desesperada ni que se diera cuenta cuanto me gustaba, esperaría unos días y luego lo volvería a llamar.
Pasaron como diez días y no había vuelto a pasar por el bar, entonces decidí volver a llamarlo.
Esta vez en vez de llamarlo por teléfono, decidí mandarle un mensaje, de esa forma no se daría cuenta de mis nervios al hablar.
Me contestó rápidamente y volvimos a quedar en el mismo lugar, a unas cuadras de la facultad.
Esta vez, estuve nerviosa solo al verlo y saludarlo, luego que comenzamos a charlar, me tranquilicé y el momento fue más que agradable.
Al igual que la vez anterior, me llevó en su auto hasta el bar y cuando me estaba por bajar, me dijo:
-LUCIO: ¿Creés Silvia que el próximo franco en el bar podríamos ir a cenar? Me gustaría mucho pasar un buen momento, pero esta vez un poco más largo.
-SILVIA: Buenos dale! Cuando sepa que día tengo franco te aviso.
Nos volvimos a despedir con un beso y su sonrisa se estampó en mis retinas por largo rato.
En el bar, me dieron franco para el viernes de la semana próxima, faltaban ocho días y ya estaba pensando cómo ir vestida, no tenía mucha ropa elegante, ¿Y si me llevaba a un lugar coqueto? No sabía que ponerme.
Desde el último encuentro varias veces me había mandado mensajes de whatsapp, saludándome, preguntándome como andaba y deseándome un buen día.
Cuando pasaba algún día sin recibir ninguno, ya lo extrañaba y estaba todo el tiempo pendiente del teléfono.
Esa semana, decidí ir a comprar algo de ropa, no demasiado elegante pero quería verme bien.
Compré un pantalón negro que me quedaba muy bien, y una camisa rosa y también zapatos de tacón, mis primeros zapatos de tacón.
Durante dos días estuve en casa usando los zapatos necesitaba acostumbrarme a los tacos, nunca antes había usado y me parecía que me iba para adelante.
Por mensajes, quedamos en que pasaría a buscarme por mi casa a las nueve de la noche, le pasé la dirección y puntual, estaba esperándome en su auto.
Cuando me acerqué al auto, se bajó para saludarme.
-LUCIO: Hola Silvia! Estás muy bonita hoy! No quiero decir con esto que cuando vas de ropa deportiva no estés bonita, pero hoy estás hermosa!
-SILVIA: Es que hoy me vestí de mujer!
Mi comentario lo hizo reír y nos subimos al auto.
Fuimos a cenar a un restaurante muy lindo de la zona de Belgrano.
La cena estuvo fantástica y él fue muy caballero, muy atento a todo, muy educado y simpático, la verdad es que quería que la cena no terminara nunca.
Me gustaba cuando lo hacía reír con algún comentario, su sonrisa me atrapaba, su mirada en la mía, me deslumbraba.
Luego de cenar, me preguntó si podíamos ir a tomar algo a algún bar, no quería que la noche se terminara tan pronto, y para que mentir, yo tampoco.
Entramos en un pub del barrio de San Telmo, había mucha gente y tuvimos que buscar un lugar para poder ubicarnos.
Yo tomé una cerveza y él un ron con cola.
Escuchamos música, conversamos y nos reímos mucho. Conversar con él es muy agradable, de cualquier tema, me decía que no quería hablar mucho de trabajo, que prefería que le contara de mi vida.
Cerca de las tres de la mañana, me llevó para casa.
-LUCIO: Espero que podamos repetir esta salida, la pasé muy bien con vos!
-SILVIA: Yo también la pasé muy bien, y seguramente en otra ocasión podremos repetir!
-LUCIO: Esperaré ansioso ese momento!
Nos despedimos con un beso en la mejilla y bajé del auto. Por supuesto que si hubiera buscado besarme, no me hubiera negado, moría de ganas de abrazarlo y besarlo. Sí, me había enamorado locamente de él.
A partir de ese día nuestros mensajes eran varias veces por día contándonos cómo iban nuestros días de trabajo, y siempre buscando un momento para encontrarnos.
Nos volvimos a ver varias veces en el café cerca de la facultad, y también en el bar donde yo trabajaba.
Un sábado que tuve Franco en el bar le avisé y me invitó a cenar.
Era el mes de noviembre y hacía bastante calor, no tenía que ponerme y salí a comprar ropa el sábado en la mañana.
Entre en una casa de ropa y no decidía que comprar, después de probarme varias cosas, me decidí por un vestido floreado en tonos pastel hasta las rodillas, con tirantes, ceñido en la cintura, el frente bordado y abotonado hasta abajo. En el momento de comprarlo, pensé que iría bien con unas sandalias blancas, esas que solo había usado un par de veces.
Quedamos en que me pasaba a buscar por casa a las nueve de la noche.
Puntual como siempre, lo vi llegar en su auto. Cuando salí de casa se había bajado y estaba apoyado contra el auto, estaba realmente muy lindo con ese pantalón bordó y una camisa blanca.
-LUCIO: Guauuu Silvia estás hermosa esta noche!
-SILVIA: Vos no te quedas atrás! Estás muy guapo también!
Nos saludamos con un beso en la mejilla y me abrió la puerta del auto para que subiera.
Siempre acostumbrada tener esos pequeños gestos qué me hacían sentir muy bien.
Fuimos a cenar a un hermoso restaurante en Palermo.
La cena estuvo fantástica, la verdad es que lo pasaba muy bien con él, cada vez me sentía más a gusto en su compañía.
Después de cenar, fuimos caminando hasta un pub a pocas cuadras, nos sentamos en una mesa y nos pedimos unas copas, por primera vez, probé un gintonic, y la verdad es que me gustó, aunque un rato después, me reía de cualquier cosa.
A eso de la una de la mañana, se empezó a llenar de gente, cuando fuimos al baño, nos ocuparon la mesa y nos quedamos parados contra una columna, la gente empezó a bailar, y Lucio en un momento, me tomó de la mano y me llevó a bailar.
El lugar estaba a reventar, estuvimos bailando y riéndonos como media hora y un rato después, Lucio necesito ir nuevamente al baño. Como había tanta gente, le dije que lo esperaba en el final de la barra, donde unos pasos más allá, estaba el poco iluminado pasillo de los baños.
Un momento después se me acerco un hombre, de unos cuarenta años o más, me empezó a hablar y podía sentir su aliento alcohólico, le dije que no estaba sola, que estaba esperando a alguien.
Mi respuesta pareció no gustarle y empezó a decir un montón de cosas, que ya conocía a las minitas como yo, qué era mentira que esperaba a alguien, que me podría hacer pasar una noche espectacular y no sé cuántas cosas más, cuando quise irme de allí, me tomo del brazo sujetándome y no dejándome caminar, intenté soltarme, pero era más fuerte que yo, empecé a mirar para todos lados, para ver si veía a alguno de los hombres de seguridad del local o sí volvía Lucio del baño.
El tipo era corpulento y bastante más alto que yo.
Seguía tratando de sacarme al tipo de encima, cuando vi volver a Lucio, que al ver la situación apuró el paso entre la gente.
-LUCIO: Soltala flaco! La chica está conmigo!
-HOMBRE: Bórrate salame! Está zorrita, de acá se va conmigo.
-LUCIO: Soltala! Te lo estoy pidiendo bien! Estás borracho!
-HOMBRE: La suelto si se me da la gana! ¿Y si no la suelto qué? ¿Te vas a hacer el malo?
Y sin mediar ni una palabra más, con una mano, Lucio lo agarró de la mano que me sujetaba, y con la otra lo tomo del cuello.
Empezó a doblar su mano, haciendo que el tipo se tuviera que agachar por el dolor.
En ese momento, aparecieron dos hombres de seguridad, uno de los chicos de la barra al ver la situación, los había llamado. Entre los dos se llevaron al tipo, y seguramente lo sacaron del bar.
Yo estaba tan asustada, qué me salió abrazar a Lucio, que también me abrazó para que me tranquilizara.
Un momento después uno de los hombres de seguridad, volvió y nos dijo que lo habían echado, qué disculpáramos las molestias ocasionadas y que tuviéramos cuidado al salir, por si el tipo aún estaba afuera.
-SILVIA: Gracias Lucio, la verdad es que me asusté mucho!
-LUCIO: Tranquila! Ya pasó! Mientras estés conmigo, nada te va a pasar.
-SILVIA: ¿Cómo hiciste para dominarlo así?
-LUCIO: Durante muchos años hice taekwondo, soy cinturón negro. Pero nunca me comporto así, en general soy tranquilo, pero el tipo se había puesto áspero!
Nos quedamos un rato más y le dije a Lucio que nos vayamos de allí.
Caminamos esas cuadras hasta el auto, eran casi las tres de la mañana, luego de un rato me tranquilicé, y en verdad quería que aquella noche no terminase.
Dimos algunas vueltas con el auto, y cerca de las cuatro de la mañana, me llevó para casa.
Cuando llegamos, hablamos un rato en el auto, y yo no sabía qué hacer, tenía ganas de seguir estando con él, y decidí invitarlo a tomar un café en casa.
Por supuesto aceptó encantado y bajamos del auto.
Por suerte la casa estaba ordenada, solía dejar todo bien arreglado los fines de semana, y ese sábado por la tarde, sin imaginar que vendríamos, había dejado la casa impecable.
Preparé el café y nos sentamos en el sillón a tomarlo.
Seguimos conversando, hasta que en un momento su mirada se clavó en mis ojos, y la verdad es que ya lo estaba deseando, se acercó lentamente sin dejar de mirarme a los ojos y sus labios se encontraron con los míos.
Fue un beso tierno, suave, su mano acarició mi cabeza y el beso se hizo más profundo, separé mis labios y su lengua busco la mía.
Se acercó más a mí, y pasó sus manos por mi espalda, acariciándome suavemente. Con ambas manos lo tomé de su cabeza y nos volvimos a besar.
-LUCIO: No puedo dejar de pensar en vos Silvia, todo el tiempo estoy esperando volver a verte, creo que me enamoré de vos la primera vez que fui al bar, me sentí atraído por vos, cuando te sonrojaste, tu mirada me dijo qué no te era indiferente.
-SILVIA: Me ponía muy nerviosa al verte, pero estaba deseando que volvieras, nunca me pasó esto con un hombre y definitivamente me cautivó tu mirada y tu sonrisa, pero al conocerte ya no me lo pude negar más, también pienso en vos todo el tiempo.
-LUCIO: Creo que antes nunca estuve enamorado, nunca tuve esta necesidad de tenerte cerca, de mirarte, de escucharte. Moría por besarte! Ese abrazo en el pub, fue tan especial, me agarraría trompadas todos los días, si por eso tuviera un abrazo tuyo!
-SILVIA: Me sentí tan segura entre tus brazos! Pero no hace falta que te agarres a las trompadas con nadie, me podrás abrazar cuando quieras, y yo voy a estar encantada.
-LUCIO: ¿Y te podré besar cuando quiera también?
-SILVIA: Siempre!
Nos volvimos a besar, y me quedé abrazada a él, con mi cabeza apoyada en su pecho, recibiendo sus caricias y escuchando su corazón acelerado.
El mío no se quedaba atrás, pensando en pedirle que se quedara a dormir conmigo, lo tenía al galope.
-SILVIA: Lucio me gustaría decirte algo.
-LUCIA: Lo que quieras hermosa!
Ya no lo quería reprimir más, lo estaba deseando, mi corazón y mi cuerpo lo estaban deseando.
-SILVIA: Me gustaría que te quedarás conmigo esta noche.
-LUCIO: Nada me haría más feliz! Esta y todas las noches que me quedan por vivir!
Nos volvimos a besar, su lengua en mi boca, tenía impacto directamente en mi entrepierna, lo tomé de la mano y caminamos hasta mi habitación, parados frente a la cama nos volvimos a besar, su cuerpo se pegó al mío, no era mi primera vez, pero me sentía como si lo fuera, el corazón se me salía del pecho.
Sus manos recorrían mi espalda, luego de ese beso, se separó un convento de mí y lentamente comenzó a desabrochar los botones de mi vestido, con sus manos lo deslizo, delicadamente cayendo al piso.
Yo no me quedé atrás y desprendí uno a uno los botones de su camisa, para terminar quitándosela.
Me volvió a abrazar y con habilidad desprendió mi corpiño, lo retiro lentamente mientras me besaba.
Mis tetas no muy grandes y mis pezones erguidos, se apoyaron en su pecho y sus manos acercaron suavemente mi espalda, erizándome la piel.
Sus caricias fueron bajando hasta mi culo lentamente, y ya podía sentir su erección contra mi cuerpo.
Le desprendí el cinturón de su pantalón y desabroché lentamente cada botón, rozando su erección con mis manos.
Bajé su pantalón que quedó graciosamente arrugado en sus tobillos.
Se sacó los zapatos y luego el pantalón, su bóxer no podía ocultar su tremenda erección, que a primera vista, me parecía imponente.
Volvía a sentir su hombría contra mi pubis en un abrazo cada vez más pasional, sus manos tomaron mi bombachita por los bordes y luego de jugar un momento con sus dedos, la fue bajando muy lentamente, dejando mi recortado monte de venus, a cada momento más expuesto.
Mis manos recorrieron su espalda y se internaron dentro de su bóxer, acariciando sus fibrosas nalgas, para luego comenzar a bajarlo lentamente, aunque no podía bajarlo, su erección no me lo permitía.
Fue él quien la liberó pasando el elástico por sobre ella, para dejar al descubierto su hombría para mi asombro.
Si la de Leonardo me había parecido grande, la de Lucio lo era aún más. Un poco más larga y algo más gruesa, hermosa, creo que a cualquier muje, esa divinidad de miembro, le quitaría el sueño, y en verdad, a mí ya me lo había quitado.
La tomé con una mano y la recorrí acariciándola, la suavidad de su piel contrastaba con su dureza, una inquietante y apetecible dureza.
Ya completamente desnudos los dos, nos volvimos a besar abrazados, retiré el cubrecama y nos acostamos.
Comenzó recorriendo mi cuerpo con su boca, de mi boca bajó a mi cuello, a mis hombros, se me volvió a erizar la piel ante el contacto de su lengua en mis pezones. Los recorrió haciendo círculos alrededor de ellos.
Recorrió todo mi cuerpo con sus dedos, me dejé hacer, lo estaba disfrutando.
Cuando su boca y su lengua llegaron a mi sexo, me volví loca, la recorrió con paciencia, haciéndome delirar de placer hasta llegar al orgasmo.
Se recostó sobre mí y me volvió a besar apasionadamente, sentía su glande rozar los labios de mi vulva y me volvía loca, ya la quería adentro.
Fue una penetración suave, lenta, poco a poco, su boca pegada a la mía y mis brazos rodeándolo y acariciando su espalda.
Lo sentía entrar cada vez más, me estaba matando de placer.
Cuando ya estuvo toda adentro, comenzó un bombeo lento, delicioso, suave pero profundo, lo podía sentir llegándome a lo más profundo de mi intimidad.
Fue acelerando las embestidas de a poco, como un auto acelerando para ganar velocidad, un enorme placer.
Su ritmo fue aumentando al compás de mis jadeos de placer, y cuando se iba imponiendo la intensidad, hubo intensidad, vaya si la hubo, no había estado con un hombre con tanto aguante, fueron momentos en que me parecía que mi cuerpo iba a explotar. Solo un nuevo orgasmo mío, hizo que bajara el ritmo de las embestidas, pero no por mucho, entre besos, palabras de amor y cambios de postura, me siguió penetrando hasta arrancarme otro intenso orgasmo, sentía mi cuerpo de una forma que jamás había sentido.
Volvimos a la posición del misionero, y con mis piernas rodeando su cintura, sintiendo la profundidad de sus penetraciones, volví a tener otro orgasmo exquisito al momento de sentir el suyo, inundándome de placer con su eyaculación en mi interior.
Continuará…
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