Tormentas.
El viento golpea los cristales como si el mundo estuviera a punto de terminar. Afuera, el apocalipsis; adentro, dos cuerpos que ya no pueden esperar. Cuando la ropa cae, no queda espacio para la ternura, solo para la necesidad cruda de devorarse antes de que todo se derrumbe.
"...Dijeron que la flota quedaría amarrada, que había que atar todo lo que pudiera volar, que llegaría a una velocidad de ciento sesenta kilómetros por hora, que se trataba de una ciclogénesis explosiva, la hostia, la tormenta perfecta.
Dicen que el peligro es una espita del deseo, que toda esa adrenalina que produce el miedo hace que uno pueda enloquecer de impudicia y lujuria… No lo sabes, solo sabes que el viento empezó a golpear los cristales como nunca, que arrastró agua y barro y peces muertos, que parecía que iba a levantar la casa sobre un cuerno de infinito poder, que ahí afuera alguien soplaba una trompeta como si fuera el mismísimo diablo y que parecía que llegaría el puto Apocalipsis de un momento a otro.
Creo que por eso ambos nos buscamos por la casa, sin mediar palabra, como si nuestros cuerpos supieran de antemano qué había que hacer. Nos arrancamos la ropa y comenzamos una cópula frenética y desesperada. Medios desnudos nos besamos, veloces y violentos, absortos y perversos, apresando nuestra carne con desesperación, sin tiempo para sensualidades ni preliminares.
Tu sentías tu piel como un artefacto capaz de captar esa energía que flota en el aire antes de un desastre, esa tensión, esa masa crujiendo en silencio, esa electricidad agónica doblándose sobre sí misma. Yo sentía mi cuerpo a través del suyo en una disociación mutua, en un combate cuerpo a cuerpo. Mezclando nuestras lenguas, enlazadas en piruetas dignas del mejor contorsionista, tratando de alcanzar la médula de esa masa informe que elaborábamos con nuestra actividad. No sabias si el deseo tiene un epicentro, pero en ese momento era algo que había dentro de mi, y lo querías, querías hacerlo tuyo, para comértelo, para devorarlo o desmontarlo o destrozarlo, para morderlo con tu boca o apretarlo entre los profundos pliegues de tu coño. En ese momento era algo que tu poseías y protegías a toda costa de mis labios, de mis dedos, de mi polla furibunda que te asediaba como un ariete contra una puerta…
El cuerpo de un hombre te parece lleno de secretos que solo tu descifras, a pesar de todo lo que digan o lo que pueda parecer, a pesar de su supuesto sexo matemático y factible, a pesar de esa prodigalidad con que un hombre entrega su cuerpo y su placer, siempre, siempre te parece estar descubriendo algo recóndito y oculto, algo velado y más complicado de lo que apenas se observa en esa ruta a la evidencia. La punta del iceberg, la clave de una paradoja, es como esconder algo a la vista de todos, jamás hallarás algo tan bien escondido. Igual te complicas demasiado, pero te encantan tus laberintos, ese salto mortal con doble tirabuzón… sobre todo cuando me oyes gritar de gusto, o ves mi verga inflada por el vicio, cuando sientes que ese placer te pertenece, cuando lo haces tuyo, o te descubres vibrando de gozo con ese misterio que eres tú…
Pero no deseas mi placer ni el tuyo. Fue otra cosa. Una energía cósmica que nos llevaba a follarnos como bestias, transportados por un impulso oculto, fantásticamente poderoso. Sentías el influjo de tu animalidad, lamías avariciosamente los labios de su lujuria, su polla era un triunfo en tu boca que resbalaba de babas y obscenidad, supuraba burbujas preseminales que alimentaban animosamente tu lascivia, tu furor, tu hambre y toda mi hambre, mi furor y mi lascivia escurrían desde mi polla a tu saliva ahogándote en una maravillosa simbiosis libertina.
Ni lengua me parecía un dragón adentrándose en tu raja, retorciéndote en cálidos temblores, soplando desde dentro de tus venas, haciendo saltar chispas en las grietas de tus neuronas. Sentías mis dedos apresándote los muslos y el ansia de mi boca pegando lengüetazos en tu coño, como una fiera sicalíptica y ávida de las secreciones de tu sexo. Ambos enloquecidos por el forcejeo indiscutible del delirio, ambos enroscados como serpientes en nuestro particular Muladhara.
Te babee, te mordí, te hurgué, te usé y te traspasé de sexo y fuerza y macho y tú adoraste ser una mujer vencida a mi placer, y te clavaste en mi y me chupaste, y le escarbaste y gozaste en mi como si fuera el último de tus días.
Te dí la vuelta, te puse a cuatro patas y te follé sobre la alfombra roja, mi polla te traspasaba y tú casi deseabas una herida, un dolor, como si de ese modo pudieras penetrar en lo insondable, en toda aquella masa informe de desenfreno. Sentías mi rabo atravesándote el coño y tu agujero adaptándose a mi polla mientras un latigazo suculento subía desde tu culo a tu columna, sentías la robustez de mis manos hundiendo tus lumbares y no alcanzas a comprender como tú espalda pudo soportar todo el peso de ese animal, que había dentro de mí, follándote, con toda la energía de mis cojones, sin quebrarte. Mis gritos inundaron tu cabeza, jamás me habías oído correrme de ese modo, aspirando cada suspiro en una maraña de voz y aire, mis dedos trataban inútilmente de agarrarse a ti en medio de aquel paroxismo, mis huevos chocaban furiosamente en tu culo, zas, zas, zas, pudiste sentir cada una de mis convulsiones encharcándote con mi simiente.
Y, entonces, un trueno estalló en tu cabeza disgregándote en átomos de luz, y placer y hombre, vientos rugiendo dentro de tí, todo el ardor de tu femineidad, toda la bravura de la tormenta estallando en tu coño en moléculas de color y gozo, rezumando por tus muslos, alcanzando los cristales de las ventanas en forma de gotitas de aliento y rocío, las paredes reteniendo tus gemidos, y tu cuerpo goteando sudor y flujo y esperma…"
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