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Historia de un matrimonio morboso 2

Manuel no busca solo ver a su mujer ser usada; busca sentir el peso de su propia impotencia elegida. En la penumbra de un pub, el desconocido que va a romperla le pone a prueba con un gesto que cruza la línea entre la fantasía y la realidad. ¿Podrá mantenerse firme sin caer en la sumisión total?

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HISTORIA DE UN MATRIMONIO MORBOSO 2

(Leer la primera parte para mayor compresión de la historia)

Había llegado el día señalado. El día en que Diego y yo nos conoceríamos y trataríamos de concretar el cómo y dónde hacer un trio con mi mujer. El que él se la follara delante de mí, tratándola como si fuera su puta personal, y yo me sintiera un cornudo.

Allí me encontraba yo, en la puerta del local donde habíamos quedado. Nervioso e intranquilo. Fui yo quién le vio a él. Me acerqué.

—Hola, soy Manuel.

—Encantado. Soy Diego—dijo mientras me daba la mano.

—¿Dónde vamos?

—Conozco un pub cerca de aquí. Tranquilo y con mesas discretas. Creo que es ideal.

—De acuerdo—dije.

Camino del pub, no hablamos mucho. Lo típico: el tiempo; como está Madrid en esta época del año; mucho turista por el centro…

Llegamos hasta el local y entramos. Nos sentamos en una mesa, al fondo del pub, no muy iluminada.

—¿Qué quieres tomar? — dijo Diego ofreciéndose a ir a pedir a la barra.

—Una cerveza.

—Que sean dos dobles, entonces.

Fue a pedir y vino al poco rato con dos dobles de cerveza.

Después de dar los dos un buen par de sorbos, y acomodarnos bien, Diego decidió entrar en conversación y romper el hielo.

—Joer… ¿No te da morbo el estar aquí, hablando de lo que vamos a hablar? Debo confesarte que llevo cn la polla dura todo el día…jejejeje

El ser tan directo, en vez de cortarme, sirvió para que yo me animara también.

—La verdad es que sí. Si te soy sincero, lo mejor es que sé que después, cuando llegue a casa, y le cuente a mi mujer nuestra conversación, vamos a follar como locos.

—Que suerte, cabrón. Yo tendré que conformarme con hacer una o dos pajas.

Los dos reímos.

—Voy a intentar hablar claro—dijo mientras volvía a beber—para que así no haya malos entendidos. Me gustaría que tú también fueras claro. Sin vergüenzas ni tabús. Estamos aquí para lo que estamos.

—De acuerdo.

—A ver si lo he entendido bien por mensajes. A ti te gusta sentirte cornudo, pero no humillado ni nada de eso. Me gustaría que me dijeras un ejemplo de cómo te imaginas la situación y de cómo quieres que me comporte yo, o que quieres que te diga, respecto a ese tema. No a lo que le haga o no le haga a tu mujer. Me ha quedado claro que ese rato de sexo ella será mi puta. Me refiero a que esperas tú para sentirte la clase de cornudo que quieres ser.

Bebí para aclararme la garganta.

—A ver. Quiero que mi mujer sea la puta de otro, pero que siga siendo mi puta también en ese momento, aunque se entregue a ti. Me gusta que me llames cornudo, pero no cornudo de mierda, o cornudo maricón. Que digas cosas como que la follas mejor que yo, que vas a ser su macho, y que le obligues a ella a decirlas y que ella me las diga a mí. Por supuesto, tengo que estar presente todo el rato, y nada de mandarme a por tal o cual cosa como si fuera un mayordomo. Soy cornudo, pero no sumiso. Cuando yo quiera o me apetezca, participo yo también de follarme a mi mujer contigo, y mandamos los dos sobre ella. Eso no quiere decir que no me sigas tratando como a un cornudo y que no me sigas hablando como a uno. No sé, es que es difícil de explicar lo que busco, pero creo que…

—Tranquilo—me interrumpió—, lo he comprendido todo perfectamente. Lo tengo claro y creo que vamos a pasar u buen rato y que vas a satisfacer tu fantasía de sobra.

—Me alegro de que me hayas comprendido.

—Respecto a tu mujer…¿o para darle más morbo a este momento, y a esta conversación me refiero a ella como la puta y a ti como cornudo? En plan morboso.

Dude. Pero estaba super cachondo.

—Por mí, vale.

—Respecto a la puta, en la cama acepta de todo. No dolor extremo, por supuesto. Ni siquiera dolor en plan sado. Pero si azotes y pellizcar levemente pezones ¿no?

—Y palmadas en el coño si la ves muyyyy cachonda.

—Bien, cornudo. Me apunto eso.

Era la primera vez que me llamaba cornudo a la cara. Tenía la polla durísima.

—Ya sabes—continuó— que soy bisex. No es necesario que tú lo seas, pero por lo que he podido leer entrelineas, en los mensajes que nos hemos mandado, alguna fantasía al respecto tenéis la puta y tú.

—Hemos fantaseado con que te la toco, te pajeo y a lo mejor te la chupo un poco. Pero eso no es seguro. Depende de cómo se desarrolle la situación.

—Tocar no es lo mismo que mamar. Tocar es algo inofensivo. Mira para abajo.

Mis ojos miraron debajo de la mesa, hacia su entrepierna, y me di cuenta de que tenía la polla fuera. Totalmente tiesa y venosa. Muy gorda.

—No es esto lo que busco, de verdad. Creo que no nos hemos entendido.

Lo dije con un tono de voz algo violento y borde. Una cosa es la fantasía y otra el ser un cornudo en la vida cotidiana, o lo que algunos interpretan, mal interpretado, un sumiso y un blando.

—Es parte del juego, tranquilo. Si quieres me la guardo, pero quiero arriesgarme a lago. Y con esto no quiero faltarte al respeto. Tengo claro que hay roles en el juego sexual que no tienen que extrapolarse a la vida cotidiana. Lo tengo muy claro, de verdad, pero creo que, aunque los momentos de juego sexuales no tienen que ser siempre que nos juntemos, ya que busco una complicidad y amistad, aunque en este mundillo eso sea ambiguo y lleve a interpretaciones confusas, este es uno de esos momentos.

—¿Y a que te refieres con arriesgarte?

Él dudo un momento antes de hablar, y al fin se decidió.

—Cornudo…¿te apetece tocar la polla del hombre que se va a follar a tu mujer?

Sin pensarlo, y sin apenas creérmelo, dirigí mi mano hacia su polla. La palpe por encima, como con miedo.

—Cógela. Sin miedo. Quiero que sientas el grosor de la polla que va a romper el coño y el culo a la puta de tu mujer.

Cogí la polla con mi mano, y por inercia comencé a pajearle.

—Muy bien, cornudo. No pares mientras nos bebemos la cerveza. En esta mesa nadie no ve.

Continué pajeándole lentamente.

—Dime ¿Qué eres?

Sabía perfectamente lo que le tenía que contestar.

—Un cornudo.

—¿Y tu mujer?

—Una puta.

Continué pajeándole un poco más y retiré la mano. Quise ponerle a prueba. De cómo reaccionara, vería si la cosa continuaba o no.

—Puff, que morbo—dije bebiendo cerveza—. Pero mejor lo dejamos. Tenemos que estar los tres presentes.

—Totalmente de acuerdo—dijo guardándose la polla—. Me gusta que tengáis claro que los dos juntos o ninguno. Eso demuestra que sois un matrimonio que tiene las cosas claras en este tema. Aun así, ha sido un momento morboso, Manuel.

Note como ya no dijo cornudo y me llamó por mi nombre. Con ese detalle, comprendí que Diego había entendido lo que buscaba. Seguramente, si al pasar ese momento de morbo, me hubiera llamado cornudo, me hubiera levantado y me hubiera ido. O incluso podíamos haber acabado a leches.

El resto de la conversación fue más banal, que no menos interesante. Hablamos de nuestros trabajos; de nuestros hijos; de como su mujer no era morbosa en la cama, y que, aunque si hacía cosas, a él se le quedaba corta la cosa. En fin, que terminamos las cervezas y salimos del pub.

—Bueno, Manuel ¿He pasado la prueba?

—Contratado.

—Quiero que sepas que tengo claro que Silvia es tu mujer, que en la cama es tu puta, y que, aunque yo la trate como mi puta, sigue siendo tuya. Quiero que tengas eso claro.

—Yo lo tenía claro, pero me alegro que tú también lo tengas.

Los dos reímos. Quedamos en que le escribiría para concretar día, hora y hotel. Nos despedimos, y nos fuimos cada uno por nuestro lado.

Cuando llegué a casa, Silvia me miró, pero no dijo nada. Dimos de cenar a los niños, y los acostamos. Después, en nuestra cama, le conté todo.

—Has pajeado a otro tío—me dijo mientras me pajeaba ella a mí.

—Sí.

—¿Te ha gustado?

—La verdad es que sí. No por el hecho de pajear a otro hombre, sino por el hecho de pajear al cabrón que va a follarte a ti.

Dejó de pajearme y se sentó encima de mí, introduciéndose la polla dentro de su coño. Gimió hasta que se la introdujo toda. Después agachó su cuerpo y pego sus tetas contra mi pecho, mientras se movía y me hablaba pegando sus labios a mis labios.

—Eres un cornudo.

—Sí.

—Dilo.

—Soy un cornudo.

—Quieres que otro hombre me folle.

—Quiero que otro hombre te folle.

—Lo mismo dejo que me preñe el culo, la boca o el coño ¿Lo sabes?

Silvia sabía que cosas decirme para llevarme al tope de la excitación.

—Lo sé.

Dejo de hablar, me empezó a comer la boca y a moverse más rápido. Los dos nos corrimos al mismo tiempo. Se quitó de encima y se tumbó a mi lado.

—Te quiero, cariño—dijo mientras apoyaba su cabeza en mi pecho.

—Te quiero.

Los dos nos dormimos plácidamente.

(Continuara…)